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Sala Independiente - Rosario - Santa Fe - Argentina
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Grupo de
los jueves
Muestra de
trabajos producidos por los talleristas
Paraguas eran los de antes cuando todavía no existía ese practiquísimo
adminículo disfrazado de manguito, lejos del estilizado, largo como
una escopeta pero emparentado con ésta por su mecanismo. Apretando
un botón del nuevo paraguas pensamos en el gatillo, ambos se
desplazan con diversa consecuencia. El paragüitas moderno se
transforma en un minúsculo paracaídas que no tardará en volverse
del revés cuando un ventarrón sopla para tu lado y terminás hecho
sopa como si en lugar de un paraguas llevaras un escopeta.
Paraguas específicos eran aquellas carpas funcionales que te protegían
totalmente y con seguridad, la misma que uno cree que tendrá si
tiene una escopeta. Cosa esta última no cierta. Volviendo al
paraguas carpa con seguridad te protegía de tal modo que evitabas
mojarte aunque llovieran cataratas. En esos momentos se transformaba
en una excusa para conquistar a la damisela desprevenida que
intentaba regresar a su casa. El gentil hombre al verla sin protección
le ofrecía acompañarla para que no pescara un resfriado por la
mojadura.
Otrora cumplían doble función: útil para cobijarse de una lluvia
y elegante complemento del atuendo masculino. EL caballero atildado
lo llevaba colgado de su brazo por la empuñadura curva que le
permitía una adaptación perfecta. Acostumbrado a cargar con algo
en su brazo, cuando iba al campo cargaba su escopeta al hombro y era
su brazo izquierdo el que la sostenía en la bruta cacería.
Largos, estilizados, eran en tiempos remotos elementos netamente
masculinos, con exclusividad como la escopeta, porque las damas no
debían cargar en sus delicados brazos esa cosa de hombres, aunque
algunas vanguardistas disparaban de vez en cuando algún tirito.
Por aquellos tiempos las mujeres usaban vestidos amplísimos que
arrastraban por el suelo, de ahí la innecesidad de usar paraguas. A
qué salir en días de lluvia y mojar o embarrar las faldas, y si
por razones de fuerza mayor hubieran debido salir, debían usar sus
dos manos y brazos para apañar la capa y subirse las polleras. ¿Con
qué manos hubiesen sostenido el paraguas?
Escopeta... escopetas... largas, lustrosas como el paraguas y sus
mangos de formas curiosas... aquellas que colgaban de clavos de la
pared y que papá y algunos peones descolgaban y limpiaban
minuciosamente hasta con cepillos de largos mangos de alambre, y
finitos donde estaban las cerdas, bajo la mirada inquisidora de una
niña espantada. Y cuando los paraguas acababan de guardarse las
echaban al hombro y salían con sus largas botas de goma, A lo lejos
de vez en cuando se escuchaban lo estampidos; después el regreso
con varios patos en el zurrón. Mi tristeza no preguntaba nada. Yo
sabía que lo mismo ocurría cuando caían las hoja y el cielo
estaba gris.
Lo diferente era que esas escopetas traían el fardel repleto de
perdices. Todos estaban contentos. Yo no, pero las comía lo mismo.
Después mi adultez hecha en una niñez de guerra civil y una
adolescencia de segunda guerra mundial se fatigó en los diarios y
noticieros y películas en los cuales los buenos eran siempre los
mismos pero usaban escopetas y mataban. e horroriza hoy mi vejez al
verlas aumentadas y perfeccionadas en películas (si me equivoco de
programa) que me obligan a cerrar mis ojos antes de que se produzcan
las atrocidades que generan.
Ya dije que en otra época sólo usaban escopetas y armas en general
sólo los hombres.
¿En qué momento ingresó en la mujer la inquietud de usar armas?
¿Habrá sido el día en que James Bond transformó su elegante
paraguas en escopeta y patentó en un único objeto lo útil,
elegante y cómodo con un elemento de defensa destructivo?
¿Por qué esa amalgama de elegancia y horror?
La duda era
tremenda y la tornaba irresoluta. ¿Cómo encarar los problemas que
la inquietaban? Los consideraba prioritarios, por lo tanto, de
resolución inmediata por esa desagradable ansiedad que
permanentemente la acuciaba.
El día anterior, mientras miraba su torso desnudo, decidió que no
podía posponer la cirugía que anhelaba hacía mucho tiempo.
Sopesaba la decisión que debía tomar, cuando la caída de parte de
la mampostería del techo de su dormitorio, que venía a agregarse a
la de los techos de otras dependencias de la casa, la devolvió a su
triste realidad. La falta de dinero le impedía hacer las
reparaciones que su hogar estaba requiriendo.
Para huir de su desventura se refugió una vez más en sus deseos
ilusorios.
Volvió a mirarse al espejo y se animó diciéndose que no habría
impedimentos que le torcieran su voluntad.
Salió dos horas antes de lo habitual para ir a la oficina porque
antes pasaría por la Caja Mutual. El préstamo de mil quinientos
pesos le fue concedido y formulados los trámites correspondientes
tuvo la fecha de su efectivización.
No perdió tiempo. Visitó al cirujano y fijaron la fecha para
realizar la intervención.
Hoy, convaleciente, recostada sobre su cama, mientras espera la
recuperación total, dos grandes protuberancias ajenas a su antiguo
esquema corporal, apuntan desafiantes al descascarado cielorraso.
Chiqui
Reconozco que hay veces en que me comporto como una escopeta. Sí,
como una escopeta, sobre todo cuando por mucho tiempo guardo en mi
interior cosas que duelen y dan bronca. Entonces, cuando te acercás
a mi tan tiernito - que parecés tan indefenso - sos la presa ideal.
Y yo que tengo tantas balas cargadas, como la del miedo, la soledad,
la depresión, la vergüenza, la culpa - ¡uy! esa bala ya es de
colección - la rutina; te apunto sin que te des cuenta y las
descargo una por una... en vos. ¡Qué alivio que siento a medida
que me voy vaciando!; es una sensación de placer inconmensurable,
aunque debo reconocer que también me provoca angustia.
Es terrible ver como la escopeta, un artefacto que a simple vista no
tiene nada de particular, con su puesta en funcionamiento - por
supuesto sin olvidar de cargar las balas - puede terminar la
existencia de otra persona.
Por lo tanto es indudable que cuando me comporto como una escopeta,
te anulo. Me irritás tanto que quiero que desaparezcas.
Pero también sé que hay veces que soy como una paraguas... En
realidad, debo confesarlo, una vez que ya disfruté de los
beneficios de ser escopeta, comienzo a pensar que de nada sirve
descargar contra ningún blanco, por más fácil que resulte - todas
las miserias acumuladas a lo largo del tiempo. Es ahí cuando me doy
cuenta que el plan táctico a seguir en adelante es el de cubrirse.
Jugar a la defensiva, puede en algunos casos - más si estamos en
tiempo de paz - ser la opción más acertada. ¿Ah, si? ¿Con que
esas tenemos? ¿Te vas a comportar como una escopeta? Entonces yo,
convertida en paraguas me cubro de tu lluvia, de tus disparos, de
tus incoloros, inodoros e insípidos reproches. Ver deslizar tus
palabras la tela de mi estructura para después estrellarse en el
piso, es un espectáculo imperdible, aunque por momentos un tanto
desagradable.
Es curioso como una artefacto tan a simple vista inútil, como el
paraguas, con sólo ejecutarlo - y procurando que funcione, porque
algunos al intentar abrirlos se caen sobre tu cabeza - pueden
protegerte de las palabras y gestos más molestos de la especie
humana.
Y, si... La relación de pareja no es tarea fácil. Es tan
complicada y disparatada como escribir de paraguas y escopetas.
Pero, bueno... tiene su encanto.
¿Cómo te
podría explicar?
Hay flores, lagos, mariposas
Noches estrelladas y atardeceres de verano
Hay miradas tiernas, bocas tristes, manos nerviosas
Gente desesperada y un amigo en tu puerta.
¿Sabés por qué no los ves?
Porque tenés una prenda nueva que lucir
llegó la cuota diez y el lavarropas no funciona
Porque te gusto y me esquivás, me querés y lastimás
Es que seguís viendo sin mirar.
Generalmente,
cuando llueve, mi casa se inunda de recuerdos. Entran por todos
lados; por debajo de la puerta, por el ojo de la cerradura y los más
aventureros bajan por la chimenea. Una vez que ya están instalados
en mi hogar, los invito a sentarse a mi mesa y les cebo unos mates.
Cada uno me cuenta sus relatos, versiones que se van transformando
en cada encuentro, captando cada vez más mi atención. Son historia
de amor, por cierto extrañas y no siempre con final feliz, de
palabras sueltas y de viajes espirituales. Prevalecen las historias
tristes y un aire de melancolía invade la tarde gris. A decir
verdad, no sé si me gusta estar con ellos, pero no tengo otra
alternativa. Afuera quedan otros recuerdos, que no tienen coraje
para entrar y espían tímidamente a través de la ventana esperando
ser agasajados. A éstos los despido hasta el próximo día de
lluvia. Quizás algún día me anime a dejarlos entrar o quizás algún
día ya no estén más.
Romeo conoce
a Julieta
Julieta, la
joven enamorada de fin de siglo XX, se asomó al balcón de su casa
en San Isidro. Las flores del jardín como pinceladas en un cuadro
de Monet, le dieron los buenos días. Romeo, un Montesco vestido de
yuppie se incorporó al paisaje. Se miraron a los ojos fijamente
como dos enamorados dispuestos a permanecer unidos el resto de sus
vidas. Acto seguido el joven procedió a improvisar unas palabras,
compañía indispensable para este tipo de ocasiones cuando el
celular de su amada comenzó a sonar. Así Julieta desapareció de
la escena como un fantasma y corrió hacia el encuentro del
inoportuno aparato que se encontraba en el dormitorio. Romeo, hombre
por cierto orgulloso, no soportó el abandono momentáneo y decidió
emprender la retirada. A la próxima mujer que conociera por
Internet, le exigiría ciertos requisitos para no morir de amor como
los personajes de la obra de Shakespeare.
El día del hecho la niña se
habría despertado sobresaltada por ruidos que provenían
supuestamente de la calle, causando de inmediato su asomo por la
ventana de dormitorio. Lo que presenció allí, fue lo que más
tarde relataría a todos los medios de comunicación de país y del
exterior.
"El sol se vistió de luto, el cielo comenzaba a abrirse
velozmente. Las estrellas caían a la tierra como hojas de los árboles
de otoño. No hubo techo o arbusto, por insignificante que fuera,
que no haya sido arrancado con fuerza por el terrible huracán que
azotaba nuestras tierras. Acá hay alguien que se enojó mucho -
pensé. ¿Qué macana me habré mandado esta vez?
De pronto apareció un monstruo horrible, por cierto que era muy feo
y maligno. Tenía siete cabezas y diez cuernos, y con su cola barría
las estrellas caídas, escondiéndolas bajo tierra. Grité mamá muy
fuerte, como cuando tengo pesadillas, pero parece que mis papás no
podían escucharme. Estaba muy asustada, cuando un hermoso caballo
alado de color rosa, se hizo presente. Me senté sobre su suave
lomo, que parecía de algodón y galopando entre nubes llegué hasta
el cielo. Allí había un gran trono con un hombre, al cual no pude
verle la cara. Una haz de luz lo iluminaba por completo. En un
primer momento creí que era papá, pero como no me retó, me di
cuenta enseguida que me encontraba frente a un desconocido. Había
mucha gente allí, yo insisto que para mí estábamos todos. Había
japoneses, africanos, viejos, bebés. Mucha gente. Entonces miramos
hacia abajo, la tierra, y vimos mucho animales luchando entre sí.
Había una serpiente, de esas venenosas, que vomitaba un río de
agua de color rojo. Un águila y un león. Estos bichos tenían un
par de alas cada uno llenas de ojos. Se trenzaron como por diez
minutos hasta que un fuerte relámpago iluminó la escena y los
animales desaparecieron. Un precioso arco iris unía, en forma de
puente, el cielo con la tierra. A todo esto, el mar era calmo y de
cristal. Nos deslizamos uno a uno por el arco iris hasta llegar a
destino. Afortunadamente todo continuaba como hasta entonces, al
menos en cuando al paisaje".
Aunque nadie quiera creerme,
porque dicen que soy un viejo loco, yo juro por mis hijos, que los
adoro, y por mis nietos que esto que voy a relatar, delante de todos
ustedes, es la pura verdad. Todo comenzó aquella mañana del 2 de
diciembre, cuando me disponía a dar mi paseo matutino. Abrí la
puerta de calle y pensé, pucha está nublado, pero cuando miré
hacia el cielo pensé que me moría de un susto. El cielo se estaba
abriendo, parecía un pergamino enrollado; y el sol era una gran
mancha negra. Caían estrellas del cielo como una fuerte granizada.
No hubo vivienda ni planta que no haya sido arrancada por el feroz
huracán que azotaba nuestra patria. - Cosa de mandinga - pensé. Y
como si me hubiese escuchado, apareció un monstruo espantoso, que
no podía ser más que el diablo mismo. Un ser repugnante, de varios
cuernos y cabezas que barría con su larga cola las estrellas caídas
del cielo. Y el muy ladino las enterraba bajo tierra. Nos quería
dejar sin noches estrelladas, y justo para el verano. Bueno, como
venía relatando, me encontré en presencia del mal en persona, y yo
como soy un hombre de fe tomé el rosario que llevo siempre colgado
al cuello y recé. Cuando estaba por el segundo padrenuestro, un
lindo caballito pasó trotando al lado mío. Tenía alas y era
blanco como la nieve. Rápidamente me subí en el animal y fuimos
galopando hacia el cielo. Habrá llegado mi hora - pensé. Allí había
un trono, con un señor, mejor dicho con el Señor. Me emocioné
muchísimo y sentí una paz inmensa. No estaba solo, había gente de
distintas razas y de distintas edades. Miré hacia abajo, ya que
todos lo hacían y me encontré con una gran batalla campal de
animales que se peleaban entre sí. Había una serpiente, que
vomitaba una gran cantidad de líquido rojo, un toro y un águila.
En eso se vio un fuerte relámpago que iluminó el ring y los
animales desaparecieron. ¡Qué belleza cuando divisé el arco iris
que se había formado y que unía el cielo con la tierra! Nos
deslizamos por él todas las personas que estábamos allí hasta
llegar a nuestro lugar de origen. Un mar de cristal nos recibió
amablemente. El mar que siempre estuvo en mi pueblo. Aunque ese día
parecía más transparente.
El cielo comenzó a abrirse rápidamente.
Una lluvia de estrellas regó la tierra, al mismo tiempo que un
fuerte viento arrancaba los árboles y las viviendas causando un
gran torbellino. Solitario e inmutable se encontraba en el seno de
este caos un gato. Su mirada penetrante se fijó en el horizonte,
que parecía el único sitio calmo, abstrayéndose de lo que ocurría
a su alrededor. De repente, el felino arqueó su lomo y su pelaje se
erizó; un rarísimo hombre de siete cabezas y varios cuernos se
hizo presente y venía a su encuentro. Inmediatamente se echó a
correr, dejando atrás a este personaje extraño, que difería tanto
de su amo. Lo que no se había dado cuenta era que había corrido
con tanta velocidad y tanta energía que había llegado hasta el
cielo. Allí había un gran trono con otro señor, de aspecto
bondadoso y repleto de luz. Sintió ganas de subírsele a la falda y
dormir una siesta plácidamente. Estaba muy cansado. Se sorprendió
al notar que había muchos seres humanos a su alrededor y que
miraban muy intrigados hacia abajo. En la tierra continuaba el
desorden. Ahora una serie de animales luchaban entre sí. Había una
serpiente, que despedía un líquido rojo por la boca, un león y un
águila. Se estaban destrozando entre ellos, cuando un fuerte relámpago
que iluminó toda la escena los hizo desaparecer. Un bello arco iris
se había formado uniendo el cielo y la tierra. El gato aprovechó a
tirarse por ahí, como por un tobogán gigante. La gente lo siguió
sin vacilar. Cuando llegaron a destino, un mar cristalino los recibía.
Todo parecía volver a la normalidad. Los ojos del felino se
reflejaban en el espejo de agua.
Virginia
Desde mi ventana miro hacia afuera y veo a mis vecinos de enfrente
mostrando a los otros vecinos el último arreglo en el frente de su
casa, una especie de baranda espantosa que agrega un nuevo detalle
de mal gusto. Pero ellos parecen felices.
También veo a Zulma encerrada en su locutorio, aburrida y triste,
rodeada de tres de sus cuatro hijos flaquitos, con piojos, hongos en
sus caritas. Le dije ayer - Zulma, ¿observaste a Nicolás cuando
juega cómo rompe todo los que llega a sus manos, no presta nada y
toma todo, pega y grita?, ¿no pensaste en mandarlo al jardín para
crearle hábitos?
No - dijo - es así porque es varón...
Veo, además, a los de la panadería. Tienen la oportunidad de ganar
mucho dinero con su empresa familiar que es realmente buena, pero no
lo lograrán sin empleados y no está dispuestos a pagar un sueldo.
Trato de ayudarlos a ver; no hay caso, no pueden ver.
¡Que mediocridad me rodea!
¡Y éstos votan!
Tengo con todos ellos una buena relación de vecinos, cálida y
hasta amorosa, pero a veces me deprimen..., y veo que ya no soporto
lo que toleraba amorosamente. No soporto la estupidez, la falta de
respeto, el trato descortés, ni gritos, ni violencia. La desarmonía
y lo mediocre me resultan insoportables. ¿Serán ellos o seré yo?
O acaso nací en el tiempo y lugar equivocados.
Rosa
Un paraguas, al
igual que una escopeta, tenía mango y percutor. El paraguas nos
protegía de la inclemencia del tiempo y la escopeta de las
agresiones. Ambos se disparaban ruidosamente y no queríamos exhibir
al uno bajo el sol, o al otro en tiempos de paz. Un paraguas detenía
lluvia y una escopeta detenía la vida. Sólo por esto mi hermano
menor, con la sensibilidad que lo caracteriza, ideó el petaguas,
artefacto que cuando lo detonan destruye las malas intenciones tanto
del tiempo como de la gente. Mamá me dijo esta mañana que en el
Museo de Historia, paraguas y escopetas ocupan la nueva vitrina.
La casa
suspiraba entre las grietas de los postigos y los escalones del sótano
crujían como intentando impedirle el paso. Los peldaño empinados
apenas se distinguían a la luz de la lamparita mortecina. Bajó
tanteándolos de a uno con los pies hasta llegar al pulido piso de
cemento. A su alrededor la sombras formaban un circulo cerrado. Los
objetos inanimados tan familiares a la luz del día, adquirían una
cierta cualidad amenazante. Pasó por delante de la mecedora sin
atreverse a darle la espalda y manteniéndola siempre al alcance de
su vista, revolvió el rincón desordenado de las herramientas hasta
encontrar lo que buscaba. Ahora tenía que volver a subir, con las
manos ocupadas y sin poder vigilar el oscuro fondo que la acechaba.
Retrocedió caminando hacia atrás hasta el pie de la escalera, y
llenando sus pulmones de aire, se volvió y corrió hacia la puerta
abierta escapando de las manos imaginarias que la sumergían para
siempre entre los objetos olvidados.
La llovizna era helada y casi parecía una nevada tenue. No había
encendido las luces del jardín para evitar cualquier mirada
indiscreta. Alisó la tierra y permaneció con la cabeza inclinada
por un rato. Una ráfaga fuerte la volvió a la realidad y caminó
apresuradamente hacia el abrigo de la casa. Cuando cerró la puerta,
pensó que debía guardar de nuevo la herramienta en su sitio. Mañana,
se dijo. Mañana cuando entre el sol por la ventana.
Números
Los números se
abalanzaron sobre mí y rápidamente, puesto que eran diez contra
una, me ataron sentada a la silla de escritorio. Yo estaba más
asombrada que asustada. Después de trabajar juntos tantos años habíamos
establecido una relación de mutua confianza.
Es cierto que algunas veces, debido al cansancio, los cambiaba de
lugar o los confundía, pero eso no ocurría muy a menudo. En
general los deslizaba hábilmente por el teclado de la calculadora y
ellos llegaban a completar sin diferencias el resultado de la
operación para la que estaban preparados, cosa que los llenaba de
orgullo. Nada peor para los números que hacerlos pasar más de una
vez por el teclado, borrarlos o abortar una operación al darnos
cuenta que nos estábamos equivocando. Y ni hablar de invertir el
orden de sucesión. Como son tan susceptibles, lo único que piensan
es que lo queremos más al otro.
Ellos son muy conscientes de su valor y saben, cuando se mezclan,
con quiénes se van a encontrar. Les doy un ejemplo: a uno le
encanta la suma de uno más uno, porque se encuentra con dos del
cual es amigo desde la infancia. Pero si por error digitamos uno más
dos, se encontrará con tres (si estar preparado) al que odia. Uno
es muy ególatra pero con dos puede llegar a dialogar y hasta darle
la razón de vez en cuando, mas con tres se pelea indefectiblemente.
Dos es conciliador y tranquilo, tres es exuberante. Cuatro es
espiritual, cinco ama la buena mesa, seis vive con expresión huraña,
siete es el más equilibrado, ocho se ufana de su figura simétrica,
nueve siempre esta cabizbajo y cero es definitivamente indolente.
Este último y uno, todavía no terminaron de acordar quien va
primero.
Uno lo tilda de comodín y cuando la discusión llega a punto
muerto, su peor ofensa es decirle que es un kelper. Cero entonces le
contesta que sin él todos los números se habrían quedado en pañales.
Y así termina siempre este eterno enfrentamiento.
Pero ahora me urgía comprender el porqué del ataque a mi persona,
cosa que era muy difícil con todos ellos hablando a un tiempo. Para
hacerme oír, les grité fuerte que se explicaran de a uno. Podrán
adivinar quién tomó la palabra.
Para resumir, me dijo que ese fin de semana habían planeado tomarse
vacaciones en una isla perdida en medio del Pacífico donde nadie
pudiera encontrarlos. Que bien merecidas se las tenían. Que no iban
a permitir que yo les arruinara el proyecto por haber prometido
terminar unas planillas, cuando bien podían esperar hasta el
martes.
Por lo tanto, dictaminó el orador - y esta vez con la anuencia de
todos - te vamos a dejar atada hasta la vuelta para que no puedas
manejar ninguna máquina.
Rogué, exigí, amenacé, pero ni siquiera el buenazo de dos se
conmovió. Con semblante alegre y distendido fueron desfilando hasta
la puerta y antes de abrirla para salir, se volvieron al unísono y
me saludaron con tanto alborozo que ni siquiera puede guardarles
rencor.
Carmen
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