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Teatro Independiente - Rosario -
Santa Fe - Argentina
Título
original de Juan Carlos Lanza
Había
sido una noche negra. Indudablemente. Me desperté con un tremendo
dolor a todo. Hasta las uñas de mis pies sufrían con el mínimo
roce. Evitaba, de todas formas, hacer algún movimiento con tal de
no agrandar el cuadro de dolor que se diseminaba por todo mi cuerpo.
Trataba de ubicarme mentalmente. Por el momento no pretendía
descifrar el origen de los distintos malestares que asolaban mis
sentidos. En medio de esa quietud que me imponía el estado general
de mi dolorida estructura física, no me importaba, mejor dicho, no
quería arriesgarme -posiblemente para evitar el angustiarme- hacer
una evaluación del porqué de esa situación. Una extraña
sensación de temor me invadía. Solo intentaba oír. Tal vez como
una forma de prevenir un supuesto ataque. El hecho de no hacer
ningún movimiento que delatase que estaba consciente, era para mi
como una forma de defensa. De ahí que pensase que la acción de
intentar mirar a mi alrededor, lo cual sería lo más lógico para
este momento, implicaba denunciar que había despertado. Cosa que
por el momento no me interesaba anunciar. Trataba, eso si, de
memorizar algún antecedente de un cuadro de postración como el que
estaba sufriendo en estos momentos. Lamentablemente, y a pesar que
hacía un gran esfuerzo para recordar, mentalmente no superaba más
que lo inmediato. No iba más allá de ayer. Mi cabeza era un gran
desorden. Me resultaba imposible coordinar. No encontraba la forma
de armar este rompecabezas que era mi maltrecho cuerpo. Todo se me
aparecía en medio de una gran nebulosa Era por demás de sospechoso
que un individuo como yo, capaz de analizar lo que sea, no lograra
descifrar esta alternativa que imprevistamente se presentaba con
signos por demás de alarmantes. Debía ser por la falta de
conciencia que tenía de los últimos acontecimientos que se habían
desencadenado en mi vida. Como éste, del cual no tenía la menor
idea de como se había originado. Una espesa capa de olvido cubría
mi cabeza. ¿Porqué mi mente negaba lo que mi cuerpo sufría? No
lograba unir, en este estado de parálisis que soportaba, una sola
acción anterior. No me era difícil comprender que todo respondía
a un porqué. ¿Pero cuál era ese porqué? No soy para nada un
hombre tumultuoso. Como decirlo. Alguien capaz de originar
situaciones límites en cuanto a enfrentamientos físicos se
refiere. Más bien, todo lo contrario. Si de mi dependiese éstas
jamás se originarían. Más de una vez me he reprochado, y me han
reprochado, la tendencia a aferrarme a una actitud pasiva. Diría
más bien persuasiva, no combatiente. Y también acepto que muchas
veces me lo he reprochado insultándome sin la menor lástima.
Cuantas veces he soportado el descrédito de los demás a ese
respecto. Y cuantas veces, molesto por esas acusaciones, y renegando
de mis principios, juraba que en la próxima iba a cambiar. El caso
era, que en la próxima, volvía a actuar de la misma manera,
exactamente lo mismo. No voy a mentir diciendo que sufría
arrepentimientos. No, no, para nada, si algo tengo que confesar.
Podría decir que cada vez que hacía abortar una intención de
enfrentamiento, y lo digo con gran satisfacción, en mi interior
experimentaba más alivio que vergüenza. Qué valor podía tener,
en la vida de alguien, un simple momento de agresividad, o una gran
demostración de fuerza. Claro, también debo decir que esa actitud
no conformaba a nadie. Eso es verdad. Pero también comprendía lo
estúpido que significaba la obligación de imponerse el hecho de
conformar a los demás. Por supuesto que sabía que existían
obligaciones sociales al respecto. Una especie de reglas de juego.
¡Si te rompen la cabeza, rompé otra cabeza! Tus méritos van a ser
bien reconocidos, y además, de esa manera estarás en paz con tu
vecino, y serás aceptado como miembro de la gran comunidad
justiciera. El rechazo a estas viejas reglas me fue convirtiendo en
un hombre solitario. En alguien que se negaba a aceptar como
lícitos argumentos más bien salvajes. Y demasiadas veces me
sentía aterrado por el distanciamiento hacia los demás que esta
actitud provocaba. La no coincidencia con lo establecido me sumía
en esta especie de aislamiento. Por supuesto que no era un
aislamiento físico. Más bien que se limitaba al hecho de una fría
convivencia. Era consciente de eso, pero así lo había decidido.
Por el momento no me interesaba medir las consecuencias. De ahí que
ahora, al encontrarme en semejante situación, tirado de espaldas,
inmóvil, sin la fuerza suficiente para abrir los ojos y con la
desesperación de no poder modificar una situación que me indignaba
por lo incomprensible, despertaba en mi toda la impotencia
acumulada. Toda esa impotencia por no haber actuado como las
circunstancias lo exigían, y que no niego, me hacían sentir
responsable al no haber reaccionado. Ahora ya no tienen ningún
valor los reproches que puedo hacerme, es demasiado tarde. Nada, esa
es la verdad, me ayuda en este momento, de poco sirven todas estas
elaboraciones conceptuales. Lo que pide a gritos mi castigada
humanidad, y con todo el derecho que le asiste por haber sido
castigada de manera inconsulta y despiadada, es el simple hecho de
saber. Nada más que eso. Bastaría con la respuesta a una concreta
pregunta que encierra toda la verdad. ¿Qué fue, en realidad, lo
que me pasó? Eso me atormentaba. Y lo que más me costaba digerir.
Ignorar así, de plano, la razón por la cual me estaba lamentando.
La maldita demora en recuperar la memoria me alteraba sobremanera.
Despertaba en mi la necesidad de protestar, de pegar los alaridos
más tremendos. Quería reclamar mis derechos. Mis derechos de
ciudadano respetuoso de la ley y el orden. Y sin embargo, en un
momento crucial como éste, no sabía donde estaba. Ni porqué
había ido a parar ahí. Con el agravante de estar soportando una
ridícula postración ni siquiera reconocida ni explicada. Es
terrible. Lo peor de todo este tremendo embrollo es no tener en
claro lo que me pasó, y las consecuencias reales de ese hecho. En
una acción, más desesperada que eficiente, intentaba con mis pocas
fuerzas, reconocer el lugar. ¿Pero cómo lograrlo? ¿Cómo superar
mi incapacidad de movimiento? No podía moverme. Y para colmo de
males, me resultaba imposible reflexionar de manera coherente. Sin
exagerar, se podría calificar mi situación, como realmente
trágica. Con el agregado, por demás de molesto y nada
tranquilizante, de esta total oscuridad que me envolvía, que me
ahogaba, que me negaba toda posibilidad de visualizar a mi
alrededor. Decir lamentable, era poco, para definir correctamente
esta situación. No tenía otra alternativa que esperar. Si al menos
alguien viniera y me diera, al menos, la mínima idea de lo que
debía esperar, tal vez sería más soportable. Más lo pensaba,
más incongruente se me hacía todo. Era un momento especial para
desatar de golpe todos esos instintos salvajes que uno va acumulando
a través del tiempo. Porque son situaciones como ésta las que
engendran nuestro sentido de rebeldía. Las que despiertan nuestro
viejo y olvidado sentimiento anarquista. ¿Cómo soportar toda la
presión que mis principios de libertad habían acumulado? Tenía la
sensación de que mi cerebro podía explotar en cualquier momento.
Sólo un grito que desgarrase las paredes de este insulso lugar me
conformaba: ¿Adonde estoy? ¡Que alguien me lo diga, por favor!
Desesperadamente trataba de ubicarme en el tiempo y en el espacio.
Sin embargo ese molesto ardor subía desde mi garganta hasta mis
sienes. Mi lengua era como un viejo pergamino, ajado, rugoso y seco.
Nunca me había imaginado, que en algún momento de mi vida, iba a
enfrentarme a una situación semejante. Se notaba, sin problemas,
que mi tetilla izquierda era lo más parecido al redoble de un
tambor. Palpitaciones, y más palpitaciones. Mi vida se había
transformado en una gran palpitación. ¡Me resultaba imposible
desentrañar la verdadera razón de este momento! ¡Pero carajo!
¿Qué pudo haberme pasado? No lograba recordar si había tenido un
accidente, o si había sido víctima de un asalto por alguna patota.
¡Nada! No podía recordar absolutamente nada. No veía a nadie.
Simplemente era yo, y mi persona tirada encima de no sé que. Mi
mente flotaba como un liviano corcho. La acción de pensar me
dolía. No quiero pensar -me decía a mi mismo-. La intensa
oscuridad me adormecía. Y ya no quería dormir. Quería saber. Por
más terrible que fuese la verdad, quería saber. Es espantoso el
sentimiento de abandono que se apodera de uno. Ese miedo
incontrolable que provoca lo desconocido, lo inmanejable. Ese temor
único que despierta lo inevitable. Todo se asocia para hacer que
seamos el último, y el más miserable individuo de este deteriorado
planeta. Para ahondar mi desasosiego, debía sumar el descalabro
físico. Esta notable disminución de mis posibilidades para
enfrentar la adversidad como yo quisiera. ¡Y así me encuentro! Con
la sensación de estar agonizando sin estar en agonía. Eso me
molestaba. Me molestaba el no tener respuestas. Me molestaba el no
poder conocer las verdaderas causas que motivaran el que yo esté
viviendo este increíble episodio. El no poder decidir por mi mismo
lo que debo hacer. De una sola cosa estaba seguro, aún me quedaba,
como último recurso, mi capacidad para razonar. ¿Razonar, qué?
¿Cuánto? ¿Cómo podía razonar lo que ignoraba? En este momento
podría decir que lo más apremiante es evitar, todo el tiempo que
sea posible, la inquietante alternativa de perder el conocimiento, y
de esa manera quedar totalmente indefenso, sin posibilidad de un
intento concreto de defensa. Por eso luchaba contra ese estado de
adormecimiento que me invadía, y que parecía ser más fuerte que
la fuerza que yo le oponía. La constante pregunta, con la que
bombardeaba a mi pobre cerebro, era: ¿Qué es lo que me había
ocurrido? ¿Porqué no puedo ser yo, como antes? Lo más lógico,
teniendo en cuenta mi estado, era imaginar que algún inmenso
camión me hubiese atropellado. O que me hubiese quedado dormido en
las vías de un tren. Cualquier hecho que sonara a tragedia se me
ocurría como factible. Era innegable que el desastre había
sucedido. Si, pero... ¿Cuándo, y en qué momento? Por más
estropeado que uno quede, en la mente siempre hay un resquicio donde
se guardan los hechos que más nos conmueven. Así uno rechace, en
una actitud de defensa, ciertos acontecimientos, ellos están ahí,
y aparecen y bailotean a nuestro alrededor. No, no era eso. Había
ciertos detalles, que me empujaban a creer en un lamentable
accidente. En realidad ningún indicio claro. Nada más que este
extraño lugar, y la inmovilidad de mi cuerpo. El sopor que me
envolvía se debía, quizás, a la medicación rutinaria en estos
casos. No consultada, claro, pero permitida, aparte de esa
alternativa lógica, lo que me llamaba la atención, y por supuesto
me preocupaba más de la cuenta, era la llamativa e inquietante
dureza de mis articulaciones. Tenía una solidez como de barra de
hielo. Esa era la razón por la cual sospechaba que mi estado
revestía cierta gravedad. Y también se agregaban, según yo
entendía, como consecuencia del desgraciado episodio, otras
alternativas. Por ejemplo, la sorprendente diferencia de
temperaturas que dividía mi cuerpo en zonas perfectamente
delimitadas. Ese tremendo ardor en mi cuello, no tenía nada que ver
con la frialdad de mis piernas, o con la falta de sensibilidad en
mis brazos y manos, o la rigidez de mi espalda. ¡Ah, mi espalda!
Pobre mi espalda. No se si era debido a la posición, pero la
sensación era la de estar acostado sobre un colchón de espinas muy
puntiagudas. Hubiera dado mi vida, bueno, parte de ella, por el solo
hecho de poder cambiar la rígida posición de mi cuerpo. Jamás me
hubiese imaginado que podía ser tan incómodo el estar acostado.
Tantas veces, en medio del trajín diario, pensaba en la felicidad
de llegar a mi habitación y tirarme en mi cama. Si, tirarme como a
morir. Clausurar mi mente, y dormir. Dormir con la intención de
suspender mi existencia. De abrazarme con la paz de los sentidos.
Esa paz que no encontraba en la vorágine callejera. Pero esta
situación era totalmente distinta. Aquí no se trataba de la
placentera intención de descansar. Desgraciadamente, nada parecido
a eso. En estos momentos no podía pensar en esa hermosa mujer de
cuerpo desafiante, con la que me había cruzado en la calle. Y que
había desordenado totalmente mi equilibrio emocional. En estos
momentos me encontraba frente a la incógnita de que algo grave se
había cruzado en mi vida. ¿Qué había sido?, no sé. La idea de
haber sufrido un accidente era cada vez más fuerte. No podía ser
de otra manera. ¡Ah! Si pudiese ordenar mis pensamientos. Esta
incertidumbre no sería tal. Mi garganta reseca duele como una
herida. Necesito tomar algo, cualquier cosa, lo que fuera, con tal
de apaciguar esta ansiedad. La poca saliva que podía rescatar no
alcanzaba para suavizar, por lo menos un poco, el terrible dolor de
mi garganta. ¿Cuándo, y en que momento, me habían atropellado? Y
si eso ocurrió. ¿Dónde estoy ahora? Mi desorden mental y mi
angustia, aceleraban el ritmo de mi castigado corazón. Por un
momento creí que mi pecho podría abrirse, partirse en dos, al no
soportar la fuerza de sus latidos. Hasta podía suponer que mi
corazón podría saltar y quedarse pegado al techo, o a las paredes,
o que tal vez saltase por mi boca. Que se yo. Quizás él también
trataba de liberarse de esta situación. ¿Porqué creía yo, que
eso podía ocurrir? Mi respiración se hacía confusa y acelerada,
lo que me provocaba un desgarrante dolor en el pecho. Revolvía en
mi mente, y en ese revoltijo encontraba, únicamente, una
explicación. Porque a pesar de dar vueltas y vueltas y vueltas, en
un desesperado esfuerzo para no llegar a cierta conclusión por
supuesto nada deseada por mi, me era imposible lograr desviar el
curso de mis pensamientos. Paulatinamente una desagradable idea, muy
desagradable, diría yo, intentaba instalarse en mi confundido
cerebro. ¿Cómo explicar el dramático esfuerzo que hacía mi mente
para negar lo que era por demás evidente y que no resistía el
menor análisis? Los últimos, y débiles razonamientos, que podía
elucubrar, no hacían más que certificar la cruel realidad. Era
desesperante y me resistía a aceptarlo. No, no podía ser verdad.
Lo más imperioso era rechazar esa idea. ¡Si, si! No permitir que
se instale, no permitir que gane un espacio en mi atormentado
cerebro. ¿Cómo lograrlo? La lucha es muy desigual. Mi debilitado
poder de reacción no puede evitarlo. De mil maneras imaginables
trato de despertar las pocas fuerzas que me quedan, no obtengo
respuesta. De todas formas tengo que luchar, no dejarme vencer.
Siempre hay un minuto, un segundo, donde las cosas pueden cambiar. A
pesar de creer en eso, mi estado de indefensión aumentaba cada vez
más. Si lo del accidente era correcto, y si a ello le sumaba las
diferentes temperaturas de mi cuerpo, lo más lógico era pensar...
¡Lo que no quería pensar! ¡Ah! Cuanto daría por recordar lo que
realmente me había ocurrido. Como hacer para rescatar de mi memoria
el momento anterior al accidente, si es que lo hubo. ¡Qué tremendo
interrogante! ¿Fue al cruzar una calle? ¿O mientras viajaba en
ómnibus? ¿Fue de día, de tarde o de noche? ¡Carajo! Cómo es que
no puedo, ni siquiera, recordar el momento. Cómo es que no me haya
quedado aunque sea, una mínima referencia. Sudo, y es el sudor más
frío que alguna vez pude imaginar. Para colmo, este lugar, tan
frío y tan oscuro. ¡Qué gran desolación! ¡Qué lacerante
desamparo! Tengo la urgente necesidad de refugiarme en algún
pensamiento que pueda reconfortarme. Romper la monotonía de este
estado febril y claudicante. ¡No siempre fue así! Seguro que no.
He tenido otros momentos en los cuales, hasta podría decir que era
feliz. O que creía sentirme feliz, o tal vez, a mi manera, que
podía ser feliz, con pequeñas cosas, con pequeños logros.
Simplezas. Pero aquí no se quien soy. Debe ser por lo oscuro de
este lugar. ¡Y lo más cruel, es que no tengo medios para romper
esta oscuridad! Además, esta maldita inmovilidad que no me permite
tocarme, para saber que estoy aquí. Sólo me queda apelar al
recurso de mi memoria. Y de esa manera contrarrestar los efectos de
esta densa negrura en la que me encuentro. De pronto siento deseos
de recordar esos días luminosos de sol. Esos mismos, que muchas
veces, había mirado con cierta antipatía, sobre todo en los
insufribles y calientes meses del verano. En estos momentos, los
amaría. Lo curioso es, que a pesar de este deseo, no reniego de mi
predilección por los días nublados y lluviosos. Realmente, son los
que me brindan una más intima satisfacción. No es fácil explicar,
a veces, las necesidades espirituales de cada uno. También pudiera
ser el resultado de una cierta manera de identificación. Quizás,
con ese cielo en reposo, lograba serenar mi espíritu, y disimular
lo que tanto cuesta disimular, toda esta gran locura y el tremendo
desorden de la humanidad. Es evidente que lo lograba. No hay duda.
Cuando eso me pasaba, acostumbraba a caminar durante mucho tiempo
bajo el aire mojado que se descuelga de las nubes grises y plomizas.
Puede que sea a causa de mi temperamento un tanto nostálgico.
Quizás, también se deba a mi carácter algo melancólico. Lo
cierto es que en uno u otro estado, me puedo permitir el placer de
mirar la vida. O mejor dicho, mirar el vivir. Como un descanso. Como
una distracción. Como una contemplación. De esa manera observo
como los demás viven, o pretenden hacerlo. A la vez que me doy
cuenta, que lamentablemente, a lo largo de todos estos años le he
dedicado demasiado tiempo a esa actividad... Hasta podría decir que
ese fue el motivo fundamental por el cual me olvidé de vivir. Fue
tal mi marginación de lo que me rodeaba, que incluso llegué a
pensar que estando conmigo, bastaba. Me había escondido detrás de
mis necesidades bastardas. Como ser, asegurarme un buen pasar. Y esa
actitud se debía a que no estaba muy seguro de que mi lírico
enfoque de la vida, y de la sonada bohemia, pudieran ayudarme a
soportar las carencias materiales. Además, estaba atrapado en
demasiados compromisos sociales que se encargaban, permanentemente,
de despertarme. Hoy, transcurrido el tiempo y al final de mis
cuentas, no tengo ni lo uno ni lo otro. Hasta podría decir, que no
estoy muy seguro de haber tenido algo concretamente. Muchas veces he
quedado sorprendido de mis propias sensaciones. Confieso que muy
pocas veces me he manejado correctamente en este -como algunos
llaman- arte de vivir. Generalmente, he sido, lo que podría
llamarse... un pequeño desastre. Con frecuencia me alegraba el
estar triste. Lo confieso sinceramente, sentía placer al refugiarme
en mi tristeza. Era, para mi, como estar en el lugar más cómodo.
Donde podía reconocer las cosas. Mis cosas. Lo hacía naturalmente,
con propiedad, sin tener la necesidad de fingir. Total ya tendré
tiempo para lo otro -solía decirme-. Y eso me parecía lo más
importante. Claro, en esos momentos, cuando el tiempo no corre tan
aceleradamente, cuando uno cree que todo puede esperar. Cuando
creemos que al tiempo lo podemos manejar según nuestra necesidad.
Que tenemos todo controlado. Pero sin embargo, no nos damos cuenta
de las etapas perdidas, de las motivaciones envejecidas, de las
oportunidades despilfarradas, del tiempo, tanto tiempo, inutilizado
en esas pruebas desgastantes que nos van comiendo todo nuestro
furor. Toda nuestra potencia virgen, exultante. Entonces ocurre lo
que ocurre. Que ese pensamiento es válido hasta llegar al punto en
que comprobamos que nos hemos aferrado a una mentira, que nada
espera, que todo sigue su curso inexorablemente. Y que ya nada es lo
mismo. Debo confesar una culpa. Pude haber cambiado, pero no lo
hice. Nada me lo impedía, pero no lo hice. Errores de conceptos
apresurados. Esto se debía a la incontrolable urgencia de
adelantarse en los tiempos. Grave error, sin duda. No recuerdo la
edad que tenía cuando pensaba así, pero marcó a fuego mi
existencia. Me causaba mucha gracia cuando pensaba de mi mismo, que
había sido "armado" con cierta ligereza. Quizás esa sea
la razón por la cual tengo ciertos... déficits en algunos
aspectos. Por ejemplo, esa cuota de frescura y alegría tan útil
para el manejo en sociedad, ser espontáneamente alegre, no interesa
porqué, pero ser alegre. Poder mostrar un espíritu saltarín,
sonriente, y ser complaciente con los demás, estar recubierto, en
lo exterior, con ese material gelatinoso y dulzón que lo hace a uno
deseable, como si fuera un chupetín de un metro ochenta de alto,
ser en definitiva, co-responsable de las necesidades de felicidad de
los demás. Para adaptarme a esa obligación chocaba con una
limitación, que podríamos llamar congénita, la falta de una
educación realmente eficiente en el mecanismo de ser alegre.
Siempre me costo muchísimo reírme, de lo que fuera, o por lo que
fuera. Primero tenía que estar convencido que debía hacerlo. No
sabía encararlo de otra manera. Y aclaro que no era por carecer del
sentido del humor, juro que no. No se porqué me daba vergüenza
reírme. Por un criterio estúpido, creo yo. Si lo hacía, pensaba
que le estaba faltando el respeto a alguien. No entiendo,
sinceramente no entiendo, porqué se me ocurría pensar así. Que a
mi me costase, no significaba que ignoraba que es muy bueno reírse.
Todo el mundo tendría que tener motivos para reírse. ¿De qué? No
se. Pero deberían tenerlos. Pero esa es otra cuestión. En cuanto a
mi, cuando al fin lo intentaba, se me hacía que más que una
sonrisa, mostraba el dibujo de una mueca indefinida... lo confuso de
la posición intermedia. ¿Me reía en realidad, o expresaba algún
dolor interior irreconocible? Ni yo podía descifrarlo. Tenía
conciencia de lo que pretendía. Pero era evidente que no lo
conseguía. En fin, definiendo, muy pocas veces acerté con los
requerimientos exigidos para vivir en sociedad. Que en esta
mezcolanza de cinismo y falsedad, que es el diario vivir, no tiene
tanta importancia el ser feliz, sino lograr que el otro lo crea.
¿Puede haber algo más terrible en la vida que sentir que uno es
indiferente para los demás? Hasta se podría decir que soy un
perfecto catálogo de lo que no se debe ser. En fin, lo que podría
llamarse, un perfecto dechado de desechos humanos. Se que esto puede
llegar a considerarse una autoflagelación. Pero no es esa la
intención. Por el contrario. Es simplemente la calificación exacta
que puede dársele a una existencia como la mía. Nada de artilugios
acomodaticios, nada de autocompasión. Quizás sea la más valiente
declaración de dolor que pueda confesar ser alguno. Mi vida no se
detiene por estas causas. Todo lo contrario, continúa. ¡Cuánto
cuesta vivir en soledad! -solía decirme-. Sin embargo, aún sé
distinguir entre los días lindos y feos. Entre los días que son
vivibles, y los que no. Entre los días en que me hubiese gustado
sentirme amado y deseado. Entre los días en que soñaba con quedar
atrapado en un apasionado y salvaje encuentro amoroso, donde toda
esa maravillosa fuerza desplegada nos hace sentir dueños de ese
momento de vida plena. Pero lo concreto de esto, es que jamás pasó
de ser un engañoso reflejo de mis fantasías oníricas. La realidad
es otra. Y en ese sentido no he conocido el amor. Tantas veces he
deseado que a mi pobre cuerpo le ocurriera lo que él esperaba que
le ocurriese, y en cambio le ha sucedido tan pocas veces, o casi
nunca. Nunca amado, siempre querido. No es lo mismo. Lo primero es
soledad, lo segundo una buena intención. ¡Qué dolorosa es esa
soledad! Algunas veces por lástima o por simple compasión -será
porque a pesar de todo no soy un mal tipo- me han susurrado,
tibiamente, que me deseaban. Es verdad, no voy a negarlo. Pero de
una manera tan poco creíble que hubiese preferido el silencio.
Cuantas veces he rogado sufrir la metamorfosis de vaciar mi mente y
llenar mi cuerpo. Pero hay algo, siempre hay algo que parece
decirnos: mañana, quizás mañana. Entonces uno espera. Sabe que es
mentira, pero espera. Aunque muchas veces, uno quisiera destruir
esas imágenes tantas veces espejadas. No quiero que estas
disquisiciones sobre mi poco gloriosa existencia, cambien el rumbo
de mi interés de este momento. Ya ni se el tiempo que hace que no
pienso en lo que me está pasando. Ni tampoco quiero preguntarme
porqué me sumergí en todos esos recuerdos. Es muy posible que sea
para ahuyentar pensamientos que me llevan a creer que no podré
zafar de esta situación. Este retardo en ponerme otra vez en
movimiento me subleva. También me revienta el estar enterrado en
esta oscuridad. Bueno, tal vez, eso puede ser porque aún tengo los
ojos cerrados. No deja de ser una razón. ¿Y porqué no los abro?
Será, acaso, porque no tengo el valor suficiente para enfrentar mi
realidad. Puede ser. También podría preguntarme. ¿Y que gano con
ello? Sólo postergar la revelación de mi estado actual. Todo esto
me suena bastante ridículo. Al fin de cuentas, hoy, mañana o
pasado tendré que hacerlo. ¿Qué espero, entonces? Nada se va a
modificar con la actitud estúpida de postergar esta decisión. Lo
hecho, hecho está. Y en el último de los casos, desde este
momento, soy lo que soy. Bueno, o lo que queda de mi. De que me
sirve, ahora, pretender ignorar lo que va a ser mi futuro en estas
condiciones. Tengo que dejarme de macanas, y de una buena vez, abrir
los ojos. Es de cobardes no hacerlo. Además, creo que es un acto de
valentía enfrentarse a lo que uno es en verdad. Así que no
entiendo porqué no los abro. ¡Eso!, ¿porqué no los abro? Aquí
quiero hacer un silencio para tomar fuerzas en mi interior y decirlo
de otra manera. ¡Porqué no puedo abrirlos! ¡Esa es la pregunta
que no quería hacerme! ¡Ahí esta la verdadera cuestión! No
entiendo porqué, a veces, doy tantos rodeos para enfrentarme a las
cosas tal como son. Se, o creo saber, perfectamente, en el estado en
que me encuentro. Bien. Sigamos avanzando. Lo que también es
cierto, es que todavía debo estar bajo los efectos de los
medicamentos. De ahí este estado de somnolencia y de inmovilidad
que estoy sufriendo. Es por eso que siento los párpados pesados y
pegados a mi rostro. Y también es cierto que debajo de ellos siento
como un gran vacío. ¡Bah! Es llamativo el simbolismo que aplicamos
en situaciones como estas. Resulta increíble como la desesperación
nos hace exagerar, algunas veces, un pequeño inconveniente. Tengo
que dejarme de pavadas. Me doy perfecta cuenta que eso es pura
imaginación. En estas condiciones todo puede ser una burla, una
gran mentira. ¡Un gran vacío! ¡Ja! ¿A qué se le puede llamar un
gran vacío? En este caso podría sugerir que debajo de los
párpados, o mejor dicho, que los párpados no cubren nada. No puedo
negar que esa palabrita no me gusta. Como podría decirlo, me
inquieta, me produce una sensación de vértigo. Es más bien un
poco tonto, ¿no? ¿Qué motivos tengo para pensar en ella? Acaso, y
no lo niego, es muy común despertarme y sentir que todo es un gran
vacío. Que mi vida es un gran vacío. Que día tras día trato de
llenar ese vacío sin conseguirlo. Que cada día, y cada vez con
más frecuencia, siento la necesidad de reinventarme motivos para
seguir adelante. Que necesito creer que las frustraciones de ayer,
no fueron nada más que eso, las frustraciones de ayer. Sólo un
simple pretexto para incitar a mi espíritu luchador, o tal vez un
mal chiste de la vida. Otro cabo suelto que me deja el destino para
seguir tirando, y tirando. Como una gran comedia del engaño.
Entonces me doy manija, y me digo, con la más ferviente
convicción, que hoy, seguramente, será el gran día que espero.
Ese gran día donde pueda sentirme realmente como soy, donde pueda
encontrarme, y hacer valer mis empobrecidos atributos. Encontrarme,
frente a frente, con el verdadero motivo de existir. Claro, también
debo reconocer, que es muy poco el aliento que me queda. Es verdad
que con alguna frecuencia recurro a mis sueños pasados buscando
algo de mi fuerza perdida. ¿Cómo podría decirlo? Ese nuevo
impulso que me proyecte hacia adelante. Esa ansiedad contenida de
ser. Esa promesa, solidariamente falsa, que me haga creer que sólo
falta doblar una curva más, sortear el último obstáculo. Cuantas
veces me he sentido como perdido. Deambulando con mis inseguridades.
Sin embargo para mi, era perfecto, porque estando perdido, sabía
donde ir. Qué paradoja. Además no era otra cosa que mi manejo
conocido. Mis temores eran otros. Como ser, huir permanentemente de
lo razonable. De lo que me obligaba a sacar un buen resultado, a no
fallar. En definitiva, mis verdaderos problemas surgían en las
situaciones favorables. ¡Es increíble, no! Pero es la verdad. Me
sorprendían, no sabía como manejarlas. Y cuando me daba cuenta,
cuando llegaba al convencimiento que debía afrontarlas, cuando
decidía que de una vez por todas debía modificarme y ser tan
coherente como se debe ser, era demasiado tarde, se habían fugado,
o lo que es peor, habían desaparecido. Tantas veces he tratado de
reconocer el sitio donde apoyaba mis pies. Y debo decir, que lo
único que alcanzaba a ver era a mis pies. En cuantas oportunidades
he tenido que aceptar que todo había cambiado desde ayer. Que ahora
era distinto. Que nada es como uno suele imaginar. A pesar de todo
estaba dispuesto a transitar el nuevo camino. Y a la vez, y esto
también es cierto, saber que cada vez son menos las razones por las
cuales luchar. Eso es lo que me asusta, lo que me llena de temores.
Un luchador no puede aceptar que lo inmovilicen. Y si algo he sido
en la vida, fue justamente eso, un estúpido e irracional luchador.
Un recalcitrante atropellador de inconvenientes. Un vicioso de las
alternativas fallidas, de las dificultades. ¡Ah! Qué lamentable.
Cuanta fiereza perdida, inutilizada, desperdiciada. ¡Cuánta
ceguera! Cuantas actitudes necias. Recuerdo que ya desde muy chico
guardo experiencias que no son, exactamente, un modelo de felicidad.
Ni aún, tampoco, que con esas experiencias fortalecería mi
espíritu. Lo que si recuerdo es, no obstante las dificultades, que
con toda esa pasión incontenible que tenía y que me desbordaba,
alimentaba ideales, sostenía principios, defendía creencias.
¿Cómo decirlo?, era como ponerme una armadura que me protegía de
mis propias debilidades. En fin. Era un elemento generador de vida,
no puedo negarlo. Simplemente eso. Nada más que eso. ¡Pero
parecía tanto! Hasta se me ocurría pensar que si compartía la
mitad ni lo hubiese notado. Era tanto lo que podía compartir. Eran
sueños, ilusiones. Qué más. El paso por la vida era rápido,
ansioso. No había tiempo que perder. Además, lo que buscaba,
siempre estaba un poco más adelante. Siempre estaba un poco más
allá. Siempre la obligación de alcanzarlo. Solo es cuestión de
esperar el momento, me decía constantemente. Al presente lo vivía,
únicamente, como una transición hacia el futuro. Como un recorrido
obligatorio. Era como prepararle el terreno a los sueños. Como
almacenar esperanzas. Un día las volcaré todas juntas -pensaba-.
Pero eso era antes. Lo que acostumbraba a pensar antes. Esa gran
visión estática que era sólo un espejismo que me hacía rodar
alocadamente sin alcanzar nunca nada. Ahora, ya paso el tiempo, ese
tiempo, mi tiempo. Y el presente me hace sentir igual a ese
navegante que ha perdido la brújula en medio de una gran tormenta.
Ahora ya no se adonde debo ir lógicamente. Se supone que tuve
suerte al evitar, varias veces, que me aplastaran. De ahí que me
pregunto: ¿Qué pasó, donde fue a parar esa idea del futuro? Es
como si un gran manto ennegrecido lo cubriese. Me doy perfecta
cuenta, que si mirase con atención, notaría grandes cambios.
Curioso desenlace. Como si hubiese estado en las ágiles manos de un
mago, el futuro ha desaparecido. Lo han cortado de cuajo. Y el gran
inconveniente de esta realidad es la absoluta imposibilidad de
soñar. Sin duda, es terrible. No hay más remedio, entonces, que
conformarse con el hoy. Esa alternativa fugaz y sin raíces. Lo
vacuo, lo insustancial, lo epidérmico. Sólo cuenta lo que hoy
consigas. Lo único que tiene valor es lo que hoy consumas. ¡El
futuro ha desaparecido! Vivimos la cultura del descarte, de lo
fácilmente cambiable, la felicidad de lo transitorio. Todo puede
ser, alegremente sustituible. El secreto está en seguir alimentando
esa monstruosa máquina de la nada que impone el sistema. La
técnica y la ciencia destruirán paulatinamente, pero sin desmayos,
la vida en este planeta, no lo dudo, y con él, la esencia del
hombre. Todo es un canto al hoy. Se publicita, en un perfecto lavado
de cerebro, la valorización del hoy como única alternativa. Es un
gran y permanente mensaje. "No te preocupes, todo está
perfectamente organizado para que nunca te falte el hoy. ¡Por eso
te aconsejamos: consume, consume, consume, consume, consume! ¡Dejá
bien abierta tu bocaza para que nosotros te tiremos cosas
inservibles que gratificarán tu ego! ¡Y... A VIVIR EL HOY!
¡Prepará tu cuerpo para lucir toda tu elegancia, y si no la
tenés, nosotros te la inventamos! ¡Y si la cabeza te molesta, te
la raparemos hasta el cerebro! ¡Total, para que la necesitás!
¡Mañana también será el hoy! ¡Toda tu vida será el hoy!".
Debo serenarme, no debería caer tan fácilmente en estos pozos
profundos de rebeldía incurable. Hay veces en que me arrepiento de
estos arranques de rabia. Quizás la vida haya sido siempre así, y
no me he dado cuenta. Puede ser. Que se yo. Quizás convenga seguir
sin pensar en lo que se está haciendo. También puede ser, porqué
no. Lo cierto es que no tendría que dejarme llevar por estos
impulsos negativos. Pero me revienta toda esta situación. Me
subleva el hecho de no tener la mínima perspectiva de lo que me
pasó. Claro que hay circunstancias que hacen la diferencia. En este
caso, se supone que he tenido un gran accidente, y si esa
suposición se confirma, generalmente se piensa en lo físico. En lo
que se rompió. En lo que no existe más. ¿Adonde quiero llegar?
No, no... no quiero ni pensarlo. Me volvería loco. Ya tenía
suficiente con mi mediocre existencia. Hasta había llegado a la
conclusión que debía conformarme con lo poco, o mucho, que había
logrado. Nunca me queda claro eso. A veces se me ocurre pensar en
todo el tiempo que he malgastado corriendo detrás de ideales
lamentablemente -y a pesar mío- inalcanzables. Pero eso no lo hace
más estúpido a uno. Fue tanto el tiempo, que me animaría a decir
que es como otra vida. Claro que esta situación es distinta. ¡A
que se debe todo esto! ¿Porqué esta falta de reacción? ¿Porqué
esta resignada y cobarde actitud de aceptar lo que no comprendo? No
me reconozco. Estoy convencido de que la imaginación es más cruel
que la realidad. Pero es la realidad la que nos aplasta. Dicho de
esta manera parece una gran contradicción, pero no es así. La
crueldad está en que nuestra imaginación nos miente, nos deja
viajar a pura conveniencia, nos alienta tramposamente, nos deja
acomodar las cosas a nuestro gusto sin avisarnos que habremos de
enfrentarnos con el peor enemigo: LA REALIDAD. Es como pisar una
trampa cazabobos. Pensar en eso me produce una gran excitación.
Siempre me he reprochado mi gran temor a lo desconocido, a lo que no
puedo manejar, a lo que me jode conscientemente. Es lo que
vulgarmente se llama, una total falta de espíritu aventurero. De
ahí que toda esta misteriosa situación me produzca un gran
estremecimiento, y no pueda soportar la fuerza de mi torrente
sanguíneo golpeando en mis sienes. Una gran náusea recorre mi
cuerpo. Mi saliva se pone agria. Tengo en las tripas una gran
convulsión. Lo más seguro es que voy a vomitar. Eso sería una
tragedia. Estoy inmóvil y boca arriba. Si lo hago, vomitaré encima
de mi pecho. Es realmente, una situación de lo más incomoda. Pero
hay algo que por lo menos me reconforta. ¡Estoy hablando de mi
torrente sanguíneo!, y por consiguiente, eso me da fuerzas, me
tranquiliza un poco y me da la certeza de que ¡aún estoy vivo!
Seguramente, el que yo esté en este lugar se debe a un error, a un
grave error, a una grandísima confusión. A un apresurado
diagnóstico. De acuerdo, es muy normal que piense así. En ese caso
lo que debo esperar es que todo se aclare y listo. Podré irme a mi
casa tranquilamente. Perdonar a los que, en su apresuramiento,
cometieron este error seguramente involuntario. Y todo terminará en
medio de falsos discursos de disculpas, y de mi parte, las
santurronas frases "los disculpo" y "espero que no
vuelva a suceder". Mientras ellos se quedarán mordiendo su
frustración, yo me iré con esa sensación de alivio de haber
zafado de una situación tan comprometida. Ya hablaremos cuando
aparezcan. Cuando se dignen acordarse que aun estoy aquí. No
permitiré ningún tipo de excusas. Al carajo con sus disculpas.
Mientras tanto procuraré despabilarme. Y para eso debo empezar por
abrir los ojos. Basta de imaginarme macanas. Siento los párpados
muy pesados, es verdad. Pero no es raro si tengo en cuenta lo que he
dormido, y además, seguro que me han hecho tomar algún sedante.
¡Vamos, arriba esos párpados! ¡Afuera la oscuridad! ¿Qué me
pasa? ¡No puedo moverlos! ¿Qué situación es ésta? ¿Y mis ojos?
¿Qué pasó con mis ojos? ¡No los siento! ¡Ahora quiero
despertar, y no me obedecen! ¿A que se debe? ¿Qué me han dado a
tomar, o que me han hecho? ¿Porqué no puedo levantar mis párpados
y ver lo que sucede, en dónde estoy? ¿De qué manera puede
nombrarse una situación como esta? ¡Quiero irme inmediatamente! Me
asisten derechos inalienables para poder hacerlo. ¿Pero con quién
hablar? ¿A quién debo enfrentarme para exigirle una explicación
satisfactoria, y a la vez amenazarlo con no irme sin aclarar lo que
pasó con mis ojos? No quiero ni pensar que se hayan atrevido a
cometer algún indignante atropello a mi integridad sin mi
consentimiento. No señor, no pienso retirarme así como así, sin
exigir que me devuelvan lo que es mío. ¡Quiero irme en cuanto esta
enojosa situación quede aclarada y que yo esté como llegué...
ENTERO! ¡Ah...! que suerte perra es la mía. Si me trajeron
inconsciente, como podría asegurar que traía lo que traía.
Seguramente se defenderán diciendo que me voy con lo que traje. Es
más que seguro que intentarán convencerme que ellos no saben nada.
Que tal vez en el accidente los haya perdido. ¿Pero cómo? No en
pocas oportunidades, a lo largo de toda mi vida, me he golpeado la
cabeza de mil maneras. Sin embargo eso nunca provocó que mis ojos
se me cayeran. ¿Porqué ahora? Esto es desesperante. No encuentro
la manera de consolarme. ¿Cómo voy hacer para despertar a las
mañanas si no tengo mis ojos? Mientras me enrosco en mis temores y
en mis deducciones, no puedo evitar que un molesto temblor recorra
mi cuerpo. Y sin quererlo, con todo el horror imaginable, y al borde
del desmayo, me pregunto: ¿me los habrán sacado? Debo calmarme. No
quiero entrar en el juego que propone la desesperación. Aunque se,
por comentarios, como se manejan estas cosas. De los intereses que
se mueven en estas circunstancias. No voy a permitir que un simple
accidente me cueste los ojos de la cara. Y menos aún que alguien
pretenda lucrar con mi desgracia. Después vienen las excusas, las
falsas explicaciones. Nada puede justificar semejante acto de
barbarie. No hacen más que colocarse en el lugar de vulgares
ladrones. Y además, lo que me pone rabioso es que lo hayan hecho
tan pronto y estando yo a medio morir. Eso me parece una práctica
cavernícola. ¡Un verdadero escándalo! ¡Una asquerosidad! ¡Uno
es de uno, hasta que empieza a ser de nadie. No acepto esta muestra
de desesperación por trozarlo a uno como si fuera un pollo. En que
mundo vivimos! Es verdad que en esta sociedad moderna no somos más
que una simple estadística. Que existimos, a veces, únicamente
como expresión numérica. No lo apruebo, pero es la realidad. Lo
que tampoco apruebo es que al primer resbalón que uno se de, ya
estén dos tipos vestidos de blanco tironeándonos de las piernas
como si fuéramos una miserable lagartija. Creo que este lamentable
razonamiento me lleva a comprender mi trágico presente. Si la
desgracia que me tocó vivir, con todas las apariencias de
definitiva, y a mi pesar, evidentemente así fue considerada, no me
queda otra alternativa que creer en el desenlace más tremendo, más
negado, menos querido por cualquier ser viviente. Y es la de pensar:
¡Entonces, estoy en la morgue! ¡Mi madre! ¿Cómo se puede
justificar esto? ¡La gran puta, carajo! Si, si. ¿Cómo se puede
justificar el estar en la morgue y a la vez estar pensando?
¡Mierda! Si esta no es mi gran oportunidad de volverme loco, no se
cual puede ser. ¿Qué hago yo en una morgue, alguien me lo puede
explicar? Jamás, antes de ahora, se me ocurrió considerar la
posibilidad, ni aún por error, de que podría morirme. ¿Qué
derecho tenía ese maldito camión, o lo que haya sido, de cruzarse
en mi vida? Vamos, vamos, lo principal, en este momento, es no
enloquecerme. Considero que tampoco es fácil conservar la
serenidad. Lo principal es que me siento vivo y voy a zafar de esto.
No se como, pero voy a zafar, me lo prometo. ¡Ja, ja! ¡A pesar de
la situación, no deja de ser gracioso! ¡Si no me lo prometo yo,
quién lo va a hacer! Esto se asemeja más a una horrible pesadilla,
que a una posibilidad concreta. ¡Quiero sonreírme y mis labios se
endurecieron! Creo que lo único que logré fue una mueca dolorosa.
Pero volvamos a mis ojos. Para empezar, no creo haberlos perdido.
Uno no anda por ahí perdiendo sus ojos. Entonces debo pensar,
decididamente, que me los han sacado. Mediante una rápida y
ensayada acción de desmantelamiento. Así de simple. Sin embargo me
resisto a creerlo. Es de suponer que primero se deben hacer algunos
trámites. Nadie puede negar que en ese momento yo no estaba en
condiciones de poder discutir. De conocer verdaderamente la gravedad
de mi estado. Lo comprendo. ¡Pero carajo!, hay detalles que siempre
se deben respetar. Y uno de ellos es cubrir las apariencias. Es
verdad que estoy solo en la vida. Lo he asumido. Y que la soledad te
expone a estos peligros. También lo tengo asumido. Que cuando se da
una circunstancia como ésta viene un cualquiera y se apropia de lo
de uno. Eso también es cierto. ¿Pero ellos como lo sabían? He
perdido un poco el sentido del tiempo. No tengo idea del momento en
que me trajeron aquí. Estoy seguro, por otra parte, que en casos
como estos hay requisitos que cumplir, planillas que llenar.
Declaraciones de testigos. En fin, toda una historia que no sirve
para nada, pero hay que escribirla. Y eso lleva tiempo. El
suficiente como para que yo pueda demostrar que no estaba muerto.
Quizás algo dormido. O cansado de discutir por los permanentes
atropellos. A veces uno cierra los ojos como un intento de defensa.
Y eso no significa que uno esté muerto. Quizás sea un signo de
debilidad, lo acepto, pero también puede ser de impotencia, eso
también puede admitirse. Por eso rechazo la intención de darle a
esto el sentido inverso. Esta situación no se puede explicar por el
solo hecho de decir que hay otras urgencias que cumplir. Y que no se
puede estar esperando a que un tipo se decida a morir, o no. Pero
¡mierda! ¡Yo también soy una urgencia en este mundo! Y si a nadie
le importa, a mi si me importa. Si seguimos así bastará un simple
desmayo para que te metan en un cajón. No hay derecho. Además.
¡Dónde están los funcionarios! ¡Adonde están los que deben
hacerse cargo de casos como el mío! ¡Quiero que vengan, quiero
hacerles el reclamo cara a cara! Quiero que se hagan responsables de
las barbaridades que se cometen en nombre del sistema que ellos
manipulan a su antojo. ¡Ay, ay, ay! Que terrible infantilismo el
mío. Que lirismo trasnochado tienen mis protestas. Es como intentar
pegarle un cascotazo a la luna. Debo ser el único ser viviente de
este desquiciado planeta que ignora que los funcionarios nunca
están al servicio de sus funciones, en realidad no han sido creado
para eso, siempre hay que buscarlos. Generalmente están en alguna
fiesta, o haciendo algún viaje para documentarse de los últimos
adelantos mundiales en su materia. ¡Ja! Como hago ahora, mejor
dicho, a quien le reclamo. ¿Cómo puedo justificar que cuando me
trajeron aquí yo tenía mis ojos puestos? ¿Quién será capaz de
reconocer este humillante apresuramiento? Seguramente si persisto en
mis reclamos querrán solucionarlo con algún tipo de
indemnización. Claro. Y seguramente, con un catalogo de disculpas.
Y seguramente, también, todo se irá diluyendo en un gran trámite
burocrático. Y seré pasto de los noticieros televisivos. Y por
consiguiente, todo se irá deformando en una gran explicación que
no explica nada. Y seguramente habrá un gran revuelo donde todo el
mundo será culpable. Y todo el mundo hará su descargo
correspondiente. Y todo el mundo explicará su inocencia culpando al
otro. Y la sociedad que se preocupa más en que termine el noticiero
para poder ver su programa favorito, por supuesto sacará sus
propias y deformadas conclusiones, sus humanas conclusiones, sus
universales conclusiones, que son las siguientes: ¡Suerte que no
soy yo! Y ellos, los del noticiero, saldrán corriendo hacia sus
canales para recibir las efusivas felicitaciones de jefes y
compañeros. Y se preocuparán de entrar en alguna terna que premie
su trabajo. Y se quedarán con la satisfacción de haber hecho una
gran nota, de la tarea cumplida, y posiblemente en paz con su
conciencia por la satisfacción del deber cumplido. Y pasará el
tiempo. Y mi caso, para ellos, será una anécdota. ¡Pero yo
seguiré sin mis ojos! Y todo quedará perfectamente injustificado,
para satisfacción de los que intervinieron. ¡Menos para mi, por
supuesto! ¿Qué me queda por hacer? Cuando salga de aquí no seré
otra cosa que un ultrajado ciudadano más. ¿Con qué cara, mejor
dicho, con que argumentos podré parar a alguien por la calle y
reclamarle que me devuelva mis ojos? Sería una situación de lo
más ridícula. Seguramente, es de suponer, claro, que él va a
hacer valer sus derechos adquiridos. Además, ¿cómo compruebo que
sus ojos son los míos? Tendría que pedirle que me permita hacer
una prueba, dejar que me los ponga, si encajan, bueno... Ahí
empezaría la gran discusión. Claro que debo confesar, que a mi
entender no es ese el fondo de la cuestión. Tampoco podría evitar
que el tipo quiera darme una paliza. No es común, lo acepto, que
alguien vaya por las calles manoteando los ojos de los demás, por
más razones que pretenda tener. Más bien mi inquietud sería por
otro motivo. Y aquí es donde cuestiono este inhumano mecanismo y me
pongo a reflexionar. ¿Qué sentido puede tener, para este
individuo, el mirar las cosas como yo las miraba? Además, también
hay que considerar que a través de andar juntos durante tantos
años, mis ojos se habían acostumbrado a pensar de una manera. ¿En
qué situación desconcertante se encontrarán ahora? Lo más
seguro, mirando y sin entender nada. ¡No me digan que no es
terrible! Conmigo habían logrado desarrollar una expresión casi
piadosa frente a tanta locura humana. ¿Con qué criterio estarán
obligados a mirar ahora? Quizás estén limitados a una simple
mirada indiferente. O tal vez a una vulgar mirada de tono
conformista. También puede ser, y eso si sería lo peor, a no
importarles lo que ven. Es por eso que no puedo evitar que me invada
una gran tristeza. Un claro sentimiento de impotencia ante semejante
arbitrariedad. ¡Nunca nadie, jamás, podrá convencerme que deba
aceptar que se me quite lo que de nacimiento me pertenece, en este
caso mis ojos! Y mucho menos, que vayan a parar a la cara de alguien
que no se los merece. Y mucho menos, aún, que obliguen a nuestros
ojos a mirar las cosas desde un punto de vista al que no estaban
acostumbrados. ¡No señor! Me muero antes de permitirlo. Mis ojos
sabían perfectamente, y lo digo con un gran orgullo, distinguir el
bien del mal. Fue mi gran preocupación. Me llevó toda la vida
enseñarles, y de eso doy fe. Juntos, y con gran tristeza, y muy a
pesar nuestro, hemos comprobado que en este mundo todo esta
inmoralmente calculado. Siento que una gran rebeldía me está
inundando, y me ahogo. También comprendo que con el solo hecho de
pensar no voy a remediar nada. Debo accionar, y lo primero de todo,
convencerme que todavía estoy vivo; algo averiado, pero vivo.
Sacaré las fuerzas de donde sea para despegar mis párpados. ¡Si,
si! Será doloroso, no lo dudo. Tendré que enfrentarme a ese gran
vacío. Pero así están dadas las cosas. He sido despojado de la
manera más salvaje. Pero alguien deberá hacerse responsable por
esto. Verdaderamente hay momentos en que no se puede contemporizar
con todo el mundo. No hay porqué considerar las razones de los
demás como justas, si no lo son. No tenían ningún derecho a venir
y ponerme sus sucias manos en mi cara y arrancarme lo que a ellos
les convenía. No me interesa el precio que han sacado, allá ellos,
al fin de cuentas es su negocio. A mi eso no me importa. ¡Quiero
que me devuelvan mis ojos! En ese aspecto, no habrá ninguna
posibilidad de acuerdo conmigo. ¡Quiero que sigan llevando mi
apellido! Ahora, lo importante es enfrentar mi realidad. He cometido
un error, ahora lo comprendo, un gran error. No hay que cerrar los
ojos en la oscuridad. Siempre hay que estar alerta. Eso en mi
opinión, fue mi gran error. Tumbado de espaldas, como estoy ahora,
mis posibilidades son limitadas, pero debo ponerme en acción.
Levantaré mi brazo derecho, y con mi mano despegaré mis párpados.
Tendré que hacerlo lentamente, suavemente, sin ningún movimiento
brusco. ¿Porqué tuvo que ocurrirme esto a mi? Escucho extraños
zumbidos. Gemidos desgarradores. Alaridos que son como martillazos
en mis sienes. Quisiera suspirar, pero tengo miedo de cagarme
encima. No se cuanto tiempo más podré aguantarme así. Pensar que
estaba bien en mi habitación. Si, si. Me sentía perfectamente
bien. Había logrado una gran libertad. Sin necesidad que nadie
viniese a preguntarme si mis cosas marchaban bien, o si necesitaba
algo. Había logrado limitar mis necesidades a la mínima
expresión. Me había convencido. Podía existir. Quizás mi
equivocación haya sido cerrar los ojos, y no para dormir
justamente. Me cuesta mucho poder dormir, será por miedo, tal vez.
¡Basta de divagaciones! Sigamos. Debo evitar que mis párpados se
metan en esos agujeros que me dejaron al arrancarme los ojos. Pero
vayamos de a poco. Partamos desde la base que mi estado físico no
es el ideal. Que no tengo la soltura de movimientos necesaria que se
requiere en estos casos. Que posiblemente el camión haya fracturado
algunas partes de mi cuerpo y no pueda hacer lo que deseo de un solo
movimiento. Ya he comprobado que mis piernas están entumecidas por
el frío, pero están, que es lo importante. También es cierto, y
debo decirlo, que con respecto a mis brazos no tengo la misma
seguridad. Es evidente que la falta de sensibilidad se debe a las
consecuencias lógicas del accidente. Mentalmente me ubico en el
lugar en que deberían estar y les transmito las ordenes de
movilidad correspondientes a los músculos. No debo apresurarme, la
situación es muy traumática. Debo aceptar que el choque, con
semejante mole, debe haber producido interferencias lógicas en mi
circuito muscular. Entiendo que no va a ser nada fácil. También
comprendo que el resultado positivo de este procedimiento dependerá
de la actitud serena y sin histeria con la que yo lo encare. Bien,
lo concreto es que estoy tirado de espaldas en lo que se supone es
un camastro o algo parecido. En este momento me es imposible
identificar concretamente al aparato. Ya dije que tengo mis piernas
estiradas y frías, siento mi pelvis hinchada y esperando ser
desagotada. Debo aclarar que mi miembro, por el motivo de haber sido
medicado con sedantes, es de un tamaño que sólo sirve para
justificar mi sexo. Es la pura imagen de un humilde y respetuoso
acto de presencia. A pesar de la seguridad de estar enviando
correctamente las órdenes, no consigo la respuesta deseada de mis
brazos. Considero que el asunto de mis ojos me alejó totalmente de
la situación real de las otras partes de mi cuerpo. Quizás deba
considerar la alternativa que la insensibilidad de mis brazos se
deba, a que tal vez, y a causa del accidente, hayan tenido que
enyesármelos. No es para nada descabellado pensar en esa
posibilidad. Cuando alguien es arrollado, como seguramente me
ocurrió a mi, las fracturas y roturas de huesos son lo más normal.
Aquí quisiera preguntarme, ¿me los habrán enyesado igual a pesar
de creer que había muerto? También es posible que en el apuro no
hayan tenido en cuenta esa situación. Bueno, no se de que me
alarmo. En estos casos no desperdician ninguna razón para hacerse
de unos pesos. En fin, uno no es culpable de pensar en estas cosas.
No es nada que pueda sorprender comprobar el funcionamiento corrupto
de este sistema. De estos chacales con piel de ovejas. Podría decir
que estoy algo alarmado, o mejor dicho, asombrado. ¡Bueno, esto si
que es curioso! ¿De qué me asombro? O lo que es peor, ¿qué es lo
que aún puede asombrarme? Esa es la verdad. Es indudable que a
veces nos resulta difícil manejar una situación que nos supera
emocionalmente. Me siento totalmente desquiciado, espiritual y
físicamente. No encuentro la salida, ni la explicación lógica a
este gran embrollo. Toda esta mezcolanza de temores y suspicacias
que se abalanzan sobre mi frágil credulidad. Debo confesar que no
es para nada fácil. Si señor, así como suena, nada fácil. Sin
embargo estoy aquí, luchando contra no se que, pero luchando.
Seguramente es algo instintivo. Posiblemente responda a ese
sentimiento de orgullo que nos invade cuando decimos que estamos
luchando. Quizás sea ese falso espejismo que adula nuestro ego. Esa
desesperada y constante necesidad que tenemos de mentirnos
permanentemente. Vaya uno a saber. Pero ayuda, es indudable que
ayuda. Además, si sirve como ejemplo, gracias a ese mecanismo he
superado -momentáneamente, claro- el episodio de mis ojos. Bueno,
no entiendo este eufemismo de mi parte para calificar ese hecho.
Creo que corresponde decirlo más claramente. ¡El robo de mis ojos!
No hay porqué tener pelos en la lengua para decir las cosas como
realmente son. Porque después, pasado el tiempo, no puede
corregirse el error. Pero basta. Considero que ya es suficiente
colaboración -no querida por supuesto- de mi parte a esta infame
organización delictiva llamada sociedad moderna. ¡No, por favor!
No pienso arriesgar ni un centímetro más de mi estructura física
para seguir alimentando la voracidad de este salvaje sistema. ¡Soy
una persona! ¡Una identidad! ¡Un ser pensante! No pueden tirarme
al tacho de la basura cuando se les ocurra. Me niego a pertenecer a
esta especie de reservorio humano en que se ha transformado el
mundo. Mi capacidad de tolerancia se está cubriendo. Me resisto a
aceptar que El Poder me trate como a un gusano. No quiero terminar
siendo la borra de un mal vino, agriado y en el fondo de la botella.
He nacido para ser. De eso estoy seguro. En la ubicación que me
toque. Pero quiero ser lo que deba ser. Este es mi grito de
rebeldía. A pesar de estar tirado de espaldas y con mis movimientos
limitados. Obligado a una actitud pasiva. Soportando, estoicamente,
los ultrajes en mi humanidad. Ya ni sé el tiempo que ha
transcurrido desde el momento en que me despabilé intentando
descifrar cual es, realmente, mi situación. Supongo que este estado
de nervios se debe, más que nada, a la dificultad que tengo para
poder contactarme con mis brazos. Espero, si es que me han enyesado,
sentir en la punta de mis dedos, el cosquilleo característico que
produce la falta de irrigación sanguínea necesaria. Esa molesta
sensación de saber que las cosas están ahí, pero no sentirlas. Ya
me ha ocurrido otras veces. Y no por el hecho de estar enyesado.
Sino por el mal funcionamiento arterial. No lo niego y son
antecedentes válidos. Por ejemplo, muchas mañanas al despertar me
ha costado sentir los dedos de los pies; otras veces me ha ocurrido
con las orejas, o con la nariz. Ni que decir de las veces que me he
despertado con la sensación de haber sido castrado. A cierta edad
los desequilibrios de funcionamiento son más comunes y seguidos. Y
debo confesarlo, el funcionamiento de mi organismo no está para
grandes aplausos. Eso también es verdad. Pero ahora, y en este
momento, lo que me preocupa, es que todavía no siento el famoso
cosquilleo en la yema de los dedos de mi mano. No pretendo alarmarme
innecesariamente. Trataré de manejarme con prudencia. Se que la
desesperación no es buena consejera. Así que esta vez prescindiré
del cosquilleo. Al fin de cuentas, no siempre se dan las mismas
alternativas. Esta vez intentaré con la rotación del cuello. Si
mis vértebras me lo permiten, claro, haré girar mi cabeza de
manera que mi mentón se acerque lo más posible a mi hombro
derecho. Ya que hablamos de rotación, no se cual es la razón, pero
a mi me resulta más fácil hacerlo hacia ese lado que hacia el
izquierdo. Bueno, ahora no viene al caso analizar esta diferencia.
Lo que si, cada vez que hago ese movimiento no puedo evitar esa
sensación de mareo que me produce. Este intento de acercamiento
puede ser revelador. Cuando desplazo mi mentón hacia el hombro, no
siento ningún roce. Algo que me indique concretamente que me han
enyesado, o por lo menos vendado. Tampoco percibo la molestia de
alguna tira de gasa desprendida. O algún cinturón de cuero que me
haga suponer que mis brazos están colgando de algún trapecio
encima de la cabeza. Es llamativo. Realmente no se, no alcanzo a
imaginarme el criterio que han seguido en este caso. Lo cierto es
que estoy desconcertado. Si hubiesen tomado la precaución de dejar
a alguien de guardia, podrían por lo menos, evitarme esta
incertidumbre. Tengo ganas de empezar a los gritos y reclamar una
asistencia medica acorde con mi condición de ciudadano honesto. Por
lo menos exigir que pongan una luz en esta maldita heladera. Esta
indiferencia hacia alguien como yo, que ha sufrido la devastadora
acción del trajín ciudadano. Es una clara muestra de que a nadie
le importa la suerte del otro. Estoy cada vez más incómodo, por la
falta de aire y el fuerte olor a formol. Esta enervante situación
me provoca una gran conmoción emocional donde, forzosamente, lo
convierten a uno en un salvaje. A veces me pregunto si en realidad
estoy en el buen mundo. En ese buen mundo donde es posible la
relación humana. Donde el existir le da a uno cierta garantía,
cierto respeto. Y no en este reino creado en medio de la inmundicia
universal. ¡Basta, terminemos con las imágenes! Otra vez este
sudor frío, y los labios resecos. No quiero, ni por asomo, manejar
la hipótesis de que hayan cometido otra barbaridad. No deseo,
tampoco, quedarme enganchado con la idea que supone aceptar otro
macabro hecho consumado. Ese razonamiento me acercaba a una
posibilidad impensada. ¿Y si en realidad estoy muerto? ¿Entonces
es verdad, nada se termina? No, no, todo esto es pura fantasía.
¡Claro que si, pura fantasía! Confieso que muchas veces, en
momentos de gran desconcierto, he levantado la vista hacia el cielo,
casi como en un movimiento mecánico e intuitivo. Como en un último
recurso buscando la ayuda desde donde dicen que viene. Lo he hecho,
es verdad, pero cuando era absolutamente necesario. Pero es verdad,
también, que he recibido respuestas muy confusas. No he podido
interpretarlas. Claro que en esos momentos yo podía actuar como una
persona normal. Y dejaba vagar mi vista por esas planicies
interminables. Hasta donde mis ojos podían ver. En esas alturas
desérticas depositaba mis angustias en los momentos en que todo me
iba mal. Y enviaba mi interrogante en un misil cielo-cielo: Así,
¿vale la pena vivir? Bien, vayamos por partes. Trataré de
controlarme. Además, creo que no es el momento más adecuado para
ponerse nervioso. Trataré, en lo posible, de mantener la mente
fría. Correcto. Supongamos que esto es pura fantasía. Bien,
despacio, despacio, tratemos de razonar lo más despaciosamente
posible. Lo más coherentemente posible. Es fundamental no dejarme
vencer por mis temores. Total, mirándolo por donde se lo mire, de
que vale apresurarse. Además, bastaría con una sola actitud para
destruir este pensamiento ridículo. Y esa actitud no es otra que el
simple hecho de abrir los ojos y terminar con este misterio. Así
debe ser. Así de simple. Todo es cuestión de proponérselo. Pero
claro, aquí hay un detalle en el que me quiero detener. ¡Para
abrir los ojos, hay que tenerlos! ¡Y a mi me los han robado! Me
siento desfallecer. Falsamente trato de disimular mi debilidad. En
otras épocas hubiese dado un salto y habría develado rápidamente
este misterio. Pero hoy estoy sumido en un mar de incapacidades. Y
no resisto la posibilidad de encontrarme peor de lo que me siento.
Debo poner en práctica ese famoso mecanismo que a mucha gente ha
hecho triunfar. ¡Fuerza de voluntad! Se que éste no es el mejor
momento para sentirse orgulloso. Tampoco dejo de reconocer que esta
situación límite, que me toca vivir, ha logrado despertar algo en
mi interior que estaba adormecido y que es ¡defender con todas mis
fuerzas lo poco que me queda! No se si ésta es la oportunidad más
apropiada. También ignoro si tendré el tiempo suficiente. Lo
importante es que me siento con la voluntad necesaria para
intentarlo. Cuantas veces, a lo largo de mi existencia, me he
reprochado la poca predisposición que tenía para defender lo que
realmente era mío. Cuantas veces, sin el valor de terminar algo y
sin la necesaria fuerza para continuar, me cubrí detrás del
"Asunto Terminado". Y volvía a sumergirme, a
emborracharme, a conformarme, ignorando todo ese lastre del pasado.
He almacenado tantas debilidades, tantas indecisiones, tantas
desilusiones, tantos buenos intentos frustrados, que ahora, en mis
peores momentos, me tapan el presente y no puedo remediarlo.
Intenté incorporarme, tenía una vaga idea de la ubicación de mis
brazos. Si estaba tirado de espaldas, con la cabeza hacia atrás era
muy fácil suponer que mis brazos colgaban hacia los costados.
¿Pero porqué no se producía el mecanismo normal de levantarlos?
Recapacité haciéndome cargo de la situación. Si en verdad había
ocurrido lo que creía que había ocurrido. Si la acción tramposa y
ladrona de sacarme los ojos sin mi consentimiento, y debido,
posiblemente, a una inconsciente acción mía de defensa -lo digo
así porque realmente no recuerdo para nada ese tremendo momento-
tal vez, y para evitar una lucha que en esas instancias no les
convenía, hayan atado mis brazos a la cama. Esta es la única
explicación que encuentro como posible. ¡Pero carajo! Esto es más
que indignante. Por lo menos, después de haber conseguido lo que
querían, hubieran podido desatarme. Hasta en una guerra, en los
momentos cruciales donde alguien está por matar a otro existe una
actitud solidaria. ¡Mierda! Se puede matar a otro, todo depende de
la situación a enfrentar, pero de ahí a relajarlo... ¡Me parece
que esa es una gran porquería! Digo esto porque después de haberme
sacado los ojos, ¿qué sentido tenía el dejarme atado? La verdad,
y es lo que más me revienta, es que no se como manejarme ante
semejante situación. Si pudiera sincerarme, a pesar de no ser este
el momento más adecuado. Si diera rienda suelta y fuese leal con mi
estado angustioso. Diría que mi intención, en estas
circunstancias, sería llorar como un loco. Como un chico malcriado,
empezar a zapatear y a pegar los más insufribles berridos. En
definitiva, hacerme oír hasta que alguien se sienta molesto y
quiera averiguar que pasa. Pero en verdad, no me animo. Y no es que
no me anime por un sentido machista, no, no. Lo que realmente me
impide llorar como yo quisiera es no saber, concretamente, que es lo
que va a pasar con mis lágrimas. Y esta incertidumbre no es para
nada gratuita, ni mucho menos. Antes, las lágrimas se asomaban
graciosamente por los costados de los ojos, como si éstos fueran
una gran represa de contención, y bastaba, simplemente, con usar el
pañuelo como sopapa, y todo terminaba ahí. Pero ahora, ¿qué
pasará con mis lágrimas? ¿Qué ocurrirá cuando inunden los
agujeros que me han dejado? ¿Acaso no correré el peligro de morir
ahogado? Y eso si sería una gran estupidez de mi parte. ¡No
quisiera, por nada del mundo, convertirme en cómplice de esos
sujetos! Si no supieron terminar el trabajo, peor para ellos. Pero
esa es otra historia. Volvamos al problema de mis brazos. ¿Porqué
no consigo tener una referencia exacta del estado en que se
encuentran? No es que busque permanentemente un motivo para
aterrarme. Pero aquí se da el caso para que eso se de. Si bien que
con el giro de mi cabeza y el roce del mentón en mi hombro, no más
de ahí, aunque no pueda asegurar que algo raro ocurre, lo que me
intranquiliza es la falta de sensibilidad. Siento como si los
hombros fueran el límite, como si después de ellos no hubiese nada
más. ¡BASTA! ¿Qué es lo que estoy diciendo? ¿Cómo, nada más?
¿A qué extraña y enfermiza conclusión quiero llegar? ¿En que
estado de delirio quiero caer? ¿Otra vez empiezo con ese masoqueo
alucinante? ¿Qué motivos tengo para pensar que los hombros sean el
limite de mi torso? ¿Será posible que siempre que me pongo a
divagar llego a conclusiones escalofriantes? No, no, es
sencillamente espantoso el solo hecho de creer que esa posibilidad
sea real. No me atrevo ni a pensarlo. Claro... pero... ¿Y si es
real? ¿Qué me queda por hacer? ¿Cuál debería ser mi reacción y
cuál debería ser mi actitud ante semejante revelación? ¡Esto es
alienante! Intentar, siquiera, aturdirme con el odio que genera
asumir semejante atrocidad. No es nada fácil, lo aseguro. ¿En que
me están convirtiendo? O lo que es peor. ¿Qué es lo que quieren
que deje de ser? ¡Es que acaso pretenden desintegrarme! ¿Y qué
lograrían con eso? Nunca he sido algo más que un vulgar y mediocre
ciudadano. ¿De qué éxito se podrían alegrar? Débilmente, y con
mucha tristeza, pero aún así conservando mi dignidad y mi lucidez,
me hago la firme promesa que alguien va a pagar por esto. Lo juro,
así sea lo último que intente en mi vida. ¿Pero cómo voy a
hacerlo en estas condiciones? ¿Qué posibilidad me asiste de
enfrentarme, a quien sea, y gritar mi verdad? ¿Y que diré, cuando
me pregunten como se ha producido el hecho? ¿Cómo podré demostrar
que en ningún momento di la conformidad para que me sacaran los
ojos y los brazos? ¿Cómo podré demostrar que yo estaba durmiendo
cuando me los amputaban, o me los arrancaban, o me los serruchaban?
¡Mierda! ¿De qué manera puede relatarse un hecho semejante para
que suene más despiadado? ¿Cómo puede ser expresada semejante
salvajada? Es inútil, faltan las palabras. Ellas también se
esconden. Porque es imposible describir la locura humana. Todo esto
debe ser una gran pesadilla. De otra forma es imposible calificarla.
¡Voy a salir de aquí, como sea, pero voy a salir! ¡En esta mierda
de morgue ni siquiera hay una ventana! Me siento decepcionado, y al
mismo tiempo indignado. ¿Para qué quiero salir ahora, y en estas
condiciones? ¿Cómo presentarme ante la sociedad sin ojos y sin
brazos, bajo que pretexto? ¿Quién va a creerme que soy una
víctima de un procedimiento apresurado? Muchos van a pensar que mi
aspecto se debe a mi falta de higiene, o a mi descuido en lo
personal. ¡Nunca más podré mirar a alguien y abrazarlo! Es una
verdadera desgracia. ¡Llorar, llorar, eso es lo que me aliviaría!
¿Pero porqué al mismo tiempo tengo ganas de mear? Son casi las
mismas sensaciones de alivio. Y tan distintas a la vez. Es notable,
¿no? Mi respiración se complica. Me viene como un acceso de tos.
¡Por favor! Es lo único que me faltaba. Mis heridas se van a abrir
si empiezo con las convulsiones que produce el toser. Presiento que
mi pecho va a explotar si trato de evitarlo. ¡La puta, carajo! En
que lamentable condición estoy. Sólo falta que me cuelguen de un
gancho, como a una res de ganado. ¡Hasta donde llegará esta locura
humana! Muchas veces he oído decir que todo hombre tiene su precio.
Es verdad. Pero creía que era con referencia a su moral. Jamás
pensé que por venderlo así, en pedazos. No me lo hubiese imaginado
nunca. ¡Qué trato tan siniestro! Conmigo lo van a hacer, estoy
seguro. ¿Y cómo puedo evitarlo? Ya ni puedo señalar a los
culpables, ni tampoco identificarlos. ¡Fueron muy astutos, los
cochinos! Es indudable que seguirán hasta desmantelarme totalmente.
Venderán todo lo que sirva. ¿Y mi mente? ¿Qué harán con mi
mente? Seguramente irá a parar a un tacho con ácido disolvente. Al
fin de cuentas, quien va a preocuparse, en este mundo, de la falta
de unas pocas y bien intencionadas ideas. ¿A quién puede servirle?
¡Ah...! ¡Cuánta impotencia! ¡Cuánta soledad de vida! ¿Qué
puedo hacer para salvar lo poco que queda de mi? Lo poco que aún
puede salvarse. Es una lucha tan desigual que haría retroceder al
más valiente. ¡Dios! ¿Qué es lo que está pasando? ¿Hacia qué
va la humanidad? ¿A convertirse en qué? En esta carrera loca hacia
la nada basta mirar a la gente y ver como sus rostros se mimetizan.
Todo el mundo abre sus ojos desmesuradamente y aprieta sus labios
resecos. Estamos frente a un gran abismo. Las palabras ya no sirven
para nada, no nos dicen lo que nosotros necesitamos escuchar. ¡Qué
barbaridad, Dios mío! ¡Qué tremendo vacío espiritual nos rodea!
Es curioso, siempre recurro a esta expresión en los momentos más
críticos. ¿Será que soy supersticioso? En fin. ¿O será que no
hay otra? Además, tengo entendido que estos pedidos de último
momento no llegan nunca a destino. Soy consciente de que muchas
veces he tolerado otras mutilaciones, otras vejaciones, otros
olvidos, otras traiciones, otras indiferencias. Pero esta vez me han
destruido, y de que manera; de la manera más grosera y humillante
que se podía esperar. No va ser nada fácil, poder reponerme. No
obstante seguiré. Como otras tantas veces lo he hecho. Solo será
cuestión de acomodarme a mi nueva realidad, me guste, o no. A veces
es mejor dejar de pensar en ciertas cosas. En esas cosas que te van
comiendo por dentro. ¡Mentiras! ¡Eso es un gran macaneo! Es mucho
mejor pensar en esas cosas. Lo más que se pueda. Así no se
convertirán en fantasmas en nuestra memoria. Ni tampoco dejarlas
que se pudran. Porque indefectiblemente su hedor nos alcanzará. Es
inevitable. Nada nos va salvar de vivir con nuestras culpas toda la
eternidad y algo más lejos también. No somos unos dulces pájaros
maltratados. ¡No! Que nadie se crea que está en situación de
señalar a los otros. Quien más, quien menos, hemos colaborado en
provocar esta debacle. Quien más, quien menos, alguna vez hemos
acariciado, lascivamente, un pedacito del Poder. ¿Y qué es el
Poder, aparte de hombres? Estaba enganchado en esas elucubraciones,
cuando sentí un fuerte golpe en mi pecho. ¡El terror me paralizó!
Alguien estaba parado sobre mi y amasaba mi pecho con unas puntas
filosas. Como buscando el mejor lugar para ensartarlas. ¡Esto si
que es el final! ¡Mi madre...! -pensé angustiosamente- Tendría
que haberlo imaginado. ¿Y ahora qué? Ni siquiera puedo decir que
después de esto sólo seré un recuerdo. No se si este es el
momento para reflexionar sobre mi vida. Pero justo en este instante,
que seguramente será el último instante para mi, me doy cuenta que
a lo largo de todos mis años no me preocupé por ser el recuerdo de
nadie. Sinceramente, antes de ahora, no creí que eso tuviese algún
valor. Más bien pensaba en lo inútil de las despedidas
lacrimógenas. ¡Ya pasó, ya se fue! ¿Qué más se le puede pedir?
Era lo que normalmente me inspiraba la muerte de algún conocido.
Claro que en este momento no es la despedida de otro. Tampoco es lo
mismo ver las cosas de afuera que de adentro. ¡Mierda! Esta vez soy
yo quien está en la plataforma de lanzamiento. Listo para ser
despedido, con un solo movimiento, hacia las estepas celestes y la
eternidad cósmica. O hacia algún chiquero, si es que quiero ser
pesimista. Mis pobres restos, así despedazados, sólo pueden servir
de alimento a los chanchos. Que distinto se analiza todo desde esta
posición. Cuantas veces dije que eran macanas eso de pedir la
última oportunidad. Cuando el bolillero deja de girar y la bolilla
queda en tu casillero, chau, no hay más reclamo -era lo que solía
decir con toda la soltura de quien se siente lejos de ese sorteo-.
En estos momentos, imploro, suplico, firmo lo que me pidan, con tal
de que el bolillero siga girando. No se, en realidad, a que quiero
aferrarme. Tampoco se porqué me resisto. Si me he cansado de
despotricar contra mi puta y gris existencia. Sin embargo estoy
aquí, luchando con uñas y dientes, tratando de defender lo poco
que queda de mi. Lo último que se pierde es la esperanza -oí
decir-. En estos momentos guardo, humildemente, la esperanza que se
hayan conformado con lo que me sacaron. Y que en un arranque
humanitario me dejen el corazón. Además, ¿a quién puede
interesarle el pobre? Está tan cansado de tantos sobresaltos, ha
llevado tan mala vida, que no creo que pueda servir de mucho. Más.
Diría que no puede servirle a nadie. Me encontraba en la
desesperada tarea de justificar lo inútil que sería sacrificarme
por algo de un valor tan discutible, y justamente ahí, si, fue en
ese preciso momento, cuando horrorizado, como nadie puede imaginar
que alguien se puede horrorizar -¡horrorizado de todos los
horrores!- sentí la macabra finura de una larga aguja que se
incrustaba en mi desmoralizado tórax. Si. Se habían decidido. Ya
no tengo nada porqué pelear. ¡Qué estúpida esperanza la mía!
¡Cómo iban a desperdiciar el corazón! Seguramente les habrá
llegado un pedido de último momento. ¿Cómo defenderme? De alguna
manera trataba de evitar que las cosas no les fueran tan fácil. Que
supieran que yo sabía lo que iban a hacer. Quise gritar: ¡no, el
corazón, no! Pero mi garganta era como una caverna reseca. ¡Estos
malditos no pueden salirse con la suya! Quería, por lo menos, que
les quedasen grabados en sus oídos los gritos desesperados de
alguien que iba ser descuartizado. Fue en ese instante, exactamente
en ese instante, cuando sentí como una segunda aguja se introducía
en mi pecho. ¡Entonces, no se como ni de donde pudo haber salido,
un grito atronador movió las paredes de ese cuarto! Y de un salto
me incorporé. Jadeante, traspirado. Con los ojos tan abiertos que
podía mirarme la nuca. Entonces vi, de repente, a mi gato. Apoyado
en mi pecho y mirándome con los ojos más abiertos que jamás vi.
Nos quedamos mirando. El, no entendiendo para nada mi reacción. Y
yo, tratando, en un segundo, de reconocer la aventura de horror que
acababa de soñar. Sin embargo el dolor en mi pecho aún seguía. La
uña me la había clavado. El se dio cuenta y giró como para irse.
Yo era todo alegría. Todo desconcierto. Y todo dolor. El no podía
comprenderme, pero yo le estaba eternamente agradecido. Casi llegué
a pensar que le debía la vida. Murmuré algunas palabras, entre las
babas que caían de mi boca, para tranquilizarlo. Ya se sabe el
carácter de los gatos. Tienen un proceder muy humano. Se sirven de
uno, pero no se comprometen. Pero no me importaba, en ese momento
era mucho lo que tenía que agradecerle. Fue en ese momento que me
acordé del pinchazo. ¡Gato maldito! Vio mi mirada. Se preparó
para saltar. ¡No, no! No quería que se fuera. Gatito lindo, quise
decir. Todavía necesitaba de su presencia. El certificaba que lo
anterior había sido una pesadilla. Notó el cambio de mi mirada.
Colocó su cuerpo medio como para irse, y medio para quedarse. Con
una sonrisa dibujada intenté calmarlo. ¡Gato de mierda! ¡Gato
sucio! ¡Gatito lindo! Desconfiaba. Conocen muy bien la falsedad del
hombre. A mi no me convenía que él se fuera. En ese momento, yo
sentía emociones encontradas. No quería estar solo. Aún me
molestaba esa horrenda pesadilla. Y a la vez tenía esa gran
alegría de comprobar que había sido justamente eso, una terrible
pesadilla. El era, en definitiva, el que me ubicaba en la realidad.
Sinceramente le estaba agradecido, por lo menos eso creía yo.
Traté de despertarme, tranquilamente, despaciosamente. No quería
asustarlo. Además no tenía idea de lo que quería hacer. Yo estaba
ahí; pegado al colchón, con los brazos colgando hacia los
costados. Podría cerrar los ojos y pensar. ¿A cuántos he
traicionado en mi vida?, me dije. Y volví a dormirme. Más
profundamente que antes. Volví a caer en ese pesado sopor. Traté
de repasar mi existencia lo más minuciosamente que me era posible.
Evidentemente en algún momento, en algún lugar algo he hecho que a
otro le cayo mal. ¿Pero era ese un motivo valedero para que viniera
de noche y se metiera en mis sueños para amargarme la vida? A
zapatearme el pecho. ¿Porqué me cuesta tanto abrir los ojos y
enterarme? En última instancia podría pedirle explicaciones o tal
vez yo podría justificarme, no se, pero algo podría pasar si
abriera los ojos. No entiendo de qué manera, pero se enteraba de lo
que yo pensaba. Porque la presión, de lo que yo creía era su pie
sobre mi pecho, se hacía cada vez más asfixiante. Mis pensamientos
eran cada vez más desordenados. ¿Hasta cuando voy a soportar
esto?, me dije. Alguna actitud debo tomar para que esto termine de
alguna vez, y además tratar de poner las cosas en claro. Si tengo
que disculparme, me disculparé, pero también voy a decir las cosas
que me corresponden decir, que no tenga la menor duda, sea quien
sea. ¡Ah!. Cómo deseaba en esos momentos ser un tipo valiente, un
Chuk Norris, por ejemplo. ¡Despertarme y destruir a mi enemigo
pisoteándole la cabeza! Pero él seguía encima de mi pecho, y mis
brazos se entumecían al costado de la cama, y mi mente despierta y
mis ojos cerrados. ¿No habrá llegado el momento de suplicar?
-pensé- manteniendo cierto grado de dignidad, claro. Pero si muevo
los brazos, con la única intención de hablarle, es muy posible que
aumente su presión sobre mi pecho, y entonces sí sería fatal. No
hay duda que la situación aconseja serenarse. No tiene sentido
echarlo todo a perder por un estúpido acto de heroísmo machista.
Por momentos no puedo discernir si son sus pies o es una gran
piedra, la que tengo sobre mi pecho; lo que sí tengo claro es el
ardor que me provoca, es como una tremenda brasa encendida. ¡Sé
que las situaciones límites son las que provocan los grandes
desastres! Pero entiendo que ya es imposible que siga soportando
esta humillante situación. ¡Sí el único recurso es enfrentarla,
lo voy a hacer! Después de todo, acabo de pasar otra situación
peor que esta. Además, no puedo negarme la posibilidad de enfrentar
a mi enemigo y poder vencerlo. ¡Esto debería repetírmelo muchas
veces así me convenzo! ¡Basta de melonear! ¡Hay que hacer lo que
se debe hacer! Se que alguien dijo esto, pero no se como le fue.
¡Bah! Eso no importa. ¿Pero y si llegan a ser dos? Empezaré por
mover los pies. Es la parte de mi cuerpo que tengo más lejos.
Espero que sigan entretenidos con mi pecho, así puedo ir
poniéndome en funcionamiento. Trataré de mover los dedos.
¡Carajo! Bueno, no es momento de ponerse ansioso. Después de todo
mis dedos gordos nunca fueron un ejemplo de dinamismo, pero así
vamos bien, ahora, despacito, intentemos doblar las rodillas, a ver
que pasa. Bien, vamos bien, parece que hasta ahora no se han dado
cuenta de que me he puesto en movimiento. Lo peor que me puede pasar
es que sean tres. ¿Serán tres? ¡De la forma en que aprietan
parecen un regimiento! Pero eso ya no me importa, estoy decidido a
enfrentarlos. Después de todo no tengo otra alternativa. Bien,
bien. Ya he doblado las rodillas y no se han dado por enterados.
¡Perfecto! Ahora los párpados. ¡Ay, ay, ay, esto si que es
definitorio! Si consigo levantarlos los tendré frente a frente.
Ahora si que no estoy seguro de estar preparado. ¡Vamos, hay que
intentarlo, mierda! Pesan una tonelada. A ver, a ver, despeguemos de
a golpecito, así será menos doloroso. ¡No se alcanza a ver nada!
Vamos, vamos. Más arriba. Eso es. ¿Y..? ¡Nadie! ¡No hay nadie!
Otra vez lo mismo. Ya ni el gato me aguanta. Se fue. Seguramente mis
espasmos nerviosos no lo dejan dormir. Bueno, en el último de los
casos, es problema de él. Después de todo no brilla por sus
actitudes amistosas. ¿Qué hora podrá ser? Las cinco de la
madrugada. ¿Y el gato? Seguro que al darme vuelta para seguir
durmiendo se asustó. Es la última vez que me vuelve a pasar esto.
De alguna forma debo obligarme a respetar la promesa de fumar menos.
¡Aj! Tengo la lengua como si hubiera chupado un papel de lija. Me
cuesta mucho abrir los ojos. Creo que si pego un salto podré
levantarme. Tendría que mentalizarme para hacerlo, pero no estoy
muy seguro que mi mente responda. Estoy más cerca de Robocop que de
ser una persona. Este gusto a aluminio que tengo en la boca... Me
estoy saliendo del tema; la intención es mentalizarme para poder
dar el gran salto al vacío, ese gran vacío que existe desde la
cama hasta el suelo. Hay momentos en que esta decisión requiere una
actitud por demás de heroica. Pienso que más que nada es un
problema de convicción. Si pudiera ordenar mis pensamientos estoy
seguro que todo sería más fácil. Para empezar tendría que lograr
que mis ideas dejen de saltar de un lado a otro. ¡Es terrible!, por
más que me esfuerzo siento que mis párpados pesan como dos
láminas de acero. ¿Qué hora debe ser en estos momentos? Con
enorme trabajo consigo levantar un brazo hasta la mesita de luz.
Manoteo todo lo que hay encima de ella, por supuesto, meto la mano
dentro del cenicero, después volteo el vaso de agua que llevo todas
las noches, por si las moscas. En la incursión, el velador se salva
por milagro. Y de pronto, allá en lo más recóndito de mi mente,
rescato la idea de haberlo puesto en el otro extremo de la mesita,
para evitar estrellarlo contra el suelo cuando suene. Pienso que de
alcanzarlo podría arrimármelo a los ojos, bien arrimado, y
pidiéndole el máximo esfuerzo a mis párpados poder saber si ya es
cerca del mediodía, y de esa manera tener la obligación de
levantarme. Al fin lo consigo, agarro el despertador con las pocas
fuerzas de mis dedos entumecidos y me lo acerco a la cara, pero
antes, mis dedos hacen un reconocimiento de la posición del
despertador frente a mi cara, no vaya a ser que esté al revés y me
clave las manijitas. Me tranquilizo, el vidrio está frente a mi;
ahora debo procurar lo más difícil: ¡mirarlo! Es en ese momento
en que me gana una tremenda indignación. ¿Porqué todo este drama
para mirar la hora? ¿Porqué toda esta angustia mental, muscular,
emocional? ¿Qué clase de hombre soy que no puedo abrir los ojos
para ver lo que hay frente a mi? ¿Qué sentido tiene ignorar que
hora es en realidad? Lo mismo me tocará enfrentarla. Además, si no
me confundo, es la mañana de un domingo cualquiera. No estoy
obligado a cumplir horarios, nadie me espera, y además, el mundo no
se ha enterado de mi existencia. ¿A quién le importa si me
despierto o no, si no es a mi mismo? Podría intentar quedarme otro
rato. ¡No, no! Por hoy, basta de pesadillas. Nunca fui muy
valiente, pero llegar a este extremo... ¡Eso es! Quizás
insultándome logre recapacitar sobre esta situación que ya resulta
bastante ridícula. Bueno, volvamos al despertador. Lo tengo frente
a mis ojos cerrados, claro. Mis dedos recorren el vidrio. No te hago
mal, así que no me hagas mal. Que raro, el vidrio es plano. No se
porqué, pero siempre creí que era cóncavo. En fin. Siempre ocurre
con las cosas que tenemos demasiado cerca. No les prestamos la
necesaria atención. ¡Basta de irme por las ramas! ¡Fuerza, y los
ojos bien abiertos! ¡No puede ser! ¡Esto es increíble! Algo debe
andar mal. ¡Esta mierda se debe haber parado! ¿A ver? No, funciona
normalmente. ¡Toda esta tonelada de sensaciones angustiosas, y
sólo pasaron cinco minutos! ¿Qué puedo hacer ahora? Estoy
despierto y excitado y también, porqué no, tensionado por la
ridícula situación anterior. Hace cinco minutos que tengo los ojos
abiertos, hace cinco minutos, que si bien no me he movido de la
cama, he vuelto a funcionar, y ¡oh, milagro!, es todo un logro...
¡No he fumado! Esto se merece un festejo. Levantarse, un buen café
caliente, para despejar el sarro de la garganta y luego, un
cigarrillo. Los cambios no deben ser traumáticos, hay que ir
provocándolos de a poco. Lo fundamental, en estos casos, es crear
una cierta amistad, o por lo menos mantener una actitud amistosa con
lo que nos hace mal. No es nada bueno andar creando funestos
antagonismos que al final de cuentas no conducen a ningún lugar.
Además, hoy fueron cinco minutos, mañana serán diez, y así
sucesivamente. ¡Bueno, esto puede llamarse un buen comienzo! No
puedo negar que siento una especie de orgullo y un sincero respeto
hacia mi fuerza de voluntad. En el futuro iremos progresando.
Mientras se calienta el café podría aprovechar para ir al baño.
No, no, mejor no. Primero esperaré a que se caliente el café, o
puedo hacer al revés, primero voy al baño, no vaya a ser que
mientras esté en el baño se hierva el café. No tengo que
olvidarme que desde hace un tiempo observo cierta morosidad en mis
intestinos, y también algo de retardo en mi funcionamiento renal.
Eso al margen de ciertas palpitaciones antojadizas que me produce el
hecho de caminar demasiado. Todo esto compone, vamos a llamarlo
así, mi currículo sanitario. Podría decirse que de una escala del
uno al diez, estaré en seis, lo que significa un punto arriba de la
media convencional, que no deja de ser un porcentaje decente, si es
que hay algo decente en este mundo. En fin. Luego de hacer todo, tal
cual lo tenía pensado, reparo en la hora. ¡Las seis de la mañana
de un día domingo, y yo levantado! ¿Y ahora que hago? Es bueno
aclarar que ésta es otra de las alternativas cambiantes de mi
maquinaria psicofísica, cada vez se me hace más difícil
mantenerme dormido un tiempo más razonable. Bueno, la cuestión es
que me he levantado y desayunado, lo que equivale a estar
despabilado, además estoy normalmente vestido, como un día lunes.
¿Qué puedo hacer?, pienso. Si el motivo fuera suicidarme,
encendería el televisor, pero por ahora, no es esa mi intención.
¡Podría leer algún libro! No es mala idea. Pero entre mis noches
de insomnio y mi estacionamiento en el inodoro, por las razones
conocidas, sumado a la falta de renovación del stock, por
cuestiones íntimas -no vale la pena entrar en detalles- no me
seduce leer lo mismo por cuarta vez. Además, ¿qué puedo leer de
nuevo que yo no sepa? Conclusión. Me voy a la calle. De paso me
fumaré un cigarrillo aspirando el aire puro de la mañana, que no
deja de ser una razón saludable. ¿Cuántos años hace que no veo
madrugar a la ciudad? Ya ni puedo imaginármelo. ¿Serán distintos
sus ruidos silenciosos? No están para nada cerca los tiempos
trasnochados en que llegaba a mi casa agarrándome de las paredes.
Todo era distinto, era la misma hora pero al revés. A veces me
pongo a pensar que en esa actitud había una rebeldía encubierta.
Era toda esa gran intención de cambiar lo establecido. ¡Ah! Dormir
de día y levantarse al anochecer, para seguir la ronda, por
supuesto. Que nítida sensación de libertad daba hacer eso. Era
como sentirse dueño de la vida de uno. Claro que ahora la finalidad
es otra, o es otra la necesidad, comprobar que la vida sigue, por
ejemplo, y que todavía estamos aquí. Es como asomarse a algo que
nos pertenece y que ya no usamos tanto. Tengo cierto recelo, no lo
puedo ocultar. ¿Qué encontraré en la calle? ¿Quién dominará la
ciudad a esta hora? Posiblemente los encamperados de cuero con sus
manoplas de acero y sus mototruenos. Seguramente los autocomandos de
la policía los estarán cercando. Son algo así como dos
ejércitos. Uno tratando de arrasar y el otro tratando de cumplir
con algo que no está muy claro, reprimir o devastar. Lo que sí es
seguro es que en el medio está la droga. Observando a sus chicos,
como un gran ángel negro. Esta imagen no se parece en nada a la que
guardo en mi mente. Claro, que sentido tendría ahora jugar a los
indios, como lo hacíamos en nuestra adolescencia. Una porque los
indios, definitivamente, dejaron de tener vigencia. Simplemente
pasaron a ser un inocente recuerdo en la memoria de la sociedad.
Aquella figura arrogante con su cuerpo y cara embadurnados con
pintura y barro, y con una pluma -de algún ganso que se distrajo,
seguramente- ensartada entre sus cabellos, con su arco y flecha en
guardia, como diciendo: ¡de aquí no pasarán! Ahora, y así en la
distancia, sólo me parecen un ejército de cupidos que se hubiesen
vuelto locos. Ahora que estoy hablando de Cupido, ¿qué figura
debería tener en la sociedad actual? No me la imagino. Bueno, con
todas esas prevenciones y prejuicios, salí a la calle. Con gran
asombro comprobé la cantidad de cosas que la gente consume, la
vereda es como un muestreo de supermercado. Cajas, latas, bolsitas,
están todas desparramadas a lo largo y a lo ancho de la vereda. A
lo cual se le puede agregar alguna que otra vomitada cerca de la
pared. Seguramente de alguno que se excedió en la mezcla. O tal vez
el resultado de alguna apuesta exótica. Lo cierto es que el paisaje
no es lo que podría llamarse un ejemplo de urbanidad. Al llegar a
la esquina me sorprendió la actitud de un perrito vagabundo. Con el
paso apresurado de sus patitas cortas cruzaba la calle. Me
sobresalté y pensé: ¡sonó! Me di vuelta, no quería ser testigo
de su muerte. Para no sufrir y conformarme, me dije: ¡y bueno, es
el destino de los perros vagabundos, qué se le va a hacer! Sin
desearlo sabía que iba a escuchar el ruido de sus huesos al chocar
contra el paragolpes de algún auto, o de algún colectivo. Y me dio
rabia. ¡Quién me mandó a mi a salir a la calle a esta hora para
hacerme mala sangre por un perro que ni siquiera se como se llama!
¿Porqué siempre tengo que arrepentirme de tomar decisiones
estúpidas, imprevistas? Hubiese sido mejor haberme quedado en mi
habitación a escuchar la radio. ¡Hasta hubiese sido más
soportable aguantar un chamamé, que es la única música que pasan
a esa hora!; cualquier tormento hubiese sido preferible, a tener que
soportar esta escena. Cerré fuertemente los ojos y me tapé los
oídos, y me quedé duro, esperando el golpe final. No tengo idea de
los minutos que pasaron, a lo mejor no fueron minutos, fueron
segundos, no se. ¡Otra vez estas malditas palpitaciones! Cuando
calculé que todo había pasado, me di vuelta lo más despacio
posible preparado para ver lo que no quería ver. Mejor me voy sin
mirar, pensé. Sin embargo esa idea no me convencía. Tenía claro
que no podía irme sin saber que había pasado. Me armé de valor y
me di vuelta. ¡Y ahí estaba! Me costaba creer lo que veía. Con su
hocico pegado al pavimento y sin la menor muestra de preocupación
por el peligro que corría. Me reproché duramente la facilidad que
tengo para dramatizar todo. Me acerqué a mirar. Con una
concentración digna de los mejores elogios, y sin importarle los
peligros que eso significaba, trataba de morder una porquería que
estaba pegada al pavimento. Ya con una especie de sonrisa dibujada
en mi boca, lo miré y me tranquilicé. En ese mismo instante me
pregunté: ¿cuánto hace que no sonrío espontáneamente? Mientras
miraba al perro, no pude menos que pensar en el porqué de su
actitud tan segura. ¿Acaso él sabía que no corría ningún
peligro? Pero él era un perro. ¿Cómo podía saberlo?
Interiormente sentí que si había algo que definitivamente nos
diferenciaba, sin lugar a dudas, era su conocimiento del
comportamiento humano en las madrugadas del día domingo. El sabía
que podía hacer eso sin ninguna preocupación. Más todavía, hasta
darse el lujo de apuntar su cola en dirección hacia donde,
supuestamente, deberían venir los vehículos. Evidentemente, noté
mi falta de madrugadas. De pronto me di cuenta del paso del tiempo.
Parado frente a ese enano de cuatro patas, que seguía en su lucha
por despegar esos despojos que la rueda de algún colectivo había
soldado al pavimento, experimenté la desagradable sensación de que
él no se había dado cuenta de mi preocupación. No es que yo
esperase que me diera las gracias, pero carajo, por lo menos una
mirada de agradecimiento. Cuando se dio por vencido, levantó una
pata, orinó la cosa como diciendo "si no querés salir, algo
te voy a hacer", cruzó el pedazo de calle que le faltaba,
subió a la vereda y con su trotecito rápido se alejó. Lo miré
alejarse. Seguramente iría pensando en toda la libertad que le
brindaba la madrugada del domingo. No había nada que perturbase su
recorrida: alguno que otro de sus semejantes por la vereda de
enfrente marchando en dirección contraria. Habiendo tanto lugar
libre, para que discutir. Seguramente era eso lo que pensaban.
Cuando dejé de meterme en el comportamiento de esos simpáticos
habitantes de este planeta, me di cuenta que estaba parado en el
medio de la calle. Yo también hacía cosas desacostumbradas. Mi
mirada se perdió en el infinito de ese callejón asfaltado. Tuve
una sensación muy extraña. Esa quietud, ese silencio, esa total
falta de sonido humano. La calma perfecta, pensé. Me molestaba
aceptar lo que pensaba, pero lo pensaba. No podía engañarme a mi
mismo. Además, era mi propio sinceramiento. ¿Qué podía ganar
negando mis propias sensaciones? Si. Así es. ¡Qué hermosas son
las ciudades sin gente! Aunque esto parezca una contradicción.
¡Qué vivibles que pueden ser! Me costaba moverme de mi lugar. No
podía, o no me interesaba, calcular cuanto tiempo más me sería
posible permanecer ahí. No me preocupaba, a pesar que decididamente
era muy peligroso. No me importaba el riesgo. Lo que si me importaba
era que no se terminase ese estado de serenidad interior que me
inundaba. Cuantas veces me he propuesto desentenderme de lo que me
rodea. Y otras tantas veces llegaba a la conclusión de que eso era
totalmente imposible. Cuantas veces me propuse no involucrarme en
conflictos ajenos, en pensar, de una vez por todas, en mis propios
conflictos. ¿Porqué esa enfermiza tendencia a postergarme? Para
colmo, generalmente, con resultados por demás desastrosos. Tantas
veces lo hacía, tantas veces me juraba no volver a hacerlo. Es una
desgracia. Pero así es. Por un momento se me ocurrió que dormía.
Había perdido la noción del tiempo. ¿Cuánto hace que estoy
aquí? ¿Es posible que todo se haya detenido? ¿Acaso ocurrió algo
especial mientras dormía? No se. Ningún vehículo que cruce...
Nadie que venga en dirección a mi. Me di vuelta, y vi al enano de
cuatro patas que seguía investigando en una bolsa de desperdicios a
mitad de cuadra. ¿Todavía está ahí?, me dije. El otro seguía en
la vereda de enfrente. No tenía sentido ponerse a esa hora a
discutir territorio. Había de sobra para todos. Reflexioné sobre
el tiempo que hacía que estaba parado en ese lugar. No pude
calcularlo. Por un momento creí que era casi una eternidad. Pero no
era para nada así. El sol todavía estaba ahí, apenas asomándose,
como cuando llegué. En mi consciente realidad, comprendí que en
definitiva, el tiempo sólo había transcurrido en mi mente.
Desesperadamente trataba de ordenar mis pensamientos. No quería
dispersarme. Sólo me interesaba gozar de ese extraño susurro que
me traía ese increíble silencio. Respirar profundamente esa
soledad me llenaba el espíritu. Esa ciudad cargada de habitaciones,
de autos guardados en sus cocheras, de equipos de música apagados,
silenciados, discusiones suspendidas, gritos enmudecidos. Este
momento pasará rápidamente, pensé con tristeza. Tan rápidamente
como el sol pueda levantarse. Y entonces si, todo habrá terminado.
Siempre que tuve oportunidad de mirar un amanecer, y ver al sol
recortado en el horizonte, no se me ocurría otra cosa que pensar si
era él el que subía, o si éramos nosotros los que bajábamos. Si
bien me preocupaba el eco de ese extraño silencio que me rodeaba,
no podía sustraerme del estado de ansiedad que me dominaba.
"Este es el momento de tener esos grandes pensamientos",
me dije. ¿Porqué no aprovechar? ¡Cuántas veces me he quejado de
no poder hacerlo! "Las circunstancias no me lo permiten",
era la manera de justificarme. Me obligaba a aprovechar el momento.
Como si el hecho de pensar algo importante dependiese de algo
mecánico, como abrir una canilla para que corra el agua, por
ejemplo. No, por supuesto que no es lo mismo. Muchas veces me he
creído, sin dejar de experimentar un profundo e incómodo
estremecimiento, claro, que si me lo proponía podía tener acceso a
la verdad máxima, a la comprensión total de los fenómenos que
movilizan al hombre para ser lo que es. Y sin embargo, a pesar de
esa fuerte convicción, cuando me sumergía en esos trances
místicos, no podía evitar el bañarme en transpiración y temblar,
con un temblor que subía desde el dedo gordo del pie hasta el
último pelo de mi cabeza. Cómo podría yo internarme en esos
oscuros laberintos tratando de descifrar el significado de la
existencia humana en este planeta. ¡Yo!, que ni siquiera era capaz
de modificarme, de romper mis propias estructuras. Y me reía, me
reía de mi mismo. Dicen, algunos que saben un poquito más, que el
individuo incorpora el espíritu del entorno en que se está
formando. No dudo que esto es así. Es por eso que me viene esta
reflexión. ¡Cómo puedo no ser mediocre viviendo en medio de tanta
mediocridad! Tengo la certeza que este es, para la humanidad, el
siglo del mayor desamparo espiritual y de valores éticos que uno
puede llegar a imaginarse. No es necesario hacer un gran esfuerzo
para comprobarlo. Basta con echar una mirada a nuestro alrededor.
Basta con interesarse en las noticias que corren por el mundo. Basta
con mirarnos. No hubo, ni habrá, ningún fenómeno natural que
pueda compararse, en su capacidad de destrucción, a la locura del
hombre vuelto contra él mismo. No estoy hablando de los locos sanos
a los que dejan morir lentamente en algunas de esas cuevas infames
que la sociedad les ha creado. Hablo de los sanos que riegan su
locura de una punta a la otra de este planeta. Hay medios para
subordinar al hombre a su mínima expresión. Hay medios para hacer
creer lo que no se debería creer. El sistema le ha creado al hombre
las mayores angustias y lo arrincona a sus mínimas necesidades para
que pueda ser fácilmente manejable. El sistema le transfiere las
culpas, jamás los beneficios. Subliminalmente el individuo está
obligado a proteger lo mínimo, lo inferior. La amenaza está
latente, lo que viene puede ser peor. Conclusión, el ser humano
está presenciando el entierro de una cualidad intrínseca que lo
diferenciaba de las otras especies: sus ideales. O para decirlo de
otra forma, el respeto por si mismo. Si nos tomamos la molestia de
analizar los conflictos que se originan en distintas partes del
mundo, seguramente no nos costará mucho descubrir que a esta
especie de unicato de poder que existe en el planeta los moviliza
una sola cosa: las riquezas de tal o cual territorio que a ellos les
interesa defender. En cambio, si el conflicto es estrictamente
humano, si lo que está en peligro son las personas, no se les mueve
un pelo. Al fin de cuentas, ¿a quién le interesa unas miles de
personas menos? Además nadie las escucha sufrir. Están tan lejos.
En definitiva, son problemas de "otra gente". Son cosas
que le pasan a "otra gente". ¡Qué tenemos que ver
nosotros! Es muy posible que dentro de un tiempo las cosas se
reacomodarán, se darán algunas explicaciones al respecto y listo,
a otra cosa. ¿A quién le puede interesar cientos de chiquillos
inválidos y sin familia a causa de los bombardeos? ¿Qué les puede
hacer vivir el resto de sus vidas con el terror metido en sus
cabecitas de tantas madrugadas interminablemente angustiosas? Visto
así, a la distancia, y en medio del trajín de esta sociedad
moderna, de esta vorágine de información que desinforma casi a la
perfección, no me cabe duda que esos hechos, lacerantes hasta la
alucinación, transcurridas unas semanas, sólo serán una anécdota
más, y sin duda, fácilmente olvidable. ¡Es inútil!, no puedo con
mi genio. Sólo me había propuesto gozar de esta madrugada de un
domingo cualquiera, y aquí estoy. Metido con patas y todo en estas
elucubraciones emocionales que no me llevan a ninguna parte.
¿Porqué me cuesta tanto mantenerme al margen de las cosas que le
ocurren a otros? ¿Qué tengo que ver yo con los otros? Lo más
simple sería dedicarme a gozar, extasiado, de este silencio y de
esta falta de gente en las calles. Es la mejor forma de reconocer el
lugar en donde uno vive. Es increíble los detalles nunca vistos
antes, que se aparecen frente a mi mirada. Soy un extraño en el
lugar donde he nacido. Soy un visitante en mi propia casa. ¡Estoy
excitado! No se como hacer para retener este instante que
seguramente pasará más rápido de lo que yo deseo o de lo que
necesito; para poder grabar en mi mente este momento único. La
verdad es que no puedo prometerme otra experiencia semejante.
Probablemente lo intente, pero es muy difícil que se vuelva a
repetir. Es posible, quizás, que no sepa manejar mis ansiedades.
También es posible, ¿porqué no?, que me deje superar por mis
emociones. Lo cierto es que frente a este estrecho callejón
solitario, me atropellan un montón de imágenes que no creí haber
registrado. Recuerdos que uno almacena en la mente sin mucho
cuidado. Es más, muchas veces, me sorprendo que tal o cual cosa me
haya ocurrido. Me siento como otra persona que me estuviese mirando.
Es como si se perdiese la propiedad de los hechos vividos. Este
momento se va a terminar, lo se, y con él, la oportunidad de
encontrarme a mi mismo. El sol es la referencia concreta. Cuando él
se levante, todo habrá terminado. Por lo menos esta intimidad con
mi lugar y mis cosas. Y será entonces que se abrirá la gran
represa que el descanso tiene cerrada, y se inundarán las calles,
las veredas y los lugares con ese aluvión incontrolable de gritos,
de insatisfacciones, de mentiras, de trampas, de actitudes desleales
y de motores, infinidad de motores de todo tipo y medida. Es verdad,
mi única esperanza es que el sol haga un poco de fiaca y demore su
aparición. Miro de reojo y aún el enano de cuatro patas sigue
peleando con la bolsa de residuos. Me asombro. Prácticamente hice
un recorrido de mi vida en solo un instante. Es curioso, si me tomo
el trabajo de multiplicar las horas por los días que he vivido,
lograría una cifra imposible de descifrar. Es cierto que no me
detuve en ningún hecho, pero también es cierto que por momentos me
he sonreído, también es cierto que he rechazado, instintivamente,
algunos recuerdos. A veces no se tiene el suficiente valor para
aceptar errores. En cincuenta años, ¿cuántas veces me pregunté
en que momento pasaron cincuenta años? Ahora, aquí parado, mirando
hacia el fondo de este callejón, me viene el desagradable sabor
amargo de lo injusto. Y sin proponérmelo regresan a mi todas esas
viejas suciedades. ¿Cómo hacer para detenerse? ¿Cómo hacer para
esquivar, para rechazar, todo lo que nos empuja? Es realmente
difícil. Los hechos y las circunstancias nos superan
permanentemente. ¿Porqué esa desesperación por el hoy? ¿Qué
debo pensar, que vivimos una carrera desesperada hacia el final?
Pero también me pregunto: ¿hacia el final de qué? No partiremos
del error de pensar que somos parte de un todo, cuando en verdad
sólo somos parte de una nada. En realidad, tengo la sensación de
ser pasajero de una gran calesita, obligado a mirar siempre los
mismos hechos, las mismas alternativas, las mismas bajezas, las
mismas hipocresías, los mismos engaños, los mismos sueños
postergados, las mismas insatisfacciones. ¡Por favor! ¡Qué poco
se modifica el hombre! ¡Qué falta de creatividad! Eso es lo que me
asusta. Y frente a mi, este callejón asfaltado. Esta interminable
cinta de cemento que separa a los de aquí con los de allá. Ni
siquiera el sol da muestras de creatividad. Siempre apareciendo por
el mismo lugar y desapareciendo de la misma forma. Como si nos
dijese: "no se preocupen, todo va a ser igual que ayer".
¡Es desesperante!, me olvidé de traer los cigarrillos. ¿Será por
eso que tengo estas alucinaciones? Cada vez estoy más seguro que el
fumar me tranquiliza, me equilibra y me revienta. Es lamentable
comprobar que cada vez tengo menor poder de decisión. Que a medida
que pasa el tiempo me siento más manejado. Que mis debilidades son
bien aprovechadas por el sistema. Que doy vueltas y vueltas y
vueltas, y siempre termino por aceptar lo mismo: hay que esperar.
Entonces surge el interrogante. ¿Esperar, que? ¿Qué los
acontecimientos se den como uno los piensa? ¿Acaso es posible
calcular, en este mundo tan disperso e indefendible, cuántos somos
los que pensamos de la misma manera? ¿Cuántos somos, en realidad,
los que queremos que las cosas se den de otra manera? ¿En que etapa
estaremos de la total deshumanización de la raza humana? ¿De qué
manera sería posible hacer congeniar a miles de millones de
individualidades tan dispersas? Siento que me estoy volviendo loco.
Evidentemente estoy pagando muy caro el hecho de haberme olvidado
los cigarrillos. Es la única manera de serenar mis pensamientos.
Estoy en peligro de presenciar el estallido de mi cerebro, y ver
como mis sesos se esparcen por el pavimento. ¡Sería una gran
alegría para el simpático perrito! Trataré de no solucionarle el
almuerzo. En fin. La verdad es que el sol está ahí y yo estoy
aquí. Por momentos me parece que nos desafiamos mutuamente. A veces
tengo la sensación de que me mira como a un bicho, con la
curiosidad con que se mira a un extraño bicho. Por supuesto que él
sabe que si se levanta no tendré más remedio que irme, y de esa
manera dar paso a la horda desenfrenada que poblará rápidamente
las veredas, las calles y los negocios de la ciudad. Y comenzará
otra jornada repleta de sordos, ciegos, indiferentes, autómatas que
repiten hasta el hartazgo los mismos movimientos, las mismas
costumbres en una desesperada necesidad de satisfacer los mismos
deseos de todos los días. Bien, sinceramente, creo que los dos nos
miramos con un poco de la misma lástima. El, porque sabe a que me
enfrentaré si él se levanta. Y yo, porque se que está aburrido de
presenciar, desde arriba, nuestras diarias estupideces. Entonces,
casi como si hubiésemos hecho un pacto secreto, ni él se levanta
ni yo me muevo de aquí. Y por supuesto, todo es más tolerable para
los dos. Muchas veces me he preguntado que es en realidad el amor.
Debe ser una de las preguntas más tonta que uno se puede hacer,
¿no es así? Sin embargo yo no creo que sea tan así. Creo, eso si,
que generalmente simplificamos de una manera increíble e
irresponsable la respuesta. Si nos pusiésemos a pensar seriamente
que el verdadero significado de esa tonta palabreja no es justamente
el que le damos comúnmente, si nos diésemos cuenta, realmente, que
la cosa va por otro lado, que es mucho más importante y
comprometido para nuestra propia tranquilidad y para desestabilizar
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