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Taller de escritura

Grupo de los jueves

 

Muestra de trabajos producidos por los talleristas

 

     Paraguas eran los de antes cuando todavía no existía ese practiquísimo adminículo disfrazado de manguito, lejos del estilizado, largo como una escopeta pero emparentado con ésta por su mecanismo. Apretando un botón del nuevo paraguas pensamos en el gatillo, ambos se desplazan con diversa consecuencia. El paragüitas moderno se transforma en un minúsculo paracaídas que no tardará en volverse del revés cuando un ventarrón sopla para tu lado y terminás hecho sopa como si en lugar de un paraguas llevaras un escopeta.

     Paraguas específicos eran aquellas carpas funcionales que te protegían totalmente y con seguridad, la misma que uno cree que tendrá si tiene una escopeta. Cosa esta última no cierta. Volviendo al paraguas carpa con seguridad te protegía de tal modo que evitabas mojarte aunque llovieran cataratas. En esos momentos se transformaba en una excusa para conquistar a la damisela desprevenida que intentaba regresar a su casa. El gentil hombre al verla sin protección le ofrecía acompañarla para que no pescara un resfriado por la mojadura.

     Otrora cumplían doble función: útil para cobijarse de una lluvia y elegante complemento del atuendo masculino. EL caballero atildado lo llevaba colgado de su brazo por la empuñadura curva que le permitía una adaptación perfecta. Acostumbrado a cargar con algo en su brazo, cuando iba al campo cargaba su escopeta al hombro y era su brazo izquierdo el que la sostenía en la bruta cacería.

     Largos, estilizados, eran en tiempos remotos elementos netamente masculinos, con exclusividad como la escopeta, porque las damas no debían cargar en sus delicados brazos esa cosa de hombres, aunque algunas vanguardistas disparaban de vez en cuando algún tirito.

     Por aquellos tiempos las mujeres usaban vestidos amplísimos que arrastraban por el suelo, de ahí la innecesidad de usar paraguas. A qué salir en días de lluvia y mojar o embarrar las faldas, y si por razones de fuerza mayor hubieran debido salir, debían usar sus dos manos y brazos para apañar la capa y subirse las polleras. ¿Con qué manos hubiesen sostenido el paraguas?

     Escopeta... escopetas... largas, lustrosas como el paraguas y sus mangos de formas curiosas... aquellas que colgaban de clavos de la pared y que papá y algunos peones descolgaban y limpiaban minuciosamente hasta con cepillos de largos mangos de alambre, y finitos donde estaban las cerdas, bajo la mirada inquisidora de una niña espantada. Y cuando los paraguas acababan de guardarse las echaban al hombro y salían con sus largas botas de goma, A lo lejos de vez en cuando se escuchaban lo estampidos; después el regreso con varios patos en el zurrón. Mi tristeza no preguntaba nada. Yo sabía que lo mismo ocurría cuando caían las hoja y el cielo estaba gris.

     Lo diferente era que esas escopetas traían el fardel repleto de perdices. Todos estaban contentos. Yo no, pero las comía lo mismo.

     Después mi adultez hecha en una niñez de guerra civil y una adolescencia de segunda guerra mundial se fatigó en los diarios y noticieros y películas en los cuales los buenos eran siempre los mismos pero usaban escopetas y mataban. e horroriza hoy mi vejez al verlas aumentadas y perfeccionadas en películas (si me equivoco de programa) que me obligan a cerrar mis ojos antes de que se produzcan las atrocidades que generan.

     Ya dije que en otra época sólo usaban escopetas y armas en general sólo los hombres.

     ¿En qué momento ingresó en la mujer la inquietud de usar armas?

     ¿Habrá sido el día en que James Bond transformó su elegante paraguas en escopeta y patentó en un único objeto lo útil, elegante y cómodo con un elemento de defensa destructivo?

     ¿Por qué esa amalgama de elegancia y horror?


La duda era tremenda y la tornaba irresoluta. ¿Cómo encarar los problemas que la inquietaban? Los consideraba prioritarios, por lo tanto, de resolución inmediata por esa desagradable ansiedad que permanentemente la acuciaba.
El día anterior, mientras miraba su torso desnudo, decidió que no podía posponer la cirugía que anhelaba hacía mucho tiempo.
Sopesaba la decisión que debía tomar, cuando la caída de parte de la mampostería del techo de su dormitorio, que venía a agregarse a la de los techos de otras dependencias de la casa, la devolvió a su triste realidad. La falta de dinero le impedía hacer las reparaciones que su hogar estaba requiriendo.
Para huir de su desventura se refugió una vez más en sus deseos ilusorios.
Volvió a mirarse al espejo y se animó diciéndose que no habría impedimentos que le torcieran su voluntad.
Salió dos horas antes de lo habitual para ir a la oficina porque antes pasaría por la Caja Mutual. El préstamo de mil quinientos pesos le fue concedido y formulados los trámites correspondientes tuvo la fecha de su efectivización.
No perdió tiempo. Visitó al cirujano y fijaron la fecha para realizar la intervención.
Hoy, convaleciente, recostada sobre su cama, mientras espera la recuperación total, dos grandes protuberancias ajenas a su antiguo esquema corporal, apuntan desafiantes al descascarado cielorraso.

Chiqui


     Reconozco que hay veces en que me comporto como una escopeta. Sí, como una escopeta, sobre todo cuando por mucho tiempo guardo en mi interior cosas que duelen y dan bronca. Entonces, cuando te acercás a mi tan tiernito - que parecés tan indefenso - sos la presa ideal. Y yo que tengo tantas balas cargadas, como la del miedo, la soledad, la depresión, la vergüenza, la culpa - ¡uy! esa bala ya es de colección - la rutina; te apunto sin que te des cuenta y las descargo una por una... en vos. ¡Qué alivio que siento a medida que me voy vaciando!; es una sensación de placer inconmensurable, aunque debo reconocer que también me provoca angustia.

     Es terrible ver como la escopeta, un artefacto que a simple vista no tiene nada de particular, con su puesta en funcionamiento - por supuesto sin olvidar de cargar las balas - puede terminar la existencia de otra persona.

     Por lo tanto es indudable que cuando me comporto como una escopeta, te anulo. Me irritás tanto que quiero que desaparezcas.

     Pero también sé que hay veces que soy como una paraguas... En realidad, debo confesarlo, una vez que ya disfruté de los beneficios de ser escopeta, comienzo a pensar que de nada sirve descargar contra ningún blanco, por más fácil que resulte - todas las miserias acumuladas a lo largo del tiempo. Es ahí cuando me doy cuenta que el plan táctico a seguir en adelante es el de cubrirse. Jugar a la defensiva, puede en algunos casos - más si estamos en tiempo de paz - ser la opción más acertada. ¿Ah, si? ¿Con que esas tenemos? ¿Te vas a comportar como una escopeta? Entonces yo, convertida en paraguas me cubro de tu lluvia, de tus disparos, de tus incoloros, inodoros e insípidos reproches. Ver deslizar tus palabras la tela de mi estructura para después estrellarse en el piso, es un espectáculo imperdible, aunque por momentos un tanto desagradable.

     Es curioso como una artefacto tan a simple vista inútil, como el paraguas, con sólo ejecutarlo - y procurando que funcione, porque algunos al intentar abrirlos se caen sobre tu cabeza - pueden protegerte de las palabras y gestos más molestos de la especie humana.

     Y, si... La relación de pareja no es tarea fácil. Es tan complicada y disparatada como escribir de paraguas y escopetas. Pero, bueno... tiene su encanto.


¿Cómo te podría explicar?
Hay flores, lagos, mariposas
Noches estrelladas y atardeceres de verano
Hay miradas tiernas, bocas tristes, manos nerviosas
Gente desesperada y un amigo en tu puerta.
¿Sabés por qué no los ves?
Porque tenés una prenda nueva que lucir
llegó la cuota diez y el lavarropas no funciona
Porque te gusto y me esquivás, me querés y lastimás
Es que seguís viendo sin mirar.


Generalmente, cuando llueve, mi casa se inunda de recuerdos. Entran por todos lados; por debajo de la puerta, por el ojo de la cerradura y los más aventureros bajan por la chimenea. Una vez que ya están instalados en mi hogar, los invito a sentarse a mi mesa y les cebo unos mates. Cada uno me cuenta sus relatos, versiones que se van transformando en cada encuentro, captando cada vez más mi atención. Son historia de amor, por cierto extrañas y no siempre con final feliz, de palabras sueltas y de viajes espirituales. Prevalecen las historias tristes y un aire de melancolía invade la tarde gris. A decir verdad, no sé si me gusta estar con ellos, pero no tengo otra alternativa. Afuera quedan otros recuerdos, que no tienen coraje para entrar y espían tímidamente a través de la ventana esperando ser agasajados. A éstos los despido hasta el próximo día de lluvia. Quizás algún día me anime a dejarlos entrar o quizás algún día ya no estén más.


Romeo conoce a Julieta

Julieta, la joven enamorada de fin de siglo XX, se asomó al balcón de su casa en San Isidro. Las flores del jardín como pinceladas en un cuadro de Monet, le dieron los buenos días. Romeo, un Montesco vestido de yuppie se incorporó al paisaje. Se miraron a los ojos fijamente como dos enamorados dispuestos a permanecer unidos el resto de sus vidas. Acto seguido el joven procedió a improvisar unas palabras, compañía indispensable para este tipo de ocasiones cuando el celular de su amada comenzó a sonar. Así Julieta desapareció de la escena como un fantasma y corrió hacia el encuentro del inoportuno aparato que se encontraba en el dormitorio. Romeo, hombre por cierto orgulloso, no soportó el abandono momentáneo y decidió emprender la retirada. A la próxima mujer que conociera por Internet, le exigiría ciertos requisitos para no morir de amor como los personajes de la obra de Shakespeare.


El día del hecho la niña se habría despertado sobresaltada por ruidos que provenían supuestamente de la calle, causando de inmediato su asomo por la ventana de dormitorio. Lo que presenció allí, fue lo que más tarde relataría a todos los medios de comunicación de país y del exterior.
"El sol se vistió de luto, el cielo comenzaba a abrirse velozmente. Las estrellas caían a la tierra como hojas de los árboles de otoño. No hubo techo o arbusto, por insignificante que fuera, que no haya sido arrancado con fuerza por el terrible huracán que azotaba nuestras tierras. Acá hay alguien que se enojó mucho - pensé. ¿Qué macana me habré mandado esta vez?
De pronto apareció un monstruo horrible, por cierto que era muy feo y maligno. Tenía siete cabezas y diez cuernos, y con su cola barría las estrellas caídas, escondiéndolas bajo tierra. Grité mamá muy fuerte, como cuando tengo pesadillas, pero parece que mis papás no podían escucharme. Estaba muy asustada, cuando un hermoso caballo alado de color rosa, se hizo presente. Me senté sobre su suave lomo, que parecía de algodón y galopando entre nubes llegué hasta el cielo. Allí había un gran trono con un hombre, al cual no pude verle la cara. Una haz de luz lo iluminaba por completo. En un primer momento creí que era papá, pero como no me retó, me di cuenta enseguida que me encontraba frente a un desconocido. Había mucha gente allí, yo insisto que para mí estábamos todos. Había japoneses, africanos, viejos, bebés. Mucha gente. Entonces miramos hacia abajo, la tierra, y vimos mucho animales luchando entre sí. Había una serpiente, de esas venenosas, que vomitaba un río de agua de color rojo. Un águila y un león. Estos bichos tenían un par de alas cada uno llenas de ojos. Se trenzaron como por diez minutos hasta que un fuerte relámpago iluminó la escena y los animales desaparecieron. Un precioso arco iris unía, en forma de puente, el cielo con la tierra. A todo esto, el mar era calmo y de cristal. Nos deslizamos uno a uno por el arco iris hasta llegar a destino. Afortunadamente todo continuaba como hasta entonces, al menos en cuando al paisaje".

Aunque nadie quiera creerme, porque dicen que soy un viejo loco, yo juro por mis hijos, que los adoro, y por mis nietos que esto que voy a relatar, delante de todos ustedes, es la pura verdad. Todo comenzó aquella mañana del 2 de diciembre, cuando me disponía a dar mi paseo matutino. Abrí la puerta de calle y pensé, pucha está nublado, pero cuando miré hacia el cielo pensé que me moría de un susto. El cielo se estaba abriendo, parecía un pergamino enrollado; y el sol era una gran mancha negra. Caían estrellas del cielo como una fuerte granizada. No hubo vivienda ni planta que no haya sido arrancada por el feroz huracán que azotaba nuestra patria. - Cosa de mandinga - pensé. Y como si me hubiese escuchado, apareció un monstruo espantoso, que no podía ser más que el diablo mismo. Un ser repugnante, de varios cuernos y cabezas que barría con su larga cola las estrellas caídas del cielo. Y el muy ladino las enterraba bajo tierra. Nos quería dejar sin noches estrelladas, y justo para el verano. Bueno, como venía relatando, me encontré en presencia del mal en persona, y yo como soy un hombre de fe tomé el rosario que llevo siempre colgado al cuello y recé. Cuando estaba por el segundo padrenuestro, un lindo caballito pasó trotando al lado mío. Tenía alas y era blanco como la nieve. Rápidamente me subí en el animal y fuimos galopando hacia el cielo. Habrá llegado mi hora - pensé. Allí había un trono, con un señor, mejor dicho con el Señor. Me emocioné muchísimo y sentí una paz inmensa. No estaba solo, había gente de distintas razas y de distintas edades. Miré hacia abajo, ya que todos lo hacían y me encontré con una gran batalla campal de animales que se peleaban entre sí. Había una serpiente, que vomitaba una gran cantidad de líquido rojo, un toro y un águila. En eso se vio un fuerte relámpago que iluminó el ring y los animales desaparecieron. ¡Qué belleza cuando divisé el arco iris que se había formado y que unía el cielo con la tierra! Nos deslizamos por él todas las personas que estábamos allí hasta llegar a nuestro lugar de origen. Un mar de cristal nos recibió amablemente. El mar que siempre estuvo en mi pueblo. Aunque ese día parecía más transparente.

El cielo comenzó a abrirse rápidamente. Una lluvia de estrellas regó la tierra, al mismo tiempo que un fuerte viento arrancaba los árboles y las viviendas causando un gran torbellino. Solitario e inmutable se encontraba en el seno de este caos un gato. Su mirada penetrante se fijó en el horizonte, que parecía el único sitio calmo, abstrayéndose de lo que ocurría a su alrededor. De repente, el felino arqueó su lomo y su pelaje se erizó; un rarísimo hombre de siete cabezas y varios cuernos se hizo presente y venía a su encuentro. Inmediatamente se echó a correr, dejando atrás a este personaje extraño, que difería tanto de su amo. Lo que no se había dado cuenta era que había corrido con tanta velocidad y tanta energía que había llegado hasta el cielo. Allí había un gran trono con otro señor, de aspecto bondadoso y repleto de luz. Sintió ganas de subírsele a la falda y dormir una siesta plácidamente. Estaba muy cansado. Se sorprendió al notar que había muchos seres humanos a su alrededor y que miraban muy intrigados hacia abajo. En la tierra continuaba el desorden. Ahora una serie de animales luchaban entre sí. Había una serpiente, que despedía un líquido rojo por la boca, un león y un águila. Se estaban destrozando entre ellos, cuando un fuerte relámpago que iluminó toda la escena los hizo desaparecer. Un bello arco iris se había formado uniendo el cielo y la tierra. El gato aprovechó a tirarse por ahí, como por un tobogán gigante. La gente lo siguió sin vacilar. Cuando llegaron a destino, un mar cristalino los recibía. Todo parecía volver a la normalidad. Los ojos del felino se reflejaban en el espejo de agua.

Virginia


     Desde mi ventana miro hacia afuera y veo a mis vecinos de enfrente mostrando a los otros vecinos el último arreglo en el frente de su casa, una especie de baranda espantosa que agrega un nuevo detalle de mal gusto. Pero ellos parecen felices.

     También veo a Zulma encerrada en su locutorio, aburrida y triste, rodeada de tres de sus cuatro hijos flaquitos, con piojos, hongos en sus caritas. Le dije ayer - Zulma, ¿observaste a Nicolás cuando juega cómo rompe todo los que llega a sus manos, no presta nada y toma todo, pega y grita?, ¿no pensaste en mandarlo al jardín para crearle hábitos?

     No - dijo - es así porque es varón...

     Veo, además, a los de la panadería. Tienen la oportunidad de ganar mucho dinero con su empresa familiar que es realmente buena, pero no lo lograrán sin empleados y no está dispuestos a pagar un sueldo. Trato de ayudarlos a ver; no hay caso, no pueden ver.

     ¡Que mediocridad me rodea!

     ¡Y éstos votan!

     Tengo con todos ellos una buena relación de vecinos, cálida y hasta amorosa, pero a veces me deprimen..., y veo que ya no soporto lo que toleraba amorosamente. No soporto la estupidez, la falta de respeto, el trato descortés, ni gritos, ni violencia. La desarmonía y lo mediocre me resultan insoportables. ¿Serán ellos o seré yo? O acaso nací en el tiempo y lugar equivocados.

Rosa


Trabajo libre:

     Ahora sé que Gloria se adentró voluntariamente en La Zona. No fue un accidente ni un descuido. Y si más tarde quiso regresar, tal vez no pudo o no quiso. Porque la verdad es que no volvimos a saber de los que se arriesgaron a cruzar el límite. Nadie volvió para develar el contenido de esa nueva porción de espacio neutro que se instaló en la ciudad. Apareció en medio del parque. Yo salí a correr como todas las mañanas (el parque está a sólo una cuadra de mi casa). Por costumbre, camino despaciosamente esa cuadra mientras pongo a punto mi discman y me coloco los auriculares. Distraída en esta tarea sólo me percaté del gran cambio unos pasos antes de llegar al veredón que abraza al amplio espacio verde. Por unos instantes el asombro me separó las mandíbulas mientras dudaba de la fidelidad de mis ojos. Los eucaliptos majestuosos habían sido devorados por una espesa niebla gris de por los menos una cuadra de ancho. ¿Qué riesgo implicaría seguir avanzando?, me pregunté. Luego vi a un señor muy serio que se acercaba a paso lento y se detuvo cerca mío con un gesto de absoluto desconcierto. Convencido de que se había extraviado, me preguntó cuidadosamente adonde estaba. Yo le respondí, sin desprender la vista de esa muralla que parecía perderse en el espacio, que en el parque. El hombre, que seguramente deseaba creer que estaba en otro lugar, me dirigió una mirada perpleja y se fue sin volver la vista atrás. A medida que me iba conectando nuevamente con la realidad, distinguí a un grupo de personas que se habían acercado más osadamente al fenómeno. Reconocí a varios madrugadores con los que me cruzaba diariamente y me uní a ellos. Un joven bajo y medio gordito le decía a otro que estaba loco, que él no se metería ahí ni aunque le pagaran, que seguro estaba lleno de gases tóxicos. Expectoré un risa nerviosa ante la imagen de cientos de personas cayendo como moscas apenas tocar la niebla. Nadie reparó en lo impropio de mi carcajada tan embebidos estaban por la anomalía. Aunque ninguno estaba a menos de dos metros de la rareza, la cacofonía de voces iba en aumento. Una viejecita embutida en un deshabillé rosa con puntillas (luego me enteré que vivía en la hermosa casita frente al parque) amenazó con escribir una carta de protesta al intendente... carta que de seguro iría a parar al cajón de algún funcionario. Mientras tanto la discusión entre los jóvenes estaba en su apogeo. El temerario que iba a convertirse en el primero de una larga lista de desaparecidos, - en realidad los llaman esfumados para evitar sensibles asociaciones - hizo un gesto de renuncia, miró a su alrededor (en ese abanico estaban mis ojos que sólo captaron una profunda curiosidad en los suyos) e ingresó unívocamente a la zona gris y a todos los periódicos del mundo. El silencio avanzó sobre el griterío. Casi sin respirar esperábamos (ansiábamos) verlo emerger con el enigma resuelto. Pasaron los minutos. Volvimos a intercambiar comentarios para ahuyentar al desánimo. Esperamos. Mientras el lugar se iba poblando de más curiosos, policías, periodistas y funcionarios, a quienes habíamos presenciado la partida nos ganaba el desaliento. Cuando ya estuve segura que no volvería a salir aparté la mirada y me volví a mi casa. Atrás quedó una absoluta confusión de personas, hipótesis y explicaciones. Y así fue como, dos días después de su aparición en medio del parque, el inexplicable rectángulo de niebla se denominó universalmente La Zona. La televisión vía satélite la instaló las 24 horas en cada hogar. Internet se abarrotó de páginas dedicadas a ella. Científicos, soñadores, adivinos, mentalistas, adolescentes querían plasmar su pensamiento y ponerlo al alcance del orbe. Hubo también, a raíz de La Zona, un crecimiento inesperado de nuestra ciudad. Los turistas llegaban por miles. Florecieron innumerables negocios y las propiedades de mi barrio alcanzaron precios siderales. Desde que vi al pequeño correr detrás de su perrito engullido por La Zona, ya no puede vivir más en sus inmediaciones. La madre aulló de dolor y de impotencia porque no se animó a seguir el ejemplo de su hijo. Entonces no la comprendí. Ahora me pregunto que hubiera hecho yo en parecida circunstancia. Así que alquilé mi casa y con el sustancial alquiler que voy cobrando, compré en cuotas un pequeño departamento. Allí vivimos un tiempo mi mejor amiga y yo. Ambas éramos huérfanas y trabajábamos juntas. De modo que pareció lo más natural compartir la misma casa. Tanto Gloria como yo éramos absolutamente respetuosas de la intimidad de la otra. Habíamos acordado que el departamento, dadas sus dimensiones iba a revestir el carácter de vivienda, y las relaciones amorosas que cada una pudiera establecer, deberían desarrollarse en otros ámbitos. Compartíamos los gastos y las confidencias. También hablábamos de La Zona. Salvo el joven corredor, el niño y el perro, nunca más se presenció la pérdida de otro ser vivo. Pero hubo innumerables denuncias sobre personas desaparecidas. Cualquiera. Joven o vieja, hombre o mujer, local o extranjera. Nos pasábamos horas intentando dilucidar este comportamiento. Sobre todo desde la pérdida de José Luis. José Luis fue y será el gran amor de Gloria. Una ecuación lo definía: físico privilegiado + mente brillante + absoluta bondad de carácter = José Luis. Cuando los veía juntos, era tal el aura de concordia que trascendían, que yo soñaba con tener una relación similar. No con José Luis, claro, porque a mi me atraían los hombre un poquito más cínicos y despreocupados. Y porque, por supuesto, Gloria era mi mejor amiga. El último día que lo vimos, José Luis nos confió que mientras caminaba bordeando la baranda que circundaba La Zona, creyó escuchar voces provenientes de ella. Voces como blandas, sedantes. Sin signos de alarma. Nos dijo que volvería a La Zona por si alguien necesitaba ayuda. Quisimos acompañarlo pero se negó, aduciendo que iba con su hermano. Esa noche, una intranquila Gloria se comunicó con su cuñado quien no sólo no había acompañado a su hermano, sino que ni siquiera lo había visto. Después de una semana sin ubicarlo, pasó a engrosar la lista de los esfumados. La melancolía ciñó a Gloria como un halo. Con el tiempo permutó de triste a esperanzado. Nos pasábamos largas horas tratando de relacionar similitudes entre los esfumados. Navegábamos en la red filtrando datos por edades, sexo, ocupaciones, inclinaciones políticas y religiosas, estado civil, lugar de nacimiento y de residencia y cualquier otra categoría que se nos pudiera ocurrir. Yo acompañaba esta búsqueda incansable con un interno escepticismo. Por supuesto que nunca lo dejé traslucir. Para mi amigo este empeño era la vida misma. Nunca encontramos ninguna asociación válida. Sólo era un puñado de seres humanos que un día decidieron disolverse en la niebla.

     Al final, Gloria sostenía que un arcano "click" iluminaba recovecos ocultos de nuestro interior. Recovecos que tan sólo en La Zona podían medrar. Evocando a José Luis, no dudaban en que fuera la mejor fracción de una persona. Cuando no trabajaba o no estaba recopilando información, estaba en el parque. También para ella suspiraron las voces. Espero que en este momento esté con José Luis.

     Han pasado ya tres años desde la "aparición" y las primeras desapariciones. Como todos los fenómenos que afronta el ser humano, vino y se quedó instalado en la conciencia colectiva. Ya no posee la cualidad inefable de la primera época. La Zona pasó a ser un lugar más, como las antiguas ruinas de civilizaciones desaparecidas. Impermeable a cualquier intento de penetrarla, la curiosidad de los científicos y de los militares la fue olvidando poco a poco. Gente nueva llegaba regularmente, atraída por su indescifrable presencia. Como a las bestias enjauladas, habíamos aprendido a observarla a distancia. Aunque nunca faltaba un transgresor que se convertía en estadística. Pero ya sólo iba a engrosar una lista que, a las perdidas, aparecía entre las páginas de algún periódico. Los medios, en su eterna búsqueda de novedades se nutrieron de nuevos eventos comerciables: escándalos, asesinatos, corrupción, atentados y protestas, discriminación, aparición de nuevas sectas. Aprendimos a convivir con La Zona como con el Monumento a la Bandera. Seguimos mirando televisión, leyendo, trabajando y cumpliendo con todas las rutinas de nuestra vida.

     Los recuerdos articulan mi vida con un presente deslucido y átono. Me levanto diariamente y acomodo un gesto sociable. Voy a trabajar a un lugar donde domina una ausencia irrevocable. Regreso a una vivienda sólo poblada por el eco de mi voz. He perdido la posibilidad de conectarme con otros. Los rostros se desdibujan. Los gestos se repiten en cámara lenta. Vivo en un mundo poblado de fantasmas. ¿O acaso seré yo un fantasma? La gris penumbra enturbia mis sentidos. ¿A qué lado pertenezco?

     Un impulso irresistible me guió, hace una semana, hasta el parque. En la noche los contornos de La Zona se hacen más confusos. Caminé alerta sin apartarme de la baranda. ¿Qué mensaje, cuál sonido, tuvieron el privilegio de escuchar mis amigos? Los que incursionaron allende la niebla no tenían antecedentes suicidas. Yo, tampoco. Vuelvo noche tras noche... Algo me dice que estoy cada vez más cerca del destello gris.


Un paraguas, al igual que una escopeta, tenía mango y percutor. El paraguas nos protegía de la inclemencia del tiempo y la escopeta de las agresiones. Ambos se disparaban ruidosamente y no queríamos exhibir al uno bajo el sol, o al otro en tiempos de paz. Un paraguas detenía lluvia y una escopeta detenía la vida. Sólo por esto mi hermano menor, con la sensibilidad que lo caracteriza, ideó el petaguas, artefacto que cuando lo detonan destruye las malas intenciones tanto del tiempo como de la gente. Mamá me dijo esta mañana que en el Museo de Historia, paraguas y escopetas ocupan la nueva vitrina.


La casa suspiraba entre las grietas de los postigos y los escalones del sótano crujían como intentando impedirle el paso. Los peldaño empinados apenas se distinguían a la luz de la lamparita mortecina. Bajó tanteándolos de a uno con los pies hasta llegar al pulido piso de cemento. A su alrededor la sombras formaban un circulo cerrado. Los objetos inanimados tan familiares a la luz del día, adquirían una cierta cualidad amenazante. Pasó por delante de la mecedora sin atreverse a darle la espalda y manteniéndola siempre al alcance de su vista, revolvió el rincón desordenado de las herramientas hasta encontrar lo que buscaba. Ahora tenía que volver a subir, con las manos ocupadas y sin poder vigilar el oscuro fondo que la acechaba. Retrocedió caminando hacia atrás hasta el pie de la escalera, y llenando sus pulmones de aire, se volvió y corrió hacia la puerta abierta escapando de las manos imaginarias que la sumergían para siempre entre los objetos olvidados.
La llovizna era helada y casi parecía una nevada tenue. No había encendido las luces del jardín para evitar cualquier mirada indiscreta. Alisó la tierra y permaneció con la cabeza inclinada por un rato. Una ráfaga fuerte la volvió a la realidad y caminó apresuradamente hacia el abrigo de la casa. Cuando cerró la puerta, pensó que debía guardar de nuevo la herramienta en su sitio. Mañana, se dijo. Mañana cuando entre el sol por la ventana.


Números

Los números se abalanzaron sobre mí y rápidamente, puesto que eran diez contra una, me ataron sentada a la silla de escritorio. Yo estaba más asombrada que asustada. Después de trabajar juntos tantos años habíamos establecido una relación de mutua confianza.
Es cierto que algunas veces, debido al cansancio, los cambiaba de lugar o los confundía, pero eso no ocurría muy a menudo. En general los deslizaba hábilmente por el teclado de la calculadora y ellos llegaban a completar sin diferencias el resultado de la operación para la que estaban preparados, cosa que los llenaba de orgullo. Nada peor para los números que hacerlos pasar más de una vez por el teclado, borrarlos o abortar una operación al darnos cuenta que nos estábamos equivocando. Y ni hablar de invertir el orden de sucesión. Como son tan susceptibles, lo único que piensan es que lo queremos más al otro.
Ellos son muy conscientes de su valor y saben, cuando se mezclan, con quiénes se van a encontrar. Les doy un ejemplo: a uno le encanta la suma de uno más uno, porque se encuentra con dos del cual es amigo desde la infancia. Pero si por error digitamos uno más dos, se encontrará con tres (si estar preparado) al que odia. Uno es muy ególatra pero con dos puede llegar a dialogar y hasta darle la razón de vez en cuando, mas con tres se pelea indefectiblemente. Dos es conciliador y tranquilo, tres es exuberante. Cuatro es espiritual, cinco ama la buena mesa, seis vive con expresión huraña, siete es el más equilibrado, ocho se ufana de su figura simétrica, nueve siempre esta cabizbajo y cero es definitivamente indolente. Este último y uno, todavía no terminaron de acordar quien va primero.
Uno lo tilda de comodín y cuando la discusión llega a punto muerto, su peor ofensa es decirle que es un kelper. Cero entonces le contesta que sin él todos los números se habrían quedado en pañales. Y así termina siempre este eterno enfrentamiento.
Pero ahora me urgía comprender el porqué del ataque a mi persona, cosa que era muy difícil con todos ellos hablando a un tiempo. Para hacerme oír, les grité fuerte que se explicaran de a uno. Podrán adivinar quién tomó la palabra.
Para resumir, me dijo que ese fin de semana habían planeado tomarse vacaciones en una isla perdida en medio del Pacífico donde nadie pudiera encontrarlos. Que bien merecidas se las tenían. Que no iban a permitir que yo les arruinara el proyecto por haber prometido terminar unas planillas, cuando bien podían esperar hasta el martes.
Por lo tanto, dictaminó el orador - y esta vez con la anuencia de todos - te vamos a dejar atada hasta la vuelta para que no puedas manejar ninguna máquina.
Rogué, exigí, amenacé, pero ni siquiera el buenazo de dos se conmovió. Con semblante alegre y distendido fueron desfilando hasta la puerta y antes de abrirla para salir, se volvieron al unísono y me saludaron con tanto alborozo que ni siquiera puede guardarles rencor.


Hay cosas de las que es mejor no hablar si queremos mantenernos dentro de los límites de la razón. Cuando mamá y yo nos mudamos a la casa de mi tía, hermana de mi padre, no arrastrábamos angustias ni añoranzas. La había visto dos veces en vida de papá y ya ni recordaba sus rasgos. Como ella no tenía más parientes que su hermano, nosotras heredamos todos sus bienes. Nunca hubiéramos imaginado que la solución a nuestra ajustada situación económica vendría de la mano de una persona a la que ni siquiera habíamos mencionado en tantos años. Mi padre guardó los motivos de su distanciamiento hasta la tumba, pero ciertamente ahora eso no era motivo de preocupación. Un abogado nos informó que en un plazo de tres meses podríamos disponer de sus cuentas bancarias y que si deseábamos, ya podríamos mudarnos a su casa. Esto lo hicimos con premura para no tener que afrontar otro mes de renta, puesto que yo me había quedado sin trabajo. La vivienda era antigua y estaba ubicada en un barrio algo apartado del centro, mas ahora yo podía conservar el auto que había pensado vender... Puertas de madera maciza, cristales de colores, escaleras, habitaciones arriba y abajo, un pequeño parque profusamente arbolado y una pequeño construcción en medio de la arboleda. La posibilidad de explorar todo este espacio me llenaba de excitación. Todas la habitaciones estaban amuebladas y elegimos dos contiguas, dejando por el momento libre el dormitorio que había ocupado mi tía. La cocina tenía artefactos y muebles un poco antiguos pero en perfectas condiciones de uso. Mamá, cocinera por vocación, se apropió inmediatamente de ese espacio con mi total consentimiento. Yo prefería escudriñar detrás de cada puerta. La primera noche, cansadas por la mudanza, comimos algo ligero e intentamos mirar algo en el viejo televisor que se negó a funcionar. Yo le inspeccioné todos los botones, moví la antena, lo enchufé y desenchufé, pero permaneció absolutamente mudo. Mamá dijo que era mejor, así nos iríamos a dormir más temprano. Subimos a nuestras habitaciones, nos despedimos con un beso y yo, por lo menos, me acosté al instante. Me sumí en un sueño profundo y sin imágenes.
Voces, ruidos y música acercándose, me volvieron lentamente a la conciencia. Me costó ubicarme espacialmente hasta comprender que estaba en un dormitorio que no era el mío. Entonces, presté atención al ruido que había perturbado mi descanso. Venía de la planta baja. Como si se estuviera celebrando una fiesta en la casa. Me senté en la cama tratando de hacer funcionar de nuevo a mi cerebro. Como no podía establecer ninguna explicación lógica, me calcé la chinelas, me eché la campera sobre los hombros y bajé. Un lechoso y movedizo resplandor se derramaba por la puerta del comedor que yo creía haber cerrado antes de subir. También desde allí provenían las voces y la música. A medida que iba bajando, la familiaridad de los ruidos se hacía más patente. Seguramente mamá, desvelada, había logrado hacer funcionar el televisor. Abandonando toda cautela me apresuré a entrar en la habitación. El televisor efectivamente estaba encendido pero sin nadie que lo mirara. Iluminé el salón y rastrillé con la mirada toda su superficie, cada rincón. ¿Tal vez mamá, cansada, había subido olvidando apagarlo? Giré el botón de encendido a la posición de off y la pantalla se oscureció y los ruidos desaparecieron. Apagué la luz, cerré la puerta y volví a mi dormitorio. Antes de entrar, abrí silenciosamente la puerta del cuarto de mamá. Dormía con tanto abandono que postergué las explicaciones hasta la mañana.
Me despertó un delicioso aroma de café y tostadas recién hechas. Abrí la valija y saqué mi salto de cama. Bajé deleitándome con los colores que el sol pintaba sobre el piso y las paredes con la paleta de los cristales. Mi madre estaba terminando de acomodar la mesa del desayuno y se la veía muy descansada. Me saludó con una sonrisa y mientras tomábamos café le relaté mi incursión nocturna. Ella negó rotundamente haber bajado. Es más, creía haberse dormido inmediatamente. Además - acotó - la experta en electrónica era yo y ella nunca se metía con ningún aparato. Esto era muy cierto, por lo que pensé que posiblemente yo no lo hubiera desenchufado como creía y que de tanto toquetearlo, hubiese entrado en cortocircuito tardíamente. Por el momento, esta endeble explicación me satisfizo.
A medida que pasan los día se van acumulando pequeñas situaciones extrañas a las cuales tratamos de racionalizar. Cuadros que sin acordarnos cambiamos de lugar mamá o yo, artefactos que por alteraciones del fluido eléctrico se encienden solos, puertas que se abren o cierran por corrientes de aire, comida que se hecha a perder porque alguna se olvidó de guardarla en la heladera, prendas que aparecen al tiempo en lugares inverosímiles seguramente dejadas en un momento de prisa.
Hoy, lo que me produjo más inquietud, fue encontrar en mi mesa de luz la cuchilla grande que siempre está colgada de la campana de la cocina.

Carmen

 


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