Sala Independiente - Rosario - Santa Fe - Argentina 

 

 

 

Revista Literaria N° 1

 

Palabras con domicilio

Rosario - Santa Fe
Argentina
Abril, 1997

PALABRAS CON DOMICILIO, tiene la ambición de proyectarse desde Rosario y acercar voces del país, estimular un intercambio, porque como dijo Mafalda:

"¿Pensaron alguna vez que si no fuera por todos, nadie sería nada?"

Y no seremos nada sin ustedes. Por eso, compartir esta aventura con el deseo de asomarnos desde el número uno de nuestra revista e incorporarnos a tu universo, que tal vez sea el nuestro. Saber cómo somos y mantener el ideario de la palabra como expresión genuina en este mundo lleno de anomalías (pero nuestro mundo al fin), sea nuestro común denominador para encontrar un sentido mágico a la realidad, aunque no podamos cambiarla.

Y tal vez, encontrarnos sea el motivo que nos conduzca hacia un compromiso vital con la cultura. Y ese proceso sea también el primero que nos muestre, a través de las distintas manifestaciones, la forma de mirar nuestra cuestionada identidad.

Raquel Piñeiro Mongiello.


Mucho se ha dicho sobre lo que es un taller de escritura; sobre la importancia que tiene en el proceso de creación la interacción con el grupo, la fluidez en la búsqueda de ideas y en la re-creación permanente de palabras y símbolos. Pero (Y he aquí el punto crucial de la cuestión), tal vez la pregunta por hacer sería: ¿sirven realmente lo talleres de escritura? Para evitar el riesgo de caer en teorizaciones que sólo abordarían la respuesta en forma tangencial, relataré brevemente un encuentro de talleristas, de los tantos que compartimos en estos años. "Sábado. 18 hs. Tarde de otoño. Entran Viviana y Cintia, sorprendidas de haber llegado puntualmente, saludándonos a Julio (quien ya va por su segundo mate) y a mí. Con su habitual locuacidad, se atropellan por lograr el protagonismo en contar las novedades de la semana, mientras ingresa Blanca, con las facturas y la sonrisa siempre dispuestas. A medida que vamos subiendo al "taller" (entiéndase por ésto ámbito físico dispuesto a los efectos del encuentro) se escucha la dulce voz de Raquel pidiendo disculpas por la tardanza, al mismo tiempo que Susana pugna por estacionar su moto en el patio, demorada por los saludos afectuosos de Amalia y Alejandra. Ahora que estamos todos, nos acomodamos alrededor de la larga mesa. Comenzamos a trabajar. Cada uno saca la producción de la semana para ser leída y analizada por el grupo, mientras se suscitan comentarios varios: recortes de diarios con datos de certámenes literarios, Viviana festejando el éxito de un examen de su carrera, Cintia y Alejandra discutiendo sobre el cero y su ingerencia en la poesía y Julio recomendando el último libro que leyó. Se impone el silencio y comienza la lectura. Las palabras, como ángeles sin dueño, comienzan la azarosa tarea para la que fueron creadas: despertar los sueños, convocar las sensaciones, desnudar bellezas y abrigar soledades, conjurar colores y aromas de otros tiempos, de otros mundos. Nos cuesta sustraernos del encanto. Somos rehenes de esa bruja hechicera, palabra misteriosa que nos cambia la vida en más de un sentido. Está oscureciendo. Alguien enciende la lámpara que mira hacia el oeste. El momento esperado está llegando. Se afinan los instrumentos. Es hora de parir, de dar a luz. Entonces, comenzamos a crear:

 

Poema colectivo

Desde donde comienza el aliento
supe que amanecía en tus besos.
Diseñarás un nuevo abismo
y firmarán tu obra mascullando soles.

Se asombran mis manos
entre tanta ternura desvestida.

Si pudiera al menos
descifrar de tus ojos misteriosos
cábalas de luz.
Encadeno el delirio
de mi sangre
al perímetro preciso de tu piel.

No es un hecho de temer
apenas tu cuerpo desdibujándose en la tarde.

El hijo ha nacido y como tal, sólo le pertenece a la vida. ¿Para qué sirve crear un hijo? La respuesta sólo es posible encontrarla en el universo de cada uno de nosotros mismos.

Lic. Ana María Vettorazzo
Coordinadora del taller literario "El vellocino de oro"


La holandesita estaba parada en la esquina del 122 desde la tarde anterior.
Había empezado a llover temprano y siguió por la noche, la calle se raleó de gente y los muy poquísimos pasajeros que hacían señas al 122 salían apurados y mojados desde sus refugios en zaguanes y aleros.
Nadie reparaba en la figurita estoica junto al poste. Los choferes también la ignoraban.
Era una mujercita leve y erguida, con su sombrerito de dos puntas hacia arriba, en paralelo a sus graciosos zuecos enormes y marrones, que sostenían unas piernas con zoquetes blancos y un largo pollerón carmesí tapado por delante por un albo delantal.
El agua resbalaba a chorros por los pliegues de su vestido, por las proas de sus zapatones, pero no mellaba, no hería, no modificada su perfección de terracota vitrificada.
No era la primera vez que alguien o algo dejaba figuras de loza, estatuas, que permanecían a la espera del 122.
Una vez pude ver cómo, aspirantes a pasajeros, subían con cuidado las figuras y el ómnibus tardó en arrancar, como si algún problema, algún pleito, demorara su partida.
El personal de conducción de los vehículos de pasajeros es inestable y caprichoso. El 122 es un poder dentro de otro poder, un feudo misterioso, temible.
La noche de la holandesita me acosté tardísimo. Tenía algunos trabajos por terminar, planos de estuches para la infidelidad y el control de materiales para la caja de la tristeza, pero la figura mojada me clavó en la ventana hasta muy tarde.
Me desperté temprano y fui directamente a comprobar que aún seguía allí. Alguien o algo o ella se había dado vuelta, como si francamente mirara desesperada la ruta que, desde un muy lejos sur, traería al 122.
El agua caía sin apelación. Me vestí, tomé el paraguas, bajé.
Era jovencísima, diáfana. Sonreía inefable, con sus ojos azules velados por las pequeñas cataratas de lluvia que caían de las puntas de su tocado holandés. Tenía las manos debajo del delantal, en bolsillos seguros donde, a mí se me puso, guardaba hierbas, aires o piedritas de extraños lugares.
La cubrí con el paraguas.
- Ya debe venir - dije. Y efectivamente al momento, un 122 ballenáceo y malhumorado, paró. Me di vuelta para recoger a la holandesa y sentí a mis espaldas el estrépito de las puertas al cerrarse y un apresurado arrancar del ómnibus, que se perdió inmediatamente en el aguacero.
Con la holandesita en brazos, sus ojos azules sobre mis sienes, las puntas de su sombrero revolviéndome el cabello, parado en medio de la calle, me sentí desalentado.
- No lo conoció - , sentí a mis espaldas la voz de cigarrillos negros del viajante del cuarto, que se tapaba con el portafolios chorreando agua.
- ¿A quién? - le pregunté yo, con la holandesa acurrucada sobre el hombro.
- A usted - me dijo divertido. Y agregó:
- Nosotros siempre subimos con ellas - y señaló a la holandesa.
- Dígame - le pregunté - ¿Siempre hay holandesitas esperando el colectivo?
- No. A veces soldaditos con morriones de granaderos, elefantes blancos con billetes en la trompa, réplicas de Evita, bahh... varias cosas - me dijo escrutando al sur.
Al momento se volvió y me arrebató la muchacha de mis brazos y se paró en medio de la calle, justo cuando paró el 122, que lo engulló a él y a la holandesa. El agua cubrió todo. Yo noté la falta del paraguas en mi departamento.
Por algunos días no trabajé, Por el living y la cocina, en el dormitorio, en el palier, en la bañera, se amontonaban proyectos y materiales para la construcción de mis cajas y estuches de guardar todo. Pasaba horas en la ventana, pero ninguna estatua esperó el ómnibus por días.
A la semana me puse a trabajar en una caja para guardar holandesitas. También, en un proyecto ambicioso que me daba miedo: guardar 122. Miraba unos galpones abandonados en la manzana de enfrente, calculaba volúmenes, ideaba cerramientos acordes, multiplicaba superficies de boletos por metro cuadrado y miraba la ventana.
Un lunes por la mañana apareció un buda en la parada. Tendría un metro y pico y era ocre. Un pibe de la secundaria lo subió y el ómnibus arrancó sin más.
Los budas eran fáciles de guardar, la madera era su ámbito natural.
Yo me preocupaba por los elementos que usaba para guardar todas las cosas. Por ejemplo, después de mucho tiempo, había dado con el estuche de los vientos: un gallo de hierro que había sido veleta en un antiguo edificio y que recaló en un miserable corralón. Inmediatamente me llamó la atención su calidad de hueco. Lo compré por monedas y me lo llevé. Pulido hasta el cansancio por días y semanas apareció debajo del verdín, la soberbia opacidad del metal.
En la nuca del gallo, debajo de la cresta, le hice un pequeño agujero. Allí metería los vientos y luego los aprisionaría con cera, de esa con que las avispas amarran sus panales para que ni siquiera un pampero se los arrebate. Un día de éstos, lo lleno.
Después del buda empezó un invasión silenciosa. Al mediodía apareció una oca con las alas desplegadas y toda su cría de patitos que picoteaban desde su inmovilidad, la aridez inmutable de las baldosas. A la hora, los patos habían sido cargados por la enana del cuarto que, a las catorce puntual de la tarde, sale para visitar a su primo normal de barrio Triángulo, enamorado de otra enana. Romance que ella desaconseja, según me confió en el ascensor alguna vez.
Esa misma noche se juntaron una pareja de chinos con sombreros cónicos; un Sarmiento pequeño (sesenta centímetros); Hansel y Gretel de la mano; un Perón de tamaño natural con los brazos en alto; una muerte huesuda con melena de calas pequeñas y la guía de las calles de Rosario en las manos de yeso.
Pero también aparecieron figuras en la esquina visible desde mi ventana, en la vereda de enfrente y en algunas puertas de los edificios alejados.
No era domingo ni festivo, pero aquel día, ya bien entrada la mañana, el tránsito de 122 había cesado por completo. Tampoco circulaban personas.
A mediodía, la pueblada silenciosa de figuras inmóviles era una muchedumbre abigarrada, un muestrario de todo el universo.
Noté que muchas de las estatuas miraban un punto que escapaba a la visión de mi ventana. La abrí y saqué medio cuerpo afuera. Desde aquella riesgosa posición puede observar toda la avenida.
Hasta donde me alcanzaba la vista todo era un mar de cabezas humanas y de animales, sombreros, frondas de algunos árboles, trompas de animales raros, sombrillas, reluciendo enlozados al sol.
En la bocacalle de aquella esquina, en un círculo, la estatuas contemplaban un enorme ómnibus de cerámica amarilla con los números del 122, atrapado en plena marcha desaforada.
Debajo de sus ruedas delanteras, un hombrecito de cristal opaco, con mi ropa, con mi cara, con mi paraguas perdido en las manos, estaba desecho sobre el pavimento limpio.

Julio Ramírez


¿QUE ES POESIA?

El primer el grito que nos impulsa a escribir determina un ritmo y es la percepción la que peregrina en las sensaciones del poeta. Tras el impulso de la palabra que clama dentro, por la sublime locura del verso, está la inspiración, que como dice Octavio Paz: "es esa voz extraña que saca al hombre de sí mismo para ser todo lo que es, todo lo que desea, otro cuerpo, otro ser".

Por cierto existe una relación entre el poema y el autor y va implícita porque desencadena un estado que puede ser tan breve y apasionado, como desconcertante por lo fugaz; es el impulso que clama, embriaga, obliga a la palabra a su manifestación más genuina y somos concientes que nos desmenuza en lo legítimo del alma. Ese latido circunstancial nos funde en sonidos que golpean un y otra vez por territorios de la vida y nos transita a fronteras donde las sensaciones cavan en los estratos más profundos, transcendiéndonos a nuestras búsquedas más elementales...

Poesía, oficio de poeta, provocativo, impreciso, lágrima abierta, parto y rotura desparramada en páginas que quedan o no, pero estuvieron repitiendo huellas de pájaros rondando ramas, con horas de impaciencia, de silencio callado que nos suicida en la entrega y es misterio porque también es espejo recordando llanto, almanaque atemporal de tristezas acodadas en los rincones, desdobladas en las ausencias y regresando en la voz del poema, que reclama o dice siempre algo extraño, puro o impuro, vacilante o no, donde todo tiene la duración de un instante en la fluctuación del alma y ese recurso humano revela una ética a dos polos, peligrosa o no, pero en una alada libertad interior.

Raquel Piñeiro Mongiello.


Lluvia blanda
                  cayendo
                      del borde
                  de la tristeza
                  de la falacia
        de esta primavera de entrecasa
        desmitificadora de equinoccios
Lluvia blanda
                  desangre de un cielo
                    ablacionado de sol
                       presagio de días
                    perpetrados sin aviso.

 

Florecerán soles
reptarán salamandras de fuego
en espejismos de asfalto
brotarán aromas,
zumbidos,
sudores,
hasta que enloquezcan las cigarras
y gorgoteen exhaustas
sus voces de metal
y cuando a los renacuajos,
sibaritas de aguas espectrales
los sorprenda el plenilunio,
parirán estrellas oscuras
en cielos estancados.

Hasta aquí llegan
las palabras verdes
que en contados instantes
gemirán de amarillo
cuando ya no sirvan
para embozar
este destino irreversible
de había una vez.

 

Entre tantas pequeñas
muertes crujientes
¿Habrá alguna premeditada?.

 

Susana Retamero


Rotulando frascos
de esencias invisibles
paso una parte del día.
Otra parte la ocupo en vaciarlos
para colocar en ellos
con el mismo rótulo
lo visible y tangible.
Ejemplo: palabras igual poesías.

 

Incrédula de su destino
la niebla cubre la ciudad
se expande por terrazas,
patios, balcones,
suavecito se filtra por las cerraduras,
acomoda su gris humo
sobre sillones y cortinas,
se hamaca sobre el cuadro de Juan,
lo roza como si tuviera alas,
para perderse en la cocina.
La niebla ya está en la casa.
Incrédula de su destino
permanece tendida
jugando a ser poderosa
tener el mundo en su flaca espesura
pero... una mano pequeña
abre una ventana.
La luz
reflejo obstinado del sol
quiebra con depurado equilibrio
su espalda.
Y allí, en la casa
cerca ya del final
sigue incrédula de su destino
cubriendo el retrato de Juan.

Blanca Girotti


Vomitar,
secretamente,
todas mis presencias,
expulsarlas de mi sótano,
desterrarlas de mi cuarto,
suicidarlas en mi azotea.
Filosofar sobre el ser,
ahora,
ausencias,
todas,
juntas,
desfilando por sótanos,
cuartos,
azoteas.
Odiar,
ahora,
odiarme,
por ser,
todas mis ausencias,
ser sólo mis ausencias.
... Y refundarme,
humildemente,
en toda la casa,
por última vez.

 

Trasplantarme en la incomodidad de los otros
    y que sean los otros los que se ocupen,
         los que abaraten mi densidad de roca
  y camuflen en alguno de sus infiernos personales
                    mi pletórica existencia de rana.
                              Suplantarme por la deseada comodidad
                                                                 de la sombra.

Cintia Pinillos


Un ocaso ventrílocuo
se invade,
con sueños de letargo
y suspicacias.
Su incendio mórbido
momifica,
los roces apurados
de las ramas.
Sus señas evaden
algunos vuelos.
Y en la impostura
de su último aliento
roba un retazo
de la soberbia,
en la gota agónica
de los campos.

 

Seda de ayer
manto de luna
un llanto proclive
a la indecencia.
Junto a su portal
se oscureció la noche.
Junto a su ventana
un beso descarnado.
Y en las noches en que se enredan
los sueños
un perro aulló su orfandad
desde el vértice de su cuarto.

Diana Comini


Busqué en tu cara de niño dormido,
mirando si la inocencia se vestía de azul,
entregándome el verde, pintándote de blanco,
destapando la primera emoción,
y lloré.
Te ofrecí una lista de quejas coquetas,
una carta que encontró tu paloma,
el escondite,
la condición,
y las últimas lágrimas que mi cuerpo vendía.
Siempre quise al siempre,
por eso te busqué, lloré y me vendí,
por eso mis relojes no descansan
y los tiempos me desconocen.
Soy mi propia extraña
soy el fantasma
soy la mirada que sobrevuela el calor de tus ojos
que no me atrevo a mirar.
Siempre seré fiel a mi siempre
aunque encarcele a la historia.

 

Siempre quise tenerte en una fábrica de rosas
porque ellas me dicen que son dóciles con tus verdes
porque el perfume terruño de sus casas empapa los veranos,
bolas de sol con frías muñecas charlatanas.
Además los pétalos valientes de tus extravagancias
descubren el legado de fantasía, que amasó
mi pequeño dedo dentro del alma de tu mano.
Por eso quiero una fábrica, que deseche aquel reto,
el comisario de tranquilos fantasmas
que se asustan con un bú en la madrugada.
Porque te quiero y no soportaría una soledad eterna,
verdaderamente vacía,
quiero tenerte en espumas de rosas,
mirar las pestañas del cielo y reír en tus ojos
adivinando la dulzura de tu redondez
que desparramó mi voz
cuando te nombró.

Alejandra Valenzuela


Tengo un pequeño
cisne azul
en mi cerebro,
o palabras,
o poesía.

 

Después de la lluvia
algunos bichos cantan
las hormigas se remojan
en las canaletas
mientras otros,
después de la lluvia,
lloran el triste destino
de la flor.

 

En algún paraíso
de manzanas azules
la víbora del principito
querrá engañarte.
Como es una boa
y ya se tragó a un elefante
podrá absorberte despacio
si no escapás rápido.
No pasará mucho tiempo,
sucederá en el próximo siglo
cuando la tierra sea un desierto
y la gente
deje de leer libros.

 

Un girasol
de ocho pétalos
daba vueltas
en un florero circular
del living.
Daba vueltas despacio,
melancólicamente,
buscando un poco de luz.

Amalia Fiori


El mío es un continente que se busca.
Un continente de islas desparramadas
bohemias de un mar con peces,
de un árbol con nidos
de una mujer y un hombre.
Una tierra
donde no hay huesos que dilaten memoria
ni meses enteros.
El mío es un continente alérgico,
pesado,
con calambres de superpoblación
y baldío,
con cadenas de enjambres de pájaros
y a veces un sol incoloro
que miente un amanecer y se queda.
¿Cómo ocuparlo?
¿Cómo hacer una casita
en un continente no localizado,
apenas explorado,
tridimensionado en mi alma?

 

Tu lengua de humo
blanda en mi saliva
como un musgo
humeando olor a beso,
tu lengua de sastre
que me viste
humedeciendo las mangas,
el cuello,
tu lengua enredada
en un paladar
ingenuo de vos, de tu humareda,
invulnerable a este incendio
que carboniza mi ropa
y ampolla tu piel.

Romina Magallanes


Mi corazón
destila manantiales cuando te ve
y por donde voy
quedan charquitos de mi amor líquido.
Vos
que conocés mi debilidad
aprovechás
para revivir tu maña preferida
y como hombre dorado que sos
que sabe entregarse y deshacerse
te recostás sobre mi corazón de agua
como un puñado de arena.

 

Cuando me enamoro
se me llenan los ojos de agua.
Me inundo
y empiezo a navegar sobre mí misma.
En las tardecitas frescas
por el lago que se forma entre las costillas
saco a pasear mi nuevo amor.
Luego,
si ocurre que mi amor se agranda,
formo mares de prodigiosa agua dulce
en mis caderas
y salgo a pasear
en embarcaciones de gran calado.
Cuando llega el verano
(como a todo)
el sol amenaza evaporarme
gota a gota,
y para cuando lo logra (si lo logra)
abandono los deportes acuáticos
y me dedico a otra cosa

 

Viviana Guida


A modo de amor
te digo
a esta hora del día,
cómo el trajín
se vuelve
continente de recuerdos
y se deslava el alma,
trae
un respirar de veredas
que andan vagando
detrás de mis máscaras
y no me resisto.

 

Antes de que vengan
busca el juego
entreabierto de la carne
que codiciosa, delgada,
errónea o no
transfigura bufonadas,
gravita en el furor
de la hipocresía
detalla el orden de la locura
y despójate del chispazo
de una buena vez
proyecta tu lava
y resuelve tu semejanza.

Raquel Piñeiro Mongiello


POETAS INVITADOS

IV

Vereda que barre el viento
                perro de nadie
matas las sed en cualquier charco
          y comes donde dan
si ayer ni porvenir
pedazo de carne abandonada
en el umbral ausente
              de ternura
tus gemidos atrajeron las moscas
              y las caridades
de ese miedo que chorrea
                 agua bendita
entre los dientes.

Del libro: A calle abierta
Martha Grondona
(Salta)

 

Caminador de madrugadas

Caminador de madrugadas, salgo
con una hoz de brisas en la mano
a engavillar estrellas,
que maduras de noche
escapan derrotadas por oriente.
Lleno mi corazón con parpadeos
y en minutos apenas,
devuelvo a las alturas
el infinito mundo adivinado.
Esta costumbre natural de siempre
(de soslayar el sueño)
edifica un abrazo cada día,
entre el esfuerzo aminorado
y el entusiasmo
             que me sopla el rostro.
Transito mis buscadas soledades
en el culto total y cotidiano
de un rito de papeles
y un manifiesto afán
           de hallar el rumbo
por donde anda el poema.

Oscar Guiñazu Alvarez
(Villa Dolores - Cba.)

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