|
 |
Revista
Literaria N° 3
Palabras con
domicilio
Rosario - Santa Fe
Argentina
Julio, 2000
|
Por fin nos encontramos
nuevamente. Nuestro tercer encuentro, postergado quizás por la crisis de
fin de milenio o inicio del milenio (según el grado de malicia que uno le
atribuya al número cero) o por la crisis de la edad (como formamos un
amplio espectro de edades, léase la crisis de los 20 ó 30 ó 40 ó 50,
etc.) o por alguna otra crisis que pueda andar sobrevolando por Rosario.
Pero por fin nos encontramos, superando todo, amalgamados por la palabra,
apoyados en la ambición de seguir creando espacios distintos, esperando
compartir nuestro domicilio de ficciones, de fabulosas estrategias para
seducir a la literatura. Por fin, el tercer número, otro encuentro entre
mates y poesías, nuevas visitas que nos dejan su producción para
compartirlas con ustedes y como siempre, la ilusión de reflejarnos en las
palabras.
Alejandra Valenzuela
La tristeza de una flor
tiene la agudeza necesaria
para quebrar el silencio impertérrito de los cristales.
Un solo movimiento hacia la izquierda
de una margarita abandonada
y copas de cristal
(regalo de bodas)
cayendo de las estanterías.
Una mirada desierta
de una amapola engañada
y vasos, jarrones,
anillos impredeciblemente bellos,
repartidos por todo el piso
en un aniquilamiento perfecto.
Y ni que decir de las rosas
amarillas
cuando ya ni las contiene
la tibieza de lo últimos rayos del sol de las cinco o seis.
Entonces la ciudad es como un crujir de dientes
y nada es posible de ser hecho
sin antes pensar
que la tristeza de las flores
terminará por invadirnos
al doblar cualquier esquina
como pequeñas flores que somos,
obligados a exhibir nuestra tristeza.
Necesito una reducida
porción de silencio.
Si pudiera cerrar mi mano
y en ella encerrar todos los ruidos posibles,
extinguirlos como a un fósforo que se consume
entre mis dedos.
No permitir movimiento
que pretendiera irrumpir en el aire con sonido alguno.
No parpadear.
No acariciar.
No levantar la mano.
Menos aún, el movimiento gestándose,
como insinuar el amor con la mirada,
que provoca los ruidos más nocivos.
Rescato sólo los
movimientos involuntarios
que resguardan la vida y que a mi juicio son dos:
Respirar.
Amar.
El mundo no advertirá
diferencias
si sólo se detiene dos segundo por mi causa...
(son sólo dos segundos en un mundo donde el tiempo vuela)
...una causa fácilmente verificable en dos segundos:
...sólo quiero volver a sentir el murmullo de las flores.
¿Qué hace una flor con su
soledad?
¿La deja secar al sol?
¿La saca a pasear con el íntimo objetivo de abandonarla
en el parque?
¿Qué hace una flor
en la profundidad de la noche con su soledad?
¿La amamanta bajo la luna?
¿O la deja colgada de una estrella
para que se muera de luz?
¿Qué hace una flor en el sopor de la siesta con su
soledad?
¿Le promete un vaso de agua que no le dará?
¿Le canta canciones de cuna
que duermen para siempre?
¿Y si le enseña a volar para que parta
en busca de otras flores menos indecisas?
¿Sobrevive una flor sin su soledad?
¿O todo se trata de una
soledad
que hace y deshace con su pequeña flor?
Viviana Guida
Cancelé mis rumbos
en la inercia
de tus manos
y me espantó
tu estolidez
de babosa
persistiendo
en explorar
tan sólo
el costado equivocado.
Me refugio
en tu cálido latido
transito
los últimos recodos
de tu paisaje
y comienza
a tener sentido
la espera.
Y es entonces
tu incondicional
sonrisa
trepadora
de latitudes ignotas
la que me enmadreselva
los ojos
cada mañana.
Me asustan
esas lágrimas
sujetas
siempre
del borde
de las pestañas
de tu melancolía.
Hay una marejada
voraz
golpeando
detrás
del paisaje lunar
de tu mirada.
Susana Retamero
(TAN FRAGILES)
- Usted sabe, querido, cómo
son la dalias...
- Esas flores tan frágiles...
- Esas amantes de la noche...
- ¡Señora Etelvina...! - le reconvino el cabo - No estoy acá para hacer
poesía - le dijo, señalándole con la mirada adusta, el cadáver
encogido sobre el macizo de dalias echadas a perder.
- ¿Qué significan las rosas? - agregó punzante el cabo.
- ¡Ay... cabo... cabo, las rosas son las reinas, las reinas de...!
- El cabo la cortó con la mirada.
- Me refiero a las rosas metidas a presión en la boca, la nariz, las
orejas, del poeta muerto. ¿Era poeta, me dijo... no? - La apuró el cabo.
- Todos somos poetas, cabo. Usted mismo si quiere...
- ¡Basta! - gritó, ajustándose el cinturón del impermeable, en una
remanida perfomance televisivo.
- Señora Etelvina... mi querida señora Etelvina, usted tiene un cadáver
en su jardín, conoce al cadáver... así que... con la debida disculpa,
tengo que ser directo: ¡No se me haga la chancha renga!... ¡Por favor! -
el cabo fue directo.
Querida Etelvina:
¿Será posible que en
ésta, tu última esquela se haya deslizado sin saber tú, un sinnada de
tu perfume...?
¿Será posible que tu cuerpo no obedezca tu empecinada voluntad de negar
el amor...?
La casa, el cuarto, el barrio, el cielo, efluvia tu llamada.
Te quiero.
Poeta
Señor Poeta:
Esta es mi última
respuesta.
He decidido dejar de escribirle atenta a su empeño enfermizo de imaginar
cosas sin sustento.
Le cuento que vivo en una casa profusamente floreada, no por su pintura,
ni por sus paredes, que son grises, sino porque está rodeada de flores
atosigada de flores que en su impertinencia de protagonismo pueden
haberse colado, sin saberlo yo, en mi última esquela.
Lejos de mi está pronunciar fuera de la gris intimidad mi perfume, que si
existe es blanco porque aún no ha visto la luz...
Etelvina
Alba Etelvina:
Voy a apresurar esta
noche misma la madrugada de tus paredes grises, cuarenta metros nos
separan físicamente.
Vadearé tus rosales, mis ruinas y las feroces dalias que te abroquelan.
Esta noche misma cruzaré la calle para aspirar personalmente el perfume
de tu cuerpo subversivo.
Poeta a punto de cruzar la calle
Terrible, dulce invasor:
No venga
No estoy preparada.
No está preparado.
Están sí preparadas mis dalias y mis rosas, celadoras insobornables de
mis grises, verdaderas propietarias de mí.
No venga, no sea imprudente, no estoy segura que sea nuestra hora, no
estoy segura...
Etelvina en un mar de dudas
Amada prisionera de las
flores:
Estoy decidido, cruzo a
las nueve.
Poeta invasor
Querido poeta:
No venga, su vida corre
peligro.
- Hemos reunido estas
esquelas en el allanamiento practicado en la casa del occiso y en la suya
propia, de usted. - creyó conveniente redundar el cabo.
Etelvina, que hacía unos minutos de había acercado al borde de la
ventana y contemplaba las flores de su jardín dejó que blandamente la
esposaran. Era su culpa.
Curiosamente, la noche anterior, a las nueve horas, la calle estaba
despoblada. No hacía frío pero había una sensación opresiva, quizás
por la franca, la violenta luz de luna que caía a pleno sobre la ciudad.
(Estemos preparadas).
Abrió la pequeña puerta de jardín, recorrió el breve sendero. Era
fácil guiarse a través de la plateada realidad de esa noche de
conquista.
Aclaró la voz, se masajeó las manos que estaban ávidas de tocar su
cuerpo y apenas prestó atención a la rama que anudaba su tobillo. La
apartó, pensó en la piel virgen de Etelvina, quiso patear la rama.
Dejaba de pensar en el perfume de su alba virgen. Se paró para sacarse la
rama molesta. Pensó en sus últimos versos capaces de ablandar rocas,
luchó con la rama de mierda, cayó, se sofocó, se sintió aplastado de
flores, tomado por manos y tobillos de vegetales celadoras; sofocado por
dulzonas flores (nunca supo que eran rosas). Murió dulcemente floreado,
no por su ropa sino por la multitud de flores con que la realidad (la
otra) salvaba a Etelvina una vez más.
Ella miraba en el televisor la noticias.
Julio Ramírez
Con un do sostenido
el sol gritó la mañana
para despertar
a un mundo circunspecto
pero las ventanas se abrieron
quebrando indiferencias;
por eso, se pobló el aire de caricias
para endilgarle
erotismo a las margaritas.
Ambigüedad de una idea
neutra
neutra como cielo
despejado
despejado de ideas
ideas que dan vueltas en mis
entorno
entorno que me flagela sin
piedad
piedad que no tengo
conmigo
conmigo tengo furias
furias encadenadas por causas
endebles
endebles como hilachas en el
alma
alma que declina sin
querer
querer, éso es lo
importante
importante es querer
querer ser
ser.
Blanca Girotti
Enfrentadas, las dos,
abandonadas de aromas,
y despidiendo el borde geométrico
de la tersura, de mujeres mágicas,
solares insurrectos
un poco menos sabias
y antojadas de tierra.
Mirándonos desde la sepulcral ceremonia del pasado,
que se empeña en festejar adornados recuerdos.
¿Quién de las dos está muerta?
¿La que fue abrazada por un papel tornasolado
o la que masturbó el corazón
asesinando flores en los libros?
Estoy demasiado feliz para
estar muerta
y muy triste, verdaderamente, para estar viva.
Soy un corpúsculo de insomnio, cobarde que no sueña.
Un vientre vacío, un cuenco de miedos,
un volar rasante que se puede pisotear con descuido.
Soy una inerte columna que quiere reír con algún cosquilleo,
soy lo que era y ¡puta!, siempre seré.
Ni siquiera puedo irme sin que antes me ignoren
y no puedo ignorarme ni quemarme,
no puede agradecer con la voz suficientemente baja
como para decirte: por favor, no soy yo quien está en mí,
soy quizás, lo que alguien pretendió que fuera.
Tal vez pretendí y fui y estoy.
No puede aprender la
importancia de un otoño ocre
ni diferenciar si es mejor estación que una primavera.
El estudio de las sorpresas se me hace de un abordaje
extenuante
y hay veces que creo que algunas cosas me dejan sin aliento
por el sólo hecho del soberbio calor.
Hay tantas cosas que escapan de mis saberes,
hay tantos temas que acosan mi ignorancia,
hay tanto por estudiar, por meditar, por concluir...
todavía soy una niña que busca la mano gigante que la lleve.
Aún cuando que declare una erudita de mis limitaciones vitales,
me duele tanto que me hayas abandonado para aprender de las
ilusiones,
me duele tanto que ya no preguntes por los vuelos de los sueños;
cómo poder, entonces, aprender más y más de la vida,
si me enseñaste muerte.
Alejandra Valenzuela
MIRADAS
Desde mi ubicación
privilegiada, detrás de la doble falsa pared del cuarto trasero, puedo
ver cómo él mueve los brazos trabajando sobre la pasta. Lo veo de
espaldas. Estira los brazos, tensiona los músculos de su espalda desnuda,
inclina la cabeza hacia la izquierda. La pasta comienza a expandirse en la
mesa, chorrea por los bordes y, chirle, cae al suelo. Puedo oler la pasta,
su olor es agrio. Ahora inclina su cabeza hacia la derecha. Este
movimiento me permite ver el retrato que está colgado sobre la pared,
detrás de la mesa y la pasta, detrás de él y su espalda desnuda y su
cabeza inclinada, transpirando sobre el hombro derecho. Desde mi
ubicación el retrato es una mancha anaranjada y redonda, con dos
círculos más oscuros, grandes círculos, desorbitados ojos del retrato.
El retrato que ahora se esconde detrás de su cabeza que se inclina
nuevamente hacia la izquierda.
El hombre de corazón
destrozado se afana en que su obra adquiera forma, pero como llora
copiosamente, la pasta se ablanda y la figura comienza a caer, las piernas
se pierden, el torso; la figura queda enterrada en su propia pasta, casi
hasta las orejas. El hombre del corazón destrozado no se da por vencido -
ni de llorar, ni de trabajar -. Va a conseguir concluir la obra, obra que
contendrá todas las lágrimas, como una manera de contar la historia.
Mira el retrato de la mujer redonda. Lo mira demoradamente, mientras
continúa con su trabajo. Sus manos se afanan en la pasta
inconscientemente y en esos momentos en que su mirada se pierde en los
ojos de oscuros botones de madera, todo es precisión y belleza y la pasta
se eleva en el cuello y las caderas y las piernas, con firmeza, como si la
pasta chirle se sostuviera con el hilo invisible de los botones del
retrato que el hombre del corazón destrozado cose con todo el dolor de su
alma.
Desde mi ubicación
privilegiada veo cómo él intenta contenerme en un pedazo sucio de pasta.
Siempre fue tan torpe. Desde aquí veo cómo intenta que mi figura
aparezca entre la pasta chorreante. El siempre se ha pretendido un artista
y apenas puede con su cuerpo de pájaro después de la tormenta, después
de mí, de mi voz huracán diciéndole que me iba para siempre. Recluirme
en la doble falsa pared del fondo ha sido una buena idea. Es evidentemente
una ubicación privilegiada. Puedo ver su destrucción, puedo ver, aunque
sea borroso, mi retrato que es lo único que me evoca en esta casa, desde
que ella ha llegado para habitarla. Ella que conoce que yo también la
habito en la sombra. Ella que es cómplice de mi escondite porque quiere
verlo renacer. Ella que soporta y le ceba mates mientras él busca
torpemente mis formas en la pasta cada vez más sucia, ella que le cuida
las espaldas de mí.
El recibe sin mirarme el
mate que le ofrezco. Veo cómo juega con la bombilla antes de tomarlo, veo
cómo dirige los ojos hacia la pasta, la pasta que se desarma, él vuelve
a llorar. Puedo ver su piel que se estremece; entra una brisa helada. El
no gira la cabeza, él trabaja con la pasta y hay sonidos de mocos
contenidos. Miro hacia la doble falsa pared del fondo. El cielo está
estrellado. Cierro la puerta.
Te miro
y se me hace agua la piel
ahora que te vas;
porque te fuiste hace tanto,
porque me fugué hace tanto
de la fiesta que dejamos de inventar
tanto tiempo atrás.
No te sueño,
y encima te vas ahora de la vigilia,
con cuerpo y todo te me vas
de al lado;
ese lado mío
que poblabas con tus trapos y tus miedos,
que despoblabas
con tu pala cava huecos
de lados ofrecidos.
Miro como te vas
y me lluevo en la sombra de tu cuerpo
y acaricio el hueco a mi lado...
En realidad, hombre de fácil huir,
he dejado hace tiempo
de admirar tus partidas.
Las ratas de visita en este
cuarto,
las ratas invitadas al barullo de garganta contenida.
Infinitas ratas
ensañándose con los pocos muebles.
Las ratas disputándose mi bufanda de colores
con sus dientes de uñas,
con sus garritas cariadas.
Y yo mirando el paisaje,
girando frente a las cortinas cerradas,
mirando en cada giro
a las ratas barullando
frente al nudo marinero de mi garganta
que gira.
(Praga, 14 de octubre de
1999, revisado. Corregido en Rosario el 23 de enero de 2000)
Cintia Pinillos
MADERAS VIRGENES
Dónde andan los ruidos
dejados en la carpintería de ayer
adheridos de amor.
¿No es posible averiguar
qué pasó con las maderas
vírgenes
quedadas a la vuelta
de los días gastados
en un antes y un después
llenos de fatigas y corajes
y que hoy hacen sombra?
Dónde las noticias azules
comentadas en los bodegones
de un atardecer sin reparos.
Dónde los recuerdos agachados
moliendo lo cierto y lo incierto,
en la vagancia de una
hoja
que cae sin preguntar.
Y dónde la magia
o la inmagia
de un silbido aquerenciado.
Como si fuera poco
sigo preguntando
a este silencio deprimido
si me hospedé de repente
en aquello
desesperadamente fiel
a las cosas
que se llevan bien conmigo
y no me cansan,
porque son el declive
que no me deja
del otro lado
o me atora la vida,
como si esto también
fuera poco.
OTROS CATALOGOS
Se quemaron
todos los gritos
no está la voz,
después
fue evidente
la fiesta del silencio,
luego un cardumen
de miedos
sacó
instantáneas de colores
y se sumó a otros;
más tarde
suicidó
cuanto quería escribir,
(no hay vientos)
pero las páginas
buscan constancias
de otros catálogos
donde aún quedan
gritos
dentro de una palabra...
TODO ES LLUVIA
Hoy el aire acompaña
con un golpe en los oídos
y hay una crecida
de rotas sensaciones
espolvoreando
el maniquí acostumbrado
no acaban las visitas,
todo es lluvia
caminando ligero
en la escribanía
del alma,
que se aviva
y se hace tos
tirando de la manga
de la vida,
exigiendo la tierra herencia
laqueada de sudores
harto de estar todavía
en las solapas del sueño.
Raquel Piñeiro
Mongiello
POETA INVITADA
CONTORNOS
En espacios
entintados
buscaba
exactitudes
¿cómo hallarlas?
En la desnudez íntima
de la forma
una rosa cromática
se desmayó en la línea
que en apariencia
de vida
perseguía
el infinito.
Hallé sólo la gracia
inquietante
de la rosa
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
y el dios perdió su omnipotencia.
INVITADOS
En prostíbulos
de ángeles
faltos de amor
renovábamos nuestros votos
de valentía
y
hermandad
dependiendo del sigilo
en esas alboradas
claroscuras.
Grandes coros
sostenían
nuestra carnalidad
con refinamientos sinfónicos
... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
y hombro con hombro
exclamábamos...
Sí, quiero.
Clara Rebotaro
Rosario
|