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Taller de escritura

Grupo de los sábados

 

Mucho se ha dicho sobre lo que es un taller de escritura; sobre la importancia que tiene en el proceso de creación la interacción con el grupo, la fluidez en la búsqueda de ideas y en la re-creación permanente de palabras y símbolos. Pero (Y he aquí el punto crucial de la cuestión), tal vez la pregunta por hacer sería: ¿sirven realmente lo talleres de escritura? Para evitar el riesgo de caer en teorizaciones que sólo abordarían la respuesta en forma tangencial, relataré brevemente un encuentro de talleristas, de los tantos que compartimos en estos años. "Sábado. 18 hs. Tarde de otoño. Entran Viviana y Cintia, sorprendidas de haber llegado puntualmente, saludándonos a Julio (quien ya va por su segundo mate) y a mí. Con su habitual locuacidad, se atropellan por lograr el protagonismo en contar las novedades de la semana, mientras ingresa Blanca, con las facturas y la sonrisa siempre dispuestas. A medida que vamos subiendo al "taller" (entiéndase por ésto ámbito físico dispuesto a los efectos del encuentro) se escucha la dulce voz de Raquel pidiendo disculpas por la tardanza, al mismo tiempo que Susana pugna por estacionar su moto en el patio, demorada por los saludos afectuosos de Amalia y Alejandra. Ahora que estamos todos, nos acomodamos alrededor de la larga mesa. Comenzamos a trabajar. Cada uno saca la producción de la semana para ser leída y analizada por el grupo, mientras se suscitan comentarios varios: recortes de diarios con datos de certámenes literarios, Viviana festejando el éxito de un examen de su carrera, Cintia y Alejandra discutiendo sobre el cero y su ingerencia en la poesía y Julio recomendando el último libro que leyó. Se impone el silencio y comienza la lectura. Las palabras, como ángeles sin dueño, comienzan la azarosa tarea para la que fueron creadas: despertar los sueños, convocar las sensaciones, desnudar bellezas y abrigar soledades, conjurar colores y aromas de otros tiempos, de otros mundos. Nos cuesta sustraernos del encanto. Somos rehenes de esa bruja hechicera, palabra misteriosa que nos cambia la vida en más de un sentido. Está oscureciendo. Alguien enciende la lámpara que mira hacia el oeste. El momento esperado está llegando. Se afinan los instrumentos. Es hora de parir, de dar a luz. Entonces, comenzamos a crear:

 

Poema colectivo

Desde donde comienza el aliento
supe que amanecía en tus besos.
Diseñarás un nuevo abismo
y firmarán tu obra mascullando soles.

Se asombran mis manos
entre tanta ternura desvestida.

Si pudiera al menos
descifrar de tus ojos misteriosos
cábalas de luz.

Encadeno el delirio
de mi sangre
al perímetro preciso de tu piel.

No es un hecho de temer
apenas tu cuerpo desdibujándose en la tarde.

El hijo ha nacido y como tal, sólo le pertenece a la vida. ¿Para qué sirve crear un hijo? La respuesta sólo es posible encontrarla en el universo de cada uno de nosotros mismos.

Lic. Ana María Vettorazzo
Coordinadora del taller literario "El vellocino de oro"

 

Muestra de trabajos producidos por los talleristas

 

VIVIANA

CATALINA

La casa se llenó de flores con la nueva ocurrencia de Catalina.
Fue un martes cualquiera de octubre y como a esta hora que le apareció la primer florcita, rosada, detrás de la oreja.
Nunca antes me había gustado el color rosa, en cambio, devota de las flores como era, fui la primera en sugerir a Catalina que no frecuentara las ventanas al mediodía, el sol se pone tan fuerte a esa hora que podría marchitar la flor.
Ya esa misma mañana tenía desde la frente hasta la mitad de la cabeza todo florecido. Algunas caían graciosas en forma de flequillo.
Las florcitas eran pequeñas como verbenas, pero solitarias. Nacían de una por vez, pero el proceso era tan rápido que no podría describirlo. Apenas se desdibujada un punto en la cabeza de Catalina, un pequeño movimiento, y ya nacía la flor, de golpe, se confundían la expectativa por el nacimiento con el asombro del mismo.
Nos preocupó pensar que si para la noche se florecía la nuca, Catalina tendría que dormir en el sofá de pana verde que mantiene la espalda enhiesta y deja la cabeza al descubierto.
Para más seguridad y resguardo de las flores de la nuca, la sujetaríamos a la altura de los hombros por si tendía a reclinarse.
A las cinco de la tarde ya Catalina, tenía la cabeza completamente florecida. Su cuerpo pequeño de escasos doce años, simulaba perfectamente el tallo de un racimo de flores rosas.
Nos prometió que si seguían floreciendo por el cuerpo podríamos recortarlas para los floreros.
Y así fue como la casa se llenó de flores.
Esa noche Catalina durmió en el sofá del comedor y ya nunca más volvió a su dormitorio.
Al día siguiente advertimos que las flores que cortábamos nosotros de su cuerpo se marchitaban en un par de horas, no así las que catalina dejaba al paso cuando se superpoblaba de flores.
De modo, que reorganizamos el recambio en los floreros. De ahí en más sólo se haría con las flores que caían al piso una vez cubierto el cuerpo de Catalina, que por suerte era tan diminuto que enseguida estaba cubierto.
Para no correr el riesgo de pisar las flores caídas, pusimos a Catalina en un rincón del comedor, como un exótico florero de porcelana que se autoreciclaba sin cesar, y por supuesto, alejado prudencialmente de las ventanas.


CLARINDA I

El día que Clarinda I murió, Juan ya había cambiado su postura respecto de las flores. De modo que sólo el viento de la tarde sintió la ausencia de aquella amapola enmarcada en una ventana azul.
Juan no hizo otra cosa que sacarla a la vereda. A la mañana siguiente sólo quedaba la maceta partida en dos y algo, bastante, de tierra desparramada alrededor. Recordó el primer día, cuando decidió que Clarinda I era decididamente una flor de ventana que da al este.
Mientras caminaba lento a su clase de antropología, Juan no dejaba de recriminarse el haber sido tan tonto. Como pudo creerle a aquella flor, había hecho el ridículo delante de su clase, repitiendo todo lo que ella le había dicho. Eso significó, sin duda, su muerte porque desde que Juan supo la verdad, fue completamente indiferente con ella y una amapola, por más que haya inventado una mentira piadosa para seducir, no tiene la suficiente energía para vivir más de una semana sin una caricia.
Allí en la ventana, permaneció erguida noches enteras hasta que finalmente murió convencida de que Juan cometía un grave error.
Juan sólo esperaba ese momento para deshacerse de ella. Como si de ese modo pudiera desprenderse de algo de la vergüenza que le hizo pasar. El había creído cada uno de sus palabras: “que en un comienzo el hombre caminaba en cuatro patas, que luego las flores empezaron a crecer y que el hombre, desesperado por alcanzar el aroma de las flores, se irguió.” Y así lo repitió, tal cual, en su clase de antropología haciendo el peor de los papelones que hubiera interpretado en su vida. “Como fue que no pensé en los monos” se recriminaba aquella noche, mientras sacaba la maceta a la vereda.
Ya en la clase, Juan recordaba aquella imagen de su amapola bailando en el viento de la tarde, y supo más que nunca que las amapolas eran hermosas y que una amapola bailando era una imagen digna de Dios. Y comprendió, algo, no sé qué, que lo hizo llorar frente a la clase, sin importarle el papelón de sus lágrimas, por una amapola que sólo sabía bailar en una ventana que da al este y decir mentiras, a modo de confesión.


CINTIA

LA COARTADA PERFECTA

Era fundamental encontrar una coartada potable para sus investigaciones coherentes. Tal vez la solución fueran los anillos, o el detergente derramado... No, siempre encontraría mi rastro, siempre olfatearía mi sombra en los muebles, en las puertas.

Sí, la solución está en el detergente. No sospecharía nunca de mí si lo viera chorreando de la bacha, revalzando de espuma un par de tazas.

Detergente... eso, genial, magnífica idea. Los guantes de goma... Si se le ocurriera, aún así, aún descartándome como culpable potencial, corroborar mis huellas digitales, se encontraría con la nada lisa en la superficie de cada madera, de cada metal...

Los guantes van a ser naranjas, obvio, ¿de qué otro color horripilante podrían ser para no comprometerme si los encuentra enroscados en el fondo de una bolsa de residios a veinte cuadras de distancia?

Detergentes, guantes de goma naranja... La coartada. Acabo de vencerla.

3:45 A.M. Sólo queda esperar, por las dudas, no quiero imprevistos.

Tiempo, tiempo aún más largo en la oscuridad y el pervertidor silencio de mi respiración acompasada, simulando un plácido sueño de ángel. ¡Angel! Era la cuarta pieza. ¿Cómo pude haberlo olvidado? Mi ángel. El Angel que nunca podría protegerla. El está sólo conmigo, llevándome de la mano por los cuartos, ahora. Esperá amigo, no me arrastres de esa manera.

Sí, está dormida, inocentemente dormida, pero todavía huele a última hoja de libro viejo el pasillo, eso quiere decir que hace poco que acaba de cerrarlo. Conclusión lógica, hace poco que se durmió. Conclusión 2 (aún más terrible) sólo se está haciendo la dormida, sabe que corre peligro, se asume como víctima. Conclusión 3: (leer decisión correcta) Angel, corramos nuevamente hacia mi cuarto. No quiero errores, no ahora, no cuando tengo, tenemos, la coartada perfecta.

4:34 A.M. Su senilidad no es tan aguda para que aún no haya alcanzado el pico más seguro del sueño. Repetir para seguir los pasos correctos: Ponerme los guantes, caminar (Angel en mano) por el pasillo, corroborar vieja decrépita dormida, llegar a la cocina, derramar el detergente, hacer abundante espuma, por supuesto sin sacarme los guantes... proceder.

Control del tiempo: ¡perfecto!, pasos previos cumplidos en escasos cinco minutos. Respirar hondo, apretar mano de Angel... Coraje, valor, coartada perfecta, vamos.

Abrir, ya, urgente: por fin, allí está, pude superar el asco al detergente, fue un gran esfuerzo, pero valió la pena... Ahora, contemplándolo... inmenso... mío...

Ruidos... pánico. No, la decrépita.

- ¡Nicolás! Cuando digo castigado y a la cama sin postre es irrevocable.

- Pero... mamá.


Mas allá del miedo

Amaneció en el mismo lugar y en el mismo tiempo en que había respirado la noche anterior. No era fácil de creer ni de aceptar, pero estaba a mi lado. Su caja y él estaban a mi lado.
Algo seguía estrangulando su respiración.
Se abrigó más de la cuenta y se miró en el espejo: ojeras, flacura exagerada, labios resecos... apología de un final.
¿Para qué abrigarse ante lo irreversible? No había ni sobretodo, ni bufanda que se incorporara a su organismo y le resguardara los pulmones.
Yo lo miraba desde lejos, desde otro mundo que giraba alrededor del suyo, lentamente, tratando de molestar lo menos posible.
- "Hoy no voy a llevarme abrigo." - me dijo volviendo a la habitació y hablándome desde detrás del vidrio.
Sólo le sonreí y acaricié con mi mente esa piel que hacía tanto se me negaba. Abrió su puertita y arrojó toda la ropa en su armario esterilizador.
Desnudo detrás de la muralla, me miró.
Yo cerré los ojos y esperé que nuestras mentes se encontraran en aquel espacio de cuerpos libres donde podíamos atravernos a tocarnos y a besarnos. Allí no había vidrios y el olor asfixiante a alcohol era atropellado por el sabor de su piel recordada cuidadosamente.
Abrí los ojos. El reflejo me dejaba espiar su corazón que parecía traspasar la cáscara cada vez más fina que cubría su blanquecina delgadez.
No brillaban sus ojos.
- "Me voy" - y extendió la mano a modo de saludo.
Yo, transpirada y fria, envuelta en mi sábana lo miré desde la ventana. Caminaba cada vez más encorbado. Vi una viejita persignarse y cruzarse de vereda. Vi caras de pena y terror en algunos automovilistas. Vi a dos estudiantes detenerse y sonreír y apoyar sus manos en el vidrio, saludándolo. EL no sonreía, no miraba, sólo silbaba.
Porque había otras cajas que, con paso desencajado, cruzaban la avenida. Desde ellas una mujer embarazada, una maestra de primaria y un doctorcito recién recibido, silbaban respetando el ritual de solidaridad en el que se unían los parias, los que cargaban con su gheto personal sobre los hombros, las cajas.
Yo, transpirada y llorando, sabiendo que ahora eran dos los vidrios que nos separaban. Y la ventana era un abismo y su caja era otro plano de realidad, yo mirándolo en su muerte anunciada. Yo espectadora inútil del preludio de su muerte. Mi neutralidad me dio asco, y más aún cuando escuché en anuncio de la radio: "El SIDA es la última oportunidad de solidaridad que nos da este siglo".
- "Pero el pánico es la mejor arrma de autodefensa que encontramos" - le grité a la ventana, a las malditas cajas sanitarias, a todos los que no nos comprometíamos y nos resignábamos a temblar y mirar a los ghetos que se arrastraban por la calle.
Pensar que hasta hacía poco tiempo todo parecía una macabra predicción vacía de contenido. Pensar que él y yo éramos "normales".

Cuando el volvió yo lo esperaba parada, en el medio de la sala, más desnuda que nunca, tan vulnerable desde la fortaleza de mi decisión.
Le mostré el martillo que tenía en la mano. Su asombro se confundía con la felicidad más pura. Y sus ojos me allanaron el camino de miedos.
Rompí la caja, los vidrios lo cubrieron a él, a mí, a la alfombra. Pero no había sangre, ni raspones. Sólo su piel opaca y ajada, hermosa y libre por fin.
El preservativo y mi amor fueron la piedra libre que vencieron la histeria colectiva y el pánico deshumanizado de una sociedad replegada a sus ghetos, a sus cajas, a sus vidas marginales, aunque no estuviera el SIDA o la muerte rondándole el aliento.

Ahora puede recordar su sonrisa de ese día. Es extraño saberme libre de burbujas con olor a desinfectante, pero no es extraño llorarlo en los rincones de este mundo, ni pregonar que estoy sana, más sana que muchos de los que se cruzan de vereda y se persignan.
Hay formas solitarias de vivir y de morir que sólo merecen los cobardes.
El vivió y dejó escrito en sus cuadernos:

La luna se suicidó en el acantilado.
Quise seguirla,
quise sentir las piedras mojadas
enterrándose en mi carne...
Pero había un sol,
ondulando sobre el agua.
Y no me destrocé contra el infierno.
Preferí que las afiladas rocas de la vida
siguieran alumbrando tímidamente
algunos instantes de mis mares externos.


JULIO

JAQUE MATE

Saltar la zanja, correr entre los ranchos y jugármela en el fondo del basural. Yo adivinaba en el aire del salto, las barrosas orillas que me separaban de la villa, saltaba el jugo negro y ancho, espeso de basuras y yuyos enfermos, que florecían en gordas calas acuáticas, sonoras de sapos.

Un chorrito de fuego, a pocos metros acompaña mi cuerpo, no escuché ruido alguno; sentí como un piedrazo en el brazo, luego en la cara, en el hombro, el pecho, la panza, muchos en la pierna.

Y una sed como fuego.

El brazo brutalmente estirado y roto, me sacudió los dedos, como cuando le pedía agua a mamá; MAMA traeme el jarro... le decía, cuando la fiebre me hacía ovillo sobre los trapos del rincón donde dormía... la mama me traía el jarro y me ponía diarios mojados en la cabeza...

- Mañana no salís... mañana no vas... - me decía.

- No mama, estoy bien, mañana voy a buscar cartón, mucho cartón y botellas verdes... Voy a traer un montón... Mama - protestaba yo.

El fuego me había ganado la frente, sentía en el salto a la zanja, un chorro marrón que me tapaba la cara; tenía la boca salada y no veía nada, no por la oscuridad que era completa, sino porque yo sabía que no veía mas, porque sentía como un agujero en los ojos y sólo un destello dolorosamente blanco ocupaba la oscuridad que había hace un momento.

- Ojos de perro - me decía mama, - buenos y entendidos como una persona - completaba.

El piedrazo sobre el hombro me hizo girar en el aire como un manotazo fiero, como cuando el torito me fue a buscar al rancho y yo me escapaba; él me dio vuelta por el hombro y me agarrotó la garganta en un apretón eterno que me desmayó...

Quizá ya no llegaría al otro lado de la zanja... los segundos de este salto me duraban vidas... pero sentía que la oscuridad de la zanja se avecinaba, se acercaban las calas monstruosas, para acariciarme y comerme entre su corte de sapos...

Caía casi desarticulado, con una bola de fuego incandescente en el estómago vacío de cosas calientes desde hace días, una idea me golpeó en las entrañas: quería comer polenta, caliente, con la mano quemándome en la olla que mama ponía en la silla que servía de mesa.

- Coma m'hijo, coma, que tiene que estar fuerte para juntar cartón - me decía con voz ronca por el vino que era lo único que la sostenía y que yo le compraba apenas vendía las primeras botellas verdes, las de sidra, que yo de chico pensaba que era un remedio, por las hojas doradas que tenía en la boca...

Me sentía tan liviano cayendo, empujado por ese chorrito de fuego que yo había adivinado atrás de mi salto... cuando me gritaban: - ¡parate, mierda!... - 

- ¡Qué me voy a parar!, seguime hijo de p... -

Entonces salió el chorrito temible, el que le tiran a los tipos duros, decían en la villa... yo salté...

Sentía una bronca en el pecho, cuando venían los azules y nos tiraban las chapas y los cartones y pateaban y manoseaban a la vieja, buscando nada, si nada había allá salvo botellas verdes para vender al otro día...

La sed me arrasaba el pecho como un agujero por donde se escapa una sangre caliente y agitada por el salto...

Sentía las piernas patalear removidas por el chorrito de fuego, una de las pataditas cortas como cuando salíamos a remover el barro de los charcos después de las lluvias...

Me sentía girar, envuelto en el chorrito de fuego; sentía frío en todo el cuerpo; sólo la sed me quemaba, pero la sentía fuera de mi, afuera de mi pecho y de mi mano manoteando el jarro de agua; fuera de mis ojos de perro; fuera de mi estómago hambriento de polenta de la mama...

Lejos de mis piernas, saltadoras de zanjas...

Lejos, allá abajo, donde mi cuerpo se posaba ya sobre las calas gordas de miseria y sapos... boca arriba, jadeando...

- Mama dame el jarro, dame agua... -

Observado fríamente, fieramente, por el hombre del chorrito de fuego, que me pateaba el cuerpo acribillado y gritaba el desprecio oscuro del matador: - Este guacho no jode más. -


LAS FUGAS AZULES

A lo mejor hacía mucho tiempo que estaba ahí.
Pero era un puntito muy chiquitito y muy azul.
Una manchita pequeña y redonda que estaba fija sobre el cuadrante sur del cielo de la ciudad.
Algunos curiosos la miraban intrigados y notaban que a la noche la mancha cambiaba de color, divagando a un celeste que se asemejaba a la sombra de alguna estrella, vista de espaldas.
El puntito azul aún no tenía entidad de noticia y los periodistas bromeaban sobre ella, desorientados.
A los pocos días, esa peca en el cielo, en el fondo del sur, inquietaba a más de uno.
Se ensayaron algunos razonamientos superficiales: "El agujero de ozono", "Una aberración de la luz", "Un globo meteorológico", "La imaginación", etc.
Pero la inquietante permanencia del redondel azul cerrado, disolvía todas las explicaciones.
Se juntaba la gente en las esquinas y no se ponían de acuerdo; algunos juraban que la mancha crecía por momentos, contrayéndose y expandiéndose como si latiera; otros decían que era sólo una fantasía de la vista humana, que la hacía aparecer como un corazón titilante.
Pero la mancha indudablemente vivía y se iba apoderando del cielo del sur. Por esas cosas del vértigo de la vida y las noticias de la televisión, la gente la olvidó a los pocos días; muy pocos miraban para el sur y casi nadie al cielo.
Sin embargo, el lunar azul se afirmaba, comiendo el cielo en la punta de la ciudad.
Al mes exacto de aparición, voló el primer chico: un moreno de cuatro años que jugaba en el arenero de una plaza.
Primero levantó la cabecita, intrigado por una repentina ingravidez placentera e inquietante; miraba a los costados para ver a quien lo levantaba y al no ver a nadie, se desconcertó y lloriqueó un poco.
Después quedó mudo de asombro, volando ya suavemente sobre la arena, apuntado de un aire que lo fue elevando lentamente y lo fue girando en un tirabuzón gracioso, vaporoso, que le arrancaba algunas risas de cosquillas y luego se perdió, con los grandotes ojos negros y las manitos flameantes, como un saludo de astronauta.
Fueron inútiles los gritos de la madre, que tiró el tejido a cualquier parte y las gestiones del guardian de la plaza que agitaba enfurecido su bastón de madera, amenazando a la mancha azul.
El chico no apareció nunca más.
Por la noche, la TV se ocupó someramente del caso; no había datos claros y los cables de las elecciones en un país poderoso, llovían jugosos.
La Intendencia no se dio por enterada.
Al día siguiente volaron diez chicos.
Unos mellizos traviesos que iban a comprar pan a la vuelta de su casa por la avenida Godoy.
Un bebé que estaba durmiendo al sol en un balcón de Barrio Martin y que parecía haber volado dormido, porque todos decían que subió muy lentamente, sin girar, como arrullado en un globo.
El abanderado de una escuela de Alberdi, (doce años), que estaba plegando la bandera arriada hacía un momento y salió flameando sin soltarla.
Y un pequeño toba, que fue arrancado de los brazos a la madre, mientras buscaba basura, en algún lugar de la zona oeste.
Los datos eran confusos; no había testigos válidos, salvo en el último caso, pero los dicentes eran tobas y no convenía exhibirlos mucho.
La televisión hablaba de las elecciones extranjeras.
La Intendencia decía: sin comentarios.
La mancha seguía ocupando el sur.
En las tardes siguientes, fue posible ver una hilada voladora de chicos que se alejaban subiendo, como una bandada de golondrinas girando en enrulado vuelo de ojos abiertos y manitos saludando, elevándose hacia la mancha del sur.
El pánico inundó la ciudad; las madres llevaban a sus hijos atados de fuertes cordeles, como perritos de patio; otras los escondían debajo de mesas y sótanos de cocheras.
Se suspendieron las clases, pero los chicos salían volando igual, al menor descuido y sobre todo por las noches, cuando salían los buscadores de basura, los chicos sin dueños que los ataran y los escondieran en los sótanos.
La policía se decidió a actuar. Inmediatamente metió presos a los quinieleros y a las mecheras; abarrotó de borrachos y vagabundos las comisarías y se ensañó contra travestis y ruteras.
Hacían controles de rutas y pedían recibos de patentes a los coches viejos y sin luces.
Y miraban con rencor al cielo sur.
Nadie dejaba salir a los chicos, pero pronto se supo de casos de vuelos por rendijas de las ventanas o claraboyas de baños y aún a través de vidrios, en casos de recién nacidos que dormían en sus flamantes cunas.
La ciudad se quedaba sin chicos y la mancha azul ya ocupaba medio cielo del sur.
La televisión quemaba naves: acusaba al gobierno, a las madres, a las sociedades y algunos atrevidos a Dios (los más audaces) y se escuchaban veladas acusaciones a la sinarquía internacional.
La Intendencia tomó una medida extrema: convocó a todos los ciudadanos desde recién nacidos a quince años y los encerró en enormes pabellones del ejército, con doble guardia armada y rejas triples.
La mancha se detuvo unos días, inmóvil, sin crecer, sobre el cielo que ya ocupaba todo el extremo sur.
Había una tregua; el intendente suspiraba aliviado, a pesar de los problemas que traía alimentar a tantos chicos, sin presupuesto.
La tregua terminó a la semana.
El domingo por la tarde voló el primer viejo.
Paseaba por la calle Córdoba ante la mirada de miles de personas. Al principio, el anciano gritó histéricamente al sentirse levantado por el aire; luego se calmó y tiró un bastón que llevaba y empezó a saludar mientras giraba en el vértigo de un viaje fantástico.
Se perdió en el cielo del sur.
Algunos aplaudieron inexplicablemente.
Luego se supo que otros viejos volaron de parques y canchas de bochas durante ese domingo.
La Intendencia dio un comunicado escueto: decía que los niños estaban resguardados y aconsejaban a los viejos mantenerse bajo techo.
Decía éso, nada más.
En los días que siguieron, los viejos volaban como mangas de langostas. Algunos se ofrecían en las plazas con los brazos levantados y tomando carreritas para favorecer el despegue.
Todos se elevaban con dignidad, las canas flameantes como blancos pañuelos de adioses acusadores a una ciudad que los había condenado a la nada.
Pero el escándalo fue mucho menor que la voladura de los chicos, porque poca gente reclamaba por los viejos.
La Intendencia los acusaba de subersivos porque había comprobado la complaciente fuja de los viejos que se ofrecían en las plazas y en los parques para volar a la mancha enormemente azul del sur.
La ciudad se quedó muy triste. Sin chicos ni viejos, algunos hábitos cambiaron. No se fabricaban cunas, no se vendían juguetes, ni había geriátricos, ni consejos.
La Intendencia elaboraba febrilmente medidas extremas. Dieron un comunicado sobre la noche del martes: "A partir de las cero hora del miércoles, se abolía el tiempo, se secuestrarían los almanaques y los relojes; nadie, por ley, tendría más de cuarenta años".
Por la madrugada cayó sobre las calles una lluvia apacible del sur.
Las gotas eran como besos de ángeles o caricias de abuelos; la gente salió a las ventanas a mojarse de los besos que llovían del cielo del sur y a sentir las caricias de las barbas blancas que se desataban azules en gotas apacibles.
Al amanecer, la mancha que tenía ahora forma de nave, se empezó a mover partiendo en un viaje dentro del sur y desapareció.
Se achicó poco a poco y se perdió muy lejos de la ciudad trabajadora y uniformemente jóven, informada y pulcra, pero sola para siempre.


AMALIA

HECHIZO PARA ABEJAS

En un hogar, estaba la abeja junto con miles de abejitas y abejones. Era un lugar donde reinaba la paz, la tranquilidad y también la abeja.
Su aspecto intelectual, duro y sombrío, les hacía temer a sus súbditos.
Ella sólo salía por la noche para interceptar alguna bruja y saber éso que nadie le había explicado. Sabía que una de esas brujas le había hecho un maleficio, que consistía en que la abeja debía hacer reír y reír a sus compañeros, pero sin pronunciar una sola palabra en su defensa. Sólo así, la bruja le diría el gran secreto.
La abeja se deseperó, firmó papeles, hizo decretos, prohibió el tráfico de escobas, pero nada, nada, la desligaba de su maleficio.
Debió bajar de su trono y ante la vista de todos...
Su furia creció y creció hasta que su amarillento color de abeja frustrada, se tornó un rojo caliente y las rayitas negras que yo le dibujaba alrededor de su cuerpo, ardían.
Tanto abejitas como abejones, no parpadeaban.
La abeja subió a la torre, al sitio más alto del panal; allí se concentró y mediante un endemoniado esfuerzo comenzó a bailar y bailar, se movió, se tiraba al piso. Comenzó a hacer piruetas, que una vez había visto en el panal vecino.
Abajo, en silencio se miraban unos con otros.
La abeja, al ver que no obtenía resultados, se arrancó sus grandes anteojos para liberarse un poco y los lanzó a los boquiabiertos espectadores.
¡Claro!, los abejones, desde allá tan bajo, no vieron la furia con que lo hizo y todos corrieron para atraparlo, pensando que el afortunado tendría que devolvérselo.
Algunas abejitas se hecharon atrás horrorizadas; eraa un escándalo. Y otras, las más inocentes, se ruborizaron y disimuladas sonrieron.
La abeja, desde arriba, al ver ésto último suspiró y descanzó un poquito; había conseguido la mitad de su trabajo.
Todos, sobresaltados, esperaron que dijera algo...
Ella, muda, casi inconsciente, soñaba con su trono lejos de todo y tranquilo. Luego recordó y apareció el rojo, las manchas, el fuego y hasta los rayitos.
De pronto, un abejorro gordo tocó la trompeta y extendió el papel. Todos atendieron a lo que él decía. La abeja también.
Demás está decir que sin sus anteojos, no podría ver al abejorro más gordo. Mientras tanto, éste leyó en voz bien alta:

ANTE LA GRAVE SITUACION QUE ESTAMOS VIVIENDO, LA REAL ACADEMIA DEL PANAL NUMERO 154 DE ESTE DISTRITO, DECIDIO EL ENCIERRO EN LA TORRE DE ESA CRIATURA NO IDENTIFICADA.
NO HABLA NI SE DEFIENDE, SOLO SE PRENDE Y SE APAGA.
SE LA ACUSA DE DISTORSIONAR LAS REGLAS DE MORALIDAD QUE NOS AMPARAN. SI LA REAL ABEJA ESTUVIERA ACA, HARIA LO MISMO.
SE RUEGA A TODA LA POBLACION NO INGERIR ALIMENTOS PICANTES PORQUE SABEMOS QUE ANTE LA INMORALIDAD LA GUERRA CONTINUA.

Nuestro considerado respeto
LA REAL ACADEMIA

Abejones, abejorros y abejitas, a veces recuerdan este hecho y ríen y ríen. Mientras tanto la abeja de amarillo frustrado, allá en su torre suspira satisfecha. Tarde, pero lo ha logrado.
Espera impaciente que las brujas regresen para contarles el secreto.


ALGUIENES, NADA Y UN HOMBRECITO

En el país de los juguetes, una vez, hace mucho tiempo atrás, alguien creó a un algo y lo llamó hombrecito.
Era el más hermoso de todos los juguetes; podía hablar, caminar, movía los ojos y hasta los dedos de la mano. El alguien, estaba muy orgulloso de su obra.
En esa época, los alguienes habían sobrevivido a una enorme tormenta que terminó por destruír todo su país.
Los alguienes ahora eran muy pobres y necesitaban hacer algo para que los nada se lo comprasen.
El hombrecito que habían construído les iba a gustar a los nada; era algo especial.
Cuando este alguien le estaba haciendo los últimos retoques a su obra, llegó la imponente presencia de una nada, tan desnuda que le hizo mal a los ojos y gritó, como gritan los nada, sin... Sólo pudieron entender sus últimas palabras: "...dénme a un algo".
Como todos sabemos, los alguienes corren de acá para allá todos los días, para no perder la costumbre; en una de esas corridas le trajeron al hombrecito recién hecho, todavía con un poco de pintura fresca, con la que por supuesto el nada no se pudo manchar.
Muy tristes quedaron los alguienes. Pero peor la pasó el hombrecito, que tuvo que convivir con los nada en un mundo tan lleno de... sin... ¡Bueno!, en un mundo de nadas.
Estaba tan bien construído el hombrecito, que se dio cuenta que podía pensar y cuando se descuidaron los nada, los atrapó en una red y los hizo sus esclavos.
Pero no les satisfizo, pronto se sintió muy solo y se dio cuenta que tenía un corazoncito; se acordó de los alguienes que los habían construído y los fue a buscar.
Desde ese momento el hombre ya no era un algo, ni formaba parte de los nada: estaba entre los alguienes.

 


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