Sala Independiente - Rosario - Santa Fe - Argentina 

 

 

 

INTERSECCIONES

 

de Carmen Retamero
Registro de la propiedad intelectual N° 419.396 D.N.D.A

 

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Capítulo I

Juan paseó la mirada por la penumbra del bar sin buscar nada en especial. Eran las doce de la noche y estaba contrariado porque la reunión con los representantes porteños se había prolongado sin haber concretado el negocio. Eran un hueso duro de roer y, para persuadirlos, debería recurrir a sus asesores por la mañana. Caminó hasta la barra detrás de la cual se encontraba su amigo Nico. El dueño del establecimiento y él eran amigos tras haber sido los únicos sobrevivientes de un accidente aéreo. No podían ser más distintos. Juan tenía treinta años; era un hombre de negocios legales, amante de la música y los deportes, instalado a medias entre un departamento céntrico y la casa materna y confeso de amor incondicional hacia las dos mujeres que poblaban su vida: su madre y su hermana Jimena. Nico le llevaba cinco años, vivía solo y no se le conocía pareja estable, sus negocios eran nocturnos y sus relaciones, marginales. Concurría al gimnasio para desarrollar sus poderosos pectorales y endurecer un cuerpo que, generalmente, disuadía a los alborotadores de empezar una riña. Entre sus inquietudes no figuraba la licitud del origen de sus ganancias. Tanto le daba que provinieran del funcionamiento del bar, como de las comisiones que le pagaban las mujeres a las que permitía trabajar en su local. Este era un tema del que no hablaría nunca con Juan porque lo que los unía eran la entereza y el desprendimiento con que habían afrontado la adversidad. En ese espacio particular estaban hermanados con prescindencia de las convicciones éticas de cada uno.

-¡Hola, Juan! -Nico lo saludó y puso un vaso de wiski delante de su amigo.

-¡Hola, Nico! No parece haber mucho movimiento esta noche.
Nico bajó una botella de Chivas y le sirvió una generosa medida. Juan le agradeció con un gesto.

-Extraña hora para venir un día de semana -observó el dueño del bar.

-Recién salgo de la oficina y cargado como una pila. ¿Podés creer que después de cinco horas de negociación a un tira bombas se le ocurre cuestionar un punto del contrato que va a requerir la intervención de los abogados de cada parte?

-¡Ah! Los picapleitos son una chusma que tienen compinches bien entrenados... -resumió Nico.
Juan se rió de las conspicuas apreciaciones de su amigo. Un potente trueno hizo tintinear las copas de cristal colgadas de los estantes de las bebidas y casi dejó al salón sin luz.

-¿Estás con el auto? -se interesó Nico.

-Lo dejé en tu cochera. ¿Vendrás a pescar este fin de semana?

-No. Espero una importante partida de bebidas. Ya sabés...
Juan sabía que su amigo compraba bebidas de contrabando con las que hacía pingües diferencias y sospechaba sobre otras actividades menos respetables, pero también sabía que a pesar de sus imperfecciones era la persona más confiable que conocía.

-¿Qué pasó con la autorización del departamento de trabajo? -se acordó Juan.

-Todo en orden. A estos parásitos los comprás con poco -dijo Nico despectivamente.

-Y así la rueda de la corrupción sigue girando... -filosofó su interlocutor.

-Así  es el mundo, amigo mío. Cada cual saca la tajada que se atreve. Salvo los honestos comerciantes... -le descargó, con una sonrisa.
Juan contuvo su respuesta al captar un leve gesto de sorpresa en la cara de Nico. Una figura se deslizó en la banqueta contigua. Era una mujer que había llegado silenciosamente y de la que no podía juzgar el perfil oculto tras el manto de su pelo.

-¿Qué le sirvo?
La voz impostada, que a su amigo le surgía en presencia de bellas hembras, incrementó su interés.

-Un wiski -respondió la mujer.
Nico dejó la copa sobre un posavasos, agregó hielo y sacó la botella de debajo del mostrador. Juan bebió un sorbo de su vaso y aspiró a que la joven tuviera un estómago apto para tolerar la bebida de mala calidad. Para su asombro, ella alineó la cabeza y acabó el brebaje casi de un trago.

-Otro -le ordenó a Nico, tosiendo un poco.
El hombre obedeció y le escanció una medida doble. Los amigos estaban pendientes de la bebedora compulsiva. Esta vez, acometida por la quemazón de su garganta, no pudo terminar con el contenido. Tosió hasta que Nico le sirvió un vaso de agua con hielo que pareció calmarla. Juan, con un leve movimiento de cabeza, le indicó al dueño del bar que se eclipsara. Las convulsiones de la tos habían provocado en la muchacha un estado semejante al resfrío: nariz congestionada y lágrimas surcando las mejillas encendidas. Su vecino de asiento le tendió un pañuelo que ella agradeció pero no aceptó. Hurgó en su cartera hasta encontrar un pañuelo descartable con el que se sonó la nariz y luego volvió a guardar. Después, a pequeños tragos, terminó con la bebida. Juan le ofreció:

-¿Puedo invitarte con una vuelta?
La joven giró la cabeza y asintió hieráticamente. El hombre apreció un bonito rostro enmarcado por cabellos lacios y negros. Volvió a llamar a Nico:

-Que sean dos - indicó.
Su amigo comprendió y cambió la copa de la joven, vertiendo Chivas en ambos vasos.

-Me llamo Juan Rivas -le alargó la mano.

-Yo soy... María -dijo ella ignorando la diestra tendida.
Él bajó el brazo ante la mirada divertida de Nico, infiriendo que ni siquiera le había dicho su nombre verdadero.
Ella bebió despacio y pareció apreciar la diferencia de licores. Antes de que Nico se cruzara de brazos en su gesto típico de negarse a servir, Juan, sin mediar diálogos, la había convidado dos veces más. La lluvia pegaba sobre los cristales de la ventana y la temperatura había bajado varios grados. El joven preguntó:

-¿Querés que te lleve a tu casa?
La mujer, sin superar el estado de catatonia, se encogió de hombros levemente, ademán que Juan asumió como aceptación. Intentó pagarle a Nico la consumición total, pero la joven no accedió a que abonara sus primeras copas.

-¡No, no! ¡De ninguna manera! Yo pago lo mío - pronunció con dificultad.
Abrió su cartera con torpeza y sacó un billete de cincuenta pesos que el dueño del bar tomó sin discutir. Guardó el vuelto con la misma imprecisión y se arrojó literalmente del taburete. Aunque Juan estaba bastante achispado, logró atraparla antes de que terminara en el suelo. Nico dio la vuelta a la barra y le dijo a Juan en voz baja:

-No podés manejar en este estado. Esperá que llame a Guillermo y los llevo.
Su amigo le apretó el brazo con rudeza y le contestó:

-No te metás, Nico, que todavía puedo solo. Voy a estar bien.
Nico entendió el mensaje y no insistió más:

-Andá con cuidado, viejo, que la quinta del ñato está llena de omnipotentes.
Miró con preocupación la marcha cuidadosa de la pareja que se dirigía a la salida. Desde allí Juan le hizo una sonrisa y una señal de despedida. Abrió la puerta dejando entrar una ráfaga lluviosa que salpicó la alfombra de la entrada y sostuvo a la joven a la que el viento amenazaba arrastrar. Cuando cerró, Nico se quedó observando sus siluetas distorsionadas por los cristales difusos que adornaban la abertura.

-Esperá que acerco el auto a la entrada -sugirió Juan cortésmente.

-¡No! Voy con vos -dijo María.
El hombre no insistió. Cruzó la calzada con rapidez hasta llegar al refugio de la cochera. Mientras abría la puerta de su vehículo se volvió para mirar a su acompañante. La joven estaba empapada. Bajo la luz de los fluorescentes pudo apreciar lo linda que era, sin maquillaje y con el pelo chorreando.

-¿Cómo te mojaste tanto? -preguntó sorprendido.

-El viento -le respondió.

-¡Ah...! ¿Cómo no lo pensé? Podría haberte cargado -dijo seriamente.
María se encogió de hombros como si fuera su gesto más expresivo. Parecía que toda contingencia le resbalara como el agua. Juan le franqueó la puerta del acompañante y después se acomodó tras el volante. Abandonó el estacionamiento tratando de clarificar su pensamiento obnubilado por el alcohol. "¿Debería llevarla a su casa o intentar que fuera a su departamento?", se planteó.

-¿Vamos a tomar un café a mi casa? -aventuró, esperando una negativa.

-Bueno -contestó la joven.
"¿Es todo tan fácil con esta muchacha?", se preguntó con cierta inquietud. Tenía sensaciones contradictorias: por un lado, celebraba la falta de mojigatería de la mujer; por el otro, le chocaba su actitud sumisa ante cualquiera de sus propuestas. Se dijo que era un imbécil si proseguía con sus cuestionamientos cuando las cosas se le daban favorablemente. Llegaron sin pronunciar palabras al edificio donde vivía. En igual silencio viajaron en el ascensor desde las cocheras del subsuelo hasta el décimo piso donde estaba su departamento. Juan miraba a la joven de gesto circunspecto y ojos inescrutables sin poder interpretar su expresión. Lo cierto es que la apatía de la mujer comenzaba a molestarlo. Entraron al departamento y le ofreció:

-Si querés secarte, el baño está detrás de esa puerta.
Ella movió la cabeza negativamente. "¡Dios!", pensó Juan, "¿Hay algo que te conmueva?" Esta situación era inédita. Estaba acostumbrado a cortejar a las mujeres que llevaba a su departamento, a convencerlas de que eran únicas y a guiarlas lentamente hacia su cama. Hasta hoy, cien por ciento de efectividad. Pero esta muchacha era un desafío. La estudió abiertamente: alta, delgada, piel morena clara, nariz fina y mediana, leves hoyuelos en la comisura de los labios bien formados, ojos grises ¿tristes?, ese hermoso pelo negro, ropa clásica, sandalias de taco alto. Ella no se inmutó. Se dejó examinar con detenimiento como un ejemplar en exposición. La expresión de su cara no dejaba traslucir ninguna emoción, aunque más tarde Juan se reprochó no haber profundizado en esa máscara.

-¿Te sirvo alguna bebida? -le preguntó.
María lo miró con seriedad.

-¿Me trajiste para eso? -le planteó sin rodeos.
El hombre se ofuscó. Sintió que la joven lo descentraba de ese territorio de macho conductor al que estaba acostumbrado, y lo desafiaba a seguirla. Reprimió el bochorno con una brusquedad desconocida. Atrajo a la mujer hacia él y la sofocó entre sus brazos mientras la besaba salvajemente. Ella no se resistió ni emitió queja. El cuerpo inanimado despertó en Juan una oscura lujuria que lo incitó a dominarla, a sacudirla de esa indiferencia que tanto lo afrentaba. La arrastró hacia el dormitorio y la derribó sobre la cama. La desnudó, urgido por el deseo irracional de que ella lo rechazara, que despertara de ese letargo que le provocaba pasiones perturbadoras. Se arrancó la ropa mientras apretaba entre sus rodillas la esbelta figura femenina. El contacto de sus cuerpos desnudos lo enardeció y se hincó entre sus piernas mientras le inmovilizaba los brazos sobre la cabeza. Los ojos grises no le enviaron ninguna señal. Arremetió dentro de ella con una furia que la hizo gritar de dolor. Siguió embistiendo sin contención, concentrado en las crecientes pulsaciones de su miembro que lo dispararon hacia el remate. Acabó con un jadeo gutural y se desplomó sobre el cuerpo de la mujer. Cuando recuperó el aliento, se apoyó en los antebrazos para alivianarla de su peso. Ella había cerrado los ojos y desde sus pestañas surgían gruesas lágrimas que resbalaban hacia las sienes. Juan tuvo la sensación de haberla violado. Las palabras se atascaron en sus rígidas cuerdas vocales y se volvió hacia el costado con un gemido de impotencia. Un sopor irresistible, derivado del alcohol y la descarga, lo alejó temporalmente del reclamo de su conciencia. Despertó apremiado por su vejiga. Un formidable dolor de cabeza lo acometió al incorporarse y tuvo que hacer una profunda inspiración para contener las náuseas. Tras calmar los espasmos de su estómago, se acopló a la realidad: la muchacha había desaparecido. Caminó hacia el baño y atendió la demanda de su cuerpo. A continuación buscó en el botiquín un analgésico y lo tomó. Abrió la ducha permaneciendo largo rato bajo el chorro de agua caliente, hasta que sus músculos se relajaron y la cefalea se convirtió en una palpitación soportable. Regresó al dormitorio con el toallón rodeando su cintura. Examinó la cama como si esperara encontrar rastros que delataran la permanencia de la desconocida. Pasó los dedos suavemente por la almohada contigua buscando la huella de sus lágrimas, apoyó la mejilla donde antes la joven reposara la cabeza y nada más que un perfume desvaído dio cuenta de su presencia. Juan comenzó, a partir de ese momento, un trabajo de introspección que no terminaría hasta hallar a la mujer. La materia prima con la que rescató su imagen interna tenía tanto de culpa como de reprobación. Evocó su fisonomía y especialmente sus ojos, adonde ahora reconocía el dolor detrás de la indiferencia.
¿Por qué no pude acercarme a ella, indagar qué le pasaba, aquietarla con palabras o caricias en vez de atacarla? Porque me desconcertó, porque no se ajustó a la norma. ¿Por qué su grito de dolor me excitó más? ¡No me reconozco! ¡Ella gritó y lloró y tropezó con mi indiferencia! Si necesitaba un empujón para saltar al vacío, se lo procuré alegremente. Me siento una mierda... No me reconozco... ¿Adónde la buscaré? ¿Y qué podré decirle cuando la encuentre? ¿Que sólo me proponía acostarme con ella? ¿Y qué...? Peor fue violentarla. ¡No! Yo sería incapaz de obligar a una mujer. Ella vino entregada... Pero su entrega tenía más de martirio que de libertinaje. No me di cuenta. O tal vez no quise darme cuenta porque entonces no podría haberme acostado con ella. Y la deseaba tanto... Hasta que me hizo esa pregunta, yo sólo quería que gritara de placer. ¡Debo encontrarla!
El hombre miró el reloj que señalaba las seis de la mañana. Sabiendo que no volvería a conciliar el sueño, se vistió y salió a la calle. Manejó hasta un bar que abría temprano y se sentó a desayunar. Se propuso buscar a Nico después de la reunión de trabajo para averiguar sobre la joven, y esta decisión le calmó temporalmente la ansiedad.
A las ocho marchó a la oficina y a las ocho y media llegó su abogado:

-¡Buen día, Juan! -lo saludó tendiéndole la mano.

-¿Cómo estás, Rodolfo? -se la estrechó con firmeza.

-No tenés buena cara esta mañana. ¿Te acostaste muy tarde?

-Un poco -contestó evasivamente- Te voy a poner al tanto del punto en discusión.
Rodolfo asintió, desconcertado por la parquedad del diálogo. Generalmente, Juan lo convidaba con un café y antes de hablar de trabajo charlaban sobre cosas personales puesto que se conocían desde el secundario.

-Este contrato nos favorece si aceptan la cláusula quinta -le adelantó Juan entregándole el documento.
Rodolfo se acomodó para estudiarlo. El empresario le pagaba honorarios mensuales y sólo requería sus servicios en caso de conflicto. Terminó de leerlo sin que Juan lo interrumpiera. El artículo cinco se refería a la obligación de los contratantes de proveer sus productos a la empresa de Juan en forma exclusiva, al menos cinco años consecutivos antes de designar otros representantes. El abogado conocía la feroz competencia que había en el mercado electrónico y no se olvidaba de las inversiones que su amigo había realizado dos años atrás para intermediar en la venta de Electrotechnic. Pocos meses después de haber ganado la plaza, los fabricantes inundaron la ciudad con su mercancía a través de distintos revendedores. Si Juan no hubiese tenido una situación financiera sólida y una trayectoria intachable, hubiera quebrado. Desde entonces, por una cuestión de principios, se negó a participar de otra licitación, pero ésta le había sido ofrecida y él tomaba sus recaudos. Rodolfo opinó:

-Creo que te cubriste demasiado. Así tuvieses por dos años la comisión de esta firma, harías un negocio excelente.

-Me alegro que tengas en claro el quid de la cuestión. Dos o tres años serán suficientes. De modo que serás mi apoderado para el cierre y fijar la fecha de rubricación del contrato. Recibirás el tres por ciento de las utilidades netas por el tiempo que ganes. ¿Te interesa?
El abogado lo miró como si estuviera loco.

-¿Me vas a dejar a mí concluir el mejor negocio que pueda presentarse en tu vida?

-Si te interesa... Creo que me vendría bien delegar algunas tareas porque necesito tiempo... -se interrumpió y lo exhortó:- ¿Te interesa o no?

-¿Cómo no me va a interesar? Pero no entiendo, no es tu costumbre poner en manos de otros estas negociaciones...

-No hablemos más. Me voy antes de que lleguen los porteños. ¿Tenés el número de mi celular?

-Sí -afirmó Rodolfo.

-Llamame cuando esté todo listo. ¡Bai! -saludó con desparpajo y se fue.
El abogado estaba boquiabierto. La oferta de su amigo era tan generosa que se prometió pelear por la integridad de la cláusula. Aprontó sus argumentos mientras pensaba en el departamento que quería cambiar y el velero que, hasta hoy, era sólo una utopía.

 

Capítulo II

A Juan no le cabían dudas de que Rodolfo pelearía la concesión como si fuera propia. Siempre pensó que un individuo bien incentivado se manejaba con eficiencia y honestidad. Para él, los riesgos empresariales eran mínimos si se reconocían los esfuerzos de las personas que posibilitaban la existencia de cualquier organización. Coherente con la idea, lo tradujo a la práctica, y la realidad le demostró lo acertado de este principio cuando el apoyo ilimitado de sus empleados le permitió afrontar aquella delicada situación. Manejó hasta la casa de Nico que estaba ubicada frente a la costa, disfrutando de una sensación de libertad desconocida en un día de trabajo. Mientras caminaba hacia la vivienda, se le disparó el corazón al imaginar que su amigo tendría la respuesta que buscaba. Inmediatamente, lo invadió el desaliento al recordar el sobresalto de Nico cuando vio llegar a la joven. Aspiró una bocanada del aire depurado por la lluvia y apretó el timbre del portero visor. Esperó un buen rato antes de que se abriera la puerta:

-Atiendo y no maldigo porque se trata de vos -dijo un Nico soñoliento y despeinado, mientras terminaba de atarse la bata.

-Perdoname, viejo. Pero no podía esperar -le contestó, apretando la diestra que le ofrecía.
Su camarada lo precedió hasta el estar que daba a un vasto jardín. Le indicó que se acomodara y puso en funcionamiento la cafetera. Después se sentó y esperó a que Juan hablara.

-Necesito ubicar a la chica que se fue conmigo -expresó sin rodeos.
Su adormilado amigo lo miró sin comprender.

-¿Qué puedo saber yo si vos te la llevaste? -dijo pasmado.

-Pensé que podía frecuentar el bar -contestó Juan con desaliento.

-No es el tipo de mujer que alterna en mi negocio -consideró Nico.- ¿No la acompañaste hasta la casa? -y antes de que pudiera contestarle:- ¡No me digas que te dio una dirección falsa!

-No, Nico. Desapareció mientras estaba dormido. Realmente, quiero encontrarla -reiteró con exaltación.
El dueño del bar se dio cuenta de que su amigo estaba alterado y que necesitaba una respuesta. Le puso una mano sobre el hombro y trajo la cafetera con dos pocillos. Después de servir, retomó la charla:

-Presiento que esperabas de mí una ayuda que no te puedo brindar. Y no me digas más de lo que necesito para darte una mano, pero aclarame un poco este rompecabezas.
La confianza y la generosidad de Nico obraron como catalizador en el ánimo de Juan, que se encontró relatándole lo sucedido en la víspera como quien drena el veneno de un ofidio. Después esperó la censura de su amigo.

-Mirá, Juan. Creo que las copas de más y el extraño comportamiento de la joven influyeron en tu conducta. No soy quién para juzgar a nadie, y menos a una persona cabal como vos. Si fueras un desaprensivo, no sentirías culpa ni necesidad de reparar. Así que, como no podemos cambiar el pasado, concentrémonos en el futuro. Me comprometo a usar todos los recursos que tengo para encontrar a tu muchacha, y... ¡arriba ese ánimo! -terminó Nico palmeándole el brazo.

-¿Vos creés que cuando la encuentre me va a perdonar? -tanteó Juan, esperanzado.

-¿Me parece, o estás enamorado? -preguntó Nico.
La expresión soñadora de su amigo no precisaba la confirmación a esa pregunta.

 

Capítulo III

Jimena terminó de picar la cebolla y se la alcanzó a Verónica, su madre:

-¿Puedo saber para qué comida estoy colaborando?

-Para los panqueques de verdura y queso -contestó la mujer, echando la cebolla en un sartén.

-¡La comida preferida de Juan! Decime, ma, ¿no lo notás un poco raro últimamente?

-¿A vos también te parece? Está como... distraído -señaló su madre, olvidando por un momento revolver el relleno.

-Y evasivo. Hace tiempo que no me cuenta nada de sus actividades, de sus salidas, de su trabajo... ¡de nada! -afirmó Jimena- ¿Vos sabés algo?

-Esta mañana le volví a preguntar qué pasaba, y me contestó "¡Nada, mamá! ¿Qué me va a pasar?" Así que por lo menos hasta mañana no puedo insistir. Intentá vos Jimi..., que sos su debilidad -rogó Verónica, retirando del fuego el relleno que amenazaba quemarse.

-Lo haré si me prometés que no me vas a llamar por ese sobrenombre ridículo. ¿Por qué los padres se matan eligiendo un nombre y después se empeñan en destruirlo? -rezongó.
Verónica, riendo, la estrechó:

-¡Tesorito! Es que todavía te veo tan chiquita para ese nombre de adulta...
Jimena respondió a la caricia y las dos mujeres permanecieron abrazadas por un momento.

-¿Qué es esto? ¿El monumento al amor filial? -la voz masculina las volvió a la realidad.
Ambas se soltaron y miraron con afecto al hombre que, por el momento, era el centro de sus vidas. Juan las besó y se acercó a la cocina:

-¡Mm! Esto huele de maravilla. ¿No hay un pancito para probar? -preguntó, sabiendo que para su madre no había peor amenaza que meterle un trozo de pan en la comida sin terminar.

-Vas a probar cuando te sentés a comer -respondió Verónica- Tenés tiempo de darte un baño.

-¡A la orden, mamá! -respondió su hijo, riendo, mientras salía de la cocina.
Jimena se volvió hacia su madre:

-¿Y cuándo te voy a ayudar para que preparés milanesas a la napolitana...?

-Esta noche, si querés.

-¡Ay, esta noche, no...! Me quedaré a cenar en Venado.

-¿Y a qué hora pensás volver?

-No voy a volver. Nadia me invitó a quedarme en su casa.

-¿Cuándo me iba a enterar...?

-Mami... Te lo iba a decir antes de irme o, a lo sumo, te llamaría desde Venado -y en tono confidencial:- Como no tengo el auto, le voy a pedir a Juan que me lleve. A ver si podemos charlar.
Verónica movió la cabeza con gesto resignado y le dijo a Jimena que preparara la mesa y le avisara a su hermano. Las dos estaban sentadas cuando bajó Juan. Su hermana lo miró y pensó cuán atractivo se veía, recién afeitado y con el pelo húmedo separado en mechones rebeldes. Se preguntó a qué se debía ese cambio de humor que la distanciaba de un hermano mayor siempre pendiente de los deseos de su hermanita, como la llamaba cariñosamente. ¿Tendría problemas de trabajo o acaso financieros? ¿O estaría enamorado y no correspondido? Se prometió hacer lo imposible por sonsacarlo.

-Juan, esta tarde tengo que ir a Venado y mi auto está en el taller. Pensé que podrías llevarme.

-¡Ah!, lo siento, nena. Pero debo estar en la Aduana para recibir un envío y no sé a qué hora me voy a desocupar -se disculpó Juan.
Vio la cara de decepción de su hermana y agregó:

-No me digas que no tenés algún moscardón que se sienta feliz de llevarte...

-Sabés que no. Y contaba con vos... -murmuró en tono de reproche.

-Esta vez te vas a tener que arreglar sola... ¡Te pago un remís! -le ofreció, magnánimo.

-¡Ni loca! Me voy en ómnibus. Espero que alguna vez me acompañés a la escuela adonde estoy trabajando. Antes te interesabas más por mis cosas. ¿A que no sabés cuánto hace que viajo todos los días?
Su hermano la observó en silencio. Jimena sabía que su pregunta lo molestaba, pero prefería verlo enfadado que distante.

-... ¿Dos meses? -aventuró Juan.

-¡Cuatro, tonto!

-¡No discutan en la mesa! -intervino Verónica, mediando entre sus hijos como cuando eran niños.

-¡Bueno, Ji, no te sulfures! -su hermano le devolvió la injuria acortando su nombre a la mínima expresión- La semana que viene te llevo el día que quieras.

-La semana que viene tendré mi auto -le contestó altanera.
Él hizo un gesto de resignación y se concentró en la comida. Verónica miraba a sus dos hijos, a sus dos bebés devenidos en adultos cuyas necesidades ya no podía satisfacer. Juan era un hombre recto como su padre, y tan parecido en su personalidad y en sus gestos como si no lo hubiese perdido desde muy niño. Jimena se parecía más a ella, con un carácter alegre y desenfadado que aparentaba tomar con liviandad los desafíos cotidianos, pero con una inagotable necesidad de dar y recibir afecto. No imaginaba por qué sus dos ramificaciones estaban al momento sin pareja, sabiendo ella que eran humanamente excepcionales. Se repitió que no debía desesperar; que ya aparecerían los compañeros adecuados.

-Me tengo que ir -el anuncio de Juan la sacó de su concentración.

-Si venís a cenar, te dejaré comida para calentar. Esta noche me voy al teatro aprovechando que Jimena no viene a dormir.

-¿Que no viene a dormir? -el hermano mayor se puso en alerta.

-¿Y a vos qué te importa, si hace cuatro meses que no sabés de mis cosas? -lo desafió Jimena.
Juan estaba apurado, de modo que le apuntó con su índice acusador y salió de la habitación sin entrar en un debate de horas. Si su madre lo aprobaba, la insolencia de su hermana no era más que una anécdota. Pero se prometió revivir la relación de cercanía tan pronto como fuera posible.
Jimena empezó a levantar la mesa en silencio. Las mujeres no se hablaron hasta que Juan se fue. Mientras secaba la vajilla, dijo la joven:

-Tu hijo abortó todos mis planes. Me dejó de a pie y sin oportunidad de hacerle preguntas. ¡Te digo que algo le pasa!
Verónica terminó de lavar y, mientras secaba sus manos con un repasador, discrepó:

-No te lleva porque no puede, Jimena. Lo que sí lamento es que no puedas averiguar por qué está así.

-¡Claro! Y a mí que me parta un rayo... -ironizó su hija.
La madre sonrió con melancolía. Le acarició el rostro y le participó:

-Me voy a descansar. Si mañana alguna de las dos no logra arrancarle algo, se lo plantearemos claramente -tomándola de las manos- Aprovechá la oferta de tu hermano y andate en remís. Me dejarás más tranquila.
Jimena, viendo que no la soltaría hasta obtener una respuesta satisfactoria, asintió. Se despidieron con un beso y contrariamente a su costumbre, la muchacha decidió tomar una siesta antes de bañarse. La discrepancia con su hermano la había agotado. Puso el despertador a las cuatro y se metió entre las sábanas frescas

 

Capítulo IV

Juan abandonó la oficina a las ocho de la noche. Había sido un día de trabajo fatigoso y no veía la hora de pasar por el local de Nico para tomar una copa tranquilo, encontrar una respuesta que el tiempo desvaía y mantener la esperanza de verla entrar mágicamente. Le parecía increíble que hubiese pasado más de un año desde el único encuentro que tanto lo abrumaba. Los meses de búsqueda sin resultado habían alterado su carácter y era consciente que afectaba la relación con su madre y con su hermana. Pero ¿cómo confesarles su acto abominable? No lo entenderían por mucho que lo quisieran. Empero, se formuló sincerarse hasta donde pudiera con sus dos queridas mujeres. Abrió la puerta del bar y su mirada se precipitó hacia la barra. Nada. También nada en las mesas a media luz. Se sentó enfrente de su amigo que le tendió la diestra para renovar la hermandad que los unía.

-¿Alguna novedad? -preguntó por rutina.

Nico negó con la cabeza. En estos quince meses había agotado todos los procedimientos para averiguar sobre la desconocida. Su vínculo con Juan se había templado con el fuego de una obsesión que ahora compartían por diferentes motivos: Nico deseaba encontrar a la joven porque había visto crecer la urgencia de su amigo por enmendar un comportamiento que lo atormentaba, y Juan, bajo el prisma de la culpa y la impotencia del desencuentro, soñaba con el espejismo de una muchacha hecha para sus sentimientos más sublimes. No se atrevía a ponerle nombre ni creía que fuera María, como se había presentado. Era "ella", Eva, Mata Hari, trascendiendo los límites de lo terrenal porque no era más que la aspiración de una mujer.

-El sábado me reemplazará Guillermo. ¿Querés que salgamos a dar una vuelta con la avioneta?

-No. Te agradezco, Nico, pero debo congraciarme con mi madre y mi hermanita. Hace tiempo que las tengo relegadas y me parece que se les agotó la paciencia. El sábado es el cumpleaños de mamá. Les voy a dedicar el día y a contestar todas las preguntas con las que me bombardean hace un tiempo.

-¿Todas? -repitió su camarada como un eco.

-Todas las que las tranquilicen - ratificó Juan con una de sus menguadas sonrisas.

Nico se acodó sobre la barra y se sirvió un trago. Todavía era temprano para el movimiento del negocio. Creía que su amigo nunca llegaría a encontrar a la mujer que lo trastornaba porque él, con las conexiones que tenía, fracasó en ubicarla. Es claro que no les pudo brindar más que una descripción verbal, pero si fuera aficionada a estos lugares, la hubieran identificado. Nico especulaba que la joven entró esa noche casualmente y que no vivía en la ciudad, lo que le dejaba un escaso margen de eficacia. Otra de las razones por la que se había enrolado en la búsqueda era el temor de que Juan se quedara prendido de un recuerdo, cosa que a Nico le parecía nefasta. Prefería que se topara con la muchacha de carne y hueso aunque lo decepcionara. Por conocerlo, opinaba que su amigo tenía mucho que brindar a una mujer y mucho que recibir. La voz de Juan lo apartó de sus reflexiones:

-Si vos no fueras testigo, esa noche se habría convertido en un mal sueño. La vida es un absurdo, viejo. Un solo acto irreflexivo te saca del carril seguro y te encontrás manejando en una oscuridad sin señales. ¡Tengo que encontrarla, Nico! Es el único antídoto para este error que no me disculpo.

-Dejá de hostigarte. Como decís, las cosas pasan. Estoy convencido que todo tiene una finalidad y que este episodio no terminó esa noche. Es posible que pronto conozcas su propósito.

-¿Vos creés...? -su tono esperanzado reclamaba una confirmación.

Nico vaciló antes de responder. Pero esta noche era el presente y no se sentía con aliento para negarle un consuelo. Certificó con firmeza:

-Tanto como que por algo sobrevivimos hace cinco años.

 

Capítulo V

Verónica estaba recordando el inusual sábado que les había brindado su hijo, cuando sintió la primera punzada en el pecho. Se detuvo un momento y apoyó la copa sobre el bargueño hasta que el malestar se calmó. Sin darle trascendencia, sonrió pensando en la coronación de ese día perfecto: el brindis en la casa con una champaña que Juan había dejado enfriar en la heladera. Intuía que su muchacho se había reservado algunas cuestiones íntimas, pero el afecto con que se consagró a ellas renovó la certeza de la unión entrañable de su familia. Jimena estaba exultante por compartir un tiempo sin retaceos con su hermano y su madre. Hasta Verónica, que se mantenía actualizada sobre las actividades de sus hijos tanto como la dejaran, escuchó detalles sobre el nuevo trabajo de Jimena por estar dirigidos hacia otro interlocutor. Se divirtió con la pretensión de su hija de presentarle una nueva amiga a Juan, y con las cómicas excusas del hermano para negarse. No se cansaba de mirar a sus retoños, jóvenes, atractivos, llenos de vitalidad, despreocupadamente risueños. Especialmente Juan, que parecía haberse reencontrado con el optimismo que lo caracterizaba. Abrió la cristalera para acomodar la última copa y el segundo ramalazo la dejó sin aliento. Un increíble dolor le subió por el brazo y le arrancó un grito, al tiempo que se derrumbaba con el paradójico pensamiento de preservar el cristal de la caída. La desconexión con el contexto fue instantánea. Jimena escuchó el clamor desde el estudio de la planta baja adonde estaba acomodando una partida de libros, y corrió hacia el comedor.

-¡Mamá! - exclamó atemorizada.

Un sollozo escapó de su garganta cuando la vio abatida sobre el piso. Se precipitó sobre ella con un funesto presentimiento:

-¡Mamá! ¡Mamita! - suplicó, mientras la sacudía para volverla al estado de conciencia.

Su madre seguía en una pálida inmovilidad, apenas distinta de la muerte por el leve movimiento de su pecho al distenderse. Jimena se catapultó hacia el teléfono y pidió un servicio de urgencia con la voz quebrada por la angustia. Después se arrodilló junto a Verónica y deslizó un almohadón bajo su cabeza, hablándole mientras contenía las lágrimas, pidiéndole que se sanara, diciéndole cuánto la quería y la necesitaba. El timbre la sobresaltó. Se atropelló hacia la puerta para recibir el auxilio que había solicitado. El médico, que era un hombre de edad madura, enseguida se hizo cargo de la madre desvanecida y de la aflicción de la hija. Solicitó por radio una unidad coronaria al tiempo que auscultaba a la mujer para comprobar sus signos vitales.

-¿Tenés a alguien que te acompañe? -le preguntó a Jimena.

-Mi hermano -asintió. Y luego:- Dígame la verdad, doctor. ¿Está grave?

-Hasta que no le hagan varios controles no puedo aventurar ningún diagnóstico. Pero ahora está estable. Fuiste muy valiente al reaccionar enseguida y pedir auxilio. ¿Por qué no llamás a tu hermano?

Jimena tomó el teléfono y marcó el número de celular de Juan. La casilla de mensajes le indicó que estaba desconectado. Colgó contrariada porque sabía que los domingos era inubicable.

Un timbrazo indicó la llegada de la ambulancia. Buscó la cartera y cerró la casa para viajar con su madre hasta el sanatorio, adonde la dejaron esperando a la puerta de cuidados intensivos. Trataba de imaginar adónde estaría Juan. Sacó la agenda de su bolso y la revisó, intentando encontrar alguna anotación que la despertara de su aturdimiento. Cuando apareció el nombre de Nico rodeado por el círculo que indicaba amistades de su hermano o de su madre, no dudó en llamar.

-¡Hola! -respondió una voz de timbre grave.

-¿Nicolás? -se aseguró Jimena.

-El mismo. ¿Quién habla?

-Soy Jimena, la hermana de Juan. Tiene desconectado el celular y necesito que venga urgente. ¿No sabés adónde está?

-Lo siento, Jimena, no lo veo desde el viernes. ¿Te puedo ayudar en algo?

Jimena emitió un gemido contrariado.

-No, gracias. Trataré de ubicarlo -y cortó la comunicación.

Su teléfono sonó poco después. Lo abrió pensando en su hermano:

-¡Juan! ¡Mamá está internada...!

-Habla Nicolás, Jimena -la interrumpió- Decime adónde estás que voy para allá.

-En el sanatorio Central -contestó la joven sin oponerse al enérgico pedido.

-Ya salgo, y entretanto voy a rastrear a Juan. ¿Estarás bien?

-Sí - balbuceó Jimena a punto de llorar.

Veinte minutos después un hombre joven y musculoso bajó del ascensor. Vino directo hacia ella y le preguntó:

-¿Jimena?

-La misma -contestó, imitando la cercana respuesta de Nico.

-Yo soy Nicolás -dijo mientras le tendía la mano.

-Mucho gusto, y gracias por venir. No sabía a quién recurrir, y de pronto vi tu nombre en la agenda... -la fortaleza de la mano masculina le acentuó el desamparo y rompió a llorar acongojada.

Nico dudó poco. Se acercó a la jovencita que se tapaba el rostro convulsionado por los sollozos, y la atrajo suavemente hacia su pecho mientras decía:

-¡Vamos, vamos, chiquita! Que las cosas van a mejorar. Ya vas a ver que tu mamá se repondrá y que encontraremos a tu hermano.

Jimena descargó su pena entre los brazos consoladores de Nico y, cuando no le quedaron lágrimas por derramar, se desasió del hombre para buscar un pañuelo. Él le tendió el suyo y ella se secó los ojos y sopló su congestionada nariz. Con voz nasal le dijo:

-Cuando lo lave te lo devuelvo.

Nico sonrió ante el trivial comentario.

-¿Estás mejor? -le preguntó solícito.

-Sí, gracias -lo observó con seriedad- Te hacía entrado en años. Por los relatos de Juan, me hice la idea de que tendrías la edad de mi padre.

-Y por los relatos de Juan, yo te creía una niña de diez o doce años. Siempre se refiere a vos como "mi hermanita" -la evaluó con mesura- Curioso, ¿no?

Jimena suspiró. Nico se abocó a dejar mensajes en todos los teléfonos relacionados con su amigo. Antes de una hora, Juan bajó apresuradamente del ascensor. Se acercó a su hermana con los brazos abiertos y la estrechó con fuerza. La separó depositando un beso en su frente y le demandó:

-¿Cómo está mamá?

-Estamos esperando el informe -dijo Jimena, incluyendo a Nico.

Juan se volvió hacia su camarada para estrechar su palma.

-Gracias, viejo, por cubrir mi lugar. Si tenés algún compromiso, estás liberado.

Nico no estaba dispuesto a perder de vista a Jimena tan pronto. La observación que le hizo a la joven rondaba por su cabeza, y no la siguió evaluando con ella por no ser el momento oportuno. Se preguntó por qué Juan había distorsionado la realidad. Declinando el ofrecimiento, dijo:

-No. No tengo ningún compromiso y prefiero quedarme con ustedes hasta conocer la evolución de tu madre.

Juan asintió con un movimiento de cabeza. Esperaron media hora más hasta que apareció el médico. Los hijos se le abalanzaron. El doctor hizo un gesto tranquilizador y los puso al tanto:

-En este momento está sedada y en franca recuperación. La mantendremos en terapia para controlar cualquier descompensación. Mañana estarán los resultados de los análisis y le completaremos los estudios cardíacos.

-¿Qué tuvo exactamente? -inquirió Juan.

-Un infarto leve. Por su hermana sabemos que no tiene antecedentes, de modo que deberán tomar este trance como un aviso providencial. Con tratamiento y cuidados, tendrá tantos riesgos como usted o yo -le explicó- Les conviene irse a descansar porque hasta mañana no la podrán ver. Tenemos cómo comunicarnos ante cualquier cambio, cosa que no preveo.

Los hermanos, más tranquilos, asintieron. Bajaron junto con Nico a la planta baja por la escalera y se detuvieron en la puerta del sanatorio. Jimena fue la primera en hablar:

-Si no tenés ningún compromiso, Nicolás, vení a cenar con nosotros.

Juan disimuló un gesto de contrariedad. Había mantenido esas dos relaciones importantes de su vida en vías paralelas, presintiendo que no sería conveniente que se interceptaran. El hombre era su mejor amigo, pero no tenía futuro que ofrecerle a su hermana. Jimena no cerraría los ojos ante los negocios turbios de Nico, y si lo hacía por amor, no se refrenaría por siempre. Al mirar los gestos y la postura de cada uno, supo que su aprensión estaba justificada. Tuvo que corroborar la oferta de su hermana por no hallar motivos racionales para oponerse:

-Sí, Nico, venite con nosotros.

Su camarada aceptó, con una propuesta que dejó encantada a Jimena:

-De acuerdo. Pero si me permiten encargar el menú.

-¡Por mí, no hay problemas! -afirmó ella.

Los hermanos partieron secundados por Nico. Juan estaba atragantado con las recomendaciones que no osaba formular a Jimena por intuir que serían contraproducentes y transformarían su incipiente interés en obsesión. Dejaron los autos en la cochera y entraron a la casa. La joven iba adelante y entró al comedor seguida por los hombres. Se detuvo para observar la vitrina abierta y los cristales que brillaban en el piso, vestigios del accidente del mediodía. Se dio vuelta y buscó los tranquilizadores brazos de su hermano. Juan la apretó mientras le acariciaba la cabeza y le brindaba palabras de aliento. Nico los miraba deseando estar en lugar de su amigo para aquietar a la joven con sus besos. La fuerza de su anhelo lo sorprendió, porque surgió sin previas digresiones. Se volvió para no atisbar en la intimidad fraternal y aguardó en el pasillo hasta que el llanto de la muchacha se calmó. Juan salió solo del comedor y le hizo un gesto para que lo siguiera.

-Jimena ya viene. ¿Vamos a pedir la comida?

Nico sacó el celular y llamó a un número codificado.

-Hola, doña Marta, habla Nico. ¿Qué menú me recomienda para agasajar a dos amigos? -escuchó con una sonrisa, y luego:- Confío en usted. Mándelo a... ¿Cuál es la dirección, Juan? -el nombrado le dijo- Tucumán 321 -escuchó por un momento- A las nueve está bien, y con el vino de siempre. Chau.

-Cocina como mi madre -dijo- ¿Cómo está tu hermanita? - se interesó con cierta malicia.

-Estará bien en cuanto se lave la cara -respondió Juan- Esperemos en la cocina.

Nico lo siguió, examinando el hábitat mientras Juan hablaba al sanatorio para comprobar que el estado de su madre seguía compensado. Se estaban acomodando junto a la mesa cuando entró Jimena. Nico se incorporó mientras ella le dedicaba una pálida sonrisa. Le acomodó la silla bajo la mueca socarrona de Juan, y ocupó su lugar haciendo caso omiso de la burla. Clavó sus ojos interesados en la muchacha y le preguntó:

-¿Mejor?

-Sí. Habitualmente no soy una llorona, pero lo de mamá fue tan sorpresivo... -y agregó, sonriendo:- Estuve bien inspirada al llamarte y arruinarte la tarde, ¿no?

-Aunque lamento el motivo, me alegro de haber conocido a la hermanita de mi amigo antes de que creciera -dijo Nico, y añadió:- Calculo que podrían haber pasado al menos... ocho años.

-¡Por Dios, ya sería una vieja! -se escandalizó Jimena.

-Estoy seguro de que en ese caso, serías una anciana encantadora -dijo Nico, encandilado.

Juan asistía al cortejo sin poder explicarse cómo hacía tres horas su hermana y su amigo eran sólo entelequias el uno para el otro, y ahora estaban merodeándose. ¿Acaso la prevención no le modificaba los planes al destino? Decidió distenderse.

-¿Hará falta pedir postre? -ironizó.

Ambos lo miraron, sorprendidos por la ocurrencia. Jimena se ruborizó y Nico lanzó una carcajada espontánea. El timbre le permitió una salida rápida antes de que su hermana le respondiera. Volvió a la cocina en compañía de una mujer de edad, robusta y de agradable apariencia, y acarreando dos cajas. Nico se adelantó y cargó las bandejas que sostenía la mujer.  Después de depositarlas sobre la mesa, se volvió a saludarla:

-¡Doña Marta! Es un honor que me traiga la cena en persona -le dijo riendo, y la abrazó.

-¡No es más que para verte de vez en cuando, sinvergüenza! -le contestó y le estampó un beso sonoro- Vas a quedar bien esta noche. Te preparé unos filetes de mero con crema de espárragos y guarnición especial -y volviéndose hacia los hermanos:- ¡Que lo disfruten!

Agradecieron a coro y Juan la acompañó hasta la salida. Cuando regresó, Jimena y Nico estaban acomodando la comida en dos fuentes. Juan sacó de las cajas dos botellas de excelente vino blanco y un postre helado que guardó en la heladera. Le preguntó a Nico:

-¿Adónde encontraste semejante madraza? Me llenó las orejas con tus virtudes.

-Doña Marta es el premio a una de mis pocas obras de bien. Hace dos años le remataron el local debido a una garantía que prestó su marido, y yo le facilité la cocina del bar para que siguiera trabajando. No es un gran mérito, porque semejante espacio no tiene utilidad para mi negocio, así que no acepté que me pagara ninguna renta. Desde entonces me manda la cena a diario y yo la llamo cuando quiero alguna comida especial.

-Estos platos huelen delicioso -opinó Jimena aspirando sobre las fuentes.

-Y van a comprobar que saben deliciosos -afirmó Nico.

-¿Llamaste al sanatorio? -le preguntó Jimena a su hermano.

-Sí. Sigue estable. Lo que es un buen pronóstico, me dijo el médico -contestó Juan, y a continuación:- ¿Qué les parece si empezamos a comer?

Después de la excelente cena se instalaron en el estudio para tomar un café que preparó Jimena. Juan había sido levemente desplazado del dúo conformado por Nico y su hermana y, extenuado, concluyó que no le sentaba el rol de cancerbero y se fue a dormir.

La atmósfera, alrededor de la pareja, se condensó en palabras no dichas y sentimientos inexpresados. Se reconocían a pesar de no haberse visto hasta pocas horas antes. La joven, un tanto inquieta por las sensaciones que le despertaba la presencia de Nico, observó:

-Juan nunca me relató en detalle cómo lograron resistir esos días. ¿Me lo vas a contar?

El hombre la miró y pensó que podría contarle cualquier cosa. Por ejemplo, que la había estado esperando toda su existencia, que se moría por tenerla en sus brazos, que la deseaba con un ansia que lo asustaba, que sólo se reprimía porque hacía diez horas no la sospechaba en su vida, y porque sabía que su camarada no lo aprobaría como pareja de su hermana. Como no podía contarle nada de eso, le relató los hechos pretéritos:

-Juan se ríe cuando afirmo que no hay nada casual en la vida. De no ser así, ¿cómo explicar que dos individuos que nunca debieron cruzarse, coincidieran en el mismo avión y resultaran los únicos supervivientes entre setenta y cinco personas? ¿Cómo explicar que Juan, a pesar de estar conmocionado, revisara los restos del aparato hasta encontrarme debajo de la puerta que podría haber sido la tapa de mi ataúd? Vos dirás: porque mi hermano es una persona solidaria que no abandonaría a ningún accidentado. Pero, Jimena, cuando llegó hasta mí estaba en completo estado de shock por haberse topado con decenas de cadáveres y restos de personas mezclados con pedazos del avión. Cuando me recuperé, lo vi sentado en el suelo con la cara ennegrecida por el tizne del incendio y la mirada perdida en las escenas de horror que había presenciado. Me levanté como pude, porque tenía las piernas casi insensibles por la presión de la puerta, y lo arrastré lejos de ese cementerio. A la mañana siguiente, volví al lugar del accidente y rondé como un depredador buscando víveres y agua. Encontré los restos del sector de aprovisionamiento semi hundido en un hoyo de tierra blanda, y con grandes precauciones me introduje en la cabina. No te voy a decir lo que vi, pero todavía lo revivo en pesadillas -se silenció un momento, como si estuviera ordenando sus pensamientos. Jimena, afligida, lo tomó de una mano y él continuó:- Bueno, encontré una mochila grande y la llené de latas, botellas de agua y algunas bebidas; todo lo que pude cargar, porque sabía que allí no volvería más. Tuve que forzarlo a Juan para que se alimentara y al tercer día recuperó su albedrío. Hablamos mucho todo el tiempo desmenuzando lo que habíamos visto y lo que estábamos viviendo, planificando cómo volver a nuestra rutina, discutiendo la conveniencia de movernos o esperar a que nos encontraran. Al quinto día, acosados por el hedor de los cadáveres y nuestra propia impaciencia, inventariamos las provisiones y decidimos alejarnos del lugar. Juan me devolvió con creces lo que él llamaba nobleza de mi parte, cuando me despeñé al escalar un cerro y me sostuvo en la caída a riesgo de precipitarse conmigo. Y así como encontré en la mochila una navaja de campamento cuando desesperaba por no poder abrir las latas, la partida de rescate nos encontró al segundo día de haberse agotado los alimentos. Esta es toda la historia -concluyó con voz más baja y ronca de la que había empezado.

La joven lo miró con tanto sentimiento que no fueron necesarias las palabras para que Nico comprendiera cuánto la había impresionado su relato. Tomó la mano que permanecía sobre la suya y la llevó a sus labios, sin apartar la mirada de los ojos conmovidos. Se saturó de cada detalle de su rostro, de la aureola del cabello al contraluz, de la grácil armonía de su cuello, de la curva simétrica de sus hombros. Pugnó por no generalizar ese beso de reconocimiento a las partes del cuerpo que deseaba su boca y soltó la mano de Jimena con pesadumbre. Seguro de que debía irse, se levantó rápidamente:

-Me voy, Jimena. Tenés que descansar para visitar mañana a tu mamá.

Ella asintió y lo acompañó hasta la puerta.

-Mañana te llamo -dijo Nico mientras subía al auto.

-Hasta mañana, Nicolás.

Jimena cerró la puerta de la cochera con un suspiro. La historia del hombre no hizo más que fortalecer el germen de un sentimiento que la aturdía con su intensidad. Percibía que de no estar Juan por medio, Nicolás no se hubiera ido. Hizo un giro de ciento ochenta grados y se centró en su mamá. Rogó que se compusiera para vivir al menos cien años y para que ella le pudiera hablar de Nicolás.

 

Capítulo VI

Juan se levantó a las cinco de la mañana, se duchó, tomó un cortado y se fue al negocio. Hacía unos meses que lo inquietaba la conducta de Rodolfo. Primero, se encontró incompleto un cargamento de equipos de sonido. Cuando efectuó el reclamo los comitentes enviaron una copia del registro de entrega conformado por Zeballos, el encargado de depósito, que merecía su absoluta confianza. El hombre avaló la integridad de la entrega aún sabiendo que podría ser sospechoso de robo. Rodolfo tuvo palabras muy duras acerca de la honestidad de Zeballos, que Juan desoyó. El segundo incidente estuvo relacionado con la recepción de cobranzas en efectivo. Cada dos meses, Juan recibía un listado de clientes que tenían facturas pendientes de pago. Primero se ocupaba él de hablar con cada uno e interiorizarse de las causas del atraso. Luego decidía quien sería reclamado judicialmente. La semana anterior le asombró ver en el detalle el nombre de uno de sus mejores compradores. Le pidió a Estela, su secretaria, que verificara el saldo de la cuenta. Cuando lo llamó, el cliente le informó que había pagado esa factura con dólares y le envió el recibo por fax. Esta vez, la firma correspondía a una empleada administrativa que Rodolfo había despedido la semana anterior por sustraer fondos de la caja chica. Juan puso a todos sus empleados a ubicar el duplicado del comprobante que ya había sido reclamado por el encargado contable a Rodolfo, quien se excusó de haberle restado importancia al pensar que era un talón anulado. El recibo se perdió con los dos mil dólares que, en palabras del abogado, estarían en poder de la empleada removida. A Juan le parecía una coincidencia extraña que tantos inconvenientes se produjeran a partir del advenimiento de Rodolfo. El abogado había resuelto tan favorablemente los términos del contrato de concesión, que el joven empresario, absorto en la búsqueda que lo enajenaba, le había delegado el manejo del negocio. Recordó la obviedad de Zeballos cuando no apareció el recibo: "el ojo del amo engorda al ganado, señor". Esa mañana había decidido ojear las operaciones de envío cuando nadie lo esperaba. Ingresó a la plataforma de carga ante la sorpresa de todos y le pidió a Zeballos los comprobantes de embarque que el hombre se apresuró a entregar. Rodolfo parecía más inquieto que sorprendido. Juan le pidió al encargado que abriera una caja. El abogado intervino:

-No era necesario que vinieras. Los pedidos están preparados y no es conveniente demorarlos porque van a cruzar el peaje después de las ocho.

El empresario no contestó. Zeballos cumplió la orden y Juan, remito en mano, controló las piezas que componían el envío. Había treinta cajas más. Guiado por un presentimiento, las hizo abrir a todas y fue verificando el contenido con las guías. En el quinto bulto encontró la primera discrepancia: un valioso amplificador que no estaba incluido en la lista. Cuando terminó la inspección, cien pequeños y costosos

aparatos como ecualizadores, cámaras digitales, compresores, mezcladores, celulares y potenciadores integraban un muestrario que el encargado miraba con estupor. Juan, alterado por el descubrimiento, notó que un estibador se alejaba hacia la salida. Pegó un grito:

-¡Que nadie salga hasta aclarar estas omisiones!

La puerta fue inmediatamente cerrada y custodiada por dos de sus empleados más antiguos.

-Zeballos, venga a mi oficina con el empleado que estaba saliendo. Los demás, esperen mis órdenes. Esto te incluye a vos -le aclaró a Rodolfo.

Estaba seguro de que Tomás y Raúl no dejarían salir a nadie, ni siquiera al abogado. Cerró la puerta del cuarto, y se volvió hacia los hombres. Estaba insólitamente calmo:

-¿Cuál es tu nombre? -le preguntó al joven nervioso.

-Mario, señor -dijo sin mirarlo.

-No te conocía. ¿Cuánto hace que trabajás aquí?

-Dos meses -contestó con la vista clavada en el piso.

-Supongo que te empleó Rodolfo -dijo, sabiendo que no se equivocaba.

-Sí, señor.

-¿Por qué te estabas yendo?

-¡Porque yo sólo cumplía órdenes, señor! Necesitaba el trabajo y el señor Peralta me dijo que mientras hiciera lo que me decía, tenía un puesto seguro. Tengo cinco hijos y estoy desocupado hace tres años. ¡Mi mujer y mis hijos no tenían que comer y me iban a echar de la casilla! -exclamó casi llorando.

-Está bien, Mario. Pero ¿te das cuenta que por cubrir tu necesidad te hacías cómplice de un delito? -preguntó Juan pacientemente.

-Sí, señor.

-Y lo más grave, es que incluías en la sospecha a tus compañeros.

-Lo sé, señor. Y no me felicito por eso -dijo cabizbajo.

El empresario miró a Zeballos.

-¿Cómo es que a mi viejo encargado se le escaparon tantos detalles? -lo interrogó con tono tranquilo.

-¡No se me escapó ningún detalle! Cuando las cajas fueron cerradas, contenían el pedido de los remitos.  Y aunque el abogado no era santo de mi devoción, no se me ocurrió que trataría de estafarlo. ¿O acaso cree que lo hubiera permitido? -el hombre enfatizó la pregunta.

-No, Zeballos, conozco tu integridad. Ahora dejame con Mario y haceme una lista de los remitentes de las cajas adulteradas.

El encargado salió y Juan enfrentó al muchacho:

-Si estás dispuesto a sostener la verdad delante de Peralta, es posible que tengas una segunda oportunidad. Si no es así, decímelo ahora, y andate.

Mario lo miró con incredulidad. Esperaba terminar preso y su jefe le daba la posibilidad de reivindicarse. Le dijo fervorosamente:

-¡Estoy dispuesto a lo que mande, señor!

-Bien, esperá aquí.

Salió y volvió con el abogado.

-Rodolfo, creo que cualquier excusa sobra después de la confesión de Mario. ¿La hacemos corta y firmás tu renuncia irrevocable? -le dijo con frialdad.

-¿Y si me niego?

-Entonces lamentarás tu decisión. Vas a conocer algunas particularidades de mi carácter que no te van a gustar. Así que es mejor que firmes este documento. ¡Ah...! Y no pierdas tiempo en leerlo, que lo redactaste vos.

El abogado comprendió que estaba encerrado y que no quería correr riesgos con ese Juan que había subestimado. Sacó el bolígrafo de plata del bolsillo superior de su saco y firmó la renuncia. Luego, con un gesto de arrogancia, guardó la lapicera y salió de la oficina. Desde la puerta, el empresario hizo una seña a sus hombres para que lo dejaran salir. Su retirada fue menos digna, porque Raúl adelantó una pierna que lo hizo tropezar y caer sobre la acera mojada. Se levantó furioso con la intención de lanzarse contra el provocador, pero el número de estibadores que se acercó con los brazos cruzados lo disuadió. Cuando subió al auto, que había cambiado con sus primeros manejos delictivos en la empresa, cayó en la cuenta de que el nuevo departamento y el velero tendrían que aguardar una oportunidad que difícilmente se repetiría.

 

Capítulo VII

Jimena dispuso el ramo de flores silvestres en un hermoso jarrón de vidrio fundido. Su madre tendría el alta a la tarde y, con la excusa de la lluvia, Nicolás la había llamado a la mañana para pasarla a buscar y traerla hasta el sanatorio. Le preguntó si había desayunado y, ante su negativa, la invitó a hacerlo con él. Antes de salir fue a llamar a Juan, pensando que aún dormía, pero vio que ya no estaba. El trato desenvuelto que tenía con los amigos de su hermano, no funcionaba con Nicolás. Cuando abrió la puerta, no supo cómo saludarlo. Pensó que un beso fraterno que la acercara demasiado a su cuerpo sería un tanto arriesgado, de modo que le dedicó una franca sonrisa y un "¡Buen día!" El hombre, aceptando sus tácitas condiciones, le devolvió el saludo y abrió la puerta del auto para que se acomodara. Desayunaron en una confitería de la costa con vista al río. Esa mañana empezaron a recrearse el uno para el otro. Se confiaron gustos y expectativas. Jimena le contó su experiencia de trabajo en la escuela de Venado, la gratificación que sentía por acompañar la formación de los niños y, especialmente, la amistad que había forjado con la madre de Dani, uno de sus alumnos:

-¡Juan tendría que conocer a Nadia, Nicolás! Es una mujer encantadora, sensible, joven, hermosa... ¡Pero él es un porfiado! -exclamó con un mohín de contrariedad.

Nico estaba totalmente prendado. Agradeció a la Providencia por haber desatado el temporal que propiciaba el acercamiento antes de lo que esperaba. Compartir el comienzo del día modificaba la significación de la jornada, especialmente si pensaba en terminarla juntos. Se sorprendió de que a pesar de su edad y su experiencia se sintiera deslumbrado como un adolescente, con el corazón desbocado y la sangre acelerándose en sus venas. Estar cerca de ella invadía de luz el día gris y tormentoso y decidió dejar para el futuro la paradoja de que era la hermana de su mejor amigo. Volvió a la realidad para acompañar su expectativa:

-Tu amiga está llena de cualidades, pero a lo mejor Juan ya encontró una mujer que le gusta...

-¿Ya la encontró? -lo interrumpió Jimena, con los ojazos agrandados por la sorpresa.

Nico deseó borrar su comentario. Aunque su muchacha lo persiguiera, él no podría ser indiscreto con las confidencias de su amigo.

-Dije a lo mejor, niña -respondió con cierto énfasis, y luego, suavizando el tono:- Es una suposición, Jimena, porque Juan es muy reservado. Pero si no tuviera otro interés, ¿no te parece que accedería a tu propuesta?

-Entonces, no sabe lo que se pierde -se empacó la hermana.

-Te prometo que voy a tratar de convencerlo. ¿Conforme? -le dijo con una sonrisa.

-Será el mayor servicio que le prestes a tu amigo -aseguró Jimena.

Nico, camino al sanatorio, detuvo el vehículo delante de un puesto de flores y volvió con el ramo que ahora estaba acomodando, más una rosa roja para ella. La joven, que no ignoraba el significado del regalo, lo aceptó con desusada timidez. Nico le abrió la puerta del auto delante de la clínica y Jimena, cediendo a un impulso, le dio un beso en la mejilla. Cuando se dio vuelta para saludarlo, todavía él atrapaba el beso entre los dedos. La voz soñolienta de Verónica la sacó de su arrobamiento:

-¡Hola, mi amor! ¿Por qué no me despertaste antes?

-¡Buen día, mamucha! -se acercó a la cama para abrazarla- ¿Dormiste bien?

-¡Como un lirón! -miró el colorido ramo:- ¿Vos me trajiste esas flores?

-Te las manda Nicolás -explicó su hija con una expresión que no le pasó desapercibida.

-¡Ah... Nicolás...! ¿No es ése el famoso Nico de Juan?

-...Al que como siempre, las personas como mi hermano, le arruinan un hermoso nombre -replicó Jimena, y enseguida:- Ma, antes de que venga el plomo, tengo que contarte una cosa -se detuvo, como esperando el consentimiento.

-¿Que estás enamorada? -aventuró su madre.

Jimena sonrió al comprobar que su mamá conservaba intactas sus dotes intuitivas. Para ella, era la prueba de su recuperación.

-No entiendo cómo Juan se las arregló cinco años para que no me cruzara con Nicolás -se quejó.- Pero su generosidad, cuando estaba tan desesperada y sola en la sala de terapia, me enamoró tanto como su presencia.

-¡Ay, Jimena! ¿No es demasiado grande para vos?

-¡Pero si tiene apenas cinco años más que tu hijo! Yo no podía creer que ese hombre joven que bajó del ascensor fuera el Nico del que hablaba Juan. ¿No lo representó con la edad de papá? -le preguntó.

-Algo así -confirmó Verónica, y después añadió:- Curioso, ¿no? -coincidiendo con la observación de Nico.

-Entonces, -le dijo a su hija- ¿cómo sabés que no es el agradecimiento lo que te inclina hacia él?

-¿Te lo digo crudamente? -la desafió.

Verónica hizo un gesto de aquiescencia.

-Porque desde que me consoló contra su pecho, quiero conocer cómo me abrazaría y me besaría si me quisiera. Porque al confiarme los pormenores del accidente perfeccionó la impresión que me había causado. Y porque no me interesa ninguna razón para desearlo, ni la opinión adversa de mi hermano, ni la inconveniencia de amarlo... -terminó acalorada y sin aliento.

-¡Vaya declaración, hijita! No soy yo la que se va a oponer a tus deseos. Pero te aconsejo que no se lo digas, porque no es bueno quedarse tan desposeída delante de un hombre.

-Vos me preguntaste... -sostuvo Jimena- y no metás a todos los hombres en una misma bolsa.

La madre lanzó una carcajada y abrazó a su sensiblera hija. Un golpe en la puerta de la habitación las separó. Un camarero venía a tomar el pedido del almuerzo. Verónica eligió un lomito con puré y ensalada de frutas que le trajeron a las once, y comió bajo la mirada aprobadora de Jimena. Al mediodía volvió el empleado para retirar el servicio. Verónica le preguntó a su hija:

-¿Vos no vas a comer nada?

-No tengo hambre, mamá. Tomaré un refrigerio cuando estemos en casa. ¿A qué hora pasará el médico...?

-A las dos, me dijo. ¿Juan estará con mucho trabajo?

-¡Ya va a venir tu preferido, mami! Esta mañana salió tan temprano que no nos cruzamos. Pero no se perderá la oportunidad de perseguir a tu médico hasta que le prometa que estás completamente curada -y agregó con cariño:- ¿No querés descansar un poco?

-¡Estoy fresca como una lechuga!  Contame algo de tu amiga de Venado...

-¡Ah... de Nadia! Es un encanto, mamá. A pesar de que trabaja todo el día en la biblioteca, siempre encuentra un momento para colaborar en la escuela. Creo que tenemos una indudable afinidad y, en gran parte, propiciada por su hijo Daniel. ¡Ese niño es tan especial...!

-¿Qué hace que la tierna maestrita lo distinga? -sonrió Verónica.

-Tiene apenas seis años, mami, y una madurez sorprendente. Algunas veces me preocupa su carácter retraído, esa sombra de tristeza oculta en el fondo de sus ojitos. Pero basta que aparezca su madre para que brillen como soles.

-Seguramente ella quisiera compartir más tiempo con él, pero no siempre se puede oír al corazón... -dijo Verónica con melancolía.

Jimena la besó en la mejilla sin prenderse al comentario:

-Nadia viene a buscarlo a las cuatro de la tarde y a veces nos quedamos charlando en la escuela o nos vamos a merendar a su casa. Mirá que nos vemos todos los días, pero siempre es corto el tiempo para hablar de todo lo que nos interesa... -sonrió, tal vez recordando alguna íntima confidencia, y remató:- Es la mujer indicada para mi obtuso hermano mayor.

 

Capítulo VIII

Juan tocó el timbre de la casa de Nico a las once. Estaba reaccionando y reflotando la bronca y necesitaba compartir las peripecias de la mañana. Su amigo abrió desusadamente rápido, vestido y despabilado.

-Te invito a desayunar -lo convidó.

-Y yo, con un café casero si te es suficiente -ofreció Nico, apartándose para que entrara.

Juan asintió. Prefería la intimidad de la casa de su amigo para explayarse sobre los incidentes de su negocio.

-Contame - indicó el dueño de casa mientras servía el café.

-Esta mañana le malogré a Rodolfo una operación de rapiña y lo eché a la mierda -resumió.

-¡Ja! -exclamó Nico- ¿Le llevó tan poco dejarse vencer por la codicia?

-No me irás a decir que vos lo adivinaste...

-No. Pero no me extraña de un gavilán -contestó, asentado en sus convicciones- ¿Te jorobó mucho?

-No lo creo. Están todos los empleados recontando la mercadería. Lo que más me revienta es que impugnó todas mis premisas. Tenía un buen sueldo, participación en las utilidades, libertad de tomar decisiones. ¿Qué puede llevar a un individuo a echar por la borda una buena oportunidad?

-La estupidez -certificó su amigo.

Juan sorbió su café en silencio. Las palabras de Nico descalificaban las acciones del abogado pero no explicaban su conducta. Como tampoco había ninguna explicación para su conducta irracional de la noche que lo acosaba. Tenía presente que su negocio se repondría de los ardides de un empleado deshonesto, pero se torturaba con el destino de la joven víctima de su atropello. Hacía un tiempo que no lo importunaba a Nico con sus inquietudes: un poco por el accidente de su madre que lo sacó de su contemplación, otro poco por pudor. Sintió que el episodio laboral dejaba de tener significado al ser superado por la fuerza de la evocación. "Que Nico se embrome por estar aquí", pensó.

-Ayer pagué la última búsqueda infructuosa -le confió.

-¡Sos cabezón! Te dije que no contrataras a esos investigadores improvisados que se las rebuscan con los viáticos -se inclinó sobre la mesa para mirar a su amigo- No creas que abandoné la pesquisa. Cada conocido que aparece se lleva un identikit de tu muchacha a su lugar de residencia. Te digo que la vamos a encontrar.

-¿Cuándo? -se desesperó Juan, y después se burló de sí mismo:- Estoy desquiciado, Nico. No hay mujer que me conmueva. Si continúo así, me voy a dedicar al sacerdocio.

Nico largó una carcajada. Tanto él como su amigo atestiguaban que no había mejor situación para un hombre que estar con el sexo opuesto.

-No te veo de cura, realmente -le palmeó el hombro- Pero sí me parece que tenés que aflojar un poco con esta obstinación y mirar a tu alrededor. ¿Qué hay de la amiga de Jimena? -sugirió.

-¡Ah...! Ya veo que te hizo efecto mi narcótica hermana...

-No es una mala idea -insistió Nico, y agregó:- Nadie te pide que te cases con ella, pero una bella mujer puede estimular un poco tu vida.

-Que mi hermana que no conoce la historia lo mencione, vaya y pase. Pero vos, amigo, que me estás aguantando hace más de un año... No lo entiendo... O vos no entendés nada de lo que me pasa -dijo Juan, levantándose de la mesa.

Nico no respondió. Comprendía que Juan no quisiera a otra mujer porque él, después de conocer a Jimena, se despojó de todo interés por alguien que no fuera ella. Había vivido toda la semana pergeñando excusas para verla y, aunque sospechaba que la joven compartía su atracción, fluctuaba entre la esperanza de la intuición y el desaliento de la duda. Se acercó a su amigo que contemplaba el jardín desde el ventanal, y le puso una mano sobre el hombro:

-No es justo que me digas eso, porque mi propuesta es bienintencionada. No te voy a ejemplificar por qué te comprendo, pero convengamos que por ahora te aferrás a una ilusión. ¿Acaso te asusta la posibilidad de que la realidad te aparte de la fantasía?

-¿Creés que en este año no me crucé con mujeres y que alguna no manifestó interés? -preguntó Juan sin volverse.

-Descuento los encuentros y el interés, pero ¿quién puede luchar contra un muro de indiferencia? Si estás convencido de que nadie te inquietará, ni miss universo lo lograría. No te pido que abandonés la búsqueda, sino que la hagás más llevadera.

Los hombres permanecieron como en un cuadro: Juan, los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada extraviada entre la vegetación, y Nico, sin separar la mano del hombro de su camarada. Después de un tiempo el hermano de Jimena volteó, con una invitación que le indicó que la charla anterior estaba agotada:

-Voy al sanatorio. ¿Querés venir?

Mientras cerraba la puerta de su casa, Nico ya estaba ansiando el próximo encuentro con la joven que lo desvelaba.

 

Capítulo IX

Juan golpeó la puerta de la habitación de Verónica y entró al ser autorizado. Jimena, que dormitaba en un cómodo sillón en posición de loto, ni siquiera levantó la cabeza que tenía apoyada sobre el respaldo. Juan se acercó a la cama y abrazó a su madre.

-¡Juan! ¡Qué alegría! Aunque más que a vos, esperaba al médico.

-¿Todavía no vino? Ya te lo voy a traer -dijo sonriente, y continuó:-Vine con Nico, ¿querés conocerlo?

Verónica se incorporó un poco más y le dijo:

-¡Por supuesto! Pero antes, despertá a tu hermana.

Juan observó el relajado descanso de Jimena y se llevó el índice a los labios. Antes de que su madre pudiera reaccionar, llegó hasta la puerta y le abrió a su amigo. Verónica siempre recordaría al apuesto joven que ingresó a la habitación y se quedó absorto contemplando a su hija. La expresión del hombre era tan transparente a su mirada que lo aprobó sin reservas. Juan carraspeó y rompió el conjuro:

-¡Jem! Mamá, te presento a Nico -dijo, divertido.

Su amigo reaccionó de inmediato. Se acercó a la cama y la besó en la mejilla al tiempo que decía:

-Ahora me explico a quien sale su bella hija.

Juan hizo una mueca burlona, aunque no pudo descalificar a su camarada ya que Jimena era muy parecida a su madre.

Verónica sonrió halagada, y repuso:

-Gracias, Nicolás, por el elogio y las flores. Me alegra que Juan te haya sacado de la oscuridad.

-¿Las flores? -preguntó Juan levantando una ceja e ignorando la observación materna.

-¡Ah, sí! -aceptó Nico- se las mandé esta mañana con Jimena.

-¿Estuviste esta mañana con mi hermana?

-La pasé a buscar para traerla al sanatorio -explicó su amigo con paciencia.

Las voces despertaron a la muchacha que enfocó con ojos aturdidos a su alrededor. Cuando vio a Nico se azoró y en la prisa por levantarse se desequilibró hacia adelante. Su exclamación de sobresalto precipitó la reacción de su hermano que la recibió, riendo, entre sus brazos:

-¡Hola, bella durmiente! ¿Me perdí el chichón de la caída?

Jimena lo empujó:

-¡Tonto! Lo mismo le hubiera pasado a la bella si viera tu cara al despertar -le dijo, provocativa.

Verónica y Nico presenciaban sonrientes el intercambio de los hermanos. Jimena se sentó al borde de la cama de su madre y le sonrió al hombre:

-¡Hola, Nicolás! No esperaba verte tan pronto.

-Parece que me lo deben a mí -terció Juan.

Verónica consideró que era hora de participar:

-¿Podrías acompañar a Jimena a tomar un refrigerio, Nicolás? -le pidió con una sonrisa, y precisó: -Todavía no almorzó.

-Con todo gusto -respondió el aludido, y mirando a la hija:- ¿Vamos?

La joven tomó su bolso con un gesto indulgente y lo siguió. Cuando bajaban por la escalera, le dijo:

-¿No sentiste que me trataba como a una minusválida?

Nico la esperó al pie de la escalera y le dijo seriamente:

-Para nada. Me pareció una madre bien inspirada.

Jimena lo estudió hasta converger con su mirada traviesa. Largó una carcajada arrastrando al hombre en su hilaridad. El destello que animaba los ojos de Nico se convirtió en un fulgor que la obligó a desviar la mirada de puro miedo a perder el control. Susurró:

-¿Vamos?

Salieron a la calle con la sensación de haber demorado el momento inevitable, pero con la expectativa del placer diferido. Nico la guió hacia un barcito situado frente al sanatorio. Jimena descubrió que tenía hambre y al igual que su compañero pidió un sándwich caliente.

 -¿Cuál es tu horario de trabajo? -preguntó, intrigada de que durante el día estuviera libre.

-Digamos que nocturno.

-Entonces, esta mañana no deberías haberme acompañado.

-¿Vos creés? -le dijo, provocativo.

-No. Me alegro de que me llamaras.

La joven sentía que podía explayarse libremente, sin tener que prever los efectos indeseados de segundas intenciones. Hacía una semana que Nicolás había ingresado a su vida y se asombraba de que pudieran interactuar con tanta confianza y comodidad. Su rango de experiencia con los hombres dejaba mucho que desear. Así como era de resuelta para accionar socialmente, se empobrecía en el trato con el sexo opuesto. Después de numerosas relaciones, llegó a la conclusión de que el amor era un estado de ánimo pasajero y que el entendimiento no iba más allá de la cama. A los veinticinco años había renunciado a los compromisos formales, a la pareja estable y a la maternidad. Su madre ni siquiera la rebatió cuando, después de su último desengaño, le manifestó su decisión. Nadia, por el contrario, la escuchó con una sonrisa donde se mezclaban la comprensión y la incredulidad. Añoró las charlas con esa amiga criteriosa que promovía su espontaneidad, y no dudó de que celebraría la inconstancia de sus enunciados. Una pregunta de Nicolás la apartó de su ensueño:

-¿Y cómo fue que te dedicaste a la docencia?

-¡Ah...! Fue la idealización de una niña solitaria sobre la profesión de maestra. Mi padre falleció cuando yo tenía tres años. Mamá trabajaba todo el día y me prestaba la atención que podía. No teníamos parientes para que se hicieran cargo de mí y fui a parar primero a una guardería y después a una escuela cercana a mi casa. Supongo que yo anhelaba la plena dedicación de una madre que bastante tenía con criarnos y de un hermano que quedó muy afectado por la muerte de papá, pero era muy chica para entenderlo. De modo que busqué en mis maestras una singularidad que no podían brindarme entre tantos alumnos y que yo viví como falta de afecto. Empecé a fantasear con una joven maestra que me recibía amorosamente para superar la angustia diaria y, con el tiempo, esta fantasía influyó en la elección de una carrera -concluyó, con un dejo de nostalgia.

Nicolás, que la había escuchado atentamente, apoyó los nudillos contra su mejilla y mientras la acariciaba suavemente, murmuró:

-Pobre niña...

El contacto de su mano cauterizó las postreras heridas de orfandad que afligían a Jimena. El hombre, superado por el deseo de consolarla y amarla, restringió su pasión a una propuesta:

-¿Vas a salir conmigo cuando tu madre esté repuesta?

-Si tus obligaciones nocturnas te lo permiten... -le recordó Jimena.

-Aunque tenga que cerrar el boliche... -afirmó Nico con fervor, buscando los ojos de la joven.

Jimena abdicó su mirada en la de Nico y se perdieron en el camino sin vuelta del reconocimiento mutuo.

 

Capítulo X

 -A ver, mamá. ¿Qué fue eso de emboscar a tu hija en la cueva del lobo? Para tu información, a Nico sólo falta que le apunten los colmillos -informó Juan desconcertado.

Verónica le echó una mirada conmiserativa.

-¿Es que los hombres no ven más allá de sus narices? Apuesto a que el primer mordisco lo dará tu hermana y no ese pobre muchacho encandilado. Espero, querido, que no intentes jugar el papel de hermano protector porque podrías contrariarla seriamente. Conozco a mi hija y si Nicolás la sacude de su apatía, tiene todo mi apoyo.

-Parece que me perdí varios capítulos de la vida de mi hermana, ¿no?

-¡No te apenes! Aunque hubieran sido muy apegados, hay confidencias que no te hubiera hecho. Estoy muy preocupada desde que me confesó que estaba desencantada con sus relaciones amorosas y que había desistido de sus expectativas como mujer. La estoy viendo declinar a una triste resignación y ¡no es el destino que quiero para mi hija! -las palabras de la madre fueron contundentes.

Juan hizo un gesto de atajarse y se acercó a la mesa sobre la que estaba el florero. Levantó con delicadeza la rosa roja:

-Supongo que la rosa vino aparte -dijo, aspirando su aroma.

-¿No fue una delicadeza de Nicolás hacia tu madre y tu hermana? -preguntó Verónica con una sonrisa.

-Nicolás en vez de Nico... Influencia de Jimena -dejó la rosa en su lugar y acometió:- Ese hombre delicado anda detrás de tu hija y, aunque sea mi mejor amigo, no es la persona que le conviene.

-¿Es una mala persona que la hará sufrir? No puedo equivocarme tanto en mi apreciación -negó Verónica. Volvió a insistir:- Este es un asunto muy serio, hijo. ¿Qué lo hace tan poco recomendable según tu criterio?

-Su actividad, mamá. No desearás ver a Jimena involucrada con un individuo... amoral.

-¿Es un asesino?

-¡No!

-¿Distribuye drogas o las consume?

-¡No! -reiteró Juan pensando adónde quería llegar su madre.

-¿Está involucrado en el tráfico de niños?

-¡No! ¿Qué querés demostrar?

-Que si no es ninguna de estas cosas, de lo demás puede retornar. Entonces -recortó- ¿a qué se dedica?

-Creo que al contrabando y a fomentar el negocio de la prostitución. ¿No te parece grave?

-No es una ocupación que apruebo ni lo haría tu hermana... -reflexionó Verónica.

-Nico está acostumbrado a vivir con holgura y otro trabajo no le brindaría los ingresos que necesita -apuntó Juan.

La mujer quedó pensativa. El timbre del celular de su hijo la desconcentró.

-Hola, Zeballos... No, no dejen entrar a nadie... Mañana dígale... Cerca del mediodía... ¡Ah, bueno...! Algo positivo... De acuerdo, Zeballos. Hasta mañana -Juan cerró la comunicación con expresión abstraída.

-¿Algún problema en el trabajo, hijo?

El muchacho suspiró y relató sucintamente los acontecimientos de la mañana. Su madre, después de escucharlo, lanzó una alegre carcajada.

-¿Estás bien, mamá? -preguntó alarmado.

-¡Maravillosamente bien! ¿No es extraordinario? Vos necesitás un hombre de confianza, y Nicolás un trabajo decente y bien remunerado. ¡Decime que es posible, Juan...! -rogó.

Él se acercó a la cama y le dio un sonoro beso en la mejilla. Después, para enojarla:

-¿Sabés, mami, que algunas veces me deslumbrás cuando ponés a trabajar las neuronas?

Verónica lo abrazó. ¡Amaba tanto a su muchacho! Se condolió que a los treinta años no hubiera hallado una compañera. Estaba segura de que a cualquier mujer le complacería tenerlo de pareja. Y no porque ella lo viera con ojos de madre, sino que era un buen ejemplar masculino y un buen partido. Se preguntó qué le impedía concretar el encuentro. Unos golpes en la puerta anunciaron la llegada del médico.

-¡Buenas tardes, Verónica! ¿Pronta para salir? -se acercó sonriente, con la historia clínica en la mano.

-¡Hola doctor! Espero que no encuentre ninguna excusa para mantenerme en esta habitación.

-Sólo el placer de tener una hermosa paciente. -El médico notó la expresión ansiosa de madre e hijo, porque se apuró a informar:- Como hace tres días se han estabilizado todas sus funciones después de la internación, es mejor que termine de recuperarse en su casa. La quiero tranquila, señora. Levántese tarde y no desoiga a su cuerpo. Aquí tiene todas las indicaciones y espero verla la semana entrante -terminó, tendiéndole varias hojas de recetario.

Verónica las tomó y le tendió la mano. El doctor se la besó con galantería y salió seguido por Juan. Ella se dirigió al baño para estar lista cuando volviera su hijo. El muchacho regresó cuando ella se cercioraba de que no dejaba nada en los muebles.

-Bueno, mamita, estás realmente bien. Así que ahora, a casa. Pero esperá que ubique a Adán y Eva.

Ella asintió con un ademán de reprimenda que despertó la risa de su hijo. Cuando desapareció tras la puerta, acomodó sus pertenencias sobre la cama y se sentó a esperar.

A Juan no le falló su deducción. Nico y su hermana estaban en el bar de enfrente, tan ensimismados que no lo vieron entrar. Se acercó a la mesa:

-¿Podrían volver a la tierra, que está más cerca del sanatorio? -les dijo, sorprendiéndolos.

Jimena, para su extrañeza, se ruborizó. Nico lo miró como perdonándole la vida.

-Mamá tiene el alta -anunció- Está aguardando que la llevemos a casa.

-¡Ay, Juan!, ¿Y qué esperamos? -reaccionó su hermana, levantándose con prontitud.

Aguantaron a que Nico pagara en la caja y pasaron por Verónica. El amigo de Juan los despidió delante de la clínica. Acarició a Jimena con la mirada y subió al auto.

Cuando llegaron a la casa, Verónica fue asediada por sus hijos para que descansara. Los tranquilizó y salió a recorrer el pequeño jardín que no había sido olvidado. Mientras cenaban, preguntó:

-¿Qué pasó con la copa que tenía en la mano cuando me caí?

Jimena, que estaba en estado de extrema susceptibilidad, rompió en llanto al recordar el aciago día. Madre y hermano se turnaron para calmar a la joven, quien deseó otros brazos que la consolaran.

 

Capítulo XI

Jimena estaba eufórica. Mañana saldría a cenar con Nicolás. No veía la hora de encontrarse con Nadia para confiarle todas sus expectativas. La tarde se estiró lenta y somnolientamente. Atendió a los niños un poco desconcentrada. A las cuatro y cuarto llegó su amiga para retirar a Dani con una expresión preocupada que Jimena no le conocía,

-¡Hola, Nadia!  -la examinó atentamente y se inquietó más-. ¿Pasa algo?

La joven, abrazada al niño, la miró con ojos angustiados. Jimena no dudó: Nadia necesitaba más de la confidencia que ella. Le propuso que fueran a merendar a su casa para hablar con comodidad. Mientras Daniel jugaba en el patio con el perro, Nadia dijo, como para sí misma:

-Si se llevan a Daniel no podré sobrevivir.

La afirmación fue tan lapidaria que Jimena adhirió a un padecimiento que aún no conocía. La abrazó y le recordó:

-¿Somos amigas?

-Tanto que no merecés que te involucre en mis problemas -dijo Nadia, mientras se apartaba suavemente.

-¡A la mierda tantas contemplaciones! -estalló Jimena-. Si pensás que me voy a quedar de brazos cruzados mientras alguien intenta llevarse a tu hijo, estás totalmente equivocada.

-Daniel no es mi hijo - declaró Nadia con voz átona.

-¿Qué...? ¿Y de quién es?

-Es una larga historia de desencuentros que traté de olvidar, incluyendo a las tías de Daniel que no me perdonan la muerte de su hermano. ¡Y tampoco lo quieren a Dani, Jimena, porque abandonaron al pobre niño en el orfanato...! Desean dañarme y lo harán, aunque sea a costa de Daniel... -se le quebró la voz en un sollozo.

-Explicame, amiga, porque no puedo creer que seas responsable de ninguna muerte.

Nadia tardó un rato en calmarse y aceptó el pañuelo de papel que le tendió Jimena.

-Mis amigos me previnieron sobre los problemas sicológicos de Andrés -dijo al cabo de un instante arrugando en su mano el pedazo de papel blanco- pero yo creí que mi afecto bastaría para equilibrarlo. Si tuviera que explicar qué me atrajo de él, no sabría decirlo. Tal vez su aura taciturna que concordaba con mi melancolía de huérfana precoz, o tal vez las pérdidas prematuras que sobrellevamos. Yo quedé sola durante el secundario al morir mis padres y mis abuelos en un accidente, y él, viudo y con un hijo recién nacido. Estuvo ausente un año en el cual su familia se hizo cargo del niño. Cuando volvió, yo empezaba a trabajar en la biblioteca y había reconstruido mi vida de relaciones, con amigos y algún noviazgo ocasional -hizo una pausa, como rememorando-. Nos conocimos cuando vino a consultar un libro de floricultura, porque entonces tenía el proyecto de montar un vivero. A la salida, me estaba esperando para tomar un café. El primer año de nuestra relación estuvo impregnado de la llaneza y la seducción que desplegó esa tarde para convencerme. Nos seguimos viendo y a los tres meses se instaló aquí. Yo lo impulsé a reclamar a su hijo porque teniendo un padre se estaba criando en orfandad.

-¿Cuánto hace de esto? -interrumpió Jimena

-Cuatro años. Dani tenía un año y cinco meses y una conducta autista. Nunca pude entender por qué, siendo tan dulce y afectuoso, lo criaron con tanto desapego. Con su padre le brindamos el cariño que le faltaba y tuvimos la recompensa de verlo mejorar día a día. Fueron los diez meses más perfectos en la vida de tres seres golpeados por el infortunio. Casi llegué a creer en la felicidad y en que la vida te compensa las pérdidas... -se mordió el labio inferior como para oponer al dolor interior el físico.

Jimena la volvió a abrazar y le acarició la cabeza. Presentía que la peor parte de la historia estaba por venir. Nadia se separó con una tenue sonrisa de agradecimiento y continuó:

-No caí en la cuenta de que sus repentinos cambios de humor eran los primeros síntomas de una recaída. A los dos años no había logrado montar su vivero y litigaba continuamente con su familia por cuestiones de dinero. Cuando comenzó a mostrarse violento conmigo y con Dani decidí hacer la consulta que me habían sugerido antes de que nos enredáramos. No por mí, porque no le temía, ni tampoco me hubiese convertido en una mujer golpeada, pero sí por el pequeño, para preservarlo de nuestros desacuerdos de adultos. Así que fui a la Clínica General y pedí hablar con el médico que lo había tratado después de la muerte de su mujer. El doctor, después de escuchar mi explicación, me puso al tanto de que Andrés estuvo internado por padecer de serios trastornos de la conducta agravados por estados depresivos. Consideró que había sido prematuro formar una pareja y hacerse cargo del niño, especialmente por haber abandonado el seguimiento post internación. Al terminar la entrevista me encareció que lo convenciera de hacer una cita "por el bien de todos", dijo, y que cuidara especialmente al chiquillo. ¡Como si hiciera falta...! -dijo apasionadamente, mirando hacia el patio donde jugaban Daniel y Duque.

-¡Ay, Nadia! No habernos conocido para que no tuvieras que resistir sola... -se lamentó Jimena.

Nadia le apretó la mano con reconocimiento. Sirvió otro café para cada una y reanudó:

-No sé si Andrés se medicaba por cuenta propia, porque cuando le transmití la opinión de su médico, me contestó que no necesitaba ninguna consulta. Además lo irritó que hubiese estado haciendo averiguaciones. La situación empeoró y el día que se atrevió a pegarle a Daniel lo eché de la casa. Volvió una y otra vez tratando de persuadirme. Amenazando, insultando... Después de tantas agresiones, mi cariño por él se había transformado en compasión por verlo tan negado a cualquier ayuda. Decidí que aunque fuera su padre no le confiaría a Daniel. Después del último intento de acercamiento, desapareció por un mes. La tranquilidad volvió a la casa hasta que llamó desde Rosario y me rogó que lo encontrara en la pensión donde paraba. Su voz sonaba tranquila y su necesidad de ver a Dani era razonable. A última hora, un impulso me hizo dejarlo al cuidado de una amiga. Llegué a las diez de la mañana, sola. Las visitas a las habitaciones estaban permitidas sólo a grupos familiares, de modo que la dueña de la pensión lo obligó a presentarse en el recibidor. Me di cuenta del esfuerzo que había hecho para simular normalidad por teléfono. Tenía la barba crecida, el aspecto desaliñado y la mirada de un animal acorralado. Me rogó, me exigió, que lo recibiera de nuevo en casa. ¡Te juro que traté de razonar con él! Le pedí que fuera a consultar al doctor Bermúdez y le prometí que después íbamos a estar juntos -gimió con todo el dolor del pasado renacido.

-¡Querida Nadia, estoy segura de que hiciste más de lo posible! -afirmó su amiga, al borde de las lágrimas.

La muchacha descubrió el rostro que sus manos ocultaron por un momento. Con un gesto de desaliento, desprendió las costras más sórdidas de su pasado:

-Cuando se dio cuenta de que yo no cedía, sacó un arma de la campera. Con voz inusualmente calma me anunció que me iba a matar por haberle robado al hijo. La casera y los huéspedes habían huido del salón. No sé de donde saqué valor para no entrar en pánico. Le imploré que pensara en Dani, le aseguré que se recuperaría con la ayuda del médico y que yo lo apoyaría en la lucha que lo esperaba. Recuerdo su gesto de desaliento cuando me dijo: "Pero a vos no te voy a recuperar jamás. Así no quiero vivir". Dejó de apuntarme para llevarse el revólver a la boca y apretó el gatillo -sin transición, pasó del tono informativo al desbordado:- ¡Se mató delante de mí, Jimena, y yo... no pude... evitarlo...! - sollozó.

Su amiga lloraba a la par. Se buscaron, enceguecidas por las lágrimas, para estrecharse y condolerse de ese acto irreparable. Nadia fue la primera en recuperarse. Guió a Jimena hasta una silla y le alcanzó una caja de pañuelos. La actualización de sus miserias a través de un relato crónicamente soslayado, le trajo un inesperado alivio mental. Se volvió a escuchar, a más de un año de la muerte de Andrés, con la misma pena que volcó en la terapia pero sin la congoja de sentirse responsable de las decisiones de su ex pareja. ¡Ah, Andrés...! Si pudiera saber que viviste un año de felicidad que te compensó de la agonía de un momento... Si hubiera escuchado las advertencias de mis amigos, si hubiese sabido que tenías un control médico que cumplir, si no te hubiera cerrado la puerta de casa, si te hubiese dicho lo que ya no sentía... Todas presunciones sin respuesta... Quizás cualquier ‘si’ te hubiera acercado al mismo destino... Quizás estarías vivo... ¡Pobre muchacho sin esperanza! Te amé cuanto pude y voy a cuidar de tu hijo como lo hubiéramos hecho juntos.

Completó su testimonio animada por esta fervorosa ofrenda mental:

-Entre trámites médicos y policiales, estuve en Rosario hasta el fin de semana. En el interín, me comuniqué con mi amiga que me dijo que las hermanas de Andrés se habían llevado a Daniel apenas las notificaron del suicidio de su hermano. Esa noticia me aniquiló. El sábado a la mañana volví a esta casa con la sensación de ser una mujer excomulgada de la vida. Ni siquiera las ofensas de las tías de Dani me conmovieron. ¿Qué podía afectarme si ya no tenía razones para vivir? Esa noche yo también pensé en el suicidio. Si no lo concreté fue porque tenía la tenue esperanza de recuperar a Daniel. El domingo amaneció lloviendo y fue la mejor excusa para quedarme en la cama compadeciéndome a mí misma. A la tardecita sentí unos golpes en la puerta y abrí anticipando nuevas afrentas de las hermanas de Andrés. Pero no. Allí, empapado y temblando de frío, estaba mi niño clamando por volver a casa. Lo abracé para calmarlo y me desprecié por haberlo postergado para condolerme de mis desgracias de adulta, siendo que era mi responsabilidad brindarle la estabilidad para crecer. Guardé mis penas, pedí su custodia e inicié un tratamiento sicológico - mostró las palmas abiertas.

-Si antes te admiraba como mamá, ahora sos un ícono -declaró Jimena, y preguntó:- ¿Por qué antes te dieron la custodia y ahora te la niegan?

-Porque las tías de Daniel impugnan mi soltería y piden que el niño sea criado por un matrimonio. A pesar de que no le tienen afecto son implacables, y lo que sí tienen es mucho dinero... -dijo abatida-. Es posible que hasta se quieran vengar de su hermano aunque esté muerto. ¡Son unas malvadas! -se exaltó.

-Pensemos fríamente... -aportó Jimena-. ¿No hay trabajadores sociales, testigos, el mismo testimonio de Dani, que avalen tus condiciones para adoptarlo? No serías la primera madre sin pareja.

-En cualquier otro lugar tendría oportunidades. Aquí no. Pero a menos de que lo cargue en el auto y desaparezca, debo pelearla en esta ciudad que es su hogar. Hasta pienso en aceptar la propuesta de casamiento de Luis, el dueño de la librería.

-¡Nunca! ¡Eso, nunca! ¡Si no te gusta...! - la interrumpió Jimena.

-¡Lo sé, lo sé! Pero si me acorralan cualquier medio se justifica para que Daniel no termine en el orfanato.

-¿Me querés decir adónde está el sentido común, la sensibilidad, para no darse cuenta que el niño tiene la mejor madre y el mejor hogar? -dijo su amiga, arrebatada.

-Yo te agradezco, querida, pero la justicia parece no entender mucho de sentimientos. Si me ajustara a las generales de la ley, todo estaría a mi favor.

-¿Querés decir...?

-Casada, sí.

-Algo me decía que mi hermano y vos debían conocerse... ¡Estoy segura de que son el uno para el otro! Entonces Dani tendría verdaderos padres y...

-¡Basta, Jimena! -ahora fue el turno de Nadia-. No podés inventar los sueños de otra persona. Además, estas situaciones forzadas siempre salen mal.

-Eso lo decís porque no conocés a Juan... ¿Qué te cuesta? -dijo con un mohín de malcriada- Lo ves una vez y si no te gusta prometo que no insistiré más. ¡Dale una oportunidad a Dani! ¿Sí? -acometió por el lado más débil.

Nadia sonrió ante la perseverancia de su amiga. No podía ofenderse porque sabía que lo hacía de corazón. Buscó una salida que no descalificara su ofrecimiento:

-Esta noche me reúno con la abogada que es amiga del secundario. Buscará una manera de zafar por el momento y después volveremos a charlar. ¿Te parece bien?

 

Capítulo XII

Jimena estaba excitada como en su primera cita. Eligió un vestido turquesa de talle ceñido, hombros descubiertos y falda de bordes irregulares complementado con una chaquetilla de igual color. Su madre se anunció cuando terminaba de vestirse:

-¿Se puede pasar?

-¡Sí, mami! Decime como estoy... -el tono solicitaba un refuerzo de su propio juicio.

Verónica pensó que su hija se veía deslumbrante con esos colores que destacaban el pelo rubio ondulado que se desparramaba sobre los hombros desnudos. Acarició su rostro y confirmó:

-Preciosa.

-Mamá. Estoy tan nerviosa como si nunca hubiera salido con un hombre. ¿Y si la que se hace ilusiones amorosas soy yo y él me invitó porque soy la hermana de Juan?

La madre abrió la boca en una mueca de asombro y se largó a reír:

¡Por Dios, Jimena! Cualquiera puede ver que Nicolás, al menos, te desea. ¿Desde cuándo está tan baja tu autoestima, mi chiquita? -la tomó por los hombros-. A ver, mirame.

La joven levantó los ojos. Su madre la contemplaba con amorosa intuición:

-No sé lo que esperás de Nicolás, hija. Pero ¿no es mejor que vayas descubriéndolo en cada encuentro? Hasta ahora no te ha ido nada mal. No pierdas un presente prometedor por un futuro que viene después...

-¡Es que tengo tanto miedo de idealizarlo y terminar frustrada...! ¡No quiero fracasar con él, mamá...! -le apoyó la cabeza sobre el hombro.

Verónica la tuvo abrazada por un rato. Después la besó, le acomodó el vestido y el pelo y la apuró:

-Son casi las nueve, querida, y presiento que Nicolás debe estar por apretar el timbre. Así que maquillate, perfumate y estate lista -salió de la habitación y se volvió desde la puerta para dedicarle una sonrisa alentadora.

Jimena rió para sí misma. "¿Estoy planeando acostarme con un hombre y busco el ala de mi mamá? Hasta la indulgente Nadia se burlaría". Se puso en acción para no hacer esperar demasiado a su pretendiente. Estaba constatando su obra terminada, cuando sonó el timbre. Un segundo de pánico le disparó el corazón y acalambró la boca de su estómago.

-¡Jimena! ¡Ya llegó Nicolás!

La voz de contralto de su mamá la arrancó de la inercia. Se puso la chaqueta, tomó el bolso y bajó. A diez escalones del descanso sus ojos captaron la sonrisa socarrona de Juan, la de orgullo de su madre y la fascinada de Nicolás quien, omitiendo a su amigo, le tendió la mano cuando bajaba el último peldaño.

-No creí que te pudiera ver más hermosa -le dijo, besando su mano.

Ella sonrió. La presencia del hombre era tan concreta que le transmitió una pasmosa certidumbre de intimidad. Besó a su madre y atacó a su hermano:

-¿No tenés otra cosa que hacer aparte de sonreír como un tonto?

Juan la atrapó por un brazo y la besó en la mejilla:

-No te enojés, rulitos, que te ponés muy fea -y se alejó aprisa para evitar un pellizcón.

Nicolás, que secundaba a Jimena, le echó una mirada calmosa. Su amigo lo detuvo un instante:

-Cuidala... -le exigió en voz baja.

Nico enfrentó su mirada y le contestó con serenidad:

-Con mi vida. ¿Es suficiente?

Juan los vio alejarse y los saludó cuando partían hacia la zona que a él le estaba completamente vedada. Su hermanita había crecido y su amigo no le llevaba suficientes años como para ser su padre. ¿Pensó alguna vez en ellos como pareja para escamotear los datos de ambos? ¿Y si las cosas no funcionaban? ¿Perdería a un amigo? Mañana le ofrecería el trabajo. Lo envidió por poder concretar una situación soñada con la mujer que amaba. ¿La espera extinguiría lo que él sentía? ¿Podría desprenderse de los recuerdos para buscar una mujer real? ¿La falta de respuestas modificaría sus posibles relaciones? Con todos estos interrogantes entró a su casa y se preparó para encontrarse con dos amigos que lo habían invitado a cenar.

 

Capítulo XIII

Nico caminó detrás de Jimena hacia la mesa que había reservado para la cena de esa noche. Había pedido que los ubicaran en la terraza que daba al río. Una vez que estuvieron acomodados se deleitó mirando a su compañera. Pensó en cómo las circunstancias habían impedido que la conociera antes, que se privara de una presencia que ahora, si le faltaba, restaba sentido a su vida. Quería asegurarse de tenerla siempre a su lado, besarla y amarla como nunca lo había inspirado otra mujer. La deseaba tanto que disminuyó la frecuencia de su pasión a un apacible nocturno. Era la hermana de su amigo y debía ir con pies de plomo. La joven se sometió a las pupilas de Nicolás mientras admiraba el refinamiento del lugar. Al cabo, observó:

-¡Me encanta este restaurante! Pero es inalcanzable para mi ajustado presupuesto. Y el de mis amigas... -aclaró con un mohín explicativo.

Nicolás rogó que no se mostrara tan encantadora porque la tomaría en brazos antes de la cena. ¿Y no era que se había propuesto ir con tiento?

-Entonces lo conocías.

-Sí. De una vez que Juan nos invitó a una amiga y a mi. Porque le interesaba mi amiga, obviamente.

Nicolás se rió con ganas, arrobado por la expresión contrariada de la muchacha.

-Estoy seguro de que no se negaría a traerte si le hubieras dicho... -predicó a favor de su amigo.

-¡Jamás le hubiera dado el gusto! -se alborotó Jimena- Habría insistido en que abandonara la docencia para trabajar en su negocio. Y, ¿cómo podría decirte...? Nos queremos pero somos un poco tercos los dos. No. No hubiera funcionado.

Nicolás esbozó una sonrisa. Había asistido a varios lances entre los hermanos y pensaba que Jimena tenía un criterio acertado. Notó que la joven estaba un poco pensativa:

-¿Hay algo que te preocupa?

-¿Se nota demasiado? -preguntó con un gesto de disculpa.

-Me gustaría compartirlo -pidió Nicolás.

-Es con respecto a Nadia, mi amiga de Venado. Ayer la vi tan conmocionada que la acompañé a la casa para hablar con ella. Me dijo que estaba a punto de perder a su hijo y me contó la terrible experiencia que vivió hace dos años. En realidad, Daniel no es su hijo y por eso se lo van a sacar... No, se lo van a quitar porque es soltera...

-A ver, a ver... -Nicolás la contuvo tomándole una mano-. ¿Me contás desde un principio?

Jimena le lanzó una mirada agradecida y, tomando aire, trató de resumir en forma ordenada los acontecimientos del día anterior. Cuando terminó, tenía los ojos brillosos y el resabio de la angustia que había padecido. Nicolás mantuvo su mano sobre la de ella y la presionó con firmeza sin decir palabra. Cuando vio que la muchacha se reponía, habló:

-Por cierto que es un testimonio escalofriante el de tu amiga, pero seguramente su abogado encontrará la manera de que no le quiten al niño. Lo que te aconsejo es que no involucrés a Juan en esta historia. Él...  -vaciló- tiene su interés apuntado hacia otra mujer.

-¡No...!  Entonces es por eso que está distante y hermético. ¡No puede ser una buena mujer la que le cambió el carácter así! -afirmó Jimena.

Nicolás no podía creer que la noche especial estuviera desviándose hacia derroteros insospechados. ¿Debió hacerse el distraído ante la abstracción de Jimena? No. Porque ante cualquier cosa que la tuviera triste, quería ser su consuelo. De lo que estaba arrepentido era de haber aportado un indicio acerca de la ambigua situación de Juan. Pero se sintió obligado a apartar el interés de Jimena sobre su hermano. La joven hizo la pregunta que temía:

-¿La conocés?

-La vi una vez. Pero es un secreto que no me pertenece, querida -tomó sus dos manos-. Te prometo que el lunes me voy a ocupar de averiguar quien es el profesional más adecuado para asesorar a tu amiga.

Jimena bajó la cabeza desilusionada, pero celebró la actitud de reserva de Nicolás ante la confidencia de un amigo. Una mano abandonó la suya y la obligó a levantar la barbilla. Miró los ojos del hombre y tuvo la impresión de sumergirse en un remolino profundo y violento adonde era despojada de sus sensaciones más íntimas. Él se había inclinado sobre la mesa y sus rostros estaban arriesgadamente cerca. Lo escuchó decir:

-Quiero besarte.

A Jimena estas palabras, pronunciadas en tono concluyente, la regresaron a la esencia del encuentro.

-Yo también... Pero no en público -le respondió acuciada por verse en sus brazos.

Nicolás hizo un gesto al maitre que se acercó presuroso:

-¡Señor Torres! Enseguida le enviaré un entremés mientras ejerce el arte de la espera -dijo con afectación.

-Gracias, José. Pero tráigame la cuenta porque nos vamos a retirar -le contestó afablemente.

-Los platos están saliendo... -atinó a decir antes de someterse al pedido.

Nicolás la ayudó a ponerse la chaqueta y Jimena, por un momento, sintió las manos vigorosas vibrando sobre sus hombros. Cuando se iban, le sonrió al azorado mozo y le guiñó un ojo con un gesto que colmó la pasión de Nicolás. Hicieron el viaje en un silencio preñado de sensaciones que todavía no podían confesarse. El hombre ingresó a la cochera y, cuando se cerró el portón, ayudó a bajar a la muchacha. Entraron a la vivienda con la mutua certeza de que éste era el paso que esperaban desde que se conocieron. Nicolás se volvió hacia Jimena y la besó con las ansias de una vida esperando por ella. Sintió su respuesta primero contenida y luego abriéndose como una flor al imperio del sol. En la urgencia de sentirlo, la joven se dejó arrastrar hacia el dormitorio sin desasirse del abrazo ni separar los labios. Cayeron sobre la cama como una sombra agitada por murmullos amorosos, respiraciones excitadas, manos que desprendían ropajes hasta diferenciarse en dos cuerpos ansiosos de interactuar el uno con el otro. Jimena se abandonó al ímpetu de Nicolás que sintonizaba con su propia voluptuosidad. Las manos y la boca del hombre le develaron zonas de placer inexploradas que celebró con inéditos gemidos de gozo mientras sus manos reconocían el cuerpo musculoso y la pujante erección. Un estertor negativo brotó de la garganta de Nicolás ante la caricia de la joven que lo sacudió como un ventarrón y casi malogra su esfuerzo de postergar la consumación. Devastado por el deseo mantuvo en alto los brazos de ella y se sostuvo sobre un cuerpo maduro para el amor acallando con un beso el quejido de frustración. El poderoso dominio se le fue desintegrando ante el llamado de Jimena que lo invocaba para culminar el apareamiento. Se hincó entre sus piernas sosteniéndole aún las manos inquisitivas y la miró un instante más, entre los escombros de su control, antes de librarle los brazos. Jimena gritó excitada rodeándole el cuello y adelantando la pelvis al encuentro de su miembro que se alojó en el centro del deseo mutuo. La joven acrecentó el movimiento de sus caderas hasta precipitarse en el paroxismo de un orgasmo que lo habilitó para acompañarla hasta la plenitud. Después del apogeo continuaron un tiempo con los cuerpos unidos por un éxtasis que ninguno había conocido. Nicolás le despejó la cara de los rulos humedecidos por la transpiración y la besó en cada centímetro del rostro hasta hacerla reír. Se miraron maravillados de haber compartido esa experiencia que ni en sus sueños habían imaginado. El hombre se acomodó de costado y la atrajo contra su pecho. Un creciente sopor fue apagando los besos y los murmullos hasta ganarlos para el sueño.

Jimena despertó tratando de ubicarse en el lugar desacostumbrado. Poco a poco fue tomando conciencia del cuerpo de Nicolás envolviendo el suyo, de un brazo que se deslizaba por el hueco de su cintura, de otro que le cruzaba el torso desde el hombro, y de su espalda, nalgas y piernas amoldadas a la curva del anverso masculino. Un escalofrío la recorrió al revivir el enlace nocturno que había superado su mejor ensueño. Le costaba trabajo reconocerse en esa hembra sensual que despertó con las caricias de Nicolás y que evidentemente había reprimido en otras relaciones. Se apretó contra él disfrutando del agradable cosquilleo del deseo que sensibilizaba cada célula de su cuerpo nuevo. El hombre fue saliendo del sueño murmurando su nombre y ciñendo los brazos a su alrededor. La besó en la nuca, el cuello, hasta que ella volteó la cabeza para unir sus bocas. Él, pegado a su espalda, la dibujó parte por parte mientras los movimientos cadenciosos de la joven aumentaban la turgencia de su órgano sexual. Con la voz empañada por la pasión, le describió cuánto la amaba y la deseaba hasta que ella, enajenada, elevó una pierna sobre su cadera. Nico la sujetó contra su costado con un brazo y sosteniéndola por la cintura la penetró. Se movió despaciosamente, tratando de prolongar el júbilo de la unión y pendiente del creciente jadeo de la mujer que amaba, hasta que ambos aceleraron el ritmo para culminar en un estallido de indescriptible gozo. Los dos se buscaron para estrecharse en las postrimerías del placer, deseando compartir con el otro la prodigiosa sensación que les había deparado la complicidad amorosa. Jimena fue la primera en sucumbir al sueño murmurando "mi vida..."  Nico la imitó momentos después. Lo despertó la claridad que entraba por el ventanal y tomó conciencia de la hermosa mujer que dormía serenamente en sus brazos. Estaba apoyada contra su costado, la cabeza sobre su hombro y la mano descansando sobre su pecho. Inclinó la cabeza para besarla en la frente y contempló la boca entreabierta que había besado y lo había besado. La deseaba como el primer día y más, porque ahora sabía la felicidad que podía depararle. El estado de conciencia despertó los aguijonazos de su brazo acalambrado. Se movió tratando de no despertarla, pero Jimena abrió los ojos y le sonrió con tanto amor que acabó besándola por enésima vez. La acomodó sobre su cuerpo y le pasó las manos por la espalda, los glúteos, la entrepierna. Ella murmuró:

-No empieces lo que no vas a terminar...

-¿Qué apostamos...? -le respondió sobre la boca.

El metálico sonido de una alarma sobresaltó a la mujer. Nicolás la abrazó para tranquilizarla:

-¡Shh...! que es el monitor de la calle -sin soltarla, se inclinó hacia la consola y apretó un botón. Una imagen apareció en el visor.

Jimena lanzó un gritito de sorpresa, rodó hacia el flanco de Nicolás opuesto a la pantalla y se metió debajo de la sábana. Su hermano la contemplaba desde el cristal óptico. Nico se rió con ganas y le destapó la cara para besarle la nariz y explicarle:

-¡No nos puede ver, mi amor!

-¡Por Dios! Por un momento me hizo sentir como una adolescente en falta. ¿Qué hace aquí este desubicado?

-Querrá ajusticiarme por haberle robado a su hermanita -dijo Nicolás con una sonrisa que desmentía la conclusión.

-¡No le abras! -exigió la muchacha.

-Lo que ordenes, mi señora. Pero es posible que fuerce la entrada.

-¿Por qué haría eso?

-Porque irá hasta la cochera, verá el auto, insistirá con el timbre y, al no tener respuesta, pensará que pasa algo y romperá algún vidrio para entrar.

-¿Mi hermano es capaz de eso? -la joven lo miraba incrédula.

-De mucho más de lo que imaginás -contestó. Se volvió hacia la pantalla y comentó: -¿Ves? Ahora va hacia el garaje.

-Entonces -dijo Jimena- será mejor que te vistas antes que destruya la casa. Yo me voy a dar una ducha y espero que me recibas con un café -terminó con una sonrisa y un beso.

Nicolás se incorporó y buscó la ropa. Ya vestido, miró a la hermosa muchacha que estaba sentada en la cama, la sábana cubriendo su cuerpo hasta los hombros, el pelo revuelto y una sonrisa que le aceleró el corazón. Se sentó al borde de la cama, jugó con su pelo y la besó despaciosamente, saboreándola. Unos insistentes timbrazos los separaron. El hombre fue hasta la puerta y desde allí le tiró un beso. Cerró y se dirigió a la entrada. Antes de que la franqueara, se volvió a escuchar el timbre. Abrió y se encontró frente a su impaciente amigo:

-¡Menos mal que te levantaste! Ya estaba por asaltar tu casa -le dijo Juan.

-No tengo dudas -Nico se apartó para dejarlo pasar-. ¿Qué te trae tan temprano?

-Un café. Pasé la noche pescando con la intención de preservar mi mente, pero ni eso me sirve. Además no es tan temprano. Son las nueve -se detuvo-. ¡Ah...! Cierto que saliste anoche. ¿Volviste muy tarde?

Nico lo miraba con los brazos cruzados sobre el pecho. Juan lo midió un rato: rostro distendido, ojos con menos sombras que de costumbre, actitud levemente desafiante. Sumó a su hermana a esta ecuación y el resultado se hizo evidente.

-Así que avanzaron más rápido de lo que yo presumía... -luego se desdijo-. No sé qué tenía que presumir conociéndote. ¿Jimena está aquí?

-Se está duchando. ¿Vamos a la cocina? Me pidió que la esperara con el café -volteó sin esperar respuesta, esperando que lo siguiera.

Nico puso la cafetera y aguardó la reacción de su amigo.

-¿Qué significó para vos acostarte con ella? -le preguntó con voz neutra.

-Mirá, Juan. Estoy enamorado de Jimena hasta la médula y la quiero en mi casa ahora. ¡Qué digo...! La quiero en mi casa desde que la conocí. Y no te agradezco que me la hayas ocultado durante cinco años.

-¡Ja! En esa época apenas había terminado el secundario, sátiro. Además, ¿no sos vos el que cree en la predestinación? Lo que tenía que pasar, pasó. Y en el momento señalado -se quedó pensativo.

-Jimena no podría estar en mejores manos que en las mías, camarada. Y vos lo sabés -aseveró Nico.

-Ese es el problema, amigo. Nadie la querrá como vos, pero ¿qué futuro podés ofrecerle? ¿Noches de espera hasta la madrugada? ¿Alguna situación oscura que terminará por separarlos? -lo enfrentó Juan.

-Aunque no lo creas, yo también lo pensé. Hace una semana que estoy liquidando mi negocio. Después buscaré alguna actividad diurna -le respondió sucintamente.

-¡Qué bueno que allanaras el camino! -exclamó Juan-. Venía a ofrecerte trabajo en mi empresa.

-¿Por Jimena? -se contrarió Nico.

-Por Jimena y por mí. Sabés que necesito un hombre de confianza -corrigió Juan con tono amigable.

-Te agradezco, viejo. Pero no conozco nada de tu negocio -replicó a la postre.

-¿Aprenderías chino para conseguir a mi hermana? -le inquirió en tono risueño.

-Sánscrito si fuera necesario -declaró Nico-. Supongo que me vas a decir que interpretar tu actividad es más fácil que lo primero... Estoy de acuerdo si aporto la mitad para integrar una sociedad -condicionó.

Juan pensó que su amigo evidentemente no conocía el valor de su empresa. Sin pretender subestimarlo, aclaró:

-Actualmente tengo un capital de trescientos mil dólares.

-Me figuro que a tu hermana le harás alguna diferencia. ¿Valen ciento treinta mil dólares?

Ahora el empresario estaba sorprendido. Se dijo que esa inyección de dinero le permitiría agrandar el emprendimiento mucho antes de lo que pretendía. Pero le quedaban cosas que aclarar:

-¿Qué tiene que ver mi hermana en esto?

-Que si aceptás, la mitad estará a nombre de Jimena -dijo Nico sencillamente.

-La que no va a aceptar, es ella. Tiene un riguroso sentido de la equidad -le anticipó.

-Ya encontraré argumentos. Como venías con un plan y yo te propuse otro, tomate tiempo para pensarlo.

Juan no sabía como aclarar una inquietud sin mencionar las actividades non sanctas de Nico. Pero la decisión que debía enfrentar merecía el riesgo:

-Como propuesta me parece factible y beneficiosa. Sólo me resta saber si los fondos que disponés no serán disputados en algún momento.

-¿Cómo vas a pensar que arriesgaría a la mujer que amo y a mi mejor amigo con este ofrecimiento? Lo que me queda es un resto después de salir del circuito. Nadie puede reclamarlo -dijo Nico en tono de reproche.

-Tenía que asegurarme y no por mi negocio, ¿lo entendés?

-Sí. ¿Hacemos el trato? -extendió la diestra.

Juan respondió de inmediato. Se miraron satisfechos de la nueva relación que los unía.

-¡Menos mal! Esperaba verlos irse a las manos y en cambio se las están estrechando -dijo Jimena alegremente.

El hermano la miró y vio a una mujer que resplandecía desde adentro. Con simulado enojo le dijo:

-¡Qué bonito, eh...!

-Te diré que algo más que bonito... -dijo desinhibida mientras lo besaba en la mejilla.

Se acercó a Nicolás y se refugió en los brazos que le tendía. El hombre la miró amorosamente y la besó en los labios. Se desasieron con una sonrisa de privacidad y ella pidió:

-Un café, por favor... -y a su hermano:- ¿Se puede saber por qué me estás siguiendo?

-No te entusiasmés, Rulitos, que no venía por vos -dijo riendo-. Lo que te gustará saber es que desde ahora Nico y yo estamos asociados.

-¿En serio? -dijo agradablemente sorprendida. Miró a Nico que estaba sentado:- ¿Ya no tendrás un trabajo nocturno?

Él la tomó de la mano y la impulsó hacia sus rodillas. Jimena apoyó la frente sobre la de Nicolás hasta el final anunciado de un prolongado beso. Juan se sintió complacido de verlos tan enamorados y se entregó resignado a la estocada de los recuerdos no resueltos. No habría para él momentos de plenitud como los de la pareja porque ninguna mujer sería la desconocida del bar. Aunque no se permitía confesarlo, los días transcurridos sin resultados le menguaban la esperanza. Jimena se incorporó y le dijo:

-A pesar de tu miopía, te agradezco por preocuparte por mí. Aunque mejor harías en elegir una buena compañía y no esa que te cambia el carácter para peor.

-¿Qué...? -Juan se tomó de los brazos del sillón y fulminó a su amigo con la mirada.

Nico se acercó a la joven y le tapó la boca con la palma de la mano mientras la abrazaba:

-¡No he dicho más que tu interés es hacia otra mujer para que no se ilusionara en casarte con su amiga! -alcanzó a decir hasta que Jimena se liberó.

La muchacha, echando chispas por los ojos, le reprochó a su hermano:

-¡Semanas preocupándonos por vos con mamá, y todo por el capricho de estar con una mala mujer!

-¡Hey, hey! -dijo Juan, irritado- ¿Cuándo vas a crecer, niña novelera? Lo único que falta es que pretendas transformar mi vida con tu varita mágica.

-¡Sos un desagradecido que no se merece las tribulaciones de nadie! ¿Cómo pude pensar que un egoísta que no se interesa por su madre pudiera ser compañero de la mejor mujer que conocí? -replicó al borde de las lágrimas.

Nicolás estaba consternado. Se acercó a Jimena pero ella lo rechazó moviendo las manos. Juan trató de justificarse:

-¡No digas que no me interesan ustedes porque no es cierto! Y no sé de donde salió eso de casarse, pero concedeme que es grotesco.

Jimena se llevó las manos a la cara y sus hombros se estremecieron levemente. Había pasado de la felicidad más exultante a la pena más intensa al recordar la desdicha de Nadia. ¿Cómo podía ser ella tan feliz cuando su amiga estaba sufriendo la pérdida de su hijo y encima su hermano la menospreciaba? Buscó una silla enceguecida por las primeras lágrimas y estaba absolutamente desconsolada cuando se sentó. Los dos hombres, que la querían de distinta manera, habían caído en las garras de la impotencia al no poder contener a la joven.

-¡Hermanita, hermanita...! -exigió Juan- ¡No podés obligarme a que me case con tu amiga!

-¡Yo no quiero que te cases! -sollozó Jimena- Sino que la conozcas...

-¿Me querés decir en que cambia la situación y por qué te ponés así? -se arrodilló a su lado.

-¡Vos que vas a entender si nadie te importa! -hipaba su hermana- ¿Y cómo puedo reír cuando Nadia no tiene esperanzas? -lloró acongojada.

Juan se cruzó con la mirada acusadora de Nico y se doblegó:

-¡Jimena...! -la tomó de los hombros- ¡Jimena! Está bien, la voy a conocer. Pero no pasará nada de lo que te imaginás. Y va a ser la última chifladura tuya que acepte. ¿Vas a dejar de moquear?

Su hermana bajó lentamente las manos para mirarlo con ojos inflamados por el llanto. La tomó de las muñecas y la besó en la frente.

-¿La... vas... a conocer? -preguntó con voz entrecortada.

-Sí. ¿Me vas a volver a querer? -le preguntó acariciando su cabeza.

Jimena lo abrazó impetuosamente y le garantizó:

-¡No te vas a arrepentir, Juan! Estoy tan segura... -se levantó de la silla y anunció:- Me voy a lavar la cara.

Pasó al lado de Nico y le alborotó el pelo. Allí quedaron los dos, azorados, tratando de comprender como se habían metido en el ojo del huracán.

-Te compadezco, Nico, porque esta mujercita te manejará como quiera. ¿No viste cómo se compuso cuando se salió con la suya? -lo espoleó.

-Estaba realmente apenada por su amiga. Ayer me contó las adversidades que viene soportando desde la adolescencia y ahora, por ser soltera, están por quitarle a un niño que considera un hijo.

-¿Ustedes pretenden que me convierta en el padre de ese niño? -exclamó Juan estupefacto.

-Escuchame, Juan. Dos o tres horas de charla y dejarás conforme a tu hermana. Yo le prometí buscar al mejor abogado para que represente a su amiga y así lo haré -Nico le exigía colaboración.

-¡Ya dije que sí! Pero preparate para consolarla cuando me vaya a la mierda -advirtió Juan.

-Como te dije, ya encontraré argumentos -cerró su amigo.

Jimena regresó con la cara más compuesta y se refugió en los brazos de Nicolás. Juan, arrepentido de su promesa, miraba el jardín detrás del ventanal. La voz de su hermana lo apartó de la introspección:

-¿Te parece bien que salgamos el martes a la noche?

-¿El martes? Sabés que trabajo hasta tarde. ¿Y vos no tenés que ir a Venado? Mejor el fin de semana -apeló a la logística para dilatar el encuentro.

-El miércoles es feriado y el fin de semana muy lejano. ¡Que sea el martes, Juan! -suplicó.

-Que sea el martes, entonces -repitió, sintiéndose candidato a la pena capital.

 

Capítulo XIV

Nico estacionó frente al barcito de la costanera adonde lo había citado Juan. La llamada del empresario había cambiado sus planes que eran pasar a buscar a Jimena a las nueve para ir a cenar. Había reservado una mesa en el lugar adonde no llegaron a cenar la primera noche. Entró y buscó ubicación cerca del ventanal. Juan llegó con una expresión sombría que no le gustó. Nico esperó a que hablara.

-Nico, la reunión que programó Jimena para hoy es inviable. Lamento haberla aceptado en ese momento, pero creo que hasta por respeto a su amiga no debo ir.

-¿No le estás dando demasiada trascendencia a una simple salida? -preguntó Nico desconcertado.

-No. Mi hermana cree que su amiga y yo congeniaremos. La experiencia propia y ajena me enseñó que estas componendas fracasan en el noventa y nueve por ciento, y el desenlace lógico será que termine aborrecido por las dos. Y no me puedo dar ese lujo, amigo. No ahora que me siento demasiado vulnerable al mirar en tu espejo lo que no será mi vida -detuvo con un gesto la respuesta de Nico:- Vos sabés lo que es querer a una mujer y cumplir el sueño de tenerla. Te pido que te pongas en el lugar de un tipo que está cada vez más alejado de esa realidad y que pienses en las ganas que tendrías de participar en una farsa.

Nico observó que la cara de su amigo había pasado de las sombras a la apatía propia de quien ha perdido la esperanza. Se planteó de qué manera podría ayudarlo y se amargó pensando que hacía meses había renunciado a una búsqueda infructuosa. Le puso la mano sobre el hombro y le preguntó:

-Decime que querés que haga.

Juan le descargó una mirada de mudo agradecimiento. Tomó aire y le dijo:

-Que te hagas cargo de las dos mujeres cuando comprueben que yo no voy a aparecer. No te mando al degüello porque esta conversación nunca tuvo lugar. Mostrate tan sorprendido como ellas. A Jimena le va a dar una pataleta, pero vos sabrás como calmarla. En cuanto a la amiga, pasará un momento de incomodidad, pero no tan negativo como una presentación sin resultados. Creeme, Nico, que esto te lo voy a agradecer toda la vida.

-Está bien, pero desconectá el celular porque Jimena me va a intimar a que te busque en cualquier lugar. Y tratá de no aparecer en tu casa ni en tu departamento al menos hasta mañana a la tarde. ¿De acuerdo?

Juan asintió y apagó el celular. Se levantó y le extendió la diestra a su amigo. Después salió.

Nico se pasó la hora siguiente imaginando cuál sería la reacción de Jimena ante la ausencia de su hermano, y temiendo que ella descubriría la complicidad. Cayó en la cuenta de que nada lo amedrentaba más que malquistarse con esa joven que había cambiado el sentido de su vida, por lo que se prometió extremar sus dotes actorales en bien suyo y el de Juan. A las ocho y media se levantó, pagó y se encaminó a buscar a Jimena. La madre lo recibió en ese primer encuentro fuera del sanatorio:

-¡Nicolás! ¡Me alegro de verte! -lo besó en la mejilla- Vamos a la cocina a esperar a las chicas.

El hombre, un poco intranquilo, fue tras ella. Verónica le hizo un gesto para que tomara asiento y le ofreció:

-¿Te sirvo un café?

-No, gracias Verónica. Acabo de tomarlo conj... un amigo -terminó, rogando que no hubiera notado el lapsus.

La mujer miró hacia el reloj de la cocina y comentó:

-Parece que Juan está un poco atrasado. Debe tener mucho trabajo... Podrían haber programado un almuerzo para mañana y esta noche comer en casa para que no se hiciera tan pesado.

Nico asintió con una sonrisa de circunstancia. Por la puerta de la cocina ingresó un niño de unos cuatro años, calculó el visitante.

-Buenas noches -saludó con una seriedad desusada en un chico de su edad.

Nico le devolvió el saludo y Verónica lo abrazó con una gran sonrisa:

-¡Por fin viniste!  -se dirigió a Nico:- Te presento a Daniel, el hijo de Nadia. Dani, él es Nicolás, el novio de Jimena.

Dani aceptó la mano que le tendió Nico con estudiada circunspección y le preguntó a bocajarro:

-¿Se van a casar?

Nico se rió francamente. Percibió que Verónica estaba pendiente de su respuesta:

-Si ella me acepta, cuanto antes. ¿A vos qué te parece? -se inclinó con aire de complicidad.

-Que te va a decir que sí. Dijo mamá que la tía Jimena está "trestornada" -le confió.

Nico y Verónica cruzaron una sonrisa ante la infidencia de Dani. Por distintos motivos, ese chiquillo taciturno los había prendado. Los dos tenían presente el triste pasado y el incierto futuro de Daniel. La madre de Jimena le preparó un sándwich caliente y un vaso de jugo de naranja, y puso un almohadón sobre la silla para que alcanzara la mesa. Dani no se olvidó de darle las gracias antes de atacar la comida. Nico se programó al escuchar la voz de Jimena. En un momento asomaría por la puerta y él tendría que dar cátedra de actuación. La joven lo vio y, dándole apenas tiempo para incorporarse, corrió a sus brazos con una exclamación de alegría. Nico la ciñó y respondió, con la mesura propia de la exposición pública, al amoroso beso que ella le ofrecía. Apretó la cabeza enrulada sobre su hombro y se le fue borrando la sonrisa. Detrás de Jimena una aparición observaba la escena con aire regocijado. Se apilaron siglos hasta que la voz de Verónica rompió el encantamiento:

-¡Querida Nadia, que linda que estás!

Nico permanecía petrificado, oprimiendo la cabeza de Jimena contra su pecho como si quisiera guardarla de una visión aterradora. Ella se liberó con una risa sofocada y se volvió en dirección a la recelosa mirada del hombre. No vio más que a Nadia a quien corrió a presentar:

-Nicolás, ella es Nadia, por si no te hubieras dado cuenta -dijo con un mohín risueño, y dirigiéndose a su amiga:- Él es Nicolás.

El ex barman le tendió la mano automáticamente esperando que sus dedos estrecharan el vacío. Pero no. La mano de la muchacha por la que Juan desvariaba, respondió con suave firmeza a su apretón bajo la mirada consternada de Jimena que esperaba una recepción más calurosa.

-Encantada, Nicolás. Jimena no se cansa de hablar de vos -dijo con una risa límpida.

Nico la imitó con el fin de reponerse. "¿Un año y medio de búsqueda inadecuada? ¿Juan negándose por meses a un contacto? ¿Huída de un compromiso? Y esto, ¿quién lo arregla?", pensó.

-¡Son las nueve y diez...! -exclamó Jimena alarmada- ¿Adónde estará Juan? Lo voy a llamar al celular - salió hacia el comedor.

Nico volvió a sentarse y estudió a Nadia que charlaba con Verónica y Daniel. "Es ella, y tan hermosa que lo volvería loco a Juan. Si no le hubiera dicho que apagara el celular... Pero ¿cómo suponer que Nadia era nuestra desconocida y que vendría de la mano de su hermana? ¿Cómo se compadecía la triste historia de la joven con la de una noche de alcohol y violencia?"

La entrada súbita de Jimena interrumpió sus disquisiciones. Se paró frente a él con los brazos en jarra, y dijo preocupada:

-Llamé al celular. Está desconectado. Llamé al negocio y no contestó nadie. Le hablé a Estela y me dijo que Juan se había ido a las siete y media. ¿Le habrá pasado algo?

-Seguramente no, querida. Habrá alguna razón para el retraso -trató de tranquilizarla conciente de que mentía.

-¿Cómo no avisó...? -dijo contrita.

Nico estaba seguro de que esa noche terminaría mal. Se contuvo para no llevarse a Jimena y guardarla en su casa. Verónica se acercó:

-¿Puedo saber qué pasa? -dijo, comedida.

-Es tarde y Juan no aparece... -se lamentó su hija.

-¿Lo llamaste al celular?

-Y al negocio, y a su secretaria. La última vez que lo vio fue a las siete y media -enumeró.

Hubo un silencio expectante del cual Nico no se hizo cargo, aún suponiendo que perdía puntos frente a Jimena. Verónica lo rompió:

-Nicolás -le pidió- ¿podrías llamar a sus conocidos?

-Seguro.

-Traé tu celular, hija. Vamos a descartar un accidente -ambas se dirigieron al comedor.

Nico hizo la parodia de llamar a varios números delante de Nadia, a la espera de que madre e hija agotaran su investigación. Cuando regresaron, Nadia se les unió.

-No tuve suerte con ningún amigo -informó Nico.

-Tampoco está en ningún hospital o comisaría, afortunadamente -enfatizó la madre.

-¡A un hospital va a ir a parar cuando yo lo agarre! -exclamó su hermana llorosa.

-Presumo que están hablando de Juan -terció Nadia-.Si están tranquilas respecto de su suerte no se hagan problema por mí -.Se acercó a su amiga y trató de minimizar la situación:- ¡No te apenes, Jimena! Esto no es una catástrofe... Podemos ir a comer con Nicolás. Si él quiere... -levantó la mirada hacia el hombre.

Nico se sentía un miserable delante de las dos hermosas mujeres. Maldijo interiormente a su amigo y se apresuró a contestar:

-Rotundamente, ¡sí! Verónica, ¿no te gustaría acompañarnos? Y llevaríamos a Daniel, por supuesto -aclaró.

A Dani le brillaron los ojos, pero Verónica lo abrazó cariñosamente y respondió:

-Gracias, Nicolás, pero Dani y yo tenemos planes para después de comer, ¿verdad? -le dijo tocándole la punta de la naricita con el índice.

El pequeño sonrió y afirmó con un movimiento de cabeza.

-Entonces, mis hermosas damas, vamos -Nico le ofreció un brazo a cada una.

Las jóvenes se despidieron de Verónica y Dani y aceptaron el brazo que el sonriente Nico mantenía a la espera. El trayecto hasta el restaurante estuvo cargado por el callado enojo de Jimena y la culpable conciencia de su novio. Un primer incidente aportó a disminuir la tensión: fueron recibidos por el mismo maitre que cuatro días atrás asistió a la precipitada salida de Nico y Jimena. Cuando lo vio, la muchacha recuperó la expresión pícara de esa noche.

-¡José! ¿Verdad? -le dijo, dedicándole una sonrisa radiante.

-¡Señorita! ¡Señor Torres! ¡Han regresado y con una compañía celestial...! - ponderó melosamente. Hizo señas a un mozo que se acercó diligentemente:- Acompañe al señor Torres y a las damas hasta la mesa luxor.

Las mujeres, disimulando la risa fueron las primeras en volverse para seguir al mozo. Nico las alcanzó y tiró un rulo de Jimena:

-¡Ya me la vas a pagar...! -susurró a su oído, deslizándole un beso.

Ella rió estremecida y le apretó una mano. El mozo ayudó a sentarse a Nadia y Nico a su novia. Después de elegir la comida, el camarero les acercó unos tragos con canapés. Mientras comían los bocadillos charlaron animadamente. Nico se sorprendía cada vez más del atractivo y la dulzura de Nadia. Asumió que su amigo tendría que sortear muchos obstáculos antes de conquistar a esa muchacha. "Posiblemente te salve el impedimento que tiene para conservar al chico. Ella aceptará cualquier propuesta razonable. Depende de vos hacerla y luego ganártela", le habló a su amigo interno. Se fue tranquilizando a medida que elaboraba los impensados acontecimientos del día. La abstracta mujer de su amigo tenía nombre y paradero. El principal impedimento estaba subsanado. De modo que se dedicó a disfrutar de la compañía de Jimena y de Nadia. Cuando estaban bebiendo una copa de champaña, la hermana de Juan trajo su deserción al tapete:

-Todavía no me puedo reponer de la conducta de Juan, Nadia. Siento vergüenza ajena -le dijo a su amiga.

Nadia sonrió llanamente. Después apretó la mano que Jimena había posado en su brazo y le contestó:

-Si digo que por un momento no sufrió mi amor propio, mentiría. Pero yo no estaba de acuerdo con esta introducción, Jimena. Así que puedo entender a tu hermano. No quiero que este trance los enfrente. Prometémelo...

Jimena la miró desmoralizada. Su hermano mayor, su ídolo, la había defraudado con una actitud inmadura impropia de un hombre de treinta años. Nico no perdía detalle del cuadro que tenía enfrente: una adorable rubia de pelo largo y enrulado con una expresión de desamparo que pedía ser suprimida a besos y una bella morena de pelo lacio y bruñido que la miraba con una ternura que se perdía su calamitoso amigo. Jimena volvió sus ojos hacia él:

-Decime la verdad, Nicolás, que no me voy a enojar. ¿Juan te insinuó algo o apareció alguna mujer...? -sus ojazos le pedían que no la decepcionara.

-NO a tus dos interrogantes, mi amor -recalcó, dándose el lujo de no mentir porque su muchacha había hecho las preguntas equivocadas.

Y aunque hubiera continuado con las dos hasta el día siguiente (mentira, con Jimena) sabía que no debía arriesgarse más y que debía ubicar a Juan cuanto antes. Acarició la mejilla de su novia y dijo con pesar:

-Lamento tener que proponerles el regreso, pero mañana tengo una reunión a primera hora.

-¡Si mañana es feriado! -recordó Jimena.

-No para terminar de liquidar mi negocio -respondió rápidamente Nico.

La joven se resignó y pronto las depositó en casa de Jimena. Nadia lo saludó con un beso en la mejilla, le agradeció la velada y entró para que pudieran despedirse. Su rubia estaba de perfil, medio distante y con la cabeza semi inclinada. Nico la atrajo hacia él y dejó que reposara la cabeza sobre su pecho sin ejercer ninguna presión. Jimena preguntó en voz baja:

-¿Estuve tan desacertada al querer que Juan conociera a Nadia?

Nico la apretó contra su corazón y le contestó convencido:

-Pase lo que pase, no podrías haber hecho nada mejor... -la besó prolongadamente sin poder contener su pasión.

Jimena se olvidó del mundo por un momento glorioso en que su cuerpo fue la caja de resonancia del deseo recíproco. El hombre reaccionó cuando la mano de ella intentaba bajarle el cierre del pantalón.

-¡No, no, no, mi amor! -la detuvo y la llenó de besos para compensarla-. Mañana vendrás a mi casa y creo que no te dejaré ir más... - dijo con voz quebrada por la postergación.

La joven se repuso con un gemido y lo besó dulcemente antes de bajar del auto y correr hacia la entrada. No quiso volver a saludarlo porque sabía que subiría al auto y se iría con él. Cerró la puerta y entró al estudio donde su madre había dejado una luz encendida y unas masas dulces sobre una mesita ratona. Nadia la esperaba inspeccionado un antiguo giradiscos del que Juan no había querido desprenderse.

-Bueno, acabó una noche accidental -declaró al entrar.- ¿Querés que pongamos un poco de música?

-¿Por qué no? -asintió Nadia, y preguntó señalando un estante de puerta vidriada:- ¿Estos son los discos?

-Sí. Elegí lo que te guste mientras busco algo para tomar. Total, no es muy tarde y después nos vamos a dormir -declaró con desenfado.

Nadia rió y se agachó para revisar los antiguos álbumes que contenían los discos de vinilo.

 

Capítulo XV

Juan estaba manejando hacia Rosario cuando pensó en conectar el teléfono. Desistió pensando en las puteadas que tendría acumuladas de su hermana. No estaba satisfecho con la decisión que había tomado intempestivamente y acordaba con Nico en que le había dado a la salida más trascendencia de la que tenía. Cuando lo dejó en el café subió al auto decidido a pernoctar en Buenos Aires y conectarse con su familia al día siguiente. A la mitad de camino pegó la vuelta cuestionándose por la imagen que le dejaría a su hermana y a esa pobre chica que no necesitaba agregar más conflictos a los que tenía. En la oscuridad de la autopista la soledad lo apretó más que nunca. Envidió a su amigo y a su hermana, a cualquier ser humano que tuviera pareja y hasta a la amiga de Jimena que por lo menos tenía un hijo por quien luchar. Salió de la autopista a las doce de la noche decidido a afrontar las consecuencias de su torpeza. A las doce y media dejó el auto en la estación de servicio para no despertar a quien durmiera con el ruido del portón de la cochera, "¿o para deslizarme sigilosamente en mi dormitorio y aplazar hasta la mañana cualquier explicación?", se imputó. Salvo la luz que su madre dejaba encendida para que apagara el último en llegar, la casa estaba silenciosa. "Todavía no volvieron", pensó con alivio. Entró calladamente y se asomó al estudio para comprobar si Verónica había dejado las golosinas de costumbre que le aliviarían el hambre. Como Nico, se quedó de piedra en la entrada viendo cómo la mujer que lo obsesionaba estaba graciosamente acuclillada revisando sus discos. Por miedo a que desapareciera trató de grabarla en sus retinas mientras ella estudiaba con interés una tapa que sostenía en su mano, el pelo negro despejando el perfil expuesto y cayendo como una cascada sobre el otro. Recorrió el contorno del rostro y el cuello hasta detenerse en una boca que deliraba por besar. Como si no fuera dueño de sus actos se acercó silenciosamente y se doblegó frente a ella. Nadia levantó la mirada con sobresalto para encontrarse ante un rostro masculino que sólo la perturbó en las primeras etapas del tratamiento sicológico.

-Lo siento... -dijo el hombre con voz sofocada, y repitió:- ¡Lo siento tanto...!

Jimena, que había presenciado sin interrumpir la abstracción de su hermano y su acto de constricción, escuchó asombrada una disculpa que sugería mucho más que un desaire. Juan le tendió la mano a Nadia quien, maquinalmente, entregó la suya al pedido masculino. Él se incorporó lentamente, impulsando a la joven hasta quedar enfrentados en un reconocimiento recíprocamente lamentado. Jimena quebró la extraña atmósfera colocando la botella y los vasos sobre la mesita.

-¡Ah..., Nadia! Veo que has tenido el honor de conocer al hijo pródigo.

Su amiga se volvió con la expresión de quien sale de un trance. Juan, claramente conmocionado, se marchó de la habitación sin responder a su ironía. Las jóvenes se sumieron en un expectante silencio que ninguna intentó interrumpir. Jimena tuvo la certeza de que entre su hermano y Nadia preexistía un conocimiento que ninguno había confesado. "No. Nadia no me mentiría. Mi hermano es capaz de ocultarme cosas pero mi amiga no. Entonces, ¿por qué esta escena? ¿Por qué se fue tan alterado que no pude hacerle ningún reproche?"

La voz de Nadia la volvió a la realidad:

-Es mejor que me vaya, Jimena.

-¿Estás loca? Dani descansa y no pensarás despertarlo... -le respondió con energía.

-Es que vos no entendés... -insistió con desaliento.

-¡Por supuesto que no voy a entender si nadie me dice nada! -reaccionó con énfasis, y luego, en tono cariñoso:- Andá a descansar que mañana será otro día, como dicen. Prometo no molestarte con preguntas.

Nadia vaciló como si quisiera decirle algo, después salió sin romper el silencio. Jimena, completamente desvelada, amagó servirse una copa. Después, con gesto decidido, levantó la botella y los vasos y marchó al dormitorio de su hermano. Golpeó dos veces y entró sin ser autorizada. Juan estaba vestido, sentado en el sillón y fumando un cigarrillo con aire ensimismado. No pareció sorprendido al ver a su hermana. Ella arrimó una banqueta y se sentó a su lado. Antes de hablar, sirvió dos raciones de wisky y le tendió una.

-Hermano mío, de aquí no me voy hasta que me digas que significó esa escena entre Nadia y vos -y antes de que protestara:- Me lo debés.

Juan la escudriñó con gesto displicente y siguió fumando.

-Mirá, Juan, ya estoy harta de ocultamientos, de actitudes distantes, de callarme la boca porque mi hermano se pueda ofender. Ahora te metiste en un terreno de mi propiedad y tengo derecho a saber por qué mi amiga se quiso ir.

-¿La dejaste ir? -saltó Juan inquieto.

-Te agradezco el concepto que tenés de mí -le respondió enfadada.- Ahora que reaccionaste, te escucho.

Juan apagó el cigarrillo y bebió un sorbo de wisky. Después, observando el vaso levantado, dijo:

-¿Brindarías con un violador? Porque eso es tu hermano.

-¡Me estás mintiendo! Vos serías incapaz de forzar a una mujer, ¿con qué necesidad? -demandó Jimena.

-Hace un año y medio que estoy tras Nadia, es decir, tras una mujer de la que abusé y después busqué con la intención de reparar mi conducta - manifestó con crudeza-. ¿Seguís pensando que miento?

-Sigo pensando que esa explicación no basta. ¿La secuestraste o la metiste de prepo en tu auto? ¿La amenazaste con un arma? ¿La golpeaste? -lo provocó.

-No hice nada de eso -respondió su hermano con mansedumbre- pero no intenté comprender el porqué de su comportamiento. Ya ves por qué nunca te hablé de ese encuentro. Cuando la vi esta noche, tuve la certeza de que nuestros cruces estaban marcados por la fatalidad. ¡La ignoré dos veces, Jimena! -la voz se le quebró dolorida.

Su hermana lo abrazó sin que se resistiera. Al cabo, preguntó:

-¿Qué sentís por ella?

-¿Me creerías si te digo que estoy enamorado de una mujer que conocí unas horas y no volví a ver?

-Sí. Porque desde que la traté anhelé que fuera tu compañera. No sé por qué esa conexión fue tan penosa, pero creo que deberías aclararla para no perderla -lo exhortó.

-Se volverá a ir como la primera vez...

-¡Por sobre mi cadáver! ¿Adónde está mi hermano animoso? -trató de sacudirlo.

-Tratando de juntar sus pedazos desde hace un año y medio -repuso con sencillez.

Jimena lo miró con ternura y le acarició el rostro expresivo. Cuando lo abrazó para despedirse, él la estrechó por un momento:

-Gracias, Ji, por tu indulgencia...

Esta vez ella no acusó recibo del sobrenombre. Lo besó y se marchó a su dormitorio maquinando cómo impedir que Nadia se fuera antes de hablar con Juan. Su amiga dormía en la cama contigua con un aire de abandono que le punzó el corazón. "No, la vida no puede ser siempre tan difícil para vos. ¡Por favor, permitile a Juan que se explique y perdonalo!", rogó.

 

Capítulo XVI

Juan salió de su dormitorio a las seis de la mañana sin haber pegado un ojo. La urgencia por encontrarse con Nadia superaba el cansancio de una jornada saturada de revelaciones. Se había duchado y cambiado de ropa con el fin de refrescar su cuerpo y su mente. La casa estaba tan silenciosa como la calle en ese día feriado. Preparó la máquina y se sentó a esperar que pasara el café. Temía que ella no quisiera hablar con él, que no aceptara su arrepentimiento, que siempre pensara en lo miserable que había sido. Pensó en si era mejor que no se hubieran tropezado nunca para que él pudiera conservar la esperanza. Ahuyentó esa especulación temerosa y se dijo que, ahora que la había encontrado, pelearía por ella como como un fundamentalista. Antes de que la cafetera anunciara con un carraspeo que la infusión estaba lista, la muchacha que lo desvelaba entró a la cocina. Al verlo, retrocedió sorprendida. Juan se incorporó y sofrenó su estampida:

-¡Nadia, por favor... no te vayas! -suplicó.

La joven vaciló pero no intentó marcharse. Juan, sin acortar la distancia, le propuso:

-Vayamos a desayunar afuera... -y repitió con ansiedad:- ¡Por favor!

Nadia observó al hombre que creyó no volver a encontrar. Se dijo que si no hubiera sido el hermano de Jimena no hubiera aceptado otro contacto. "¿Será que no terminan mis pruebas y debo retroceder a un pasado que estaba superando y perder a mi mejor amiga?" pensó. Asintió con un gesto y se preparó para afrontar otra privación.

-Voy a buscar la llave del auto -le hizo saber Juan, esperando encontrarla cuando volviera.

Para su alivio, Nadia lo esperaba en el mismo lugar. Lo siguió hasta la calle sin palabras como esa noche que tanto le pesaba en la conciencia, con la diferencia de que él se sentía capaz de sobrellevar el silencio de la inexistencia sólo por tenerla a su lado.

-El coche está en la otra cuadra -le informó, animado de tener cualquier intercambio con ella.

-Está bien -le respondió con cortesía.

Juan condujo hacia el barcito de la costanera adonde se había encontrado con Nico el día anterior. A esa hora estaba bastante concurrido por grupos y parejas que volvían de bailar. Encontraron una mesa retirada del bullicio y el hermano de Jimena encargó el desayuno para consagrarse después a mirarla abiertamente. Nadia se dejó escrutar con un imperceptible aire de arrogancia que aumentó el deleite del hombre al percibir su turbación y aplacó el temor de no poder reparar la conducta de antaño. Se inclinó hacia ella ávido de su indulto:

-¡Ojalá pudiera disculparme sin mencionar esa noche nefasta! -le dijo, conmovido- Pero si te sirve de consuelo, el recuerdo de mi indiferencia me atormenta desde entonces. Te busqué, Nadia. Para confesarte mi mezquindad y extirpar tu imagen maltratada de mi cerebro...

-¡Por favor, Juan, no digas más...! -lo interrumpió- Vos no podías saber que esa noche me sentía responsable de una muerte y que me habían arrebatado a Dani... Entré a ese lugar para embriagarme porque que me aterraba la idea del suicidio. Después, tu oferta coincidió con mi necesidad de castigo y, tal vez, el instinto de conservación quiso neutralizar el deseo de muerte con el sexo... No lo sé... Nunca te recordé con hostilidad. Sólo un poco avergonzada... -terminó en voz baja.

Juan la miró enternecido. Sujetó su mano que descansaba sobre la mesa y preguntó con voz contenida:

-Entonces, ¿no sumé más desdichas a tu vida?

No -dijo con serenidad.- Y lamento que te hayas torturado todo este tiempo.

"¡Dios!  ¿Cómo podría no amarte si sos tan dulce, tan bella, tan comprensiva? ¿Cómo superar la espera de tenerte en mis brazos hasta ganarme tu amor y tu confianza? ¿Cómo aguardar para demostrarte que puedo brindarte placer en lugar de dolor? ¿Cuándo serás cabalmente mía?...", quería saber Juan. En lugar de eso, preguntó sin soltarle la mano:

-¿Por qué dijiste que eras responsable de una muerte?

Nadia sintió que podía confiarle a ese hombre los estigmas de su existencia. Resumió sin dramatismo la pérdida de su familia, la relación con Andrés y Daniel y el suicidio de su pareja. Habló de su recuperación por obra del amor a Dani y su temor a perderlo. Juan la escuchó sin interrumpir, salvo la suave presión de la mano cuando ella parecía vacilar. Finalizó el relato sin poder evitar un suspiro tembloroso. Al hombre lo acometió una mezcla de admiración y pesadumbre al pensar lo sola que había afrontado tantas calamidades. Deseó haberla conocido antes que Andrés con una pasión que avasallaba la razón, porque sentía celos del suicida que la había poseído primero. "Estoy desvariando. Ahora tengo que ayudarla a conservar al niño", se increpó. Miró el café que se había enfriado y las tostadas sin probar, y le propuso:

-¿Qué te parece si vamos a buscar a tu hijo y volvemos a desayunar juntos?

A Nadia se le encendió la mirada.

-¿En serio? -preguntó con una sonrisa que aceleró el corazón de Juan.

Él rió con ganas renacidas. La sensación de júbilo le invadió cada célula del cuerpo desplazando la melancolía que arrastraba desde el primer encuentro. Volvieron a la casa a las nueve de la mañana y encontraron reunidos en la cocina a Nico, Dani, Jimena y Verónica.

-¡Pero si está la familia en pleno...! -exclamó Juan alegremente.

Estrechó la mano de su amigo al pasar para abrazar a su madre y a su hermana que lo miraron sorprendidas. Después se agachó para quedar a la altura del pequeño:

-Hola, Daniel, yo soy Juan. ¿Un abrazo de amigos? -le propuso, abriendo los brazos.

El niño sonrió y le echó los bracitos al cuello. Juan lo sostuvo contra su pecho añadiendo una razón más para su empresa amorosa. Se levantó reteniendo a Dani por la mano y preguntó:

-¿Ya desayunaron?

Verónica fue la primera en contestar a pesar de que tenía mil interrogantes:

-Todos menos Daniel, que recién se levanta.

-¡Magnífico! -profirió su hijo- porque veníamos a invitar a Daniel para desayunar en el parque.

-¿Y le voy a dar de comer a los patos? -preguntó el niño, entusiasmado.

-A todos los bichos que quieras -confirmó Juan.

-Nadia, -terció Jimena- ¿podrías prestarme tu pañuelo de seda azul?

-Vamos -contestó, y las amigas marcharon tras el imaginario accesorio.

Verónica se movió inquieta hasta que manifestó:

-Enseguida vuelvo -y salió con presteza.

Nico y Juan se miraron y largaron una carcajada que provocó en Dani una mirada inquisidora.

-Nos reímos porque estamos contentos -le dijo Juan.- Apenas vuelva Nadia nos vamos, ¿querés?

El niño asintió y se dedicó a observar al canario que estaba al lado de la ventana.

-¿No son deliciosamente previsibles las mujeres? -afirmó más que preguntó Nico.

-No te confiés demasiado -opinó su amigo.- Siempre sospeché que podemos meternos en sus cuerpos pero no en sus mentes. ¿O nunca te sorprendieron?

Nico no pudo menos que pensar en el ardor con que Jimena aniquiló sus prejuicios acerca de las hermanas menores de los amigos. Hasta que ella no respondió a su pasión la tuvo identificada como a una frágil colegiala y, ¡por Dios! que era toda una mujer. Sonrió y no contestó a la pregunta, declamando en su lugar:

-Así que sueño y realidad formaron la unidad perfecta y mi amigo recuperó la ilusión de vivir. ¿O me equivoco?

-En absoluto. Pero ahora estoy frente al verdadero desafío. ¿Pensaste alguna vez en la posibilidad de no conquistar a Jimena?

-¿Que si lo pensé? Me desvelaban la idea y los miramientos con relación a un hermano mayor -dijo Nico circunspecto.

Juan lo miró con sorna. Sabía que Nico arremetía como un rinoceronte para conseguir lo que deseaba y no lo hubiera detenido ninguna consideración en su camino hacia Jimena. Afortunadamente, para su integridad, el rinoceronte era un gato enamorado en manos de su hermanita. La aparición de las mujeres movilizó a grandes y chicos. Daniel corrió hacia Nadia y se abrazó a sus piernas hasta que la muchacha lo alzó para besarlo amorosamente.

-¿Vamos a ir a darle de comer a los patos? -insistió el niño.

-Si tu mamá está lista... ¡ya! -contestó Juan.

Nadia bajó a Daniel y lo tomó de la mano. El trío saludó a quienes se quedaban y salió rumbo al parque. A Nico no se le escapó la expresión distendida de las mujeres. ¿Alguna vez se enteraría de lo que habían hablado? Jimena le anunció a su madre:

-Ma, Nicolás y yo vamos a dar un paseo, pero volveremos a almorzar. ¿Está bien?

-Me parece excelente que aprovechen este día soleado -dijo Verónica con una sonrisa- Ya que salen, traigan el postre...

Ambos aseguraron que si y se despidieron. Nico preguntó cuando estaban en el auto:

-¿Adónde vamos a disfrutar del sol...?

-A tu cama solar, cariño -rió Jimena.

El hombre no necesitó más explicaciones.

 

Capítulo XVII

Nadia miraba cómo Juan y Daniel alimentaban a los patos y a una abigarrada colección de aves que pululaba a orillas del lago. El niño se mostraba tan feliz como en los primeros tiempos de convivencia con Andrés, cuando lo rescataron de la sombría casa de sus tías y pudo recuperar el amor paterno. La invadió una dolorosa ternura al pensar en los pocos momentos felices que disfrutó el pequeño en su corta existencia. No podía desconocer la relevancia del hombre que estaba cumpliendo en este momento la función de padre, porque Daniel lo había aceptado sin las usuales reservas de una criatura herida. El único hombre que había frecuentado su casa después de la muerte de Andrés era Luis, a quien de vez en cuando invitaba a cenar. Tenían una relación imprecisa que ella prefería no innovar: porque no se desesperaba por la compañía masculina, porque no estaba enamorada y porque no quería alterar la armoniosa convivencia con Dani. Esta abierta afinidad que manifestaba por el hermano de Jimena no la tenía con Luis y, a decir verdad, con nadie. Con los ojos entrecerrados por el resplandor, examinó a Juan. Lo primero que rescató fue la risa comunicativa que promovía la respuesta de Daniel y el interés con que se brindaba al niño. Después apreció la figura delgada y moderadamente musculosa, los flexibles movimientos para corresponder a las demandas del incansable Dani, y su rostro. Ese rostro que había sepultado con el recuerdo de una semana siniestra y que por la ley de probabilidades era inverosímil que volviera a ver. Mientras ella en ese año y medio se dedicó a olvidarlo, él la buscó. Nadia no lo despreciaba porque ella promovió la humillación de esa noche, leve castigo para una homicida con el corazón destrozado por la pérdida de Daniel. Le sorprendía la secuela que el episodio dejó en Juan cuando ella lo había transformado en un encuentro sexual sin trascendencia. El hermano de Jimena se acercó llevando al pequeño sobre sus hombros. Cuando llegaron a la mesa, inclinó la cabeza y deslizó a Daniel sobre una silla.

-Voy a buscar algo fresco para tomar. ¿Alguien quiere algo?

-No. Gracias -respondió Nadia.

-¡Una Coca! -pidió el niño.

Juan se alejó sonriendo. Por un momento alucinó que Nadia era su mujer y Dani su hijo y estaban disfrutando de un domingo familiar. Lo embargaba una plenitud que trascendía lo instintivo para provocarle imágenes de estabilidad afectiva. Deseaba a la mujer, pero también anhelaba formar parte de la entidad que ella simbolizaba en comunión con el niño. Regresó con las bebidas y se sentó frente a Nadia:

-¿Un sorbo de agua de manantial que todavía no bajó de la montaña? -le ofreció, sacudiendo la botella para que saliera algo de líquido.

-¡No! -negó riendo - ¿No encontraste alguna más congelada?

-Es que le salvé la mano al chico de la expendedora; se le había puesto azul de tanto escarbar -explicó.

Nadia sumó a la risa un movimiento de cabeza y trasladó su atención a la botella de gaseosa que Daniel iba a tomar para comprobar que no estaba solidificada como el agua, lo que le valió un gesto de suficiencia por parte de Juan. El niño se levantó y le habló al hombre al oído. Él escuchó con los ojos entornados y expresión sonriente. Nadia observaba la perfecta escena familiar con la pesadumbre de comprobar las necesidades postergadas de Daniel. No sabía si este día despertaría ansias imposibles de satisfacer en el futuro, pero lo veía tan radiante por la proximidad de Juan que decidió dar tregua a su mente desengañada. "Al fin y al cabo -pensó- la vida te debe este momento de felicidad. Después estarán mis brazos para consolarte, mi amor".

-A pedido del caballero, vamos a remar al lago. ¿Qué te parece? -la voz de Juan la tornó a la realidad.

Dani esperaba su aprobación con los ojos dilatados por la ansiedad, rotando la mirada entre ella y su cómplice.

-Me parece bien, pero te aviso que nunca remé.

-Entonces, tendrán al mejor maestro -dijo Juan con estudiada pedantería.

-¡Vamos en bote! ¡Vamos en bote! -gritó Daniel abrazando a Nadia que lo estrechó besando su cabecita.

-¿Estás contento? -le preguntó, para que verbalizara su alegría.

-¡Sí! ¡Vamos a remar con Juan!

-Me parece que Juan va a tener que cargar con dos inútiles -se rió.

Juan le hubiera dicho que cargaría con ella más el niño en brazos hasta el fin del mundo, pero se limitó a hacerles una seña para que lo siguieran. Caminaron un trecho alrededor del lago hasta que encontró un bote que lo conformó. El barquero lo puso de costado para que subieran Nadia y Dani, y por último se acomodó Juan. Remó diestramente hasta el centro del estanque y allí se detuvo:

-A ver, Daniel, pasate a mi asiento -el niño se acomodó entre sus piernas.

-Lección número uno -siguió- Esos palos que asoman a tus costados Nadia, son los remos. Sostenelos con los nudillos hacia arriba... Eso es -aprobó.

Nadia intentó moverlos pero se le resbalaron sobre la superficie del agua salpicando a todos para alborozo de Dani.

-Lección número dos -continuó Juan riendo.- Nunca te anticipes a las instrucciones del profesor. Vamos a estudiar el movimiento de los remos. ¿Me seguís, Daniel? -el niño, con las manos apoyadas sobre las de Juan, asintió con gravedad.

En medio de estallidos de risas el hombre siguió desgranando las lecciones hasta que Nadia adquirió un ritmo que se ajustó al de él. El bote navegaba estable y serenamente impulsado por el progresivo entendimiento entre una mujer que afrontaba con entereza los embates de la vida y un hombre que, al cruzarse con ella, había revalorizado el concepto del amor. Se detuvieron debajo de un puente para coordinar la vuelta, identificados en una mirada de implícito entendimiento y una sonrisa de callada felicidad. Llegaron a la orilla y Juan bajó primero para recibir a Dani y después a Nadia que, debido a un movimiento brusco del bote, terminó asilada entre sus brazos. La intensidad del momento fue quebrada por la exclamación del dueño del bote:

-¡Se salvó por un pelo, señorita! Ayer, por culpa de esas lanchas a motor, dos estudiantes terminaron en el agua. Y no se lo recomiendo, ¡eh!... Con la mugre que tiene se puede pescar cualquier cosa...

Se separaron un poco turbados por el contacto de sus cuerpos y el innegable incremento de sus ritmos cardíacos. Nadia buscó a Daniel que los miraba extasiado y lo tomó de la mano para caminar hacia el auto mientras Juan pagaba el alquiler. Los alcanzó y asió la manita que le tendía el pequeño que retozó entre los dos hasta llegar al coche. Antes de arrancar, Juan escudriñó a Nadia:

-¿Lista? -le preguntó como si fueran a rendir algún examen.

-Lista -dijo ella con una sonrisa.

Llegaron a la casa adonde Verónica, Jimena y Nico los esperaban cerca de la una. La madre no necesitó aclaraciones con tan sólo mirar el rostro de su hijo que resplandecía como en sus mejores anhelos. Le abrió los brazos a Dani que corrió a darle un beso:

-¿Cómo le fue a mi niño preferido? -le dijo con cariño.

-¡Mejor! -exclamó Dani provocando la risa de los mayores- ¡Les dimos de comer los patos, los gorriones... tomé coca, fuimos a remar, mamá nos mojó...! -enumeró sin respirar.

-¿Cómo es eso? -preguntó Jimena.

-¡No sabe remar! ¡Juan nos enseñó y remamos los dos!

¡Pero qué bien...! -dijo Jimena- ¿Cuándo me vas a invitar a dar una vuelta?

-¡Hoy! -gritó Daniel entusiasmado.

-¡No le des cuerda...! -pidió Nadia riendo.

La hermana de Juan estaba exultante. Subió al niño sobre sus rodillas y lo besó, admirada del cambio que mostraba en tan corto tiempo. El niño melancólico se desvanecía detrás del afecto de Juan y de Nadia auspiciando una rápida maduración emotiva que ella, como maestra, se ocuparía de estimular. Mientras Verónica trataba de asimilar la vertiginosa realidad que tanto distaba de sus aprensiones de unos meses atrás, reconoció con alivio que su temor por el futuro sentimental de sus hijos era infundado. Los dos no vacilaron cuando se enfrentaron con sus posibles parejas. Jimena y Nicolás estaban indudablemente enamorados y Juan no ocultaba sus sentimientos por Nadia y por Dani. De la reunión de la mañana dedujo que la muchacha y Juan habían tenido un encuentro previo no muy afortunado pero que ella no guardaba ningún resentimiento contra su hijo. Jimena parecía muy empeñada en asegurarse que Nadia estaba bien y que el pasado no afectaría lo que Juan pudiera ofrecerle ahora. La madre no quiso escarbar en los detalles porque presumía que ninguna de las jóvenes se lo diría y, por alguna razón, ella prefería no enterarse. Pensó al mirarlos, rodeados de una atmósfera de alegría y concordia, que sólo el presente y el futuro contaban. "¿Quién hubiera dicho que me convertiría en abuela de un adorable niño de cinco años?", se dijo entusiasmada. Terminaron de comer a las tres de la tarde. Mientras las mujeres se ocupaban de limpiar los rastros del almuerzo y se entretenían con la charla de Daniel, Juan y Nico se ubicaron en el estudio.

-¿Cuál será el siguiente paso? -dijo Nico.

-Llevarla hasta Venado.

-¡Pero si vino con su auto...!

Juan lo miró como si lo hubiera golpeado. Como no estaba dispuesto a perderla de vista tan pronto, se acercó a su amigo y le pidió con voz sofocada:

-Descomponele el auto.

-¿...Qué te pasa? -Nico lo interrogó con un tono divertido que se extinguió cuando observó los ojos de Juan.- No... no lo dirás en serio.

-Hacé lo que quieras, pero que no pueda usar el auto... ¡Por favor! -le insistió Juan apretándole el brazo.

Nico sacudió la cabeza y se dirigió a la cochera convencido de que iba a cometer una locura en nombre de la amistad. Abrió el capó y sacó las bujías rogando que Nadia perteneciera a la media de mujeres que sólo sabían conducir. Cuando volvió al salón hubiera jurado que la maniobra se transparentaba en su cara. Jimena, aprovechando la ausencia de Nadia, le daba la lata a su hermano:

-¿Viste que tenía razón cuando te quería presentar a Nadia?

-A veces me congratulo de que algo flote en ese cerebro lleno de rulos -le respondió burlón.

Su hermana no se achicó:

-¿Y ahora qué me contestarías si fuera el domingo pasado?

-¿El domingo que...? -la mano de Jimena le tapó la boca mientras lo amordazaba con la mirada.

Juan la abrazó con una carcajada mientras Nico tuvo la satisfacción de ver el rubor que cubría el rostro de la muchacha cuando lo divisó por sobre el hombro de su hermano. Supo que ella revivía esa noche inolvidable que él no podía recordar sin desear que estuviera a su lado para siempre. Guarnecido en ese pensamiento, aceptó su acción de pillaje mecánico esperando haber colaborado con la felicidad de su amigo. Verónica, que asistía complacida a la escena, observó:

-¿No parecen los hermanos más afectuosos del mundo?

Nico asintió con una sonrisa. Jimena se liberó de Juan y se acercó hacia él con una mirada que contenía la garantía de todas sus expectativas. Le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza contra su pecho. Él la atesoró entre las manos y besó la frente ardorosa. Juan, apoyado en el marco de la puerta, se preguntó cuándo podría tener a Nadia abandonada a sus brazos. Y él, que era tan pragmático, que no reconocía más resultados que los procedentes de las acciones voluntarias, que difícilmente consentía con las casualidades, soñó con deshacer la madeja del tiempo para reconstruir su imagen en la memoria de la mujer que amaba. La vibrante vocecilla de Dani lo volvió a la realidad:

-¿Por qué nos vamos, mamá? -preguntaba casi lloroso.

-Porque el viaje es largo, mañana tengo que trabajar y vos tenés que ir a la escuela -explicaba Nadia con paciencia.

En la carita de Daniel se reflejaba la decepción por el ocaso de un día pleno de gratificaciones. Juan, íntegramente consustanciado con los sentimientos del niño y con la prerrogativa de un saber que sólo compartía con Nico, le revolvió el pelo y le dijo alegremente:

-¡Vamos... jovencito, que el fin de semana que viene iremos a ver los leones! ¿De acuerdo?

Dani levantó la mirada para legitimar la propuesta en el rostro del hombre con el que se había encariñado y sonrió cuando comprobó la veracidad en sus ojos.

-¿Vamos a ir, mamá? -inquirió ansiosamente.

Nadia, que tenía por costumbre no responder a Dani con evasivas, tardó un momento en contestar:

-Vamos a ir si Juan no tiene que trabajar -miró al hermano de Jimena ofreciéndole la posibilidad de una excusa.

-Ya está decidido, Dani -dijo Juan prestamente.- Como no tengo que trabajar, el sábado a la mañana los paso a buscar -y le dedicó a Nadia una sonrisa cándida.

-¿Y los vas a llevar a Verónica, Jimena y Nicolás? -indagó el niño que ya había instituido su olimpo familiar.

Juan, enternecido por la avidez afectiva de Dani, lo abrazó y le contestó festivamente:

-Cuando me compre un auto más grande. Pero el domingo vamos a comer todos juntos, ¿te parece bien?

-¡Sí! -respondió el chiquillo echándole los brazos al cuello.

A su alrededor, los mayores observaban la escena con el corazón desbordado ante la inagotable necesidad de cariño de Dani. Nadia pensó que aunque Juan no le gustara, primero estaban los sentimientos de Daniel. Al verlo abrazado al hombre se dio cuenta que el pequeño necesitaba algo más que su amor de madre, tal vez cubrir ese hueco que por poco tiempo ocupó Andrés. La sacudió la irracional certeza de que Juan sería el padre que necesitaba Dani y que ella haría cualquier sacrificio por la felicidad de su hijo. "¡Mentirosa! Si fuera Luis, ¿harías cualquier sacrificio?", se interrogó. Movió la cabeza como para desprenderse de esa voz interior que no le permitía mentir, y decidió ponerse en marcha:

-Bueno, Dani. Andá despidiéndote que nos vamos.

Daniel pasó de brazo en brazo y Nadia agradeció cálidamente las atenciones que les habían brindado. Después, precedidos por los hermanos y por Nico, se dirigieron a la cochera. Nadia abrazó a Jimena, besó a Nico y le tendió la mano a Juan. Él la sostuvo un poco más de lo adecuado mientras luchaba contra el impulso de besarla en la boca. La joven recuperó su extremidad y subió al auto esperando que Daniel se acomodara en el asiento trasero.

-Hablame apenas lleguen -le reiteró Jimena.

-Sí, seño -le contestó con una sonrisa.

Nicolás y Andrés se habían adelantado para abrir el portón. Nadia giró la llave de arranque y no se produjo ningún sonido. Sin preocuparse demasiado porque su viejo autito algunas veces se ponía caprichoso, volvió a intentar. Nada. Conectó el cebador y no logró obtener ningún ruido. Cambió una mirada de desconcierto con Jimena, que estaba atenta a los esfuerzos de su amiga.

-¡Hombres! -gritó Jimena.- ¡Dos mujeres en apuros os reclaman!

Los mencionados, como si hubieran estado paralizados, reaccionaron al toque:

-¿Ocurre algo? -preguntó Juan con inocencia.

-Que el auto no arranca, paspado -contestó su hermana, fastidiada por la poca atención de los hombres.

Nico también se había acercado haciéndose cargo del humor de Jimena. Con gesto de preocupación se dirigió a Nadia:

-Destrabá el capó -le pidió.

La chica asintió y Nico lo levantó para dedicarse a mirar con aire entendido el interior del motor. Tocó aquí y allá y volvió a pedir:

-Dale arranque.

Nadia intentó varias veces sin éxito. Ante el gesto de impotencia de Nico, intervino Juan. Repitió el examen de su amigo, dio la misma orden, y finalmente bajó el capó:

-No anda -dictaminó.

Las mujeres los miraron con aire de indefensión. Jimena no pudo contener un sarcasmo:

-¿Se puede saber para qué sirven los hombres si no son capaces de resolver un simple problema mecánico?

Nico, sonriendo por la salida y aliviado al comprobar que ninguna descubriría su sabotaje, la atrajo contra su cuerpo y le susurró al oído:

-¿Te lo digo ahora o a solas?

-¡Descarado! -lo empujó riendo- ¿Y ahora adónde vamos a conseguir un mecánico?

-Hoy, imposible -afirmó su hermano.- Yo los llevo, Nadia, y mañana me ocupo del auto.

-Pero... -vaciló la muchacha-es mucho pedir, y además el auto funcionaba bien ayer... Acabo de sacarlo del taller...

-Pero hoy no camina y me dará gusto llevarlos -aseveró Juan abriendo las puertas de Nadia y Dani.

A diferencia del júbilo del niño que prolongaba el contacto con Juan, su madre se mostró contrariada con el incidente. Subió al auto del joven con un mohín de enfado que provocó nuevamente en Juan el deseo de besarla. En su lugar, inclinó la cabeza para disimular una sonrisa y puso en marcha el motor. El saludo de su hermana y Nico se perdió al doblar en la primera esquina. Condujo en silencio hasta la entrada de la autopista porque Nadia, como si presintiera que la falla de su vehículo tenía que ver con él, se limitó a responder las preguntas de Dani.

-No te preocupés por tu auto que mañana se lo llevo a mi mecánico de confianza -dijo Juan para abrir el diálogo.

-Es que es raro... Me gasté los ahorros para dejarlo en condiciones de viajar y si tiene algo importante creo que es mejor mandarlo al depósito de chatarra -respondió desanimada.

-¡Seguro que es una pavada! Martín lo solucionará a la perfección -aseguró.

Nadia suspiró por toda respuesta. Juan estaba viviendo un momento irrebatiblemente impensado dos días atrás: estar en compañía de la mujer que amaba y en la de un mocoso que en pocas horas había ganado su cariño y despertado su instinto paternal. Deseó que la carretera no terminara para no tener que separarse, porque dejarlos le provocaba un insoportable malestar. La serena marcha del auto funcionó como sedante sobre Dani y Nadia. El niño se había estirado en el asiento trasero y dormía cubierto por una manta que su madre había extendido sobre él. La mujer apoyó la cabeza sobre el respaldo y se sumió en una creciente somnolencia que poco a poco impulsó su cabeza sobre el hospitalario hombro de Juan. Él manejó el resto del camino plenamente consciente del leve peso que sostenía, de su perfume y la cálida respiración que atravesaba su remera. Tuvo que despertarla al ingresar a la pequeña ciudad porque ignoraba donde vivía. Sin poder controlarse, rozó con sus labios la tersa frente. Después, temblando de ímpetu contenido, la sacudió suavemente:

-Nadia, Nadia... -la joven lo miró aturdida.- Llegamos. ¿Adónde queda tu casa?

Sus rostros quedaron temerariamente cercanos hasta que ella emergió del sueño, obligando al hombre a forzar su dominio al límite para no dejarse vencer por el persistente impulso de besarla. Nadia se enderezó con flexibilidad y le señaló un camino que Juan recorrió con inminente sensación de pérdida. Estacionó frente a la vivienda que le indicó y se ocupó de cargar a Dani hasta el interior para depositarlo cuidadosamente en la cama de su habitación. Después siguió a Nadia hasta una sala de estar amueblada con una mesita ratona de tapa vidriada, sillones confortables, una biblioteca que ocupaba el ancho de una pared repleta de libros acomodados informalmente y una mesa de trabajo con un ordenador. Ella le hizo un gesto para que se sentara:

-Voy a preparar café -le anunció.

Juan, que hubiera bebido cicuta con tal de quedarse, asintió con una sonrisa y se acomodó en un sillón. La habitación era pequeña pero acogedora. Varios cuadros adornaban las paredes y su brillante colorido lo movió a observarlos de cerca. Le sorprendió ver que estaban firmados por Nadia al comparar esos paisajes vitales con la realidad de una existencia signada por la adversidad. Como una revelación, sintió cuál era el papel que debía jugar él en esa vida que no había decaído pese al infortunio: sería el hombre que con su amor la compensara por todos esos años de pérdidas y contribuiría a que pudiera conservar al niño. La joven, cuando volvió con la bandeja del café, lo encontró contemplando los cuadros.

-No los mires con ojos de artista, por favor -le pidió.

Juan se volvió con la expresión de quien ha descubierto un tesoro y sin decir palabra, tomó la bandeja y la depositó sobre la mesita. Se sentaron en un silencio henchido de preguntas no formuladas, de suposiciones no confirmadas, de deseos confinados. A Nadia la inquietó la mirada con la que Juan respondió a su comentario porque estaba cargada de significados que ella no se atrevía a explorar. La presencia del hombre la llenaba de una reconfortante seguridad que, ahora que lo pensaba, nunca había sentido entre esas cuatro paredes, ni siquiera cuando vivía con Andrés. Su recuerdo arañó la cicatriz que había adquirido con la terapia y la proyectó a la noche en que había conocido a Juan. Si nunca lo culpó por su conducta, fue por reconocer cuánto había influido ella en el resultado. Se admiró por haber superado la primitiva vergüenza del encuentro que no la turbó cuando se volvieron a ver, "Él tuvo una actitud que despojó a ese episodio de cualquier connotación humillante", reconoció, y se preguntó si alguna vez podrían vivir un episodio amoroso que desplazara al primer encuentro. Juan la volvió a la realidad:

-Esas pinturas -observó- me hablan de una alegre muchacha que ama la vida. ¿Escuché bien? -sonrió.

-Aunque parezca insólito, aprendí a valorar lo que me queda en lugar de llorar lo que perdí. Amo a Dani, a mi trabajo, a mis amigos y eso me hace feliz.

-¿A nadie más? -preguntó Juan con incertidumbre.

-Si te referís a un hombre, a nadie más.

Juan sintió un inmenso alivio ante la declaración de Nadia y una alocada desazón por no haber escuchado pronunciar su nombre. Se burló de sí mismo al pensar en lo absurdo de su deseo cuando entre ellos sólo mediaba una noche negra y un día de sol. "Pero yo te quiero tanto, pequeña, que te voy a persuadir de que algún día me sumes a los objetos de tu deseo", le prometió a su amada interior. Miró el reloj y decidió que era hora de partir.

-Me voy, Nadia. Mañana te avisaré cuándo estará listo el auto -dijo levantándose.

Por un momento, alucinó ver un brillo de decepción en la mirada de ella. Nadia lo precedió hasta la puerta y cuando llegaron al coche estacionado frente a la casa, Juan se dijo que la besaría aunque fuera el último acto de su vida. La joven, con las manos entrelazadas detrás del cuerpo, lo miró con tanto candor que le infundió el dominio necesario para retomar su estrategia de moderación. Se inclinó sobre el rostro codiciado, rozó la suave mejilla con sus labios y subió al auto con la expresión de un crío que hubiera comido su golosina preferida.

-Hasta mañana -dijo con voz ronca.

-Hasta mañana -le contestaron con una deliciosa sonrisa que alborotó el ritmo de su corazón.

Juan hizo el viaje de vuelta silbando y soñando, exaltándose con la esperanza y reprimiendo los temores. A las nueve de la noche estacionó en la cochera de su casa e ingresó al estudio adonde Jimena lo estaba esperando.

-¿Qué hacés aquí, Rulitos? Te hacía con Nico.

-¿Y me iba a perder tu inefable expresión de tonto? -dijo su hermana abrazándolo.

Juan la apretó con una risa feliz que Jimena hacía tiempo no le escuchaba.

-¿Y que pasó...?

-¿Qué va a pasar, tonta? Los llevé hasta la casa, tomé un café y me vine -le respondió burlón.

-¿Nada más?

-Nada más que se me calcinaron los huesos por no besarla y decirle todo lo que siento... -confesó su hermano con un suspiro.

-¡Ay, Juan! ¿Cómo no aprovechaste la oportunidad que te ofreció el destino? Por algo el auto se descompuso...

Su hermano largó una carcajada que a Jimena le sonó intempestiva. Después, poniéndose serio, reconoció:

-No quise apremiarla...

-Bué, estás acabadamente enamorado. Pero que tu recato no sea excesivo, a ver si te gana de mano el librero...

-¿Quién?

-Luis, el dueño de la librería, que ya no sabe qué hacer para que Nadia lo acepte como marido.

-Lo mato... -el tono fue concluyente.

-¡Ja, ja! -se burló Jimena- Vos no te dejés estar.

-¿Por qué mañana no te vas con su auto? -dijo Juan inesperadamente.

-Primero, porque lo tiene que ver un mecánico y yo estaré en Venado a esa hora. Segundo: ¿con qué me vuelvo?

-Yo lo reviso de nuevo. En una de esas funciona. Y después te iría a buscar... -casi le rogó Juan.

Jimena se mordió una uña y lo miró con los ojos entornados.

-Aquí hay gato encerrado... ¿Vos le metiste mano al auto...?

-¡Juro que no! -exclamó Juan- Pero los nervios a veces te traicionan...

-Y las ganas de llevarla...

-Si lo pongo en marcha, ¿se lo llevarás? -insistió.

-Siempre que me vengas a buscar. Aunque para eso no necesito que me lo jurés ¿no?

Juan la calzó por la cintura y le dio dos vueltas antes de depositarla en el suelo. Después la besó ruidosamente y le aseguró:

-¡Sos la hermana más fantástica del mundo! ¡Te quiero, Ji!

Jimena estaba azorada por las expresas manifestaciones de cariño de Juan quien, si bien fue siempre un hermano protector, gustaba de hostigarla con sarcasmos para no afrontar la debilidad del afecto confeso.

-¿Sabés que es la primera vez que me decís que me querés?

-Y la última -le contestó juguetón-El resto se lo dejo a mi amigo. Ahora voy a ver el auto. ¡No te acostés hasta que te avise!

Juan salió y a poco Jimena escuchó el ruido de un motor en marcha. Sonrió y pensó que esta vez el destino había sido su hermano.

 

Capítulo XVIII

Verónica estaba preparando las tostadas cuando Juan bajó a desayunar. Vino a saludarla con paso vivaz y la sonrisa recuperada:

-¡Buen día, preciosa! ¿Qué tenés de bueno para un hijo famélico?

Ella respondió a su beso y atajó las rodajas que salieron disparadas de la tostadora ante la diversión de Juan.

-¡En vez de reírte, podrías regalarme una nueva, guasón! -le dijo dándole un coscorrón.

Juan la sentó en sus rodillas y sin parar de reír, la sujetó por la cintura y la besó en la cabeza. Verónica le acarició el pelo donde antes lo había castigado y se incorporó risueña:

-Mi niño grande... estoy tan feliz de verte con este talante que espero que nada lo modifique.

-¡Ya salió mamá gallina! No tengas miedo, confío en que todo saldrá bien -suavizó su expresión.

-Estás yendo demasiado temprano al negocio. ¿Tenés que recibir alguna partida?

-No. Pero hoy empieza a trabajar Nico. Y tengo que transferirle muchas responsabilidades a ese grandulón.

-Juan, la veo a tu hermana tan enamorada de ese hombre, que a veces me asusta...

Juan se levantó y la tomó por los hombros para que lo mirara. Hizo que confrontara sus ojos antes de hablar:

-Mamá: si tuviera la menor duda de que Nico fuera una desgracia para Jimena, intervendría aunque ella me odiara. Pero él la adora y es mejor que se correspondan, ¿no te parece?

-Sí -dijo pensativamente.-Supongo que mis aprensiones se deben a que mis pichones levantan vuelo al mismo tiempo... -y con una sonrisa apagada:- Es que no puedo soslayar la idea de que ya no me necesitan más... Ridículo, cuando hace unos meses me preocupaba por la apatía de Jimena y tu incomprensible soledad...

Juan abrazó con fuerza a esa mujer que había luchado sin compañía para salir adelante con la responsabilidad de dos hijos y lamentó que en ese camino hubiera olvidado sus necesidades personales. Comprendió el vacío que dejaba la concreción de sus aspiraciones maternales y quiso asegurarle su incondicional afecto:

-¡Escuchame, súper mamá! Desde ahora, en vez de lidiar con Jimena y conmigo, vas a tener que hacerte cargo de al menos tres personas más. ¿Es demasiado poco para llenar tu vida? -la refutó, besándole la frente.

Verónica se largó a reír y lo empujó hacia la mesa.

-Tomá tu desayuno que ya terminó la hora de los lamentos -se sentó a su lado.- ¿Qué vas a hacer con respecto a la adopción de Dani? Me figuro que tendrás que tomar una decisión pronto, por lo que dijo Jimena.

-¡Ah, mamita...! Si fuera por mí, ya estaría casándome con Nadia. Pero no quiero que ella me acepte sólo por Daniel, así que pienso cortejarla hasta que sucumba, ¿qué posibilidades tengo? -sonrió traviesamente.

-Como mamá, opino que el cien por ciento. ¿Qué mujer podría resistirse al mejor hombre del mundo? -lo miró con el deslumbramiento de una madre.- Pero presiento que hay interferencias, ¿verdad?

Juan suspiró profundamente. "¿Por qué las madres son tan intuitivas?", pensó. Sus sentimientos no le permitían juzgar objetivamente las actitudes de Nadia. A veces ascendía montado en la certeza de la atracción correspondida y otras se precipitaba en la duda desesperante. El corazón le dio un vuelco al imaginar el momento en que la incertidumbre diera paso a una realidad que era insostenible sin Nadia estremecida en sus brazos. Verónica, que no perdía ningún gesto de su hijo, le acarició la cabeza y dijo con firmeza:

-A Nadia no le sos indiferente y Dani te recibió como el padre que necesita. El ingrediente que falta lo debe aportar un joven atractivo y susceptible a las privaciones sufridas por estas criaturas. ¿Podés?

-Tanto, mamá, que si no te equivocás en tus apreciaciones hoy mismo queda resuelta tu ecuación -dijo Juan impetuosamente.

-¡Andando, entonces! -fue la enérgica respuesta.

-¡Hola a todos...!

Jimena besó a su madre y a su hermano y se sirvió una taza de café mientras bostezaba.

-¿Se vendrá el mundo abajo hoy? Hace tiempo que no tengo el gusto de compartir el desayuno junto a mis dos hijos.

-¡Qué solemne! ¿De qué hablaban?

-De nada que te importe, latosa -fue la respuesta de su hermano.

-Seguí así que el auto lo vas a tener que llevar a remolque del tuyo -lo amenazó.

-¿Qué auto? -se interesó Verónica.

-¿No sabés? Don Juan quiere que me vaya en el auto de Nadia para tener la excusa de aparecerse en Venado.

-¿Cómo es eso? -preguntó Verónica risueña.

-Que le propuse a Rulitos que vaya en el auto de Nadia para devolvérselo, y yo la paso a buscar a la tarde.

-¡Excelente! -Verónica lo miró con aprobación.

Juan rió socarronamente al ver la mirada desconcertada de su hermana. Se levantó al tiempo que anunciaba:

-Ahora me voy a darle algunas instrucciones al ladrillo de Nico. ¿Le llevo saludos de alguien?

-Si lo decís por mí, tonto, lo haré personalmente -dijo su hermana.- Supongo que lo de ladrillo se refiere a que no es un mecánico tan excelente como vos...

-Esperame a las cinco, preciosa -puntualizó Juan mientras salía riendo.

-Me juego la cabeza a que este sinvergüenza le descompuso el auto... -le confió a su madre.

-Bueno, en la guerra y en el amor todas las estrategias valen -dijo Verónica divertida.- ¿No te alegra verlo tan entusiasmado a tu hermano?

-¡Sí, mami, de veras...! -Después, contemplativa:- La vida es una trama inmanejable, ¿verdad? Por más que tratemos de forzar los acontecimientos todo se da cuando debe ser. Yo debía conocer a Nicolás en un momento de extrema sensibilidad que le permitió mostrarme lo mejor de sí mismo, y Juan retornar a la vida de Nadia purificado por la culpa y la espera... A veces creo que la predestinación existe -asintió con un movimiento de cabeza.

-En ese caso, mi amor, ha sido generosa con ustedes.

Jimena sonrió. Le propuso a Verónica:

-Ya que me levanté temprano, ¿me acompañarías al centro? Después te invito a tomar un café al barcito nuevo de la peatonal.

-Dame un minuto para cambiarme y vamos.

Quince minutos después salieron en el auto de Nadia con el que Jimena se quiso familiarizar antes de lanzarse a la ruta. Después de comprar material para sus clases, recorrieron varios negocios para innovar los nunca colmados guardarropas y elegir algunos regalos para Dani. A las diez estaban confortablemente instaladas en medio de la peatonal y rodeadas de altos macetones con frondosas palmeras asentadas sobre coloridas flores. Cambiaron el café por unos tragos de fruta con un leve toque de alcohol y unos bocaditos agridulces.

-No quiero que entrés en detalles, pero decime si estoy equivocada cuando pienso que Nadia gusta de Juan a pesar de lo que haya pasado -requirió Verónica.

-No estás equivocada, y lo que pasó no debiera influir en los sentimientos de Nadia. Perdoname que no sea más explícita, mamá, pero es una confidencia de Juan que ni siquiera ella sabe que conozco...

-Lo único que me interesa es que sean felices.

-Entonces, ma, tus deseos serán cumplidos -dijo Jimena con una sonrisa radiante.

Nico y Juan estaban cómodamente instalados en la que había sido la oficina de Rodolfo y ahora ocuparía el flamante socio. Estela entró llevando una bandeja con el servicio de café para los dos hombres:

-¡Estela querida...!  ¿Cómo no haber traído antes a Nico para verme favorecido con tus atenciones? -le dijo Juan sonriendo.

-Esta atención, como bien dice, es para los recién llegados. ¡Pero no se malacostumbren! -sentenció festivamente al salir.

-Mañana vamos a tener que ir a la esquina. Desde una vez que torció el gesto cuando le pedí un café y pedí explicaciones, me chantó que la había contratado como secretaria y no como ordenanza. Así que dejé a su elección el servir café o no, y eligió que no. ¿Qué te parece?

-Que cualquiera hubiese hecho lo mismo -rió Nico acompañado por su amigo.

-Bueno, acomodá este lugar a tu gusto y decime si te falta algo. Esta tarde entre Zeballos y Estela te irán poniendo al tanto de la rutina del negocio. Acompañame ahora hasta el depósito para constatar el último envío así vas reconociendo los productos.

Nico lo siguió en tanto le preguntaba:

-¿No vas a estar esta tarde?

-La compliqué a tu amada para estar cerca de la mía -chanceó Juan.- Jimena se va a ir con el auto de Nadia y yo la pasaré a buscar por Venado.

-¿Irá a la ruta con un vehículo que no domina? -preguntó Nico reprobadoramente.

-¡Eh, eh... que no la conocés a mi hermanita! Cada coche que tuve casi pasó por sus manos antes que por las mías. Maneja mejor que yo. Además, ¿creés que tengo tan poco aprecio por mi vida estando vos de por medio para arriesgarla en una carretera? Y menos ahora, amigo, tan cerca de conseguir a la mujer que tanto busqué -le aclaró deteniendo la marcha.

Nico no perdió la mirada de suspicacia, pero no le pidió más explicaciones. Su celular sonó camino al depósito y la gravedad cedió paso a tal expresión de deleite que obvió cualquier interrogante acerca de quien lo llamaba. Juan se adelantó para respetar su privacidad y lo esperó en compañía de Zeballos a quien había interiorizado en la mañana de su nueva sociedad. Estaba sorprendido por la buena impresión que Nico había suscitado entre sus colaboradores. Lo vio entrar con cara de pascua y no pudo evitar una chuscada:

-¿Primer día de trabajo y ya te están controlando?

-Estoy dispuesto a comenzar las lecciones -afirmó su amigo, más allá del bien y del mal.

Juan movió la cabeza con resignación mientras Zeballos, que no sabía a qué venía la broma, sonrió por ver a su patrón con ese aire de jovialidad que hacía rato no exteriorizaba. Nico resultó ser un buen aprendiz y los impresionó por su buena memoria, las preguntas acertadas y la previsión de llevar un anotador que al mediodía rebosaba de pormenores. Antes de retirarse estuvieron a solas en el despacho de Juan:

-Esta tarde te largo solo -le dijo a su socio.

-¿Querés que me sorprenda? Ya sabía que tendría que ser baby sitter de tu negocio mientras vos te ibas de conquista -lo curtió Nico.

-Estoy dispuesto a proponerle matrimonio a Nadia... ¡ya! -siguió ansioso- ¿Vos creés que es apresurado?

Nico contempló a su joven amigo antes de responderle. Por su cabeza desfilaron los incontables momentos que habían compartido y la integridad de ese hombre al que su juicio había abandonado por unas horas. Cayó en la cuenta de que había pagado un precio más que justo por su debilidad y, sabiendo el tesoro que ofrecería a la mujer que amaba, le contestó enfáticamente:

-Creo que es hora, Juan. Los dos se necesitan por diferentes motivos y de vos depende que ella adhiera al tuyo. ¿Te digo más? Estoy seguro de que te quiere aunque todavía no lo tenga muy claro. Así que ¡buena suerte, socio!

-Gracias, Nico, por tus palabras y tus deseos. Estoy más asustado que cuando se cayó el avión...

Su amigo se sintió sobrecogido porque esa comparación definía la necesidad que Juan tenía de Nadia. A menudo se habían confesado que el terrible accidente que compartieron les había dejado una secuela de pesadillas que los acompañaría por siempre. Él, que no había temido sufrir el desaire de Jimena, comprendió la conmoción que amenazaba a Juan con sólo pensar en el rechazo de Nadia:

-¿Te voy a tener que recordar que ninguna negativa es para siempre y que los ganadores vuelven a la carga cuantas veces sea necesario? Y si no, nos queda el recurso de secuestrar a Dani y exigir como rescate una boda para recuperarlo...

Juan lo miró escandalizado pero, al cabo, se largó a reír cuando miró el brillo de afecto burlón que bailaba en los ojos de Nico.

-¡Sos un sátrapa! Mejor nos vamos a almorzar -lo invitó.

Salieron a la calle y Nico lo despidió con un abrazo confortador. Juan, fortalecido por su madre y su amigo, inició el lánguido tránsito hasta la hora en que emprendería el viaje más anhelado y temido de su existencia.

Encontró a Verónica y Jimena preparando la mesa para el almuerzo. Escuchó distraídamente su charla y comió sin apetito. Las perceptivas mujeres respetaron su estado de ánimo y no lo agobiaron con preguntas cuando se levantó sin terminar el plato y comunicó que se iría a recostar.

-Que descanses, hermanito -dijo Jimena con ternura- No te olvidés de mí esta tarde.

-No podría -dijo pasándole la mano sobre la cabeza enrulada- Y vos, andá con cuidado, que si te pasa algo mamá se queda sin hijos.

-¿Qué va a pasar? -dijo Verónica sobresaltada.

-Que el orangután me la juró si su princesa derrapa en el camino -contestó Juan seriamente y, deslizándoles un beso sobre la palma de la mano, se retiró teatralmente.

 

Capítulo XIX

Nadia pasó revista al atuendo de Dani, levantó la mochila de sus útiles escolares y lo tomó de la mano para llevarlo a la escuela. Hasta las cuatro de la tarde no vería a Jimena quien, como todos los miércoles y viernes, cumplía el horario de trece a dieciséis. En la puerta se topó con un hombre uniformado:

-¿La señorita Nadia Gómez?

-Soy yo.

-Esta cédula es para usted. Debe firmar la recepción -dijo tendiéndole una hoja sobre un cartón.

Nadia estuvo a punto de dejarla caer. Se sobrepuso y firmó el papel para luego dirigirse con Daniel hasta la parada de colectivos. Cinco minutos después llegó el transporte y ella subió con el niño. La conductora era una conocida que la acercaba hasta la biblioteca mientras no tuvo auto.

-¡Buen día, Emilse! Hoy tenés una alumna más -le anunció.

-¡Hola, Nadia! Será un gusto llevarte. ¿Y tu albóndiga?

-Quedó en Rosario. Se descompuso antes de volver, y menos mal que no nos dejó en medio del camino... -repuso- Sobre todo teniendo en cuenta que recién la había sacado del mecánico.

Nadia sentía que el papel le quemaba en las manos. Pero decidió que no lo leería hasta llegar a su trabajo. Sabía que era una nueva intimación para entregar a Dani y pensó en que ya debería enfrentar la situación. Emilse la distrajo con su charla hasta llegar a la biblioteca y bajó después de darle un beso a Daniel y saludar a sus compañeros. Hoy no era un día de mucho trabajo porque el lunes había actualizado todos los ficheros. La señora Ruiz la esperaba con un mate y las novedades de los alrededores. Cuando se quedó sola sacó la cédula con manos temblorosas:

..................... se le notifica que habiéndose hecho lugar a la demanda presentada por las señoras Mabel y Angélica Palacios a favor se su sobrino Daniel Palacios para que se escoja un hogar sólidamente constituido como medio más adecuado para el desarrollo del huérfano motivo de esta controversia, deberá entregarlo a las autoridades competentes en el término de cuarenta y ocho horas so pena de hacerse acreedora a las sanciones legales correspondientes.............................

Nadia tuvo que leerla varias veces para tomar conciencia del cataclismo que se avecinaba. Como había declarado ante Jimena, no podía pensar la vida sin Dani. Era más que un hijo propio, porque había nacido a la vida con sus cuidados y porque la fatalidad los había unido más que la felicidad. Ahora tendría que adoptar una decisión que no era precisamente la de entregar al pequeño. "Me entregaré yo", cruzó por su mente. No fue la figura de Luis la que representó al destinatario de su sometimiento sino la del hermano de Jimena. Un repentino rubor tiñó sus mejillas al asociar al hombre con el pensamiento de entrega. "Si estoy sola con mi desvarío...", arguyó, confundida por el sentimiento de exposición que le provocaba la idea. Apretó los párpados con fuerza para evitar que se desbordara el caos que gobernaba su cerebro e inició un concienzudo análisis de probabilidades. La lógica le decía que si se casaba, la restricción para aspirar a la adopción de Dani desaparecía. Por un momento odió al sistema que privilegiaba el cumplimiento de reglas ineptas sobre el bienestar afectivo de un niño, para concluir con la determinación de casarse con Juan. Se dio cuenta de que no quería más alternativa que esa y, como una revelación, percibió que la esperanzada grafía de su vida correspondía al contorno que el hombre había dibujado para ella y para Dani el día anterior. Incontables veces se acercó al teléfono para llamarlo y no encontró argumentos valederos para ese contacto. ¿Qué argumentos, tonta, sino la verdad? Y si buscás razones de peso, Dani es suficiente razón. Sólo faltan cuarenta y ocho horas. ¡Cuarenta y ocho horas...! ¿Le diré Juan casate conmigo porque si no me quitan a mi hijo? ¿O le diré Juan casate conmigo porque para mí existís a partir de ayer y pensarás que estoy loca pero resulta tan fácil enamorarse de vos? ¿Tengo que llamarlo por teléfono? ¿O pedir permiso en la biblioteca y tomar el ómnibus para verlo personalmente? Dirá que estoy chiflada... Me mirará extrañado y se reirá en mi cara... ¡No! Fue tan tierno con Dani y a veces me miró como si me quisiera... Estoy delirando... Tenerlos a los dos es ganar la lotería sin jugar... ¿Te estás flagelando de nuevo, Nadia? Hoy es más importante que el día de la autocompasión, porque ¡vas a perder a tu hijo si no reaccionás! ¿Qué te importa si te rechaza? Podés apelar a su conciencia, seguro que no te dará la espalda. Ah... pero vos querés más que eso... querés que lo haga por vos... No voy a hacer nada ahora. Primero hablaré con Jimena. Ella me ayudará...

-¡Querida niña! -la señora Ruiz la miró compasivamente- Acabo de hablar con la secretaria de la jueza Testini y me contó de la citación... -la discreción no figuraba entre sus cualidades.

Nadia la envolvió con una mirada de doloroso reproche que aceleró su oficiosidad:

-Si necesita testigos contra esas arpías, cuente conmigo. ¡No faltaba más!

-Gracias, señora Ruiz, lo tendré en cuenta -dijo Nadia desfallecidamente.

Un murmullo de voces la liberó de la curiosidad no deseada. Se levantó para atender a unos estudiantes que venían a retirar libros de consulta y se quedó en la recepción hasta la hora de cierre. Temía que la magistrada no contemplara otras posibilidades al divulgarse el fallo judicial. Cuando cerró la puerta de la biblioteca, una sola idea la dominaba: ponerse en contacto con Juan.

-¡Mire qué auto señorita! Nunca vi uno de esos... Y el conductor pega con el auto...

Nadia se volvió tras asegurar la cerradura y quedó suspensa en la anhelante mirada del hombre que necesitaba tanto como a Dani.

-¿Lo conoce, señorita? -la voz de la mujer destilaba curiosidad al desplazarse de un rostro a otro.

-Un poco -murmuró Nadia.

Se acercó a Juan sin dudar que los brazos que la albergaron hacía siglos que la esperaban. Apretada contra el corazón turbulento apostó a los milagros y la telepatía mientras sus agudizados sentidos componían el espectro de la felicidad que la colmaba: la firmeza del cuerpo que la contenía, el calor de la boca que arrullaba su nombre y acariciaba su frente, la certeza de que esa aparición era el preludio de una etapa de resarcimiento. En su primera noche de amor, se confiaron las inquietudes anticipadas que culminaron en el incontrolado abrazo de esa tarde. Juan, sin separarse, le encuadró la cara con las manos y se fue sumergiendo en sus ojos mientras bajaba la cabeza para besarla. Se apartaron temblando por la intensidad del momento cuando un cercano carraspeo los regresó a la presencia de la fisgona:

-¡Jem, jem! ¿No me va a presentar a su novio? ¡Ahora se podrá casar y darles por el traste a esas brujas! ¡Miren que mandarle una amenaza...!

La mano de Juan, tironeando a Nadia contra su costado, abortó la respuesta airada de la muchacha.

-Mi nombre es Juan -le tendió la mano con una sonrisa contagiosa.

-¡Es un placer! Yo soy la señora Ruiz, para lo que mande -respondió la mujer, embobada.

-Aprovechando su ofrecimiento, mandaría que todos se enteren que Nadia y yo vamos a casarnos cuanto antes. Ahora, si nos disculpa, vamos a buscar a Dani- le volvió a sonreír.

-¡No faltaba más! No hay que hacer esperar a un niño. Y no se preocupe, que cumpliré su orden.

Juan arrastró a Nadia hacia el vehículo tratando de contener la carcajada. Cuando cerró la puerta del acompañante, se inclinó sobre la ventanilla:

-¿Lo sabrá todo Venado antes de que termine el día?

-Espero que no sea desfavorable - se preocupó la joven.

El hombre subió al auto y la hizo volverse hacia él. Levantó suavemente su barbilla y le remarcó:

-Hace unos minutos me desesperaba por encontrar el coraje de decirte que te amo y que no quiero vivir un día más sin vos -y con una sonrisa:- y sin Dani, por supuesto. ¿Creés que renunciaría a este prodigio tan fácilmente?

-No, Juan. Pero tengo tanto miedo... -apoyó la cabeza contra el pecho masculino.

-Lo venceremos juntos -la besó y puso el coche en marcha.

Mientras se dirigían hacia la escuela, Nadia lo puso al tanto de la cédula judicial. Decidieron no alarmar a Daniel por el momento ya que Juan apelaría a un recurso de amparo al día siguiente. Jimena y el pequeño estaban aguardándolos en la puerta. La maestra no hizo preguntas porque la historia estaba escrita en los rostros de la pareja. Dani besó a su mamá y corrió a saludar a Juan.

-Andá con mi hermano que yo manejo el auto hasta tu casa -ofreció Jimena.

-¿Ya está arreglado? -se admiró Nadia.

-Sí. Es que Juan recuperó de golpe los conocimientos de mecánica.

Mientras Nadia y Jimena preparaban el café, Juan habló con Nico para que buscara un buen abogado que los representara a primera hora de la mañana. Las jóvenes aparecieron cuando estaba por cortar la comunicación. Su hermana, que había escuchado el nombre de su amado, le arrebató el teléfono y se enroscó en un sillón para cuchichear dulzonamente por un rato. Nadia atendió a Dani y sirvió café para los dos. Juan siguió sus movimientos con los ojos deslumbrados por una realidad que todavía no lograba aprehender: el cuerpo de Nadia colmando el vacío entre sus brazos y un beso respondiendo a todos sus interrogantes. Apeló a su condición de hombre práctico y se dejó impregnar por el deleite de los sentidos. Jimena, con una sonrisa reservada, se acercó y le devolvió el teléfono.

-¿Lo querés guardar de recuerdo? -chanceó Juan.

Ella le hizo una mueca y propuso:

-Aunque me muero por saber que pasó, creo que Dani debe ser el primero en enterarse.

Nadia se arreboló ante la elocuente mirada de Juan quien, sin vacilar, salió al patio en busca de Daniel. Volvió con el niño y lo sentó en sus rodillas:

-Dani, tu mamá y yo vamos a casarnos. ¿Qué te parece?

-¿Y vas a vivir con nosotros?

-Sí -contestó Juan un poco asustado de la gravedad del chiquillo.

-¿Y vas a ser mi papá?

-Si vos querés...

-¿Y no nos vas a dejar?

El hombre lo abrazó procurando transmitirle la seguridad que reclamaba. Dani se abandonó sobre el fuerte torso y cercó la cabeza de Juan entre sus brazos. Cuando el hombre alzó la vista, descubrió a Nadia con las mejillas anegadas en llanto. Besó al niño y lo depositó sobre el sofá al tiempo que se acercaba a la joven. La impulsó contra él mientras cauterizaba las lágrimas a fuerza de besos y palabras amorosas.

-¿Por qué llora mamá? -la vocecita de Dani sonó preocupada.

-Porque es una mimosa -rió Juan.- Quería un abrazo como el tuyo... -la devoró con la mirada.

Nadia suspiró y atrajo al niño sobre su pecho. El hombre los rodeó con sus brazos conformando una imagen que Jimena hubiese querido eternizar en una fotografía. Separaron sus cuerpos ligados por la invisible cadena del afecto y compartieron sus expectativas con Jimena:

-Tu turno, hermanita. Misteriosas circunstancias precipitaron un resultado que debido a mi temor de perder a esta belleza -besó la mano de Nadia- podría haber tardado... dos horas más -dijo con picardía.- En resumen, si la justicia lo exige nos casaremos antes que se cumpla el plazo de cuarenta y ocho horas.

-¡Dani, Dani! ¡Voy a ser tu tía de verdad! -voceó la maestra alborozada mientras lo abrazaba.

-¡Y Juan mi papá...! -recordó el niño.

-¡Y Verónica tu abuela!

-¡Y...! ¿Y Nico...?

-¡Tu tío, también! -Jimena estaba emocionada por el acrecentamiento familiar de Dani.

Juan atendió el celular y después se dirigió a las mujeres:

-Nico me consiguió una entrevista con su mejor abogado a las nueve de la noche, así que tenemos que partir -dijo apesadumbrado.

-¿No te quedás a dormir? -preguntó Daniel.

La salida del niño provocó una carcajada a Jimena y patinó el rostro de Nadia de singular seriedad.

-¡Eso quisiera! -dijo Juan socavado por el deseo- Pero hoy no puedo... Mañana o pasado, ¿vale?

-Vale... -aceptó el niño sin ocultar su decepción.

La hermana de Juan fue la primera en despedirse. Besó a Dani y abrazó a su amiga:

-Hasta mañana, querida cuñada... -le susurró- ¿No te dije que mi hermano era un dulce?

Nadia asintió con una sonrisa. Juan la cobijó contra su cuerpo mientras Jimena se acomodaba en el auto:

-Sabés que si no fuera por este compromiso no te dejaría... -aseguró con voz enajenada.

La joven aceptó con un suave movimiento de cabeza que aceleró el corazón del hombre que deseaba ser su amante. La besó con el ímpetu de una renuncia no admitida y la apretó como si quisiera fundirla con su persona. Nadia exhaló un quejido sofocado que aflojó la presión de Juan:

-¿Te hice daño, mi amor? -preguntó conmovido.

-No -emitió una risa jadeante - sólo me estaba asfixiando...

El hombre besó los labios risueños y la soltó acongojado. Se volvió para saludarla antes de subir al coche y Nadia permaneció con el brazo en alto hasta que el vehiculo desapareció en la primera curva. Entró a la casa insoportablemente vacía de una presencia que se había instalado en la cúspide de su ilusión. Mañana..., se dijo. Mañana.

 

Capítulo XX

Estacionaron frente a la casa de Nico a las veinte y cuarenta y cinco. Juan rebasó con un bufido a la ardiente pareja que se había parado a besase ajena a su lastimosa privación. Poco después estaban reunidos en la cocina:

-Carré es un bribón pero el mejor picapleitos que conozco -le anticipó Nico.- Si hay que presentar batalla nadie más calificado que él.

-Deberá asegurarme el resultado -puntualizó Juan.

-Que yo sepa, siempre se las rebuscó para ganar. Pero se lo dejaremos bien claro. ¿Qué quieren tomar? -preguntó.

-¡No más café! Tal vez, un wisky -contestó su amigo.

Jimena negó con un movimiento de cabeza. Apenas apoyó la botella sobre la mesa, sonó el timbre. Miraron el reloj automáticamente. Eran las veintiuna.

-La gente puntual me cae bien - señaló Juan.

Nico regresó con un hombre rollizo, de estatura mediana y aspecto ordinario.

-El doctor Fermín Carré -presentó a los hermanos- Juan Rivas y su hermana Jimena.

Los tres se estrecharon las manos y tomaron asiento a instancia de Nico. El abogado se dirigió a Juan:

-Lo escucho.

Juan detalló la situación de Nadia con respecto a Dani, el petitorio de entrega del niño, su decisión de apelar la medida y su disposición para constituir una familia con la muchacha y el pequeño. Carré escuchó sin interrumpir. Cuando Juan terminó el relato, opinó:

-Esa muchacha debe valer mucho para usted, ya que Nico me convocó a una hora intempestiva.

-Y tanto, doctor, que si la pierdo por sus malos servicios dese por muerto... -la sonrisa no se le reflejó en los ojos.

Jimena, un poco apartada de los hombres, escuchó la serena amenaza de su hermano, vio que Nico estaba en alerta y que el abogado se tomaba un tiempo para medir las palabras de Juan. Después le respondió:

-Tomaré el caso con la condición de que siga al pie de la letra mis instrucciones -dio por aceptada su propuesta con sólo mirar a su cliente.- Me llevaré la cédula y su número de teléfono y antes de la mañana me pondré en contacto con usted. ¿A qué hora recibió la señorita la notificación?

-A las nueve de la mañana.

-Entonces tenemos hasta el viernes a las nueve para actuar. No espere mi llamado despierto pero dispóngase a correr en cualquier horario de aquí al viernes, ¿entendido?

-Entendido -dijo Juan alargándole su tarjeta y el escrito judicial.

Carré se despidió y salió con Nico. Jimena observó el grave rostro de su hermano y se acercó para abrazarlo. Él le apretó la cabeza contra su hombro y después se separó con una sonrisa apagada.

-¡Qué ambiente de velatorio! -bromeó Nico al regresar- Te anticipo que Carré se fue impresionado y me aseguró que "la muchacha y el chico serán de tu amigo a más tardar la semana que viene". Y este leguleyo no promete en vano.

-Más le vale -dijo Juan- Yo me retiro... ¿Con mi hermanita o solo?

-Nicolás me lleva después -contestó Jimena apoyándose sobre el pecho de Nico.

-¡Pásenla bien, entonces!

Nico volvió con una sonrisa anhelante y los brazos abiertos que inmediatamente fueron ocupados por una joven apasionada. Segundos después estaban en la cama sin otro lenguaje más que el de sus cuerpos ardientes.

 

Capítulo XXI

Verónica, ávida de novedades, salió a recibir a su hijo. Se deleitó con el encuentro con Nadia y se preocupó por la decisión judicial.

-¿Ese abogado merece tu confianza?

-La de Nico, por lo menos. No tengo muchas alternativas, mamá, pero creo que este hombre interpretó mi necesidad -bostezó.- Aunque no lo creas, estoy muerto de cansancio. Voy a dormir hasta que me llame. Buenas noches, tesoro -dijo besándola.

-Buenas noches, mi amor -respondió su madre.

Juan entró en un sueño pesado y sin imágenes apenas se acostó. Unas suaves sacudidas lo hicieron emerger del limbo en que se había sumergido:

-¡Juan, Juan...! -la voz y la figura de su madre se fueron definiendo al borde de su cama- El abogado está acá. ¿Por qué no me dijiste quién era?

-¿Qué...? -la miró aturdido.

-Carré te está esperando en la cocina. Tomamos un café mientras te dejábamos dormir un poco más. No me acordaba lo agradable que es...

Juan se preguntó que tenía de agradable un tipo que se presentaba intempestivamente a las... -miró el reloj- ¿tres de la mañana...? -se levantó de un salto. Mientras se vestía, interrogó a su madre:

-¿De dónde lo conocés?

-Se ocupó de un litigio de tu padre antes que nos casáramos.

-¿Ganó? -era lo único que le interesaba a Juan.

-¡Sí! -subrayó Verónica con una carcajada- Ya era un profesional experimentado. -se incorporó y le dijo:- Te espero en la cocina.

Juan pasó al baño y terminó de despabilarse con varias abluciones de agua fría. Encontró a su madre y al abogado enfrascados en una charla vivaz. A Carré se le habían suavizado las facciones desde que se habían despedido en casa de Nico. Una perenne sonrisa adornaba su cara mientras hablaba con una Verónica que parecía haber rejuvenecido. "Se subieron a la máquina del tiempo", pensó Juan.

-Buenas noches o buenos días -saludó con cierto fastidio.

-¡Hola, Juan! Permitime la confianza en honor de conocer a tu madre -le respondió el abogado.- Te hice llamar para que me firmés un poder con el cual voy a realizar varios trámites. Le dejé a Verónica una serie de instrucciones que deberán cumplimentar en el día, y el viernes estaremos en el juzgado a primera hora, es decir a las siete de la mañana.

El joven firmó los papeles e insistió:

-¿Presentará el recurso de amparo?

-A ese trámite no vamos a llegar. ¿No querés solucionar definitivamente la adopción de Dani?

-¡Sí!, pero...

-Entonces confiá en mí -lo interrumpió.- Los dejo para que descansen y a la tardecita volveré a ponerme en contacto -se volvió hacia Verónica:- ¿Me acompañás hasta la puerta?

Ella lo siguió inmediatamente. Cuando volvió a la cocina su hijo estaba leyendo la lista de Carré.

-¿Que Nadia vista un conjunto blanco, Jimena y vos formalmente, y Nico, Dani y yo trajes? ¿Va a ser una audiencia o un casamiento?

-Es un recurso por si tiene que cambiar de estrategia -explicó Verónica.

-Parece que vos sabés más que el leguleyo.

-¿Qué le pasa a mi bebé? ¿Está disgustado? -preguntó cariñosamente.

-Me vas a decir que no es impropio que a un abogado se le ocurra presentarse a las tres de la mañana en una casa de familia y sin saber aún que te conocía...

-¡Un momento, Juan! No vino a las tres de la mañana sino media hora después que te acostaste. Todavía no eran las once.

-¿Se pasaron cuatro horas tomando café...? -vociferó su hijo- ¡Vaya que tenían cosas que recordar!

-¿Te das cuenta, Juancito, por qué les dediqué mi vida? -dijo Verónica con ironía.

El hijo quedó consternado por la revelación de esa arista celosa que no creía tener. No habían sido ellos todo el mundo de su madre, sino que su madre había sido todo el mundo para ellos. Le quedó tan claro que Verónica tenía el mismo derecho a independizarse afectivamente, que desaparecieron todas sus contradicciones con respecto a Carré.

-Soy un cerdo egoísta, mamá. Ahora que estoy a punto de concretar mi sueño no acepto que mi maravillosa madre tenga un interés superior al de su hijo -reconoció.

-¡Tonto! Nadie podría interesarme más que ustedes. Sólo que ahora crecieron y podrán cobijarse en otros brazos -dijo con dulzura.

-Y aunque vos encuentres otros, siempre tendrás los míos -le aseguró, abrazándola.

La mujer disfrutó un momento del rapto de amor filial y después lo separó amablemente.

-Volvé a la cama que todavía te quedan algunas horas de sueño. La mayor parte de las cosas las tenemos, así que sólo me resta hablar con Jimena antes de que se vaya.

-¿Otelo la devolvió?

-A las dos de la mañana. Y dejate de endosarle sobrenombres, a tu hermana no le gusta.

-Es un secreto entre vos y yo, mamacita -se rió Juan- Vamos a descansar.

Subieron tomados de la cintura y se separaron con un beso. Juan preparó el despertador y se levantó a las siete de la mañana. Después de ducharse salió sin desayunar para no llegar tan tarde a la oficina. Nico ya estaba trabajando con Zeballos y él se dedicó a considerar la agenda que había preparado su secretaria. A media mañana salió con su amigo a tomar un refrigerio y le relató el arribo nocturno del abogado, la amistad que tenía con su madre y la extraña lista que había confeccionado.

-Así como una vez me preguntaste si aprendería chino por Jimena, yo te pregunto: ¿te disfrazarías de cebra por Nadia? Entonces ponete el traje sin preguntar - aconsejó Nico.

-¡Me lo voy a poner...! - se desternilló Juan- ¿Por qué elegiste un disfraz de cebra?

-Porque me parece que no hay nada más ridículo -sonrió su amigo.

-No sé por qué, también están incluidos vos, mamá y Jimena en la excursión de mañana -le aclaró.

-Haremos lo que dice el abogado, y si falla, seremos dos para matarlo.

La conversación de los amigos quedó interrumpida por el celular de Nico. La llamada era de Jimena y Juan se levantó con un gesto trágico para dejarlo hablar a solas. Pagó la cuenta y cruzó hasta su negocio por el cual apareció su socio diez minutos después:

-Estoy invitado a cenar a tu casa porque las mujeres nos van a poner al tanto de las directivas de Carré. Lo único que me anticipó Jimena es que vaya buscando el mejor traje de mi guardarropa...

-¡Ja, ja! ¡Te lo dije! -lo hostilizó Juan.

-Debieras agradecer mi compañía en vez de chicanearme -declaró Nico sentenciosamente.

- Vos que lo conocés, decime que se trae entre manos este hombre.

-Si fuera un caso penal podría imaginarme algo, pero en éste, no tengo idea.

A Juan lo asaltó un deseo irresistible de escuchar la voz de Nadia. Miró el reloj y se dio cuenta de que hacía más de doce horas que no hablaba con ella. Le pidió a Nico que lo reemplazara con Estela y se encerró en su despacho para conseguir el número de la biblioteca y bajar la ansiedad con la melodía de la voz amada. Media hora después cortó la comunicación persuadido de que el día anterior no había sido un sueño y que se encaminaba hacia la cumbre de su existencia. A las seis de la tarde Zeballos y Nico le exigieron que se retirara porque su distracción les entorpecía el trabajo. Los saludó con una reverencia y se fue sin protestar. Llegó a su casa a las seis y cuarto y como no encontró a nadie, se estiró sobre la cama para alucinar con Nadia hasta deslizarse en el descanso que su mente y su cuerpo reclamaban.

-Juan, Juan... -la voz de Jimena lo resucitó.

Su hermana estaba sentada en el borde de la cama y le apartaba cariñosamente los mechones de la frente.

-Nicolás ya vino y la mesa está puesta. Tenés quince segundos para sacudirte la modorra mientras mamá sirve la comida -lo conminó con una sonrisa.

Juan le revolvió el pelo y se levantó al instante mientras su hermana salía del dormitorio. Bajó con un atisbo de ansiedad por la proximidad del día que se avecinaba. Saludó a su madre y a Nico y se sentó a la mesa. Ninguno mencionó durante la cena las actividades del próximo día y salvo Nico, que comió con buen apetito, los integrantes de la familia apenas probaron bocado. Cuando se instalaron en la sala, Verónica tomó la palabra:

-Las indicaciones de Fermín son sencillas, por eso no los importunamos durante el día. Mañana a las seis saldremos hacia Venado para estar en el Juzgado a primera hora. No me explicitó el procedimiento pero entiendo que si no dan curso a una primera presentación pasará a una segunda instancia adonde se requiere nuestra presencia. Jimena y yo iremos con Fermín y ustedes en otro vehículo. Fin del comunicado.

-¿Conque Fermín? -Juan no pudo evitar la ironía.

-Lo conozco desde antes que nacieras, impertinente. ¿Cómo querés que lo llame?

Su hijo le hizo un arrumaco ante la mirada risueña de Jimena y Nico. Se acomodó sobre el brazo del sillón adonde estaba sentada Verónica y la ciñó por los hombros:

-Lo que me vuelve loco, mamá, es abandonarme a los manejos de Fermín. ¿El secreto parte de la subestima o de la omnipotencia? En cualquier caso, no me gusta -aseveró.

-No lo sé. Pero estoy segura que resolverá este litigio en tu beneficio. Por una vez, hijo, participá sin dirigir. ¿Por favor...?

Juan evaluó el pedido de su madre que se mostraba claramente convencida de las dotes profesionales del abogado y decidió evitar cualquier comentario desfavorable, aunque se reservaba el derecho de intervenir cuando lo considerara pertinente.

-Está bien, mamá, seré un cliente dócil -se levantó.- Ustedes hagan lo que quieran, yo me retiro a concentrarme. ¡Hasta mañana!

En su habitación, las ganas de hablar con Nadia lo vencieron. La joven atendió enseguida como si estuviera esperando el llamado y se enfrascaron en media hora de variaciones de la misma utopía hasta que Dani insistió en hablar con Juan. Después de pedirle que fuera a descansar, se relajó bajo la ducha y se acostó con la errónea suposición de que le costaría conciliar el sueño. Un discreto timbrazo lo despertó a las cinco de la mañana. Se levantó y eligió el traje que iba a usar. Veinte minutos después apareció en la cocina donde su madre y Carré compartían un café. Después del saludo de rigor, se sentó a desayunar. Miró a su madre vestida y maquillada con elegancia y pensó que hacía buena pareja con al trajeado Fermín. Jimena, deslumbrante, se les unió a las cinco y media.

-A las siete abre el juzgado de la jueza Testini. Tenemos la primera audiencia en la cual pediremos la adopción de Daniel a nombre de Nadia. Este primer paso tiene como objeto dejar sentado los argumentos de la jueza para denegarla, cosa que seguramente hará. A partir de esta instancia, como la señora se precia de privilegiar las necesidades de su pequeña comunidad -especialmente en época de elecciones- encontrará que su segunda audiencia es un contrato matrimonial. Después, la cuarta, para no ser demasiado obvios, es el pedido formal de adopción hecho por los flamantes desposados. ¡Ah...! Y la séptima, bien lejos, la del matrimonio Bueno que pide la adopción que ya se les habrá otorgado a ustedes -agregó como una anécdota.

-¿Quiere decir que la jueza no tiene idea de sus actividades diarias? -exclamó Juan.

-¡Allí está nuestra ventaja, perspicaz muchacho! Al desentenderse de todos los trámites administrativos nos permitió infiltrarnos en su agenda con la complicidad de dos abogados del juzgado que deberán ser holgadamente recompensados. Esta parte la cubrirás vos, ya que mis honorarios serán cero en homenaje a tu madre.

Verónica le dedicó una sonrisa que seguramente compensó a Fermín por cualquier suma que hubiera pensado en cobrar.

A las seis salieron a la calle y Juan partió en busca de Nico mientras el abogado alojaba a las mujeres en su Mercedes y se adelantaba hacia la casa de Nadia. El hermano de Jimena se sentía cómplice de una turbia operación a la que no podía oponerse considerando el objetivo que perseguía. Consideró cuántos miramientos pueden perderse en nombre del amor y concluyó que él podía cargar con una simple alteración de agenda como mísero precio por poseer a Nadia y su pequeño. Nico debía estar esperando detrás de la puerta porque no le dio tiempo a bajar del auto. Vio avanzar a su viejo camarada enfundado en un traje de buen corte que acentuaba sus movimientos felinos. Se evaluaron con una sonrisa y Nico se dejó caer en el asiento contiguo.

-Ya es hora, viejo -corroboró con una palmada.

Hicieron el viaje en un silencio amistoso que comprendía al otro en sus propias cavilaciones. Cuando llegaron, el Mercedes ya estaba estacionado frente a lo de Nadia. Jimena y Dani aparecieron en la puerta apenas cerraron el auto. Antes de que la muchacha se precipitara en brazos del arrobado Nico, Carré apareció en la entrada y advirtió:

-¡Eh, eh! ¡No pierdan la compostura! Ya tendrán tiempo de despintar a las mujeres después de la audiencia. Ahora los necesito irreprochables.

Jimena hizo un mohín pendenciero y se empinó para depositar un delicado beso en la boca de Nico. Daniel ingresó al hogar en brazos de Juan quien lo bajó en cámara lenta al quedar suspendido en la espléndida estampa de Nadia. La joven vestía un traje chaqueta blanco que acentuaba la belleza de sus formas. Quedaron apenas separados por la vibrante atmósfera de sus miradas enfrentadas y cientos de palabras que esperaban el momento de nacer. Juan la tomó de los hombros y la besó en la frente cuando todas sus terminaciones nerviosas pugnaban por contactar con su cuerpo. Se separó con el dolor de un hambriento a quien le niegan un plato de comida y llamó a Dani en su auxilio. El chiquillo estaba primoroso con un traje claro que intensificaba su candor. A las seis y cuarenta y cinco el abogado indicó que debían partir. En su auto irían las tres mujeres y Dani viajaría con Juan y con Nico. Tiempo después, entre risas, le confesó a Verónica que decidió ese reparto porque nada le garantizaba que esas espléndidas parejas no se perdieran en el camino. Desembarcaron en el tribunal a las siete en punto. En la puerta los esperaban los dos abogados que Carré había contratado para colaborar en las audiencias que se aproximaban. Indicó que, salvo Nadia, el resto debía aguardar el aviso y las indicaciones de sus adjuntos en el bar del juzgado. A las siete y cinco fueron convocados por una secretaria. Carré, tras recomendar a Nadia que no ensayara ninguna réplica, entró seguido por la joven para ubicarse en sendos asientos frente a la jueza. Ésta leyó el petitorio de adopción y levantó la vista hacia el abogado y su representada:

-Entiendo que la señorita Nadia Gómez solicita en adopción a Daniel Palacios huérfano de padres y sin parientes que puedan brindarle un hogar.

-Correcto, señoría.

-Abogado, ¿está al tanto que este tribunal falló a favor de una demanda presentada por las tías carnales del huérfano?

-Sí, señoría, pero a mi representada, que reúne todas las cualidades de una persona de bien y que se considera idónea para criar a ese niño al cual, por otra parte, viene atendiendo desde el año y medio, no le quedan claros los argumentos que decidieron el fallo.

-Sepa su representada que esta sentencia se fundamenta en el principio inalienable de una familia plenamente constituida como medio más apto para el desarrollo de un niño, condición que la querellante no puede satisfacer.

-Entonces, señoría, ¿es el único impedimento que tiene mi representada para hacerse cargo de Daniel Palacios?

-Aunque lejos de mi criterio esté afectar al huérfano teniendo en cuenta que la demandante goza de prestigio en esta comunidad y que siempre actuó de buena fe, con esta decisión no se impugna la capacidad de su representada sino su situación de madre célibe.

-De lo que se desprende, señoría, que si la demandante fuese casada, podría aspirar a la adopción iure proprio.

-Ita est. Iuris et de iure, abogado. Dura lex sed lex. (Así es. De derecho y por derecho. La ley es dura pero es la ley) No ha lugar a la demanda.

Carré se levantó con una inclinación de cabeza por saludo y le hizo un gesto a Nadia para que lo siguiera al pasillo donde ya estaban congregados los miembros de la familia. Jimena se acercó a su desorientada amiga, le acomodó una capelina blanca que traía en una caja y le prendió un ramillete de flores frescas en la chaqueta. Antes de que Nadia pudiera reaccionar, la secretaria voceó su nombre y el de Juan. El hermano de Jimena, desobedeciendo al abogado, la animó con un abrazo y un beso antes de entrar. Carré, que ya había instruido a Nico y a Verónica para que se declararan testigos, precedió al grupo que se presentó ante la asombrada jueza.

-¿De nuevo usted, abogado?

-Sólo como invitado a la boda, señoría -le respondió con circunspección.

-¿Ha buscado usted marido esta mañana? -demandó la magistrada a Nadia.

Fermín, como le reveló en la fiesta a Verónica, tembló porque no había previsto esta reacción de la jueza.

-Si así fuera, señoría, no podrá negar que he tenido buen gusto -sonrió la interpelada.

Juan se volvió hacia ella con un gesto de complacencia que los dejó trabados en una absorta delectación. El rubor que teñía las facciones de la magistrada no auguraba elogios para ninguno de sus empleados. Carré entregó los certificados previos y los documentos de la pareja y testigos, que una vez verificados promovieron la ceremonia matrimonial. La funcionaria leyó rápidamente los derechos y obligaciones de las partes, extendió el libro de actas para que firmaran los desposados y los testigos y dio por terminada la diligencia con una premura que Nico atemperó con voz seductora:

-Señoría... ¿no va a mencionar que "ahora pueden besarse"? -preguntó con una sonrisa.

La jueza estudió el rostro atractivo buscando alguna señal de ironía, pero los ojos azules la miraron con franqueza. Sucumbió al reclamo masculino y pronunció en voz alta:

-¡Ahora puede besar a la novia!

Juan, que ya la había besado, no se hizo rogar. Abrazó a la que ya era su esposa y la embarcó en un largo beso que fue victoreado por su familia y un coro de voces provenientes del exterior. Un puñado de amigos de Nadia, alertados por la señora Ruiz, había asistido a la ceremonia desde la puerta. Cuando la joven pudo respirar, se acercó a saludarlos con su flamante esposo. En el pasillo, los ayudantes de Carré entretenían a Dani para que su presencia no escociera a la jueza. Nadia corrió hacia él apenas lo vio y lo abrazó lagrimeando. Daniel lo llamó a Juan y le susurró:

-Juan... Mamá está llorando... Necesita un abrazo...

El nuevo marido largó una carcajada y los apretó a los dos entre sus brazos. Los tres terminaron riendo y salieron a la calle para esperar en el barcito la cuarta audiencia. No habían hecho más que sentarse, cuando uno de los colaboradores de Carré les avisó que la jueza solicitaba que comparecieran. El abogado tomó la delantera seguido por Juan y por Nadia. En el camino instruyó en voz baja a su ayudante y, como la primera vez, ingresó con paso seguro al recinto judicial. La magistrada le hizo un gesto para que se acercara:

-¡Abogado! ¿Qué manejo se trae entre manos? -le advirtió.

-Con todo respeto, señoría, esperaba el turno de mis clientes para el pedido de adopción -contestó sin amedrentarse.

-Usted, doctor Carré, ha transgredido las reglas de este tribunal acumulando tres audiencias en el mismo día.

-Señoría, mal puedo conocer sus regulaciones siendo que ejerzo en Rosario. Podrá comprobar que todos los petitorios fueron presentados y admitidos según consta en las réplicas que obran en mi poder -expresó con firmeza.

La mujer lo miró con enojo contenido. Estudió el documento que tenía sobre su escritorio y manifestó:

-Usted ha de saber, doctor, que en razón de los intereses superiores del menor, puedo postergar el tratamiento de este petitorio hasta que mis dudas sean despejadas. Si sus argumentos no me satisfacen, eso es lo que haré. Lo escucho.

Fermín cayó en la cuenta de que había subestimado el temperamento de la jueza y que estaba a un tris de perder una partida que desde su planteo dio por ganada. Por primera vez en su carrera profesional, se dejó llevar por los sentimientos:

-¿Ha pensado, su Señoría, qué lleva a un letrado experimentado a excederse en la defensa? -hizo una pausa mirando a la magistrada, y continuó:- La señorita Gómez, hoy señora de Rivas, recurrió a mis servicios agobiada por la brevedad de los plazos judiciales que la intimaban a entregar a Daniel Palacios en el perentorio plazo de cuarenta y ocho horas. Siendo que mi cliente es una mujer de probada honradez, que cuidó y amó a este huérfano desde su más tierna edad y que tiene a su lado a un hombre que desea conformar con ellos un hogar, como abogado y amigo concebí, sin malicia, los pasos consecutivos que asegurarían al menor una permanente estabilidad afectiva. Errare humanun est, su señoría, cuando se privilegia el corazón frente a la razón. Pido a usted evaluar esta exposición con la equidad de su investidura y comprender, con la sensibilidad de su condición de mujer, el testimonio de quienes aspiran a constituirse en la familia de Daniel Palacios antes de dictar su justo veredicto -finalizó el abogado.

La magistrada escuchó el alegato sin aparente impresión. Cuando habló, la tensión que reinaba en la sala se quebró como un cristal golpeado por una piedra:

-He de confesarle, abogado, que no esperaba de un jurista metropolitano una manifestación tan alejada de la técnica como rayana en las emociones. Escucharé a los adoptantes y al menor in fine.

-Gracias, señoría -dijo Fermín aliviado.

Nadia temió que los latidos de su corazón se hicieran audibles delatando el pánico que la había atrapado con sólo pensar que de su testimonio dependía la adopción de Dani. La mano de Juan apretando la suya la confortó y le restituyó la seguridad de que ya no se hallaba sola para afrontar el porvenir. La voz de la jueza sonó impersonal:

-Señora Nadia Gómez de Rivas, éste es su segundo petitorio en el día para la adopción de Daniel Palacios. Explíqueme por qué.

La recién casada hizo una vasta aspiración y, con un suave apretón, liberó la mano que aprisionaba su marido. Se adelantó hacia la jueza para confrontarla con firmeza pero sin animosidad:

-Señora, el por qué de esta insistencia tiene que ver con que mi vida sin este niño se sumiría en un padecimiento que ni siquiera la presencia de este hombre que amo -se volvió hacia Juan- ni la llegada de otros hijos podría mitigar. Dani y yo estamos unidos por circunstancias que son de público conocimiento y al pedir su custodia no hago más que solicitar mi propia vida, porque para cuidarlo la conservé cuando para mí no valía nada. Ahora le pido que antes de decidir, piense que si nos separa lo estará privando del inagotable amor que siempre le brindé y me estará restituyendo a la época en que mi existencia carecía de sentido -terminó con un sollozo.

Juan la cobijó inmediatamente entre sus brazos mientras fulminaba a la jueza con la mirada. La magistrada, con una expresión más humanizada, indicó:

-Señor Rivas, ya tendrá tiempo de consolar a su mujer. Los motivos de la demandante para conservar al menor han quedado claramente expuestos. ¿Podrá puntualizar los suyos sin permitir que su animosidad hacia mi investidura lo entorpezca?

Juan entregó a su conmocionada mujer a los brazos de Verónica, y enfrentó a la jueza:

-Señoría: no puedo más que sentir resentimiento hacia quien lastime a la mujer que amo -declaró con calma, y prosiguió:- En el corto tiempo que pasé con Dani llegué a quererlo no sólo por ser el bien más preciado de mi esposa, sino porque era natural encariñarse con una criatura tan afectuosa. Lo quiero como mi primogénito y ése es el lugar que siempre ocupará si tenemos más hijos. Como dos padres, una abuela y dos tíos por elección lo esperan, voy más allá de lo que expresó mi mujer: le pido la adopción del niño porque está en juego la felicidad de toda una familia.

-¿Y si no fuera así, señor Rivas? -averiguó la jueza.

-Entonces, señoría, si no hubiera apelación que funcionara, metería a mi mujer y mi hijo en el auto y los llevaría a las antípodas de su juzgado.

La magistrada enarcó ambas cejas forzando su capacidad de cálculo para concluir que en las palabras de Juan no cabían ironías. Golpeó varias veces la superficie del escritorio con la punta del bolígrafo y pidió a su ayudante que hiciera ingresar al menor. Los hombres y las mujeres se habían agrupado como piezas de un rompecabezas acabado. Juan sostenía a Nadia contra su costado, Jimena apretaba el brazo de Nico y Verónica, angustiada, escuchaba las palabras tranquilizadoras de Fermín. Nadia se iluminó con la llegada de Daniel que corrió al encuentro de los recién casados. Juan lo levantó en brazos y Dani se estiró para cercar el cuello de su madre. La jueza, observando al trío, había resuelto antes de charlar con el niño.

-Señor Rivas, ¿tendría la bondad de acercarse con Daniel? -pidió con calidez.

Juan se aproximó cargando a Dani.

-¿Cuál es tu nombre, jovencito? -preguntó cuando lo tuvo enfrente.

-Daniel Palacios.

-¿Y cuántos años tenés?

-Cinco y... -dio vuelta la cabeza buscando a Nadia, que le mostró una mano abierta y un dedo de la otra- ¡seis meses! -completó orgulloso.

-¡Muy bien, Daniel! Veo que aprendiste a contar.

-Y a leer. La seño me enseñó -señaló a Jimena.

-¿Te viniste con la seño? -preguntó la jueza sorprendida.

-¡Ahora es mi tía y Juan mi papá! -le explicó.

-¿Y quién es Juan?

-¡Éste! -dijo abrazándolo.

-Decime, Daniel, ¿vos sabés que tuviste otros papás?

-Sí. A mi mamita no la conocí, pero mamá me dijo que no podía estar conmigo porque se murió igual que mi papá. Pero que me habían buscado otra mamá para que no estuviera solo. ¡Y ahora mamá me buscó un papá!

-¿Y a este papá lo querés?

-¡Sí! Nos llevó al parque y a remar, le dimos comida a los pájaros, vamos a ir a ver los leones, va a vivir con nosotros y la abraza a mamá cuando llora...

La magistrada estudió el grave semblante de Juan, la tensión de los músculos faciales que mantenían cristalizadas las relucientes pupilas, el movimiento de la nuez de Adán al tragarse las lágrimas y emitió su veredicto:

-Hoy ha sido un día atípico en este tribunal. No por obra de la casualidad, sino por designio de un abogado. Si hubiere de juzgar las maniobras en las que ha involucrado a sus pares y desestimado este ministerio, causaría un grave perjuicio al principal actor de esta controversia, que es el huérfano Daniel Palacios. En virtud de que el letrado patrocinante se ha inspirado para sus manipulaciones en los preceptos fundamentales que contempla la ley de adopción, daré por inconsistente esta maniobra para centrarme en los fundamentos de mi decisión: habiendo escuchado concienzudamente el testimonio de los adoptantes y las opiniones del menor, considerando que la primigenia imagen materna ha sido debidamente restaurada, visto la coincidencia de voluntades para construir el medio más apto que asegure al huérfano la satisfacción de sus necesidades afectivas, dispongo otorgar al matrimonio constituido por Juan Rivas y Nadia Gómez la adopción plena de Daniel Palacios que tendrá vigencia a partir de la firma de esta sentencia.

El grito de alegría de Nadia desentumeció a su marido que, apretando a Dani contra su pecho, murmuró mirando a la jueza:

-Señora... Ha hecho justicia. Gracias -y se unió al festejo de su familia.

Desde afuera llegaron los aplausos y las risas del numeroso grupo que se había congregado en absoluto silencio al comienzo de la audiencia y que ahora daba rienda suelta a su alegría. La jueza rubricó el acta y entregó una copia a Carré que fue el último en abandonar el despacho. El pasillo, que había sido despejado por los ayudantes de la magistrada para seguir atendiendo las causas inscritas, sólo estaba ocupado por unos pocos querellantes. Fermín llegó a la calle guiado por las heterogéneas voces de la concurrencia y buscó con la mirada al pequeño grupo que había traído desde Rosario cegado por su soberbia. Era conciente que de no mediar la excelencia del caso y sus protagonistas, hoy estaría lamentando el mayor fracaso de su carrera. La mujer que había reencontrado después de treinta años y que había permanecido en su memoria con la nostalgia de lo inalcanzable lo divisó, y su encantadora sonrisa lo alivió de sus negros pensamientos.

-¡Fermín! -dijo tendiéndole la mano cuando llegó junto a ellos.

Él la sostuvo entre las suyas y después la soltó con un esfuerzo. La espléndida recién casada lo abrazó y le dio las gracias. Su marido le estrechó la diestra mientras decía:

-Hubo un momento, Fermín, en que pensé en cumplir mi amenaza. Pero también pensé que de no ser por su audacia, la adopción de Dani se hubiera complicado. Además, no le dio tiempo de arrepentirse a esta mujercita por lo que le estaré eternamente agradecido -sonrió.

Nadia le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza contra su pecho desmintiendo la preocupación de Juan. Después que Jimena y Nico expresaran su reconocimiento, Carré miró a los convocados que departían en grupos sin intención de disolverse, y le preguntó a Juan:

-¿Qué vas a hacer con esta gente?

-Vamos a invitarlos a una fiesta de casamiento como corresponde, ¿no te parece, querida? -le preguntó a Nadia.

-¡Pero Juan...! Son más de cincuenta personas... Te costará una fortuna...

-La dicha de tenerlos a Dani y a vos no tiene precio, mi señora, y se merece el mejor festejo aunque sea improvisado. ¿Adónde estará mi buena amiga? -se preguntó, oteando los grupos.

La señora Ruiz revoloteó la mano como si lo hubiera escuchado. Juan le hizo una seña para que se acercara y acortó el camino con cortesía. Cuando se encontraron le pidió:

-¿Seguirá siendo mi vocera?

-¡Para lo que guste mandar, señor!

-Como invitada especial, transmítale a los presentes que Nadia y yo tendremos el gusto de recibirlos... ¿dónde cree usted que habrá lugar para los que somos? -la consultó.

-¡En el club, por supuesto! -contestó inmediatamente.

-¡En el club..., ciertamente! ¿Y podrá ordenar un almuerzo para todos? -le dijo con una sonrisa de complicidad.

-¡Yo me ocupo de lo que mande, señor! ¡Yo sabía cuando lo vi que iba a ser el mejor esposo para la señorita Nadia...!

-Celebro su clarividencia, señora Ruiz. Le aseguro que no se equivoca -afirmó.- ¿Dispondrá de todo, entonces?

-En un momento le diré quienes van y después le traeré el presupuesto del club. ¿Quiere elegir el menú?

-Que sea el mejor según su criterio y el de la gente del club. Estoy seguro de que se ocupará de todos los detalles.

-¡Gracias, señor! Será un placer... -y se alejó para cumplir su cometido.

Juan volvió al lado de Nadia y la abrazó:

-Le confié a la señora Ruiz la organización de la fiesta y propuso el club, ¿te parece bien?

-Es un buen lugar.  Y podríamos pasar por casa, porque el club está a media cuadra.

-¿Me podré quedar esta noche? -susurró junto a su sien.

-Y todas las de tu vida... -suspiró Nadia sonrojada.

Juan rió en voz baja encantado por la frescura de su mujer. Cerró los ojos deseando que al abrirlos la oscuridad hubiera reemplazado al naciente día, pero el sol siguió alumbrando su impaciencia. Otra vez la intervención de la señora Ruiz los separó:

-¡Señor Juan! ¡Todos aceptan y agradecen su invitación! Ahora voy hasta el club y le traigo el presupuesto... ¡Cuánto me alegro de que haya conseguido semejante marido, señorita Nadia...! ¡Y tan bien que se lo tenía guardado...! -gesticuló unos azotes con la mano y una sonrisa con la cara.

-Avísenos a la casa de mi esposa cuando todo esté listo, señora. Y gracias por su diligencia.

-¡No faltaba más! Cuando esté todo preparado, me llego... -y salió de nuevo presurosa.

Juan escribió una nota al dorso de su tarjeta personal y se acercó a uno de los abogados que había contratado Carré:

-¿Me harías el favor de llevársela a la jueza?

-Sí señor, apenas termine la audiencia.

Los desposados reunieron a la familia y se dirigieron a casa de Nadia. Los hombres se instalaron en el comedor en compañía de Dani y las mujeres se atrincheraron en el dormitorio de la recién casada para retocar su atuendo y maquillaje. Las voces y las risas femeninas, amortiguadas por la distancia, llenaban de especial regocijo a los espíritus masculinos ensimismados en distintas expectativas. Se distendieron hasta las doce, hora en que la señora Ruiz les avisó que los esperaban en el club. La pareja fue recibida con aplausos mientras una improvisada orquesta atacaba los compases de la marcha nupcial. Dani entró de la mano de sus flamantes padres y enseguida se reunió con otros niños que jugaban a la pelota. Nadia y Juan pasaron a saludar por cada mesa y finalmente se sentaron con su familia. Antes de que sirvieran el almuerzo llegó la jueza con su marido. Juan se levantó a recibirlos y los ubicó en la mesa ante el asombro de Fermín. La magistrada saludó y aclaró:

-Aquí somos Romilda y Joaquín. Aunque no es usual que me involucre en mis casos, éste está definitivamente cerrado y me permite asistir a un feliz desenlace. Por lo tanto, joven desposado, me alegra más estar en su fiesta que huyendo de su venganza -terminó con una risa.

La relajación fue aumentando mientras saboreaban sin apuro los deliciosos platos caseros que había ordenado la señora Ruiz. Antes de los postres desplazaron las mesas a los costados para armar una pista de baile circular. Esta vez la orquesta arremetió contra un vals para que los recién casados inauguraran el baile. Juan tomó la mano de Nadia y la impulsó hacia la pista. Danzaron unos minutos acribillados por los flashes del fotógrafo hasta que fueron separados por Jimena y Nico y luego por Verónica y Fermín. Después se fueron turnando todos los asistentes hasta que Dani cerró el vals bailando con su mamá. Verónica ordenó servir el postre para evitar que Nadia quedara encorvada por el entusiasmo del niño, quien desertó apenas su abuela le mostró el helado ante el regocijo de todos. Como si fuera un día feriado nadie mostró prisa por retirarse. La reunión se prolongaba entre charlas amables, bocados, libaciones y baile. Jimena, en brazos de Nico, observaba a su madre departiendo con la jueza y su marido mientras Fermín no le sacaba los ojos de encima.

-Vamos a terminar en que mamá se va a casar antes que yo... -se quejó.

-La solución está en tus manos, princesa. Escucho cualquier propuesta -le dijo el hombre al oído.

Jimena se apartó un poco y lo miró divertida.

-¿Así que yo debo hacer la oferta?

-Yo, no me animo. A lo mejor vos tenés más suerte -dijo implacable.

-Nicolás... ¿Cuál va a ser mi nuevo apellido?

-Torres -ayudó.

Jimena volvió a empezar:

-Nicolás Torres, ¿querrías concederme el privilegio de ser mi esposo...? ¿Cuanto antes...? -terminó de decir cuando Nico le cerró la boca con un beso que la dejó sin respiración.

Cuando se separaron, el brillo que tenía la mirada de su prometido no necesitaba traducirse en palabras. Jimena le echó los brazos al cuello tratando de acompasar el latido de su corazón al lento ritmo de la música. La banda vino en su auxilio abordando un desenfrenado paso de cumbia que colmó la reducida pista de infatigables bailarines. Nico la besó y, antes de volver a la mesa, expresó en voz alta lo que antes habían dicho sus ojos:

-Sí, quiero.

A las cinco de la tarde el dueño del club maniobró la torta en una mesita rodante y anunció que era el obsequio de los presentes para los recién casados. A las siete y media los rosarinos comenzaron a despedirse y Juan fue a cancelar la cuenta que ya había sido pagada por Nico y por Fermín dejando en su lugar una cálida nota de parabienes. Caminaron hasta la casa de Nadia adonde estaban los autos. Jimena y Verónica se aislaron una vez más con Nadia mientras la joven se duchaba y se vestía con prendas cómodas y después convencieron a Dani de pasar la noche en Rosario.

-¡Papá! -le dijo a Juan- ¿Mañana vamos a ir a ver los leones?

Juan lo subió sobre las rodillas y certificó:

-Mañana te pasaremos a buscar por lo de la abuela y vamos a ver los leones.

La pareja permaneció en la puerta hasta que el auto de Fermín dio la vuelta. Cuando entraron, Juan apoyó la espalda contra la puerta y miró a su mujer magnetizado por la aspiración del futuro que ambicionaba para ambos. La observó desde la pasión contenida por la espera, desde la necesidad de ganarse su confianza y desde el entendimiento de dominar su deseo para preservar las imponderables circunstancias que los habían reunido. Se hizo cargo del desasosiego que Nadia trataba de disimular y amó la inocultable expresión de desvalimiento que la había ganado al quedarse a solas. La atrajo con suavidad hacia él y la abrazó con firmeza hasta que sintió que se relajaba contra su cuerpo. No se desbordó en palabras ni en caricias. La estrechó hasta que la cabeza de la joven se deslizó en el hueco de su cuello y la tibia respiración se acomodó a la distensión de los músculos. La besó en el pelo todavía húmedo y la separó, apenas, para confiarle una sonrisa tranquilizadora. Cuando entraron al comedor, los ojos de Nadia habían recuperado la limpidez acostumbrada.

-¿Tomamos un café? -le propuso, más compuesta.

-Si nos mantiene despiertos... - le contestó Juan con desenfado.

Nadia hizo un gesto risueño y se dirigió a la cocina. Volvió con una bandeja con dos pocillos humeantes que Juan se levantó a recibir demorando sus manos sobre las de ella. Después la colocó sobre la mesita ratona y le alcanzó uno a la joven. Se sentaron en el sillón y bebieron la infusión en un silencio henchido de emoción controlada. Nadia levantó los ojos y quedó atrapada en la mirada extasiada de Juan que los acercaba de manera más concreta que el mismo contacto físico.

-¿Por qué me mirás así? -dijo turbada.

-Porque me muero de ganas de besarte.

-¿Y por qué no lo hacés? -lo desafió, inquieta.

-¿Vos querés...? -le propuso con terneza.

Nadia, sin acortar la distancia, apoyó la cabeza contra el respaldo del sillón y cerró los ojos con expresión desalentada. Juan consideró que no era momento para vacilar. Se inclinó sobre ella y apoyó sus labios sobre otros que lo recibieron sobresaltados. Sostuvo la caricia hasta que la boca de la muchacha se entregó al reclamo y la cercó para apoyarla contra su cuerpo que desvariaba por el calor femenino. La vehemencia de los sentimientos socavó las barreras de contención y los sumergió en una vorágine que arrasó con el ominoso pasado. Juan la alzó entre sus brazos y caminó hacia el dormitorio con el corazón acelerado por la inminente unión. La depositó sobre la cama sin dejar de besarla porque su contacto le era indispensable como el aire y para no perder la sensación de entrega que le transmitía la boca de su amada. Se incorporó para observarla en el pródigo abandono que le entreabría los labios y encendía su mirada de excitación. En la promesa de esta mujer apasionada no quedaban rastros de la indiferente desconocida que había turbado su vida hacía un año y medio. Juan la desnudó con dedos temblorosos y bajó la cabeza para deslizar sus labios entre la boca y el ensortijado vello del pubis femenino. Nadia gimió ante la provocante excursión por su cuerpo pero se abandonó a la placentera sensación que le producían las caricias masculinas. Enardecida por el deseo, lo despojó de la camisa mientras él se desprendía del resto de sus ropas. Su cuerpo desnudo exhibió los ostensibles efectos de la pasión y Nadia se estremeció ante la intensa percepción de la cópula. Juan se tendió atrayéndola hacia sí y se besaron, estrechamente unidos, balbuceando desenfrenadas palabras de amor, saboreando en la boca del otro los momentos previos a la consumación. Las manos exploraron los sensibles puntos de placer ajeno acelerando el instante irrevocable que sobrevino tras un incitante gemido de Nadia que le otorgó a Juan el consentimiento para la penetración. Se arrodilló entre las trémulas piernas de la joven y levantó sus caderas hasta que el extremo del poderoso miembro contactó con el lubricado ingreso al cuerpo femenino. Se introdujo sin violencia pero con firmeza, conmovido por la perfección del momento. Sus sentidos agudizados captaron el grito de aquiescencia de Nadia, la gutural exclamación que procedía de su propia garganta, el estrecho y ardiente enclave que contenía su palpitante virilidad, los leves estremecimientos que presagiaban el orgasmo de la mujer. La inmovilizó para no desbordarse antes de haberla satisfecho y se movió lenta y profundamente hasta que ella le rodeó la cintura con sus piernas entrelazadas y acentuó el movimiento de las caderas. Con los últimos vestigios de control se mantuvo convulsamente inmóvil, la vista clavada en el bello rostro jadeante por la cercanía de la culminación. La cabeza de Nadia se agitó hacia los lados y de su garganta palpitante brotó un quejido de placer provocado por las aceleradas contracciones de sus entrañas. Juan se impulsó urgidamente hacia el clímax estallando en la hondura del palpitante núcleo femenino mientras cubría su boca con un beso apasionado. Las piernas de Nadia se deslizaron lentamente sobre los flancos del hombre que giró sin separarse de su cuerpo. 

-¡Nadia, Nadia...! Mi vida... -murmuró apretándola entre los muslos para prolongar la unión amorosa.

Nadia lo abrazó suspirando su nombre y lo miró entre las pestañas entornadas mientras una sonrisa de complacencia iluminaba su cara. Juan rió en voz baja e inició una sesión de besos tiernos que revolotearon sobre el rostro de su amada. La gozosa vivencia se superpuso a la sórdida memoria del primer encuentro brindándole la absolución que su conciencia reclamaba. Se sintió redimido ante la mujer que hoy sintetizaba las posibilidades de su pasado y su futuro. Sus cuerpos relajados se acomodaron uno contra otro con la languidez que sucede a la aplacada tensión sexual. Juan le rodeó el rostro con las manos y le dijo:

-El día que te fui a buscar a la biblioteca hice todo el viaje maquinando estrategias para acercarme a vos, y de pronto te encontré en mis brazos sin haber dicho una palabra. ¿A que se debió el milagro inesperado? -indagó.

Nadia rió alegremente recordando los dislates que abrumaron su mente febril. Se acurrucó más contra él y lo besó detrás de la oreja -provocándole una descarga que la deleitó- antes de contestarle:

-Cuando leí en la biblioteca el exhorto para entregar a Dani, lo primero que hice fue pensar en vos. ¡Si supieras todo lo que pasó por mi cabeza antes de caer en la cuenta de que no te quería sólo por Dani sino también para mí...! -Juan aprobó el pensamiento con un beso contundente- Estuve a punto de hablarte mil veces, pero la sola idea de que me rechazaras me espantaba...

-¿Pensaste que podría rechazar a la mujer que más deseaba en mi vida...? -la interrumpió con voz enronquecida, apretándola contra su ávido cuerpo.

-Pero cuando te vi en la puerta aluciné de que habías percibido mi angustia y venías a protegerme -continuó, y con una sonrisa tierna:- ¿Cómo no arrojarme a los brazos de mi salvador...?

Juan la tendió de espaldas y con la lengua acarició la sensible cúspide de sus pechos. Nadia se estremeció al advertir que la hoguera que poco antes se había apagado en el intrincado laberinto de su vientre comenzaba a reavivarse. Sus manos recorrieron la espalda musculosa de Juan y se posaron en la cabeza masculina. Él susurró mientras se acercaban sus labios:

-¿Y si hubiera estado el librero en la puerta...?

-Entonces -musitó Nadia antes de perderse en la caricia- hubiera pasado a su lado y me hubiera muerto de pena...

Los dos murieron y renacieron en la ineludible exigencia amorosa de sus cuerpos afinados por el conocimiento previo. El éxtasis dio paso a un descanso despojado de tensiones del cual Juan emergió con la congoja de haberla vuelto a perder. La opresión de su pecho desapareció cuando vio a Nadia tendida de costado, el pelo negro desparramado sobre la almohada y una expresión de placidez en su bello rostro. La deseó con una intensidad que lo hizo vibrar pero postergó su anhelo con la certeza de que a partir de ese momento tenían todo el tiempo para amarse. Se acercó a su mujer de carne y hueso y se despidió de la imagen que ya no necesitaba perseguir.

FIN

 

 

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