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Sala Independiente - Rosario - Santa Fe - Argentina
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Palabras
con domicilio
Rosario -
Santa Fe
Argentina
Abril, 1998
Talleristas: Diana Comini,
Amalia Fiori, Blanca Girotti, Viviana Guida, Romina Magallanes,
Cintia Pinillos, Raque Piñeiro Mongiello, Julio Ramírez, Susana
Retamero, Alejandra Valenzuela.
Coordinadora: Lic. Ana María
Vettorazzo.
Poetas invitados: Mari Betti,
Susana Lobo.
Decir: hacer
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1
Entre lo que veo y
digo,
entre lo que digo y callo,
entre lo que callo y sueño,
entre lo que sueño y olvido,
la poesía.
Se desliza
entre el sí y el no:
dice
lo que callo.
Calla
lo que digo,
sueña
lo que olvido.
No es un decir:
miran,
es un hacer.
Es un hacer
que es un decir.
La poesía
se dice y se oye:
es real.
Y cuando digo
es real,
se disipa.
¿Así es más
real?
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2
Idea palpable,
palabra
impalpable:
la poesía.
Va y viene
entre lo que es
y lo que no es.
Teje reflejos
y los desteje.
La poesía
siembra ojos en la página,
siembra palabras en los ojos.
Los ojos hablan
las palabras
las miradas piensan.
Oír
los pensamientos,
ver
lo que decimos,
tocar
el cuerpo de la idea.
Los ojos
se cierran,
las
palabras se abren.
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Octavio Paz
Tu sonrisa es el declive
por donde se escapa la tarde
y ése es el lugar en el mundo
donde tiendo mi alma al viento.
Después finjo que regreso
y que no tengo alma
y me compro una a cambio de baratijas
y te reís
porque hay un lugar en el mundo
donde mi alma vuela.
Hay un espacio
libre
donde uno,
gracias a Dios,
puede enloquecer a secas. Es decir,
sencillamente loco, loca,
por un rato...
Después,
en puntas de pie,
uno regresa
a los verdes sitios de siempre
donde no se puede pisar.
Esta
"a"
no es una "a" común, vulgar
como de cama o vaca.
Ni es una "a" tradicional
de cuando
Sara amasaba la masa.
Tampoco es la "a"
de mi amar en sí
ni la de sus alas blancas.
Menos aún
es una "a" neo-tradicional
que pone sal a la masa de Sara.
Diría que esta "a"
es una "a"
de avanzada
y por eso la pobrecita
está de "atar".
Viviana
Guida
Cuando uno mastica un insecto
lo hace por distintas razones;
por el aroma encobrizado de sus antenas,
por el aplauso vidrioso de los árboles,
por fisiología básica,
para seducir,
para construir un castillo de vidrio
donde dormir
por hambre.
Desdémona es
mi nombre,
pero sólo a las doce de la noche,
en esos horarios me gusta ser esdrújula.
Pero no me atrevo a romper ningún sortilegio,
salvo que tenga que vomitar
desparramadas metáforas,
aceitunas rosas,
que caen en cualquier parte,
a veces, en la antepenúltima.
Alejandra
Valenzuela
La única manera
digna
de morir,
es caer
inadvertidamente
en un pocillo
de café.
Nada más
hermoso
que una lágrima;
su perfección
de espejo,
de cristal quebrado
lleva
un pedacito de alma
disuelto
para siempre
Julio Ramírez
Azul frío
distante
encuadrado en límites objetivos
traslada tu piel hacia la mía y se detiene
en el vértice exacto
donde el pulso intermitente
del latido
se hace trizas
regulando un sentimiento
que yace sin urgencias
en la caricia leve de tu mano.
La noche es un
sepulcro alado
negro y misterioso.
Sepulcro alado
de una luna enigmática
que nos mira conciente e irreverente.
Sepulcro que nos seduce
para atraparnos en él
y pulverizarnos en átomos sin luz.
Sepulcro alado, una noche
esta noche... que me eriza la piel.
Blanca
Girotti
A oscuras
Mientras
sobrevivo a la noche
lleno de alma las cosas,
me quedo solita
con mis pájaros,
con mi luna vieja,
como un pobrecito animal,
palpitando herido.
Y el silencio va goteando sudoroso
por la pared,
hasta que me humedece.
Llenar de alma
las cosas
es colorear
una llamita culposa y ridícula
en el medio de un poema alto
como un girasol.
Es saber que gotea el silencio
por las paredes
y dejarse humedecer,
límpido,
hasta la mañana siguiente.
Veo Veo
Hay un mar
obtuso
que ciñe de sencillez
la pared de mi cuarto.
Hay un mar que
de obtuso
se pierde en paredes de cuartos.
Hay obtusos
mares, más allá
de paredes y cuartos.
Amalia Fiore
Me mira,
como a un cuenco.
Como a una cúpula de piel
con huesos doblados.
Mira.
Mi cóncava espalda.
Mi médula embarrada.
Mi vientre de olla sucia.
Se mira.
Su anémica gloria.
Su ser muerto.
Su nada.
Desempaco a los
otros
a las ruinas escuetas de la fe,
al cilindro por donde corren
líquidas visiones.
Caigo,
como una carnosidad
como una verruga
de un brazo.
Toda una sombra
en la intemperie
dialoga,
a voz oscura:
-siempre- dice
siempre,
palabra de sombra
que quiere desafiar a la muerte.
Pero ya no hay boca,
ni hay órgano,
en lo oscuro.
El silencio enajenado,
el recuerdo del túnel
donde cruza la sombra en perspectiva,
mala y caliente,
detrás de las espaldas.
Romina
Magallanes
Que sea el dolor superior.
Que sea la muerte emotiva.
Que sea el dolor arrancando, uña a uña,
las pupilas estrechas.
Que sea el silencio subvertido
por el trueno,
por la impunidad nauseabunda
de este paréntesis,
que pone en suspenso
la conocida trampa de la esperanza.
La idea,
o la mueca de la idea,
o la cáscara sangrante
de la idea,
que ya emigró
buscando nuevos disfraces.
Cintia
Pinillos
Al fin de
cuentas otra vez
como otras tantas,
los renglones dictan
una a una las lágrimas.
Y donde no los hay,
se inventan nombres
parafraseando personajes.
Otra vez como otras tantas
mil veces y otras cientos
de miles de veces.
Se describe el desasosiego
de saber que en los millones
se encuentra a uno mismo,
en un poema.
Otro se fue
porque era rostro.
Un estorbo de multitud
un enjambre de agobio,
un poeta muerto.
Otro se fue porque sabía
que el hálito de un amor
fue coincidencia.
Otro se fue porque es más corto
suspirar, que un retiro
o un soslayo.
Y más largo observar
que ser paisaje.
Otro se fue, no yo,
ni ellos,
nosotros,
que aún en la inconsciencia
miramos sin ver
el efímero círculo
de lo eterno.
Diana Comini
Hoy quiero tener
una cita
así como así
y esconderme
a retocar palabras,
para qué, no lo sé.
Porque en esta
taza de café
hay una procesión de espejos
y un desgastado llamado
preguntando:
qué no nos dimos
en esta porción de vida
cubierta de nosotros.
Alquimia en la
imaginación,
que tal vez no termine nunca
de atarme y me deje
la sílaba original
de una palabra balsámica
que decodifique la tristeza.
Este crimen de
vivir
a la intemperie
con todas las sinfonías
estrangulándome el alma,
este forcejeo sin sentido
que me arroja afuera
y espera enjuagarme
en alguna parte,
esta ventana,
esta tarde abstracta,
estos libros,
este incendio
envenenándome de arpegios,
este ahorro de palabras
que metí en alguna parte
para esconder un nombre
y esta sensación a la deriva
que no ha muerto.
Raquel Piñeiro
Mongiello
Palabras nacen
¿nacen palabras?
¿O sólo son sonidos
disfrazados de cordura?
Se deslizan
furtivas
se escurren
en alcantarillas recónditas
para huir de la luz
que las desnuda.
Entonces mueren.
¿Mueren entonces?
¿O sólo mutan
enquistándose en la angustia?
Las mata el silencio.
¿El silencio las mata?
Hay una tenue
niebla
de llantos devastados
que no se resigna a evaporarse.
El viento,
entumecido,
desiste y se repliega
al borde del abismo
y condena
a la última estrella
que se apaga
en un estertor
de sol mutilado.
Susana
Retamero
El cerebro
nadaba en la pobre cabeza empobrecida de ideas, los brazos escuálidos
se parecían a los protagonistas de mi próxima novela. Los hombros,
a pura pérdida, se habían caído, aunque con cierta piedad, todavía
se sostenían en un filo. El pecho cargado de suspiros denotaban un
verdadero esfuerzo y no quería perder su derecho a respirar. El estómago
vacío por culpa ajena, ya no gritaba. Un vaso de agua de vez en
cuando cantaba un glu glu y le hacía perder su dignidad. El hígado
dormía por exigencia propia y los intestinos jugaban a
verdad-consecuencia. El sexo se miraba desolado en el piso, encerado
por desgracia, donde se reflejaba para preguntarse: ¿ése soy yo?
Las piernas dobladas en las rodillas se observaban bruscamente
marcando un compás de bostezos largos y parecidos al vaivén de los
carteles sueltos, balanceándose después de una tormenta y sin éxito
para caerse. Los pies, menos educados, ni siquiera se saludaban.
No obstante, aún
estaba la palabra. Casi a salvo, pero petrificado. Esa palabra que
todavía no se había vuelto arbitraria y pedía a gritos ser
salvada, por el resto de lo que aún había para resucitar, por lo
tachado para reconstruir, por el saludo a los muertos fríos, para
entrar allí donde ellos no están y dejan de doler, para hacerse la
idiota y usar nuevos trucos en los sueños que ruedan boca abajo y
convocan al humor, para admirarse, para no parecer grotesca en sus
carcajadas, que suelen despertarla para no ser un olvido más.
Raquel Piñeiro
Mongiello
El secreto
El día que morí
era un día húmedo y caluroso, esos días de febrero largos y casi
insostenibles.
A pesar de ser
tan joven, como decía la gente, un mal congénito detuvo mi corazón.
El hecho ocurrió a la mañana cuando trataba de tapar con una crema
humectante los inicios de una delgada arruga.
La noticia salió
como un disparo; no tiene mucha importancia el orden, pero más rápido
que un chasquido de dedos. Se espantaron con ella vecinos, padres,
jefe, verdulero, tíos, compañeros de oficina, mi esposo Marcelito,
hermanos, compañeros del colegio, el cura del barrio, la ex novia
de mi primo, el mozo del bar. La verdad es que no quiero nombrar a
todos para no cometer ninguna injusticia.
Marcelito se
encargó de todo, como es su costumbre. Me compró una túnica
blanca con puntillitas discretas en los puños y el cuello y desalojó
el teléfono que está debajo de la escalera. Entonces me paré en
el pedestal que se usa para estas ocasiones y él se sentó enfrente
mío. Apenas terminó con los preparativos, empezaron a llegar.
- ¡Adiós Lila!
- me decían y yo sonreía estirando mi mano y dando un suavísimo
apretón.
- ¡Adiós y
gracias por venir! -
Mi sobrino menor
no quiso darme la mano, me sonreía de lejos. Mi hermana me dijo que
al nene le daban pesadillas de noche, que no lo quería obligar para
que no tome impresión de estas cosas.
Lo que sí me
asombró fueron los compañeros de oficina de mi esposo: no sólo
vinieron y me dieron la mano sino que hasta me juguetearon el pelo.
- "¡Adiós
piba, te vamos a extrañar!" - y se fueron al lado de
Marcelito, que como de costumbre se puso celoso y me tiró una de
esas miradas.
Mis amigas
empezaron a servir café, pero el calor era insoportable, así que
un par de ellas me abanicaban.
Las personas que
venían a decirme adiós, se amontonaban en la puerta; había unas
caras de tanta congoja que en cierto momento llegué a deprimirme y
tuve ganas de abrazarme a mi mamá, que pasaba una y otra vez.
- ¡Adiós Lila!
- ¡Adiós,
gracias por estar acá!
La verdad es que
todo estaba tan lindo, pero el calor aceleró la formación del
capullo. Marcelito fue el único en darse cuenta, se me acercó y me
dijo:
- "Ya es
hora".
Aunque nunca habíamos
hablado de la muerte, él sabía que yo prefería la dignidad; por
esos grandes detalles nos amábamos... cómo lo amaba...
Me llevó donde
están todos los capullos y me besó en la boca. Entonces descubrí
el secreto de los muertos pero no puede contárselo.
- ¡Adiós
Marcelito!
- ¡Adiós!
Alejandra
Valenzuela
Tengo un
inspector
¿Le sigo
contando, doctor? Me preguntó hacia dónde van los trenes. A mí no
me sorprendió, estoy habituado a estos delirios y le contesté lo
de siempre: "hacia donde nunca baja nadie". ¿Me entendió?
Aunque no imagino por qué su rostro anguloso y sensiblemente blanco
cargó con toda la respuesta, como si fuera de plomo. Y se fue, se
fue su mirada del árbol hacia... se fue, simplemente se fue.
Yo me fui también
hasta el banco a pensar. Necesitaba pensar en siluetas, en marchas,
en madrigueras de ratones... - "En paredes, en grillos y helicópteros..."
- dijo interrumpiéndome.
"!Espere,
espere!" - le señalé yo - "Este es mi pensamiento, ¿qué
está haciendo acá?, aquí soy yo el único que ordena. Yo soy yo,
¿me entendió?". Y otra vez el plomo de la palabra le arrebató
la órbita de los ojos y me preguntó si conocía los valles y los
diez puentes del paraíso.
!Imagínese
cuestionándome a mí sobre el paraíso! ¡Diecisiete veces me
arrojaron de él! Pero sé muy bien sobre sus puentes, llevaría
tiempo hablarle de esos tiempos, un tiempo que allá no existe.
Llevan todos a
un mismo lugar, la diferencia consiste en qué clase de espíritu
seas: hay puentes colgantes de madera para los aventureros o de
piedra, que son más seguros; hay puentes de hierbas para las almas
rurales y las más livianas. Por supuesto, hay puentes simpáticos,
¡no sin patios!, ¡simpáticos! Deriva de sonrisa, de chiste, de ja
ja ja o ji ji o jo jo.
Bueno, por las
dudas no rías tanto si es viernes. Porque los que ríen los viernes
lloran los sábados, consejo de doctor.
Sabe,
doctorcito, que mi compañero hace de inspector para mis adentros. Y
le cuento, me persigue tanto que yo le cuento. Nos sentimos el ratón
y el gato, pero cómo le voy a poner el cascabel al gato si es el
padre de mis hijos, de mi ideas quiero decir, de mis frases, que
creo inventar porque desconozco la necesidad de colaboración del
inspector en ellas. ¿Sabe?, el inspector siempre me está haciendo
preguntas, pregunta esto o aquello y abre grande sus ojos cuando
repito alguna frase; me da miedo equivocarme.
Una vez me
preguntó por qué no lloraba la fuga del sol y yo callé, hice un
silencio amplio como un bostezo y después le dije a ese inspector:
no lloro porque los locos reconocemos la belleza aún en las más
temidas huidas.
Amalia Fiori
La orilla
cercana
- Pero... ¿nadie
lo vio?
El olor del
cuarto era profundamente marino.
"Aire de
alta mar", se dijo el comisario, que aunque sólo había
cruzado hasta la isla a comer algún asadito, tenía una imaginación
bravía y había andado lo suficiente como para sentir, en ese cubículo
de tres por cuatro, el aire del puerto, la tristeza que se pega a
los vapores que vienen de lugares inverosímiles, las huellas que
dejan en los buques los dedos del océano.
- ¿Sabía
nadar? - preguntó por preguntar, porque era comisario y tenía que
decir algo.
- Sí... más o
menos... era un hombre prudente, daba algunas braceadas en la pileta
del club, ¿vio, comisario? - dijo la madre mirando absorta el cadáver
de su hijo ahogado extrañamente la noche anterior.
- Bueno,
sargento, busque alguna nota, alguna explicación. Esto me huele a
suicidio. Busque, sargento, busque...
- Ya lo hice, mi
comisario, pero no hay nada. Esto es muy extraño. El finado, perdón,
el occiso, medía más de un metro noventa...
- ¿Quién fue
la última persona que habló con él? - preguntó en voz baja el
comisario.
- Yo, señor -
le dijo la madre y agregó - me dijo "hasta mañana, mamá"
y yo le dije: "hasta mañana, hijo". Nada más.
- ¿Nada más...?
Pero él, ¿cómo estaba?, ¿tenía problemas, estaba mal, bebía,
tenía amantes, jugaba...? - le preguntaba atropelladamente el
comisario.
- Sí... un poco
de todo. Estaba un poco deprimido, pero no como para hacer ésto. Yo
siempre le decía: "hijito, luchá por lo que querés". Y
él luchaba, trabajaba, jugaba numeritos a la quiniela a ver si se
salvaba.
- Pero andaba
mal. De plata, de amores, de ánimo... "No te dejés vencer,
hijo, le decía yo..."
- Y sin embargo,
señora, ahí lo tiene... Ahogarse en un vaso de agua... - Busque
una cucharita, sargento. Saquemos el cadáver...
Y el comisario
se preguntaba cómo mierda haría el sumario de aquella muerte patética
de un hombre de un metro noventa, que cansado de vaya a saber qué,
se dejó morir en el vaso de agua de su mesita de luz, al lado de su
pañuelo de mano, de su llavero y de algunas monedas descoloridas...
Julio Ramírez
POETAS
INVITADOS
Sentada en las
veredas,
una quietud lúcida
vigila el sueño de los pájaros
y el deambular del pueblo.
Por las últimas
callejas,
rumbo al cerro,
un caracol sin dueño
desdibuja en la tierra
las huellas de algún sueño
aún no escrito.
Se quiebra el
mediodía
sobre la sombra tutelar
de los aleros.
Voces de poetas
agujerean el silencio
de la casa.
En los ojos:
detrás de la pantalla
rutinaria del cansancio,
se delata el brillo
de la herencia en vuelo.
Taciturno, detrás de una ventana,
Lugones corrige - mentalmente -
algunos versos olvidados.
Afuera, en su
desvelo centenario
la quietud de la tarde
continúa sentada en las veredas.
Mari Betti
(La Carlota - Córdoba)
La última
batalla
Con tanta fe
como un grano de mostaza
podéis mover montañas.
M.T.: 17:20
I
En la penumbra
de la sala
ángeles sin rostro
viven el castigo de los hombres.
Santos en sus hornacinas
dioses decapitados
vírgenes mutiladas
guerreros de mitos y epopeyas
sin pedestales
personajes del clamor humano.
II
En la calle el
nuevo Hijo del Sol
encamina sus pasos.
En el valle o la montaña
imperios construídos por gigantes
ciudades habitadas por hormigas
encierran anillos de fuego.
(El silencio se engarza en los oráculos).
Sólo el hombre
blanco
lleva un grano de mostaza.
Susana Lobo
(Río Ceballos - Córdoba)
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