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Sala Independiente - Rosario - Santa Fe - Argentina
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de Carmen Retamero
Registro de la propiedad intelectual N° 419.396 D.N.D.A
Estar contigo o no estar contigo
es la medida de mi tiempo.
Jorge Luis Borges
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II
-
III -
IV -
V -
VI
- VII -
VIII
-
IX -
X -
XI
Capítulo I
El timbre sonó a las veintiuna
en punto. Laura levantó el portero eléctrico y gritó con
impaciencia:
-¡Ya va...! ¡Ya va!
Todavía le faltaba pintarse las uñas y los labios y por una vez el
remís llegaba a horario. Manoteó el frasco de esmalte, la cartera y
el abrigo y salió después de apagar las luces. La calle se veía
fantasmagórica a través de una espesa neblina que ningún viento
parecía dispuesto a separar. Cruzó hacia el coche que estaba
estacionado enfrente y subió a la parte trasera.
-¡Buenas noches...! Al club de
vela -indicó.
El remisero se volvió hacia ella y la miró interrogante.
-¡Al club de vela! -reiteró-
¿Acaso no sabe dónde queda?
El hombre la miraba con desparpajo. Le brindó una sonrisa medio
torcida y respondió:
-Por supuesto que sé dónde
queda. ¿Podríamos...?
-¡Arranque, hombre! -lo cortó
agazapándose en el asiento- Que no quiero que mi vecino me vea...
A Laura le pareció que el chofer sofocaba una risa mientras ponía el
auto en marcha, pero agachada como estaba no hubiera podido jurarlo.
Cuando hicieron dos cuadras se irguió. Si el idiota de Juanjo la
hubiera visto, seguro que se hubiese hecho llevar a la cena. Y
aunque fuera su jefe ya era demasiado aguantarlo las nueve horas de
oficina. Sacó el frasco de esmalte y antes de abrirlo recordó que no
se había maquillado. Se coloreó la boca para no arruinarse después
la pintura de uñas, se perfumó y destapó con cuidado el barniz. Dio
algunas pinceladas hasta que el auto frenó ante un semáforo poniendo
en peligro la estabilidad del frasquito.
-¡Oiga, señor! Casi me derramo
la pintura encima. ¿No podría frenar con más suavidad?
El chofer no contestó. Cuando tuvo paso se acercó a la vereda y
estacionó. Laura exclamó:
-¿Qué...?
-¿Por qué no termina su arreglo
y después partimos? -sugirió el hombre sin volverse.
-¡Llegaría tarde!
-Pero impecable... -la voz grave
no denotaba sarcasmo.
-¿Se apurará después?
-Usted, déle.
Laura agachó la cabeza y se esmeró con las uñas hasta que quedaron
pintadas con prolijidad. Después hizo malabarismos para cerrar el
frasco sin deteriorarlas y, sin guardarlo en el bolso, anunció el
fin de la tarea:
-¡Arranque, chofer, que ya
terminé!
El auto se desprendió suavemente del cordón y enfiló hacia la
circunvalación. La niebla se acentuó a medida que ingresaban a la
autopista absorbiendo vehículos y asfalto. Ella agitó las manos para
que se secara el esmalte mientras pensaba en la velada que la
aguardaba. Odiaba las reuniones de oficina a las que todos
concurrían por compromiso. Y ella también al fin y al cabo. Era
preferible aburrirse unas horas que desairar a su jefe, sobre todo
en épocas en que escaseaba el trabajo. Aunque no estaba segura de
conservarlo mucho tiempo dada la persecución de la que últimamente
le hacía objeto. Aparte de que no le gustaba, eran vecinos y ella
solía charlar de vez en cuando con su sufrida mujer. Carina era
joven y linda pero absolutamente sometida al imbécil de su marido.
¿Cómo podía aguantar a ese neandertal que la hostilizaba pasando los
dedos sobre los muebles para reprocharle cualquier atisbo de
polvillo? Tenían dos nenas y él le echaba en cara que no le hubiera
dado un heredero que continuara el apellido. ¡Cómo si una pudiera
elegir! Y lo peor es que la mujer se sentía responsable, como le
había confesado una vez que habían hecho una larga cola en el súper.
Bueno, allá ellos con sus problemas, se dijo, mientras se preparaba
mentalmente para soportar la reunión y los concurrentes. El remisero
estacionó diestramente a la entrada del club. Le preguntó cuánto era
el viaje. Vaciló antes de responderle:
-Diez pesos -dijo al fin.
-¿Diez pesos? Su reloj debe
fallar. Porque este viaje no sale menos de quince -le aclaró.
-Es lo que marca el reloj,
señorita.
-Entonces, hágalo ver -contestó
mientras le extendía quince pesos.El hombre se encogió de hombros y
guardó la plata. Se bajó y abrió la puerta para que descendiera.
Otra cosa que la fastidiaba era tener que caminar casi dos cuadras
sobre el pedregullo para llegar al salón de fiestas. ¿Quién podía
pretender que una mujer conservara la elegancia teniendo que cuidar
que las piedritas no se metieran en los zapatos y le rompieran las
medias? Dijo OHM varias veces para limpiar su mente de protestas y
bajó. Por un momento quedaron enfrentados y Laura apreció la
elegancia y apostura del hombre vestido de traje gris y la sonrisa a
boca cerrada que le ponía pliegues a los lados de los ojos. Sería
interesante cambiarlo por los redundantes asistentes masculinos. Le
agradeció y se despidió mientras enfilaba cuidadosamente hacia la
entrada del club. A medio camino se topó con la contadora y su
secretario que habían estacionado el coche más adelante:
-¡Buenas noches...! -dijo el
empleado- Juro que le dije a Mimicha “¿quién será esta bella joven?”
cuando venías caminando hacia aquí.
-Gracias, Daniel, por levantar
mi autoestima. ¿Cómo estás, Mimicha? -se acercó para intercambiar un
beso.
-Bien, Laura. ¿Quién te trajo?
-Un remisero.
-Me hubieras llamado. Sabés que
vivo cerca de tu casa.
-Está bien. Pero tenía que hacer
varias diligencias y no estaba segura de cuándo me iba a desocupar.
Tal vez podrías llevarme si no te vas muy tarde... -dijo,
anticipando su decisión de no quedarse demasiado tiempo.
La contadora se rió porque coincidía con ella en que eran reuniones
tediosas, especialmente por haber compartido las del trabajo
anterior donde se habían conocido. Laura había renunciado años atrás
porque se había enamorado del dueño del negocio que se agotó en
juramentos hasta conquistarla y después exhibió un notable estado de
amnesia en oposición a sus promesas. Dejó su trabajo cuando verlo
todos los días se transformó en una tortura y Mimicha, que la
consideraba una buena empleada, la había conectado con la empresa
donde trabajaba actualmente. No eran amigas íntimas pero se tenían
mutua simpatía. La profesional era una mujer madura y hermosa que a
sus cuarenta años vivía una apasionada relación con su secretario
trece años menor, relación que muchas mujeres cuestionaban por la
diferencia de edades pero que en el fondo, según Laura, no era más
que envidia. Así como ella aceptaba sin prejuicios el vínculo de la
mujer, Mimicha comprendió la inclinación amorosa que tuvo con su ex
jefe y la alentó cuando decidió abandonarlo porque pensaba que
merecía más que una aventura circunstancial. Escoltadas por Daniel,
ingresaron al salón adonde ya se encontraba un pequeño grupo de
invitados. Saludaron y departieron mientras los mozos les ofrecían
tragos y bocaditos. Mimicha, con una sonrisa, la previno:
-No te des vuelta, pero ahí
viene tu acosador -Laura se lo había confiado- con un bello
ejemplar.
Ella se alegró porque eso significaba que se vería libre de
persecuciones durante la velada. Escuchó la voz de Juanjo:
-¡Aquí tengo dos beldades para
presentarte! Mi contadora, Mimicha...
Laura, sin darse vuelta, percibió una presencia que se emparejaba
con ella y vio la mano que se extendía hacia la contadora. ¡Pero era
masculina! Dio media vuelta mientras escuchaba el fin de la
presentación:
-... el doctor Ignacio del
Prado, Nacho para los amigos.
Volvió a quedar frente al trajeado remisero. Él la seguía mirando
con la sonrisa de arruguitas en los ojos esperando la introducción
de su amigo.
-Ella es Laura, mi secretaria...
-Juanjo vacilaba observando la expresión de sorpresa de la joven-
...el doctor Ignacio del Prado -terminó.
Ella le tendió la mano automáticamente. Cuando se hizo conciente de
que tenía la boca entreabierta la usó para preguntarle:
-¿Se las rebusca como
remisero...?
El hombre lanzó una espontánea carcajada y dijo:
-Es un placer volverte a ver,
Laura.
Ella recuperó su mano con un gesto precipitado y se volvió hacia
Mimicha. Su jefe presentó a Daniel y después se retiró con el
invitado sin que Laura volviera a mirarlo.
-¿Qué fue eso? -preguntó la
contadora, curiosa.
-Después te digo -la cortó.
Se sentaron a una mesa por poco tiempo, porque Mimicha le propuso a
los diez minutos:
-¿Me acompañás al baño?
Se levantaron bajo la risueña mirada de Daniel que todavía no
comprendía por qué las mujeres buscaban compañía para ir al tocador.
La mirada de Mimicha, apenas llegaron, se convirtió en un signo de
interrogación:
-Ese doctor como se llame, es el
remisero que me trajo al club -dijo Laura alterada.
-¡Qué coincidencia! -exclamó su
amiga candorosamente.
-¡No seas ingenua! Seguro que
estaba todo preparado para ver si se me escapaba algún comentario.
¡Y pensar que me escondí bajo la ventanilla y le dije que arrancara
cuando lo vi a Juanjo...! ¡Si se habrá reído! Ahora me acuerdo que
se rió... -dijo disgustada.
-Pero ¿cómo hizo para saber que
habías llamado a un remís? -la pregunta de Mimicha no carecía de
lógica- Y la hora...
Laura la miró como si le hablara en chino. Era cierto, ella lo había
decidido a último momento y a solas. Hizo un gesto de terquedad e
insistió:
-No sé. Pero de Juanjo se puede
esperar cualquier cosa.
Mimicha era más práctica:
-Ya tendrás tiempo de aclarar el
equívoco. Mientras tanto este tipo, si no es casado, ¡está muy bueno
para hacerle una zancadilla! -expresó entusiasta.
Laura hizo una mueca de suspicacia. Se miró al espejo y pensó que
era posible que el chofer trastabillara si decidía usar la
metafórica maniobra de Mimicha. Pero esta noche no estaba en vena.
Revivió el trayecto hasta el club hasta llenarse de vergüenza por
sus actitudes y de bronca contra el presunto conductor.
-Volvamos, Mimicha, que se
pensarán que somos tortis -propuso para contener otra pregunta.
Salió delante de la contadora. Para llegar a su mesa debieron
rebasar la de su jefe adonde se habían ubicado los principales
accionistas y el invitado. Levantó la copa cuando ella y Mimicha
pasaron a su lado. La contadora agradeció con una sonrisa y Laura se
hizo la desentendida. El hombre sonrió más ampliamente, como
satisfecho del reto que suponía la esquiva muchacha. El salón ya
estaba atestado e intercambiaron saludos hasta llegar a sus
ubicaciones. Daniel estaba acompañado por Noelia, la telefonista;
Raquel, la intérprete bilingüe y Dante, el cadete. Una mesa bastante
soportable, pensó Laura. Noelia era su amiga, simpatizaba con Raquel
y el muchacho siempre estaba bien dispuesto. Al menos, con ella.
-¡Ya estaba por mandar a las
chicas a buscarlas! -rió Daniel.
Mimicha le tiró un mechón de pelo y se sentó al lado. El amigo del
jefe despertaba la curiosidad de las féminas:
-La verdad -dijo Noelia- es que
no esperaba ninguna sorpresa. Pero por este tipo bien vale la pena
haber venido.
-Si fuéramos a prolongar la
velada a otra parte... -acotó Raquel- ¿No aceptarían esta vez la
tradicional invitación al baile?
Esta propuesta, realizada después de la copiosa cena y libaciones,
era invariablemente rechazada por las mujeres que no deseaban
alternar con los concurrentes.
-Si tienen la vista puesta en el
nuevo -dijo Laura- alcanza sólo para una. ¿Las demás tendrán que
aguantar a los plomos de siempre?
-Menos Mimicha, que ya viene con
su bailarín propio -dijo Noelia riendo.
-¿Y si hacemos una apuesta?
Digo, para divertirnos -sugirió Raquel.
A Laura el humor se le escurría cada vez más rápido. ¿Arriesgarse a
bailar con Juanjo? ¡Ni loca!, se dijo. Y no porque desconfiara de su
atractivo, sino porque desconfiaba del amigo de su jefe que debía
ser tan obsecuente como el resto que lo rodeaba. Declinó el desafío:
-Yo paso, gracias. Después del
emotivo brindis pienso llamar un remís, si vos querés quedarte...
-le aclaró a la contadora.
La mujer no le respondió y Laura se congratuló de haber traído su
celular. Remontó su fastidio y se adhirió a la amena y superficial
conversación. Cuando Juanjo, después del champaña formuló la
proverbial invitación, se quedó de una pieza con la rápida
aceptación de las mujeres. Sólo ella se excusó aduciendo que debía
levantarse muy temprano y no se dejó convencer por los argumentos de
su jefe. Cuando el grupo se retiró, pidió una copa más de champaña y
encendió el tercer cigarrillo de la noche. Lo fumó despaciosamente
hasta que una ráfaga abrió la ventana lateral con violencia y
desparramó la brasa en infinidad de chispas que se abalanzaron
contra su falda. Se levantó aprisa para sacudir la ropa y dirigió la
vista hacia el exterior. Una furiosa tormenta secundada por
relámpagos, truenos y viento reemplazó súbitamente a la neblina.
Sacó el teléfono para pedir un transporte y escuchó una y otra vez
la grabación que alertaba sobre la saturación de líneas. Después de
quince minutos de intentos infructuosos comenzaron a golpear las
primeras gotas. Deseó haber aceptado la invitación a bailar porque
por lo menos tendría un vehículo para volver a su casa. Miró
desalentada al inútil aparato que no la comunicaba con nadie, cuando
una mano se lo escamoteó suavemente. Se volvió desconcertada y se
encontró con su chofer ocasional.
-Supongo que estarías por pedir
un auto de alquiler -aventuró, devolviéndole el celular apagado.
-¿Y quién te dice que no estaba
por llamar a un conocido para que viniera a buscarme? -respondió
enojada.
-Porque ningún hombre en su sano
juicio te hubiese dejado venir sola esta noche -en sus ojos no se
advertía ninguna ironía.
-Agradezco tu preocupación, pero
¿no deberías estar camino al baile?
-Si vos hubieras venido. Además,
cuando me hago cargo de una mujer siempre la devuelvo a su casa.
Laura rebuscó en su bolso. Sacó quince pesos más y se los tendió:
-Cancelo tu obligación. Supongo
que el pago te compensará el viaje de vuelta -dijo porfiadamente.
La mirada de él la perforó. La sostuvo con una expresión belicosa
mientras se preguntaba si no estaba yendo demasiado lejos. Ignacio,
Nacho para los amigos, declinó el dinero sin palabras y se sentó en
la silla contigua:
-¿Por qué no empezamos de nuevo,
Laura?
-Porque soy muy sensible a las
cargadas, si querés entender.
-Yo lo llamaría malentendido, o
hecho fortuito. Debía pasar a buscar a Juanjo a las veintiuna y
parece que toqué el timbre equivocado. Vos estabas esperando,
saliste y subiste a mi auto. Cuando quise explicarte que esperaba a
mi amigo, me ordenaste partir desde abajo del asiento. ¿Cómo podía
negarme a semejante urgencia? -esta vez la risa retozaba al fondo de
sus ojos- Aclarado que no se trata de una broma, permitime que te
lleve a tu casa.
Laura se mordió el labio inferior. ¿Debía creerle? Parecía decir la
verdad, y no era difícil equivocarse en el portero puesto que su
jefe vivía sobre su piso. Lo calibró con la mirada y él la sostuvo
francamente.
-Bueno -accedió reticente.- Sólo
porque fue una confusión. Pero aceptarás mi pago.
-Aceptaré que me invites con un
café en compensación.
-¡De ninguna manera! Eso no
cancelaría el servicio.
-¿Una cena...? -arriesgó.
Ella denegó graciosamente con la cabeza. Nacho se resignó por el
momento. La joven era más obstinada de lo que pensaba. La miró sin
disimular y le gustó cada vez más. El pelo castaño y lacio iluminado
por mechas doradas caía sobre los hombros desnudos y enmarcaba entre
dos trenzas laterales la delicadeza del rostro. Los ojos medianos
levemente rasgados centraban una nariz ligeramente respingada bajo
la cual se delineaba una boca mediana y plena -a esta hora-
despojada de maquillaje. El resto de su persona cubierto por un
atuendo veraniego armonizaba con el rostro. El hombre señaló:
-Es mejor que vayamos antes de
que llueva más fuerte. Tengo el auto en la puerta.
-¿Te dejaron entrar?
-Alguien levantó la barrera
-dijo sin darle trascendencia.
Apenas Nacho abrió la puerta la fuerza del viento levantó la falda
de Laura hasta la cintura descubriendo sus bellas piernas y la ropa
interior al tono de su vestido sin darle tiempo a sujetarla. Él
apartó la vista para no azorarla aunque el destello había quedado
grabado en su cerebro. Sostuvo la puerta del auto para que subiera y
dio la vuelta para sentarse al volante. Después de traspasar la
casilla de vigilancia -el guardia les dio paso saludando al chofer
con un gesto-, salieron a la ruta. Recorrieron un tramo sacudidos
por el viento y enceguecidos por un aguacero cada vez más denso,
hasta que se apagaron todas las luces de señalización y de
alumbrado. Nacho desvió el auto hacia la banquina y estacionó.
-Es más prudente esperar que
amaine -dijo.
Laura asintió temblando de frío porque la temperatura había
descendido bruscamente. El liviano abrigo sólo la adornaba. Se
abrazó involuntariamente para no perder calor cuando el hombre le
alcanzó el saco que se había quitado.
-¡No, de ninguna manera!
-exclamó rechazándolo- Vos también tendrás frío.
-No tanto como vos. A decir
verdad, estoy bastante acalorado -le dijo risueño.
Laura lo miró con desconfianza pero no vio nada alarmante en los
ojos claros. Aceptó el abrigo y se lo echó sobre los hombros. Un
agradable calor la confortó y le mejoró el humor. Estaba aislada con
un desconocido en medio de un diluvio y se asombró por no sentir
temor. Ladeó la cabeza para mirarlo y se arrebujó apretadamente en
el saco. Nacho la observaba con una expresión de distendida
complacencia. Le preguntó:
-¿Por qué no querías que Juanjo
te viera?
-Si te lo digo, es posible que
me quede sin trabajo.
Él siguió mirándola sin contestar. Esta actitud la inclinó a
confesar:
-Porque me acosa.
El hombre emitió una carcajada corta.
-¿Qué tiene de gracioso? -dijo
ofendida.
-Que no me lo imagino. ¿Qué hace
exactamente?
-Piensa que porque me emplea es
dueño de mi persona.
-Creo que para eso se necesita
algo más que pagarte un sueldo -acotó.
-No para él. Ejemplo: me pide
cada rato que le alcance documentos para rozarme las manos. ¡Odio
que me toque las manos! -dijo con vehemencia.
Él inclinó la cabeza sin hablar. Después preguntó:
-¿Alguna actitud más
comprometida?
-¿Qué te pasa? -se exaltó- ¿No
te parece un atropello?
-Bueno, sí..., pero no tiene
connotaciones muy eróticas.
Laura lo miró escandalizada. ¿Y la repugnancia que ella sentía ante
el manoseo no deseado? Apretó los labios y clavó la vista en el
parabrisas. Si no lloviera a cántaros, se habría bajado del auto. El
hombre percibió el desagrado de la joven y trató de romper el hielo.
-No quise restarle importancia a
los excesos, pero seguramente hay cosas más importantes para que te
sientas acosada -dijo amigablemente.
Ella meditó un rato. ¿Y si le contaba otros incidentes? Si
trascendían bien podía darse por despedida. Pero quería taparle la
boca a ese arrogante que opinaba que un roce de manos no era un
agravio.
-La semana pasada me llamó a su
oficina para dictarme una carta. Cuando me iba se colocó detrás de
mí y pronunció mi nombre. Me di vuelta y se precipitó encima sin
contar con que me apartaría rápidamente. Quedó besando la puerta -lo
miró con fijeza.
Nacho disimuló una sonrisa. Ella prosiguió:
-Esta semana me obligó a
terminar una licitación después de la hora de cierre con la excusa
de que pasarían a retirarla por su casa a la noche. Insistió en
llevarme ya que vivimos en el mismo edificio, pero desvió el auto
hacia un motel de la zona sur. Demás está decir que me bajé y busqué
un taxi para regresar a casa. Estuve a punto de no volver al
trabajo, pero me intrigaba la actitud que asumiría después del
arrebato nocturno -hizo una pausa.- ¡El caradura se mostró fresco
como una lechuga y después insistió en que no faltara a la cena! -se
apretó el saco al cuello- ¿Esto te parece bastante erótico?
-Me parece una necedad. ¿No
podés razonar con él?
-Es lo primero que se me ocurrió
después del primer incidente. Le dije que mi trabajo me gustaba y
que necesitaba conservarlo. Le pedí que desistiera de acorralarme
porque yo no necesitaba un hombre casado en mi vida. Le recordé
nuestra condición de vecinos y mi amistad con su mujer. ¿Qué hizo?
-Nacho no preguntó- “Cada día me gustás más, gatita”, baboseó. ¡No
escuchó nada de lo que le dije! ¿Y vos querés que razone con él?
-Entonces, ¿cómo podés
defenderte?
-No sé. Algún día se ligará una
piña -contestó belicosa.
-¿Con esas manitas? Más bien
parecerá una caricia.
-No estés tan seguro -le dijo
con un mohín de suficiencia.
-¿Y si tuvieras un novio? ¿Creés
que se animaría?
-Si tuviera un novio es posible
que lo golpeara, pero yo me quedaría sin trabajo.
-¿Es tan importante tu trabajo?
-Me permite ser independiente.
-Podrías buscarte un hombre que
te mantenga y prescindir de ese empleo...
-¿Y depender de otro dueño? No,
gracias.
-Que te quiera...
-Es igual. No acepto que nadie
me mande. Y en esta sociedad ser autosuficiente está en relación
directa con obtener mis propios ingresos. Como no podría robar un
banco, necesito trabajar.
-Tal vez... -dijo Nacho- si
tuvieras un novio que respetara, dejaría de perseguirte.
-¿Cómo quién? Sólo respeta a los
banqueros y a sus inversionistas. Los banqueros que conozco están
casados y los inversionistas... son todos viejos repugnantes.
-Y yo, ¿qué tal? -propuso el
hombre.
Laura lanzó una carcajada. Después se llevó la mano a la boca como
para acallarla:
-Perdoname, no quise ser
hiriente. Pero si por ventura se diera la situación, ¿qué haría que
Juanjo te respete?
-Que soy su principal
capitalista -declaró sencillamente.
-¡Vamos... que los conozco a
todos! Están García Moreno, Zeballos, de la Huerta, Zárate, De Luca,
Mastrogiuseppe, Barman... -se quedó en suspenso con los siete dedos
levantados- y del Prado... -murmuró cerrando la mano.
Ignacio del Prado la miraba con displicencia.
-¡No puede ser! Del Prado es un
anciano y el mejorcito de los inversores. Siempre charlamos cuando
pasa por el negocio. Y no se parece a ninguno de los viejos
verdes...
-Es mi abuelo y me ha
transferido todas las acciones para que me ocupe de sus negocios.
¿Qué te parece mi propuesta?
-Descabellada. ¿Podemos irnos?
-Todavía es peligroso. No me
malinterpretés. Con sólo generar un rumor que yo no refutaría,
estarías a salvo de su persecución.
-¿Y vos no tenés esposa o novia
o pareja que se moleste por ésto?
-No -dijo seriamente.
Laura volvió a reír:
-¡Ésto es ridículo! No quiero
que pensés que por un momento calculé la posibilidad...
-Yo no pienso nada que no
quieras -aseveró Nacho.
La joven se acurrucó contra la puerta y no volvió a pronunciar
palabra. Ignacio estaba sorprendido por el giro que él mismo le
había dado a la conversación. ¿Había metido la pata? Con esta
mujercita no estaba seguro de nada. Ahora le daba la razón a su
abuelo cuando hablaba con tanto entusiasmo de las virtudes de
“Laurita”, como la llamaba. El viejo conservaba intacto el buen
gusto. De pronto le nació una suerte de animosidad hacia Juanjo.
¿Quién se creía para perseguirla? Si llegaba a ponerle las manos
encima... Se rió de sí mismo por estos pensamientos. Ya hallaría la
manera de proteger a Laura aunque ella no aceptara su oferta. En
medio de esta reflexión cedió la tormenta y arrancó hacia el centro.
Cuando la dejó en la puerta de su edificio se alejó con presteza
para evitar que le devolviera el abrigo. Desde el auto esperó a que
entrara y guardó su imagen envuelta en el saco gris que lo saludaba
detrás del vidrio.
Capítulo II
El sábado, Laura se levantó más
tarde de lo habitual. Se dio una ducha rápida y salió a comprar el
regalo de cumpleaños para su sobrino Rodrigo. Después de la tormenta
el cielo estaba tan diáfano como un cristal recién lavado. Había
quedado en encontrarse con Rocío a las once y media para tomar un
café. Su amiga porteña estaba visitando a los padres y la había
llamado como siempre hacía cuando venía de Buenos Aires. Recorrió
varios negocios y se decidió por un jean y un buzo pintado con la
imagen de Los Gurúes, grupo al que Rodrigo idolatraba. A las once y
cuarenta y cinco divisó a su amiga esperándola en la confitería.
-¡Hola, Rocío! -saludó dándole
un beso- ¿Me esperaste demasiado?
Rocío hizo un gesto risueño:
-No tanto, pichona. Además
gratifiqué mi vista con los concurrentes.
Laura observó varias mesas ocupadas por hombres ingiriendo
aperitivos y charlando con vivacidad. Su mirada se cruzó con la de
un joven que le prodigó una sonrisa. Desvió la vista porque no se
sentía de levante. Acomodó los paquetes en una silla y llamó a una
moza:
-¿Qué vas a tomar? -preguntó a
su amiga.
-Una lágrima y una porción de
lemon pie -respondió Rocío.
Ella pidió un café doble con una medialuna y poco después estaban
poniéndose al día sobre sus respectivas vidas.
-...y a fin de año me caso
-concluyó Rocío.
-¿Cambiaron de opinión? -indagó
Laura sabiendo que su amiga y la pareja con quien vivía se
declaraban enemigos de los protocolos sociales.
-La familia de Lucas se puso
pesada y el padre aprovechó un episodio cardíaco para sacarle la
promesa de normalizar la situación. Estuve sin hablarle varios días,
pero ya sabés...
Laura sabía del amor de su amiga por Lucas y que, a pesar de sus
protestas, no lo dejaría por un simple formalismo. Aprobó la
decisión con entusiasmo:
-¡Me parece bárbaro...! Si ya
están habituados a la convivencia, un papel más o menos no los va a
afectar. Supongo que habrá fiesta...
-Si lo vamos a hacer, será con
todo. Preparate para venir a_com_pa_ña_da... - silabeó.
-No sé por quién... Pero todavía
falta para fin de año.
-Hablo de tu remisero.
¡Desfallezco por conocerlo!
-Eso fue una anécdota. Tuve
suficiente con Gastón como para reincidir.
-¡Pero si Nacho no tiene
compromisos...!
-Del dicho al hecho hay largo
trecho, amiga. Ese tipo no puede estar suelto. Y en una noche de
tormenta y compartiendo un espacio reducido se puede mentir
cualquier cosa.
-¡Mirá que sos desconfiada...!
¿Y si realmente no tuviera pareja?
-No sé. Ahora no me interesa.
-Mm... ¿qué escondés detrás de
esa apatía?
-¡Nada! No puedo hablar con
entusiasmo de un desconocido -dijo molesta.
Rocío no se desanimó. Se tenían un apego inmune a la distancia y
ella conocía bien a Laura y su necesidad de encontrar un compañero
para vivir en plenitud.
-Si no bajás las barreras no vas
a conocer a nadie nuevo... -le insinuó con suavidad.
-Digamos que estoy escarmentada.
Que tengo miedo... Lo que quieras. Pero hoy no me siento apta para
mezclarme con otro hombre.
-Bueno -dijo Rocío comprensiva.-
Si venís sola voy a convocar a cuanto soltero conozca y a lo mejor
terminás viviendo en Buenos Aires. ¿No sería fantástico?
Laura se rió de los desvaríos de su amiga y el clima se distendió. A
las trece y treinta se despidieron, en la parada de taxis, hasta el
próximo encuentro. Cuando entró a su solitario departamento vio el
saco gris colgado del perchero de la entrada. Se lo puso
irreflexivamente y lo ciñó a su torso mientras se observaba en el
espejo lateral. Su cuerpo recordó la sensación de tibieza disipando
el frío cuando el hombre se lo ofreció. Suspiró y lo volvió a su
lugar. Alguna vez lo devolveré, pensó. Después se preparó un
almuerzo frugal, ató su flequillo con varios ruleros y la llamó a
Noelia para chusmear sobre la fiesta. Su amiga la vilipendió un buen
rato cuando la puso al tanto del regreso de Nacho en tanto ella
padecía el asedio de los accionistas. Se despidieron, una hora
después, sin que Noelia le hubiera arrancado que se derretía por del
Prado. Tomó una siesta con la intención de llegar descansada al
cumple de Rodi. A las diecinueve la despertó el timbre. ¡Seguro que
su hermano venía a buscar las copas! Se puso la vieja bata, -no la
desechaba porque era el último regalo de su abuela- se calzó las
chinelas y pulsó el botón del portero. Mientras esperaba para abrir
la puerta estudió los detalles de su indumentaria. Los bigotes que
adornaban el cuello y los puños de la querida prenda exigían la
jubilación. Se prometió guardarla en la mejor caja y sacar a relucir
el kimono sin estrenar. Abuela Carmen, tan coqueta, lo comprendería.
El discreto timbrazo la hubiese puesto en guardia de no estar tan
somnolienta. Rafael acostumbraba a anunciarse como en casa de
sordos. Abrió la puerta y la cerró al instante. ¡Nacho la miraba
desde la penumbra del palier! Cayó en la cuenta de su absurdo
proceder cuando recuperó la facultad de pensar. Entreabrió la puerta
y todavía estaba allí.
-Buenas tardes -lo escuchó
decir.- No vengo con intenciones deshonestas. Si querés hablar en el
pasillo, por mí está bien.
El tonito humorístico la irritó tanto como su pueril actitud.
Franqueó la entrada desafiante y permitió que el hombre la observara
en toda su gloria de ruleros e hilachas. Le hizo un gesto para
conducirlo hasta la cocina.
-No esperaba ninguna visita,
como podrás apreciar -le dijo, recuperando el humor.
El sonrió abiertamente.
-No hay nada más tonificante que
comprobar la belleza de una mujer de entrecasa.
-No para la mujer -aclaró ella
con gracia.- Pero igual te convidaré con un café.
Sirvió dos pocillos y se sentó enfrente. Él bebió lentamente sin
dejar de mirarla. Al cabo, la puso bastante nerviosa como para
atacar:
-De saber que era tu único saco,
te lo hubiera devuelto anoche -le espetó.
La risa burbujeó sonoramente en la garganta masculina. ¡No podía
creer en el desparpajo de esa muchacha! Ironizaba sobre su presencia
en lugar de sorprenderse con su aparición y terminar -al menos-
cenando juntos. Debía ir de frente, pero ¿cuánto?
-Aunque así fuera no podía
permitir que te congelaras, especialmente por no poder abrigar entre
mis brazos a una jovencita fóbica a los contactos.
-El saco estuvo bien -respondió
obviando el comentario.- Está colgado a la salida.
-¿Puedo terminar de tomar el
café?
-¡Por supuesto! No te estaba
echando, sólo informando.
Decididamente deliciosa. ¿Qué otra mujer estaría absolutamente
deseable con un viejo deshabillé y el flequillo enhiesto de ruleros?
Sólo que él hubiera preferido verla sin prendas. Despacio, Nacho, se
dijo. Se imponía terminar su asunto con Zulma antes de invitarla a
salir. El timbrazo lo sobresaltó. Laura hizo un gesto de
asentimiento y le informó:
-Mi hermano Rafael.
Se alejó hacia la entrada del departamento y regresó con un hombre
joven y delgado:
-Rafael, mi hermano. Nacho, un
amigo -presentó.
Los nombrados se dieron la mano. El hermano preguntó:
-¿Están preparadas las copas?
-Sí, ahora te las alcanzo -dijo
saliendo de la cocina.
Rafael se midió con Nacho y le gustó el hombre para su hermana.
-¿Hace mucho que se conocen?
-Desde anoche.
-Aquí tenés -Laura interrumpió
el breve intercambio.
-¡Gracias, Lau! Siempre me sacás
del apuro. Habrás invitado a tu amigo para esta noche... -se volvió
hacia Nacho- Serás bienvenido.
Laura pensó que abrir la boca se le estaba haciendo costumbre.
Rafael la besó, cargó la caja y Nacho lo siguió para franquearle la
puerta. Cuando volvió la encontró con los brazos cruzados y el gesto
alterado.
-No te aflijas. No voy a aceptar
la propuesta de tu hermano aunque lo agradezca. No me arriesgaría a
que me odiaras para siempre.
-No quiero ser descortés, pero
concurrir con vos no estaba en mis planes -dijo enfurruñada.
-Entiendo, entiendo -repitió
Nacho moviendo la cabeza.- Ya me voy. ¿Me acompañás?
Laura fue con él hasta el ingreso y descolgó el abrigo para
entregárselo. Se miraron un momento y después él se dirigió al
ascensor y la saludó desde la puerta. Ella le respondió
distraídamente y se metió en el departamento. ¿Por qué su hermano
era tan bocón? Extraño, porque siempre la celaba con sus novios.
Mientras duró la relación con Gastón estuvieron distanciados, pero
su hombro fue el primer apoyo para su desconsuelo. Él le llevaba
diez años y algunas veces se comportaba como un padre. Tal vez
porque ya lo era, o por su carácter firme, o porque era el único
macho de la familia como decía su madre. Pero no le había gustado ni
medio que invitara a Nacho sin consultarla. Eso se lo diría esta
noche. Encendió la computadora para engancharse en un foro de
mitología mientras llegaba la hora de vestirse. A las veinte y
treinta se desconectó para prepararse. Se puso ropa informal y calzó
zapatillas. Querer a su hermano no implicaba simpatizar con su
afectada cuñada siempre pendiente del arreglo personal. Sentía una
maliciosa alegría cuando recibía su mirada desaprobadora. Al igual
que su mamá, seguramente vestida de punta en blanco para un
cumpleaños de... ¡trece años! Su atuendo no requería maquillaje.
Llamó a la compañía de taxis y se dio un último vistazo antes de
salir. Pensó que no desentonaría con los amigos adolescentes de
Rodrigo a pesar de la reprobación de su familia. Esta vez había
contratado un vehículo negro y amarillo. No había manera de
equivocarse y subirse a un auto particular pensando que era un
remís. ¿Por qué se ilusionó durante un segundo en ver el coche de
Nacho...? Sos una tarada, se dijo. Si vos misma lo malograste. Cruzó
apenas estacionó el taxi y le dio la dirección de su hermano. El
viaje hasta Fisherton fue lento. La mansión estaba iluminada a pleno
y desde la calle se escuchaba la música. Tocó el timbre y dos
perrazos corrieron hacia la verja. Les habló esperando ser
reconocida, porque no frecuentaba la casa de Rafael. Los animales
dieron muestra de buena memoria y antes de que su hermano llegara a
la entrada estaba acariciando las cabezas de Rómulo y Remo.
-¡Hola preciosa! -la abrazó
cariñosamente- ¿Y tu acompañante?
-Eso te quería decir. Ese hombre
es un simple conocido. ¿Desde cuándo me elegís las parejas?
-Bueno, me pareció agradable.
Además, la forma en que lo recibiste...
-¿Cómo lo recibí? -dijo
belicosa.
-Estabas en bata...
-Y ruleros. Y chinelas... ¿Te
parece que recibiría a un candidato vestida de esa manera?
-Vos sos tan rara, bichita...
¡Nada me extraña! -acentuó, observando sus jeans y zapatillas.-
Entonces... ¿Venís sola?
-Es ostensible, ¿no?
Rafael la abrazó de prepo y le dijo riendo:
-¡Te prohíbo el malhumor esta
noche! Divertite con las miradas de condenación de las demás mujeres
-no era ningún tonto su hermano- y bailando con los chicos. Y si
algún varón te molesta, vení a buscarme.
Laura se aflojó y prometió portarse bien. Su hermano la enlazó por
la cintura y así ingresaron al salón. Rodrigo corrió hacia ella
apenas la vio. Amenazaba pasar el metro ochenta de su padre. La
abrazó y la besó con cariño y recibió el regalo que abrió
inmediatamente frente a sus amigos. El buzo lo fascinó y se lo puso
para exhibirlo. Laura buscó con la vista a su cuñada Marisol y a su
madre. Estaban juntas y hermanadas en la elegancia. Se acercó con
una sonrisa:
-¡Hola diosas! ¡Qué bueno verlas
después de tanto tiempo! -exclamó, besándolas en la mejilla.
-¿No ibas a venir acompañada?
-Marisol la censuró con la mirada.
-¡Ah...! Esas son fantasías de
mi hermanito -dijo con un guiño.
-Nena, ¿no tuviste tiempo de
cambiarte? -preguntó mamá sin sutileza.
-Este es un cumple de trece, no
un casamiento. Voy a buscar alguna bebida.
Se acercó a un mozo y eligió un trago de frutas. El espacioso salón
estaba acomodado informalmente. La mesa central exhibía exquisitas
comidas frías y bocadillos, engullidos por los adolescentes a cuatro
manos. La gente más grande se reunía en distintos grupos que
recorrió con la mirada sin encontrar demasiados conocidos. Era
lógico, porque no se codeaba con las amistades de su hermano.
Rodrigo se acercó con varios chicos de su estatura. Seguramente de
su equipo de rugby.
-¡Lau! Mis amigos quieren
conocerte.
Ella les dirigió una sonrisa.
-Mi tía Laura. Alfredo, Carlos,
Ariel y Marcelo.
Los nombrados recibieron un beso de la joven tía y la comprometieron
a bailar con ellos.
-Más tarde, chicos. Primero voy
a comer algo. Y a buscar otra bebida.
Los jovencitos se ofrecieron al unísono para traérsela, pero ella
les agradeció y salió a buscar un camarero. Quería un trago con
alcohol y no deseaba la monserga de su cuñada sobre tentar a
menores. Cuando se acercó a la mesa con la copa sorprendió a dos
muchachitas mirándola fiero. ¡Claro...! Los varoncitos estaban
deslumbrados con la tía lozana y temían que les arruinara la fiesta.
Las abordó con destreza:
-¡Hola, chicas! Yo soy Laura, la
tía de Rodi. ¿Alguna de ustedes es la novia de mi sobrino? -les
guiñó un ojo con picardía.
Una de las jovencitas se puso colorada. Se dirigió a la otra:
-Y a vos, ¿cuál te gusta?
Su gesto de complicidad invitaba a la confidencia.
-Ariel -dijo con una risita.
-¿Cómo se llaman ustedes?
-Emilia -dijo la primera.
-Liz -dijo la segunda.
-Bueno, Emilia y Liz. Si yo
tuviera diez años menos se quedarían sin candidatos. Pero como soy
muy vieja, me dejarán divertirme un rato con ustedes y podrán
enseñarme algunos pasos nuevos para deslumbrar a mis amigos,
¿verdad? -estableció la alianza.
Las adolescentes, relajadas, la tomaron de las manos y la llevaron a
la pista de baile. Entre el ruido y las luces comenzaron a moverse
al compás de una música frenética. Los muchachos principiaron a
sumarse al baile y después de media hora Laura se declaró exhausta y
huyó para rehidratarse. Un hombre joven le ofreció un vaso
escarchado. Lo miró entre sorprendida y reconocida:
-Gracias -le dijo aceptándolo.
-Excelente tu manejo con las
fierecillas -observó él con una sonrisa.
-¿Vos quién sos?
-El socio de tu hermano.
-¿...Ramón?
-Para servirte -sus dientes y
sus ojos brillaron.
-Te hacía un señor mayor... Por
el nombre. No es muy común entre la gente contemporánea.
-Alguna vez los Ramones habrán
sido jóvenes, ¿no te parece?
Laura se rió de su infantil apreciación. Le tendió la mano:
-Encantada de conocerte, joven
Ramón.
-Y yo de conocerte a vos. Rafael
nunca mencionó a una hermana tan encantadora.
-Seguro que sos casado.
-A punto de separarme.
-¿Ves? Ese es tu impedimento. Mi
hermano no transa. Quiere candidatos inobjetables.
-¿Entonces no tendré su
aprobación hasta después del divorcio? -dijo trágicamente. Con aire
conspirativo:- ¿Podré hablarte durante la fiesta?
Laura estaba divertida. Ramón era un giro inesperado en el círculo
vicioso de los compromisos familiares.
-No podría asegurarlo -siguió su
juego.
Como si lo hubieran llamado, Rafael se acercó a la pareja.
-Veo que conociste a mi socio
-dijo sin traslucir ninguna emoción.
-Le estaba contando a Laura mi
condición de futuro separado.
-Todavía no está dicha la última
palabra. Deberás cuidarte de este sujeto -la previno seriamente.
La joven miró a su hermano mayor y constató que no estaba bromeando.
Largó la carcajada y le dijo a Ramón:
-Será mejor vernos después de tu
sentencia de divorcio. Orvuar.
El resto de la noche la pasó bailando con los adolescentes y a las
tres de la mañana, Rafael la llevó a su casa. En el camino la sondeó
con respecto a Nacho y ella lo deleitó con el relato de su encuentro
hasta el momento de cruzarse en el departamento. Su hermano festejó
la confusión y sus dotes de narradora. Después soportó sus
advertencias acerca del frívolo socio y asintió a todo para no
discutir. Estaba tan cansada que apenas atinó a desvestirse antes de
desplomarse en la cama. ¿Nacho o Ramón?, se preguntó. ¡Menuda
sorpresa se llevaría Rocío de saber lo que había ocurrido entre la
tarde y la noche! Durmió sin sobresalto hasta el mediodía del
domingo. Después de almorzar salió a caminar por el Parque Urquiza y
asistió a la nueva presentación del Observatorio Astronómico. Pasó
el resto del día chateando con dos amigas afincadas en España, y se
acostó temprano para iniciar la semana laborable con las pilas
cargadas.
Capítulo III
El lunes se levantó a las siete.
Se duchó y eligió un trajecito color turquesa de falda corta y
chaqueta entallada, combinado con una musculosa blanca con el escote
y las sisas ribeteados del color del traje. Cepilló su cabello y
trenzó dos mechones al costado. Se maquilló levemente y por último
se calzó unas finas sandalias blancas a tono con la cartera. Salió a
la calle presintiendo un día caluroso. Tomó un taxi en la parada y
llegó con tiempo para desayunar.
-Laura... El señor Barrionuevo
te quiere en su oficina -la atajó la jefa del personal.
Ella miró el reloj. Faltaban quince minutos para marcar tarjeta.
-Todavía no es mi horario. Voy
al bar a tomar un café.
-¡Ya...! Si me entendés...
-insistió la jefa.
Laura estuvo a punto de irse pero, como siempre, se dejó vencer por
la compasión que le inspiraba Ofelia. La mujer era el chivo
expiatorio de Juanjo y, según su opinión, compraba su cargo a un
precio muy alto. Alistó su block de notas y marchó hacia la oficina
del jefe dispuesta a cortarle cualquier iniciativa extra laboral.
Golpeó la puerta y pasó:
-¡Buenos días! -saludó y se
quedó mirando a Nacho despreocupadamente sentado al borde del
escritorio de Juanjo.
Se bajó sonriendo y la saludó con un beso en la mejilla.
-¡Buen día, Laura! ¿Cómo estuvo
la fiesta de cumpleaños?
La joven no podía reponerse. ¿A qué venía tanta familiaridad?
Contestó recelosa:
-Bien, gracias -se volvió hacia
Juanjo que los observaba desde su asiento.- ¿Me buscaba, señor
Barrionuevo?
-¡Basta de formalismos, Laura!
-se dirigió a Nacho:- ¿Podrás creer que en cinco años de trabajo no
logré que me llamara Juanjo? -como nadie le contestara, continuó:-
Te llamé porque el doctor del Prado quiere hacerte algunas preguntas
-se levantó de la silla giratoria y se encaminó a la puerta- ¡Hablen
tranquilos! Enseguida les mando un cafecito...
Retrocedió sonriendo y chocó contra un macetero de porcelana apoyado
sobre un pedestal. Acompañó su caída con las manos evitando la
rotura pero no el desparramo de tierra. Con una carcajada nerviosa
les dijo que mandaría a la auxiliar de limpieza. Laura lo miraba
atónita y apenas cerró la puerta no pudo evitar la risa ante el
desmanejo de su jefe.
-¿Qué le dijiste para ponerlo
tan nervioso? -le preguntó a Nacho, todavía riendo.
-Que me gustabas -declaró
francamente.
-¿Quién te autorizó? -demandó
enojada.
-Para expresar mis sentimientos
no necesito permiso de nadie. Peor para mí si me gustás y no me
correspondés -a continuación cambió el tono de voz:- ¿No merezco un
agradecimiento por haberlo ahuyentado?
-No necesito la mentira de un
hombre para defenderme. Si lo evité cinco años, bien puedo hacerlo
otros cinco -le refutó.
-Yo no mentí, Laura. Pero
tampoco me convertiré en acosador. No como Juanjo, por lo menos.
-¡Ah! Vos acosás de otra
manera...
-No seas suspicaz... El día está
hermoso. Te invito a desayunar en la costa.
La joven abandonó el juego y le respondió con afabilidad:
-Te agradezco, Nacho, pero este
es mi trabajo y lo respeto aunque el tacaño me pague mal. Mi jornada
termina a las diecisiete y treinta y sólo salgo por cuestiones
laborales. ¿En qué te puedo ayudar?
Él la miró con una expresión inquietante. Se acercó despaciosamente
y la escrutó a pocos centímetros, obligándola a levantar la cabeza.
No fuera a creer que temía mirarlo a los ojos... ¿No está demasiado
serio?, pensó. Si al menos pudiera descubrir un atisbo de burla en
el fondo de esas pupilas desconcertantes... Varios toques en la
puerta despejaron la atmósfera.
-¡Adelante! -gritó Nacho
contrariado.
Jesús, el mozo del bar de la esquina, sostenía una bandeja con dos
jarritas de café delante de su rostro amedrentado. Laura se apresuró
a descargarlas y tranquilizarlo con una sonrisa.
-¡Gracias, Jesús! -dijo mientras
le devolvía la bandeja.
El muchacho farfulló una respuesta y se alejó con presteza. Ella,
recobrada, le tendió al hombre un pocillo. Bebieron en silencio.
Ignacio fue consciente de la cualidad única de aquel instante y una
desconocida sensación de vacío reemplazó el acelerado curso de su
sangre. Había llegado el momento de hablar con Zulma y convencer a
Laura de que sería su mejor compañero y amante. De sólo pensar en
amarla el flujo vital volvió a atropellarse en sus venas. Sin
meditarlo, le propuso:
-¿Cenarías conmigo el sábado a
la noche? -esperó la respuesta sin disimular su ansiedad.
Laura rió sorprendida. ¡Lo había dicho con tanta solemnidad!
-¡Me hubiera encantado!
-respondió, para que su risa no se confundiera- Pero el sábado por
la mañana salimos con tres amigas rumbo a Entre Ríos.
-¿El otro sábado, entonces?
-Tampoco. Tengo una semana de
vacaciones y volveremos dentro de dos domingos. Nacho la miró
abatido:
-¿No es demasiado tiempo una
semana en Entre Ríos?
-No cuando se recorre en
motorhome. Hay muchos pueblecitos típicos para visitar además de los
palmares.
-¿Van a ir cuatro mujeres solas
en una casa rodante? -su voz sonó alarmada.
-¿Se pusieron de acuerdo Rafael
y vos? -ella preguntó a su vez- ¿O todos los hombres son tan
aprensivos?
-Es una inquietud lógica. El
mundo no está lleno de caballeros y cuatro mujeres jóvenes y solas
no pasan desapercibidas.
-Te cuento -dijo con
suficiencia:- las cuatro sabemos conducir un rodado, estamos
entrenadas en la vida de campamento, llevamos un perro y hemos
viajado otras veces.
Ignacio se resignó. Era indiscutible que no la haría desistir. ¿Por
qué le había propuesto el sábado? Porque se jugaba a tenerla todo el
fin de semana. Así de simple. Y porque ya habría aclarado la
situación con Zulma. No obstante, se aventuró:
-¿Y alguna otra noche?
-Imposible... -fue la sentida
respuesta- Es el único horario para reunirnos y ajustar los
pormenores del viaje.
-¿Tienen armado un itinerario?
-Todavía no. Es una de nuestras
tareas nocturnas.
-Lo darás a conocer antes de
irte... -más que una insinuación fue una exigencia.
Lo miró divertida. Las mismas palabras de su hermano. Pero a Nacho
no lo veía como un hermano precisamente. Para resarcirlo, le
ofreció:
-Dentro de tres sábados te
aturdiré con mis andanzas si todavía tenés pensado invitarme a
cenar.
La observó largamente con su característica sonrisa de arruguitas en
la comisura de los ojos. Sacó el celular y le pidió:
-Dame tu teléfono y el de tu
hermano.
Laura se los dictó dócilmente. La preocupación del hombre la
complacía y le transmitía una sensación de grata seguridad.
¡Cuidado!, se dijo. Que es muy
fácil ampararse en la fortaleza masculina.
-... mi teléfono -alcanzó a
escuchar. Lo miró interrogante.
-Anotá mi teléfono -le repitió.
Ella lo ingresó en su agenda. Nacho se acercó para despedirse:
-¿Puedo darte un beso de buena
suerte? -estaba turbadoramente cerca.
Laura se sonrojó y alzó la cabeza ofreciéndole la mejilla. Nacho
apoyó los labios sobre la tersa piel y su boca se deslizó sobre la
de la trémula joven. El hombre se ajustó a lo solicitado. Se
concentró en un beso huérfano de otro contacto que no fueran las
bocas hasta quedar sin aliento. Se separaron conmocionados, sin
percatarse de la entrada de Juanjo.
-¡Jem! -carraspeó alto.
Laura emergió de su aturdimiento. Apretó el block contra su pecho y
balbuceó:
-¿Me necesitás para algo más?
-Para toda la vida... -susurró
Nacho.
No volvió a mirarlo. Agachó la cabeza y salió rápidamente del
privado. Entró a su box y se sentó frente a la computadora. Le
costaba rehacerse del inesperado episodio. Bueno, se dijo, captemos
el lado positivo de los hechos. Si Juanjo había presenciado el beso
no le cabrían dudas de que se metería en problemas si intentaba
arrinconarla. Noelia apareció a su costado:
-¿Te pasó una aplanadora por
encima?
Ni siquiera tuvo fuerzas para sonreír. Le dirigió una mirada
soñadora todavía suspendida en el rostro del hombre mientras se
inclinaba sobre el suyo.
-¡Vaya, vaya...! ¿Y todo en
media hora? En una noche te mata, che.
-¿Por qué siempre tan explícita?
¿O entre hombres y mujeres están prohibidas las palabras?
-Si las palabras producen ese
efecto... ¡Quiero escucharlas! -rió escandalosa.
Noelia era una de sus compañeras de viaje. Tenía dos años menos que
ella y era absolutamente desenfadada. Hasta Juanjo temía los ex
abruptos de la bella pelirroja. Se dobló hacia ella y siseó:
-¡Ahí se va tu príncipe azul...!
Respondió a la despedida sin mover los ojos de la pantalla.
-¡Hasta luego, doctor...! -la
telefonista contestó cordialmente y después de un momento volvió a
cuchichearle:- ¡Se enajenó mirando tu nuca...! Te concedo el plazo
del viaje para saber que pasó.
El regreso de Barrionuevo las alertó.
-La central de teléfonos está
adelante, Noelia, por si no te habías dado cuenta -dijo
cáusticamente.
-Por si no se dio cuenta usted,
dejé un reemplazo para satisfacer una necesidad corporal. ¿O deberé
usar pañales? -lo provocó.
Su jefe torció la cara y ella comprendió que el horno no estaba para
bollos. Se alejó taconeando fuerte y ondulando las caderas. Laura
admiraba la soltura de esa joven colmada de respuestas y bien
plantada en cualquier circunstancia. La orden del jefe interrumpió
su reflexión:
-Vení a mi despacho, Laura -y
agregó inusualmente:- Por favor.
Ella, aligerada de la normal prevención, lo siguió hasta la oficina.
Juanjo se acomodó detrás del escritorio y le señaló la silla de
enfrente:
-Verás, Laura -empezó.- Estuve
pensando en el aumento de sueldo que solicitaste el mes pasado...
-Que solicitamos -corrigió ella.
-Hoy vamos a charlar sobre tu
caso particular -hizo un gesto para no ser interrumpido.- Teniendo
en cuenta tu antigüedad y tu dedicación, he resuelto otorgarte un
plus del veinte por ciento. ¿Te parece razonable?
-Me parece un principio de
arreglo al treinta por ciento planteado. Pero yo no puedo aceptar la
negociación personal porque vine integrando una comisión. Usted
comprenderá...
-Nadie tiene por qué enterarse.
Este es un trato entre vos y yo.
-Le agradezco el ofrecimiento
pero debo declinarlo. Mis compañeros lo necesitan tanto como yo y
entendemos que la empresa puede afrontar un incremento de salarios
-se mantuvo en sus trece.
Barrionuevo la escrutó mientras golpeaba la tapa de su agenda con la
punta del bolígrafo. ¡Maldita muchacha! No podía negarse a la
sugerencia de Ignacio del Prado sobre el salario de ella: “Estoy
seguro de que sabrás compensar su talento”, le dijo. ¿Talento para
besar? No a él, justamente. Y ahora, cuando necesitaba congraciarse
con del Prado para que apoyara el proyecto de incorporar otra
sucursal, la muy zorra se hacía la solidaria.
-No esperaba otra cosa de vos
-dijo para justificar su decisión.- Redactá un memorando para
comunicar el aumento a todo el personal. Lo firmaré antes de
retirarme.
Laura ni siquiera le dio las gracias. Se levantó y salió a cumplir
la orden. Le pasó discretamente una copia a Noelia y cuando repartió
oficialmente la notificación ya todos estaban enterados. El resto
del día transcurrió en medio de la polémica entre quienes se
conformaban con la mejora salarial y los insatisfechos. Empero,
todos aceptaron la conclusión de Laura: vale más un veinte por
ciento firmado que un treinta quién sabe cuándo.
Capítulo IV
Rafael pasó a buscarla el martes
a las siete y treinta para firmar la garantía y cancelar el alquiler
de la casa rodante. Habían conseguido, a través de sus relaciones,
una cómoda unidad totalmente equipada y un descuento considerable en
la tarifa. Laura concertó pasar a retirarla el viernes a la tarde y,
antes de ir a la oficina, convidó a su hermano con un café.
-¡Vos me manejás como querés,
bichita! -se quejó Rafael- ¿Por qué te salí de garante si me opongo
al viaje?
-Porque soy tu hermanita menor,
Rafa -le dijo con una mueca cándida.
-Vos conducís bien. ¿Y las
otras?
-Me ganan. Quedate tranquilo.
-No se les va a ocurrir meter
tipos en la camioneta...
-No seas tarado. Es la primera
regla de las cinco.
-¿Y las otras cuáles son?
-Transitar por rutas
autorizadas, detenernos a pernoctar sólo en los campings, que
ninguna se vaya sin avisar adónde y respetar estrictamente los
horarios fijados para las salidas.
-¿Y adónde se va a ir alguna?
-¡Uf! Vos sabés. Si encuentra
algún tipo interesante...
-Ustedes, ¿van a pasear o de
levante?
-Algunas veces las cosas se
combinan, ¡cavernícola...!
-Y en tus planes, ¿está
conseguir un tipo interesante?
-Esta vez no. Hay uno en Rosario
que me gusta -le sonrió misteriosa.
-¿Lo conozco?
-Sí.
-Para tu información, Ramón se
va a separar el día del kilo. La plata grande y el status los tiene
su mujer, y con él sólo podés aspirar a una relación extra conyugal.
Laura escuchó el discurso con una mueca burlona. ¿Quién se acordaba
de Ramón? No después del beso... ¿Debía sacar a Rafael de su error?
-No es Ramón -declaró sin dar
otro nombre.
-Entonces ¡Nacho...! -afirmó,
como si le hubiera leído el pensamiento.
Ella se encogió de hombros molesta por la rápida deducción de su
hermano. La sacaba de quicio ser tan transparente. Miró la hora y se
sobresaltó. No le gustaba llegar tarde al trabajo:
-¡Vamos! -exigió- Tengo que
marcar tarjeta.
Rafael llamó al mozo y pagó la invitación. Laura, sin haber
confesado quién le gustaba, le agradeció el aval y le dio un beso
antes de bajarse. Su silencio era elocuente. Si no es Ramón, es
Nacho, se dijo Rafael. Primero había pensado en su socio dado la
indocilidad de Laura y el desgraciado antecedente de su relación
pasada. ¡Pobrecita...! Apenas había cumplido los veinte cuando ese
rufián la engatusó. En siete años ningún vínculo prosperó más allá
de salidas ocasionales que ella se adelantaba a interrumpir con
cualquier excusa. Necesitaba volver a enamorarse para dejar atrás
esa experiencia negativa y Nacho exhibía un temperamento idóneo para
ilusionarla. Se prometió estar más cerca de su hermana cuando
volviera de sus vacaciones.
El miércoles a la tarde Laura se encontró con Marcia para juntar los
planos y la información recolectada y trazar el plan de viaje.
Noelia y Andrea convinieron delegarles la tarea mientras ellas se
ocupaban de listar y conseguir los enseres y provisiones para los
nueve días. La reunión fue en casa de Marcia porque en el edificio
de Laura no admitían el ingreso de animales y su amiga no salía sin
su Bobi. El perro, de siete años ahora, fue el único compañero en la
solitaria tarea de hacerse cargo de su abuela y de su madre. Laura
la conoció en un viaje que clausuraba los tres años de dedicación a
las enfermas. En esa excursión compartieron el alojamiento con
Andrea, enviada a reponerse de un cuadro de presión familiar. La
jovencita era la única hija entre seis varones sobrevaluados por los
padres. Las tres mujeres, hermanadas por sus conflictos,
establecieron un vínculo que las llevó a prolongar el contacto
después de las vacaciones y a reunirse para otras salidas. El enorme
ovejero las recibió con muestras de afecto y se tendió entre ambas
mientras desplegaban los planos y los libros sobre la mesa del
comedor. Laura abrió un cuaderno y asumió su rol de secretaria:
-Teniendo en cuenta que tenemos
ocho días, descontando la ida y la vuelta, ¿cuánto tiempo nos
quedaremos en cada lugar? -consultó.
-No más de uno si queremos
extendernos en Colón -opinó su amiga.
Laura estudió los planos y señaló uno bajado de Internet:
-Aquí están marcados los puntos
más turísticos de la provincia y sus rutas de acceso. Debemos elegir
caminos provinciales o nacionales y paradores autorizados para
ajustarnos al contrato de alquiler de la casa rodante.
Analizaron el plano durante una hora y armaron un borrador de común
acuerdo: Rosario a Victoria por el puente, Victoria a Diamante por
ruta provincial 11, Diamante a Villaguay por ruta 18, Villaguay a
Concordia por ruta 13 y Concordia a Colón por ruta nacional 11.
Desde allí regresarían conectándose por las rutas 14, 39 y 26 hasta
el puente que en una hora las pondría en Rosario. A continuación
anotaron las características de cada ciudad hasta las veintitrés,
cuando pidieron una pizza para no interrumpir el trabajo. Laura se
despidió a la madrugada con el compromiso de una próxima reunión.
Noelia y ella se comunicaron el avance de las tareas grupales al día
siguiente, en el lugar de trabajo. Antes de su cita con Marcia fue
al centro a completar su guardarropas y compró unos sándwiches para
la cena. A la una del viernes volvió a su departamento con la
satisfacción del objetivo cumplido. Cuando pasó al lado del
perchero, le vino a la mente el saco gris y asociado con él, su
dueño. Le parecía que entre el lunes y esa noche había transcurrido
una eternidad. Ella no había vuelto a pensar en él. Pero él tampoco
había intentado comunicarse. Uno más, se dijo. El sueño la tironeó
hacia un espacio sin imágenes hasta la mañana del día previo a sus
vacaciones.
El viernes de trabajo se esfumó. Su hermano le recordó que la
llevaría a retirar la casa rodante y Juanjo, persuadido de su
relación con Ignacio del Prado, no le hizo notar la conquista mal
habida de la licencia. A las dieciséis el mismo Barrionuevo le
derivó la llamada de Nacho.
-Hola... -dijo con voz apagada.
-Hola, Laura, ¿cómo estás?
-A punto de empezar mis
vacaciones -le refrescó.
-Acabo de volver de un viaje y
me gustaría verte antes de la partida. ¿Te paso a buscar?
-Mi hermano vendrá a buscarme a
la salida.
-¿Y después...?
-Vamos a cargar el motorhome.
Nos vemos al regreso - concluyó como despedida.
El silencio sobrevino a sus palabras. El pulso se le aceleró
esperando la réplica.
-Sólo me queda ir a
despedirte... -dijo él al cabo.
-No sé... Debo pasar a buscar a
mis amigas. Todavía no establecimos el orden...
-Si no fuera tan tonto, pensaría
que no querés verme. Pero voy a fiarme de mi juicio y aceptaré lo de
tu ocupación. Por lo tanto... ¿hasta la vuelta? -interrogó con
cierto humor.
-Hasta la vuelta -dijo, y cortó
la comunicación para no evidenciar sus ganas de verlo.
A las diecisiete y treinta Noemí y ella se despidieron de sus
compañeros de trabajo y subieron al auto de Rafael. Su hermano las
dejó admirando las comodidades del utilitario y con la promesa de
apersonarse en la casa de Marcia, última en ser recogida. Con Laura
al volante, el vehículo enfiló hacia lo de Andrea para cargar las
vituallas. Las tres amigas cenaron juntas al completar el cargamento
y, después de dejar a Noelia, Laura guardó el motorhome en una
cochera enfrente de su departamento. Eran las veintidós y se dio
tiempo para un baño de inmersión. Relajada por el agua caliente y
perfumada, dejó a su mente deambular sin impedimentos mezclando
pasado y presente, hasta convenir que no había malas experiencias
que perduraran al calor de un beso.
El despertador sonó a las siete de la mañana y se levantó descansada
y de buen humor. Después de vestirse, cerró la valija -se habían
permitido una por persona- y preparó el desayuno. Debía recoger a
Noemí a la ocho y cuarto, siguiendo por Andrea a las ocho y media y
finalmente, a las nueve, a Marcia y Bobi. Antes de salir se miró al
espejo y se sonrió. Vestía un conjunto deportivo verde y blanco con
una musculosa blanca, zapatillas verdes y zoquetes blancos. Un
gorrito con visera estampada con la palabra “Rosario”, obsequio
grupal de Marcia, completaba el atuendo. Se calzó las gafas de sol y
la mochila y sacó la valija al palier. Se cercioró de asegurar la
puerta y cruzó a la cochera para buscar el motorhome. Noelia la
esperaba en la puerta de su edificio. Enseguida cargaron su equipaje
y pasaron por la casa de Andrea. La ansiedad la había hecho madrugar
y en cinco minutos partieron hacia el domicilio de Marcia. Llegaron
a las nueve menos cuarto. Laura vio el auto de su hermano
estacionado sobre la entrada del garaje de su amiga. Corrió a
saludarlo mientras sus compañeras buscaban a la otra integrante y su
perro. Cuando se precipitaba en brazos de Rafael, atisbó a Nacho por
detrás. Apretada contra su hermano, sus ojos se cruzaron con los del
hombre que ya estaba ocupando demasiado lugar en sus pensamientos.
Se separó de Rafael con una mirada de reconvención, ignorada con
descaro. Caminó hacia Nacho sin poder discernir si estaba enojada o
satisfecha por su osadía. Él la miró con esa sonrisa personal y la
desarmó:
-El hombre que no acepta un
no... - entonó ella suavemente.
-Sólo vine a fortalecerme para
soportar la ausencia -dijo con naturalidad.- ¿Me presentarás a tus
acompañantes?
-Vení -arrancó hacia el
vehículo.
Las otras mujeres escuchaban estoicamente las recomendaciones de
Rafael porque era el hermano de Laura y el habitual garante de sus
viajes. La llegada de Nacho les permitió zafar del discurso
paternal.
-¡Chicas, les presento a Nacho!
-se dirigió especialmente a Marcia y Andrea porque Noelia lo
conocía.
-Ella es Andrea, -Nacho le dio
un beso en la mejilla- y ella Marcia -la nombrada le estiró la mano
que él estrechó con una sonrisa.- A Noelia la conocés.
Por la puerta del rodado asomó el majestuoso ovejero.
-¡Ah...! Y él es Bobi, nuestro
guardián.
Nacho le acercó la mano a la cabeza y el perro la olisqueó por un
momento. Después permitió que le acariciara la testa y se volvió a
meter en la casa rodante.
-¡Ya son las nueve pasada!
-avisó Marcia mientras subía al utilitario.
Noelia y Andrea se despidieron de los hombres. Laura se rezagó para
entregar una copia del itinerario a Rafael quien después del abrazo
fraternal le insistió en que tuviera siempre encendido el celular,
que fueran por caminos seguros, que no se arriesgaran, que... La
muchacha lo plantó en medio de las recomendaciones y se volvió para
despedirse de Nacho. ¿Qué debía hacer? ¿Darle un beso? Demasiado
peligroso. ¿La mano? Absurdo. Rafael, apoyado en su auto, y las
chicas desde el motorhome, esperaban el desenlace.
-¡Eh, macho...! -la voz de
Marcia sonó impaciente- ¡Dale un beso de una buena vez que se nos
hace tarde!
Laura, perturbada, giró hacia el vehículo y lo abordó
precipitadamente para instalarse frente al volante. Marcia se asomó
para cerrar la puerta con rostro compungido.
-Me debés una... -le dijo Nacho.
-Tenés toda la razón del mundo
-aseguró Marcia cerrando.
Laura levantó el brazo para despedirse y guió la casa rodante con
destreza hacia la avenida. Los hombres quedaron en silencio hasta
perderla de vista.
-¿Estás pensando en aniquilarla?
- sonrió Rafael al cabo.
-Y ningún juez me encontraría
culpable -aseveró Nacho.
-Esa Marcia es una atolondrada.
Algunas veces me pregunto cómo cuatro mujeres tan dispares se
integran tan bien.
-¿Salen siempre juntas?
-Desde hace varios años. Salvo a
Noelia, a las otras las conoció yendo de excursión al sur -hizo una
pausa.- Para que las conozcás: Andrea es pusilánime, Noelia
descocada, Marcia marimacho y Laura... mi hermanita menor -terminó
con una carcajada.
Nacho lo secundó. Minutos
después volvían al centro de la ciudad.
Capítulo V
El tránsito estaba lento.
Tardaron una hora y media en cruzar el puente. A las once de la
mañana estaban en Victoria en medio de un espléndido día de sol.
Decidieron bajar en el parador de la estación de servicio para
estirar las piernas y soltar a Bobi. Marcia lo tenía bien entrenado
y no compartía la inquietud de sus amigas acerca de que se
extraviaría. Laura aspiró profundamente gozando del paseo al aire
libre y de la soberbia sensación de nueve días de libertad.
-¡Marcia! Bobi se perdió de
vista -avisó Andrea.
-Ya va a volver. ¿Cuándo vamos a
tomar un café?
-¡Vamos ahora...! -dijo Noelia-
Y de paso podemos organizar el día -a Laura:- ¿trajiste el cuaderno?
-Sí. Vayamos.
La cuatro, con las gorritas proclamando “Rosario”, se ubicaron en el
bar junto a una ventana. Laura abrió el anotador después que les
sirvieron el café:
-Presten atención. Aquí podemos
disfrutar de la pesca... -miró las caras torvas de sus amigas.- No,
no podemos disfrutar -coligió- ¿Querrán entonces visitar el monte de
los ombúes? Es una rareza natural porque el ombú crece en soledad y
aquí forma un verdadero bosque.
-¡Voto por conocerlo! -dijo
Marcia.
-¡Claro, para que tu Bobi tenga
la reserva a su disposición! -exclamó Noelia- ¡Vayamos a pasear por
la costanera! Podemos tomar mate y echarle una miradita a los
entrerrianos... -dijo insinuante.
-Podría ser... -opinó Laura-
¿Andrea?
-Lo que ustedes quieran, chicas.
-¿Marcia?
-Para mí está bien -accedió.
Pagaron la cuenta y cuando salieron Bobi estaba esperándolas junto
al motorhome. Las jóvenes lo mimosearon un rato y después subieron
al vehículo para dirigirse a la costa. Marcia tomó el volante a
pesar de que Laura afirmó no estar cansada. Prepararon el equipo de
mate mientras recorrían lentamente el hermoso paseo ribereño
profusamente arbolado y rodeado de ondulantes colinas. Al mediodía
instalaron una mesita desplegable y se sentaron a matear y tomar sol
mientras Bobi salía de correría. Noelia, como siempre, las
sorprendió con un comentario:
-Estuviste bastante floja, che
-le dijo a Marcia.- La dejaste a Laura sin su beso de despedida.
-Ya le di la razón al galán
cuando me amenazó -contestó molesta.- ¿Ahora debo darte
explicaciones a vos?
-¡No se alteren! -intervino
Laura.- Que recién empezamos las vacaciones.
-¡Esta mina me saca de
quicio...! -Marcia se levantó.- Mejor me voy a dar una vuelta con
Bobi.
-¡Uf! -exclamó Noelia- Siempre
acaba las discusiones de la manera más fácil. Media vuelta y huída.
-¿Se habrá enojado? -se preocupó
Andrea.
-¿Por qué no le vas a preguntar?
-sugirió Noelia.
Andrea la miró a Laura. Ella se encogió de hombros y la moderadora
salió detrás de Marcia.
-¡Mirá que sos embrollona! Ahora
deberá aguantar el enojo de Marcia.
-¡Que se joda por boluda! Pero
Marcia se debe hacer cargo de sus errores.
-No te enojés por cuenta mía. Al
fin y al cabo me sacó de un momento comprometido.
-No sé qué tiene de comprometido
una simple despedida... Al menos... ¿Se relaciona con el episodio
del lunes? -se atropelló.
-Algo así -fue la escueta
respuesta.
-Contame. Tu plazo ya venció
-exigió Noelia inclinándose hacia Laura.
-Entre nosotras -le advirtió su
amiga.
Ella asintió y cruzó los dedos sobre los labios para indicar que
estaban sellados. Laura le narró el encuentro con Nacho y el beso
inesperado.
-¿Te gusta lo suficiente como
para olvidar al miserable? -preguntó Noelia al terminar el relato.
-¿A qué miserable te referís?
-contestó Laura.
Las dos largaron la carcajada y riendo las encontraron Andrea y
Marcia al volver de la caminata.
-Se están riendo de mí -acusó
Marcia sentándose en la reposera.
-En realidad, estaba alabando tu
intervención providencial -le aclaró amigablemente.
-¿Sí? Debieras decírselo a él.
Porque me la tiene jurada -cambiando de tono:- En serio, Laura, no
quise joderte. Pero vos sabés que algunas veces me impaciento.
-Está bien. No pasó nada -miró
extrañada su vibrante celular - El Rafa -anunció a sus amigas.
-¿Pensás llamarme todos los
días? -lo saludó.
-¡Qué gusto escuchar tus
palabras cariñosas! -contestó jocoso- ¿Cómo están?
-Aquí estamos, en compañía de un
macho bien dotado.
-¿Tan rápido? ¿Cómo se llama?
-Bobi se llama, tonto.
-Sos una irrespetuosa. Ya vamos
a charlar cuando vuelvas... ¿El tiempo?
-Un día espléndido -contestó sin
entusiasmo.
-Acuérdense de no acampar a la
orilla de ninguna corriente de agua ni refugiarse bajo los árboles
en una tormenta eléctrica -la instruyó.
-Ya me lo dijiste mil veces...
La próxima llamada la hago yo cuando estemos por volver.
-Escuchame, mula. Si necesitás
cualquier cosa, hablame.
-Sí, si te necesitamos te
llamaré.
-¡Ah! Lo encontré a Nacho.
Parece ansioso por saber de vos...
-¿Acaso te pregunté?... Chau,
Rafa. Gracias y no llamés más.
-Cuidate, inaguantable. Te
quiero.
-Yo también te quiero,
hermanito.
Laura no hizo comentarios. Pensó en el informe de Rafael acerca de
la impaciencia de Nacho por tener noticias suyas. Seguramente quería
inducirla a que lo telefoneara. Pero ella no haría eso. Se limitaría
a esperar su llamada cuando estuviera de vuelta. Eso haría.
-¿Qué dijo nuestro garante? ¿Nos
mandó saludos? -quiso saber Noelia.
-¡Ah... Sí! Además de tomarse a
pecho el rol de padre, les manda a todas un beso y las
recomendaciones de siempre.
-¡Es un dulce...! -insistió
Noelia- Podés tenerle un poco de paciencia.
Se levantó ágilmente y la invitó:
-¡Vamos a caminar por el puerto,
Lau!
Laura, en shorts y camisa anudada bajo el busto para aprovechar el
cálido sol, estaba acomodada en una reposera y apoyaba los pies
sobre un tronco de la vereda. Apenas se movió para hacerle un gesto
de negación.
-¡Vamos, Andrea! -Noelia conminó
a su compañera que recién se sentaba.
-¿Dentro de un rato...? -sugirió
débilmente.
-¡Ahora! No seas remolona.
Andrea se ajustó los anteojos de cristales gruesos y se incorporó
con un suspiro resignado. Las dos partieron secundadas por Bobi.
Laura y Marcia se dejaron vencer por la molicie hasta ser
despabiladas por las voces de sus amigas que venían acompañadas por
dos hombres.
-¡Chicas! Les presento a Jorge y
Damián -señaló a las jóvenes- Marcia y Laura. ¡Nos invitaron a comer
pescado a la parrilla en un velero! -dijo Noelia entusiasmada.
A Laura le costó levantar las pestañas para apreciar a los marinos.
Hizo visera con su mano porque el sol le daba de frente. Vio a un
hombre de unos cincuenta años y a otro más joven. Tal vez el hijo,
calculó.
-Hola -saludó.
-¿Un barco? -saltó Marcia- ¿Te
olvidás que Laura y yo nos descomponemos de sólo pisar un bote a
remos?
Algunas veces se te prende la lamparita, pensó Laura. Ella tampoco
subiría al yate de ningún desconocido. Jorge, el mayor, sonrió
sutilmente y propuso:
-¿Y si lo degustamos en la
costa?
Observando el gesto decepcionado de Noelia y Andrea, sus amigas
aceptaron la propuesta. Cerraron la casa rodante y caminaron con los
pescadores hacia el puerto. Los siguieron hasta el muelle adonde
estaba fondeado un velero blanco de aspecto imponente. El nombre
“Invencible” se destacaba al costado en nítidos trazos negros.
-Seguramente no querrán
recorrerlo a pesar de estar anclado... -insinuó Jorge.
-Los esperamos aquí -afirmó
Laura.
Él volvió a sonreír haciéndola sentir una timorata. Se lo prometí a
Rafael, recordó, y mantuvo el gesto impasible. Poco después los
vieron regresar con una gran cesta de mimbre, otra mediana y una
parrilla. Las guiaron hacia un quincho dentro del club de
pescadores. Adentro estaba equipado con una plataforma de material
con campana y una mesa rústica con varias sillas. Rápidamente
colocaron el mantel y la vajilla y ubicaron la parrilla para asar el
pescado. Mientras Damián, el más joven, se ocupaba de encender el
fuego, Jorge le propuso a Marcia:
-¿Me acompañás a buscar las
guarniciones?
La muchacha asintió y salieron con el fiel ovejero. Andrea se acercó
a Damián:
-¿Necesitás ayuda?
-No, gracias -sonrió con
simpatía.- En todo caso ocupate de recibir la bebida que traerán en
un rato.
-Está bien -dijo, y volvió con
sus amigas.
Noelia le hizo algunas morisquetas que le arrebolaron el rostro e
hicieron reír a Laura. A las catorce y treinta estaban saboreando
una deliciosa comida acompañada por excelentes vinos. La charla con
los anfitriones fue tan amena que recién a las dieciocho se
levantaron de la mesa. Rompiendo la regla, Damián se dedicó a Andrea
y Jorge a Marcia. Ni a Laura ni a Noelia las afectó, ya sea porque
la primera estaba prendida del recuerdo de Nacho y la segunda no
tenía interés por ninguno. Cuando reiteraron la invitación para
visitar el barco, a todas les pareció bien. El interior del velero
era tan lujoso como el exterior. El salón, la cocina y los camarotes
estaban revestidos de madera y decorados con finos detalles entre lo
rústico y lo moderno. Los baños eran suntuosos y todos los ambientes
estaban completamente equipados. Después de recorrerlo, se sentaron
en la cubierta para tomar unos tragos que preparó Jorge y sirvió
Damián. Como Laura presintiera, eran padre e hijo. Jorge tenía
cuarenta y ocho años y Damián veintiuno.
-¿Entonces las dos se marean en
un bote a remos? -recordó Jorge con humor.
Laura se largó a reír.
-Si tuvieras un hermano mayor
como el Rafa, ninguna evasiva sería suficiente. Pero nos queda un
resto de sentido común para reconocer a la buena gente -arguyó.
-¿Y vos, Marcia?
-También tomo mis recaudos
-expresó con una sonrisa que confirió encanto a su rostro
generalmente hosco.
Laura y Noelia intercambiaron una mirada de complicidad. Habían
hecho tres viajes con Marcia y era quien siempre prefería la
compañía de la naturaleza a la de los hombres. Hasta se habían
confiado la sospecha de que fuera lesbiana. Pero esa muchacha
seductora estaba tan lejos del lesbianismo como ellas. Laura hizo
cuentas. Si bien Marcia era la mayor, tenía veintinueve años, y
Jorge le llevaba diecinueve. Le pareció una diferencia importante,
pero mirando al hombre convino en que estaba en excelente estado
físico y no representaba más de cuarenta años. ¿Nacería un romance?
¡Lástima! Porque debían partir a la mañana siguiente. Andrea parecía
embelesada por Damián. En este caso, ella lo aventajaba por tres
años. ¡Una pavada...!
-¿... mañana? -la voz de Jorge
la volvió a la realidad.
-Según el plan, -contestó
Noelia- a Diamante.
Él no insistió en retenerlas. Sacó una tarjeta y se la entregó a
Marcia.
-Llámenme cuando sea y para lo
que sea. Aunque no se encuentren en problemas -aclaró jovial.
La muchacha la guardó en su bolso. Se levantó con brusquedad y
expresó:
-Ya es tarde y mañana debemos
salir a primera hora -Bobi se alistó.- Gracias por todo -les dijo a
padre e hijo y les estiró la mano.
Las otras se incorporaron sobresaltadas. Jorge le hizo un gesto a
Damián antes de la despedida:
-Las acompañaremos hasta el
motorhome -dijo categórico.
Ninguna se opuso. Caminaron hasta donde estaba estacionado el
vehículo alargando el tiempo. Marcia se quedó esperando que Bobi
satisficiera sus necesidades, momento en que Laura y Noelia se
despidieron. Se dieron un baño antes de acostarse, y el sueño las
venció antes de estar completa la tripulación de su hogar sobre
ruedas.
Capítulo VI
La vibración despertó a Laura.
Emergió a la vigilia con el movimiento del rodado. Se levantó de un
salto y abrió la puerta de la cabina. Marcia estaba al volante y
Andrea le cebaba mate:
-¡Iuju, dormilonas...! -gritó la
conductora- ¡Si seguían así las íbamos a despertar en Diamante!
Andrea le acercó un mate recién cebado.
-¡Gracias! Voy a llamar a Noelia
-sonrió, contagiada por los rostros alegres de sus amigas.
La durmiente se estaba desperezando. Se vistieron y se acomodaron en
la cabina para compartir la mateada con tortas fritas. Le ofrecieron
trocitos a Bobi a escondidas para evitar el enojo de su ama. El sol
calentaba el interior del vehículo como en un día de verano.
-¿A qué hora volvieron, si se
puede saber? -la voz de Noelia sonó irreverente.
-Cuando ustedes roncaban como un
aserradero -contestó Marcia riendo.
-¡Qué metáfora desagradable
sobre dos finas damas...! ¿Avanzaron algo, eh...?
-Sí. Estamos a treinta
kilómetros de Diamante.
-¡Graciosa...! Vos sabés a que
me refiero.
-Si es a Jorge y Damián, los
veremos en el club náutico de Diamante.
-¡Lau, Lau...! ¡Tenemos
casamientos en puerta! -Noelia se arrodilló delante de Andrea y le
tomó la mano haciendo la pantomima de una declaración.
La chica, con las mejillas encendidas, se desasió riendo. Después
volvió a cebar mate mientras discutían sobre los lugares a visitar.
Decidieron disfrutar de las playas del club náutico, conocer el lago
de Ensenada y la cascada de Paraje Ander Egg. A las diez de la
mañana estacionaron a la entrada del club. Las cuatro estaban en
malla bajo los atuendos playeros. A medio camino de la playa se
reunieron con Jorge y Damián. El encuentro fue cálido y rubricado
por besos amistosos. Al menos, por parte de Laura y Noelia. Los
hombres alabaron genuinamente a las cuatro jóvenes y las guiaron
hacia la arena. Marcia se quedó charlando con Jorge en compañía de
su fiel guardián y sus amigas, junto a Damián, se unieron a un grupo
de voley. Volvieron después de una hora a disfrutar de los jugos de
fruta que el compañero de Marcia había pedido para ellos. La mujer
exhibía una fisonomía desconocida. Bajo el efecto de Jorge el gesto
adusto había resbalado de sus facciones y una estrenada sonrisa la
embellecía naturalmente. Los seis fueron a nadar y después se
secaron al sol. Al mediodía almorzaron en la cantina del club y
salieron a navegar en las aguas calmas del río Paraná. Jorge y
Marcia desaparecieron discretamente mientras los demás tomaban sol o
descansaban en cómodas reposeras. Damián sacó el equipo de pesca y
le explicó a una atenta Andrea los secretos del oficio. Ancló el
velero cerca de una isla y les aseguró que era una zona excelente
para nadar. A su pedido, se turnaron para zambullirse y disfrutar
del agua. Cuando se estaban secando en cubierta, aparecieron Marcia
y Jorge. Sus semblantes eran elocuentes. Las sonrojadas mejillas de
la joven y el extático gesto de su acompañante eran el resultado de
una ecuación amorosa resuelta. A Laura se le llenó el cerebro con la
imagen de Nacho: cuando le sonrió por primera vez, cuando apareció
en su casa, cuando se despedían, cuando la besó. Un sensual
estremecimiento dibujó el relieve de sus poros al trasladar el beso
al interior del camarote. Pensó en Juanjo, en su mamá, en Marisol,
en Rafael y la imagen fue perdiendo fuerza. Le quedó la comezón de
escuchar su voz, al punto de llevar la mano al celular colgado de la
cintura. No, se repitió. Él debe llamarme. Habló con el grupo para
sosegar su mente:
-¿Vamos a La Ensenada?
La propuesta fue aceptada con beneplácito. Se prepararon para ir a
buscar el motorhome. Damián pidió conducirlo y se instaló en la
cabina con Andrea. Marcia y Jorge disfrutaban el avance de su
relación mientras Laura y Noelia no se ponían de acuerdo sobre
cabalgar o pedalear. Entre todos decidieron pedalear hasta el lago y
reservar la cabalgata para acceder a la cascada y recorrer la selva
en galería. Fue una tarde cuya evocación estaría siempre ligada al
disfrute. Las mujeres probaron la paciencia masculina mientras
decidían cual bicicleta alquilar. Luego se unieron a un guía y a
otro grupo de ciclistas con los que Noelia alternó rápidamente.
-¡Son motoqueros! -le anunció a
Laura emparejándola- Dos están muy bien. ¿Me harías pata para ir a
bailar?
-¿Ya conseguiste una invitación?
-rió su amiga- Me estaba extrañando. Si no me elegiste algún tarado,
te acompaño.
-¡Sos de fierro! Así los dejamos
solos a los tórtolos y nosotras no nos aburrimos. El que me gusta se
llama Piero y viene a un encuentro internacional. Es italiano pero
habla muy bien el castellano.
-¡Un italiano! ¡Y después voy a
tener que aguantarte llorando por los rincones! ¿Por qué no se
habrán buscado los candidatos al terminar el viaje? -declamó mirando
al cielo.
-Vos te lo trajiste puesto...
Noelia no terminó de rebatirla. Laura bajó los ojos y la piedra
pareció brotar de la nada. Hizo un brusco movimiento para evitarla y
derrapó con la bicicleta.
-¡Lau! -gritó su amiga alarmada
y volanteó hacia ella.
Varios de los integrantes del grupo se volvieron al escuchar los
gritos de Noelia. Laura, mudamente, movía despacio la pierna bajo el
rodado.
-¿Estás bien? -Jorge fue el
primero en llegar.
-Sí. Es un raspón, nomás. ¿Y la
bici?
El guía la levantó, evaluó el cuadro, la cadena y las cubiertas;
verificó la línea del manubrio y concluyó que no había sufrido daño.
Laura se incorporó con la ayuda de Jorge y dio unos pasos, para
ratificar con alivio:
-Estoy bien. Puedo seguir.
Dos hombres jóvenes se acercaron y hablaron con Noelia. Ella los
llevó junto a la accidentada:
-Laura, te presento a Piero y
Fabián.
Los tres se sonrieron. Fabián sacó un botiquín de primeros auxilios
de la mochila:
-Sentate en ese tronco que voy a
esterilizar la herida.
Laura lo miró con desconfianza.
-Tranquila... Soy médico -dijo
el muchacho con una sonrisa.
Le limpió la herida con agua oxigenada y, luego de desinfectarla, la
vendó con habilidad.
-¿Mejor?
-Perfecto -le agradeció.
Los cuatro hicieron el resto del trayecto juntos. Mientras el resto
se bañaba en el lago ellos lo recorrieron en bote para evitar a
Laura una posible infección. A las dieciséis regresaron a la casa
rodante y después de sacar a Bobi se dirigieron a Paraje Ander Egg
para conocer el salto de agua. Piero y Fabián los siguieron en sus
motos. Ocho jinetes montados en sufridos rocines recorrieron el
camino al salto de agua en medio de una agreste vegetación. Noelia
entró en pánico cuando su cámara le avisó que el microchip no
soportaba más fotos. Laura le ayudó a decidir cuáles borrar para
sacar la tanda nueva porque la fotógrafa no quería perder ni aún las
repetidas. Al atardecer regresaron hasta el estacionamiento y se
despidieron de los motoristas hasta después de la cena. Laura y
Noelia declinaron la invitación de Jorge para comer en el velero y
se fueron a preparar para el baile. Después de una cena frugal se
bañaron y sacaron su ropa más arreglada. Ambas se miraron
aprobadoramente cuando terminaron vestidas y maquilladas. Esperaron
a Piero y Fabián fuera del motorhome:
-Piero me gusta, Lau. ¿Me
llevaría a Italia...? -preguntó soñadora.
-Mirá, Noelia. Cualquier tipo te
llevaría a las antípodas. Pero no le hagás saber en la primera cita
que te estás muriendo por él.
-¡El remanido artificio
femenino! ¿No es mejor ir de frente?
-Las guerras no sólo se ganan
con valentía. Algunas veces es necesario un poco de estrategia...
-Yo no la voy a aprender nunca.
Por eso ningún tipo me dura... -meditó.
-Hacé el intento si Piero te
gusta. Aunque debas esperar a que vuelva de Italia para darle un
beso.
Noelia la miró horrorizada. ¿Su amiga hablaba en serio? Sí,
definitivamente. Bueno, pensó. Ya vería cuánto podría gustarle en el
transcurso de la noche.
-Pasado mañana deberemos
resarcir a las chicas por nuestra trasnochada -opinó Laura.
-Si pueden abrir los ojos
después de la encamada. ¿Te fijaste la cara de bendecida de
nuestra Marcia? -dijo riendo.
-Ojalá sea más que una aventura
para ella. Es una mina excelente. Apostaría que Jorge es su primer
amor.
-¿Verdad? Yo pienso lo mismo. ¿Y
que me decís de nuestra cegatita?
-Que por creernos más superadas
nos convertiremos en las tías solteronas de sus hijos.
-¡Cruz diablo! -gritó Noelia
mientras hacía cuernos con el índice y el meñique- ¡Antes me interno
en un convento!
Las carcajadas de las jóvenes orientaron a Piero y Fabián,
esperanzados en pasar una velada memorable.
-¡Buenas noches! -saludaron- Me
alegra encontrarlas de buen humor -agregó Fabián.
-¡Hola!
-¿Cenaron? -preguntó Piero.
-Sí. ¿Y ustedes?
-Veníamos a convidarlas. ¿Nos
acompañarán? -dijo Fabián.
-¿Por qué no? -contestó Laura-
Nos falta el postre.
Las motos estaban estacionadas a la entrada de la ruta principal.
Cada hombre ofreció un casco a sus parejas:
-Esperamos que no tengan reparo
en usar este medio de locomoción -expresó Piero.- Queremos llevarlas
al mejor restaurante que tiene una confitería anexa adonde se puede
bailar.
Laura se había puesto pantalones para cubrir el apósito de su
pierna, pero Noelia estaba enfundada en una ajustada solera de falda
corta. La muchacha no se inquietó.
-Me sentaré de costado -afirmó
calzándose el casco.
Para Laura la vivencia de viajar en moto era inédita. Se tranquilizó
al comprobar la pericia del conductor a cuyo cuerpo se fue afirmando
para abandonarse a la experiencia. En veinte minutos estuvieron
frente a una casa de comidas, indudablemente frecuentada por los
motociclistas. Una colección de costosas motos, custodiada por
varios guardias de seguridad, estaba estacionada en un predio frente
al establecimiento. Un uniformado saludó familiarmente a Piero y
Fabián y les indicó el lugar donde dejar los rodados. Las chicas
ahuecaron sus cabellos para borrar los rastros de aplastamiento
ocasionados por el casco, y caminaron hacia la entrada del
restaurante. El lugar era lujoso y cálido. Las mesas lucían manteles
claros y centros de mesa con flores naturales, fina vajilla de
porcelana y copas de cristal. El ambiente de luz difusa y las voces
atenuadas invitaban a la charla intimista. El maitre los recibió
cordialmente y los guió hacia una mesa seguramente reservada. Los
hombres ayudaron a instalarse a las jóvenes y Piero se ocupó de
encargar el menú.
-Al menos acompáñennos con
alguna bebida mientras cenamos -insistió el italiano.
Aceptaron tomar una copa del vino pedido por ellos. La conversación
derivó de ser generalizada a parcializarse en parejas.
-¿Trabajás? -inquirió Fabián.
-Sí. Soy secretaria de una
empresa de servicios. Y vos, ¿ejercés en La Capital?
-En el Hospital General y en mi
consultorio particular. ¿Conocés Buenos Aires?
-Bastante. Tengo algunos amigos.
¿Conocés Rosario?
-No. Pero ahora tendré un
argumento para ir -le sonrió.
La llegada del mozo ofreciendo los postres la dispensó de
aclaraciones. Eligió una copa helada que a criterio del mozo era muy
abundante para una persona. Dudosa, la cambió por dos bochas de
helado. Fabián intervino:
-¡De ninguna manera! Pedila.
-¡No! Sería una pena
desperdiciarla.
-¿Y si la compartimos?
Laura accedió observando la dentadura perfecta del médico y su
escrupulosa higiene. El mozo volvió con una enorme copa helada
adornada por crema, frutas y obleas, y dos cucharas. La pusieron
entremedio y comenzaron a desmantelarla. Fabián comía
despaciosamente sin dejar de mirarla y Laura se sintió saboreada en
cada cucharada. La sensual percepción la puso en estado de alerta.
Después de un día perfecto el corolario era una noche perfecta, pero
ella deseaba vivirla con otro acompañante. ¿Cómo haría para no
desairar a Fabián? Esperaba que fuera un tipo comprensivo.
-¿Nos vamos? -la pregunta de
Piero terminó con sus digresiones.
La confitería estaba contigua al restaurante. Antes de entrar,
recorrieron el hermoso jardín que rodeaba el edificio donde se
mezclaban perfumadas enredaderas con variadas especies de palmeras y
plantas tropicales. Una fuente central alimentaba los macizos
vegetales a través de angostos canales laterales creando un
microclima de oxigenada frescura. A Laura le apenó renunciar al
jardín para ingresar a la confitería. Él bullicioso ambiente
contrastaba con la tranquilidad del comedor. Encontraron una mesa
con dos asientos laterales para acomodarse los cuatro. Un camarero
tomó el pedido e inmediatamente Piero y Noelia se levantaron para
bailar. Fabián y Laura los siguieron después de recibir las bebidas.
A criterio de Laura, la música de salsa era lo más adecuado para
divertirse sin compromisos. Se movieron convulsivamente más de media
hora cruzándose con Piero y Noelia y formando un entusiasta
cuarteto. Cuando sus energías decayeron, volvieron a la mesa para
tomar los tragos. No era fácil escucharse en medio del estrépito,
por lo que reincidieron en el baile. Poco después el ritmo fue
decayendo hasta convertirse en música melódica. Fabián la enlazó por
la cintura y la arrimó a su cuerpo mientras se movía lánguidamente.
A Laura no le disgustaba la proximidad masculina pero no pretendía
ir más lejos. Sus manos se apoyaron sobre el pecho del médico para
marcar el límite virtual de contacto y mantuvo la cabeza erguida
evitando reclinarla sobre el hombro de Fabián. Era conciente de la
rigidez de su postura mientras en sus palmas resonaba el corazón del
joven y en su frente aventaba la ardorosa respiración. El hombre se
detuvo y la ciñó contra él sorprendiéndola con un beso. Laura lo
separó sin violencia y abandonó la pista. Cuando se sentó a la mesa,
Fabián estaba parado frente a ella:
-Perdoname, Laura. No pude
contenerme -se sentó.- En realidad lo deseaba desde que te curé la
pierna.
-Si era en pago de tus
honorarios, debiste pedírmelo -dijo tranquila.
Fabián rió sorprendido. Era notorio que la muchacha estaba tan lejos
de él como la luna.
-¿Por qué accediste a salir?
-Para acompañar a Noelia. Y
porque creo en la camaradería entre hombres y mujeres.
-Yo no lo creo. No podés negar
la atracción sexual.
-No la niego. Pero no se
establece con cualquiera.
-Y en este caso yo soy un
cualquiera -apuntó.
-Lo siento, Fabián...
-Está bien. Como no quiero
perder la noche, te llevaré a tu casa rodante y volveré a probar
suerte -se levantó ofuscado.
-No te incomodés por mí -dijo
Laura- Le avisaré a Noelia y buscaré un coche de alquiler... ¡No!
-lo detuvo- Voy a volver sola.
Fabián comprendió la firmeza de su decisión. Se encogió de hombros y
volteó hacia la barra mientras Laura se metía en la pista para
buscar a su amiga. La convenció de que se quedara a cambio de
escolta hasta conseguir un taxi. Los saludó con una sonrisa mientras
se iba para aliviar el gesto contrito de Noelia.
Entró al motorhome adonde ni siquiera aguardaba la presencia de
Bobi. La soledad la golpeó sin compasión. La actitud de Fabián no
fue demasiado caballerosa, pensó. Era cierto, como decía su abuela,
que algunos hombres mostraban la fibra y otros la hilacha. ¿Qué
haría ahora? No tenía sueño y las ganas de llamar a Nacho crecían
como su nostalgia. No. No voy a llamarlo. Miró el reloj. Las dos de
la mañana. Menos a esta hora. Encendió la computadora por primera
vez desde que habían salido de viaje. Revisó el correo e inició la
sesión de chat. En Barcelona, donde residía, Julieta estaba
levantada. Conversaron hasta que su amiga se despidió para ir al
trabajo. Puso música y se durmió vestida. Así la encontró Noelia
cuando volvió a las seis de la mañana sin haber podido esperar el
regreso de Piero para darle un beso.
Capítulo VII
Laura madrugó y revisó su
cuaderno. Villaguay, próximo destino, estaba a casi doscientos
kilómetros. Dejó preparado café para sus amigas y sacó un rato a
Bobi. Cuando regresó estaban todas levantadas menos Noelia. Se
sentaron a compartir el desayuno y las novedades.
-¿Algo nuevo sobre los lobos de
mar? -preguntó Laura con una sonrisa.
-Con Jorge nos despedimos hasta
Villaguay -empezó Marcia.
-Y con Damián también -siguió
Andrea.
-¡Entonces las cosas marchan
viento en popa! -chanceó Laura. Poniéndose seria:- En serio, chicas,
ustedes saben cuánto me alegro de que hayan encontrado dos buenos
tipos.
-Gracias, Laura. No me caben
dudas -dijo Marcia.
-¿Y a vos cómo te fue? -averiguó
Andrea.
-Nada. Mi candidato se largó.
-¡No lo creo! -dijo Marcia.
-¡Ni yo! -adhirió Andrea.
-Para ser sincera, lo rechacé y
me dejó para buscar consuelo.
-¡Ya nos parecía...! -habló
Andrea por dos- ¿Se puso insoportable?
-No... Pero yo no quería
ilusionarlo -se justificó.
-Nacho -afirmó Marcia.
Laura asintió con un suspiro y se reclinó contra el respaldo del
sillón.
-No sé si hice bien en dejarla a
Noelia... -les confesó a sus amigas.
-Por lo rendida que está... ¡muy
bien! -bromeó Marcia.
-Bueno -aceptó Laura.-
¿Organizamos la estadía en Villaguay o tienen otros planes?
-Arreglemos nosotras como
siempre -contestó Marcia.- Jorge y Damián se acomodarán a nuestra
decisión.
Laura consultó sus apuntes y les propuso:
-Yo acamparía en el balneario
del río Gualeguay porque allí estarán fondeados los marinos. ¿Están
de acuerdo? -las miró con una sonrisita aviesa.
-¡Psé...! -dijo Marcia con
despreocupación- ¿Hay buenas playas?
Laura y Andrea no pudieron contener la risa ante la pretendida
indiferencia de su amiga. La primera se rehizo y siguió enumerando:
-Varias, y les dicen balsas.
Están rodeadas de un hermoso paisaje agreste que inspira a los
enamorados... -volvió a reír y continuó:- Después podemos ir al
aeroclub para practicar parapente o paramotor.
-¿Qué es un paramotor? -preguntó
Andrea.
-Un parapente con motor
-simplificó Laura.
-Yo, paso -dijo su amiga.- ¿No
se puede hacer otra cosa?
-Sí. Tenis o padle.
-Decidamos allá -propuso
Marcia.- Deberíamos estar saliendo. ¿Quién maneja?
-¡Yo! -se ofreció Andrea.
Las otras sonrieron ante la audacia de su amiga más joven siempre
remisa a los desafíos. Laura estaba convencida de que todas saldrían
transformadas de este periplo. Se acomodó con Bobi en la cabina para
hacerle compañía a la conductora mientras Marcia se sentaba a leer
en el comedor.
-¿Te parece que Damián es
demasiado joven para mí? -preguntó Andrea.
-¡Si vos parecés salida del
secundario...!
-Pero le llevo tres años. Mamá
dice que un hombre a los veintitrés todavía es un niño -dijo
convencida.
-¿Y qué te demostró en la cama?
-la sonsacó.
-Que es un niño prodigio
-confesó, mientras la sangre se agolpaba en su cara.
Laura se rió a las carcajadas, encantada del despertar de esa
muchacha largamente menospreciada en su entorno familiar. Bobi
asintió con un par de ladridos.
-¿Qué está pasando acá?
-preguntó su ama, asomándose.
-Nada de tu interés, metida
-contestó Laura aún riendo.
-¿Quieren unos mates? -les
ofreció sin ofenderse.
-¡Sí! -gritaron sus amigas.
Marcia fue a buscar el equipo y se sentó en el escalón del pasillo
central. Entre mate y mate recorrieron los primeros cien kilómetros
mientras el cielo iba perdiendo esa cualidad de transparencia
característica de los primeros días. El sol se ocultaba por momentos
pero la densidad de las nubes no fue suficiente para imponerse a su
resplandor. Antes del mediodía entraron en Villaguay y a las doce
estacionaron en la zona de camping del balneario. Aprovecharon para
despertar a Noelia mientras se vestían con sus atuendos playeros.
-¿Por qué no me llamaron antes?
-balbuceó semidormida.
-Porque respetamos la resaca
amorosa -la cargó Marcia- ¿Y el tano?
-Fue -contestó mientras se
desperezaba- Se dio el gusto de demostrarme la superioridad de la
lealtad masculina. Después de la encamada el desgraciado me dijo que
continuaría viaje con Fabián. ¿Me tocan todos a mí o los atrae mi
karma? -se lamentó.
-No te amargués... Algún día vas
a aprender a conocer a los hombres -dijo Laura abrazándola- Además,
afuera hay cien mejores que Piero haciendo cola.
Noelia hizo una mueca de incredulidad y se metió en el baño. Poco
después avanzaban descalzas sobre la arena fina y blanca mientras
oteaban en busca del velero de Jorge. El calor las hizo quedarse en
malla y tras media hora de caminata volvieron a la casa rodante.
Bobi se quedó tendido afuera mientras Laura y Andrea preparaban el
almuerzo y las otras mujeres acomodaban mesa y reposeras debajo de
un árbol. Cuando terminaron de comer aparecieron Jorge y Damián.
Después de besar a sus parejas saludaron y explicaron la demora:
-Estuvimos a punto de volver al
puerto porque nos interceptó una lancha de prefectura previniéndonos
de una tormenta. Discutimos más de una hora hasta que se dieron por
vencidos y nos permitieron seguir viaje. ¡Habrase visto a los
mocosos! - renegó Jorge que se consideraba un navegante
experimentado.
-¡Tranqui, papá! Ellos no sabían
con quien hablaban - señaló Damián.
-Y además, -intervino Marcia- ya
están acá.
Jorge la miró encandilado.
-¿Te das cuenta de lo que me
hubieran hecho perder? -dijo besándola.
-Mejor coman algo - propuso
Marcia para superar su turbación.
El hombre sonrió pensando en la mujer tierna y apasionada que se
escondía tras esa huraña apariencia. No quería abochornarla en
público pero tampoco iba a ocultar su amor. Con tiempo y afecto
desaparecerían sus aprensiones, se dijo. Preguntó:
-¿Qué nos tienen reservado para
el día de hoy?
-¡Volar! - anunció Noelia.
-Pensamos ir al aeroclub -aclaró
Laura- donde se puede practicar parapente y paramotor, y para
quienes no lo deseen, tenis y padle.
-¡Excelente! -se entusiasmó
Damián. Pasando un brazo por los hombros de Andrea:- Vamos a
parapentear, ¿verdad, querida?
Andrea lo miró aterrada pero no se animó a una negativa. El muchacho
se largó a reír y la abrazó:
-¡No seas cobardona...!
Alquilamos un biplaza y después me vas a rogar que te enseñe... -le
dijo algo al oído y ella sofocó una risa.
-¿Y nosotros qué haremos,
muchachita? -Jorge la desafió a Marcia.
-Si vos también volás, voy con
vos. Si no, tenis o padle.
-Entonces, volaremos. ¿Y vos,
Laura?
-Veré cuando estemos en el club.
A las catorce treinta se dirigieron al Golf Aeroclub. Damián alquiló
un parapente biplaza; Jorge un paramotor doble; y Noelia un
parapente individual.
-¡Vamos, Laura! -insistió
Noelia- Es una experiencia alucinante. Tener el mundo a tus pies.
Estar libre de la fuerza de gravedad... Flotar en un medio prohibido
a los simples mortales. ¡Y los paisajes...!
-No sé... Nunca lo pensé. Vayan
ustedes.
Laura vio elevarse a Jorge con Marcia, y a los parapentistas
alejarse en una camioneta en busca de un lugar adecuado para el
despegue. Indecisa, salió a pasear por los alrededores con Bobi.
Corrió cuando lo vio amenazar a un animalito silvestre. Resultó ser
una rata que el ovejero le ofreció devotamente. Asqueada, lo alejó
con un gesto imperativo y se quedó atenta a sus movimientos. El
ruido de un motor le hizo levantar la vista. Dos hombres la
sobrevolaban en un paramotor biplaza. Descendieron cerca de ella con
una corrida perfectamente sincronizada. Después de desligarse de las
sillas y los cascos, se acercaron sonrientes. Ella admiró a los
mejores ejemplares masculinos que recordara.
-¡Hola, preciosa! ¿No te animás
a dar una vuelta? -le dijo el más joven.
Laura acarició la cabeza de Bobi. No parecían peligrosos pero se
alegraba de su compañía
-Nunca practiqué -le respondió.
-Yo soy Riki y él Tedi -se
presentó tendiéndole la mano.
-Y yo soy Laura -estrechó las
diestras y reconoció que de cerca eran más apuestos todavía.
-¿Viniste sola? -indagó Tedi.
-No. Con unos amigos que ya
están volando.
-Entonces, no se hable más. Vas
a darles una sorpresa. Elegí quien te lleva. Los dos somos expertos
-aclaró.
Laura los miró divertida. ¡Eran tan expeditivos! Debería estar
Noelia en lugar de ella. Por lo pronto, no se sentía amenazada por
la osadía masculina. ¿Debía fiarse de su impresión? “¡Estás
absolutamente loca!, estalló Rafael; ¡Esa conducta es impropia de
una dama!, vociferó su madre; ¿A quién saliste tan libertina?,
repudió Marisol”. Sonrió.
-Me voy a arriesgar. Pero de
ninguna manera decidiré con quien. Resuélvanlo teniendo en cuenta
que se elevarán con una principiante.
Los muchachos cambiaron una mirada y un guiño. Tedi señaló a Riki
con un gesto melodramático:
-Ve con él, belleza -dijo con
cierta afectación.- Es tarea para un levanta fierros -y le tendió su
casco y su campera:- ¡Ponétela! -la instó- Arriba hace frío.
Riki la ayudó con el casco, se colocó su silla, le indicó que
cargara la de ella como si fuera una mochila y la enganchó con
cierres delante de la suya.
-Ahora -la instruyó- cuando yo
te diga, vamos a correr al mismo tiempo. Después te pediré que te
sientes. Si no sale de primera no pasa nada. Volvemos a empezar
-hizo una pausa esperando alguna pregunta. Ante el silencio,
consultó:- ¿Lista?
Laura, nerviosa, asintió.
-¡A correr! - mandó Riki.
Ella obedeció preguntándose por qué había sido tan temeraria. Luego
de una corta carrera le llegó la siguiente orden:
-¡A sentarse!
Se dejó caer cuidadosamente con la fantasía de que iban a dar de
bruces contra el suelo y ella quedaría aplastada por el musculoso
guía. Pero no. Sus pies ya no tocaban la tierra y ellos se elevaban
suavemente hacia lo alto. Después de la primera impresión, vio a
Bobi ladrando y corriendo en círculos adonde hacía un momento habían
estado. Tedi los saludaba con una gran sonrisa.
-¡Tedi!, ¡Bobi! -gritó
alborozada mientras sus figuras se empequeñecían. Escuchó la risa
musical de su acompañante y se abandonó a la inigualable sensación
de volar. Riki le señaló distintos lugares y le dijo que le
regalaría la filmación. Se entregó confiadamente a la pericia del
piloto y disfrutó de casi media hora de navegación. Se sintió
decepcionada cuando Riki le anunció el aterrizaje. Se pararon en las
sillas hasta que sus zapatillas contactaron con el suelo y pataleó
hacia delante siguiendo las instrucciones.
-¡Un despegue y un aterrizaje
perfectos! -aplaudió Tedi.
Laura, eufórica por la experiencia, descubrió a sus amigos reunidos
junto a Tedi. Con la silla a cuestas, que Riki había desenganchado
previsoramente, corrió hacia Noelia:
-¡Tenías razón! -exclamó
abrazándola- ¡Es una sensación alucinante!
Risueña, se despojó del casco y la campera y los devolvió a su
dueño.
-¡Les presento a Riki y Tedi!
-informó a su grupo.
Se fueron saludando y presentando. Laura se asombró de la falta de
reacción de Noelia ante dos hombres tan atractivos. ¿Estaría tan
afectada por la deserción de Piero?
-Los invito a compartir un
refrigerio -decía Jorge- ya que han sido tan amables con Laura.
Riki miró a su amigo esperando una decisión.
-Encantados -aceptó Tedi.- Si no
conocen la confitería, encontrarán que es confortable y bien
atendida.
Aceptaron la sugerencia y a poco, estaban instalados en cómodos
sillones con vista al campo de golf. Dejaron el menú a criterio de
Jorge quien pidió un surtido de bocadillos y tragos de frutas
aromatizados con wiski. La charla fue amena y Laura sintió que el
sopor la ganaba después de la excitación del vuelo
-La conversación está soberbia
-declaró- pero si no me voy a dormir, caeré redonda en cualquier
momento -se dirigió a Riki y a Tedi:- Les agradezco el momento
inolvidable. ¿Volveremos a vernos?
-En diciembre -dijo Tedi.- Unos
amigos de Rosario nos invitaron a pasar las fiestas. Nos
comunicaremos.
-Si, Laura -intervino Riki-
Además voy a mandarte la filmación y las fotos que sacó Tedi.
-Gracias, Riki. Noelia te
anotará mi dirección -los besó a ambos.
-¡Yo te acompaño! -dijo Noelia-
Marcia, dale vos los datos a los muchachos -les dio un beso de
despedida y salió con Laura.
-¿Cómo no te quedaste a seducir
a esos encantadores tipos? -le preguntó su amiga mientras caminaban
hacia el motorhome.
-¿Me estás cargando?
-¿Por qué habría de hacerlo?
-dijo Laura sorprendida.
-Porque son pareja, despistada.
-¿Son gays? -exclamó
estupefacta- No me había dado cuenta...
-¡Ay nena! ¿Cuándo vas a caer?
¿No te fijaste que Riki siempre espera la palabra de Tedi? ¿En las
miradas y gestos que se cruzan? ¡Menos mal que no apuntaste a
ninguno! No hubieras salido ilesa... -dijo con una carcajada.
Laura se arrastró el último tramo hacia el vehículo. Subieron y
mientras Noelia cerraba la puerta se tiró en la cama abandonándose
al sueño. Murmullos apagados la volvieron a la conciencia. Se estiró
y no distinguió ningún resplandor por la ventanilla. ¿Era de noche?
Se incorporó, fue al baño para despegarse la somnolencia de la cara
y se asomó al comedor. Sus amigas lucían como para ir de fiesta.
-¡Buenas noches, bella
durmiente! -la saludó Noelia- Estábamos deliberando sobre si te
despertábamos o te dejábamos dormir hasta mañana.
-¡Las hubiera matado! -dijo,
aceptando un mate cebado por Andrea- ¿Qué hicieron a la tarde, si se
puede saber?
-Algunos dobles de tenis con
Riki y Tedi -contestó Marcia- Y si te parece bien, vamos a cenar en
el barco con unos amigos de Jorge.
-Con tal de comer, voy a
cualquier lado -dijo risueña- Eso sí, no me endilguen ninguna
compañía.
-¡Ya sabemos de tu fidelidad a
Nacho! -rió Marcia- No tenés más obligación que compartir una buena
mesa y una charla amistosa. Los invitados son una pareja y sus
sobrinos que vinieron a participar de un concurso de pesca. Y de los
sobrinos, hay un solo masculino.
-¡Bien por Noelia! -aplaudió
Laura- Me voy a bañar y a vestir para estar a tono con ustedes. ¡Bai!
Mientras se duchaba revisó la herida de su pierna. Apenas le quedaba
un raspón. Eligió una solera roja de falda corta con zapatos al
tono. Se deshizo de la cola de caballo que anudó su pelo durante
tres días y restauró las trenzas laterales encuadrando el rostro. Un
leve toque de maquillaje y apareció lista para salir.
-¡No vale! -exageró Noelia- Con
esa pinta me voy a tener que conformar con la hermana...
-¡El comienzo de tu etapa
lesbiana! -carcajeó la destapada Andrea mientras Bobi participaba
con varios ladridos.
Todavía riendo, cerraron la casa rodante y caminaron hacia el
embarcadero. A medio trayecto se encontraron con Damián. Las saludó
con afecto y les dispensó una galantería a cada una. Las guió hacia
el velero llevando a Andrea enlazada por la cintura. Desde la
planchada divisaron a Jorge y sus invitados.
-¡Bienvenidas! -dijo el marino
abrazando a Marcia en primer lugar.
Las llevó delante de sus invitados y las presentó. Mariel y Roberto
Villegas eran una agradable pareja de mediana edad y sus sobrinos,
Leandro y Marina, dos jóvenes de temperamento alegre. Se ubicaron en
los cómodos sillones de cubierta para conversar mientras los dueños
del barco preparaban la cena. Marcia y Laura se obstinaron en
colaborar a pesar de las protestas de los hombres:
-¡Vayan a sentarse que están
demasiado bonitas para arruinarse la ropa! -mandó Jorge.
-¡De ninguna manera! -contestó
Marcia- No me voy a desaliñar por llevar la vajilla.
-Yo me quedo un rato en la
cocina para darle tiempo a Noelia -dijo Laura después de sorprender
una chispa de interés en los ojos de Leandro.
Jorge se dio por vencido. Aceptó la ayuda de Laura para preparar las
bandejas de la entrada mientras su hijo y Marcia disponían la mesa.
Cuando distribuyeron los entremeses, el sobrino de los Villegas
estaba contemplando la luna con Noelia. La velada transcurrió
placenteramente hasta que un viento fresco los obligó a refugiarse
en el interior. Laura y Marina habían simpatizado e intercambiaron
sus correos electrónicos para seguir en contacto. A la una pasó el
novio de Marina y se fueron a bailar con Leandro y Noelia. A las
dos, Laura se retiró en compañía de Roberto y Mariel. A pesar de las
órdenes de Marcia, Bobi no quiso saber nada de largarse del velero.
El matrimonio, tras varias recomendaciones para su seguridad, se
marchó después de verla cerrar la casa rodante. Al quedarse a solas,
tomó conciencia de su aislamiento y evocó la figura de Nacho. Se
desvistió lentamente, se puso el camisón y se echó sobre la cama
luchando contra el impulso de llamarlo. Sólo para escuchar su voz,
se dijo. Buscó el celular y lo dejó sobre la repisita anexa a la
cama. Lo tomó y lo volvió a soltar varias veces. Al fin, con el
pulso acelerado, marcó el número del hombre que añoraba.
-¡Hola...! -contestó después de
varios timbrazos una voz enronquecida por el sueño.
Cortó la comunicación instintivamente al darse cuenta de la hora,
con el corazón galopando ante la modulación masculina. Un segundo
después, repiqueteó su teléfono. ¿Qué hiciste?, se dijo antes de
atender el llamado.
-Hola -murmuró.
-¿Estás bien? -la pregunta sonó
preocupada.
-Estoy bien, gracias.
-Me preguntaba cuando ibas a
romper la proscripción -dijo pausadamente.
-Sé que no son horas para
llamar. ¡Pero estoy de vacaciones! -se justificó.
-Lo sé, lo sé... -rió Nacho con
calma- Y me alegra acompañarte aunque sea dentro de un aparato.
Laura se sintió extemporánea. ¿Para qué lo había llamado? ¿Para
franelear por teléfono? Esta idea la irritó. Inmediatamente se dio
cuenta de que ella había provocado la situación. ¿Por qué, entonces,
esa animosidad hacia Nacho?
-Perdoname por despertarte
-manifestó tratando de explicarse- pero estoy sola en la casa
rodante y ni siquiera está el perro...
-¿Te dejaron sola? -reaccionó
alarmado.
-¡Ah...! Es largo de contar.
Marcia y Andrea conocieron a dos tipos fantásticos y están en su
barco con Bobi. Y Noelia se fue a bailar.
-¿Y a mi cenicienta no la rondó
ningún príncipe? -el tono era humorístico.
-Si querés saber, ya desprecié a
un médico -dijo ofendida.
-¿Por mí...?
-Porque no me gusta que me
apuren, presumido.
-¡Si lo sabré yo! -rió
divertido. Después, poniéndose serio:- Me muero por verte, Laura. Y
no voy a esperar hasta el sábado teniendo en cuenta que me
corresponden dos besos.
-¿Qué decís? -se turbó.
-El de despedida, la tengo a
Marcia de testigo, y el de reencuentro. Pero sin espectadores,
preferentemente.
A Laura se le erizó la piel de sólo pensarlo. Ya era momento de
terminar con la comprometida conversación.
-Que duermas bien, Nacho. Nos
veremos el domingo.
-Que descanses, mi amor... -el
timbre apasionado desvaneció su orfandad.
Noelia la encontró durmiendo con
placidez y aferrada al celular como a un osito de peluche.
Capítulo VIII
La mañana del martes permaneció
nebulosa hasta el mediodía. Andrea y Marcia despertaron a sus amigas
a las diez de la mañana con mate y pastelitos. Concordia distaba a
ciento veinte kilómetros y no tenían especial apuro por partir. En
menos de dos horas estarían en la ciudad. Como era habitual, Laura
fue leyendo las anotaciones tomadas en Rosario. Este destino les
ofrecía atractivos como el lago Salto Grande, varias playas en la
costa del río Uruguay, un balneario de aguas termales, el exuberante
parque Rivadavia y las ruinas del castillo San Carlos. Decidieron
pernoctar en el camping de La Tortuga Alegre, porque les gustaba el
nombre y para estar cerca de Jorge y Damián. El balneario estaba a
trescientos metros aguas abajo de la represa hidroeléctrica de Salto
Grande, origen del gran lago artificial del mismo nombre, rodeado de
bosques de eucaliptos y pinos. Dispondrían de martes y miércoles
para conocer los lugares que habían apuntado.
-¿Cómo te fue anoche? -le
preguntó Laura a Noelia.
-¡Fantástico! Leandro es un
excelente bailarín.
-¿Y...? -escarbó la sucinta
respuesta.
-Estoy siguiendo tus
indicaciones, hermana. Nada de lanzarme por ahora.
Laura rió encantada. ¿Noelia haciendo alarde de prudencia? Los
rostros incrédulos de Marcia y Andrea contradecían su confianza. La
pelirroja les hizo un gesto de petulancia y arremetió contra Laura:
-¿Vos no estás demasiado animada
esta mañana? ¿Qué pasó anoche?
La interpelada, para asombro de sus amigas, se puso roja como un
tomate. Noelia se desternilló por su sagacidad.
-¡Confesando, confesando...! -la
persiguió.
-Anoche hablé con Nacho -dijo
lacónicamente.
-¡Lo sabía, lo sabía...! -gritó
la bruja- ¿Qué te dijo?
-Que se moría por verme y que le
debía dos besos -admitió.
-¡De uno soy responsable yo! -se
ufanó Marcia mientras la abrazaba.
-¡Por fin te reblandeciste con
el pobre muchacho! -dijo Andrea contenta mientras Noelia declamaba
una poesía amorosa.
Cuando terminó su acto se llevó una mano al pecho y le abrió los
brazos. Laura la dejó hacer riendo, y las cuatro terminaron cantando
un bolero a instancias de Noelia. El cuarteto, con Noelia al
volante, arrancó a las once para Concordia. Jorge y Damián las
ubicaron a las trece después de haber recorrido varias veces las
playas costeras. Marcia y Andrea, durante la siesta, se ocuparon de
anularles cualquier síntoma de estrés provocado por la demora. Laura
y Noelia tomaron media hora de sol en la cubierta y después se
trasladaron al motorhome para ducharse y ponerse ropa adecuada para
la excursión al parque y al castillo. A las dieciséis y treinta se
encontraron con las parejas y el fiel Bobi, listos para salir. El
verde entorno los maravilló y los acercó sin esfuerzo a las ruinas
del castillo San Carlos, otrora residencia de un noble francés y su
esposa, ahora hogar de pájaros y plantas. Se unieron a un grupo de
turistas comandado por un guía local quien, durante el recorrido,
relató la historia de la mansión. Laura se sintió transportada al
siglo diecinueve y en su mente revivió el original esplendor del
lugar. Quería compartirlo con Nacho. Se sentó bajo la arcada de una
ventana y sacó el celular. Esta vez no titubeó para conectarse.
-¡Hola, encanto! -la voz
denotaba alegría.
-¡Nacho! ¡Si supieras dónde
estoy...!
-Decime.
-¡En el castillo que el conde De
Machy construyó en el año 1888 para su mujer! Debió ser
espectacular. Ahora sólo quedan las paredes y parte del techo, pero
poseyó mármoles lujosos, cristales importados, arañas fastuosas,
gobelinos, cuadros e infinidad de obras de arte. ¿No es emocionante?
-No tanto como escuchar tu
voz...
Laura sonrió halagada. Continuó con la historia:
-¿Sabés que un día,
misteriosamente, el conde y su mujer abandonaron el castillo para
nunca más volver...? Me pregunto qué habrá pasado.
-Nadie lo sabe, soñadora, así
que podés dar rienda suelta a tu imaginación. ¿Qué te dice esa linda
cabecita?
La joven se sumergió en un silencio que Nacho no turbó. Finalmente,
expresó:
-Creo que la mujer se enfermó de
nostalgia y su marido no dudó en renunciar a todas sus posesiones
para aliviar el sufrimiento de su amada...
La respuesta del hombre encendió luciérnagas en los ojos de Laura:
-Después de conocerte me puedo
poner en la piel de cualquier enamorado, querida, porque yo hubiera
hecho lo mismo por vos.
Ella rió quedamente. Después, consentida, le preguntó:
-Entonces, ¿estás de acuerdo con
mi deducción?
-Desde ahora me la apropio y la
divulgaré como la verdad absoluta -rió. A continuación:- ¿Ya
visitaste el monumento al Principito?
-Todavía no. ¿Me hiciste hablar
conociendo toda la historia? -le reprochó.
-Si te lo hubiera dicho, Sherlok,
me hubiera perdido la solución de un enigma que carcome a cientos de
investigadores. Además, ¿no querías compartirlo conmigo? -le
preguntó anhelante.
Sí -suspiró Laura.- Pero será mejor que no te moleste más...
-¡No me hagas eso...! -exclamó
Nacho- Estas llamadas hacen tu ausencia más soportable. Prometeme
que me vas a hablar todos los días. Por favor... -reclamó.
La muchacha no tuvo tiempo de contestarle. Desde su ubicación vio
desbandarse a los turistas y correr hacia la entrada del castillo.
Unas gruesas gotas se estrellaron contra su rostro.
-¡Está lloviendo, Nacho, y aquí
hay poco refugio! Voy a reunirme con las chicas... Yo también te
extraño -le confió antes de cortar la comunicación.
Bajó las ruinosas escaleras con agilidad y buscó a sus amigos. La
esperaban arrinconados contra una pared que todavía conservaba un
alero. Había refrescado y Jorge y Damián abrazaban a sus chicas.
Noelia se abrigaba a sí misma y cuando la vio, exclamó jocosamente:
-¡Ven, amado mío, porque me
muero de frío!
Se apretujaron entre risas esperando que disminuyera la lluvia.
Apenas escampó, se marcharon del precario refugio e iniciaron el
regreso a la casa rodante. Iban deprisa, con Bobi pegado al costado
de Marcia y contando los chaparrones que los asediaron durante el
camino. A pesar de la marcha veloz, llegaron ateridos. Laura se
cambió y acercó a los hombres hasta el barco en tanto sus amigas se
duchaban.
-¡Estén en contacto! -gritó
Laura para hacerse oír en medio del temporal.
-¡Les hablaremos! -las ráfagas
se llevaron la voz de Jorge.
Estaban reunidas en el comedor desde hacía media hora. Marcia,
mientras la tormenta arreciaba, restregaba enérgicamente al ovejero
con un toallón para secarlo.
-¡No me digan que el tiempo nos
arruinará lo mejor de la excursión! -se resistió Noelia.
-Nos advirtieron del clima
inestable -recordó Andrea.- Pero que duraba poco tiempo.
-Si sigue lloviendo así
deberíamos alquilar el arca de Noé -reflexionó Marcia.
El sonido de su celular la interrumpió.
-Hola... -sonrió a su invisible
interlocutor.
-Querida, decile a las chicas
que será mejor pasar la noche en el barco. Esta tormenta me
preocupa... -dijo Jorge- Con Damián ya les preparamos una cabina.
Insistiles. Me dejarán más tranquilo. Las pasamos a buscar en un
rato.
-Ahora les pregunto -asintió
Marcia.
-Dice Jorge que estaremos más
seguras en el velero en caso de aumentar el temporal. Si todas están
de acuerdo nos pasarán a buscar en un rato -miró a su audiencia.
Sus amigas asintieron y Marcia se lo comunicó a Jorge. Laura abrió
la valija y sacó una mochila impermeable. Metió dos linternas, un
botiquín de emergencia, un costoso cargador universal de baterías
ridiculizado por su hermano, un rollo de soga de nylon, varias
tabletas de chocolate, tres camperas de lluvia plegadas y, después
de meditar, otra campera inflable. La llevó al comedor adonde
estaban sentadas sus compañeras.
-¿Qué llevas ahí? -preguntó
Marcia sopesándola.
-¡Ah...! Cosas útiles
-generalizó.
-¡Pesa una tonelada! -recalcó su
amiga.
-No es para tanto. Cargada a la
espalda ni se nota.
Bobi emitió un ladrido de advertencia. Había divisado a padre e hijo
antes de que golpearan la puerta. Las mujeres se prepararon para el
corto trayecto hasta el barco. Andrea fue la última en salir y cerró
la puerta auxiliada por Damián. El viento había calmado un poco y
les facilitó el abordaje del navío. Jorge les mostró a Laura y
Noelia la cabina amueblada con dos literas que les serviría de
dormitorio esa noche. Después se reunieron en el comedor para
escuchar música y charlar antes de la cena. Los marinos se esmeraron
en evitar a las jóvenes cualquier preocupación y a las doce, Laura
le guiñó un ojo a su compañera de cuarto y se despidió, dejando a
las parejas disfrutar de la romántica velada.
-¡Me cacho...! -dijo Noelia
mientras se desvestía- ¿Qué hacía suponer que éstas se
transformarían en ciudadanas de primera y nosotras en kelpers?
Laura se atragantó de la risa.
-¡No seas fanfarrona! -la
reprendió- Cada cual debe tener su oportunidad.
-A mi me importa que la mía no
se da -dijo malhumorada- ¿No sería enloquecedor refugiarte en brazos
de un hombre durante esta tormenta?
-Y sin tormenta, también
-completó Laura.
-¿Estás pensando en Nacho?
-sonrió su dúctil amiga.
-Demasiado, creo. ¿No es una
locura, Noelia? Si sólo nos vimos tres veces...
-Algunos se ven veinte años y no
les alcanza para conocerse. Me extrañan tus convencionalismos. ¿Ese
hombre no vale el riesgo de tantear? -dijo intencionada.
Laura le respondió con otra pregunta:
-¿Y Leandro? ¿Se terminó el
efímero encuentro?
-Nos veremos el viernes en
Colón. Como me porté como una leidi no puedo vaticinar resultados
-dijo afligida.
Su amiga se largó a reír y se metió en la cucheta.
-¡Chau, trastornada! Mejor nos
vamos a dormir.
Noelia la imitó y apagó la luz. El sueño se apropió de las dos
cuestionadoras para liberarlas a una espléndida mañana de sol. El
ladrido de Bobi despertó a Laura. Se ubicó mentalmente en la cabina
iluminada por el encortinado ojo de buey y espió hacia afuera. Sus
amigas y sus novios tomaban mate en la playa mientras Bobi rescataba
del agua un palo arrojado por Damián. Despertó a Noelia y le dijo
que se pusiera la malla. Quince minutos después se reunían con el
grupo para compartir la mateada.
-¿Quién se anima a decir que
anoche llovió? -desafió Noelia.
Jorge sonrió, pero mostraba un gesto preocupado:
-A decir verdad este tiempo no
me gusta nada. Demasiado inestable -afirmó.
-Si se aguanta hasta el sábado,
me daré por satisfecha -declaró la pelirroja.
Laura relevó a Damián para jugar con Bobi. Volvió al rato con una
propuesta:
-¿Qué les parece si hacemos una
excursión por las islas en bote?
-¿No era que se mareaban?
-chacoteó Jorge.
Marcia lo abrazó. El marino la mantuvo apretada contra él para luego
prodigarle un largo beso. Cuando se separaron, ella contestó:
-¡Yo voy! ¿Quién más se une?
De común acuerdo, se protegieron con pantallas solares y sombreros y
alquilaron tres botes porque todos querían remar. Laura y Noelia se
esforzaron un rato tratando de competir en velocidad con las
embarcaciones comandadas por los hombres. Después nadaron y
exploraron varios pequeños islotes hasta que el hambre los hizo
regresar. Almorzaron en la parrilla del balneario y se fueron a
descansar unas horas antes de partir hacia el complejo termal.
Marcia, Andrea y Bobi, al velero; Laura y Noelia, al motorhome. A
las dieciséis estaban todos preparados para visitar las termas
Vertiente de la Concordia. Después de pagar las entradas, se
acercaron a las piscinas. Fueron rotando por las piletas para
adaptarse a los cuarenta y cuatro grados de la de hidromasaje. Los
hombres gozaron el espectáculo extra brindado por los aspavientos de
las lindas muchachas al sumergirse en los distintos estanques.
Noelia, una vez aclimatada, hizo una redada visual y le dijo a Laura
-Che, aquí no vamos a encontrar
ningún tipo menor que mi tatarabuelo, a menos que estas aguas sean
mágicas como las de Cocoon.
-Entonces nosotras vamos a salir
gateando como los bebés -rió su amiga. Se miró:- ¿Nos quedará piel
después de este hervor?
-¡La cambiaremos como las
víboras y nos olvidaremos del lifting! -exclamó Noelia entusiasmada.
Jorge y Damián les apuntaron varios bañistas que las amigas
descalificaron con divertidas apreciaciones. Al salir de la pileta
se envolvieron en abrigados albornoces y optaron por unos masajes
relajantes. Estuvieron de regreso a la casa rodante a las diecinueve
y treinta, bañados y distendidos. Jorge las convidó a cenar en la
cantina del camping y les propuso conocer la confitería bailable
Hostal del Río, instalada sobre las ruinas de un antiguo saladero
levantado por el conde de Machy. Laura declinó la invitación porque
su cuerpo le pedía más descansar que zarandearse. Cuando sus amigas
se fueron entró a Bobi y se atrincheró tras la puerta del motorhome.
Eran las veintidós, una hora prudente para llamar a Nacho. Se puso
su mejor camisón (como si pudiera verla) y se llevó el teléfono a la
cama. La asaltó el pensamiento de llamar a Rafael, por haber
quebrado la consigna de la incomunicación. Su hermano se lo merecía,
después de todo. Marcó el código y poco después escuchó su voz:
-Si no fuera porque estas
porquerías te alcahuetean quien llama, estaría a años luz de pensar
en mi hermanita -a posteriori de la parrafada la saludó:- ¿cómo
estás, corazón?
-Aburrida de escucharte, Rafa.
¿Y vos en qué andás?
-Cenando. ¿Cómo la estás
pasando...?
-¡Bárbaro! Hoy fuimos a los
baños termales y quedé sedada como después de un puré de Valium.
Deberías probarlo para combatir el estrés. ¿Estás con Marisol y
Rodi?
-Casualmente, no. ¿Me quedo
tranquilo de que la pasás bien y no cometerás ninguna locura?
-Dormí sin sobresaltos,
hermanito -sin poder dominar la curiosidad:- ¿Con quién estás
comiendo?
-Con un amigo que te quiere
saludar... Te mando un beso.
-Otro para vos, Rafael
-contestó, a la espera del traspaso del teléfono.
-Hola, Laura... -el saludo la
magnetizó.
-¡Nacho! -reaccionó- ¿Qué hacés
con mi hermano?
-Cenar -dijo- y aguantar los
días que faltan para vernos.
-Yo pensaba llamarte después -
susurró, como si Rafael pudiera escucharla.
-Y yo no iba a pasar otra noche
sin escucharte. ¡Estos cuatro días son una verdadera tortura...!
-dijo con fiereza.
Laura no encontró más que palabras triviales para responder al
elocuente reclamo. Deseaba verlo con la misma intensidad y no reparó
en decirlo:
-Yo también te extraño, Nacho. Y
no veo la hora de estar con vos...
-¡Te voy a buscar ahora! -
reaccionó el hombre con voz estrangulada.
-¡No...! -Dulcificó la voz:-
Apenas faltan cuatro días... Te quiero, Nacho -murmuró, y apagó el
celular.
Se acostó, fascinada por su temeridad y por la inminencia del
encuentro.
Capítulo IX
Un suave gemido acompañado de un
cálido aliento la despertó. Bobi celebró su retorno a la vigilia con
varios lengüetazos. Lo apartó riendo, le acarició la cabeza y se
envolvió en una bata para abrirle la puerta de la casa rodante. Lo
esperó ajustando la prenda alrededor de su cuerpo para defenderse
del aire fresco. El cielo estaba encapotado y dudó que las nubes
dieran paso al sol. El perro volvió rápido y después de renovarle el
alimento y el agua se fue a higienizar y a vestir. Preparó café,
sacó un paquete de galletitas de la alacena y le llevó el desayuno a
Noelia:
-¡A levantarse, holgazana! -la
sacudió con suavidad.
Su amiga abrió los ojos con expresión de aturdimiento y después se
puso la almohada sobre el rostro. Laura no la perdonó. La despojó de
la improvisada venda y la arrojó a los pies de la cama. Noelia se
puso boca abajo y rodeó su cabeza con ambos brazos:
-Es i_nú_til. No me voy a iiir...
-canturreó Laura- Además te traje el de-sa-yu-no...
Su amiga, vencida, se volvió y le prodigó una mueca. Después se
sentó en la cama y estiró la mano hacia el pocillo humeante. Tomó un
sorbo y dijo:
-¿Sabés a qué hora me acosté,
desalmada? ¡A las cuatro!
-¿Y qué? Son las diez de la
mañana. Dormiste seis horas largas. Para tu información: está
nublado y con más probabilidades de lluvia que de sol.
Noelia empujó la galletita con la infusión antes de contestarle:
-¡Te dije que hasta el clima
está en mi contra! No volveré a ver a Leandro... - gimoteó.
-Calma. Hasta Colón podemos
tener la sorpresa de un buen día. ¿Te divertiste en el boliche?
-La pasé de diez. ¡Qué buenos
tipos Jorge y Damián! Creo que Marcia y Andrea se sacaron la
lotería. Se preocupan por todos los detalles. Porque te dejamos
sola...
-Los habrán tranquilizado...
-interrumpió Laura.
-¡Seguro! Entre las tres los
bombardeamos con tu romance a distancia -declaró Noelia y siguió:-
...porque yo no me quedara sentada mientras ellos bailaban. ¿Te
fijaste que adónde vamos siempre encuentran algún conocido?
-Si. Son muy populares. ¿Te
consiguieron algún amigo?
-Cuatro a falta de uno. Damián
divisó a un grupo de su Facultad y nos presentó. Los chicos eran un
encanto, tan cordiales como todos los entrerrianos que conocimos.
-¿Y...?
-Charlé y bailé con los
muchachos como si fuéramos amigos de toda la vida. ¡Qué experiencia
de camaradería! ¿Podés creer que ninguno se zafó?
-Puedo, si vos no les diste
lugar.
-Estaba en vena amistosa
-declaró seriamente.- Me cansé de bailar hasta las tres y media,
hora en que pegamos la vuelta aprovechando el ofrecimiento de los
estudiantes -hizo una pausa y le preguntó:- ¿Hablaste con Nacho?
-Primero lo llamé al Rafa, y
adiviná con quién estaba cenando...
-¡Con Nacho! -afirmó Noelia sin
sorprenderse.
-¿Por qué lo decís tan segura?
-Porque tu hermano lo aprueba
cien por ciento. Lo llevó a la despedida, con lo cuidadoso que es de
tus relaciones.
-No voy a aceptar a un hombre
porque lo apruebe Rafael...
-¡Pero si vos estás muerta por
él, tonta! Contame qué hablaron.
-Quería venir a buscarme.
-¿Y vos qué le dijiste?
-Que no. Que cuatro días se
pasan volando.
-Estás propiciando un rapto
apenas bajés de la casa rodante. ¡Va a ser para alquilar balcones!
Nacho te arrebata de la escalerilla y el Rafa los persigue para que
cumpla con los sagrados votos del matrimonio. ¡Alucinante! -largó
una carcajada.
-Mejor cambiate, ridícula. Y
vamos a revisar el itinerario -cortó Laura yendo para el comedor.
La escuchó reír un buen rato mientras ella se acomodaba en la mesa
con el cuaderno. Noelia apareció vestida con pantalones y campera
blancos y se sentó enfrente de ella.
-Te escucho -dijo con expresión
socarrona.
Laura la ignoró y le hizo una síntesis de los lugares importantes de
Colón:
-Tenemos varias excursiones para
realizar: el palacio San José, el molino Forclaz, el balneario Las
Ruinas, el banco de Las Ánimas y como broche de oro, el parque El
Palmar. ¿Querés alguna reseña de estos sitios?
-¡De todos!
-Colón debe su nombre a una
observación hecha a Urquiza por uno de sus hombres, comparando la
empresa de fundar la ciudad con el descubrimiento de América hecho
por Colón. El general construyó su residencia, conocida como el
palacio San José, a setenta kilómetros de la ciudad. Tiene treinta y
ocho habitaciones, un inmenso palomar, cocheras, capilla, dos torres
de vigilancia y ¡un lago artificial! Impresionante, ¿no?
-¡Me muero por conocerlo!
Supongo que podremos recorrerlo aunque llueva -aventuró su amiga.
-También el molino Forclaz.
Aunque nunca funcionó debido a la falta de vientos, hoy es un
monumento histórico a la tenacidad de los inmigrantes. Como
curiosidad: Juan Bautista Forclaz, su constructor, solía encaramarse
a las aspas del inútil molino para cantarles en francés a sus
vecinos -dijo riendo.
-Debió ser un optimista para
cantar después de semejante frustración -acotó Noelia- ¿Y el banco
de las Ánimas? ¿A qué se debe su nombre?
-No estoy segura. Tal vez al
especial silencio que impera sobre las dunas rodeadas de selvas. Es
un inmenso banco de arena sobre las aguas del río Queguay, “río de
donde provienen los ensueños” en guaraní.
-¿Por qué hemos perdido el
romanticismo de los verdaderos dueños de la tierra? Ahora los ríos
de llaman Colorado, Hondo, Grande. Río de donde provienen los
ensueños... ¿No es absolutamente sugestivo?
-Sí. Es un nombre que invoca a
la inspiración. ¿Cómo no tenerla en medio de esa inmensidad
inalterable? Hoy apenas se puede pensar en Hondo o Colorado entre el
tumulto de la civilización.
-¿Estás justificando al hijo
bobo?
-Del cual somos dilectas
descendientes. ¿Te cuento del palmar? Es la reserva de palmeras
Yatay más meridional del planeta. Se distinguen por su copa
redondeada de un verde azulado. En esta zona hay pastizales, selvas
en galería, bosquecillos y pajonales, ocupados por su flora y fauna
características.
-¡Ay, Laura! Haber llegado hasta
acá y que el tiempo nos arruine lo mejor. ¡No es justo!
Los ladridos de Bobi anunciaron la llegada de Marcia. El perro saltó
para agasajar a su dueña y saludar a los acompañantes.
-¡Las creíamos dormidas! -dijo
Andrea- Afuera hace frío.
-¿Les preparo mate? -ofreció
Jorge.
-¡Bueno! -gritaron a coro.
Entre todos optaron por comenzar el recorrido por el palacio San
José. Llegaron a las once y media y recorrieron la fastuosa mansión
y sus alrededores hasta las catorce y treinta, momento en que las
mujeres se amotinaron por el hambre. Hicieron un alto para almorzar
en un pequeño restaurante de las cercanías, adonde planificaron la
visita al molino Forclaz. Antes de salir, Marcia y Jorge sacaron a
Bobi mientras las chicas le transmitían a Damián su deslumbramiento
ante los detalles de opulencia que adornaban el Palacio. A las
diecisiete se encaminaron hacia el molino. A esa hora el cielo se
había despejado y un flojo sol entibiaba el ambiente. Recorrieron
los entrepisos de madera y observaron los engranajes originales sin
uso. Jorge completó la anécdota del molinero cantante con los dichos
de su esposa, ante los infructuosos pedidos de que bajara:
“¡Déjenlo, que hombres hay muchos!”
-La tenía clara esa mina -se
admiró Noelia.
-Porque en esa época había siete
tipos para cada mujer -le aclaró Marcia.
-¿Y yo qué hice para nacer
ahora? -exclamó la pelirroja cerrando los puños.
Para consolarse, tomó fotos hasta las diecinueve y treinta, hora en
que se retiraron. Subieron al motorhome custodiado por el digno Bobi
y acordaron las actividades del día siguiente.
-¿Comemos en el barco? -propuso
Jorge.
-¡De ninguna manera! -exclamó
Laura- Noelia y yo los agasajaremos con una raviolada para retribuir
tantas atenciones. ¡Vamos, ayudante! -instó a su amiga que la
siguió, no antes de girar el índice contra su sien para diversión de
los presentes.
-¿Cómo puedo ayudarte a preparar
una comida si nunca cociné? -se quejó.
-Vos seguí mis instrucciones
-conminó Laura.- Tenemos víveres para aprovechar.
Abrió la heladera y fue sacando todos los ingredientes para preparar
la salsa. Noelia obedeció sus órdenes sin dejar de protestar y al
rato la comida estaba en marcha. Para satisfacción de la cocinera,
todos repitieron el plato y declararon que no habían probado mejores
ravioles.
-Porque yo la ayudé -presumió
Noelia- y eso no lo valora nadie, ¿eh?
Un aplauso cerrado coronó su discurso, incluido el de la cocinera.
La ayudante se deshizo en reverencias y anunció un postre de su
autoría. Volvió al rato con bombones helados con la leyenda “chez
Noelí” escrita en la cubierta, desatando las risas de los
comensales. Escucharon música y jugaron a las cartas hasta las once
de la noche, hora en que Marcia y Andrea se retiraron al velero con
sus marinos.
-¡Como las envidio a esas
lechiguanas! -exclamó Noelia mordiéndose los nudillos-Descargame las
fotos en la computadora que mañana quiero tener el chip libre -le
pidió recobrando la ecuanimidad.
A Laura la divertía la plasticidad de su amiga. Se sentó a la
máquina, grabó las fotos en el disco, limpió la tarjeta de memoria y
le entregó la cámara con una reverencia.
-Gracias, sabihonda. ¿No es hora
de llamar a tu Nacho? -recordó.
-No quiero reventarte la hiel.
Vení, vamos a dormir.
Ya estaban aletargadas cuando sonó el teléfono de Laura:
-¿Hola? -balbuceó.
-Cuando corte me suicidaré
-bromeó Nacho- Mi amada no se desvela por mi ausencia...
A ella le brotó un gorgorito risueño. No se había animado a llamarlo
después de la charla del día anterior, pero al escucharlo se llenó
de regocijo.
-No seas presuntuoso -le dijo en
un susurro- que todavía no hiciste mérito suficiente.
-Estoy preparado para ser
irreemplazable, pero no me das oportunidad -le recordó, después,
tiernamente:- ¿Cómo ha sido tu día, amor?
-¡Fantástico! A pesar del mal
tiempo conocimos el palacio San José y el molino Forclaz. Si mañana
no llueve pasaremos el día en los palmares. Y vos, ¿cómo estás?
-preguntó, ansiando que le contara cuánto la extrañaba. Nacho
pareció intuirlo:
-Muriendo por verte. No vas a
llegar a tu casa. Tenemos muchas cosas pendientes -le anticipó con
ardor.
-Me asustás, Nacho -musitó,
medio en broma, medio en serio.
-¿Por querer hacerte más feliz
de lo que nunca soñaste...? -la voz sonó cargada de promesas.
Le respondió con demora, estremecida ante la connotación de la
pregunta:
-Porque no es leal que me digas
estas cosas por teléfono -dijo bajito para no despertar a Noelia.
-¡Quiero acostarme con vos, no
con este maldito aparato! -se rebeló él.
Laura se recobró. ¿No estaban yendo demasiado lejos? Se despidió con
desparpajo:
-Mejor te dejo para no
contagiarme tu insomnio. Mañana te llamo yo. Chau...
Escuchó la profunda risa del hombre antes de apagar la comunicación,
y se quedó un buen rato tratando de olvidar al inanimado celular que
la reemplazaba en la cama de Nacho.
Capítulo X
Noelia fue la primera en
levantarse la mañana del viernes. Antes de vestirse espió hacia
afuera. El sol había salido como a pedido. Animada, preparó el café
y despertó a Laura. Le anticipó que prometía ser un espléndido día
para visitar los palmares. Cuando su amiga se sentó a desayunar, la
exhortó a compartir la comunicación de la noche:
-¿Qué hablabas tan quedo con tu
Nachito?
-Cosas privadas -sonrió Laura-
Pero hablemos de tu próximo encuentro con Leandro. No parecés
impaciente.
-¿Viste? La verdad es que a
pesar de no tener un candidato permanente, la pasé bomba en estas
vacaciones. ¿Me estaré volviendo vieja?
-Más bien estás sentando cabeza
-afirmó Laura.- Creo que vas a mostrar lo mejor de vos misma.
-¿Te parece? -dijo Noelia
ilusionada.
Los ladridos de Bobi dejaron la respuesta inconclusa. Marcia se
asomó por la puerta:
-¡Buen día, chicas! Si están
listas, vamos a visitar el banco de Las Ánimas. ¡Traigan las mallas
y el bronceador!
Las ocupantes del motorhome agarraron los bolsos y salieron detrás
de su amiga. Jorge esperaba afuera y juntos se encaminaron hacia el
velero adonde aguardaban Andrea y Damián. Llegaron en bote hasta la
isla donde únicamente los ladridos de Bobi rompieron el mágico
silencio de las olas de arena. Dejaron que sus pies descalzos
disfrutaran del fino contacto e hicieron disparatadas
interpretaciones sobre las huellas de los animales nativos. Laura y
Marcia nadaron hasta el barco mientras los ocupantes del bote
sostenían a Bobi que quería saltar en busca de su dueña. Marcia,
antes de abordar el velero, se encaramó en la embarcación a remos
para calmarlo y hacerlo trepar por la escalerilla. Estaban
almorzando en cubierta cuando inquietantes nubarrones escondieron el
sol. Un viento salido de la nada alborotó el pelo de las mujeres y
sacudió las velas.
-¡No, no, no! -se desesperó
Noelia.- ¡Así no vamos a llegar al sábado!
Laura observó a Jorge mirando hacia el horizonte con el ceño
fruncido. Intercambió algunas palabras con Damián que se le había
acercado al notar su inquietud. Las nubes, empujadas por el viento,
dejaron nuevamente espacio al sol. Media hora después, el amago de
tormenta era un recuerdo.
-¿Qué te preocupa? -le preguntó
Laura a Jorge.
-La inestabilidad del sistema.
Salvo la tormenta de anteanoche, hace muchos días que no llueve. Acá
no es lo usual. Además, esa franja negra sobre el río ayer no
estaba. Ahora es demasiado notoria, ¿ves? -se la señaló.
Laura prestó atención al ribete oscuro. ¿Crecía ante sus ojos? Estoy
sugestionada, pensó. Jorge también se había inquietado la noche
pasada y no había sido más que un temporal común. La llegada de
Marcia interrumpió la charla:
-Lo dejé a Bobi en el motorhome
porque está inquieto y poco obediente. No quiero lidiar con él
cuando vayamos a la excursión -explicó.
Habían contratado el paseo con movilidad para no arriesgarse a
romper el parabrisas de la casa rodante con los ripios del camino.
Unos bocinazos anunciaron el arribo de la combi. Completaron el
pasaje y se lanzaron a un multifacético paisaje de palmeras, selvas
y pastizales atravesados por ñandúes, zorros y vizcachas. El
utilitario se detuvo al comienzo del sendero que conducía al mirador
de La Glorieta. El cicerone explicó que podían seguir en la combi o
caminar:
-¡Los que quieran subir a pie,
síganme! -gritó mientras abría la puerta.
Jorge, Damián, las amigas y dos turistas bajaron detrás del guía. El
ascenso les deparó una vista panorámica de los lugares transitados.
Llegaron a la cima adonde los aguardaba el resto de los
excursionistas. Noelia ametralló el paisaje y a sus amigos con la
cámara digital hasta que Laura se la arrebató. Absortos en el
panorama no repararon en el sigiloso amontonamiento de nubes hasta
deslucir el brillo del día. El conductor los alertó:
-¡Será mejor volver! No conviene
bajar con lluvia.
Laura miró automáticamente hacia el horizonte. El contorno negro se
había abultado y creyó distinguir un resplandor. No lo comentó con
Jorge porque no se repitió. El regreso derivó, de un paseo, a una
carrera contra la tormenta. La combi los depositó en el muelle a
quinientos metros de donde estaba la casa rodante.
-¡Vamos a subir todos al barco!
-indicó Jorge- Debemos alejarnos un poco de la costa.
-¡Voy a buscar a Bobi! -exclamó
Marcia.
Laura la detuvo. Quería recoger el teléfono del motorhome:
-¡Voy yo porque tengo que buscar
mi celular!
-¡Yo te acompaño! -dijo Noelia
siguiéndola.
Las jóvenes trotaron hacia el camping. El viento se había
transformado en un ventarrón dificultándoles el avance. Se fueron
acercando a la casa rodante enceguecidas por la arena que enturbiaba
el aire. Noelia abrió la puerta y ambas se precipitaron hacia el
confortable interior. Bobi se levantó del rincón donde estaba
encogido y se acercó a saludarlas con un quejido de susto. Laura,
detrás de los vidrios, miró la franja oscura convertida en un manto
cincelado por relámpagos. Encontró el teléfono, lo resguardó en el
bolsillo de la campera impermeable y enganchó la correa al collar de
Bobi. En quince minutos las ráfagas se habían convertido en un
pequeño huracán. Se acercaron trabajosamente al embarcadero tirando
del perro aterrorizado por las descargas eléctricas. La gente de los
alrededores había huido buscando refugio. Adonde estuvo el velero no
quedaban más que trozos de planchada sacudidos por el oleaje.
Durante un perpetuo segundo las chicas escudriñaron la oscuridad con
la esperanza de divisar el barco. Un latigazo de agua fría las
apartó de la contemplación.
-¿Qué hacemos? -gritó Noelia.
-¡Volvamos al motorhome!
-vociferó Laura para hacerse escuchar.
La lluvia las golpeó antes de llegar a su refugio. Entraron a la
casa rodante entumecidas por la lucha contra los elementos. Después
de encender la calefacción se vistieron con ropa seca y Laura
friccionó al ovejero con un toallón para secarlo y hacerlo entrar en
calor. El temporal creció moviendo el vehículo como una coctelera.
Noelia chilló cuando un rayo encendió la atmósfera a pocos metros
del motorhome.
-¡En cualquier momento nos
freímos! -gimió Laura.
-¡No arriba de las cuatro
ruedas, bebé! -la tranquilizó su amiga.
Bobi se desprendió de las manos de Laura y corrió a ladrarle a la
puerta. Poco después dos recios golpes sobresaltaron a las amigas.
Fueron juntas hasta cabina y distinguieron entre la lluvia una
figura cubierta por una capa amarilla. Noelia abrió la ventanilla
lateral:
-¿Qué se le ofrece?
-¡Salgan de aquí que se viene el
agua!
-¿Y adónde vamos? -preguntó
alarmada.
-¡Para los miradores!
Las muchachas no dudaron. Laura, siguiendo un impulso, se colgó la
mochila. Sostuvo con firmeza la correa de Bobi y salió tras Noelia.
No se mojaron la cabeza porque se habían ajustado las capuchas de
las camperas impermeables, pero sus pies se hundieron en varios
centímetros de agua. El perro opuso resistencia hasta que una firme
orden de Laura lo convenció de colaborar.
-¡Sigamos a ese hombre! -instó
Noelia.
Acortaron distancia a los tropezones, hundidas en una corriente que
aumentaba manifiestamente. El barro las succionaba y el viento había
tomado sustancia. Laura, arrastrando a Bobi, sintió que no lograrían
zafar de ese pantano. No vería nunca más a Nacho... La angustia
movilizó sus piernas cansadas y las despegó del fondo una y otra
vez. No se hablaron con Noelia hasta escapar del arroyo recién
nacido. Se tumbaron a unos metros de la hondonada que poco antes
había sido el camping para recobrar el aliento.
-¿Aparte del perro cargaste esa
mochila? -se escandalizó Noelia.
Laura no tuvo fuerzas para contestarle. Se incorporó tratando de no
perder de vista la capa amarilla iluminada por los relámpagos.
-¡Las linternas! -recordó.
Tanteó los costados de la mochila y abrió los cierres externos,
recuperando dos linternas. Le tendió una a Noelia y encendió la suya
para enfocar al hombre que caminaba a la vanguardia. En ese momento
Bobi tironeó de la correa y se soltó.
-¡Bobi, Bobi! -gritó Laura
corriendo tras él.
-¡Volvé, loca, que nos vamos a
perder! -voceó Noelia.
Laura resbaló detrás del ladrido transformado a poco en lamento.
Cayó aparatosamente a tierra y rotó la linterna hacia los lados.
Bobi estaba semihundido en un zanjón que se arremolinaba en un hoyo
antes de caer sobre el camping. Tenía las patas delanteras
enganchadas a unos matorrales y la mayor parte del cuerpo en el
agua. Laura se arrastró tratando de no desbarrancarse y estiró la
mano buscando el collar. Se desesperó por no llegar. Pensó en qué le
diría a Marcia si perdía a su mascota, en si volvería a ver a
Marcia, en las recomendaciones de su hermano, en si era su culpa...
Una mano aferró su pantalón:
-¿Te parece que es momento para
descansar? -dijo la inefable Noelia.
-¡Sosteneme de las piernas para
alcanzar a Bobi! -le pidió.
Reptó hacia delante tranquilizada por el anclaje de las manos
amigas. Aferró el collar y llenó de aire los pulmones para asestar
el único tirón del que disponía. El envión sacó a Bobi del atasco y
a su hombro de lugar. El grito de dolor activó a Noelia que la
remolcó hacia atrás, lejos del borde de la zanja. La ayudó a
incorporarse y la urgió a seguir hacia el mirador. Caminaron
azotadas por la lluvia y el viento hasta perder la noción de sus
movimientos. Bobi, escarmentado, no se separó de las piernas de las
muchachas. Los cuerpos ateridos ya no registraban el agua ni el
frío. Tenían un solo objetivo: llegar a La Glorieta, a ochocientos
metros sobre el nivel del río. Las linternas apuntaban al sendero
más forestado para facilitar el ascenso. El recuerdo de la excursión
vespertina les facilitó los últimos tramos. Laura declaró a los
gritos que no daba más, pero Noelia la hizo reaccionar con las
palabras más soeces de su repertorio. La cantera estaba ya al
alcance de los focos.
-¡Un último tirón, Lau! -instó
su amiga.
Laura se encontró, sin explicarse, en la cima del mirador. Bobi
corrió a meterse debajo de un banco de cemento para apartarse de la
lluvia desapacible. El llanto de un bebé las conmocionó. Un bulto se
escindió del extremo inferior más alejado del asiento central del
mirador. Las jóvenes lo alumbraron al unísono:
-¡Hola! -dijo el desconocido,
protegiendo sus ojos con el antebrazo- Me llamo Félix y estoy con mi
mujer y mi hija.
-¡Hola, Félix! Somos Laura y
Noelia.
El hombre se acercó con llaneza:
-¿Adónde las sorprendió la
tormenta?
-En el camping -contestó Noelia-
¿Y a ustedes?
-A orillas del arroyo Palmar. Se
llevó hasta el auto. ¿Quién iba a imaginarse esta catástrofe...? -se
compuso y señaló:- Refúgiense debajo del banco. Estarán más
protegidas del viento. No se desanimen que apenas ceda el temporal
vendrán a buscarnos.
El joven volvió a su lugar y las amigas lo imitaron. Se acurrucaron
al lado de Bobi intentando recuperar un poco de calor.
-¡Este diluvio no va a parar!
-se desesperó Laura- Y yo no lo llamé a Nacho... ¿Lo volveré a ver?
-Si el amor te afecta la
templanza, yo paso -dijo Noelia tiritando.- ¿Dónde está Laurita la
Segura?
-¡No vamos a salir de ésta,
Noelia! El agua subirá, o nos moriremos de frío, o de hambre, o de
sed...
-¡O,o,o! -la interrumpió su
amiga- ¿Ese es el ánimo que me das?
Laura calló haciendo un esfuerzo por controlarse. Bajo el
improvisado refugio hizo un balance de la situación: el barco se
había hundido con sus amigos, la oscuridad no desaparecería, cuando
las encontraran habrían perecido de hambre o de frío. Las lágrimas
brotaron abrasando sus mejillas heladas. Sofocó los sollozos contra
la piel de Bobi sin engañar a Noelia, quien la abrazó como a una
niña. Con el desahogo se abrió a la comprensión de su personalidad.
Era evidente que las situaciones límites ponían al descubierto
facetas ignoradas. Ella no hubiera dado cinco por Noelia, y ahora
estaba siendo consolada por su amiga. Se dijo que Noelia no estaría
en peligro de no haber querido recuperar el celular. ¿El celular?
Tanteó el bolsillo de la campera. ¿Funcionaría? Abrió el cierre y el
aparato relumbró en el estrecho espacio. Se volvió contra el fondo
del banco para resguardarlo de la lluvia con su cuerpo y apretó el
código de Nacho con un dedo insensible:
-¡Laura! -la voz llegó entre
descargas.
-¡Nacho! ¡Estamos en la
glorieta! ¡Está todo inundado! ¡Marcia y Andrea se hundieron! ¡Hace
frío...! ¡Vení a buscarme...! -terminó con un sollozo.
Su amiga le arrebató el teléfono para seguir hablando:
-¡Nacho! ¡Nacho! ¿Me oís? ¡Hola!
¡Hola!
Se lo devolvió a Laura con una mueca de frustración:
-Está muerto. No anda más.
Oprimieron la batería y los botones un buen rato hasta aceptar el
fracaso. Volvieron a apretarse contra Bobi en silencio. El llanto de
la criatura las sacó del ensimismamiento:
-Debe tener hambre y frío -dijo
Laura- ¿Me querés decir para qué traje la mochila si no usamos su
contenido?
La abrió cuidando de no mojar el interior con la lluvia. Sacó las
camperas y las tabletas de chocolate y tiró adentro el inútil
aparato.
-Le voy a dar ropa a la mujer
para que abrigue al bebé y unas barras de chocolate, ¿está bien? -le
preguntó a Noelia.
-Como todo lo que hacés, mujer
maravilla -bromeó su amiga.
-¡Tonta! Aquí tenés chocolate y
una de las camperas. Dale dos barritas a Bobi -recomendó mientras
abandonaba el refugio.
Cuando caminó hacia el otro extremo del asiento le pareció que la
lluvia no golpeaba tan fuerte. Pero la temperatura había bajado
abruptamente y pensó que el agua se cristalizaría sobre la ropa. Se
agachó para hablar con la pareja:
-¡Félix! Soy Laura. Traje algo
de abrigo para la niña y algunas tabletas de chocolate -le ofreció.
La pareja le agradeció efusivamente. Lina, la mujer, despojó a la
criatura de las prendas mojadas y la envolvió en la campera de
abrigo. La niña dejó de llorar adormecida por el confortable calor
que ganaba su cuerpecito.
-¿Tendrás un celular? -preguntó
Lina.
-Tenía. Pero se descompuso -dijo
desalentada.
-¡Félix es ingeniero en
electrónica! Tal vez pueda verlo... -propuso Lina.
-¡Enseguida lo traigo!
Hizo el recorrido gateando para aprovechar la altura del asiento de
cemento como moderador del viento. Postergó las respuestas a las
preguntas de Noelia y volvió junto a la pareja con la mochila.
Félix, a la luz de la linterna, se empeñó con el teléfono como si
estuviera reparando las computadoras de la NASA. Después de una
lucha infructuosa, dijo desalentado:
-Y al mío le falta carga...
-Pero, ¿funciona? -inquirió
Laura.
-Sí.
¡Ya le iba a dar al Rafa cuando lo viera! Abrió la mochila y sacó el
pesado cargador portátil que, según su hermano, “sólo a ella se le
ocurriría comprar”.
-Es un cargador móvil. Como
nunca lo usé, no sé si funciona. Cruzá los dedos.
El hombre la miró atónito. Estudió rápidamente el equipo e insertó
el teléfono. Durante varios segundos contuvieron la respiración como
tributo a la buena suerte. Apenas encendió la primera luz verde, lo
sacó y lo probó. Lo volvió a conectar:
-Un rato más y será suficiente
para hacer una llamada. No conocía estos cargadores...
-Según mi hermano, las únicas
compradoras somos la madre del fabricante y yo -se rió por primera
vez en horas.
Lina y Félix sonrieron. El joven hizo otro intento. Después de un
momento estableció la comunicación:
-¡Soy Félix! ¡Estamos en el
mirador de La Glorieta! ¡Avisen a mi familia que estamos bien!
-escuchó un instante- Apenas puedan llegar sin riesgo -otra pausa.-
De acuerdo. Adiós.
-Queda carga para otra
comunicación -le dijo a Laura.- ¿Querés llamar a alguien?
-No. No sé los números de
teléfono -confesó, cayendo en la cuenta de cuánto dependía de la
memoria de su celular.- Vuelvo con mi amiga- les avisó, ajustándose
la mochila.
-¡El cargador! -Félix se lo
tendió.
-Te lo regalo. A mi ya no me
sirve.
Gateó con rapidez para estimular la circulación. La lluvia había
amainado pero el viento soplaba con fuerza. El hombro no le dolía.
Tal vez se había acomodado entre tantas idas y venidas. Se arrojó
entre Noelia y Bobi disfrutando del calorcito de sus cuerpos. Cuando
se restableció, le anunció a su amiga:
-Félix logró comunicarse con
alguien que vendrá a buscarnos apenas pueda. Y gracias a mi absurda
adquisición... -se vanaglorió.Noelia la miró con decaimiento y
estiró la mano para acariciarle la cara.
-¡Estás caliente! -se alarmó
Laura- ¿Tenés fiebre? -le tocó la frente- ¡Estás ardiendo!
-Me duele un poco la cabeza
-asintió Noelia.- Debe ser el frío que chupamos afuera.
Laura se intranquilizó. Su amiga era propensa a las neumonías y los
cambios de temperatura la perjudicaban. La abrazó cada vez más
preocupada por el calor que irradiaba. Comió una estimulante tableta
de chocolate después de tantas horas de frío y esfuerzo. Dormitó a
ratos, atenta a la respiración de Noelia. La noche cerrada dio lugar
a la tenue claridad previa al amanecer. Se sobresaltó al tocar la
frente ardida de su compañera. Tomó un pañuelo y lo mojó en un
charco para ponérselo en la cabeza. Repitió la operación hasta
retirarlo apenas tibio. Lo volvió a mojar y lo dejó sobre la frente
de la muchacha que empezaba a desvariar. El lejano ruido de un motor
la llenó de ansiedad. Apoyó a Noelia sobre el suelo y salió al
exterior. El frío era intenso pero el viento y la lluvia habían
parado. Félix estaba plantado al borde del mirador.
-¿Viene ayuda? -le preguntó
Laura.
-Creo que es el motor de una
lancha -dijo expectante.
Aguzaron el oído para confirmar la aproximación del ruido. Laura le
alcanzó una linterna:
-¡Podemos hacer señas para que
nos ubiquen!
Los dos prendieron y apagaron las luces en forma intermitente hasta
que la resonancia se materializó en una barca tripulada.
-¡Don Félix...!
-¡Aquí estamos, José! ¿Adónde
pueden parar sin peligro?
-¡A quince metros hay una
pendiente liviana! ¡Deberán descender hasta el nivel del agua!
-¡Allá vamos! -gritó el hombre.
Buscó a su mujer y a la beba. Le preguntó a Laura:
-¿Pueden bajar por su cuenta?
La joven asintió. Corrió hasta donde estaba Noelia. La despertó con
esfuerzo y tuvo que llevarla a rastras hasta la orilla del mirador.
El perro las siguió en silencio. Félix subió con Lina después de
dejar a su hija a salvo:
-Laura -dijo contrito- la lancha
tiene lugar para uno más. ¡No les dije de ustedes! Andá con tu amiga
que yo espero la próxima.
Laura sintió un calambre en su estómago agarrotado. La expresión de
Lina era una súplica patente para que rechazara el ofrecimiento.
-¡No, Félix! Tu lugar está con
tu mujer y tu hija. Llévenla a Noelia que tiene mucha fiebre. Además
-dijo con firmeza- no abandonaré a Bobi. Se echaría al agua para
seguirnos.
La insistencia del hombre no la persuadió. Se despidieron con un
abrazo y la promesa del inminente salvataje. Lina deslizó un
“¡gracias!” en su oído. El matrimonio se hizo cargo de la
desfallecida Noelia y poco después la embarcación partía con los
rescatados. Volvió al eventual reducto y se abrazó al perro con una
desbordante sensación de soledad.
Capítulo XI
Laura creyó escuchar ruido de
motores varias veces. El firmamento volvió a oscurecerse
amenazadoramente. La desaparición del viento era ominosa, como si se
estuviera preparando para el golpe final. Cansada de deambular, lo
llamó a Bobi y se acomodó en el rincón más protegido del banco.
Tenía frío, hambre y sed. Se apretó al animal cuya presencia era un
consuelo en esa inhóspita soledad. ¡Tenía tantas cosas por decir y
nadie con quien hablar...!
-Cualquiera dirá que estoy
enloqueciendo, Bobi -le dijo abrazada a su cuello- pero si van a ser
mis últimas palabras debe escucharlas alguien tan bueno y discreto
como vos. El tiempo no está muy tranquilizador, ¿sabés? Pero seamos
optimistas y esperemos que vuelva la lancha. Vas a escuchar
reflexiones sólo para tus orejas. ¡Ah..., precioso! Ese lengüetazo
lo tomo como un sí... -lo besó en la cabeza- En estos días me di
cuenta de muchas cosas: soy tan imperfecta como cualquiera, tengo
tres amigas maravillosas a las que subestimé, un hermano mayor
buenazo y bien dispuesto, una cuñada insoportable pero buena madre y
esposa, una progenitora querible a pesar de su cursilería, un
sobrino adorable y, por sobre todas las cosas, un hombre que no sé
si volveré a ver y me hace arrepentir de mis estúpidas actitudes de
postergación. ¡Qué currícula, perrito...! -asomó la cabeza al
exterior- ¿No parece la calma previa a la tempestad? ¿Qué hora
es...? -se interrogó, y prosiguió con su análisis:- Me pregunto qué
habrá sido de las chicas y sus marinos. Ellos eran expertos... ¿Por
qué hablo en pasado? Van a estar bien, Bobi. No me hagas caso -le
acarició la cabeza.- No vas a quedar desamparado. Juntos superamos
demasiadas cosas. ¿Creés que Nacho...?
Bobi se levantó como un resorte y corrió hacia el centro del mirador
ladrando por primera vez desde el accidente en la hoya. Laura lo
emparejó tratando de divisar lo que había captado el animal. Un
sonido creciente aceleró su corazón. ¿Por qué Bobi miraba hacia
arriba? El ruido se hizo más potente mientras el perro la orientaba
con sus saltos. Asomando entre los oscuros nimbos se perfiló un
helicóptero y un cable bajando hacia tierra. Laura no diferenció si
el viento que le agitó los cabellos provenía del aparato o era el
comienzo de otra tormenta. ¡Qué no se vaya...!, rogó. Fijó la vista
en el cable y distinguió una canasta colgada del extremo y ocupada
por una persona. Corrió hacia ella apenas tocó el suelo.
-¿Laura? -preguntó una voz
rasposa.
-¡Soy yo...! -gritó vivaz.
El hombre salió con agilidad de la cesta. La joven lo miró
embelesada.
-Suba, mi reina -le dijo con una
sonrisa- antes que alguien se lance del aparato.
La ayudó a acomodarse mientras la aleccionaba para el ascenso.
-¿Y usted? -miró hacia el cielo,
intranquila.
-Detrás suyo.
Antes de que ajustara las correas, le pidió al socorrista:
-Quiero llevar a mi perro.
-Apenitas la asegure. Usted
deberá sujetarlo.
Cuando el hombre se apartó, Laura llamó a Bobi y lo sostuvo del
collar con firmeza. El rescatista hizo señas hacia el helicóptero y
la canasta comenzó a elevarse. A Laura el viaje le pareció un paseo
en calesita, y su única preocupación era que Bobi no saltara. El
movimiento se detuvo cerca de la boca de entrada a la aeronave.
Cuatro manos fornidas alinearon el cable y la cesta se posó en el
piso con suavidad. Soltó al perro y se volvió hacia el hombre que se
inclinaba para desligarla. Una expresión de arrobamiento le iluminó
las facciones:
-¡Nacho...!
Él la devoró con la mirada y, sin sonreír, la enlazó por debajo de
los brazos y la incrustó sobre su pecho. Laura cerró los ojos
entregándose al goce del contacto hasta que un alerta los separó:
-¡Señor...! El compañero espera.
Nacho desenganchó las correas. Levantó a Laura sin esfuerzo y se
sentó sosteniéndola como si fuera una niña. Ella se ovilló contra el
cuerpo masculino y reposó la cabeza sobre su pecho. La embargaba una
felicidad sólo oscurecida por la suerte de sus amigas. Nacho rompió
el silencio:
-¿Pensaste que te iba a
abandonar después de tu pedido? -musitó, besando su sien.
Se apretó contra él estremecida por la caricia y respondió
quedamente:
-Creí que no me habías
escuchado...
-Si estaba preocupado por el
temporal, me volví loco cuando te escuché llorar -dijo
apasionadamente.
-Y yo no debí mandarte ese
mensaje -alzó la cabeza y lo miró a los ojos.- Lo siento, Nacho...
Él le tapó la boca con un beso. Lo interrumpió para posar los labios
contra su cabeza.
-Si te beso una vez más -dijo
bajamente- te haré el amor delante de quien sea...
Laura se apartó con las mejillas encendidas y con un mensaje de
reciprocidad en los ojos. Deslizó los pies hacia el piso y se sentó
al lado del hombre que la había ganado.
-Nacho, dos cosas me tienen mal... -le confió:- no saber qué pasó
con el barco donde estaban Marcia y Andrea, y la salud de Noelia.
Él la acercó a su costado y le acarició el pelo con ternura.
-Las embarcaciones son más
seguras que la costa en una crecida, y Noelia se va a recuperar -le
aseguró.- Haremos todas las averiguaciones apenas lleguemos a la
ciudad de Colón.
Viajaron hasta el helipuerto en un silencio cargado de presagios.
Antes de bajar del aparato, el rescatista se acercó con un abrigo
impermeable:
-Póngase esto, mi reina. Afuera
llueve y hace frío.
Laura lo aceptó.
-¿Cuál es su nombre? -le
preguntó con una sonrisa.
-Martín Flores, mi reina.
Laura lo besó en la mejilla impulsivamente:
-¡Gracias, Martín! Nunca me voy
a olvidar de usted.
-Ni yo de su obstinado marido
-dijo con una risotada.- Nos hizo poner a prueba el helicóptero.
-Fuimos y volvimos antes de la
tormenta como yo preví -opinó el nombrado.
-Por obra de la casualidad
-insistió Flores, y le confió a Laura:- De no haber salido nos
mataba. Entonces elegimos la casualidad, que siempre da una chance.
Laura miró a su marido. ¿Así que podría matar por ella? Suspiró
mientras él la ayudaba a colocarse el abrigo. Bajaron después de la
tripulación. Nacho la recibió en sus brazos y la depositó en la
pista. Bobi saltó a una orden de Laura y, con los miembros de la
dotación, corrieron hacia la sala de tránsito. Mientras esperaban un
auto, Nacho le dijo:
-Vamos a parar en el
departamento de un amigo porque con la inundación no queda
alojamiento en la ciudad. ¿Podrás esperar para comer algo caliente?
-Puedo esperar a comer, pero más
deseo un baño -le respondió.- ¡No tengo nada de ropa...! -se
alarmó.- Todo quedó en el motorhome.
-Te traje una valija preparada
por tu madre y tu cuñada -dijo Nacho riendo.- ¿Te bastará?
-¡No... por Dios! -se lamentó,
pensando en las prendas seleccionadas.
Se despidieron de los tripulantes del helicóptero en cuanto les
avisaron que estaba el auto. Bobi se acomodó en el asiento trasero
como acostumbraba cuando Marcia lo llevaba. La lluvia caía con
uniformidad, pero sin la violencia del día anterior. La atmósfera
lucía más despejada y Laura pensó que era de tarde.
-¿Qué hora es? -preguntó.
-Las doce -dijo Nacho mirando su
reloj.
-¿Nada más? Me pareció que había
estado días y no horas arriba.
-¡Ah, mi amor! Si hubiera podido
evitarte este sufrimiento... -se condolió el hombre.
-Yo estoy de diez comparada con
mis amigas - hipó.
Nacho la cercó con un brazo. Llegaron al centro y entró el vehículo
en las cocheras de un edificio. Subieron hasta el quinto piso en
compañía de Bobi. El hombre les franqueó la entrada a la sala de
estar de un departamento mediano.
-Esperá que prenda la
calefacción antes de quitarte el abrigo -le avisó a Laura.
Ella recorrió el lugar hasta llegar a la cocina. Llenó un recipiente
con agua y se lo ofreció a Bobi. Miró en las alacenas esperando ver
alguna bolsa de alimento para perros. Frustrada, le preguntó a
Nacho:
-¿No hay comida para Bobi?
-Costeletas. Mañana le buscaré
alimento.
-¿Crudas? Estarán frías...
-Se las cocinaré, mi reina, como
te llama... ¿Martín? -sonrió- Sólo que yo todavía debo decir mi
princesa.
Laura se turbó. Nacho, intuitivo, se acercó y la ayudó a despojarse
del abrigo.
-¿Querés llamar a tu hermano
antes de bañarte? -le preguntó.
-¡Sí! Y al sanatorio adonde está
Noelia, y a la prefectura para...
-Empecemos por Rafael -la
desaceleró.- Mientras vos te das el baño yo haré las otras llamadas.
¿De acuerdo?
Asintió tranquilizada. Nacho llamó a la casa de su hermano y después
que ella habló con todos los miembros de su familia, reunidos para
esperar noticias, se sintió sugestivamente vulnerable a los afectos.
Cuando colgó, Bobi estaba dando cuenta de tres costeletas que le
había cocinado Nacho. Miró agradecida a ese hombre excepcional
preocupado por ella y sus demandas. Él se contuvo para no acercarse.
Lo consumía el deseo de poseerla desde que la recuperó, como si ese
acto fuese a exorcizar la posibilidad de perderla. Respiró hondo y
le preguntó:
-¿Querés bañarte mientras preparo la comida?
-Sí. ¿Vas a preguntar por Noelia
y el barco?
-Entretanto te das un baño de
inmersión, ¿eh?
-El más largo que puedas
imaginar. ¿Dónde está la valija?
-Sobre la cama -la miró
impertérrito.
Laura se volvió para ubicar la habitación.
-La primera puerta a la derecha
del pasillo -indicó Nacho.
Entró y vio la maleta sobre una cama matrimonial. Arrinconó el
cosquilleo que le produjo la imagen de ellos yaciendo sobre el
lecho. Movió la cabeza y se dedicó a revisar el contenido de la
valija. Eligió un conjunto de pantalón y chaqueta negros -los más
abrigados- y una remera blanca de mangas largas. Separó ropa
interior, colonia y desodorante y abrió la puerta de un baño de
pequeñas dimensiones pero bien instalado. Se desnudó mientras
llenaba la bañera. Su cuerpo guardaba las señales del rigor del
último día. Raspaduras y moretones denunciaban las caídas y la loca
carrera hacia el mirador. Echó las sales de baño, se sumergió en el
agua caliente y apoyó la cabeza en el borde del receptáculo dejando
su mente en blanco. Unos discretos golpes en la puerta la
sustrajeron de la somnífera relajación.
-Laura... -la voz de Nacho
sonaba tierna- Querida, ¿estás bien?
-¡Sí! -respondió, incorporándose
en el agua apenas tibia- ¡Ya salgo!
Lavó su cabello y terminó con una ducha caliente que la despojó de
los últimos vestigios de frío. Pasó al dormitorio cubierta por una
bata y con el pelo enrollado en una toalla. Se secó, se perfumó y se
vistió con la celeridad impuesta por su estómago hambriento.
Apareció en la cocina guiada por el aroma de la comida dispuesta por
Nacho sobre la mesita recostada contra la pared. Se contemplaron
cohibidos por esa intimidad que los confrontaba con sus
sentimientos. Laura desvió la mirada y el hombre reaccionó:
-¡Tengo las mejores noticias
para darte! -dijo con satisfacción:- Hablé con Noelia. Está en sala
de recuperación. Y el velero está regresando junto a otros al puerto
sin reportes de accidentes.
A la muchacha se le aflojaron las piernas. Nacho voló para
sostenerla y la sentó en una silla. Quedó arrodillado, sujetándola
por los hombros y a centímetros de los ojos resplandecientes de
lágrimas. Ella inclinó la cabeza y él aflojó la presión de los
brazos hasta que descansó contra su pecho. La mantuvo apretada
conteniendo sus sollozos de alivio con palabras consoladoras. Laura
se apartó, con el rostro congestionado y una sonrisa temblorosa.
-¡Ay, Nacho...! -murmuró- Ahora
me comería una vaca.
Él no pudo contener una carcajada. Enmarcó la carita conmovida con
las manos y puso un rápido beso en sus labios. Se incorporó y la
movió con el asiento delante de la mesa.
-Señora... -declamó- espero que
el menú sea de su agrado.
Ella comió con avidez ante la mirada complacida del cocinero, más
concentrado en observarla que en su plato. Después bebió el agua
mineral con un suspiro de satisfacción:
-Es la comida más exquisita de
mi vida -aseguró, masajeando su estómago.
Nacho estaba concentrado en contenerse para no arrebatarla de la
silla y llevarla al dormitorio. Amarla era la culminación de una
semana de expectativa por su regreso y de agonía cuando la creyó
perdida. Pero debía dominar su impulso y darle tiempo a reponerse.
Le propuso:
-¿Por qué no vas a descansar
hasta que vayamos al hospital?
¿Lo miró desilusionada? Su mente
febril lo hacía alucinar. Laura se levantó y solamente dijo:
-¿A qué hora iremos?
-A las cinco de la tarde.
-Bueno... -vaciló- ¿Adónde
duermo?
-¿En el dormitorio...? -
aventuró con humor.
-Vos sabés lo que quiero decir
-dijo picada- ¿En cuál dormitorio?
-En el único -respondió con
naturalidad.
Laura levantó la barbilla y salió con arrogancia. Bobi la siguió
como él hubiera deseado hacerlo. Envidió la simpleza del animal que
se manejaba movido por sus instintos. Limpió la cocina y puso un
informativo para interiorizarse de la situación de las zonas
inundadas. El extraño fenómeno meteorológico se había convertido en
una tormenta normal. El río volvía a su cauce y la inundación se
retiraba paulatinamente. Se adormeció en el sillón. Un grito de
angustia lo hizo correr hacia el dormitorio. Laura, inmersa en una
pesadilla, estiraba los brazos con los ojos cerrados y las mejillas
surcadas de lágrimas. Él se arrodilló al borde de la cama y trató de
despertarla sin sobresaltarla:
-¡Laura... Laura! -murmuró- No
tengas miedo. Es un mal sueño, querida -la atrajo delicadamente
contra su cuerpo.
-¡Nacho...! -sollozó sobre su
pecho- ¡El remolino me arrastró...!
-¡No! -dijo con violencia -
¡Ahora estás conmigo! -la separó para clavar sus ojos dominantes en
el rostro convulsionado.
La joven emergió del delirio al imperio de la mirada del hombre. Se
dejó avasallar por la seguridad emanada del gesto masculino y
entreabrió los labios para recibir la caricia irrefrenable. Nacho la
besó con violencia, desafiando a la muerte. La exploró hasta
quedarse sin aliento y se apartó trastornado por la intensidad de su
deseo. Laura encontró en el rostro apasionado una réplica de su
propia necesidad. Había aprendido que en pocas horas el mundo podía
derrumbarse y privarla de conocer el amor.
-¿Adónde vas? -le preguntó
suavemente.
-Adonde no pueda cometer un
desatino -le dijo roncamente.
-No me dejés, Nacho... -le pidió
olvidando todos los tapujos.
-¿Estás segura? -le preguntó
anhelante.
-Como de no morirme sin haberte
amado -murmuró turbada por su confesión.
Los brazos de Nacho se deslizaron tras su espalda y la atrajeron
hasta dejarla fundida contra su torso. Apoyó la cabeza sobre un
corazón que retumbaba por ella y sintió la respuesta de su torrente
sanguíneo encendiendo ancestrales abismos de su cuerpo. Alzó la boca
ávida de besos, inmediatamente satisfecha por el hombre decidido a
conquistarla. La tendió sobre el lecho para desnudarla lentamente,
besando cada parte del cuerpo que iba descubriendo. Laura,
respirando con agitación, desabotonó la camisa de Nacho y anudó los
brazos en torno a su cuello para oprimir sus pechos contra la piel
del hombre. Lo sintió jadear por la excitación y la besó largamente
antes de despojarse de toda la ropa. Se acostó y la enlazó hasta que
sus relieves entraron en contacto. Su boca y sus manos se apoderaron
de cada centímetro de la anatomía femenina arrancándole quejidos de
creciente intensidad. Las caderas de la joven se ondularon
anticipando el inicio de la cópula. Exclamó enardecida:
-¡Por favor, por favor,
Nacho...! Quiero sentirte adentro mío...
Él fue deslizando sus labios hasta la boca que lo esperaba ansiosa e
impulsó el miembro hacia la perpetración de sus sueños. Se miraron,
aturdidos por la comprensión de pertenecerse mutuamente. Nacho la
levantó por los glúteos para penetrarla más profundamente y Laura
aumentó el contacto rodeándolo con las piernas. Prolongaron la
gozosa sensación moviéndose lentamente, el cuerpo de la mujer
ocupado por el pujante órgano masculino, el miembro viril ceñido por
la palpitante cavidad femenina. La mirada vidriosa de Laura preludió
el fin de la tensa calma. Arqueó la cabeza con un gemido suplicante
y agitó sus caderas en busca del apremiante orgasmo. Nacho culminó
con un sonido de placer animal mientras las contracciones que
arrasaban a Laura ampliaban el deleite de la comunión. Un beso de
recíproco agradecimiento los unió en las postrimerías del placer.
Ella se abandonó al abrazo y las palabras del hombre mientras
recuperaba el ritmo respiratorio.
-¿Ha sido feliz, mi reina? -le
dijo con esa sonrisa que la enloquecía.
-Como nunca soñé... -musitó
voluptuosamente.
-Imaginé mil veces este momento,
mi amor. Pero la realidad supera la fantasía... -murmuró Nacho
besando sus labios.
Laura rió suavemente y se acomodó feliz entre sus brazos. ¿Cómo
afirmar que había vivido de haberse privado de la experiencia más
completa de su existencia? Ese hombre le había demostrado que no
había anacronismos en su cuerpo sino parejas insatisfactorias.
-Te amo, Nacho... -le confesó
besando su oreja.
-Y yo estoy perdido, corazón. No
soportaré un momento sin vos -le dijo febril.
Laura suspiró satisfecha y escondió la nariz en el cuello de su
amante. Aspiró el aroma de su piel y le acarició la barbilla con los
labios.
-No me provoqués, hechicera -le
pidió estremecido- debemos llegar al hospital a tiempo.
Las manos se le movieron con prescindencia de la razón. Una acarició
los firmes pechos de la muchacha y otra bajó hacia su entrepierna.
Laura rió y escabulló el cuerpo al reclamo masculino. Se bajó de la
cama con agilidad y besó al frustrado Nacho antes de correr al baño.
Él sonrió consolándose con la expectativa nocturna y especuló en
cómo conservar a la impetuosa joven. Debía marcarla esta noche como
ella le había impreso la palmaria necesidad de su presencia. Se
acordó de Bobi. ¿Habría presenciado el encuentro amoroso? “Espero no
haberte defraudado, macho”, pensó mientras miraba a su alrededor. Se
asomó a la cocina y lo vio en el rincón donde antes había dormitado.
Es un perro discreto, se dijo satisfecho. Laura salía del baño
cuando él volvió desnudo de la cocina. Se acercó y la besó mientras
metía la mano dentro de la bata de toalla.
-¡No, no, no, hombre
descomedido! Tenemos que llegar al hospital a tiempo... -lo remedó
con gracia.
Él le besó un pezón antes de que ella escapara y se metió riendo en
el cuarto de baño. Laura estudió a la mujer que la observaba desde
el espejo: un pecho asomando por el hombro caído de la bata,
turbante rodeando la cabeza, labios sensualmente entreabiertos, ojos
de expresión enigmática. Esa no le hubiera negado un beso de
despedida a Nacho. Sonrió mientras revolvía la maleta. Sacó un
vestido beige de falda corta con chaquetilla y abrigo del mismo
tono. No faltaba ningún accesorio. Estaba vestida cuando Nacho salió
de la ducha. Se acercó despaciosamente y Laura leyó en sus ojos una
amalgama de embeleso con pasión. La abrazó y la besó sin desenfreno.
Mientras él se arreglaba, ella le abrió a Bobi la puerta del patio y
le prometió traer alimento a la vuelta. Salieron, pasada las cinco,
a una tarde destemplada y ventosa pero sin atisbos de lluvia. Laura
divisó a Félix y Lina en la sala de espera. Los tres se acercaron
con expresión de alegría.
-¡Laura querida! -exclamó Félix
mientras la abrazaba- ¡Menudo susto me llevé cuando volvimos a
buscarte!
-¿Volviste...?
Lina la abrazó y la besó. Confirmó las palabras de su marido:
-Estaba desconsolado por haberte
dejado. Apenas bajamos a tierra regresó con la tripulación.
-Revisé toda la superficie del
mirador y me tranquilicé al no advertir signos de violencia; así
que, averiguando, me enteré del rescate de una linda muchacha y su
perro en helicóptero. ¡Ah! Y también me dijeron algo de tu tenaz
marido... -rió.
Laura los presentó:
-Nacho, ellos son Félix y Lina,
nuestros compañeros de la Glorieta -miró a su pareja- Él es Nacho
-dijo ambigua.
Los tres se saludaron con una sonrisa.
-¿Vieron a Noelia? -preguntó la
joven.
-No, todavía no salió el médico
-respondió Lina,- pero entendemos que está bien.
La charla se centró en el atípico comportamiento del tiempo y la
impotencia humana ante los fenómenos naturales impredecibles. Los
hombres estaban intercambiando sus datos cuando el médico dejó la
habitación.
-Entrá a verla mientras hablo
con el doctor, querida -ofreció Nacho comprendiendo la ansiedad de
Laura.
Ella le obsequió una sonrisa radiante y se precipitó en el cuarto.
También Lina aguardó un rato antes de entrar. Noelia dio un grito de
alegría al ver a su amiga:
-¡Lau! ¡Tu novio no mintió!
Laura la abrazó con una carcajada. El humor de su amiga seguía
intacto, señal de que estaba bien. Cuando se separaron, Noelia
exclamó:
-¡Estás espléndida! -la miró
insinuante:- ¿La gata se comió al ratón...?
-Tal cual -respondió Laura
sofocada por el recuerdo.
-¿Fue como lo soñaste...?
-inquirió abriendo los ojos.
-La imaginación no da para
tanto... -le cuchicheó con afectación.
La expresión de Noelia la hizo reír. Le tiró un mechón de pelo para
hacerla reaccionar:
-¡Vamos, abriboca! Hablemos de
vos. ¿Cómo te sentís? -le preguntó cariñosamente.
-Como nueva. Más aún cuando supe
de vos... -dulcificó la expresión- Nacho me contó que te habías
quedado sola con Bobi porque no había lugar en la lancha.
-¡Uf! -exclamó Laura- ¿Qué te
tenía que contar? Además era lógico fletar a la enferma. ¡A ver si
me contagiabas!
-¡No te enojés! Las conclusiones
las saqué yo. Le pregunté por qué nadie sabía de vos en el hospital
y me dijo que a mí me habían rescatado en lancha y a vos en
helicóptero -le tapó la boca con la mano para continuar- y cuando me
extrañé de por qué no a las dos en barco, me contestó que no había
lugar y vos no querías dejar a Bobi. Te prohíbo -recalcó,- te
prohíbo fastidiarte con él. ¡Y menos ahora...! -terminó poniendo los
ojos en blanco.
Laura no tenía intención de fastidiarse con Nacho, pero la
aclaración de Noelia le agregaba una cualidad más. Sonrió y cambió
de tema:
-No me preguntaste por Marcia y
Andrea...
-Deben estar okei. En el lugar
indicado para una inundación. Y no como nosotras, chapoteando en el
barro.
-Sí -suspiró Laura- Te expuse
por mi capricho.
-¿Qué decís? Si hubiera ido
Marcia una de las dos tendría que haberse ocupado de Jorge...
-chacoteó.
Las dos se rieron de la ocurrencia. Varios golpes en la puerta las
volvieron a la formalidad. Nacho y el matrimonio entraron al ser
autorizados por Noelia. Lina fue la primera en aproximarse para
abrazar a la convaleciente:
-¡Qué bueno que estés tan bien!
-Gracias al socorro de ustedes
-afirmó agradecida.
Los hombres la besaron y los cuatro le hicieron compañía hasta el
fin de la hora de visitas.
-¿Cuándo vuelven a Rosario?
-preguntó Noelia alarmada.
-Cuando te den el alta -la
tranquilizó Laura.
-Según tu doctor, mañana por la
mañana -intervino Nacho.- Te pasaremos a buscar al mediodía y lo
festejaremos con un buen almuerzo. ¿Qué te parece?
-¡Espléndido!
Las dos parejas se detuvieron en la puerta del hospital después de
despedirse de Noelia. Félix los invitó a cenar y Laura dejó la
respuesta a criterio de Nacho. Ella apreciaba al matrimonio, pero
deseaba más tiempo de intimidad con el hombre que amaba. Él no la
defraudó:
-Les agradecemos, pero tenemos
que ir hasta prefectura y comprarle alimento a Bobi. En la próxima
-sonrió y le tendió la mano.
Saludaron a Félix y a Lina mientras se alejaban en el auto y
enfilaron hacia la veterinaria que les había indicado el ingeniero.
Laura estaba inquieta por llegar a la prefectura y saber algo más de
sus amigos. Allí los derivaron de una sección a otra hasta llegar a
la sala de comunicaciones. Un oficial joven los atendió:
-¡Ah, sí! El Invencible se
rezagó permitiendo a otros veleros dañados el arribo al puerto.
Anclarán mañana antes del mediodía. Todos los tripulantes están
bien, lo que no es una sorpresa, porque Jorge y Damián son marinos
avezados -aclaró.
-¿Vos los conocés? -preguntó la
muchacha.
-Damián y yo hicimos el
secundario juntos.
-¿Y cómo sabés que todos están
bien? -preguntó con inocencia.
-Porque nos comunicamos por
radio.
-¿Y no podrías comunicarte
ahora...? -pidió con su gesto más encantador.
El oficial vaciló. No figuraba en el reglamento ni siquiera que dos
civiles estuvieran en la sala de comunicaciones.
-¿Por favor...? -insistió la
hermosa joven, desarmándolo.
Suspiró y se puso los auriculares. Después de anunciarse al capitán,
se los pasó a Laura:
-¡Jorge! -se atolondró- ¿Cómo
están?
-¿Laura...? ¡Laura! -gritó Jorge
exaltado- ¡Gracias a Dios! ¿Y Noelia?
-Recuperándose de un
enfriamiento, pero bien.
-Mañana seguimos hablando porque
una llorosa mujercita puede llegar a matarme si no le paso el mando.
Te mando un beso, querida.
-Otro para vos -terminó de decir
en la oreja de Marcia.
-¡Lau...! -gimoteó- ¡No podía
perdonarme que hubieras ocupado mi lugar...! ¡Pensamos lo peor...!
-También nosotras temimos por
ustedes, pero ahora está todo bien. ¿Le doy tus saludos a Bobi?
La respuesta fue un silencio repentino. Después de varios sollozos
histéricos, reapareció su amiga:
-¿Bobi está con vos...?
-preguntó incrédula.
-¿Y qué esperabas? Somos un
equipo.
-¡Ay, Laura, no esperaba tantos
milagros...! ¡Te quiero, amiga, y te doy con Andrea!
-¡Laura...! -chilló Andrea-
¡Recién paro de llorar! Al final, este fue un viaje maravilloso.
Damián te manda un beso y hace señas que corte para ahorrar energía.
¡Chau, mañana nos vemos!
-¡Chau para todos...! -contestó
resplandeciente, y devolvió los auriculares:- Gracias, estoy en
deuda con vos.
-Suficiente con que no
trascienda -dijo el oficial con una sonrisa.
Laura y Nacho se sentaron en un restaurante a las veinte y treinta.
-¿Qué vas a cenar, mi vida?
-Nacho la acarició con la mirada.
-Pedí por los dos. ¿Me prestás
el teléfono para hablar con el Rafa?
El hombre pulsó el código y se lo entregó. Rafael atendió al
instante:
-¿Cuñado?
-Hermana, tonto -dijo risueña-
Me parece que vas muy rápido.
-¿Estás segura, chiquita? Si
todavía no lo soy, es que no sé juzgar a un hombre.
-Se necesitan dos para eso, ¿te
olvidaste?
-Tengo presente tu carita cuando
subiste al motorhome. Y un pedido de auxilio que enloqueció al pobre
individuo. ¿Falta algo...?
Laura se rió del recuento de su hermano. Volvió a escuchar la voz de
Rafael:
-¿Está todo bien, hermanita?
-Si, Rafa. Te aviso que vamos a
volver cuando le den el alta a Noelia. Mañana te confirmo cuándo.
También está el asunto de la casa rodante, no sé si el agua la
arrastró...
-No te preocupés. Está asegurada
contra riesgos climáticos. ¿Cómo te trata el hombre?
-No te lo voy a decir porque me
está mirando. Preguntáselo vos. Te mando un beso, Rafa -le estiró el
celular a Nacho.
-Hola -atendió con una sonrisa.
-¿No es una impertinente? Le
pregunté como la tratabas y te pasó el tubo.
Nacho la devoró con los ojos antes de contestar:
-Una adorable impertinente. A lo
segundo, como a una reina.
-Más te vale -dijo Rafael
riendo- porque a esa pendeja la quiero con mierda y todo.
-No más que yo, amigo. Y no la
pienso devolver -le anticipó.
-¿Después que me saqué un peso
de encima? ¡Ni loco! -replicó Rafael exultante.- Bueno, Nacho, fuera
de broma. Gracias por cuidarla como si fuera yo. Estaremos
aguardando noticias.
-Te mantendremos al tanto.
Buenas noches, Rafael.
-Buenas noches, cuñado -contestó
con una risita.
Nacho cerró el aparato y se extravió en la geografía del rostro
querido. Hacía siglos que no saboreaba sus labios. Si fuera por él,
¡al diablo con la comida! Pero Laura debía reponerse de las
privaciones sufridas. El mozo interrumpió su ensueño:
-¿Desea degustar el vino?
Lo aprobó después de catarlo. El camarero llenó las copas y se
retiró después de servir la comida.
-¡Mm...! Estas supremas lucen
exquisitas. ¿No te vas a alimentar? -le preguntó su amada.
-Me guardo para el postre -le
contestó intencionado.
-Entonces, será mejor que te
fortalezcas -le retrucó con una sonrisa.
A Nacho se le disparó el corazón al ritmo de esas palabras. Le hizo
un gesto provocador y engulló la comida. Durante la cena
descubrieron sus coincidencias y se animaron a revelar las
discrepancias. El conocimiento los acercaba tanto como el sexo
satisfactorio. Volvieron al departamento ansiando la soledad
acompañada. Apenas se cerró la puerta tras ellos, se soldaron en el
beso más ardiente que hubieran compartido. Estaban por deslizarse al
piso, cuando un gimoteo los sobresaltó. ¡Se habían olvidado del
perro! Laura fue la primera en recuperarse:
-¡Bobi, cariño! ¡Somos unos
egoístas! -lo abrazó del cogote mientras miraba al estoico Nacho.
El hombre gimió al visualizar la bolsa en el auto. Salió con
resignación y, al volver, llenó un recipiente como para alimentar a
Bobi una semana. Laura retomó el beso interrumpido y se pegó a su
cuerpo. Por no hacer el amor en el piso de la cocina, la cargó en
sus brazos y la dejó sobre la cama. No había espacio para
preliminares. Le quitó la bombacha humedecida por el flujo amoroso y
ella liberó el falo enhiesto para conducirlo a su morada interior.
El súbito acople los elevó a una progresión de placer insospechado.
Entre voces y jadeos apasionados intensificaron su núcleo de
contacto hasta la conflagración final. El grito de Laura, abrumada
por la potente respuesta de su cuerpo, se articuló al gruñido de
apogeo masculino. Se besaron, satisfechos y extenuados. Más tarde se
desvistieron lánguidamente y se deslizaron bajo las sábanas. Laura
fluyó al reposo contenida en el poderoso abandono del sueño
masculino. Envuelta por los brazos de Nacho sintió aplacarse la
vieja punzada de escepticismo asociada al futuro. El porvenir estaba
habitado por un hombre cuya pasión la confrontaba con la esencia de
la vida, por nuevas amigas nacidas de la adversidad y por una
familia que la fastidiaba por su exceso de cariño. ¿Alguien podría
pedir algo más?
FIN
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