Teatro Independiente - Rosario - Santa Fe - Argentina 

 

 

 

REFLEJOS

 

 

Título original de Juan Carlos Lanza

 

Había sido una noche negra. Indudablemente. Me desperté con un tremendo dolor a todo. Hasta las uñas de mis pies sufrían con el mínimo roce. Evitaba, de todas formas, hacer algún movimiento con tal de no agrandar el cuadro de dolor que se diseminaba por todo mi cuerpo. Trataba de ubicarme mentalmente. Por el momento no pretendía descifrar el origen de los distintos malestares que asolaban mis sentidos. En medio de esa quietud que me imponía el estado general de mi dolorida estructura física, no me importaba, mejor dicho, no quería arriesgarme -posiblemente para evitar el angustiarme- hacer una evaluación del porqué de esa situación. Una extraña sensación de temor me invadía. Solo intentaba oír. Tal vez como una forma de prevenir un supuesto ataque. El hecho de no hacer ningún movimiento que delatase que estaba consciente, era para mi como una forma de defensa. De ahí que pensase que la acción de intentar mirar a mi alrededor, lo cual sería lo más lógico para este momento, implicaba denunciar que había despertado. Cosa que por el momento no me interesaba anunciar. Trataba, eso si, de memorizar algún antecedente de un cuadro de postración como el que estaba sufriendo en estos momentos. Lamentablemente, y a pesar que hacía un gran esfuerzo para recordar, mentalmente no superaba más que lo inmediato. No iba más allá de ayer. Mi cabeza era un gran desorden. Me resultaba imposible coordinar. No encontraba la forma de armar este rompecabezas que era mi maltrecho cuerpo. Todo se me aparecía en medio de una gran nebulosa Era por demás de sospechoso que un individuo como yo, capaz de analizar lo que sea, no lograra descifrar esta alternativa que imprevistamente se presentaba con signos por demás de alarmantes. Debía ser por la falta de conciencia que tenía de los últimos acontecimientos que se habían desencadenado en mi vida. Como éste, del cual no tenía la menor idea de como se había originado. Una espesa capa de olvido cubría mi cabeza. ¿Porqué mi mente negaba lo que mi cuerpo sufría? No lograba unir, en este estado de parálisis que soportaba, una sola acción anterior. No me era difícil comprender que todo respondía a un porqué. ¿Pero cuál era ese porqué? No soy para nada un hombre tumultuoso. Como decirlo. Alguien capaz de originar situaciones límites en cuanto a enfrentamientos físicos se refiere. Más bien, todo lo contrario. Si de mi dependiese éstas jamás se originarían. Más de una vez me he reprochado, y me han reprochado, la tendencia a aferrarme a una actitud pasiva. Diría más bien persuasiva, no combatiente. Y también acepto que muchas veces me lo he reprochado insultándome sin la menor lástima. Cuantas veces he soportado el descrédito de los demás a ese respecto. Y cuantas veces, molesto por esas acusaciones, y renegando de mis principios, juraba que en la próxima iba a cambiar. El caso era, que en la próxima, volvía a actuar de la misma manera, exactamente lo mismo. No voy a mentir diciendo que sufría arrepentimientos. No, no, para nada, si algo tengo que confesar. Podría decir que cada vez que hacía abortar una intención de enfrentamiento, y lo digo con gran satisfacción, en mi interior experimentaba más alivio que vergüenza. Qué valor podía tener, en la vida de alguien, un simple momento de agresividad, o una gran demostración de fuerza. Claro, también debo decir que esa actitud no conformaba a nadie. Eso es verdad. Pero también comprendía lo estúpido que significaba la obligación de imponerse el hecho de conformar a los demás. Por supuesto que sabía que existían obligaciones sociales al respecto. Una especie de reglas de juego. ¡Si te rompen la cabeza, rompé otra cabeza! Tus méritos van a ser bien reconocidos, y además, de esa manera estarás en paz con tu vecino, y serás aceptado como miembro de la gran comunidad justiciera. El rechazo a estas viejas reglas me fue convirtiendo en un hombre solitario. En alguien que se negaba a aceptar como lícitos argumentos más bien salvajes. Y demasiadas veces me sentía aterrado por el distanciamiento hacia los demás que esta actitud provocaba. La no coincidencia con lo establecido me sumía en esta especie de aislamiento. Por supuesto que no era un aislamiento físico. Más bien que se limitaba al hecho de una fría convivencia. Era consciente de eso, pero así lo había decidido. Por el momento no me interesaba medir las consecuencias. De ahí que ahora, al encontrarme en semejante situación, tirado de espaldas, inmóvil, sin la fuerza suficiente para abrir los ojos y con la desesperación de no poder modificar una situación que me indignaba por lo incomprensible, despertaba en mi toda la impotencia acumulada. Toda esa impotencia por no haber actuado como las circunstancias lo exigían, y que no niego, me hacían sentir responsable al no haber reaccionado. Ahora ya no tienen ningún valor los reproches que puedo hacerme, es demasiado tarde. Nada, esa es la verdad, me ayuda en este momento, de poco sirven todas estas elaboraciones conceptuales. Lo que pide a gritos mi castigada humanidad, y con todo el derecho que le asiste por haber sido castigada de manera inconsulta y despiadada, es el simple hecho de saber. Nada más que eso. Bastaría con la respuesta a una concreta pregunta que encierra toda la verdad. ¿Qué fue, en realidad, lo que me pasó? Eso me atormentaba. Y lo que más me costaba digerir. Ignorar así, de plano, la razón por la cual me estaba lamentando. La maldita demora en recuperar la memoria me alteraba sobremanera. Despertaba en mi la necesidad de protestar, de pegar los alaridos más tremendos. Quería reclamar mis derechos. Mis derechos de ciudadano respetuoso de la ley y el orden. Y sin embargo, en un momento crucial como éste, no sabía donde estaba. Ni porqué había ido a parar ahí. Con el agravante de estar soportando una ridícula postración ni siquiera reconocida ni explicada. Es terrible. Lo peor de todo este tremendo embrollo es no tener en claro lo que me pasó, y las consecuencias reales de ese hecho. En una acción, más desesperada que eficiente, intentaba con mis pocas fuerzas, reconocer el lugar. ¿Pero cómo lograrlo? ¿Cómo superar mi incapacidad de movimiento? No podía moverme. Y para colmo de males, me resultaba imposible reflexionar de manera coherente. Sin exagerar, se podría calificar mi situación, como realmente trágica. Con el agregado, por demás de molesto y nada tranquilizante, de esta total oscuridad que me envolvía, que me ahogaba, que me negaba toda posibilidad de visualizar a mi alrededor. Decir lamentable, era poco, para definir correctamente esta situación. No tenía otra alternativa que esperar. Si al menos alguien viniera y me diera, al menos, la mínima idea de lo que debía esperar, tal vez sería más soportable. Más lo pensaba, más incongruente se me hacía todo. Era un momento especial para desatar de golpe todos esos instintos salvajes que uno va acumulando a través del tiempo. Porque son situaciones como ésta las que engendran nuestro sentido de rebeldía. Las que despiertan nuestro viejo y olvidado sentimiento anarquista. ¿Cómo soportar toda la presión que mis principios de libertad habían acumulado? Tenía la sensación de que mi cerebro podía explotar en cualquier momento. Sólo un grito que desgarrase las paredes de este insulso lugar me conformaba: ¿Adonde estoy? ¡Que alguien me lo diga, por favor! Desesperadamente trataba de ubicarme en el tiempo y en el espacio. Sin embargo ese molesto ardor subía desde mi garganta hasta mis sienes. Mi lengua era como un viejo pergamino, ajado, rugoso y seco. Nunca me había imaginado, que en algún momento de mi vida, iba a enfrentarme a una situación semejante. Se notaba, sin problemas, que mi tetilla izquierda era lo más parecido al redoble de un tambor. Palpitaciones, y más palpitaciones. Mi vida se había transformado en una gran palpitación. ¡Me resultaba imposible desentrañar la verdadera razón de este momento! ¡Pero carajo! ¿Qué pudo haberme pasado? No lograba recordar si había tenido un accidente, o si había sido víctima de un asalto por alguna patota. ¡Nada! No podía recordar absolutamente nada. No veía a nadie. Simplemente era yo, y mi persona tirada encima de no sé que. Mi mente flotaba como un liviano corcho. La acción de pensar me dolía. No quiero pensar -me decía a mi mismo-. La intensa oscuridad me adormecía. Y ya no quería dormir. Quería saber. Por más terrible que fuese la verdad, quería saber. Es espantoso el sentimiento de abandono que se apodera de uno. Ese miedo incontrolable que provoca lo desconocido, lo inmanejable. Ese temor único que despierta lo inevitable. Todo se asocia para hacer que seamos el último, y el más miserable individuo de este deteriorado planeta. Para ahondar mi desasosiego, debía sumar el descalabro físico. Esta notable disminución de mis posibilidades para enfrentar la adversidad como yo quisiera. ¡Y así me encuentro! Con la sensación de estar agonizando sin estar en agonía. Eso me molestaba. Me molestaba el no tener respuestas. Me molestaba el no poder conocer las verdaderas causas que motivaran el que yo esté viviendo este increíble episodio. El no poder decidir por mi mismo lo que debo hacer. De una sola cosa estaba seguro, aún me quedaba, como último recurso, mi capacidad para razonar. ¿Razonar, qué? ¿Cuánto? ¿Cómo podía razonar lo que ignoraba? En este momento podría decir que lo más apremiante es evitar, todo el tiempo que sea posible, la inquietante alternativa de perder el conocimiento, y de esa manera quedar totalmente indefenso, sin posibilidad de un intento concreto de defensa. Por eso luchaba contra ese estado de adormecimiento que me invadía, y que parecía ser más fuerte que la fuerza que yo le oponía. La constante pregunta, con la que bombardeaba a mi pobre cerebro, era: ¿Qué es lo que me había ocurrido? ¿Porqué no puedo ser yo, como antes? Lo más lógico, teniendo en cuenta mi estado, era imaginar que algún inmenso camión me hubiese atropellado. O que me hubiese quedado dormido en las vías de un tren. Cualquier hecho que sonara a tragedia se me ocurría como factible. Era innegable que el desastre había sucedido. Si, pero... ¿Cuándo, y en qué momento? Por más estropeado que uno quede, en la mente siempre hay un resquicio donde se guardan los hechos que más nos conmueven. Así uno rechace, en una actitud de defensa, ciertos acontecimientos, ellos están ahí, y aparecen y bailotean a nuestro alrededor. No, no era eso. Había ciertos detalles, que me empujaban a creer en un lamentable accidente. En realidad ningún indicio claro. Nada más que este extraño lugar, y la inmovilidad de mi cuerpo. El sopor que me envolvía se debía, quizás, a la medicación rutinaria en estos casos. No consultada, claro, pero permitida, aparte de esa alternativa lógica, lo que me llamaba la atención, y por supuesto me preocupaba más de la cuenta, era la llamativa e inquietante dureza de mis articulaciones. Tenía una solidez como de barra de hielo. Esa era la razón por la cual sospechaba que mi estado revestía cierta gravedad. Y también se agregaban, según yo entendía, como consecuencia del desgraciado episodio, otras alternativas. Por ejemplo, la sorprendente diferencia de temperaturas que dividía mi cuerpo en zonas perfectamente delimitadas. Ese tremendo ardor en mi cuello, no tenía nada que ver con la frialdad de mis piernas, o con la falta de sensibilidad en mis brazos y manos, o la rigidez de mi espalda. ¡Ah, mi espalda! Pobre mi espalda. No se si era debido a la posición, pero la sensación era la de estar acostado sobre un colchón de espinas muy puntiagudas. Hubiera dado mi vida, bueno, parte de ella, por el solo hecho de poder cambiar la rígida posición de mi cuerpo. Jamás me hubiese imaginado que podía ser tan incómodo el estar acostado. Tantas veces, en medio del trajín diario, pensaba en la felicidad de llegar a mi habitación y tirarme en mi cama. Si, tirarme como a morir. Clausurar mi mente, y dormir. Dormir con la intención de suspender mi existencia. De abrazarme con la paz de los sentidos. Esa paz que no encontraba en la vorágine callejera. Pero esta situación era totalmente distinta. Aquí no se trataba de la placentera intención de descansar. Desgraciadamente, nada parecido a eso. En estos momentos no podía pensar en esa hermosa mujer de cuerpo desafiante, con la que me había cruzado en la calle. Y que había desordenado totalmente mi equilibrio emocional. En estos momentos me encontraba frente a la incógnita de que algo grave se había cruzado en mi vida. ¿Qué había sido?, no sé. La idea de haber sufrido un accidente era cada vez más fuerte. No podía ser de otra manera. ¡Ah! Si pudiese ordenar mis pensamientos. Esta incertidumbre no sería tal. Mi garganta reseca duele como una herida. Necesito tomar algo, cualquier cosa, lo que fuera, con tal de apaciguar esta ansiedad. La poca saliva que podía rescatar no alcanzaba para suavizar, por lo menos un poco, el terrible dolor de mi garganta. ¿Cuándo, y en que momento, me habían atropellado? Y si eso ocurrió. ¿Dónde estoy ahora? Mi desorden mental y mi angustia, aceleraban el ritmo de mi castigado corazón. Por un momento creí que mi pecho podría abrirse, partirse en dos, al no soportar la fuerza de sus latidos. Hasta podía suponer que mi corazón podría saltar y quedarse pegado al techo, o a las paredes, o que tal vez saltase por mi boca. Que se yo. Quizás él también trataba de liberarse de esta situación. ¿Porqué creía yo, que eso podía ocurrir? Mi respiración se hacía confusa y acelerada, lo que me provocaba un desgarrante dolor en el pecho. Revolvía en mi mente, y en ese revoltijo encontraba, únicamente, una explicación. Porque a pesar de dar vueltas y vueltas y vueltas, en un desesperado esfuerzo para no llegar a cierta conclusión por supuesto nada deseada por mi, me era imposible lograr desviar el curso de mis pensamientos. Paulatinamente una desagradable idea, muy desagradable, diría yo, intentaba instalarse en mi confundido cerebro. ¿Cómo explicar el dramático esfuerzo que hacía mi mente para negar lo que era por demás evidente y que no resistía el menor análisis? Los últimos, y débiles razonamientos, que podía elucubrar, no hacían más que certificar la cruel realidad. Era desesperante y me resistía a aceptarlo. No, no podía ser verdad. Lo más imperioso era rechazar esa idea. ¡Si, si! No permitir que se instale, no permitir que gane un espacio en mi atormentado cerebro. ¿Cómo lograrlo? La lucha es muy desigual. Mi debilitado poder de reacción no puede evitarlo. De mil maneras imaginables trato de despertar las pocas fuerzas que me quedan, no obtengo respuesta. De todas formas tengo que luchar, no dejarme vencer. Siempre hay un minuto, un segundo, donde las cosas pueden cambiar. A pesar de creer en eso, mi estado de indefensión aumentaba cada vez más. Si lo del accidente era correcto, y si a ello le sumaba las diferentes temperaturas de mi cuerpo, lo más lógico era pensar... ¡Lo que no quería pensar! ¡Ah! Cuanto daría por recordar lo que realmente me había ocurrido. Como hacer para rescatar de mi memoria el momento anterior al accidente, si es que lo hubo. ¡Qué tremendo interrogante! ¿Fue al cruzar una calle? ¿O mientras viajaba en ómnibus? ¿Fue de día, de tarde o de noche? ¡Carajo! Cómo es que no puedo, ni siquiera, recordar el momento. Cómo es que no me haya quedado aunque sea, una mínima referencia. Sudo, y es el sudor más frío que alguna vez pude imaginar. Para colmo, este lugar, tan frío y tan oscuro. ¡Qué gran desolación! ¡Qué lacerante desamparo! Tengo la urgente necesidad de refugiarme en algún pensamiento que pueda reconfortarme. Romper la monotonía de este estado febril y claudicante. ¡No siempre fue así! Seguro que no. He tenido otros momentos en los cuales, hasta podría decir que era feliz. O que creía sentirme feliz, o tal vez, a mi manera, que podía ser feliz, con pequeñas cosas, con pequeños logros. Simplezas. Pero aquí no se quien soy. Debe ser por lo oscuro de este lugar. ¡Y lo más cruel, es que no tengo medios para romper esta oscuridad! Además, esta maldita inmovilidad que no me permite tocarme, para saber que estoy aquí. Sólo me queda apelar al recurso de mi memoria. Y de esa manera contrarrestar los efectos de esta densa negrura en la que me encuentro. De pronto siento deseos de recordar esos días luminosos de sol. Esos mismos, que muchas veces, había mirado con cierta antipatía, sobre todo en los insufribles y calientes meses del verano. En estos momentos, los amaría. Lo curioso es, que a pesar de este deseo, no reniego de mi predilección por los días nublados y lluviosos. Realmente, son los que me brindan una más intima satisfacción. No es fácil explicar, a veces, las necesidades espirituales de cada uno. También pudiera ser el resultado de una cierta manera de identificación. Quizás, con ese cielo en reposo, lograba serenar mi espíritu, y disimular lo que tanto cuesta disimular, toda esta gran locura y el tremendo desorden de la humanidad. Es evidente que lo lograba. No hay duda. Cuando eso me pasaba, acostumbraba a caminar durante mucho tiempo bajo el aire mojado que se descuelga de las nubes grises y plomizas. Puede que sea a causa de mi temperamento un tanto nostálgico. Quizás, también se deba a mi carácter algo melancólico. Lo cierto es que en uno u otro estado, me puedo permitir el placer de mirar la vida. O mejor dicho, mirar el vivir. Como un descanso. Como una distracción. Como una contemplación. De esa manera observo como los demás viven, o pretenden hacerlo. A la vez que me doy cuenta, que lamentablemente, a lo largo de todos estos años le he dedicado demasiado tiempo a esa actividad... Hasta podría decir que ese fue el motivo fundamental por el cual me olvidé de vivir. Fue tal mi marginación de lo que me rodeaba, que incluso llegué a pensar que estando conmigo, bastaba. Me había escondido detrás de mis necesidades bastardas. Como ser, asegurarme un buen pasar. Y esa actitud se debía a que no estaba muy seguro de que mi lírico enfoque de la vida, y de la sonada bohemia, pudieran ayudarme a soportar las carencias materiales. Además, estaba atrapado en demasiados compromisos sociales que se encargaban, permanentemente, de despertarme. Hoy, transcurrido el tiempo y al final de mis cuentas, no tengo ni lo uno ni lo otro. Hasta podría decir, que no estoy muy seguro de haber tenido algo concretamente. Muchas veces he quedado sorprendido de mis propias sensaciones. Confieso que muy pocas veces me he manejado correctamente en este -como algunos llaman- arte de vivir. Generalmente, he sido, lo que podría llamarse... un pequeño desastre. Con frecuencia me alegraba el estar triste. Lo confieso sinceramente, sentía placer al refugiarme en mi tristeza. Era, para mi, como estar en el lugar más cómodo. Donde podía reconocer las cosas. Mis cosas. Lo hacía naturalmente, con propiedad, sin tener la necesidad de fingir. Total ya tendré tiempo para lo otro -solía decirme-. Y eso me parecía lo más importante. Claro, en esos momentos, cuando el tiempo no corre tan aceleradamente, cuando uno cree que todo puede esperar. Cuando creemos que al tiempo lo podemos manejar según nuestra necesidad. Que tenemos todo controlado. Pero sin embargo, no nos damos cuenta de las etapas perdidas, de las motivaciones envejecidas, de las oportunidades despilfarradas, del tiempo, tanto tiempo, inutilizado en esas pruebas desgastantes que nos van comiendo todo nuestro furor. Toda nuestra potencia virgen, exultante. Entonces ocurre lo que ocurre. Que ese pensamiento es válido hasta llegar al punto en que comprobamos que nos hemos aferrado a una mentira, que nada espera, que todo sigue su curso inexorablemente. Y que ya nada es lo mismo. Debo confesar una culpa. Pude haber cambiado, pero no lo hice. Nada me lo impedía, pero no lo hice. Errores de conceptos apresurados. Esto se debía a la incontrolable urgencia de adelantarse en los tiempos. Grave error, sin duda. No recuerdo la edad que tenía cuando pensaba así, pero marcó a fuego mi existencia. Me causaba mucha gracia cuando pensaba de mi mismo, que había sido "armado" con cierta ligereza. Quizás esa sea la razón por la cual tengo ciertos... déficits en algunos aspectos. Por ejemplo, esa cuota de frescura y alegría tan útil para el manejo en sociedad, ser espontáneamente alegre, no interesa porqué, pero ser alegre. Poder mostrar un espíritu saltarín, sonriente, y ser complaciente con los demás, estar recubierto, en lo exterior, con ese material gelatinoso y dulzón que lo hace a uno deseable, como si fuera un chupetín de un metro ochenta de alto, ser en definitiva, co-responsable de las necesidades de felicidad de los demás. Para adaptarme a esa obligación chocaba con una limitación, que podríamos llamar congénita, la falta de una educación realmente eficiente en el mecanismo de ser alegre. Siempre me costo muchísimo reírme, de lo que fuera, o por lo que fuera. Primero tenía que estar convencido que debía hacerlo. No sabía encararlo de otra manera. Y aclaro que no era por carecer del sentido del humor, juro que no. No se porqué me daba vergüenza reírme. Por un criterio estúpido, creo yo. Si lo hacía, pensaba que le estaba faltando el respeto a alguien. No entiendo, sinceramente no entiendo, porqué se me ocurría pensar así. Que a mi me costase, no significaba que ignoraba que es muy bueno reírse. Todo el mundo tendría que tener motivos para reírse. ¿De qué? No se. Pero deberían tenerlos. Pero esa es otra cuestión. En cuanto a mi, cuando al fin lo intentaba, se me hacía que más que una sonrisa, mostraba el dibujo de una mueca indefinida... lo confuso de la posición intermedia. ¿Me reía en realidad, o expresaba algún dolor interior irreconocible? Ni yo podía descifrarlo. Tenía conciencia de lo que pretendía. Pero era evidente que no lo conseguía. En fin, definiendo, muy pocas veces acerté con los requerimientos exigidos para vivir en sociedad. Que en esta mezcolanza de cinismo y falsedad, que es el diario vivir, no tiene tanta importancia el ser feliz, sino lograr que el otro lo crea. ¿Puede haber algo más terrible en la vida que sentir que uno es indiferente para los demás? Hasta se podría decir que soy un perfecto catálogo de lo que no se debe ser. En fin, lo que podría llamarse, un perfecto dechado de desechos humanos. Se que esto puede llegar a considerarse una autoflagelación. Pero no es esa la intención. Por el contrario. Es simplemente la calificación exacta que puede dársele a una existencia como la mía. Nada de artilugios acomodaticios, nada de autocompasión. Quizás sea la más valiente declaración de dolor que pueda confesar ser alguno. Mi vida no se detiene por estas causas. Todo lo contrario, continúa. ¡Cuánto cuesta vivir en soledad! -solía decirme-. Sin embargo, aún sé distinguir entre los días lindos y feos. Entre los días que son vivibles, y los que no. Entre los días en que me hubiese gustado sentirme amado y deseado. Entre los días en que soñaba con quedar atrapado en un apasionado y salvaje encuentro amoroso, donde toda esa maravillosa fuerza desplegada nos hace sentir dueños de ese momento de vida plena. Pero lo concreto de esto, es que jamás pasó de ser un engañoso reflejo de mis fantasías oníricas. La realidad es otra. Y en ese sentido no he conocido el amor. Tantas veces he deseado que a mi pobre cuerpo le ocurriera lo que él esperaba que le ocurriese, y en cambio le ha sucedido tan pocas veces, o casi nunca. Nunca amado, siempre querido. No es lo mismo. Lo primero es soledad, lo segundo una buena intención. ¡Qué dolorosa es esa soledad! Algunas veces por lástima o por simple compasión -será porque a pesar de todo no soy un mal tipo- me han susurrado, tibiamente, que me deseaban. Es verdad, no voy a negarlo. Pero de una manera tan poco creíble que hubiese preferido el silencio. Cuantas veces he rogado sufrir la metamorfosis de vaciar mi mente y llenar mi cuerpo. Pero hay algo, siempre hay algo que parece decirnos: mañana, quizás mañana. Entonces uno espera. Sabe que es mentira, pero espera. Aunque muchas veces, uno quisiera destruir esas imágenes tantas veces espejadas. No quiero que estas disquisiciones sobre mi poco gloriosa existencia, cambien el rumbo de mi interés de este momento. Ya ni se el tiempo que hace que no pienso en lo que me está pasando. Ni tampoco quiero preguntarme porqué me sumergí en todos esos recuerdos. Es muy posible que sea para ahuyentar pensamientos que me llevan a creer que no podré zafar de esta situación. Este retardo en ponerme otra vez en movimiento me subleva. También me revienta el estar enterrado en esta oscuridad. Bueno, tal vez, eso puede ser porque aún tengo los ojos cerrados. No deja de ser una razón. ¿Y porqué no los abro? Será, acaso, porque no tengo el valor suficiente para enfrentar mi realidad. Puede ser. También podría preguntarme. ¿Y que gano con ello? Sólo postergar la revelación de mi estado actual. Todo esto me suena bastante ridículo. Al fin de cuentas, hoy, mañana o pasado tendré que hacerlo. ¿Qué espero, entonces? Nada se va a modificar con la actitud estúpida de postergar esta decisión. Lo hecho, hecho está. Y en el último de los casos, desde este momento, soy lo que soy. Bueno, o lo que queda de mi. De que me sirve, ahora, pretender ignorar lo que va a ser mi futuro en estas condiciones. Tengo que dejarme de macanas, y de una buena vez, abrir los ojos. Es de cobardes no hacerlo. Además, creo que es un acto de valentía enfrentarse a lo que uno es en verdad. Así que no entiendo porqué no los abro. ¡Eso!, ¿porqué no los abro? Aquí quiero hacer un silencio para tomar fuerzas en mi interior y decirlo de otra manera. ¡Porqué no puedo abrirlos! ¡Esa es la pregunta que no quería hacerme! ¡Ahí esta la verdadera cuestión! No entiendo porqué, a veces, doy tantos rodeos para enfrentarme a las cosas tal como son. Se, o creo saber, perfectamente, en el estado en que me encuentro. Bien. Sigamos avanzando. Lo que también es cierto, es que todavía debo estar bajo los efectos de los medicamentos. De ahí este estado de somnolencia y de inmovilidad que estoy sufriendo. Es por eso que siento los párpados pesados y pegados a mi rostro. Y también es cierto que debajo de ellos siento como un gran vacío. ¡Bah! Es llamativo el simbolismo que aplicamos en situaciones como estas. Resulta increíble como la desesperación nos hace exagerar, algunas veces, un pequeño inconveniente. Tengo que dejarme de pavadas. Me doy perfecta cuenta que eso es pura imaginación. En estas condiciones todo puede ser una burla, una gran mentira. ¡Un gran vacío! ¡Ja! ¿A qué se le puede llamar un gran vacío? En este caso podría sugerir que debajo de los párpados, o mejor dicho, que los párpados no cubren nada. No puedo negar que esa palabrita no me gusta. Como podría decirlo, me inquieta, me produce una sensación de vértigo. Es más bien un poco tonto, ¿no? ¿Qué motivos tengo para pensar en ella? Acaso, y no lo niego, es muy común despertarme y sentir que todo es un gran vacío. Que mi vida es un gran vacío. Que día tras día trato de llenar ese vacío sin conseguirlo. Que cada día, y cada vez con más frecuencia, siento la necesidad de reinventarme motivos para seguir adelante. Que necesito creer que las frustraciones de ayer, no fueron nada más que eso, las frustraciones de ayer. Sólo un simple pretexto para incitar a mi espíritu luchador, o tal vez un mal chiste de la vida. Otro cabo suelto que me deja el destino para seguir tirando, y tirando. Como una gran comedia del engaño. Entonces me doy manija, y me digo, con la más ferviente convicción, que hoy, seguramente, será el gran día que espero. Ese gran día donde pueda sentirme realmente como soy, donde pueda encontrarme, y hacer valer mis empobrecidos atributos. Encontrarme, frente a frente, con el verdadero motivo de existir. Claro, también debo reconocer, que es muy poco el aliento que me queda. Es verdad que con alguna frecuencia recurro a mis sueños pasados buscando algo de mi fuerza perdida. ¿Cómo podría decirlo? Ese nuevo impulso que me proyecte hacia adelante. Esa ansiedad contenida de ser. Esa promesa, solidariamente falsa, que me haga creer que sólo falta doblar una curva más, sortear el último obstáculo. Cuantas veces me he sentido como perdido. Deambulando con mis inseguridades. Sin embargo para mi, era perfecto, porque estando perdido, sabía donde ir. Qué paradoja. Además no era otra cosa que mi manejo conocido. Mis temores eran otros. Como ser, huir permanentemente de lo razonable. De lo que me obligaba a sacar un buen resultado, a no fallar. En definitiva, mis verdaderos problemas surgían en las situaciones favorables. ¡Es increíble, no! Pero es la verdad. Me sorprendían, no sabía como manejarlas. Y cuando me daba cuenta, cuando llegaba al convencimiento que debía afrontarlas, cuando decidía que de una vez por todas debía modificarme y ser tan coherente como se debe ser, era demasiado tarde, se habían fugado, o lo que es peor, habían desaparecido. Tantas veces he tratado de reconocer el sitio donde apoyaba mis pies. Y debo decir, que lo único que alcanzaba a ver era a mis pies. En cuantas oportunidades he tenido que aceptar que todo había cambiado desde ayer. Que ahora era distinto. Que nada es como uno suele imaginar. A pesar de todo estaba dispuesto a transitar el nuevo camino. Y a la vez, y esto también es cierto, saber que cada vez son menos las razones por las cuales luchar. Eso es lo que me asusta, lo que me llena de temores. Un luchador no puede aceptar que lo inmovilicen. Y si algo he sido en la vida, fue justamente eso, un estúpido e irracional luchador. Un recalcitrante atropellador de inconvenientes. Un vicioso de las alternativas fallidas, de las dificultades. ¡Ah! Qué lamentable. Cuanta fiereza perdida, inutilizada, desperdiciada. ¡Cuánta ceguera! Cuantas actitudes necias. Recuerdo que ya desde muy chico guardo experiencias que no son, exactamente, un modelo de felicidad. Ni aún, tampoco, que con esas experiencias fortalecería mi espíritu. Lo que si recuerdo es, no obstante las dificultades, que con toda esa pasión incontenible que tenía y que me desbordaba, alimentaba ideales, sostenía principios, defendía creencias. ¿Cómo decirlo?, era como ponerme una armadura que me protegía de mis propias debilidades. En fin. Era un elemento generador de vida, no puedo negarlo. Simplemente eso. Nada más que eso. ¡Pero parecía tanto! Hasta se me ocurría pensar que si compartía la mitad ni lo hubiese notado. Era tanto lo que podía compartir. Eran sueños, ilusiones. Qué más. El paso por la vida era rápido, ansioso. No había tiempo que perder. Además, lo que buscaba, siempre estaba un poco más adelante. Siempre estaba un poco más allá. Siempre la obligación de alcanzarlo. Solo es cuestión de esperar el momento, me decía constantemente. Al presente lo vivía, únicamente, como una transición hacia el futuro. Como un recorrido obligatorio. Era como prepararle el terreno a los sueños. Como almacenar esperanzas. Un día las volcaré todas juntas -pensaba-. Pero eso era antes. Lo que acostumbraba a pensar antes. Esa gran visión estática que era sólo un espejismo que me hacía rodar alocadamente sin alcanzar nunca nada. Ahora, ya paso el tiempo, ese tiempo, mi tiempo. Y el presente me hace sentir igual a ese navegante que ha perdido la brújula en medio de una gran tormenta. Ahora ya no se adonde debo ir lógicamente. Se supone que tuve suerte al evitar, varias veces, que me aplastaran. De ahí que me pregunto: ¿Qué pasó, donde fue a parar esa idea del futuro? Es como si un gran manto ennegrecido lo cubriese. Me doy perfecta cuenta, que si mirase con atención, notaría grandes cambios. Curioso desenlace. Como si hubiese estado en las ágiles manos de un mago, el futuro ha desaparecido. Lo han cortado de cuajo. Y el gran inconveniente de esta realidad es la absoluta imposibilidad de soñar. Sin duda, es terrible. No hay más remedio, entonces, que conformarse con el hoy. Esa alternativa fugaz y sin raíces. Lo vacuo, lo insustancial, lo epidérmico. Sólo cuenta lo que hoy consigas. Lo único que tiene valor es lo que hoy consumas. ¡El futuro ha desaparecido! Vivimos la cultura del descarte, de lo fácilmente cambiable, la felicidad de lo transitorio. Todo puede ser, alegremente sustituible. El secreto está en seguir alimentando esa monstruosa máquina de la nada que impone el sistema. La técnica y la ciencia destruirán paulatinamente, pero sin desmayos, la vida en este planeta, no lo dudo, y con él, la esencia del hombre. Todo es un canto al hoy. Se publicita, en un perfecto lavado de cerebro, la valorización del hoy como única alternativa. Es un gran y permanente mensaje. "No te preocupes, todo está perfectamente organizado para que nunca te falte el hoy. ¡Por eso te aconsejamos: consume, consume, consume, consume, consume! ¡Dejá bien abierta tu bocaza para que nosotros te tiremos cosas inservibles que gratificarán tu ego! ¡Y... A VIVIR EL HOY! ¡Prepará tu cuerpo para lucir toda tu elegancia, y si no la tenés, nosotros te la inventamos! ¡Y si la cabeza te molesta, te la raparemos hasta el cerebro! ¡Total, para que la necesitás! ¡Mañana también será el hoy! ¡Toda tu vida será el hoy!". Debo serenarme, no debería caer tan fácilmente en estos pozos profundos de rebeldía incurable. Hay veces en que me arrepiento de estos arranques de rabia. Quizás la vida haya sido siempre así, y no me he dado cuenta. Puede ser. Que se yo. Quizás convenga seguir sin pensar en lo que se está haciendo. También puede ser, porqué no. Lo cierto es que no tendría que dejarme llevar por estos impulsos negativos. Pero me revienta toda esta situación. Me subleva el hecho de no tener la mínima perspectiva de lo que me pasó. Claro que hay circunstancias que hacen la diferencia. En este caso, se supone que he tenido un gran accidente, y si esa suposición se confirma, generalmente se piensa en lo físico. En lo que se rompió. En lo que no existe más. ¿Adonde quiero llegar? No, no... no quiero ni pensarlo. Me volvería loco. Ya tenía suficiente con mi mediocre existencia. Hasta había llegado a la conclusión que debía conformarme con lo poco, o mucho, que había logrado. Nunca me queda claro eso. A veces se me ocurre pensar en todo el tiempo que he malgastado corriendo detrás de ideales lamentablemente -y a pesar mío- inalcanzables. Pero eso no lo hace más estúpido a uno. Fue tanto el tiempo, que me animaría a decir que es como otra vida. Claro que esta situación es distinta. ¡A que se debe todo esto! ¿Porqué esta falta de reacción? ¿Porqué esta resignada y cobarde actitud de aceptar lo que no comprendo? No me reconozco. Estoy convencido de que la imaginación es más cruel que la realidad. Pero es la realidad la que nos aplasta. Dicho de esta manera parece una gran contradicción, pero no es así. La crueldad está en que nuestra imaginación nos miente, nos deja viajar a pura conveniencia, nos alienta tramposamente, nos deja acomodar las cosas a nuestro gusto sin avisarnos que habremos de enfrentarnos con el peor enemigo: LA REALIDAD. Es como pisar una trampa cazabobos. Pensar en eso me produce una gran excitación. Siempre me he reprochado mi gran temor a lo desconocido, a lo que no puedo manejar, a lo que me jode conscientemente. Es lo que vulgarmente se llama, una total falta de espíritu aventurero. De ahí que toda esta misteriosa situación me produzca un gran estremecimiento, y no pueda soportar la fuerza de mi torrente sanguíneo golpeando en mis sienes. Una gran náusea recorre mi cuerpo. Mi saliva se pone agria. Tengo en las tripas una gran convulsión. Lo más seguro es que voy a vomitar. Eso sería una tragedia. Estoy inmóvil y boca arriba. Si lo hago, vomitaré encima de mi pecho. Es realmente, una situación de lo más incomoda. Pero hay algo que por lo menos me reconforta. ¡Estoy hablando de mi torrente sanguíneo!, y por consiguiente, eso me da fuerzas, me tranquiliza un poco y me da la certeza de que ¡aún estoy vivo! Seguramente, el que yo esté en este lugar se debe a un error, a un grave error, a una grandísima confusión. A un apresurado diagnóstico. De acuerdo, es muy normal que piense así. En ese caso lo que debo esperar es que todo se aclare y listo. Podré irme a mi casa tranquilamente. Perdonar a los que, en su apresuramiento, cometieron este error seguramente involuntario. Y todo terminará en medio de falsos discursos de disculpas, y de mi parte, las santurronas frases "los disculpo" y "espero que no vuelva a suceder". Mientras ellos se quedarán mordiendo su frustración, yo me iré con esa sensación de alivio de haber zafado de una situación tan comprometida. Ya hablaremos cuando aparezcan. Cuando se dignen acordarse que aun estoy aquí. No permitiré ningún tipo de excusas. Al carajo con sus disculpas. Mientras tanto procuraré despabilarme. Y para eso debo empezar por abrir los ojos. Basta de imaginarme macanas. Siento los párpados muy pesados, es verdad. Pero no es raro si tengo en cuenta lo que he dormido, y además, seguro que me han hecho tomar algún sedante. ¡Vamos, arriba esos párpados! ¡Afuera la oscuridad! ¿Qué me pasa? ¡No puedo moverlos! ¿Qué situación es ésta? ¿Y mis ojos? ¿Qué pasó con mis ojos? ¡No los siento! ¡Ahora quiero despertar, y no me obedecen! ¿A que se debe? ¿Qué me han dado a tomar, o que me han hecho? ¿Porqué no puedo levantar mis párpados y ver lo que sucede, en dónde estoy? ¿De qué manera puede nombrarse una situación como esta? ¡Quiero irme inmediatamente! Me asisten derechos inalienables para poder hacerlo. ¿Pero con quién hablar? ¿A quién debo enfrentarme para exigirle una explicación satisfactoria, y a la vez amenazarlo con no irme sin aclarar lo que pasó con mis ojos? No quiero ni pensar que se hayan atrevido a cometer algún indignante atropello a mi integridad sin mi consentimiento. No señor, no pienso retirarme así como así, sin exigir que me devuelvan lo que es mío. ¡Quiero irme en cuanto esta enojosa situación quede aclarada y que yo esté como llegué... ENTERO! ¡Ah...! que suerte perra es la mía. Si me trajeron inconsciente, como podría asegurar que traía lo que traía. Seguramente se defenderán diciendo que me voy con lo que traje. Es más que seguro que intentarán convencerme que ellos no saben nada. Que tal vez en el accidente los haya perdido. ¿Pero cómo? No en pocas oportunidades, a lo largo de toda mi vida, me he golpeado la cabeza de mil maneras. Sin embargo eso nunca provocó que mis ojos se me cayeran. ¿Porqué ahora? Esto es desesperante. No encuentro la manera de consolarme. ¿Cómo voy hacer para despertar a las mañanas si no tengo mis ojos? Mientras me enrosco en mis temores y en mis deducciones, no puedo evitar que un molesto temblor recorra mi cuerpo. Y sin quererlo, con todo el horror imaginable, y al borde del desmayo, me pregunto: ¿me los habrán sacado? Debo calmarme. No quiero entrar en el juego que propone la desesperación. Aunque se, por comentarios, como se manejan estas cosas. De los intereses que se mueven en estas circunstancias. No voy a permitir que un simple accidente me cueste los ojos de la cara. Y menos aún que alguien pretenda lucrar con mi desgracia. Después vienen las excusas, las falsas explicaciones. Nada puede justificar semejante acto de barbarie. No hacen más que colocarse en el lugar de vulgares ladrones. Y además, lo que me pone rabioso es que lo hayan hecho tan pronto y estando yo a medio morir. Eso me parece una práctica cavernícola. ¡Un verdadero escándalo! ¡Una asquerosidad! ¡Uno es de uno, hasta que empieza a ser de nadie. No acepto esta muestra de desesperación por trozarlo a uno como si fuera un pollo. En que mundo vivimos! Es verdad que en esta sociedad moderna no somos más que una simple estadística. Que existimos, a veces, únicamente como expresión numérica. No lo apruebo, pero es la realidad. Lo que tampoco apruebo es que al primer resbalón que uno se de, ya estén dos tipos vestidos de blanco tironeándonos de las piernas como si fuéramos una miserable lagartija. Creo que este lamentable razonamiento me lleva a comprender mi trágico presente. Si la desgracia que me tocó vivir, con todas las apariencias de definitiva, y a mi pesar, evidentemente así fue considerada, no me queda otra alternativa que creer en el desenlace más tremendo, más negado, menos querido por cualquier ser viviente. Y es la de pensar: ¡Entonces, estoy en la morgue! ¡Mi madre! ¿Cómo se puede justificar esto? ¡La gran puta, carajo! Si, si. ¿Cómo se puede justificar el estar en la morgue y a la vez estar pensando? ¡Mierda! Si esta no es mi gran oportunidad de volverme loco, no se cual puede ser. ¿Qué hago yo en una morgue, alguien me lo puede explicar? Jamás, antes de ahora, se me ocurrió considerar la posibilidad, ni aún por error, de que podría morirme. ¿Qué derecho tenía ese maldito camión, o lo que haya sido, de cruzarse en mi vida? Vamos, vamos, lo principal, en este momento, es no enloquecerme. Considero que tampoco es fácil conservar la serenidad. Lo principal es que me siento vivo y voy a zafar de esto. No se como, pero voy a zafar, me lo prometo. ¡Ja, ja! ¡A pesar de la situación, no deja de ser gracioso! ¡Si no me lo prometo yo, quién lo va a hacer! Esto se asemeja más a una horrible pesadilla, que a una posibilidad concreta. ¡Quiero sonreírme y mis labios se endurecieron! Creo que lo único que logré fue una mueca dolorosa. Pero volvamos a mis ojos. Para empezar, no creo haberlos perdido. Uno no anda por ahí perdiendo sus ojos. Entonces debo pensar, decididamente, que me los han sacado. Mediante una rápida y ensayada acción de desmantelamiento. Así de simple. Sin embargo me resisto a creerlo. Es de suponer que primero se deben hacer algunos trámites. Nadie puede negar que en ese momento yo no estaba en condiciones de poder discutir. De conocer verdaderamente la gravedad de mi estado. Lo comprendo. ¡Pero carajo!, hay detalles que siempre se deben respetar. Y uno de ellos es cubrir las apariencias. Es verdad que estoy solo en la vida. Lo he asumido. Y que la soledad te expone a estos peligros. También lo tengo asumido. Que cuando se da una circunstancia como ésta viene un cualquiera y se apropia de lo de uno. Eso también es cierto. ¿Pero ellos como lo sabían? He perdido un poco el sentido del tiempo. No tengo idea del momento en que me trajeron aquí. Estoy seguro, por otra parte, que en casos como estos hay requisitos que cumplir, planillas que llenar. Declaraciones de testigos. En fin, toda una historia que no sirve para nada, pero hay que escribirla. Y eso lleva tiempo. El suficiente como para que yo pueda demostrar que no estaba muerto. Quizás algo dormido. O cansado de discutir por los permanentes atropellos. A veces uno cierra los ojos como un intento de defensa. Y eso no significa que uno esté muerto. Quizás sea un signo de debilidad, lo acepto, pero también puede ser de impotencia, eso también puede admitirse. Por eso rechazo la intención de darle a esto el sentido inverso. Esta situación no se puede explicar por el solo hecho de decir que hay otras urgencias que cumplir. Y que no se puede estar esperando a que un tipo se decida a morir, o no. Pero ¡mierda! ¡Yo también soy una urgencia en este mundo! Y si a nadie le importa, a mi si me importa. Si seguimos así bastará un simple desmayo para que te metan en un cajón. No hay derecho. Además. ¡Dónde están los funcionarios! ¡Adonde están los que deben hacerse cargo de casos como el mío! ¡Quiero que vengan, quiero hacerles el reclamo cara a cara! Quiero que se hagan responsables de las barbaridades que se cometen en nombre del sistema que ellos manipulan a su antojo. ¡Ay, ay, ay! Que terrible infantilismo el mío. Que lirismo trasnochado tienen mis protestas. Es como intentar pegarle un cascotazo a la luna. Debo ser el único ser viviente de este desquiciado planeta que ignora que los funcionarios nunca están al servicio de sus funciones, en realidad no han sido creado para eso, siempre hay que buscarlos. Generalmente están en alguna fiesta, o haciendo algún viaje para documentarse de los últimos adelantos mundiales en su materia. ¡Ja! Como hago ahora, mejor dicho, a quien le reclamo. ¿Cómo puedo justificar que cuando me trajeron aquí yo tenía mis ojos puestos? ¿Quién será capaz de reconocer este humillante apresuramiento? Seguramente si persisto en mis reclamos querrán solucionarlo con algún tipo de indemnización. Claro. Y seguramente, con un catalogo de disculpas. Y seguramente, también, todo se irá diluyendo en un gran trámite burocrático. Y seré pasto de los noticieros televisivos. Y por consiguiente, todo se irá deformando en una gran explicación que no explica nada. Y seguramente habrá un gran revuelo donde todo el mundo será culpable. Y todo el mundo hará su descargo correspondiente. Y todo el mundo explicará su inocencia culpando al otro. Y la sociedad que se preocupa más en que termine el noticiero para poder ver su programa favorito, por supuesto sacará sus propias y deformadas conclusiones, sus humanas conclusiones, sus universales conclusiones, que son las siguientes: ¡Suerte que no soy yo! Y ellos, los del noticiero, saldrán corriendo hacia sus canales para recibir las efusivas felicitaciones de jefes y compañeros. Y se preocuparán de entrar en alguna terna que premie su trabajo. Y se quedarán con la satisfacción de haber hecho una gran nota, de la tarea cumplida, y posiblemente en paz con su conciencia por la satisfacción del deber cumplido. Y pasará el tiempo. Y mi caso, para ellos, será una anécdota. ¡Pero yo seguiré sin mis ojos! Y todo quedará perfectamente injustificado, para satisfacción de los que intervinieron. ¡Menos para mi, por supuesto! ¿Qué me queda por hacer? Cuando salga de aquí no seré otra cosa que un ultrajado ciudadano más. ¿Con qué cara, mejor dicho, con que argumentos podré parar a alguien por la calle y reclamarle que me devuelva mis ojos? Sería una situación de lo más ridícula. Seguramente, es de suponer, claro, que él va a hacer valer sus derechos adquiridos. Además, ¿cómo compruebo que sus ojos son los míos? Tendría que pedirle que me permita hacer una prueba, dejar que me los ponga, si encajan, bueno... Ahí empezaría la gran discusión. Claro que debo confesar, que a mi entender no es ese el fondo de la cuestión. Tampoco podría evitar que el tipo quiera darme una paliza. No es común, lo acepto, que alguien vaya por las calles manoteando los ojos de los demás, por más razones que pretenda tener. Más bien mi inquietud sería por otro motivo. Y aquí es donde cuestiono este inhumano mecanismo y me pongo a reflexionar. ¿Qué sentido puede tener, para este individuo, el mirar las cosas como yo las miraba? Además, también hay que considerar que a través de andar juntos durante tantos años, mis ojos se habían acostumbrado a pensar de una manera. ¿En qué situación desconcertante se encontrarán ahora? Lo más seguro, mirando y sin entender nada. ¡No me digan que no es terrible! Conmigo habían logrado desarrollar una expresión casi piadosa frente a tanta locura humana. ¿Con qué criterio estarán obligados a mirar ahora? Quizás estén limitados a una simple mirada indiferente. O tal vez a una vulgar mirada de tono conformista. También puede ser, y eso si sería lo peor, a no importarles lo que ven. Es por eso que no puedo evitar que me invada una gran tristeza. Un claro sentimiento de impotencia ante semejante arbitrariedad. ¡Nunca nadie, jamás, podrá convencerme que deba aceptar que se me quite lo que de nacimiento me pertenece, en este caso mis ojos! Y mucho menos, que vayan a parar a la cara de alguien que no se los merece. Y mucho menos, aún, que obliguen a nuestros ojos a mirar las cosas desde un punto de vista al que no estaban acostumbrados. ¡No señor! Me muero antes de permitirlo. Mis ojos sabían perfectamente, y lo digo con un gran orgullo, distinguir el bien del mal. Fue mi gran preocupación. Me llevó toda la vida enseñarles, y de eso doy fe. Juntos, y con gran tristeza, y muy a pesar nuestro, hemos comprobado que en este mundo todo esta inmoralmente calculado. Siento que una gran rebeldía me está inundando, y me ahogo. También comprendo que con el solo hecho de pensar no voy a remediar nada. Debo accionar, y lo primero de todo, convencerme que todavía estoy vivo; algo averiado, pero vivo. Sacaré las fuerzas de donde sea para despegar mis párpados. ¡Si, si! Será doloroso, no lo dudo. Tendré que enfrentarme a ese gran vacío. Pero así están dadas las cosas. He sido despojado de la manera más salvaje. Pero alguien deberá hacerse responsable por esto. Verdaderamente hay momentos en que no se puede contemporizar con todo el mundo. No hay porqué considerar las razones de los demás como justas, si no lo son. No tenían ningún derecho a venir y ponerme sus sucias manos en mi cara y arrancarme lo que a ellos les convenía. No me interesa el precio que han sacado, allá ellos, al fin de cuentas es su negocio. A mi eso no me importa. ¡Quiero que me devuelvan mis ojos! En ese aspecto, no habrá ninguna posibilidad de acuerdo conmigo. ¡Quiero que sigan llevando mi apellido! Ahora, lo importante es enfrentar mi realidad. He cometido un error, ahora lo comprendo, un gran error. No hay que cerrar los ojos en la oscuridad. Siempre hay que estar alerta. Eso en mi opinión, fue mi gran error. Tumbado de espaldas, como estoy ahora, mis posibilidades son limitadas, pero debo ponerme en acción. Levantaré mi brazo derecho, y con mi mano despegaré mis párpados. Tendré que hacerlo lentamente, suavemente, sin ningún movimiento brusco. ¿Porqué tuvo que ocurrirme esto a mi? Escucho extraños zumbidos. Gemidos desgarradores. Alaridos que son como martillazos en mis sienes. Quisiera suspirar, pero tengo miedo de cagarme encima. No se cuanto tiempo más podré aguantarme así. Pensar que estaba bien en mi habitación. Si, si. Me sentía perfectamente bien. Había logrado una gran libertad. Sin necesidad que nadie viniese a preguntarme si mis cosas marchaban bien, o si necesitaba algo. Había logrado limitar mis necesidades a la mínima expresión. Me había convencido. Podía existir. Quizás mi equivocación haya sido cerrar los ojos, y no para dormir justamente. Me cuesta mucho poder dormir, será por miedo, tal vez. ¡Basta de divagaciones! Sigamos. Debo evitar que mis párpados se metan en esos agujeros que me dejaron al arrancarme los ojos. Pero vayamos de a poco. Partamos desde la base que mi estado físico no es el ideal. Que no tengo la soltura de movimientos necesaria que se requiere en estos casos. Que posiblemente el camión haya fracturado algunas partes de mi cuerpo y no pueda hacer lo que deseo de un solo movimiento. Ya he comprobado que mis piernas están entumecidas por el frío, pero están, que es lo importante. También es cierto, y debo decirlo, que con respecto a mis brazos no tengo la misma seguridad. Es evidente que la falta de sensibilidad se debe a las consecuencias lógicas del accidente. Mentalmente me ubico en el lugar en que deberían estar y les transmito las ordenes de movilidad correspondientes a los músculos. No debo apresurarme, la situación es muy traumática. Debo aceptar que el choque, con semejante mole, debe haber producido interferencias lógicas en mi circuito muscular. Entiendo que no va a ser nada fácil. También comprendo que el resultado positivo de este procedimiento dependerá de la actitud serena y sin histeria con la que yo lo encare. Bien, lo concreto es que estoy tirado de espaldas en lo que se supone es un camastro o algo parecido. En este momento me es imposible identificar concretamente al aparato. Ya dije que tengo mis piernas estiradas y frías, siento mi pelvis hinchada y esperando ser desagotada. Debo aclarar que mi miembro, por el motivo de haber sido medicado con sedantes, es de un tamaño que sólo sirve para justificar mi sexo. Es la pura imagen de un humilde y respetuoso acto de presencia. A pesar de la seguridad de estar enviando correctamente las órdenes, no consigo la respuesta deseada de mis brazos. Considero que el asunto de mis ojos me alejó totalmente de la situación real de las otras partes de mi cuerpo. Quizás deba considerar la alternativa que la insensibilidad de mis brazos se deba, a que tal vez, y a causa del accidente, hayan tenido que enyesármelos. No es para nada descabellado pensar en esa posibilidad. Cuando alguien es arrollado, como seguramente me ocurrió a mi, las fracturas y roturas de huesos son lo más normal. Aquí quisiera preguntarme, ¿me los habrán enyesado igual a pesar de creer que había muerto? También es posible que en el apuro no hayan tenido en cuenta esa situación. Bueno, no se de que me alarmo. En estos casos no desperdician ninguna razón para hacerse de unos pesos. En fin, uno no es culpable de pensar en estas cosas. No es nada que pueda sorprender comprobar el funcionamiento corrupto de este sistema. De estos chacales con piel de ovejas. Podría decir que estoy algo alarmado, o mejor dicho, asombrado. ¡Bueno, esto si que es curioso! ¿De qué me asombro? O lo que es peor, ¿qué es lo que aún puede asombrarme? Esa es la verdad. Es indudable que a veces nos resulta difícil manejar una situación que nos supera emocionalmente. Me siento totalmente desquiciado, espiritual y físicamente. No encuentro la salida, ni la explicación lógica a este gran embrollo. Toda esta mezcolanza de temores y suspicacias que se abalanzan sobre mi frágil credulidad. Debo confesar que no es para nada fácil. Si señor, así como suena, nada fácil. Sin embargo estoy aquí, luchando contra no se que, pero luchando. Seguramente es algo instintivo. Posiblemente responda a ese sentimiento de orgullo que nos invade cuando decimos que estamos luchando. Quizás sea ese falso espejismo que adula nuestro ego. Esa desesperada y constante necesidad que tenemos de mentirnos permanentemente. Vaya uno a saber. Pero ayuda, es indudable que ayuda. Además, si sirve como ejemplo, gracias a ese mecanismo he superado -momentáneamente, claro- el episodio de mis ojos. Bueno, no entiendo este eufemismo de mi parte para calificar ese hecho. Creo que corresponde decirlo más claramente. ¡El robo de mis ojos! No hay porqué tener pelos en la lengua para decir las cosas como realmente son. Porque después, pasado el tiempo, no puede corregirse el error. Pero basta. Considero que ya es suficiente colaboración -no querida por supuesto- de mi parte a esta infame organización delictiva llamada sociedad moderna. ¡No, por favor! No pienso arriesgar ni un centímetro más de mi estructura física para seguir alimentando la voracidad de este salvaje sistema. ¡Soy una persona! ¡Una identidad! ¡Un ser pensante! No pueden tirarme al tacho de la basura cuando se les ocurra. Me niego a pertenecer a esta especie de reservorio humano en que se ha transformado el mundo. Mi capacidad de tolerancia se está cubriendo. Me resisto a aceptar que El Poder me trate como a un gusano. No quiero terminar siendo la borra de un mal vino, agriado y en el fondo de la botella. He nacido para ser. De eso estoy seguro. En la ubicación que me toque. Pero quiero ser lo que deba ser. Este es mi grito de rebeldía. A pesar de estar tirado de espaldas y con mis movimientos limitados. Obligado a una actitud pasiva. Soportando, estoicamente, los ultrajes en mi humanidad. Ya ni sé el tiempo que ha transcurrido desde el momento en que me despabilé intentando descifrar cual es, realmente, mi situación. Supongo que este estado de nervios se debe, más que nada, a la dificultad que tengo para poder contactarme con mis brazos. Espero, si es que me han enyesado, sentir en la punta de mis dedos, el cosquilleo característico que produce la falta de irrigación sanguínea necesaria. Esa molesta sensación de saber que las cosas están ahí, pero no sentirlas. Ya me ha ocurrido otras veces. Y no por el hecho de estar enyesado. Sino por el mal funcionamiento arterial. No lo niego y son antecedentes válidos. Por ejemplo, muchas mañanas al despertar me ha costado sentir los dedos de los pies; otras veces me ha ocurrido con las orejas, o con la nariz. Ni que decir de las veces que me he despertado con la sensación de haber sido castrado. A cierta edad los desequilibrios de funcionamiento son más comunes y seguidos. Y debo confesarlo, el funcionamiento de mi organismo no está para grandes aplausos. Eso también es verdad. Pero ahora, y en este momento, lo que me preocupa, es que todavía no siento el famoso cosquilleo en la yema de los dedos de mi mano. No pretendo alarmarme innecesariamente. Trataré de manejarme con prudencia. Se que la desesperación no es buena consejera. Así que esta vez prescindiré del cosquilleo. Al fin de cuentas, no siempre se dan las mismas alternativas. Esta vez intentaré con la rotación del cuello. Si mis vértebras me lo permiten, claro, haré girar mi cabeza de manera que mi mentón se acerque lo más posible a mi hombro derecho. Ya que hablamos de rotación, no se cual es la razón, pero a mi me resulta más fácil hacerlo hacia ese lado que hacia el izquierdo. Bueno, ahora no viene al caso analizar esta diferencia. Lo que si, cada vez que hago ese movimiento no puedo evitar esa sensación de mareo que me produce. Este intento de acercamiento puede ser revelador. Cuando desplazo mi mentón hacia el hombro, no siento ningún roce. Algo que me indique concretamente que me han enyesado, o por lo menos vendado. Tampoco percibo la molestia de alguna tira de gasa desprendida. O algún cinturón de cuero que me haga suponer que mis brazos están colgando de algún trapecio encima de la cabeza. Es llamativo. Realmente no se, no alcanzo a imaginarme el criterio que han seguido en este caso. Lo cierto es que estoy desconcertado. Si hubiesen tomado la precaución de dejar a alguien de guardia, podrían por lo menos, evitarme esta incertidumbre. Tengo ganas de empezar a los gritos y reclamar una asistencia medica acorde con mi condición de ciudadano honesto. Por lo menos exigir que pongan una luz en esta maldita heladera. Esta indiferencia hacia alguien como yo, que ha sufrido la devastadora acción del trajín ciudadano. Es una clara muestra de que a nadie le importa la suerte del otro. Estoy cada vez más incómodo, por la falta de aire y el fuerte olor a formol. Esta enervante situación me provoca una gran conmoción emocional donde, forzosamente, lo convierten a uno en un salvaje. A veces me pregunto si en realidad estoy en el buen mundo. En ese buen mundo donde es posible la relación humana. Donde el existir le da a uno cierta garantía, cierto respeto. Y no en este reino creado en medio de la inmundicia universal. ¡Basta, terminemos con las imágenes! Otra vez este sudor frío, y los labios resecos. No quiero, ni por asomo, manejar la hipótesis de que hayan cometido otra barbaridad. No deseo, tampoco, quedarme enganchado con la idea que supone aceptar otro macabro hecho consumado. Ese razonamiento me acercaba a una posibilidad impensada. ¿Y si en realidad estoy muerto? ¿Entonces es verdad, nada se termina? No, no, todo esto es pura fantasía. ¡Claro que si, pura fantasía! Confieso que muchas veces, en momentos de gran desconcierto, he levantado la vista hacia el cielo, casi como en un movimiento mecánico e intuitivo. Como en un último recurso buscando la ayuda desde donde dicen que viene. Lo he hecho, es verdad, pero cuando era absolutamente necesario. Pero es verdad, también, que he recibido respuestas muy confusas. No he podido interpretarlas. Claro que en esos momentos yo podía actuar como una persona normal. Y dejaba vagar mi vista por esas planicies interminables. Hasta donde mis ojos podían ver. En esas alturas desérticas depositaba mis angustias en los momentos en que todo me iba mal. Y enviaba mi interrogante en un misil cielo-cielo: Así, ¿vale la pena vivir? Bien, vayamos por partes. Trataré de controlarme. Además, creo que no es el momento más adecuado para ponerse nervioso. Trataré, en lo posible, de mantener la mente fría. Correcto. Supongamos que esto es pura fantasía. Bien, despacio, despacio, tratemos de razonar lo más despaciosamente posible. Lo más coherentemente posible. Es fundamental no dejarme vencer por mis temores. Total, mirándolo por donde se lo mire, de que vale apresurarse. Además, bastaría con una sola actitud para destruir este pensamiento ridículo. Y esa actitud no es otra que el simple hecho de abrir los ojos y terminar con este misterio. Así debe ser. Así de simple. Todo es cuestión de proponérselo. Pero claro, aquí hay un detalle en el que me quiero detener. ¡Para abrir los ojos, hay que tenerlos! ¡Y a mi me los han robado! Me siento desfallecer. Falsamente trato de disimular mi debilidad. En otras épocas hubiese dado un salto y habría develado rápidamente este misterio. Pero hoy estoy sumido en un mar de incapacidades. Y no resisto la posibilidad de encontrarme peor de lo que me siento. Debo poner en práctica ese famoso mecanismo que a mucha gente ha hecho triunfar. ¡Fuerza de voluntad! Se que éste no es el mejor momento para sentirse orgulloso. Tampoco dejo de reconocer que esta situación límite, que me toca vivir, ha logrado despertar algo en mi interior que estaba adormecido y que es ¡defender con todas mis fuerzas lo poco que me queda! No se si ésta es la oportunidad más apropiada. También ignoro si tendré el tiempo suficiente. Lo importante es que me siento con la voluntad necesaria para intentarlo. Cuantas veces, a lo largo de mi existencia, me he reprochado la poca predisposición que tenía para defender lo que realmente era mío. Cuantas veces, sin el valor de terminar algo y sin la necesaria fuerza para continuar, me cubrí detrás del "Asunto Terminado". Y volvía a sumergirme, a emborracharme, a conformarme, ignorando todo ese lastre del pasado. He almacenado tantas debilidades, tantas indecisiones, tantas desilusiones, tantos buenos intentos frustrados, que ahora, en mis peores momentos, me tapan el presente y no puedo remediarlo. Intenté incorporarme, tenía una vaga idea de la ubicación de mis brazos. Si estaba tirado de espaldas, con la cabeza hacia atrás era muy fácil suponer que mis brazos colgaban hacia los costados. ¿Pero porqué no se producía el mecanismo normal de levantarlos? Recapacité haciéndome cargo de la situación. Si en verdad había ocurrido lo que creía que había ocurrido. Si la acción tramposa y ladrona de sacarme los ojos sin mi consentimiento, y debido, posiblemente, a una inconsciente acción mía de defensa -lo digo así porque realmente no recuerdo para nada ese tremendo momento- tal vez, y para evitar una lucha que en esas instancias no les convenía, hayan atado mis brazos a la cama. Esta es la única explicación que encuentro como posible. ¡Pero carajo! Esto es más que indignante. Por lo menos, después de haber conseguido lo que querían, hubieran podido desatarme. Hasta en una guerra, en los momentos cruciales donde alguien está por matar a otro existe una actitud solidaria. ¡Mierda! Se puede matar a otro, todo depende de la situación a enfrentar, pero de ahí a relajarlo... ¡Me parece que esa es una gran porquería! Digo esto porque después de haberme sacado los ojos, ¿qué sentido tenía el dejarme atado? La verdad, y es lo que más me revienta, es que no se como manejarme ante semejante situación. Si pudiera sincerarme, a pesar de no ser este el momento más adecuado. Si diera rienda suelta y fuese leal con mi estado angustioso. Diría que mi intención, en estas circunstancias, sería llorar como un loco. Como un chico malcriado, empezar a zapatear y a pegar los más insufribles berridos. En definitiva, hacerme oír hasta que alguien se sienta molesto y quiera averiguar que pasa. Pero en verdad, no me animo. Y no es que no me anime por un sentido machista, no, no. Lo que realmente me impide llorar como yo quisiera es no saber, concretamente, que es lo que va a pasar con mis lágrimas. Y esta incertidumbre no es para nada gratuita, ni mucho menos. Antes, las lágrimas se asomaban graciosamente por los costados de los ojos, como si éstos fueran una gran represa de contención, y bastaba, simplemente, con usar el pañuelo como sopapa, y todo terminaba ahí. Pero ahora, ¿qué pasará con mis lágrimas? ¿Qué ocurrirá cuando inunden los agujeros que me han dejado? ¿Acaso no correré el peligro de morir ahogado? Y eso si sería una gran estupidez de mi parte. ¡No quisiera, por nada del mundo, convertirme en cómplice de esos sujetos! Si no supieron terminar el trabajo, peor para ellos. Pero esa es otra historia. Volvamos al problema de mis brazos. ¿Porqué no consigo tener una referencia exacta del estado en que se encuentran? No es que busque permanentemente un motivo para aterrarme. Pero aquí se da el caso para que eso se de. Si bien que con el giro de mi cabeza y el roce del mentón en mi hombro, no más de ahí, aunque no pueda asegurar que algo raro ocurre, lo que me intranquiliza es la falta de sensibilidad. Siento como si los hombros fueran el límite, como si después de ellos no hubiese nada más. ¡BASTA! ¿Qué es lo que estoy diciendo? ¿Cómo, nada más? ¿A qué extraña y enfermiza conclusión quiero llegar? ¿En que estado de delirio quiero caer? ¿Otra vez empiezo con ese masoqueo alucinante? ¿Qué motivos tengo para pensar que los hombros sean el limite de mi torso? ¿Será posible que siempre que me pongo a divagar llego a conclusiones escalofriantes? No, no, es sencillamente espantoso el solo hecho de creer que esa posibilidad sea real. No me atrevo ni a pensarlo. Claro... pero... ¿Y si es real? ¿Qué me queda por hacer? ¿Cuál debería ser mi reacción y cuál debería ser mi actitud ante semejante revelación? ¡Esto es alienante! Intentar, siquiera, aturdirme con el odio que genera asumir semejante atrocidad. No es nada fácil, lo aseguro. ¿En que me están convirtiendo? O lo que es peor. ¿Qué es lo que quieren que deje de ser? ¡Es que acaso pretenden desintegrarme! ¿Y qué lograrían con eso? Nunca he sido algo más que un vulgar y mediocre ciudadano. ¿De qué éxito se podrían alegrar? Débilmente, y con mucha tristeza, pero aún así conservando mi dignidad y mi lucidez, me hago la firme promesa que alguien va a pagar por esto. Lo juro, así sea lo último que intente en mi vida. ¿Pero cómo voy a hacerlo en estas condiciones? ¿Qué posibilidad me asiste de enfrentarme, a quien sea, y gritar mi verdad? ¿Y que diré, cuando me pregunten como se ha producido el hecho? ¿Cómo podré demostrar que en ningún momento di la conformidad para que me sacaran los ojos y los brazos? ¿Cómo podré demostrar que yo estaba durmiendo cuando me los amputaban, o me los arrancaban, o me los serruchaban? ¡Mierda! ¿De qué manera puede relatarse un hecho semejante para que suene más despiadado? ¿Cómo puede ser expresada semejante salvajada? Es inútil, faltan las palabras. Ellas también se esconden. Porque es imposible describir la locura humana. Todo esto debe ser una gran pesadilla. De otra forma es imposible calificarla. ¡Voy a salir de aquí, como sea, pero voy a salir! ¡En esta mierda de morgue ni siquiera hay una ventana! Me siento decepcionado, y al mismo tiempo indignado. ¿Para qué quiero salir ahora, y en estas condiciones? ¿Cómo presentarme ante la sociedad sin ojos y sin brazos, bajo que pretexto? ¿Quién va a creerme que soy una víctima de un procedimiento apresurado? Muchos van a pensar que mi aspecto se debe a mi falta de higiene, o a mi descuido en lo personal. ¡Nunca más podré mirar a alguien y abrazarlo! Es una verdadera desgracia. ¡Llorar, llorar, eso es lo que me aliviaría! ¿Pero porqué al mismo tiempo tengo ganas de mear? Son casi las mismas sensaciones de alivio. Y tan distintas a la vez. Es notable, ¿no? Mi respiración se complica. Me viene como un acceso de tos. ¡Por favor! Es lo único que me faltaba. Mis heridas se van a abrir si empiezo con las convulsiones que produce el toser. Presiento que mi pecho va a explotar si trato de evitarlo. ¡La puta, carajo! En que lamentable condición estoy. Sólo falta que me cuelguen de un gancho, como a una res de ganado. ¡Hasta donde llegará esta locura humana! Muchas veces he oído decir que todo hombre tiene su precio. Es verdad. Pero creía que era con referencia a su moral. Jamás pensé que por venderlo así, en pedazos. No me lo hubiese imaginado nunca. ¡Qué trato tan siniestro! Conmigo lo van a hacer, estoy seguro. ¿Y cómo puedo evitarlo? Ya ni puedo señalar a los culpables, ni tampoco identificarlos. ¡Fueron muy astutos, los cochinos! Es indudable que seguirán hasta desmantelarme totalmente. Venderán todo lo que sirva. ¿Y mi mente? ¿Qué harán con mi mente? Seguramente irá a parar a un tacho con ácido disolvente. Al fin de cuentas, quien va a preocuparse, en este mundo, de la falta de unas pocas y bien intencionadas ideas. ¿A quién puede servirle? ¡Ah...! ¡Cuánta impotencia! ¡Cuánta soledad de vida! ¿Qué puedo hacer para salvar lo poco que queda de mi? Lo poco que aún puede salvarse. Es una lucha tan desigual que haría retroceder al más valiente. ¡Dios! ¿Qué es lo que está pasando? ¿Hacia qué va la humanidad? ¿A convertirse en qué? En esta carrera loca hacia la nada basta mirar a la gente y ver como sus rostros se mimetizan. Todo el mundo abre sus ojos desmesuradamente y aprieta sus labios resecos. Estamos frente a un gran abismo. Las palabras ya no sirven para nada, no nos dicen lo que nosotros necesitamos escuchar. ¡Qué barbaridad, Dios mío! ¡Qué tremendo vacío espiritual nos rodea! Es curioso, siempre recurro a esta expresión en los momentos más críticos. ¿Será que soy supersticioso? En fin. ¿O será que no hay otra? Además, tengo entendido que estos pedidos de último momento no llegan nunca a destino. Soy consciente de que muchas veces he tolerado otras mutilaciones, otras vejaciones, otros olvidos, otras traiciones, otras indiferencias. Pero esta vez me han destruido, y de que manera; de la manera más grosera y humillante que se podía esperar. No va ser nada fácil, poder reponerme. No obstante seguiré. Como otras tantas veces lo he hecho. Solo será cuestión de acomodarme a mi nueva realidad, me guste, o no. A veces es mejor dejar de pensar en ciertas cosas. En esas cosas que te van comiendo por dentro. ¡Mentiras! ¡Eso es un gran macaneo! Es mucho mejor pensar en esas cosas. Lo más que se pueda. Así no se convertirán en fantasmas en nuestra memoria. Ni tampoco dejarlas que se pudran. Porque indefectiblemente su hedor nos alcanzará. Es inevitable. Nada nos va salvar de vivir con nuestras culpas toda la eternidad y algo más lejos también. No somos unos dulces pájaros maltratados. ¡No! Que nadie se crea que está en situación de señalar a los otros. Quien más, quien menos, hemos colaborado en provocar esta debacle. Quien más, quien menos, alguna vez hemos acariciado, lascivamente, un pedacito del Poder. ¿Y qué es el Poder, aparte de hombres? Estaba enganchado en esas elucubraciones, cuando sentí un fuerte golpe en mi pecho. ¡El terror me paralizó! Alguien estaba parado sobre mi y amasaba mi pecho con unas puntas filosas. Como buscando el mejor lugar para ensartarlas. ¡Esto si que es el final! ¡Mi madre...! -pensé angustiosamente- Tendría que haberlo imaginado. ¿Y ahora qué? Ni siquiera puedo decir que después de esto sólo seré un recuerdo. No se si este es el momento para reflexionar sobre mi vida. Pero justo en este instante, que seguramente será el último instante para mi, me doy cuenta que a lo largo de todos mis años no me preocupé por ser el recuerdo de nadie. Sinceramente, antes de ahora, no creí que eso tuviese algún valor. Más bien pensaba en lo inútil de las despedidas lacrimógenas. ¡Ya pasó, ya se fue! ¿Qué más se le puede pedir? Era lo que normalmente me inspiraba la muerte de algún conocido. Claro que en este momento no es la despedida de otro. Tampoco es lo mismo ver las cosas de afuera que de adentro. ¡Mierda! Esta vez soy yo quien está en la plataforma de lanzamiento. Listo para ser despedido, con un solo movimiento, hacia las estepas celestes y la eternidad cósmica. O hacia algún chiquero, si es que quiero ser pesimista. Mis pobres restos, así despedazados, sólo pueden servir de alimento a los chanchos. Que distinto se analiza todo desde esta posición. Cuantas veces dije que eran macanas eso de pedir la última oportunidad. Cuando el bolillero deja de girar y la bolilla queda en tu casillero, chau, no hay más reclamo -era lo que solía decir con toda la soltura de quien se siente lejos de ese sorteo-. En estos momentos, imploro, suplico, firmo lo que me pidan, con tal de que el bolillero siga girando. No se, en realidad, a que quiero aferrarme. Tampoco se porqué me resisto. Si me he cansado de despotricar contra mi puta y gris existencia. Sin embargo estoy aquí, luchando con uñas y dientes, tratando de defender lo poco que queda de mi. Lo último que se pierde es la esperanza -oí decir-. En estos momentos guardo, humildemente, la esperanza que se hayan conformado con lo que me sacaron. Y que en un arranque humanitario me dejen el corazón. Además, ¿a quién puede interesarle el pobre? Está tan cansado de tantos sobresaltos, ha llevado tan mala vida, que no creo que pueda servir de mucho. Más. Diría que no puede servirle a nadie. Me encontraba en la desesperada tarea de justificar lo inútil que sería sacrificarme por algo de un valor tan discutible, y justamente ahí, si, fue en ese preciso momento, cuando horrorizado, como nadie puede imaginar que alguien se puede horrorizar -¡horrorizado de todos los horrores!- sentí la macabra finura de una larga aguja que se incrustaba en mi desmoralizado tórax. Si. Se habían decidido. Ya no tengo nada porqué pelear. ¡Qué estúpida esperanza la mía! ¡Cómo iban a desperdiciar el corazón! Seguramente les habrá llegado un pedido de último momento. ¿Cómo defenderme? De alguna manera trataba de evitar que las cosas no les fueran tan fácil. Que supieran que yo sabía lo que iban a hacer. Quise gritar: ¡no, el corazón, no! Pero mi garganta era como una caverna reseca. ¡Estos malditos no pueden salirse con la suya! Quería, por lo menos, que les quedasen grabados en sus oídos los gritos desesperados de alguien que iba ser descuartizado. Fue en ese instante, exactamente en ese instante, cuando sentí como una segunda aguja se introducía en mi pecho. ¡Entonces, no se como ni de donde pudo haber salido, un grito atronador movió las paredes de ese cuarto! Y de un salto me incorporé. Jadeante, traspirado. Con los ojos tan abiertos que podía mirarme la nuca. Entonces vi, de repente, a mi gato. Apoyado en mi pecho y mirándome con los ojos más abiertos que jamás vi. Nos quedamos mirando. El, no entendiendo para nada mi reacción. Y yo, tratando, en un segundo, de reconocer la aventura de horror que acababa de soñar. Sin embargo el dolor en mi pecho aún seguía. La uña me la había clavado. El se dio cuenta y giró como para irse. Yo era todo alegría. Todo desconcierto. Y todo dolor. El no podía comprenderme, pero yo le estaba eternamente agradecido. Casi llegué a pensar que le debía la vida. Murmuré algunas palabras, entre las babas que caían de mi boca, para tranquilizarlo. Ya se sabe el carácter de los gatos. Tienen un proceder muy humano. Se sirven de uno, pero no se comprometen. Pero no me importaba, en ese momento era mucho lo que tenía que agradecerle. Fue en ese momento que me acordé del pinchazo. ¡Gato maldito! Vio mi mirada. Se preparó para saltar. ¡No, no! No quería que se fuera. Gatito lindo, quise decir. Todavía necesitaba de su presencia. El certificaba que lo anterior había sido una pesadilla. Notó el cambio de mi mirada. Colocó su cuerpo medio como para irse, y medio para quedarse. Con una sonrisa dibujada intenté calmarlo. ¡Gato de mierda! ¡Gato sucio! ¡Gatito lindo! Desconfiaba. Conocen muy bien la falsedad del hombre. A mi no me convenía que él se fuera. En ese momento, yo sentía emociones encontradas. No quería estar solo. Aún me molestaba esa horrenda pesadilla. Y a la vez tenía esa gran alegría de comprobar que había sido justamente eso, una terrible pesadilla. El era, en definitiva, el que me ubicaba en la realidad. Sinceramente le estaba agradecido, por lo menos eso creía yo. Traté de despertarme, tranquilamente, despaciosamente. No quería asustarlo. Además no tenía idea de lo que quería hacer. Yo estaba ahí; pegado al colchón, con los brazos colgando hacia los costados. Podría cerrar los ojos y pensar. ¿A cuántos he traicionado en mi vida?, me dije. Y volví a dormirme. Más profundamente que antes. Volví a caer en ese pesado sopor. Traté de repasar mi existencia lo más minuciosamente que me era posible. Evidentemente en algún momento, en algún lugar algo he hecho que a otro le cayo mal. ¿Pero era ese un motivo valedero para que viniera de noche y se metiera en mis sueños para amargarme la vida? A zapatearme el pecho. ¿Porqué me cuesta tanto abrir los ojos y enterarme? En última instancia podría pedirle explicaciones o tal vez yo podría justificarme, no se, pero algo podría pasar si abriera los ojos. No entiendo de qué manera, pero se enteraba de lo que yo pensaba. Porque la presión, de lo que yo creía era su pie sobre mi pecho, se hacía cada vez más asfixiante. Mis pensamientos eran cada vez más desordenados. ¿Hasta cuando voy a soportar esto?, me dije. Alguna actitud debo tomar para que esto termine de alguna vez, y además tratar de poner las cosas en claro. Si tengo que disculparme, me disculparé, pero también voy a decir las cosas que me corresponden decir, que no tenga la menor duda, sea quien sea. ¡Ah!. Cómo deseaba en esos momentos ser un tipo valiente, un Chuk Norris, por ejemplo. ¡Despertarme y destruir a mi enemigo pisoteándole la cabeza! Pero él seguía encima de mi pecho, y mis brazos se entumecían al costado de la cama, y mi mente despierta y mis ojos cerrados. ¿No habrá llegado el momento de suplicar? -pensé- manteniendo cierto grado de dignidad, claro. Pero si muevo los brazos, con la única intención de hablarle, es muy posible que aumente su presión sobre mi pecho, y entonces sí sería fatal. No hay duda que la situación aconseja serenarse. No tiene sentido echarlo todo a perder por un estúpido acto de heroísmo machista. Por momentos no puedo discernir si son sus pies o es una gran piedra, la que tengo sobre mi pecho; lo que sí tengo claro es el ardor que me provoca, es como una tremenda brasa encendida. ¡Sé que las situaciones límites son las que provocan los grandes desastres! Pero entiendo que ya es imposible que siga soportando esta humillante situación. ¡Sí el único recurso es enfrentarla, lo voy a hacer! Después de todo, acabo de pasar otra situación peor que esta. Además, no puedo negarme la posibilidad de enfrentar a mi enemigo y poder vencerlo. ¡Esto debería repetírmelo muchas veces así me convenzo! ¡Basta de melonear! ¡Hay que hacer lo que se debe hacer! Se que alguien dijo esto, pero no se como le fue. ¡Bah! Eso no importa. ¿Pero y si llegan a ser dos? Empezaré por mover los pies. Es la parte de mi cuerpo que tengo más lejos. Espero que sigan entretenidos con mi pecho, así puedo ir poniéndome en funcionamiento. Trataré de mover los dedos. ¡Carajo! Bueno, no es momento de ponerse ansioso. Después de todo mis dedos gordos nunca fueron un ejemplo de dinamismo, pero así vamos bien, ahora, despacito, intentemos doblar las rodillas, a ver que pasa. Bien, vamos bien, parece que hasta ahora no se han dado cuenta de que me he puesto en movimiento. Lo peor que me puede pasar es que sean tres. ¿Serán tres? ¡De la forma en que aprietan parecen un regimiento! Pero eso ya no me importa, estoy decidido a enfrentarlos. Después de todo no tengo otra alternativa. Bien, bien. Ya he doblado las rodillas y no se han dado por enterados. ¡Perfecto! Ahora los párpados. ¡Ay, ay, ay, esto si que es definitorio! Si consigo levantarlos los tendré frente a frente. Ahora si que no estoy seguro de estar preparado. ¡Vamos, hay que intentarlo, mierda! Pesan una tonelada. A ver, a ver, despeguemos de a golpecito, así será menos doloroso. ¡No se alcanza a ver nada! Vamos, vamos. Más arriba. Eso es. ¿Y..? ¡Nadie! ¡No hay nadie! Otra vez lo mismo. Ya ni el gato me aguanta. Se fue. Seguramente mis espasmos nerviosos no lo dejan dormir. Bueno, en el último de los casos, es problema de él. Después de todo no brilla por sus actitudes amistosas. ¿Qué hora podrá ser? Las cinco de la madrugada. ¿Y el gato? Seguro que al darme vuelta para seguir durmiendo se asustó. Es la última vez que me vuelve a pasar esto. De alguna forma debo obligarme a respetar la promesa de fumar menos. ¡Aj! Tengo la lengua como si hubiera chupado un papel de lija. Me cuesta mucho abrir los ojos. Creo que si pego un salto podré levantarme. Tendría que mentalizarme para hacerlo, pero no estoy muy seguro que mi mente responda. Estoy más cerca de Robocop que de ser una persona. Este gusto a aluminio que tengo en la boca... Me estoy saliendo del tema; la intención es mentalizarme para poder dar el gran salto al vacío, ese gran vacío que existe desde la cama hasta el suelo. Hay momentos en que esta decisión requiere una actitud por demás de heroica. Pienso que más que nada es un problema de convicción. Si pudiera ordenar mis pensamientos estoy seguro que todo sería más fácil. Para empezar tendría que lograr que mis ideas dejen de saltar de un lado a otro. ¡Es terrible!, por más que me esfuerzo siento que mis párpados pesan como dos láminas de acero. ¿Qué hora debe ser en estos momentos? Con enorme trabajo consigo levantar un brazo hasta la mesita de luz. Manoteo todo lo que hay encima de ella, por supuesto, meto la mano dentro del cenicero, después volteo el vaso de agua que llevo todas las noches, por si las moscas. En la incursión, el velador se salva por milagro. Y de pronto, allá en lo más recóndito de mi mente, rescato la idea de haberlo puesto en el otro extremo de la mesita, para evitar estrellarlo contra el suelo cuando suene. Pienso que de alcanzarlo podría arrimármelo a los ojos, bien arrimado, y pidiéndole el máximo esfuerzo a mis párpados poder saber si ya es cerca del mediodía, y de esa manera tener la obligación de levantarme. Al fin lo consigo, agarro el despertador con las pocas fuerzas de mis dedos entumecidos y me lo acerco a la cara, pero antes, mis dedos hacen un reconocimiento de la posición del despertador frente a mi cara, no vaya a ser que esté al revés y me clave las manijitas. Me tranquilizo, el vidrio está frente a mi; ahora debo procurar lo más difícil: ¡mirarlo! Es en ese momento en que me gana una tremenda indignación. ¿Porqué todo este drama para mirar la hora? ¿Porqué toda esta angustia mental, muscular, emocional? ¿Qué clase de hombre soy que no puedo abrir los ojos para ver lo que hay frente a mi? ¿Qué sentido tiene ignorar que hora es en realidad? Lo mismo me tocará enfrentarla. Además, si no me confundo, es la mañana de un domingo cualquiera. No estoy obligado a cumplir horarios, nadie me espera, y además, el mundo no se ha enterado de mi existencia. ¿A quién le importa si me despierto o no, si no es a mi mismo? Podría intentar quedarme otro rato. ¡No, no! Por hoy, basta de pesadillas. Nunca fui muy valiente, pero llegar a este extremo... ¡Eso es! Quizás insultándome logre recapacitar sobre esta situación que ya resulta bastante ridícula. Bueno, volvamos al despertador. Lo tengo frente a mis ojos cerrados, claro. Mis dedos recorren el vidrio. No te hago mal, así que no me hagas mal. Que raro, el vidrio es plano. No se porqué, pero siempre creí que era cóncavo. En fin. Siempre ocurre con las cosas que tenemos demasiado cerca. No les prestamos la necesaria atención. ¡Basta de irme por las ramas! ¡Fuerza, y los ojos bien abiertos! ¡No puede ser! ¡Esto es increíble! Algo debe andar mal. ¡Esta mierda se debe haber parado! ¿A ver? No, funciona normalmente. ¡Toda esta tonelada de sensaciones angustiosas, y sólo pasaron cinco minutos! ¿Qué puedo hacer ahora? Estoy despierto y excitado y también, porqué no, tensionado por la ridícula situación anterior. Hace cinco minutos que tengo los ojos abiertos, hace cinco minutos, que si bien no me he movido de la cama, he vuelto a funcionar, y ¡oh, milagro!, es todo un logro... ¡No he fumado! Esto se merece un festejo. Levantarse, un buen café caliente, para despejar el sarro de la garganta y luego, un cigarrillo. Los cambios no deben ser traumáticos, hay que ir provocándolos de a poco. Lo fundamental, en estos casos, es crear una cierta amistad, o por lo menos mantener una actitud amistosa con lo que nos hace mal. No es nada bueno andar creando funestos antagonismos que al final de cuentas no conducen a ningún lugar. Además, hoy fueron cinco minutos, mañana serán diez, y así sucesivamente. ¡Bueno, esto puede llamarse un buen comienzo! No puedo negar que siento una especie de orgullo y un sincero respeto hacia mi fuerza de voluntad. En el futuro iremos progresando. Mientras se calienta el café podría aprovechar para ir al baño. No, no, mejor no. Primero esperaré a que se caliente el café, o puedo hacer al revés, primero voy al baño, no vaya a ser que mientras esté en el baño se hierva el café. No tengo que olvidarme que desde hace un tiempo observo cierta morosidad en mis intestinos, y también algo de retardo en mi funcionamiento renal. Eso al margen de ciertas palpitaciones antojadizas que me produce el hecho de caminar demasiado. Todo esto compone, vamos a llamarlo así, mi currículo sanitario. Podría decirse que de una escala del uno al diez, estaré en seis, lo que significa un punto arriba de la media convencional, que no deja de ser un porcentaje decente, si es que hay algo decente en este mundo. En fin. Luego de hacer todo, tal cual lo tenía pensado, reparo en la hora. ¡Las seis de la mañana de un día domingo, y yo levantado! ¿Y ahora que hago? Es bueno aclarar que ésta es otra de las alternativas cambiantes de mi maquinaria psicofísica, cada vez se me hace más difícil mantenerme dormido un tiempo más razonable. Bueno, la cuestión es que me he levantado y desayunado, lo que equivale a estar despabilado, además estoy normalmente vestido, como un día lunes. ¿Qué puedo hacer?, pienso. Si el motivo fuera suicidarme, encendería el televisor, pero por ahora, no es esa mi intención. ¡Podría leer algún libro! No es mala idea. Pero entre mis noches de insomnio y mi estacionamiento en el inodoro, por las razones conocidas, sumado a la falta de renovación del stock, por cuestiones íntimas -no vale la pena entrar en detalles- no me seduce leer lo mismo por cuarta vez. Además, ¿qué puedo leer de nuevo que yo no sepa? Conclusión. Me voy a la calle. De paso me fumaré un cigarrillo aspirando el aire puro de la mañana, que no deja de ser una razón saludable. ¿Cuántos años hace que no veo madrugar a la ciudad? Ya ni puedo imaginármelo. ¿Serán distintos sus ruidos silenciosos? No están para nada cerca los tiempos trasnochados en que llegaba a mi casa agarrándome de las paredes. Todo era distinto, era la misma hora pero al revés. A veces me pongo a pensar que en esa actitud había una rebeldía encubierta. Era toda esa gran intención de cambiar lo establecido. ¡Ah! Dormir de día y levantarse al anochecer, para seguir la ronda, por supuesto. Que nítida sensación de libertad daba hacer eso. Era como sentirse dueño de la vida de uno. Claro que ahora la finalidad es otra, o es otra la necesidad, comprobar que la vida sigue, por ejemplo, y que todavía estamos aquí. Es como asomarse a algo que nos pertenece y que ya no usamos tanto. Tengo cierto recelo, no lo puedo ocultar. ¿Qué encontraré en la calle? ¿Quién dominará la ciudad a esta hora? Posiblemente los encamperados de cuero con sus manoplas de acero y sus mototruenos. Seguramente los autocomandos de la policía los estarán cercando. Son algo así como dos ejércitos. Uno tratando de arrasar y el otro tratando de cumplir con algo que no está muy claro, reprimir o devastar. Lo que sí es seguro es que en el medio está la droga. Observando a sus chicos, como un gran ángel negro. Esta imagen no se parece en nada a la que guardo en mi mente. Claro, que sentido tendría ahora jugar a los indios, como lo hacíamos en nuestra adolescencia. Una porque los indios, definitivamente, dejaron de tener vigencia. Simplemente pasaron a ser un inocente recuerdo en la memoria de la sociedad. Aquella figura arrogante con su cuerpo y cara embadurnados con pintura y barro, y con una pluma -de algún ganso que se distrajo, seguramente- ensartada entre sus cabellos, con su arco y flecha en guardia, como diciendo: ¡de aquí no pasarán! Ahora, y así en la distancia, sólo me parecen un ejército de cupidos que se hubiesen vuelto locos. Ahora que estoy hablando de Cupido, ¿qué figura debería tener en la sociedad actual? No me la imagino. Bueno, con todas esas prevenciones y prejuicios, salí a la calle. Con gran asombro comprobé la cantidad de cosas que la gente consume, la vereda es como un muestreo de supermercado. Cajas, latas, bolsitas, están todas desparramadas a lo largo y a lo ancho de la vereda. A lo cual se le puede agregar alguna que otra vomitada cerca de la pared. Seguramente de alguno que se excedió en la mezcla. O tal vez el resultado de alguna apuesta exótica. Lo cierto es que el paisaje no es lo que podría llamarse un ejemplo de urbanidad. Al llegar a la esquina me sorprendió la actitud de un perrito vagabundo. Con el paso apresurado de sus patitas cortas cruzaba la calle. Me sobresalté y pensé: ¡sonó! Me di vuelta, no quería ser testigo de su muerte. Para no sufrir y conformarme, me dije: ¡y bueno, es el destino de los perros vagabundos, qué se le va a hacer! Sin desearlo sabía que iba a escuchar el ruido de sus huesos al chocar contra el paragolpes de algún auto, o de algún colectivo. Y me dio rabia. ¡Quién me mandó a mi a salir a la calle a esta hora para hacerme mala sangre por un perro que ni siquiera se como se llama! ¿Porqué siempre tengo que arrepentirme de tomar decisiones estúpidas, imprevistas? Hubiese sido mejor haberme quedado en mi habitación a escuchar la radio. ¡Hasta hubiese sido más soportable aguantar un chamamé, que es la única música que pasan a esa hora!; cualquier tormento hubiese sido preferible, a tener que soportar esta escena. Cerré fuertemente los ojos y me tapé los oídos, y me quedé duro, esperando el golpe final. No tengo idea de los minutos que pasaron, a lo mejor no fueron minutos, fueron segundos, no se. ¡Otra vez estas malditas palpitaciones! Cuando calculé que todo había pasado, me di vuelta lo más despacio posible preparado para ver lo que no quería ver. Mejor me voy sin mirar, pensé. Sin embargo esa idea no me convencía. Tenía claro que no podía irme sin saber que había pasado. Me armé de valor y me di vuelta. ¡Y ahí estaba! Me costaba creer lo que veía. Con su hocico pegado al pavimento y sin la menor muestra de preocupación por el peligro que corría. Me reproché duramente la facilidad que tengo para dramatizar todo. Me acerqué a mirar. Con una concentración digna de los mejores elogios, y sin importarle los peligros que eso significaba, trataba de morder una porquería que estaba pegada al pavimento. Ya con una especie de sonrisa dibujada en mi boca, lo miré y me tranquilicé. En ese mismo instante me pregunté: ¿cuánto hace que no sonrío espontáneamente? Mientras miraba al perro, no pude menos que pensar en el porqué de su actitud tan segura. ¿Acaso él sabía que no corría ningún peligro? Pero él era un perro. ¿Cómo podía saberlo? Interiormente sentí que si había algo que definitivamente nos diferenciaba, sin lugar a dudas, era su conocimiento del comportamiento humano en las madrugadas del día domingo. El sabía que podía hacer eso sin ninguna preocupación. Más todavía, hasta darse el lujo de apuntar su cola en dirección hacia donde, supuestamente, deberían venir los vehículos. Evidentemente, noté mi falta de madrugadas. De pronto me di cuenta del paso del tiempo. Parado frente a ese enano de cuatro patas, que seguía en su lucha por despegar esos despojos que la rueda de algún colectivo había soldado al pavimento, experimenté la desagradable sensación de que él no se había dado cuenta de mi preocupación. No es que yo esperase que me diera las gracias, pero carajo, por lo menos una mirada de agradecimiento. Cuando se dio por vencido, levantó una pata, orinó la cosa como diciendo "si no querés salir, algo te voy a hacer", cruzó el pedazo de calle que le faltaba, subió a la vereda y con su trotecito rápido se alejó. Lo miré alejarse. Seguramente iría pensando en toda la libertad que le brindaba la madrugada del domingo. No había nada que perturbase su recorrida: alguno que otro de sus semejantes por la vereda de enfrente marchando en dirección contraria. Habiendo tanto lugar libre, para que discutir. Seguramente era eso lo que pensaban. Cuando dejé de meterme en el comportamiento de esos simpáticos habitantes de este planeta, me di cuenta que estaba parado en el medio de la calle. Yo también hacía cosas desacostumbradas. Mi mirada se perdió en el infinito de ese callejón asfaltado. Tuve una sensación muy extraña. Esa quietud, ese silencio, esa total falta de sonido humano. La calma perfecta, pensé. Me molestaba aceptar lo que pensaba, pero lo pensaba. No podía engañarme a mi mismo. Además, era mi propio sinceramiento. ¿Qué podía ganar negando mis propias sensaciones? Si. Así es. ¡Qué hermosas son las ciudades sin gente! Aunque esto parezca una contradicción. ¡Qué vivibles que pueden ser! Me costaba moverme de mi lugar. No podía, o no me interesaba, calcular cuanto tiempo más me sería posible permanecer ahí. No me preocupaba, a pesar que decididamente era muy peligroso. No me importaba el riesgo. Lo que si me importaba era que no se terminase ese estado de serenidad interior que me inundaba. Cuantas veces me he propuesto desentenderme de lo que me rodea. Y otras tantas veces llegaba a la conclusión de que eso era totalmente imposible. Cuantas veces me propuse no involucrarme en conflictos ajenos, en pensar, de una vez por todas, en mis propios conflictos. ¿Porqué esa enfermiza tendencia a postergarme? Para colmo, generalmente, con resultados por demás desastrosos. Tantas veces lo hacía, tantas veces me juraba no volver a hacerlo. Es una desgracia. Pero así es. Por un momento se me ocurrió que dormía. Había perdido la noción del tiempo. ¿Cuánto hace que estoy aquí? ¿Es posible que todo se haya detenido? ¿Acaso ocurrió algo especial mientras dormía? No se. Ningún vehículo que cruce... Nadie que venga en dirección a mi. Me di vuelta, y vi al enano de cuatro patas que seguía investigando en una bolsa de desperdicios a mitad de cuadra. ¿Todavía está ahí?, me dije. El otro seguía en la vereda de enfrente. No tenía sentido ponerse a esa hora a discutir territorio. Había de sobra para todos. Reflexioné sobre el tiempo que hacía que estaba parado en ese lugar. No pude calcularlo. Por un momento creí que era casi una eternidad. Pero no era para nada así. El sol todavía estaba ahí, apenas asomándose, como cuando llegué. En mi consciente realidad, comprendí que en definitiva, el tiempo sólo había transcurrido en mi mente. Desesperadamente trataba de ordenar mis pensamientos. No quería dispersarme. Sólo me interesaba gozar de ese extraño susurro que me traía ese increíble silencio. Respirar profundamente esa soledad me llenaba el espíritu. Esa ciudad cargada de habitaciones, de autos guardados en sus cocheras, de equipos de música apagados, silenciados, discusiones suspendidas, gritos enmudecidos. Este momento pasará rápidamente, pensé con tristeza. Tan rápidamente como el sol pueda levantarse. Y entonces si, todo habrá terminado. Siempre que tuve oportunidad de mirar un amanecer, y ver al sol recortado en el horizonte, no se me ocurría otra cosa que pensar si era él el que subía, o si éramos nosotros los que bajábamos. Si bien me preocupaba el eco de ese extraño silencio que me rodeaba, no podía sustraerme del estado de ansiedad que me dominaba. "Este es el momento de tener esos grandes pensamientos", me dije. ¿Porqué no aprovechar? ¡Cuántas veces me he quejado de no poder hacerlo! "Las circunstancias no me lo permiten", era la manera de justificarme. Me obligaba a aprovechar el momento. Como si el hecho de pensar algo importante dependiese de algo mecánico, como abrir una canilla para que corra el agua, por ejemplo. No, por supuesto que no es lo mismo. Muchas veces me he creído, sin dejar de experimentar un profundo e incómodo estremecimiento, claro, que si me lo proponía podía tener acceso a la verdad máxima, a la comprensión total de los fenómenos que movilizan al hombre para ser lo que es. Y sin embargo, a pesar de esa fuerte convicción, cuando me sumergía en esos trances místicos, no podía evitar el bañarme en transpiración y temblar, con un temblor que subía desde el dedo gordo del pie hasta el último pelo de mi cabeza. Cómo podría yo internarme en esos oscuros laberintos tratando de descifrar el significado de la existencia humana en este planeta. ¡Yo!, que ni siquiera era capaz de modificarme, de romper mis propias estructuras. Y me reía, me reía de mi mismo. Dicen, algunos que saben un poquito más, que el individuo incorpora el espíritu del entorno en que se está formando. No dudo que esto es así. Es por eso que me viene esta reflexión. ¡Cómo puedo no ser mediocre viviendo en medio de tanta mediocridad! Tengo la certeza que este es, para la humanidad, el siglo del mayor desamparo espiritual y de valores éticos que uno puede llegar a imaginarse. No es necesario hacer un gran esfuerzo para comprobarlo. Basta con echar una mirada a nuestro alrededor. Basta con interesarse en las noticias que corren por el mundo. Basta con mirarnos. No hubo, ni habrá, ningún fenómeno natural que pueda compararse, en su capacidad de destrucción, a la locura del hombre vuelto contra él mismo. No estoy hablando de los locos sanos a los que dejan morir lentamente en algunas de esas cuevas infames que la sociedad les ha creado. Hablo de los sanos que riegan su locura de una punta a la otra de este planeta. Hay medios para subordinar al hombre a su mínima expresión. Hay medios para hacer creer lo que no se debería creer. El sistema le ha creado al hombre las mayores angustias y lo arrincona a sus mínimas necesidades para que pueda ser fácilmente manejable. El sistema le transfiere las culpas, jamás los beneficios. Subliminalmente el individuo está obligado a proteger lo mínimo, lo inferior. La amenaza está latente, lo que viene puede ser peor. Conclusión, el ser humano está presenciando el entierro de una cualidad intrínseca que lo diferenciaba de las otras especies: sus ideales. O para decirlo de otra forma, el respeto por si mismo. Si nos tomamos la molestia de analizar los conflictos que se originan en distintas partes del mundo, seguramente no nos costará mucho descubrir que a esta especie de unicato de poder que existe en el planeta los moviliza una sola cosa: las riquezas de tal o cual territorio que a ellos les interesa defender. En cambio, si el conflicto es estrictamente humano, si lo que está en peligro son las personas, no se les mueve un pelo. Al fin de cuentas, ¿a quién le interesa unas miles de personas menos? Además nadie las escucha sufrir. Están tan lejos. En definitiva, son problemas de "otra gente". Son cosas que le pasan a "otra gente". ¡Qué tenemos que ver nosotros! Es muy posible que dentro de un tiempo las cosas se reacomodarán, se darán algunas explicaciones al respecto y listo, a otra cosa. ¿A quién le puede interesar cientos de chiquillos inválidos y sin familia a causa de los bombardeos? ¿Qué les puede hacer vivir el resto de sus vidas con el terror metido en sus cabecitas de tantas madrugadas interminablemente angustiosas? Visto así, a la distancia, y en medio del trajín de esta sociedad moderna, de esta vorágine de información que desinforma casi a la perfección, no me cabe duda que esos hechos, lacerantes hasta la alucinación, transcurridas unas semanas, sólo serán una anécdota más, y sin duda, fácilmente olvidable. ¡Es inútil!, no puedo con mi genio. Sólo me había propuesto gozar de esta madrugada de un domingo cualquiera, y aquí estoy. Metido con patas y todo en estas elucubraciones emocionales que no me llevan a ninguna parte. ¿Porqué me cuesta tanto mantenerme al margen de las cosas que le ocurren a otros? ¿Qué tengo que ver yo con los otros? Lo más simple sería dedicarme a gozar, extasiado, de este silencio y de esta falta de gente en las calles. Es la mejor forma de reconocer el lugar en donde uno vive. Es increíble los detalles nunca vistos antes, que se aparecen frente a mi mirada. Soy un extraño en el lugar donde he nacido. Soy un visitante en mi propia casa. ¡Estoy excitado! No se como hacer para retener este instante que seguramente pasará más rápido de lo que yo deseo o de lo que necesito; para poder grabar en mi mente este momento único. La verdad es que no puedo prometerme otra experiencia semejante. Probablemente lo intente, pero es muy difícil que se vuelva a repetir. Es posible, quizás, que no sepa manejar mis ansiedades. También es posible, ¿porqué no?, que me deje superar por mis emociones. Lo cierto es que frente a este estrecho callejón solitario, me atropellan un montón de imágenes que no creí haber registrado. Recuerdos que uno almacena en la mente sin mucho cuidado. Es más, muchas veces, me sorprendo que tal o cual cosa me haya ocurrido. Me siento como otra persona que me estuviese mirando. Es como si se perdiese la propiedad de los hechos vividos. Este momento se va a terminar, lo se, y con él, la oportunidad de encontrarme a mi mismo. El sol es la referencia concreta. Cuando él se levante, todo habrá terminado. Por lo menos esta intimidad con mi lugar y mis cosas. Y será entonces que se abrirá la gran represa que el descanso tiene cerrada, y se inundarán las calles, las veredas y los lugares con ese aluvión incontrolable de gritos, de insatisfacciones, de mentiras, de trampas, de actitudes desleales y de motores, infinidad de motores de todo tipo y medida. Es verdad, mi única esperanza es que el sol haga un poco de fiaca y demore su aparición. Miro de reojo y aún el enano de cuatro patas sigue peleando con la bolsa de residuos. Me asombro. Prácticamente hice un recorrido de mi vida en solo un instante. Es curioso, si me tomo el trabajo de multiplicar las horas por los días que he vivido, lograría una cifra imposible de descifrar. Es cierto que no me detuve en ningún hecho, pero también es cierto que por momentos me he sonreído, también es cierto que he rechazado, instintivamente, algunos recuerdos. A veces no se tiene el suficiente valor para aceptar errores. En cincuenta años, ¿cuántas veces me pregunté en que momento pasaron cincuenta años? Ahora, aquí parado, mirando hacia el fondo de este callejón, me viene el desagradable sabor amargo de lo injusto. Y sin proponérmelo regresan a mi todas esas viejas suciedades. ¿Cómo hacer para detenerse? ¿Cómo hacer para esquivar, para rechazar, todo lo que nos empuja? Es realmente difícil. Los hechos y las circunstancias nos superan permanentemente. ¿Porqué esa desesperación por el hoy? ¿Qué debo pensar, que vivimos una carrera desesperada hacia el final? Pero también me pregunto: ¿hacia el final de qué? No partiremos del error de pensar que somos parte de un todo, cuando en verdad sólo somos parte de una nada. En realidad, tengo la sensación de ser pasajero de una gran calesita, obligado a mirar siempre los mismos hechos, las mismas alternativas, las mismas bajezas, las mismas hipocresías, los mismos engaños, los mismos sueños postergados, las mismas insatisfacciones. ¡Por favor! ¡Qué poco se modifica el hombre! ¡Qué falta de creatividad! Eso es lo que me asusta. Y frente a mi, este callejón asfaltado. Esta interminable cinta de cemento que separa a los de aquí con los de allá. Ni siquiera el sol da muestras de creatividad. Siempre apareciendo por el mismo lugar y desapareciendo de la misma forma. Como si nos dijese: "no se preocupen, todo va a ser igual que ayer". ¡Es desesperante!, me olvidé de traer los cigarrillos. ¿Será por eso que tengo estas alucinaciones? Cada vez estoy más seguro que el fumar me tranquiliza, me equilibra y me revienta. Es lamentable comprobar que cada vez tengo menor poder de decisión. Que a medida que pasa el tiempo me siento más manejado. Que mis debilidades son bien aprovechadas por el sistema. Que doy vueltas y vueltas y vueltas, y siempre termino por aceptar lo mismo: hay que esperar. Entonces surge el interrogante. ¿Esperar, que? ¿Qué los acontecimientos se den como uno los piensa? ¿Acaso es posible calcular, en este mundo tan disperso e indefendible, cuántos somos los que pensamos de la misma manera? ¿Cuántos somos, en realidad, los que queremos que las cosas se den de otra manera? ¿En que etapa estaremos de la total deshumanización de la raza humana? ¿De qué manera sería posible hacer congeniar a miles de millones de individualidades tan dispersas? Siento que me estoy volviendo loco. Evidentemente estoy pagando muy caro el hecho de haberme olvidado los cigarrillos. Es la única manera de serenar mis pensamientos. Estoy en peligro de presenciar el estallido de mi cerebro, y ver como mis sesos se esparcen por el pavimento. ¡Sería una gran alegría para el simpático perrito! Trataré de no solucionarle el almuerzo. En fin. La verdad es que el sol está ahí y yo estoy aquí. Por momentos me parece que nos desafiamos mutuamente. A veces tengo la sensación de que me mira como a un bicho, con la curiosidad con que se mira a un extraño bicho. Por supuesto que él sabe que si se levanta no tendré más remedio que irme, y de esa manera dar paso a la horda desenfrenada que poblará rápidamente las veredas, las calles y los negocios de la ciudad. Y comenzará otra jornada repleta de sordos, ciegos, indiferentes, autómatas que repiten hasta el hartazgo los mismos movimientos, las mismas costumbres en una desesperada necesidad de satisfacer los mismos deseos de todos los días. Bien, sinceramente, creo que los dos nos miramos con un poco de la misma lástima. El, porque sabe a que me enfrentaré si él se levanta. Y yo, porque se que está aburrido de presenciar, desde arriba, nuestras diarias estupideces. Entonces, casi como si hubiésemos hecho un pacto secreto, ni él se levanta ni yo me muevo de aquí. Y por supuesto, todo es más tolerable para los dos. Muchas veces me he preguntado que es en realidad el amor. Debe ser una de las preguntas más tonta que uno se puede hacer, ¿no es así? Sin embargo yo no creo que sea tan así. Creo, eso si, que generalmente simplificamos de una manera increíble e irresponsable la respuesta. Si nos pusiésemos a pensar seriamente que el verdadero significado de esa tonta palabreja no es justamente el que le damos comúnmente, si nos diésemos cuenta, realmente, que la cosa va por otro lado, que es mucho más importante y comprometido para nuestra propia tranquilidad y para desestabilizar