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Sala Independiente - Rosario - Santa Fe - Argentina
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Palabras
con domicilio
Rosario -
Santa Fe
Argentina
Febrero, 2001
Hemos
sobrevivido gracias a la palabra.
Somos producto de la necesidad de decir y de escuchar, de no
dejarnos vencer por la apatía que muchas veces nos acecha.
Durante el pasado año 2000 hemos corroborado lo que ya sospechábamos.
Sólo fue un cambio de dígitos; no acontecieron milagros ni hecho mágicos.
Todo seguirá dependiendo de nosotros, de las ganas y del entusiasmo
con que encaremos cada proyecto.
Y por eso trabajamos para tener antes de fin de año nuestra cuarta
revista. Porque quisimos que ésto no quede solamente entre
nosotros. ¿Por qué no compartir, con quien quiera recibirlo, el
producto de nuestros encuentros que desde hace tanto transitamos sábado
a sábado?
Hay un lugar que siempre nos espera y que nos hace sentir que
estamos, por unas horas, en una burbuja escindida de la vorágine
llamada siglo XX, en una burbuja conjurada por la magia de las
palabras propias y ajenas donde aprendemos la forma más bella de
nombrar las cosas, donde a cada expresión le cabe un sonido, un
color, un paisaje.
Donde jugamos, nos ponemos serios, coincidimos, disentimos y siempre
nos vamos con la sensación de que la tarde debería durar más
tiempo.
Susana
Retamero
"...Sé
que nunca mereciste pagar con penas
la culpa de ser buena
tan buena como fuiste por amor..."
En una tarde
bajo una parra de siesta,
pelan chauchas de barrio la mujer simple y la mujer resignada.
Siempre rueda una lágrima, por una muerte, por impotencia,
pero nunca un suspiro, una emoción húmeda que ahorca.
Una tarde de gorriones y flores recién regadas
la mujer simple y la mujer resignada zurcen sus historias
aprenden sobre sus viejas recetas de vida.
Una tarde junto a estas mujeres descubrí cómo la mujer simple
voló sonriente al recuerdo de la ilusión y vi como la mujer
resignada
siguió planchando su destino sin arrugas.
Esa tarde supe que no heredaba la alegría.
Las intrigas y
algunas hipótesis en el círculo de los insomnios,
las deudas y los rescoldos de las esperanzas
disfrazadas de locura,
¿qué capital podría
ofrecerte esta noche lisa como tu piel,
qué otro amor definirías si no es éste, a oscuras y loca paz
desparramada en este olvido de la condición para ser feliz?
Siento que soy
como una b, que podría ser bella,
o llegaría a buena o atinaría a bonita,
no me ofendería ser banal, aunque sea vacua.
Pero qué condena ser una b, quizás emparentada a lo brillante,
blanca, un baluarte, balanceada, benigna como una brisa,
y dudar así como dudo estando embarcada en una tierra de letras.
Sí, reconozco que me alegro de nunca ser violenta y
lamento jamás llegar a la voluptuosidad tan deseada.
Siento que esta b se desespera por saber si en la vida
será sólo los buenos días o formará parte de alguna palabra.
María
Alejandra Valenzuela
Breve, muy
breve
fue el sueño de
hoy;
creí ser pájaro
porque tu mirada me hizo volar.
Concentrado
en los muros del
silencio
un amor se consume;
bastaría un murmullo...
Tropiezo
y me cobija el paso
siguiente al derecho
porque en el izquierdo
todo es delirio.
Desafío,
tu desnudez frente a
la mía
sin tapujos heredados
los brazos amarrados
mi palidez y tu sombra
separando, siempre separando.
Blanca
Girotti
LAS JUANAS
El día que las Juanas le ganaron la apuesta a Tío Benito, se hizo
un gran festejo en el pasaje, todos los vecinos en forma
inexplicable para mí, se aliaron a las Juanas y salieron a
festejar. Los comerciantes de la cuadra regalaban cosas y
promocionaban otras a precios irracionales, y los vecinos estaban
unos con otros regalándose caramelos, postres, flores de los
jardines, lo que encontraran a mano sea digno o indigno o elegante o
no para regalar, como don Camilo que regaló la dentadura, o el papá
de Florencia que era contador y regaló un libro diario y otro de
caja. La peor parte fue para las flores. Las pobres iban de acá
para allá con su hermosura recién cortada y a veces después de
recorrer toda la cuadra de ofrecimiento en ofrecimiento terminaban
en el mismo jardín donde morían con un entorno conocido.
Yo miraba todo desde mi ventana de arriba sin poder creerlo.
A Tío Benito lo condenaron a la horca. No me dejaron verlo, pero me
enteré, una vez atrás el acontecimiento y que el pasaje retornara
a su aparente normalidad, (del modo que uno se entera siempre de
estas cosas), así me enteré de que todos los vecinos colaboraron
para improvisar una horca de barrio. El verdulero, por ejemplo,
ofreció sus cajones de madera donde lo pararon al pobre tío para
después, bueno, ya se sabe como sigue. La panadera ofreció una
bolsa de papel que consideró lo suficientemente apropiada para
taparle la cabeza y no verle los ojos. Una de esas mismas bolsas
donde Tío Benito se compraba a diario los bizcochos y se los comía
siempre rezongando porque la masa era desabrida. Otros, los
inofensivos de siempre, sólo aportaron ideas. Pero la gente los
escuchaba y era como si simplemente les hicieran caso. No voy a
nombrarlos, con el tiempo me dieron más miedo que las Juanas. Pero
entonces dudé por primera vez. A lo mejor las Juanas fueron tan víctimas
de todo como Tío Benito, todo era una confabulación de los
inofensivos.
Como sea, yo creo que también el pasaje aprovechó para deshacerse
de un viejo odioso como Tío Benito. Porque hay que decir que con
sus modos facilitaba el desamor. Yo no lamenté su ausencia, pero
tampoco lamenté su presencia, a pesar de su entera apatía gestual,
Tío Benito tenía como una aureola que creo sólo yo podía ver y más
de una vez pensé que era un ángel. Pensamiento que descartaba casi
al mismo tiempo. Digamos que lo defendía y lo condenaba al unísono.
Cuando él murió todo lo que mis padres me dijeron, fue: "de
ahora en más, te ocuparás de Félix y Raimondo". Y así pasé
yo desde entonces, a mis 13 años a realizar las actividades de mi Tío
Benito y me ocupé de sus mascotas.
Lo que nunca entendí fue esa ola de solidaridad de la cuadra para
con el triunfo de las Juanas. Recién ahora uno entiende que en
realidad, la gente se solidariza siempre con los triunfos, porque
las Juanas eran todavía más despreciadas que mi tío. Se trataba
de dos hermanas suecas, sí, creo que eras suecas, eso sí,
completamente feas, flacas, ojos negros, pelo blanco en rodete. Eran
gemelas, es decir, una reproducción de la fealdad. Sólo una de
ellas se llamaba Juana pero la otra nunca se supo, sólo se
limitaban a decir, yo soy Juana, y si uno le decía "doña
Juana" y no era, sólo contestaba "no, Juana es la
otra", así que era "Juana" o era "Juana es la
otra". Nunca pudieron hacerle decir el otro nombre, sólo
"Juana es la otra", y entonces optaron por llamarles Las
Juanas. Yo además siempre decía que tenían un lunar inmenso en la
nariz, pero eso era porque para mí eran brujas y a mi edad
identificaba el lunar como el símbolo de la estirpe de las brujas.
Andaban siempre husmeando por todas partes y tenías la
particularidad de aparecer de golpe. Como por arte de magia las
Juanas aparecían detrás de uno y te rodeaban, como si así te
estudiaran mejor con sus cuatro ojos cayendo sobre uno, de arriba
abajo, focalizando con esos ojazos negros que daban tanto miedo. Si
tenías una bolsa o algo estiraban los ojos y yo juraba que podían
ver todo lo que uno tenía. Solían revisar las bolsas de la basura
y separaban cosas que llevaban a su casa; entonces se empezó a
correr el rumor que hacían brujerías. Yo me sentí extrañamente
contento, porque había advertido su condición antes de nadie, pero
a la vez me daba mucho miedo. Tío Benito decía que estábamos todo
locos, que las pobres viejas sólo tenían hambre. Pero nadie lo
escuchaba. Fue entonces que se hizo una reunión en el pasaje para
solicitar en un programa de televisión muy conocido por entonces,
que localizaran a su familia y así regresaran a su país. Iban a
hacer el esfuerzo de fingir cariño y preocupación por sus destinos
con tal de sacárselas de encima. Como eso no funcionó, porque los
conductores del programa advirtieron que las Juanas no eran
televisivas, quiero decir, no tenían imagen televisiva, por lo que
no generarían audiencia y fundamentalmente porque las Juanas no
lloraban y un reencuentro familiar sin llanto no iba a resultar, así
se conectaron con la embajada. En definitiva nadie pudo dar cuenta
de ellas. Y permanecieron en el barrio, más Juanas que nunca. Eso
fue como un año antes de lo de mi tío. Y por supuesto, todo fue
una idea, fracasada idea, de los inofensivos.
En realidad, el único que no les tenía miedo era mi tío Benito.
Se decían muchas cosas de lo que mi tío había sido o no había
sido en su juventud. Cosas que nunca corroborar. Tío Benito era
hermano de mi mamá. Un día mi tío apreció en la puerta de casa,
con un bolso, una caja pequeña que después mi mamá guardó para
siempre, y con Félix y Raimondo a cada lado. Mi mamá salió a la
puerta, abrió la caja, la volvió a cerrar y entonces la guardó
para siempre no supe dónde. Tío Benito entró y se quedó a vivir.
Así fue. Papá lo odió desde entonces y al otro día se incorporó
al grupo de lo inofensivos. Yo pensé que debería estarle siempre
agradecido a tío Benito por haberle dado una excusa perfecta para
hacer algo que no se animaba pero que quería hacer desde hacía
mucho tiempo y que por entonces mamá, se vio obligada a aceptar. Mi
mamá fue la única que lamentó la muerte de tío Benito y desde su
sentencia de muerte no habló con nadie más en la cuadra, ni
siquiera hablaba con mi papá, Claro que su enojo o su pena no
fueron lo suficiente como para delatarlos y mantuvo el secreto de su
muerte y mintió junto con los demás cuando vino la prensa y el
juez. Conmigo sí hablaba, pero conversaciones elementales: la
escuela, el baño, las mascotas, si barría el comedor, etc., etc.
Una vez le pregunté sobre la caja pequeña, abrió los ojos
enormemente y me asustó; sentí lo mismo que cuando me miraban así
las Juanas; entonces comprendí que tranquilamente mi mamá podía
convertirse en una de ellas. Por ese sólo temor jamás volví a
preguntarle nada y me limité a los temas elementales de siempre.
-¿Es cierto que las Juanas desaparecieron?
-Sí, es cierto, las Juanas desaparecieron un día como por arte de
magia.
Todos pensaron que estarían muertas en la casa y llamaron a los
bomberos que entraron en la casa y no sólo no las encontraron a
ellas sino que además no encontraron nada sospechoso. No había
nada que hiciera pensar que habían sido los personajes extraños,
temibles y despreciables que fueron. Ni siquiera en el patio donde
decían enterraban a todas las mascotas que desaparecían, ni
siguiera ahí encontraron nada más que unas hojas de lechuga
deshidratada. Ese día yo, como todos los días, le hacía las
compras a mi mamá y tuve un presentimiento; entonces me escabullí
mientras estaban todos escarbando en el patio. Fui directo a la
cocina, abrí la alacena y ahí estaba, lo que pensaba, había dos
tazas perfectamente individualizadas, con los nombres de cada una de
ellas, Juana y el otro era el nombre de "Juana es la
otra". A pesar del miedo que siempre les había tenido y tal
vez por ese miedo mismo, aquel descubrimiento iluminó una parte de
mí que hasta entonces desconocía, porque, no era el descubrimiento
del nombre tan requerido lo que me fascinaba, lo que me había
detenido, lo que me cambió mi vida fue ese gesto de ternura,
imaginarme a las Juanas comprándose las tazas para cada una con sus
nombres. Por más que hacía y deshacía no podía imaginármelas en
esa situación, que sin duda había ocurrido porque era imposible
que hubieran sido un regalo de los vecinos o de alguien. ¿Vio que
siempre hay una ternura que se nos escapa, que nos sorprende y es
capaz de cambiarnos la historia?
-¿Y qué hizo con las tazas?
-Las puse en el bolso con el pan, ¿recuerda que le dije que estaba
haciendo las compras?, y me fui a mi casa. Por entonces ha hacía
tres meses que mi padre había muerto; no sé por qué recuerdo eso
ahora, los cierto es que fui a la pieza de mis padres y allí mismo,
llena de su presencia, arriba del ropero, tan a la vista como debió
haberlo estado desde un principio, estaba la caja que mamá había
guardado desde siempre. La bajé con cuidado, la apoyé sobre la
cama y la abrí; entonces comprendí que era la caja perfecta para
guardar esas tazas para siempre.
-¿Y cuál era el nombre de "Juana es la otra"?
-No. Eso no voy a decírselo.
-¿Y la apuesta que originó todo, recuerda de que se trataba?
-No, la apuesta que ganaron a mi tío nunca supe de qué se trató,
y eso que pregunté, pero no pude saber, es más, ahora que Ud. me
obliga a recordar y a pensar no imagino a mi tío Benito y a las
Juanas cruzando palabras ni siquiera para eso; lo que sí me queda
claro es que sin duda, fue una idea de los inofensivos.
-Y... ¿Va a decirme cuál era el nombre de "Juana es la
otra"?
-No, ya le dije que eso no voy a decírselo.
-¿Por qué?
-No sé. Eso es todo.
Viviana Mónica
Guida
Hoy, los sueños librados,
tienen el trazo
de una risa
que coquetea
en el gesto
de consonantes
subidas
por los
breteles de la piel.
¿Quién ensaya en las esquinas
ese juego de alas
que hoy desmadeja cantos?
Acaso son gorriones
cuestionando
sueños no pagados.
Nadie dice
lluvia hoy
y es tan
cierto
que el sol lo
dice.
La tarde de mar
late en mis entrañas.
Se apagó el sol.
Desandar al fin
todas las carcajadas
y ser solamente
un equipaje de palabras
hasta soltar los pasos
en la boca del día;
luego mirar
y poder ver
de una buena vez,
la biografía pendiente
que se hamaca
aún sin sentido
por las farándulas
imposibles de evitar,
porque están
en el centro
de una melodía
que avanza su enormidad
y llega a ser
confidencias de un grillo,
presumir con él
porque entró por la ventana
y trajo su vieja mirada
ruborizada de deseo.
Raquel Piñeiro
Mongiello
POESIAS
Desenredo
oraciones
para plegarme a la rutina.
Puro formalismo
la poesía requiere
sólo una dosis de amor.
Blanca Girotti
Un paréntesis
de la noche;
salió la luna.
Raquel Piñeiro Mongiello
Hay un ansia crepuscular
en cada esquina de mi vientre.
Y el rumor,
el rumor de algún mar,
penetrando en mis zapatos,
y colándose en la huída.
Cintia Pinillos
Se vació, volcó,
derramó, dispersó.
No hay nada de lo que había,
no parecen haber quedado ni siquiera las sombras,
ni los símbolos, ni las prendas.
Ahora está sin nombre, sin dueños, sin cuerpo,
pero es pura verdad, es como una sonrisa,
ahora es mío y eso me completa.
María Alejandra Valenzuela
ROL DE
LOS TALLERES LITERARIOS
"Cada
sujeto constituye sus propias categorías de pensamiento al mismo
tiempo que organiza su mundo" Jean Piaget
A partir de esto pienso, es el individuo quien busca a través de
sus autocuestionamientos, esa experiencia intransferible de la
creación y ésto es un síntoma que motoriza su vocación, él sabe
que a escribir nadie le enseña, pero aprende escribiendo. Es esta
avidez quien lo lleva en busca de los talleres literarios, donde él
sabe tiene acceso a una diversidad de elementos y técnicas autocrítica,
estilo y lecturas, además por supuesto a la participación
colectiva, que permite la crítica de las producciones.
Todas las personas que van a un taller necesitan del apoyo de un
coordinador, pues él dispone de herramientas necesarias para
incrementar la actividad creadora. No siempre se va a un lugar así
para escribir y en este caso podemos hacer la diferencia de niveles
de los mismos. Se asiste a ellos también porque hay una necesidad
de comunicación y una urgencia para un sentido más en esta
sociedad consumista y una señal del alma para mantener vivos los
valores fundamentales de la vida. Y quiero agregar a esto el dejar
de ser un lector inocente.
Todo esto tiene el incentivo de la participación colectiva que
lleva a descubrir cosas insospechadas en cada lectura de libros o
trabajos que dejan entrever otras para sospechar. Así nace el
debate, las distintas opiniones, todo con una pluralidad enriquecida
por el coordinador que desata distintas propuestas. Es él quien
tiene una respuesta, disposición y humor sumados al clima necesario
alentador parra foguear a los concurrentes y experimentarlos en el
arte de escribir, y de compenetrarse en cada lectura o sea intentar
un sistema de trabajo para jugar y ordenar palabras.
Es él también quien sabrá evaluar mejor cada expresión
individual y ver cómo puede desbloquear a aquel tallerista aprendiz
intimidado en su comienzo o, para colocarlo frente a la literatura.
Esto tomado desde el vamos puede apostar en un futuro a juego que
incursione en la apuesta de desentumecerlo y mediante propuestas
llevarlo en un cuerpo a cuerpo con el trabajo del taller.
Las consignas estimulan y propician estrategias no descubiertas
antes en el lenguaje.
Incorporar a esto ciertos temas convocantes de la época, para su
mejor entendimiento, ya que esto produce un debate de grupo, hace
del taller un sitio ideal; no siempre los tiempos que corren,
demasiado vertiginosos, permiten cubrir esta carencia.
El coordinador hace de su experiencia la mecánica del taller y su
dinámica y dedicación, el enriquecimiento del grupo y le da a ese
ámbito el protagonismo necesario donde debe desarrollar un
actividad no para solos, porque el hombre no puede estar así en su
oficio, necesita al otro, aquí no se hacen escritores, se los saca
a la luz, y se los descubre para llevarlos a descomputarizar el
corazón y encaminarlo hacia el de la creación.
Nada puede quedar, en cada expresión individual, librado a un
esquema demasiado rígido porque no permitiría el despliegue
emocional o espiritual. Cada tallerista puede tener en ese lugar el
tiempo que necesitan, una año, dos, él descubrirá cuánto hace
falta para su campo de acción a desarrollar, a veces se puede ir
toda la vida y eso responde a infinidad de motivos personales y
necesidades.
No puedo dejar de incorporar dentro de este tema, algo considerado
sumamente importante y aprendido en los talleres, es guardad siempre
los trabajos a veces realizado en algún momento oportuno o no, les
aseguro después uno tiene una culpa menos, es mejor recuperarlos
alguna vez y evaluar ese material olvidado, darle en la medida en
que uno crea necesario un nuevo retoque o ponerle un maquillaje
distinto.
Los realistas naturalistas lo documentaban en cuadernos de notas, no
tomemos esto como método, pero sí manifestar que al revisar
nuevamente el trabajo lo veremos con una óptica diferente, después
de un período de enfriamiento, así logramos un ajuste necesario si
consideramos que podemos obtener una respuesta a nuestra medida.
Considero que hay una capacidad individual en cuanto a estilo y a la
forma de crear y existen distintos procesos en las personas
talleristas que se van dando paulatinamente en la práctica
literaria y donde el encuentro del grupo debe tener características
de un acontecimiento diverso. Agrego que el taller debe también
estar al tanto de concursos literarios, acontecimientos culturales,
exposiciones de libros, ferias de libros, teatro, cine y todo lo que
esté vinculado con la actividad.
Y no puedo dejar de agregar lo que nos dice Pichón Riviere:
"Quizá el momento difícil en todo proceso grupal, sea el de
la fricción entre la ansiedad por el cambio ante una nueva
perspectiva" (Crítica, ideología sobre la escritura, técnica
y el temor a ese cambio con el riesgo consiguiente de congelarse en
estereotipos).
En los talleres se dibujan sueños, se comulga con el lenguaje, se
busca, se disfruta porque se innova. A medida que pasa el tiempo la
demanda aumenta, pero los talleres existen desde los griegos; no son
modas que pasan; han abierto un camino; en uno está ver cuál es,
el cambio de ideas, discusión o criterios que desea tener...
Raquel Piñeiro
Mongiello
Referencias:
"Taller literario - Juego y Escuela" de Carlos Pensa
"Taller literario" de Nicolás Bratosevich y equipo
BORBORIGMOS
Un dedo en
Marruecos
otro en China
el meñique en el Pacífico
El mundo se balancea en
mi puño.
Lo he levantado a la altura
de mi vista,
lo huelo, lo sacudo,
pero lo dejo transcurrir
antes de intentar nuevamente
abrocharme
el rebelde botón de mi camisa
que me vence...
Esa tarde
el cielo
se mantuvo indemne
de plumajes.
La indiferencia
de las aves
desató
una lluvia queda
y obstinada.
Al pelaje de la
tarde
corresponde
ese formato del llanto
que es
la vuelta con dolor.
Sólo el silencio
es el mismo aquel
que brotaba
como un líquido
presagio...
Codo a codo
en la mesa de siempre
la verdad sostiene
que afuera
el viento miente
murmulla atrocidades.
Dice que su harem de
árboles y cordeles locos
amarrados a su deriva,
cuando silvan
mienten,
canturrean cantos falsos;
sí
mienten, dicen
la verdad
acodada en mi mesa
y me asegura que lo verdaderamente
grande
está
a mis espalda.
Me quedé
contemplando
al hombre gordo,
oscuro, sudado,
que se escondía
detrás del árbol
que había desaparecido
tiempo atrás.
El hombre lo sabía
lloraba,
pero permanecía tenazmente
escondido
detrás del árbol
que había muerto
unos cuadros atrás.
Julio Ramírez
MIGRACIONES
Las veintiuna.
En eso, el Dragón
era inflexible.
Las veintiuna
horas del viernes, en un acto que duraba segundos, el Dragón se comía
su víctima, se la tragaba entre sus belfos llameantes.
Y se iba. Se iba
hasta el viernes próximo a las veintiuna.
Allí estaríamos
nosotros para ofrecerle un nuevo mártir, que inmolábamos para que
su protección de animal fabuloso nos permitiera vivir, sobre la
avenida Pellegrini, intersecciones de Laprida y Buenos Aires.
Hubo ciertas
rebeliones al principio de la ofrenda semanal pero los razonamientos
de la gente que aducía los ventajosos beneficios de la protección
del Dragón a cambio de mártires que conseguíamos con facilidad,
convencieron a los objetores y todo se transformó en un mecanismo
discreto con algunos de los vecinos de la avenida que salían los miércoles
a buscar la ofrenda, para los viernes a las veintiuna.
El Dragón no
era exigente con la calidad de las víctimas aunque alguna vez
hiciera ciertas observaciones acerca del estado de los linyeras de
la plaza que nosotros le ofrecíamos.
Nunca podemos
regatearle unos días, una moratoria.
Algunos
empresarios avispados veían que el stock de linyeras, de crotos, de
sirvientas, se acababa, y quisieron negociar las ofrendas, quisieron
firmar pagarés a fecha de cuerpos a entregar, pero el dragón se
mantuvo en la negativa.
El trato era la
protección de la vida común sobre la avenida Pellegrini entre
Buenos Aires y Laprida, a cambio de viernes puntuales de entrega a
las veintiuna, de la víctima.
Echamos mano a
los jubilados. Al principio los que estaban inválidos, luego a los
solitarios, después a los jubilados nuevos desorientados y descreídos
de su nuevo estado social.
Pero las
entregas semanales nos agotaban.
Un viernes le
llevamos un perro, ovejero alemán, puro, inquieto, atento, negro.
El dragón eructó un trueno formidable, hizo besar el suelo las
copas de los pinos de la plaza, y por única vez nos dio un plazo,
-Treinta minutos-, para que cumpliéramos con la entrega.
Nuestro
Desaliento era total hasta que apareció una vecina que ofreció a
su sirvienta, chaqueña, que no entendía nada pero que fue solita
hasta el Dragón, que se la tragó, ofendido.
Las semanas
siguientes fueron arduas, todas nuestras porteras, los plomeros, los
carteros desprevenidos que secuestrábamos mañosamente, el mozo del
bar de la esquina que se descuidó ante los encantos de una vecina
(viuda, cuarentona), choferes de taxis que paraban inadvertidamente
sobre la avenida, vendedores de rifas, todos, todos eran candidatos
para el Dragón que protegía nuestra vida sobre la avenida.
Y un día se nos
terminaron los recursos. No hubo voluntarios.
Me tocó a mí,
muerto de miedo, esperar, explicarle al Dragón que llegó a las
veintiuna, que ya no teníamos más ofrendas.
El se quedó
pensativo; sus fauces despedían un fuego azul, tenebroso. Nosotros
encogidos de temor, culpables, echados de hinojos, llorosos y
cobardes, esperábamos su furia, su venganza fabulosa...
Y luego
desapareció.
En su lugar una
lluvia terrible nos anegó de pena, sabíamos que su código nos
castigaba.
La vida común
había muerto...
El cielo después
de horas se abrió..., y unas estrellas menudas ocuparon la noche,
intensamente fría para ser enero, y entonces la angustia de no
tener al animal fabuloso protegiéndonos la vida común, nos inundó
el alma de tristeza gris.
Ya no habría
viernes, ni ofrendas, ni víctimas que aseguraran nuestro tiempo.
Todos hicieron los bártulos, se fueron y dejaron el barrio de la
avenida Pellegrini, que ahora esta ocupada por mendigos y bolivianos
que hubieron de haber sido excelentes víctimas para el Dragón.
Pero sobre la
avenida ya no quedan victimarios.
Julio Ramírez
DIDASCALIA
En el Taller, Julio Ramirez, Cintia Pinillos y Susana Retamero
trabajan conjuntamente en la voz pasiva y el infinitivo. Jugar y
trabajar, compartir la experiencia de escribir y tratar de crecer
como escritores es quizás la consigna.
El tiempo es deshilachado por las preguntas. Volar entre sus nubes
perfecciona nuestro tedio.
El tiempo es padecido por los esperadores. En callar en su dilatada
angustia nos sumergió en sus plumas invisibles. Nos ensimismó en
su mismo latido. Nos mimetizó en su nada.
El tiempo fue olvidado por los hombres que vivimos dentro de él
desde entonces.
Julio continúa el desafío y retrabaja la consigna. ¿Puede
adivinar cuál es?...
Se disuelve Genoveva en las tardes silenciosas. Morir en las siestas
poco a poco, descubierta su melancolía al ataque del dolor,
acabando por mimetizarla entre las hojas secas.
Se escuchan sus adioses húmedos. Revolver la memoria de cada piel
sucedida, componiendo recortes desparejos.
Fue muy amada Genoveva. Desarmar, desguazar su vida es arduo, pero
latiendo en las paredes se va disipando todo.
¿Cómo haremos
para encontrar un camino,
una alameda, al menos,
que deje de separarnos?
Podés guardar
tu grito para cuando decida matarte.
No derrochés las súplicas,
no es tu momento.
¿Querés hablar?
Hacelo...
Pero después no empecés a llorar mineralmente
todos tus miedos.
Pueden, todavía,
llover ríos de sonrisas acarameladas,
queda mucho por no morir...
Para vos, claro.
A mí la vida se me curó hace mucho,
en vos sigue haciendo metástasis.
Pero después de la lluvia,
después del salado caramelo mineral,
gritá,
porque te mato.
Boca arriba,
suspirando burbujas,
mirándote
casi ahogada.
Y vos boca abajo,
mirando algaseamente
cómo me ahogo
mirándote.
Cuando un iguanodonte se instala
es para siempre.
No es fácil cuidar de él,
pero casi no hay que preocuparse
por alimentarlo.
Los iguanodontes son una rara especie,
engordan con los vacíos,
su postre preferido lo consiguen
en los matorrales de ausencias.
Cuando un iguanodonte se acomoda
en la cucha de un alma obstinada,
guerrera,
pueden pasar dos cosas:
o el alma es domesticada,
o el iguanodonte la domina...
Por supuesto,
para siempre.
Te parás justo en el borde,
de cada rincón de mi alma.
En silencio te parás
y mirás hacia adentro
con ojos de murciélago
frente al sol de la primavera.
Yo te llamo desde adentro,
yo,
desperdigada en los rincones.
¿Tanto miedo tenés?
¿Tan imposible es para vos penetrarlos?
¿O es que tu alma te atomiza
en sendos rincones
y tus ojos de murciélago
están solos,
sin alma,
tambaleándose al borde de mis abismos?
Cintia
Pinillos
Creerá el
hombre haber vencido a la naturaleza porque traspasará todos
sus límites. No cejará en su intento y alcanzará alturas
desmedidas en su
afán de capturar estrellas, hasta que al fin tendrá en su mano la
llave que
lo hará sentir dueño de los espacios siderales.
Pero sólo el águila será la que descubra el secreto.
Porque seguirá
soñando que es águila y que puede volar.
Porque engarzará
en sus sueños mareas azules, lunas de piedra y soles
blancos.
Porque remontará
en sus alas latidos de vientos susurrando sobre
marismas preñadas de sal.
Porque continuará
siendo parte del misterio.
Y sabrá siempre
del fugaz instante en que las estrellas se esfuman en el
bostezo de la madrugada.
A destajo me
acarician tus ojos.
A mansalva
agrietando mis
pretextos
apuntándome
coartadas.
Hay un cónclave
de estrellas
en las comisuras
de tus ojos,
de tus ojos
insistentes,
ignorantes del
instinto de mis manos
que olvidaron
el lenguaje de
las sombras.
Susana
Retamero
Escritores
invitados
Verónica
Streiger
(Paraná - Entre Ríos)
El era muy malo. Ella se dio cuenta cuando él dijo que los fideos
estaban pasados, y la miró con el verde de sus ojos y esta vez ella
pensó que eran vidriosos. El es malo, pensó y estuvo segura de eso
cuando él apartó el plato y leyó el diario mientras ella comía.
Con maldad,
supo ella, engulló en silencio el postre. Y en silencio después
durmió la siesta, apuntando con el ombligo hacia el cielorraso
caliente y más malo lo supo después, cuando en silencio, salió de
la casa con la cara marcada de sábana celeste y sin siquiera
haberle soñado un beso.
- Sos malo -
le dijo ella en la cena, después de que él apagara la radio muerto
de bronca porque Boca había perdido. Y agregó bajito, porque él
no contestaba: le voy a decir a mi mamá, y como él tampoco contestó,
le sacó la lengua.
- Si le contás
a tu mamá, yo voy y lo busco a mi hermano que es policía y te va a
llevar presa - dijo él poniéndose más malo.
A ella no le
dio miedo y dijo: entonces le cuento a mi papá que es más fuerte
que vos y tu hermano juntos.
- Maricona,
polleruda del papito - canturreó él bajito, y con malicia; como
hacía años que estaban casados sabía mejor que nadie cómo
enojarla.
-
Juguemos al doctor - propuso ella cambiando de táctica, bien sabido
que las mujeres son así, de tácticas cambiantes pero de
inmodificables intenciones. Se levantó la remera - me duele aquí.
El la apartó bruscamente - No quiero, al doctor no; juguemos al
ladrón y al policía, ¡yo soy el policía! ¡Canté primero!
- Bueno -
dijo ella cambiando otra vez de táctica, táctica por demás usual
en ella, como se dijo anteriormente. - ¡Yo soy la ladrona! y con
rapidez y sin que él se diera cuenta le robó la razón.
Así fue como
él se volvió loco.
- ¡Sos una
ladrona! ¡Yo soy el policía, sos una ladrona, yo soy el policía!
- dijo con la lucidez espantosa de los locos.
- ¡Dame la
razón! - exigió mientras caminaba de un lado para el otro de la
habitación y cerraba los ojos para ver mejor.
- Aquí la
tenés - dijo ella, pero él no la vio porque tenía los ojos
cerrados.
- Abrí los
ojos - quiso ayudarlo ella, pero no sirvió de nada porque él
estaba cegado por la locura.
El se quedó
así, caminante y ciego.
Y ella se
aburrió. Para desperezarse el tiempo, se arregló la uñas mientras
miraba la novela, perturbada constantemente por el zumbido que él
escupía sobre el lomo de las paredes. - Yo soy el policía vos sos
la ladrona yo soy el policía vos sos la ladrona.
- Cambiemos
de juego - propuso ella con ánimo bostezante.
- Juguemos al
doctor - él contestó: vos sos la ladrona vos sos la ladrona yo soy
el policía.
Entonces ella
se puso el vestido azul, ese que le gustaba tanto y que tan pocas
veces usaba, y se soltó el pelo para sentir cómo el vaivén sedoso
le acariciaba la cintura. Y después canturreando, dibujó una
rayuela gigante en el piso del living y saltando sobre un solo pie,
salió de la casa y se fue al cielo mágico de la calle, ese que
tiene veredas largas y techo cieloso y gente que quiere jugar al
doctor.
SOLIDARIDAD
Combativa,
grave
la voz del hombre
agoniza, sin entender
la propia esencia.
Neutro encuentro
del deseo y la palabra.
Envolver,
el aroma de manos
que se estrecha.
Disolver el ocre
del desencanto.
Encontrar,
horizonte cobre
en la mirada de otros
y acompañar...
solos, no somos.
Adriana
Mujica
(Ciudad de Bs. As)
COTIDIANAS
- 1
Te quise aún
condenado por los
disturbios, padeciendo el céntimo
en el pan, y las cuentas, las
ausencias infinitas.
Dado a lo doméstico, te quise entre
las llamas, herido por los presagios.
Diría que la vida, pájaro de alcohol
y tumultos, fue en nosotros apenas
unas palabras, sólo unos gestos
dormidos buenamente en nuestros
labios.
Cuchillos por
la sangre. Fina
aritmética.
Miradas imprecisas.
Diría que la vida fue en nosotros lo
que fue, y a veces participó la
muerte.
Pero aún así
esperé tu cuerpo
oceánico, fui fecundo y enhebré mi
risa en el aire.
Cotidiana
tersura, aún así pasé las
tardes, olvidé mis años,
y miré la lluvia
por la ventana.
Daniel García
(Rosario)
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