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Sala Independiente - Rosario - Santa Fe - Argentina
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de Carmen
Retamero
Registro de la propiedad intelectual N° 419.396 D.N.D.A
Juan paseó
la mirada por la penumbra del bar sin buscar nada en especial.
Eran las doce de la noche y estaba contrariado porque la reunión
con los representantes porteños se había prolongado sin haber
concretado el negocio. Eran un hueso duro de roer y, para
persuadirlos, debería recurrir a sus asesores por la mañana.
Caminó hasta la barra detrás de la cual se encontraba su amigo
Nico. El dueño del establecimiento y él eran amigos tras haber
sido los únicos sobrevivientes de un accidente aéreo. No podían
ser más distintos. Juan tenía treinta años; era un hombre de
negocios legales, amante de la música y los deportes, instalado a
medias entre un departamento céntrico y la casa materna y confeso
de amor incondicional hacia las dos mujeres que poblaban su vida:
su madre y su hermana Jimena. Nico le llevaba cinco años, vivía
solo y no se le conocía pareja estable, sus negocios eran
nocturnos y sus relaciones, marginales. Concurría al gimnasio para
desarrollar sus poderosos pectorales y endurecer un cuerpo que,
generalmente, disuadía a los alborotadores de empezar una riña.
Entre sus inquietudes no figuraba la licitud del origen de sus
ganancias. Tanto le daba que provinieran del funcionamiento del
bar, como de las comisiones que le pagaban las mujeres a las que
permitía trabajar en su local. Este era un tema del que no
hablaría nunca con Juan porque lo que los unía eran la entereza y
el desprendimiento con que habían afrontado la adversidad. En ese
espacio particular estaban hermanados con prescindencia de las
convicciones éticas de cada uno.
-¡Hola,
Juan! -Nico lo saludó y puso un vaso de wiski delante de su amigo.
-¡Hola,
Nico! No parece haber mucho movimiento esta noche. Nico bajó una botella de Chivas y le sirvió una generosa medida.
Juan le agradeció con un gesto.
-Extraña
hora para venir un día de semana -observó el dueño del bar.
-Recién
salgo de la oficina y cargado como una pila. ¿Podés creer que
después de cinco horas de negociación a un tira bombas se le
ocurre cuestionar un punto del contrato que va a requerir la
intervención de los abogados de cada parte?
-¡Ah! Los
picapleitos son una chusma que tienen compinches bien
entrenados... -resumió Nico. Juan se rió de las conspicuas apreciaciones de su amigo. Un
potente trueno hizo tintinear las copas de cristal colgadas de los
estantes de las bebidas y casi dejó al salón sin luz.
-¿Estás con
el auto? -se interesó Nico.
-Lo dejé en
tu cochera. ¿Vendrás a pescar este fin de semana?
-No. Espero
una importante partida de bebidas. Ya sabés... Juan sabía que su amigo compraba bebidas de contrabando con las
que hacía pingües diferencias y sospechaba sobre otras actividades
menos respetables, pero también sabía que a pesar de sus
imperfecciones era la persona más confiable que conocía.
-¿Qué pasó
con la autorización del departamento de trabajo? -se acordó Juan.
-Todo en
orden. A estos parásitos los comprás con poco -dijo Nico
despectivamente.
-Y así la
rueda de la corrupción sigue girando... -filosofó su interlocutor.
-Así
es el mundo, amigo mío. Cada cual saca la tajada que se atreve.
Salvo los honestos comerciantes... -le descargó, con una sonrisa. Juan contuvo su respuesta al captar un leve gesto de sorpresa en
la cara de Nico. Una figura se deslizó en la banqueta contigua.
Era una mujer que había llegado silenciosamente y de la que no
podía juzgar el perfil oculto tras el manto de su pelo.
-¿Qué le
sirvo? La voz impostada, que a su amigo le surgía en presencia de bellas
hembras, incrementó su interés.
-Un wiski
-respondió la mujer. Nico dejó la copa sobre un posavasos, agregó hielo y sacó la
botella de debajo del mostrador. Juan bebió un sorbo de su vaso y
aspiró a que la joven tuviera un estómago apto para tolerar la
bebida de mala calidad. Para su asombro, ella alineó la cabeza y
acabó el brebaje casi de un trago.
-Otro -le
ordenó a Nico, tosiendo un poco. El hombre obedeció y le escanció una medida doble. Los amigos
estaban pendientes de la bebedora compulsiva. Esta vez, acometida
por la quemazón de su garganta, no pudo terminar con el contenido.
Tosió hasta que Nico le sirvió un vaso de agua con hielo que
pareció calmarla. Juan, con un leve movimiento de cabeza, le
indicó al dueño del bar que se eclipsara. Las convulsiones de la
tos habían provocado en la muchacha un estado semejante al
resfrío: nariz congestionada y lágrimas surcando las mejillas
encendidas. Su vecino de asiento le tendió un pañuelo que ella
agradeció pero no aceptó. Hurgó en su cartera hasta encontrar un
pañuelo descartable con el que se sonó la nariz y luego volvió a
guardar. Después, a pequeños tragos, terminó con la bebida. Juan
le ofreció:
-¿Puedo
invitarte con una vuelta? La joven giró la cabeza y asintió hieráticamente. El hombre
apreció un bonito rostro enmarcado por cabellos lacios y negros.
Volvió a llamar a Nico:
-Que sean
dos - indicó. Su amigo comprendió y cambió la copa de la joven, vertiendo Chivas
en ambos vasos.
-Me llamo
Juan Rivas -le alargó la mano.
-Yo soy...
María -dijo ella ignorando la diestra tendida. Él bajó el brazo ante la mirada divertida de Nico, infiriendo que
ni siquiera le había dicho su nombre verdadero. Ella bebió despacio y pareció apreciar la diferencia de licores.
Antes de que Nico se cruzara de brazos en su gesto típico de
negarse a servir, Juan, sin mediar diálogos, la había convidado
dos veces más. La lluvia pegaba sobre los cristales de la ventana
y la temperatura había bajado varios grados. El joven preguntó:
-¿Querés
que te lleve a tu casa? La mujer, sin superar el estado de catatonia, se encogió de
hombros levemente, ademán que Juan asumió como aceptación. Intentó
pagarle a Nico la consumición total, pero la joven no accedió a
que abonara sus primeras copas.
-¡No, no!
¡De ninguna manera! Yo pago lo mío - pronunció con dificultad. Abrió su cartera con torpeza y sacó un billete de cincuenta pesos
que el dueño del bar tomó sin discutir. Guardó el vuelto con la
misma imprecisión y se arrojó literalmente del taburete. Aunque
Juan estaba bastante achispado, logró atraparla antes de que
terminara en el suelo. Nico dio la vuelta a la barra y le dijo a
Juan en voz baja:
-No podés
manejar en este estado. Esperá que llame a Guillermo y los llevo. Su amigo le apretó el brazo con rudeza y le contestó:
-No te
metás, Nico, que todavía puedo solo. Voy a estar bien. Nico entendió el mensaje y no insistió más:
-Andá con
cuidado, viejo, que la quinta del ñato está llena de omnipotentes. Miró con preocupación la marcha cuidadosa de la pareja que se
dirigía a la salida. Desde allí Juan le hizo una sonrisa y una
señal de despedida. Abrió la puerta dejando entrar una ráfaga
lluviosa que salpicó la alfombra de la entrada y sostuvo a la
joven a la que el viento amenazaba arrastrar. Cuando cerró, Nico
se quedó observando sus siluetas distorsionadas por los cristales
difusos que adornaban la abertura.
-Esperá que
acerco el auto a la entrada -sugirió Juan cortésmente.
-¡No! Voy
con vos -dijo María. El hombre no insistió. Cruzó la calzada con rapidez hasta llegar
al refugio de la cochera. Mientras abría la puerta de su vehículo
se volvió para mirar a su acompañante. La joven estaba empapada.
Bajo la luz de los fluorescentes pudo apreciar lo linda que era,
sin maquillaje y con el pelo chorreando.
-¿Cómo te
mojaste tanto? -preguntó sorprendido.
-El viento
-le respondió.
-¡Ah...!
¿Cómo no lo pensé? Podría haberte cargado -dijo seriamente. María se encogió de hombros como si fuera su gesto más expresivo.
Parecía que toda contingencia le resbalara como el agua. Juan le
franqueó la puerta del acompañante y después se acomodó tras el
volante. Abandonó el estacionamiento tratando de clarificar su
pensamiento obnubilado por el alcohol. "¿Debería llevarla a su
casa o intentar que fuera a su departamento?", se planteó.
-¿Vamos a
tomar un café a mi casa? -aventuró, esperando una negativa.
-Bueno
-contestó la joven. "¿Es todo tan fácil con esta muchacha?", se preguntó con cierta
inquietud. Tenía sensaciones contradictorias: por un lado,
celebraba la falta de mojigatería de la mujer; por el otro, le
chocaba su actitud sumisa ante cualquiera de sus propuestas. Se
dijo que era un imbécil si proseguía con sus cuestionamientos
cuando las cosas se le daban favorablemente. Llegaron sin
pronunciar palabras al edificio donde vivía. En igual silencio
viajaron en el ascensor desde las cocheras del subsuelo hasta el
décimo piso donde estaba su departamento. Juan miraba a la joven
de gesto circunspecto y ojos inescrutables sin poder interpretar
su expresión. Lo cierto es que la apatía de la mujer comenzaba a
molestarlo. Entraron al departamento y le ofreció:
-Si querés
secarte, el baño está detrás de esa puerta. Ella movió la cabeza negativamente. "¡Dios!", pensó Juan, "¿Hay
algo que te conmueva?" Esta situación era inédita. Estaba
acostumbrado a cortejar a las mujeres que llevaba a su
departamento, a convencerlas de que eran únicas y a guiarlas
lentamente hacia su cama. Hasta hoy, cien por ciento de
efectividad. Pero esta muchacha era un desafío. La estudió
abiertamente: alta, delgada, piel morena clara, nariz fina y
mediana, leves hoyuelos en la comisura de los labios bien
formados, ojos grises ¿tristes?, ese hermoso pelo negro,
ropa clásica, sandalias de taco alto. Ella no se inmutó. Se dejó
examinar con detenimiento como un ejemplar en exposición. La
expresión de su cara no dejaba traslucir ninguna emoción, aunque
más tarde Juan se reprochó no haber profundizado en esa máscara.
-¿Te sirvo
alguna bebida? -le preguntó. María lo miró con seriedad.
-¿Me
trajiste para eso? -le planteó sin rodeos. El hombre se ofuscó. Sintió que la joven lo descentraba de ese
territorio de macho conductor al que estaba acostumbrado, y lo
desafiaba a seguirla. Reprimió el bochorno con una brusquedad
desconocida. Atrajo a la mujer hacia él y la sofocó entre sus
brazos mientras la besaba salvajemente. Ella no se resistió ni
emitió queja. El cuerpo inanimado despertó en Juan una oscura
lujuria que lo incitó a dominarla, a sacudirla de esa indiferencia
que tanto lo afrentaba. La arrastró hacia el dormitorio y la
derribó sobre la cama. La desnudó, urgido por el deseo irracional
de que ella lo rechazara, que despertara de ese letargo que le
provocaba pasiones perturbadoras. Se arrancó la ropa mientras
apretaba entre sus rodillas la esbelta figura femenina. El
contacto de sus cuerpos desnudos lo enardeció y se hincó entre sus
piernas mientras le inmovilizaba los brazos sobre la cabeza. Los
ojos grises no le enviaron ninguna señal. Arremetió dentro de ella
con una furia que la hizo gritar de dolor. Siguió embistiendo sin
contención, concentrado en las crecientes pulsaciones de su
miembro que lo dispararon hacia el remate. Acabó con un jadeo
gutural y se desplomó sobre el cuerpo de la mujer. Cuando recuperó
el aliento, se apoyó en los antebrazos para alivianarla de su
peso. Ella había cerrado los ojos y desde sus pestañas surgían
gruesas lágrimas que resbalaban hacia las sienes. Juan tuvo la
sensación de haberla violado. Las palabras se atascaron en sus
rígidas cuerdas vocales y se volvió hacia el costado con un gemido
de impotencia. Un sopor irresistible, derivado del alcohol y la
descarga, lo alejó temporalmente del reclamo de su conciencia.
Despertó apremiado por su vejiga. Un formidable dolor de cabeza lo
acometió al incorporarse y tuvo que hacer una profunda inspiración
para contener las náuseas. Tras calmar los espasmos de su
estómago, se acopló a la realidad: la muchacha había desaparecido.
Caminó hacia el baño y atendió la demanda de su cuerpo. A
continuación buscó en el botiquín un analgésico y lo tomó. Abrió
la ducha permaneciendo largo rato bajo el chorro de agua caliente,
hasta que sus músculos se relajaron y la cefalea se convirtió en
una palpitación soportable. Regresó al dormitorio con el toallón
rodeando su cintura. Examinó la cama como si esperara encontrar
rastros que delataran la permanencia de la desconocida. Pasó los
dedos suavemente por la almohada contigua buscando la huella de
sus lágrimas, apoyó la mejilla donde antes la joven reposara la
cabeza y nada más que un perfume desvaído dio cuenta de su
presencia. Juan comenzó, a partir de ese momento, un trabajo de
introspección que no terminaría hasta hallar a la mujer. La
materia prima con la que rescató su imagen interna tenía tanto de
culpa como de reprobación. Evocó su fisonomía y especialmente sus
ojos, adonde ahora reconocía el dolor detrás de la indiferencia.
¿Por qué no pude
acercarme a ella, indagar qué le pasaba, aquietarla con palabras o
caricias en vez de atacarla? Porque me desconcertó, porque no se
ajustó a la norma. ¿Por qué su grito de dolor me excitó más? ¡No
me reconozco! ¡Ella gritó y lloró y tropezó con mi indiferencia!
Si necesitaba un empujón para saltar al vacío, se lo procuré
alegremente. Me siento una mierda... No me reconozco... ¿Adónde la
buscaré? ¿Y qué podré decirle cuando la encuentre? ¿Que sólo me
proponía acostarme con ella? ¿Y qué...? Peor fue violentarla. ¡No!
Yo sería incapaz de obligar a una mujer. Ella vino entregada...
Pero su entrega tenía más de martirio que de libertinaje. No me di
cuenta. O tal vez no quise darme cuenta porque entonces no podría
haberme acostado con ella. Y la deseaba tanto... Hasta que me hizo
esa pregunta, yo sólo quería que gritara de placer. ¡Debo
encontrarla! El hombre miró el reloj que señalaba las seis de la mañana.
Sabiendo que no volvería a conciliar el sueño, se vistió y salió a
la calle. Manejó hasta un bar que abría temprano y se sentó a
desayunar. Se propuso buscar a Nico después de la reunión de
trabajo para averiguar sobre la joven, y esta decisión le calmó
temporalmente la ansiedad. A las ocho marchó a la oficina y a las ocho y media llegó su
abogado:
-¡Buen día,
Juan! -lo saludó tendiéndole la mano.
-¿Cómo
estás, Rodolfo? -se la estrechó con firmeza.
-No tenés
buena cara esta mañana. ¿Te acostaste muy tarde?
-Un poco
-contestó evasivamente- Te voy a poner al tanto del punto en
discusión. Rodolfo asintió, desconcertado por la parquedad del diálogo.
Generalmente, Juan lo convidaba con un café y antes de hablar de
trabajo charlaban sobre cosas personales puesto que se conocían
desde el secundario.
-Este
contrato nos favorece si aceptan la cláusula quinta -le adelantó
Juan entregándole el documento. Rodolfo se acomodó para estudiarlo. El empresario le pagaba
honorarios mensuales y sólo requería sus servicios en caso de
conflicto. Terminó de leerlo sin que Juan lo interrumpiera. El
artículo cinco se refería a la obligación de los contratantes de
proveer sus productos a la empresa de Juan en forma exclusiva, al
menos cinco años consecutivos antes de designar otros
representantes. El abogado conocía la feroz competencia que había
en el mercado electrónico y no se olvidaba de las inversiones que
su amigo había realizado dos años atrás para intermediar en la
venta de Electrotechnic. Pocos meses después de haber ganado la
plaza, los fabricantes inundaron la ciudad con su mercancía a
través de distintos revendedores. Si Juan no hubiese tenido una
situación financiera sólida y una trayectoria intachable, hubiera
quebrado. Desde entonces, por una cuestión de principios, se negó
a participar de otra licitación, pero ésta le había sido ofrecida
y él tomaba sus recaudos. Rodolfo opinó:
-Creo que
te cubriste demasiado. Así tuvieses por dos años la comisión de
esta firma, harías un negocio excelente.
-Me alegro
que tengas en claro el quid de la cuestión. Dos o tres años serán
suficientes. De modo que serás mi apoderado para el cierre y fijar
la fecha de rubricación del contrato. Recibirás el tres por ciento
de las utilidades netas por el tiempo que ganes. ¿Te interesa? El abogado lo miró como si estuviera loco.
-¿Me vas a
dejar a mí concluir el mejor negocio que pueda presentarse en tu
vida?
-Si te
interesa... Creo que me vendría bien delegar algunas tareas porque
necesito tiempo... -se interrumpió y lo exhortó:- ¿Te interesa o
no?
-¿Cómo no
me va a interesar? Pero no entiendo, no es tu costumbre poner en
manos de otros estas negociaciones...
-No
hablemos más. Me voy antes de que lleguen los porteños. ¿Tenés el
número de mi celular?
-Sí -afirmó
Rodolfo.
-Llamame
cuando esté todo listo. ¡Bai! -saludó con desparpajo y se fue. El abogado estaba boquiabierto. La oferta de su amigo era tan
generosa que se prometió pelear por la integridad de la cláusula.
Aprontó sus argumentos mientras pensaba en el departamento que
quería cambiar y el velero que, hasta hoy, era sólo una utopía.
A Juan no
le cabían dudas de que Rodolfo pelearía la concesión como si fuera
propia. Siempre pensó que un individuo bien incentivado se
manejaba con eficiencia y honestidad. Para él, los riesgos
empresariales eran mínimos si se reconocían los esfuerzos de las
personas que posibilitaban la existencia de cualquier
organización. Coherente con la idea, lo tradujo a la práctica, y
la realidad le demostró lo acertado de este principio cuando el
apoyo ilimitado de sus empleados le permitió afrontar aquella
delicada situación. Manejó hasta la casa de Nico que estaba
ubicada frente a la costa, disfrutando de una sensación de
libertad desconocida en un día de trabajo. Mientras caminaba hacia
la vivienda, se le disparó el corazón al imaginar que su amigo
tendría la respuesta que buscaba. Inmediatamente, lo invadió el
desaliento al recordar el sobresalto de Nico cuando vio llegar a
la joven. Aspiró una bocanada del aire depurado por la lluvia y
apretó el timbre del portero visor. Esperó un buen rato antes de
que se abriera la puerta:
-Atiendo y
no maldigo porque se trata de vos -dijo un Nico soñoliento y
despeinado, mientras terminaba de atarse la bata.
-Perdoname,
viejo. Pero no podía esperar -le contestó, apretando la diestra
que le ofrecía. Su camarada lo precedió hasta el estar que daba a un vasto jardín.
Le indicó que se acomodara y puso en funcionamiento la cafetera.
Después se sentó y esperó a que Juan hablara.
-Necesito
ubicar a la chica que se fue conmigo -expresó sin rodeos. Su adormilado amigo lo miró sin comprender.
-¿Qué puedo
saber yo si vos te la llevaste? -dijo pasmado.
-Pensé que
podía frecuentar el bar -contestó Juan con desaliento.
-No es el
tipo de mujer que alterna en mi negocio -consideró Nico.- ¿No la
acompañaste hasta la casa? -y antes de que pudiera contestarle:-
¡No me digas que te dio una dirección falsa!
-No, Nico.
Desapareció mientras estaba dormido. Realmente, quiero encontrarla
-reiteró con exaltación. El dueño del bar se dio cuenta de que su amigo estaba alterado y
que necesitaba una respuesta. Le puso una mano sobre el hombro y
trajo la cafetera con dos pocillos. Después de servir, retomó la
charla:
-Presiento
que esperabas de mí una ayuda que no te puedo brindar. Y no me
digas más de lo que necesito para darte una mano, pero aclarame un
poco este rompecabezas. La confianza y la generosidad de Nico obraron como catalizador en
el ánimo de Juan, que se encontró relatándole lo sucedido en la
víspera como quien drena el veneno de un ofidio. Después esperó la
censura de su amigo.
-Mirá,
Juan. Creo que las copas de más y el extraño comportamiento de la
joven influyeron en tu conducta. No soy quién para juzgar a nadie,
y menos a una persona cabal como vos. Si fueras un desaprensivo,
no sentirías culpa ni necesidad de reparar. Así que, como no
podemos cambiar el pasado, concentrémonos en el futuro. Me
comprometo a usar todos los recursos que tengo para encontrar a tu
muchacha, y... ¡arriba ese ánimo! -terminó Nico palmeándole el
brazo.
-¿Vos creés
que cuando la encuentre me va a perdonar? -tanteó Juan,
esperanzado.
-¿Me
parece, o estás enamorado? -preguntó Nico. La expresión soñadora de su amigo no precisaba la confirmación a
esa pregunta.
Jimena
terminó de picar la cebolla y se la alcanzó a Verónica, su madre:
-¿Puedo
saber para qué comida estoy colaborando?
-Para los
panqueques de verdura y queso -contestó la mujer, echando la
cebolla en un sartén.
-¡La comida
preferida de Juan! Decime, ma, ¿no lo notás un poco raro
últimamente?
-¿A vos
también te parece? Está como... distraído -señaló su madre,
olvidando por un momento revolver el relleno.
-Y evasivo.
Hace tiempo que no me cuenta nada de sus actividades, de sus
salidas, de su trabajo... ¡de nada! -afirmó Jimena- ¿Vos sabés
algo?
-Esta
mañana le volví a preguntar qué pasaba, y me contestó "¡Nada,
mamá! ¿Qué me va a pasar?" Así que por lo menos hasta mañana no
puedo insistir. Intentá vos Jimi..., que sos su debilidad -rogó
Verónica, retirando del fuego el relleno que amenazaba quemarse.
-Lo haré si
me prometés que no me vas a llamar por ese sobrenombre ridículo.
¿Por qué los padres se matan eligiendo un nombre y después se
empeñan en destruirlo? -rezongó. Verónica, riendo, la estrechó:
-¡Tesorito!
Es que todavía te veo tan chiquita para ese nombre de adulta... Jimena respondió a la caricia y las dos mujeres permanecieron
abrazadas por un momento.
-¿Qué es
esto? ¿El monumento al amor filial? -la voz masculina las volvió a
la realidad. Ambas se soltaron y miraron con afecto al hombre que, por el
momento, era el centro de sus vidas. Juan las besó y se acercó a
la cocina:
-¡Mm! Esto
huele de maravilla. ¿No hay un pancito para probar? -preguntó,
sabiendo que para su madre no había peor amenaza que meterle un
trozo de pan en la comida sin terminar.
-Vas a
probar cuando te sentés a comer -respondió Verónica- Tenés tiempo
de darte un baño.
-¡A la
orden, mamá! -respondió su hijo, riendo, mientras salía de la
cocina. Jimena se volvió hacia su madre:
-¿Y cuándo
te voy a ayudar para que preparés milanesas a la napolitana...?
-Esta
noche, si querés.
-¡Ay, esta
noche, no...! Me quedaré a cenar en Venado.
-¿Y a qué
hora pensás volver?
-No voy a
volver. Nadia me invitó a quedarme en su casa.
-¿Cuándo me
iba a enterar...?
-Mami... Te
lo iba a decir antes de irme o, a lo sumo, te llamaría desde
Venado -y en tono confidencial:- Como no tengo el auto, le voy a
pedir a Juan que me lleve. A ver si podemos charlar. Verónica movió la cabeza con gesto resignado y le dijo a Jimena
que preparara la mesa y le avisara a su hermano. Las dos estaban
sentadas cuando bajó Juan. Su hermana lo miró y pensó cuán
atractivo se veía, recién afeitado y con el pelo húmedo separado
en mechones rebeldes. Se preguntó a qué se debía ese cambio de
humor que la distanciaba de un hermano mayor siempre pendiente de
los deseos de su hermanita, como la llamaba cariñosamente.
¿Tendría problemas de trabajo o acaso financieros? ¿O estaría
enamorado y no correspondido? Se prometió hacer lo imposible por
sonsacarlo.
-Juan, esta
tarde tengo que ir a Venado y mi auto está en el taller. Pensé que
podrías llevarme.
-¡Ah!, lo
siento, nena. Pero debo estar en la Aduana para recibir un envío y
no sé a qué hora me voy a desocupar -se disculpó Juan. Vio la cara de decepción de su hermana y agregó:
-No me
digas que no tenés algún moscardón que se sienta feliz de
llevarte...
-Sabés que
no. Y contaba con vos... -murmuró en tono de reproche.
-Esta vez
te vas a tener que arreglar sola... ¡Te pago un remís! -le
ofreció, magnánimo.
-¡Ni loca!
Me voy en ómnibus. Espero que alguna vez me acompañés a la escuela
adonde estoy trabajando. Antes te interesabas más por mis cosas.
¿A que no sabés cuánto hace que viajo todos los días? Su hermano la observó en silencio. Jimena sabía que su pregunta lo
molestaba, pero prefería verlo enfadado que distante.
-... ¿Dos
meses? -aventuró Juan.
-¡Cuatro,
tonto!
-¡No
discutan en la mesa! -intervino Verónica, mediando entre sus hijos
como cuando eran niños.
-¡Bueno,
Ji, no te sulfures! -su hermano le devolvió la injuria acortando
su nombre a la mínima expresión- La semana que viene te llevo el
día que quieras.
-La semana
que viene tendré mi auto -le contestó altanera. Él hizo un gesto de resignación y se concentró en la comida.
Verónica miraba a sus dos hijos, a sus dos bebés devenidos en
adultos cuyas necesidades ya no podía satisfacer. Juan era un
hombre recto como su padre, y tan parecido en su personalidad y en
sus gestos como si no lo hubiese perdido desde muy niño. Jimena se
parecía más a ella, con un carácter alegre y desenfadado que
aparentaba tomar con liviandad los desafíos cotidianos, pero con
una inagotable necesidad de dar y recibir afecto. No imaginaba por
qué sus dos ramificaciones estaban al momento sin pareja, sabiendo
ella que eran humanamente excepcionales. Se repitió que no debía
desesperar; que ya aparecerían los compañeros adecuados.
-Me tengo
que ir -el anuncio de Juan la sacó de su concentración.
-Si venís a
cenar, te dejaré comida para calentar. Esta noche me voy al teatro
aprovechando que Jimena no viene a dormir.
-¿Que no
viene a dormir? -el hermano mayor se puso en alerta.
-¿Y a vos
qué te importa, si hace cuatro meses que no sabés de mis cosas?
-lo desafió Jimena. Juan estaba apurado, de modo que le apuntó con su índice acusador
y salió de la habitación sin entrar en un debate de horas. Si su
madre lo aprobaba, la insolencia de su hermana no era más que una
anécdota. Pero se prometió revivir la relación de cercanía tan
pronto como fuera posible. Jimena empezó a levantar la mesa en silencio. Las mujeres no se
hablaron hasta que Juan se fue. Mientras secaba la vajilla, dijo
la joven:
-Tu hijo
abortó todos mis planes. Me dejó de a pie y sin oportunidad de
hacerle preguntas. ¡Te digo que algo le pasa! Verónica terminó de lavar y, mientras secaba sus manos con un
repasador, discrepó:
-No te
lleva porque no puede, Jimena. Lo que sí lamento es que no puedas
averiguar por qué está así.
-¡Claro! Y
a mí que me parta un rayo... -ironizó su hija. La madre sonrió con melancolía. Le acarició el rostro y le
participó:
-Me voy a
descansar. Si mañana alguna de las dos no logra arrancarle algo,
se lo plantearemos claramente -tomándola de las manos- Aprovechá
la oferta de tu hermano y andate en remís. Me dejarás más
tranquila. Jimena, viendo que no la soltaría hasta obtener una respuesta
satisfactoria, asintió. Se despidieron con un beso y
contrariamente a su costumbre, la muchacha decidió tomar una
siesta antes de bañarse. La discrepancia con su hermano la había
agotado. Puso el despertador a las cuatro y se metió entre las
sábanas frescas
Juan
abandonó la oficina a las ocho de la noche. Había sido un día de
trabajo fatigoso y no veía la hora de pasar por el local de Nico
para tomar una copa tranquilo, encontrar una respuesta que el
tiempo desvaía y mantener la esperanza de verla entrar
mágicamente. Le parecía increíble que hubiese pasado más de un año
desde el único encuentro que tanto lo abrumaba. Los meses de
búsqueda sin resultado habían alterado su carácter y era
consciente que afectaba la relación con su madre y con su hermana.
Pero ¿cómo confesarles su acto abominable? No lo entenderían por
mucho que lo quisieran. Empero, se formuló sincerarse hasta donde
pudiera con sus dos queridas mujeres. Abrió la puerta del bar y su
mirada se precipitó hacia la barra. Nada. También nada en las
mesas a media luz. Se sentó enfrente de su amigo que le tendió la
diestra para renovar la hermandad que los unía.
-¿Alguna
novedad? -preguntó por rutina.
Nico negó
con la cabeza. En estos quince meses había agotado todos los
procedimientos para averiguar sobre la desconocida. Su vínculo con
Juan se había templado con el fuego de una obsesión que ahora
compartían por diferentes motivos: Nico deseaba encontrar a la
joven porque había visto crecer la urgencia de su amigo por
enmendar un comportamiento que lo atormentaba, y Juan, bajo el
prisma de la culpa y la impotencia del desencuentro, soñaba con el
espejismo de una muchacha hecha para sus sentimientos más
sublimes. No se atrevía a ponerle nombre ni creía que fuera María,
como se había presentado. Era "ella", Eva, Mata Hari,
trascendiendo los límites de lo terrenal porque no era más que la
aspiración de una mujer.
-El sábado
me reemplazará Guillermo. ¿Querés que salgamos a dar una vuelta
con la avioneta?
-No. Te
agradezco, Nico, pero debo congraciarme con mi madre y mi
hermanita. Hace tiempo que las tengo relegadas y me parece que se
les agotó la paciencia. El sábado es el cumpleaños de mamá. Les
voy a dedicar el día y a contestar todas las preguntas con las que
me bombardean hace un tiempo.
-¿Todas?
-repitió su camarada como un eco.
-Todas las
que las tranquilicen - ratificó Juan con una de sus menguadas
sonrisas.
Nico se
acodó sobre la barra y se sirvió un trago. Todavía era temprano
para el movimiento del negocio. Creía que su amigo nunca llegaría
a encontrar a la mujer que lo trastornaba porque él, con las
conexiones que tenía, fracasó en ubicarla. Es claro que no les
pudo brindar más que una descripción verbal, pero si fuera
aficionada a estos lugares, la hubieran identificado. Nico
especulaba que la joven entró esa noche casualmente y que no vivía
en la ciudad, lo que le dejaba un escaso margen de eficacia. Otra
de las razones por la que se había enrolado en la búsqueda era el
temor de que Juan se quedara prendido de un recuerdo, cosa que a
Nico le parecía nefasta. Prefería que se topara con la muchacha de
carne y hueso aunque lo decepcionara. Por conocerlo, opinaba que
su amigo tenía mucho que brindar a una mujer y mucho que recibir.
La voz de Juan lo apartó de sus reflexiones:
-Si vos no
fueras testigo, esa noche se habría convertido en un mal sueño. La
vida es un absurdo, viejo. Un solo acto irreflexivo te saca del
carril seguro y te encontrás manejando en una oscuridad sin
señales. ¡Tengo que encontrarla, Nico! Es el único antídoto para
este error que no me disculpo.
-Dejá de
hostigarte. Como decís, las cosas pasan. Estoy convencido que todo
tiene una finalidad y que este episodio no terminó esa noche. Es
posible que pronto conozcas su propósito.
-¿Vos
creés...? -su tono esperanzado reclamaba una confirmación.
Nico vaciló
antes de responder. Pero esta noche era el presente y no se sentía
con aliento para negarle un consuelo. Certificó con firmeza:
-Tanto como
que por algo sobrevivimos hace cinco años.
Verónica
estaba recordando el inusual sábado que les había brindado su
hijo, cuando sintió la primera punzada en el pecho. Se detuvo un
momento y apoyó la copa sobre el bargueño hasta que el malestar se
calmó. Sin darle trascendencia, sonrió pensando en la coronación
de ese día perfecto: el brindis en la casa con una champaña que
Juan había dejado enfriar en la heladera. Intuía que su muchacho
se había reservado algunas cuestiones íntimas, pero el afecto con
que se consagró a ellas renovó la certeza de la unión entrañable
de su familia. Jimena estaba exultante por compartir un tiempo sin
retaceos con su hermano y su madre. Hasta Verónica, que se
mantenía actualizada sobre las actividades de sus hijos tanto como
la dejaran, escuchó detalles sobre el nuevo trabajo de Jimena por
estar dirigidos hacia otro interlocutor. Se divirtió con la
pretensión de su hija de presentarle una nueva amiga a Juan, y con
las cómicas excusas del hermano para negarse. No se cansaba de
mirar a sus retoños, jóvenes, atractivos, llenos de vitalidad,
despreocupadamente risueños. Especialmente Juan, que parecía
haberse reencontrado con el optimismo que lo caracterizaba. Abrió
la cristalera para acomodar la última copa y el segundo ramalazo
la dejó sin aliento. Un increíble dolor le subió por el brazo y le
arrancó un grito, al tiempo que se derrumbaba con el paradójico
pensamiento de preservar el cristal de la caída. La desconexión
con el contexto fue instantánea. Jimena escuchó el clamor desde el
estudio de la planta baja adonde estaba acomodando una partida de
libros, y corrió hacia el comedor.
-¡Mamá! -
exclamó atemorizada.
Un sollozo
escapó de su garganta cuando la vio abatida sobre el piso. Se
precipitó sobre ella con un funesto presentimiento:
-¡Mamá!
¡Mamita! - suplicó, mientras la sacudía para volverla al estado de
conciencia.
Su madre
seguía en una pálida inmovilidad, apenas distinta de la muerte por
el leve movimiento de su pecho al distenderse. Jimena se catapultó
hacia el teléfono y pidió un servicio de urgencia con la voz
quebrada por la angustia. Después se arrodilló junto a Verónica y
deslizó un almohadón bajo su cabeza, hablándole mientras contenía
las lágrimas, pidiéndole que se sanara, diciéndole cuánto la
quería y la necesitaba. El timbre la sobresaltó. Se atropelló
hacia la puerta para recibir el auxilio que había solicitado. El
médico, que era un hombre de edad madura, enseguida se hizo cargo
de la madre desvanecida y de la aflicción de la hija. Solicitó por
radio una unidad coronaria al tiempo que auscultaba a la mujer
para comprobar sus signos vitales.
-¿Tenés a
alguien que te acompañe? -le preguntó a Jimena.
-Mi hermano
-asintió. Y luego:- Dígame la verdad, doctor. ¿Está grave?
-Hasta que
no le hagan varios controles no puedo aventurar ningún
diagnóstico. Pero ahora está estable. Fuiste muy valiente al
reaccionar enseguida y pedir auxilio. ¿Por qué no llamás a tu
hermano?
Jimena tomó
el teléfono y marcó el número de celular de Juan. La casilla de
mensajes le indicó que estaba desconectado. Colgó contrariada
porque sabía que los domingos era inubicable.
Un timbrazo
indicó la llegada de la ambulancia. Buscó la cartera y cerró la
casa para viajar con su madre hasta el sanatorio, adonde la
dejaron esperando a la puerta de cuidados intensivos. Trataba de
imaginar adónde estaría Juan. Sacó la agenda de su bolso y la
revisó, intentando encontrar alguna anotación que la despertara de
su aturdimiento. Cuando apareció el nombre de Nico rodeado por el
círculo que indicaba amistades de su hermano o de su madre, no
dudó en llamar.
-¡Hola!
-respondió una voz de timbre grave.
-¿Nicolás?
-se aseguró Jimena.
-El mismo.
¿Quién habla?
-Soy
Jimena, la hermana de Juan. Tiene desconectado el celular y
necesito que venga urgente. ¿No sabés adónde está?
-Lo siento,
Jimena, no lo veo desde el viernes. ¿Te puedo ayudar en algo?
Jimena
emitió un gemido contrariado.
-No,
gracias. Trataré de ubicarlo -y cortó la comunicación.
Su teléfono
sonó poco después. Lo abrió pensando en su hermano:
-¡Juan!
¡Mamá está internada...!
-Habla
Nicolás, Jimena -la interrumpió- Decime adónde estás que voy para
allá.
-En el
sanatorio Central -contestó la joven sin oponerse al enérgico
pedido.
-Ya salgo,
y entretanto voy a rastrear a Juan. ¿Estarás bien?
-Sí -
balbuceó Jimena a punto de llorar.
Veinte
minutos después un hombre joven y musculoso bajó del ascensor.
Vino directo hacia ella y le preguntó:
-¿Jimena?
-La misma
-contestó, imitando la cercana respuesta de Nico.
-Yo soy
Nicolás -dijo mientras le tendía la mano.
-Mucho
gusto, y gracias por venir. No sabía a quién recurrir, y de pronto
vi tu nombre en la agenda... -la fortaleza de la mano masculina le
acentuó el desamparo y rompió a llorar acongojada.
Nico dudó
poco. Se acercó a la jovencita que se tapaba el rostro
convulsionado por los sollozos, y la atrajo suavemente hacia su
pecho mientras decía:
-¡Vamos,
vamos, chiquita! Que las cosas van a mejorar. Ya vas a ver que tu
mamá se repondrá y que encontraremos a tu hermano.
Jimena
descargó su pena entre los brazos consoladores de Nico y, cuando
no le quedaron lágrimas por derramar, se desasió del hombre para
buscar un pañuelo. Él le tendió el suyo y ella se secó los ojos y
sopló su congestionada nariz. Con voz nasal le dijo:
-Cuando lo
lave te lo devuelvo.
Nico sonrió
ante el trivial comentario.
-¿Estás
mejor? -le preguntó solícito.
-Sí,
gracias -lo observó con seriedad- Te hacía entrado en años. Por
los relatos de Juan, me hice la idea de que tendrías la edad de mi
padre.
-Y por los
relatos de Juan, yo te creía una niña de diez o doce años. Siempre
se refiere a vos como "mi hermanita" -la evaluó con mesura-
Curioso, ¿no?
Jimena
suspiró. Nico se abocó a dejar mensajes en todos los teléfonos
relacionados con su amigo. Antes de una hora, Juan bajó
apresuradamente del ascensor. Se acercó a su hermana con los
brazos abiertos y la estrechó con fuerza. La separó depositando un
beso en su frente y le demandó:
-¿Cómo está
mamá?
-Estamos
esperando el informe -dijo Jimena, incluyendo a Nico.
Juan se
volvió hacia su camarada para estrechar su palma.
-Gracias,
viejo, por cubrir mi lugar. Si tenés algún compromiso, estás
liberado.
Nico no
estaba dispuesto a perder de vista a Jimena tan pronto. La
observación que le hizo a la joven rondaba por su cabeza, y no la
siguió evaluando con ella por no ser el momento oportuno. Se
preguntó por qué Juan había distorsionado la realidad. Declinando
el ofrecimiento, dijo:
-No. No
tengo ningún compromiso y prefiero quedarme con ustedes hasta
conocer la evolución de tu madre.
Juan
asintió con un movimiento de cabeza. Esperaron media hora más
hasta que apareció el médico. Los hijos se le abalanzaron. El
doctor hizo un gesto tranquilizador y los puso al tanto:
-En este
momento está sedada y en franca recuperación. La mantendremos en
terapia para controlar cualquier descompensación. Mañana estarán
los resultados de los análisis y le completaremos los estudios
cardíacos.
-¿Qué tuvo
exactamente? -inquirió Juan.
-Un infarto
leve. Por su hermana sabemos que no tiene antecedentes, de modo
que deberán tomar este trance como un aviso providencial. Con
tratamiento y cuidados, tendrá tantos riesgos como usted o yo -le
explicó- Les conviene irse a descansar porque hasta mañana no la
podrán ver. Tenemos cómo comunicarnos ante cualquier cambio, cosa
que no preveo.
Los
hermanos, más tranquilos, asintieron. Bajaron junto con Nico a la
planta baja por la escalera y se detuvieron en la puerta del
sanatorio. Jimena fue la primera en hablar:
-Si no
tenés ningún compromiso, Nicolás, vení a cenar con nosotros.
Juan
disimuló un gesto de contrariedad. Había mantenido esas dos
relaciones importantes de su vida en vías paralelas, presintiendo
que no sería conveniente que se interceptaran. El hombre era su
mejor amigo, pero no tenía futuro que ofrecerle a su hermana.
Jimena no cerraría los ojos ante los negocios turbios de Nico, y
si lo hacía por amor, no se refrenaría por siempre. Al mirar los
gestos y la postura de cada uno, supo que su aprensión estaba
justificada. Tuvo que corroborar la oferta de su hermana por no
hallar motivos racionales para oponerse:
-Sí, Nico,
venite con nosotros.
Su camarada
aceptó, con una propuesta que dejó encantada a Jimena:
-De
acuerdo. Pero si me permiten encargar el menú.
-¡Por mí,
no hay problemas! -afirmó ella.
Los
hermanos partieron secundados por Nico. Juan estaba atragantado
con las recomendaciones que no osaba formular a Jimena por intuir
que serían contraproducentes y transformarían su incipiente
interés en obsesión. Dejaron los autos en la cochera y entraron a
la casa. La joven iba adelante y entró al comedor seguida por los
hombres. Se detuvo para observar la vitrina abierta y los
cristales que brillaban en el piso, vestigios del accidente del
mediodía. Se dio vuelta y buscó los tranquilizadores brazos de su
hermano. Juan la apretó mientras le acariciaba la cabeza y le
brindaba palabras de aliento. Nico los miraba deseando estar en
lugar de su amigo para aquietar a la joven con sus besos. La
fuerza de su anhelo lo sorprendió, porque surgió sin previas
digresiones. Se volvió para no atisbar en la intimidad fraternal y
aguardó en el pasillo hasta que el llanto de la muchacha se calmó.
Juan salió solo del comedor y le hizo un gesto para que lo
siguiera.
-Jimena ya
viene. ¿Vamos a pedir la comida?
Nico sacó
el celular y llamó a un número codificado.
-Hola, doña
Marta, habla Nico. ¿Qué menú me recomienda para agasajar a dos
amigos? -escuchó con una sonrisa, y luego:- Confío en usted.
Mándelo a... ¿Cuál es la dirección, Juan? -el nombrado le dijo-
Tucumán 321 -escuchó por un momento- A las nueve está bien, y con
el vino de siempre. Chau.
-Cocina
como mi madre -dijo- ¿Cómo está tu hermanita? - se interesó con
cierta malicia.
-Estará
bien en cuanto se lave la cara -respondió Juan- Esperemos en la
cocina.
Nico lo
siguió, examinando el hábitat mientras Juan hablaba al sanatorio
para comprobar que el estado de su madre seguía compensado. Se
estaban acomodando junto a la mesa cuando entró Jimena. Nico se
incorporó mientras ella le dedicaba una pálida sonrisa. Le acomodó
la silla bajo la mueca socarrona de Juan, y ocupó su lugar
haciendo caso omiso de la burla. Clavó sus ojos interesados en la
muchacha y le preguntó:
-¿Mejor?
-Sí.
Habitualmente no soy una llorona, pero lo de mamá fue tan
sorpresivo... -y agregó, sonriendo:- Estuve bien inspirada al
llamarte y arruinarte la tarde, ¿no?
-Aunque
lamento el motivo, me alegro de haber conocido a la hermanita
de mi amigo antes de que creciera -dijo Nico, y añadió:- Calculo
que podrían haber pasado al menos... ocho años.
-¡Por Dios,
ya sería una vieja! -se escandalizó Jimena.
-Estoy
seguro de que en ese caso, serías una anciana encantadora -dijo
Nico, encandilado.
Juan
asistía al cortejo sin poder explicarse cómo hacía tres horas su
hermana y su amigo eran sólo entelequias el uno para el otro, y
ahora estaban merodeándose. ¿Acaso la prevención no le modificaba
los planes al destino? Decidió distenderse.
-¿Hará
falta pedir postre? -ironizó.
Ambos lo
miraron, sorprendidos por la ocurrencia. Jimena se ruborizó y Nico
lanzó una carcajada espontánea. El timbre le permitió una salida
rápida antes de que su hermana le respondiera. Volvió a la cocina
en compañía de una mujer de edad, robusta y de agradable
apariencia, y acarreando dos cajas. Nico se adelantó y cargó las
bandejas que sostenía la mujer. Después de depositarlas sobre la
mesa, se volvió a saludarla:
-¡Doña
Marta! Es un honor que me traiga la cena en persona -le dijo
riendo, y la abrazó.
-¡No es más
que para verte de vez en cuando, sinvergüenza! -le contestó y le
estampó un beso sonoro- Vas a quedar bien esta noche. Te preparé
unos filetes de mero con crema de espárragos y guarnición especial
-y volviéndose hacia los hermanos:- ¡Que lo disfruten!
Agradecieron a coro y Juan la acompañó hasta la salida. Cuando
regresó, Jimena y Nico estaban acomodando la comida en dos
fuentes. Juan sacó de las cajas dos botellas de excelente vino
blanco y un postre helado que guardó en la heladera. Le preguntó a
Nico:
-¿Adónde
encontraste semejante madraza? Me llenó las orejas con tus
virtudes.
-Doña Marta
es el premio a una de mis pocas obras de bien. Hace dos años le
remataron el local debido a una garantía que prestó su marido, y
yo le facilité la cocina del bar para que siguiera trabajando. No
es un gran mérito, porque semejante espacio no tiene utilidad para
mi negocio, así que no acepté que me pagara ninguna renta. Desde
entonces me manda la cena a diario y yo la llamo cuando quiero
alguna comida especial.
-Estos
platos huelen delicioso -opinó Jimena aspirando sobre las fuentes.
-Y van a
comprobar que saben deliciosos -afirmó Nico.
-¿Llamaste
al sanatorio? -le preguntó Jimena a su hermano.
-Sí. Sigue
estable. Lo que es un buen pronóstico, me dijo el médico -contestó
Juan, y a continuación:- ¿Qué les parece si empezamos a comer?
Después de
la excelente cena se instalaron en el estudio para tomar un café
que preparó Jimena. Juan había sido levemente desplazado del dúo
conformado por Nico y su hermana y, extenuado, concluyó que no le
sentaba el rol de cancerbero y se fue a dormir.
La
atmósfera, alrededor de la pareja, se condensó en palabras no
dichas y sentimientos inexpresados. Se reconocían a pesar de no
haberse visto hasta pocas horas antes. La joven, un tanto inquieta
por las sensaciones que le despertaba la presencia de Nico,
observó:
-Juan nunca
me relató en detalle cómo lograron resistir esos días. ¿Me lo vas
a contar?
El hombre
la miró y pensó que podría contarle cualquier cosa. Por ejemplo,
que la había estado esperando toda su existencia, que se moría por
tenerla en sus brazos, que la deseaba con un ansia que lo
asustaba, que sólo se reprimía porque hacía diez horas no la
sospechaba en su vida, y porque sabía que su camarada no lo
aprobaría como pareja de su hermana. Como no podía contarle nada
de eso, le relató los hechos pretéritos:
-Juan se
ríe cuando afirmo que no hay nada casual en la vida. De no ser
así, ¿cómo explicar que dos individuos que nunca debieron
cruzarse, coincidieran en el mismo avión y resultaran los únicos
supervivientes entre setenta y cinco personas? ¿Cómo explicar que
Juan, a pesar de estar conmocionado, revisara los restos del
aparato hasta encontrarme debajo de la puerta que podría haber
sido la tapa de mi ataúd? Vos dirás: porque mi hermano es una
persona solidaria que no abandonaría a ningún accidentado. Pero,
Jimena, cuando llegó hasta mí estaba en completo estado de shock
por haberse topado con decenas de cadáveres y restos de personas
mezclados con pedazos del avión. Cuando me recuperé, lo vi sentado
en el suelo con la cara ennegrecida por el tizne del incendio y la
mirada perdida en las escenas de horror que había presenciado. Me
levanté como pude, porque tenía las piernas casi insensibles por
la presión de la puerta, y lo arrastré lejos de ese cementerio. A
la mañana siguiente, volví al lugar del accidente y rondé como un
depredador buscando víveres y agua. Encontré los restos del sector
de aprovisionamiento semi hundido en un hoyo de tierra blanda, y
con grandes precauciones me introduje en la cabina. No te voy a
decir lo que vi, pero todavía lo revivo en pesadillas -se silenció
un momento, como si estuviera ordenando sus pensamientos. Jimena,
afligida, lo tomó de una mano y él continuó:- Bueno, encontré una
mochila grande y la llené de latas, botellas de agua y algunas
bebidas; todo lo que pude cargar, porque sabía que allí no
volvería más. Tuve que forzarlo a Juan para que se alimentara y al
tercer día recuperó su albedrío. Hablamos mucho todo el tiempo
desmenuzando lo que habíamos visto y lo que estábamos viviendo,
planificando cómo volver a nuestra rutina, discutiendo la
conveniencia de movernos o esperar a que nos encontraran. Al
quinto día, acosados por el hedor de los cadáveres y nuestra
propia impaciencia, inventariamos las provisiones y decidimos
alejarnos del lugar. Juan me devolvió con creces lo que él llamaba
nobleza de mi parte, cuando me despeñé al escalar un cerro y me
sostuvo en la caída a riesgo de precipitarse conmigo. Y así como
encontré en la mochila una navaja de campamento cuando desesperaba
por no poder abrir las latas, la partida de rescate nos encontró
al segundo día de haberse agotado los alimentos. Esta es toda la
historia -concluyó con voz más baja y ronca de la que había
empezado.
La joven lo
miró con tanto sentimiento que no fueron necesarias las palabras
para que Nico comprendiera cuánto la había impresionado su relato.
Tomó la mano que permanecía sobre la suya y la llevó a sus labios,
sin apartar la mirada de los ojos conmovidos. Se saturó de cada
detalle de su rostro, de la aureola del cabello al contraluz, de
la grácil armonía de su cuello, de la curva simétrica de sus
hombros. Pugnó por no generalizar ese beso de reconocimiento a las
partes del cuerpo que deseaba su boca y soltó la mano de Jimena
con pesadumbre. Seguro de que debía irse, se levantó rápidamente:
-Me voy,
Jimena. Tenés que descansar para visitar mañana a tu mamá.
Ella
asintió y lo acompañó hasta la puerta.
-Mañana te
llamo -dijo Nico mientras subía al auto.
-Hasta
mañana, Nicolás.
Jimena
cerró la puerta de la cochera con un suspiro. La historia del
hombre no hizo más que fortalecer el germen de un sentimiento que
la aturdía con su intensidad. Percibía que de no estar Juan por
medio, Nicolás no se hubiera ido. Hizo un giro de ciento ochenta
grados y se centró en su mamá. Rogó que se compusiera para vivir
al menos cien años y para que ella le pudiera hablar de Nicolás.
Juan se
levantó a las cinco de la mañana, se duchó, tomó un cortado y se
fue al negocio. Hacía unos meses que lo inquietaba la conducta de
Rodolfo. Primero, se encontró incompleto un cargamento de equipos
de sonido. Cuando efectuó el reclamo los comitentes enviaron una
copia del registro de entrega conformado por Zeballos, el
encargado de depósito, que merecía su absoluta confianza. El
hombre avaló la integridad de la entrega aún sabiendo que podría
ser sospechoso de robo. Rodolfo tuvo palabras muy duras acerca de
la honestidad de Zeballos, que Juan desoyó. El segundo incidente
estuvo relacionado con la recepción de cobranzas en efectivo. Cada
dos meses, Juan recibía un listado de clientes que tenían facturas
pendientes de pago. Primero se ocupaba él de hablar con cada uno e
interiorizarse de las causas del atraso. Luego decidía quien sería
reclamado judicialmente. La semana anterior le asombró ver en el
detalle el nombre de uno de sus mejores compradores. Le pidió a
Estela, su secretaria, que verificara el saldo de la cuenta.
Cuando lo llamó, el cliente le informó que había pagado esa
factura con dólares y le envió el recibo por fax. Esta vez, la
firma correspondía a una empleada administrativa que Rodolfo había
despedido la semana anterior por sustraer fondos de la caja chica.
Juan puso a todos sus empleados a ubicar el duplicado del
comprobante que ya había sido reclamado por el encargado contable
a Rodolfo, quien se excusó de haberle restado importancia al
pensar que era un talón anulado. El recibo se perdió con los dos
mil dólares que, en palabras del abogado, estarían en poder de la
empleada removida. A Juan le parecía una coincidencia extraña que
tantos inconvenientes se produjeran a partir del advenimiento de
Rodolfo. El abogado había resuelto tan favorablemente los términos
del contrato de concesión, que el joven empresario, absorto en la
búsqueda que lo enajenaba, le había delegado el manejo del
negocio. Recordó la obviedad de Zeballos cuando no apareció el
recibo: "el ojo del amo engorda al ganado, señor". Esa mañana
había decidido ojear las operaciones de envío cuando nadie lo
esperaba. Ingresó a la plataforma de carga ante la sorpresa de
todos y le pidió a Zeballos los comprobantes de embarque que el
hombre se apresuró a entregar. Rodolfo parecía más inquieto que
sorprendido. Juan le pidió al encargado que abriera una caja. El
abogado intervino:
-No era
necesario que vinieras. Los pedidos están preparados y no es
conveniente demorarlos porque van a cruzar el peaje después de las
ocho.
El
empresario no contestó. Zeballos cumplió la orden y Juan, remito
en mano, controló las piezas que componían el envío. Había treinta
cajas más. Guiado por un presentimiento, las hizo abrir a todas y
fue verificando el contenido con las guías. En el quinto bulto
encontró la primera discrepancia: un valioso amplificador que no
estaba incluido en la lista. Cuando terminó la inspección, cien
pequeños y costosos
aparatos
como ecualizadores, cámaras digitales, compresores, mezcladores,
celulares y potenciadores integraban un muestrario que el
encargado miraba con estupor. Juan, alterado por el
descubrimiento, notó que un estibador se alejaba hacia la salida.
Pegó un grito:
-¡Que nadie
salga hasta aclarar estas omisiones!
La puerta
fue inmediatamente cerrada y custodiada por dos de sus empleados
más antiguos.
-Zeballos,
venga a mi oficina con el empleado que estaba saliendo. Los demás,
esperen mis órdenes. Esto te incluye a vos -le aclaró a Rodolfo.
Estaba
seguro de que Tomás y Raúl no dejarían salir a nadie, ni siquiera
al abogado. Cerró la puerta del cuarto, y se volvió hacia los
hombres. Estaba insólitamente calmo:
-¿Cuál es
tu nombre? -le preguntó al joven nervioso.
-Mario,
señor -dijo sin mirarlo.
-No te
conocía. ¿Cuánto hace que trabajás aquí?
-Dos meses
-contestó con la vista clavada en el piso.
-Supongo
que te empleó Rodolfo -dijo, sabiendo que no se equivocaba.
-Sí, señor.
-¿Por qué
te estabas yendo?
-¡Porque yo
sólo cumplía órdenes, señor! Necesitaba el trabajo y el señor
Peralta me dijo que mientras hiciera lo que me decía, tenía un
puesto seguro. Tengo cinco hijos y estoy desocupado hace tres
años. ¡Mi mujer y mis hijos no tenían que comer y me iban a echar
de la casilla! -exclamó casi llorando.
-Está bien,
Mario. Pero ¿te das cuenta que por cubrir tu necesidad te hacías
cómplice de un delito? -preguntó Juan pacientemente.
-Sí, señor.
-Y lo más
grave, es que incluías en la sospecha a tus compañeros.
-Lo sé,
señor. Y no me felicito por eso -dijo cabizbajo.
El
empresario miró a Zeballos.
-¿Cómo es
que a mi viejo encargado se le escaparon tantos detalles? -lo
interrogó con tono tranquilo.
-¡No se me
escapó ningún detalle! Cuando las cajas fueron cerradas, contenían
el pedido de los remitos. Y aunque el abogado no era santo
de mi devoción, no se me ocurrió que trataría de estafarlo. ¿O
acaso cree que lo hubiera permitido? -el hombre enfatizó la
pregunta.
-No,
Zeballos, conozco tu integridad. Ahora dejame con Mario y haceme
una lista de los remitentes de las cajas adulteradas.
El
encargado salió y Juan enfrentó al muchacho:
-Si estás
dispuesto a sostener la verdad delante de Peralta, es posible que
tengas una segunda oportunidad. Si no es así, decímelo ahora, y
andate.
Mario lo
miró con incredulidad. Esperaba terminar preso y su jefe le daba
la posibilidad de reivindicarse. Le dijo fervorosamente:
-¡Estoy
dispuesto a lo que mande, señor!
-Bien,
esperá aquí.
Salió y
volvió con el abogado.
-Rodolfo,
creo que cualquier excusa sobra después de la confesión de Mario.
¿La hacemos corta y firmás tu renuncia irrevocable? -le dijo con
frialdad.
-¿Y si me
niego?
-Entonces
lamentarás tu decisión. Vas a conocer algunas particularidades de
mi carácter que no te van a gustar. Así que es mejor que firmes
este documento. ¡Ah...! Y no pierdas tiempo en leerlo, que lo
redactaste vos.
El abogado
comprendió que estaba encerrado y que no quería correr riesgos con
ese Juan que había subestimado. Sacó el bolígrafo de plata del
bolsillo superior de su saco y firmó la renuncia. Luego, con un
gesto de arrogancia, guardó la lapicera y salió de la oficina.
Desde la puerta, el empresario hizo una seña a sus hombres para
que lo dejaran salir. Su retirada fue menos digna, porque Raúl
adelantó una pierna que lo hizo tropezar y caer sobre la acera
mojada. Se levantó furioso con la intención de lanzarse contra el
provocador, pero el número de estibadores que se acercó con los
brazos cruzados lo disuadió. Cuando subió al auto, que había
cambiado con sus primeros manejos delictivos en la empresa, cayó
en la cuenta de que el nuevo departamento y el velero tendrían que
aguardar una oportunidad que difícilmente se repetiría.
Jimena
dispuso el ramo de flores silvestres en un hermoso jarrón de
vidrio fundido. Su madre tendría el alta a la tarde y, con la
excusa de la lluvia, Nicolás la había llamado a la mañana para
pasarla a buscar y traerla hasta el sanatorio. Le preguntó si
había desayunado y, ante su negativa, la invitó a hacerlo con él.
Antes de salir fue a llamar a Juan, pensando que aún dormía, pero
vio que ya no estaba. El trato desenvuelto que tenía con los
amigos de su hermano, no funcionaba con Nicolás. Cuando abrió la
puerta, no supo cómo saludarlo. Pensó que un beso fraterno que la
acercara demasiado a su cuerpo sería un tanto arriesgado, de modo
que le dedicó una franca sonrisa y un "¡Buen día!" El hombre,
aceptando sus tácitas condiciones, le devolvió el saludo y abrió
la puerta del auto para que se acomodara. Desayunaron en una
confitería de la costa con vista al río. Esa mañana empezaron a
recrearse el uno para el otro. Se confiaron gustos y expectativas.
Jimena le contó su experiencia de trabajo en la escuela de Venado,
la gratificación que sentía por acompañar la formación de los
niños y, especialmente, la amistad que había forjado con la madre
de Dani, uno de sus alumnos:
-¡Juan
tendría que conocer a Nadia, Nicolás! Es una mujer encantadora,
sensible, joven, hermosa... ¡Pero él es un porfiado! -exclamó con
un mohín de contrariedad.
Nico estaba
totalmente prendado. Agradeció a la Providencia por haber desatado
el temporal que propiciaba el acercamiento antes de lo que
esperaba. Compartir el comienzo del día modificaba la
significación de la jornada, especialmente si pensaba en
terminarla juntos. Se sorprendió de que a pesar de su edad y su
experiencia se sintiera deslumbrado como un adolescente, con el
corazón desbocado y la sangre acelerándose en sus venas. Estar
cerca de ella invadía de luz el día gris y tormentoso y decidió
dejar para el futuro la paradoja de que era la hermana de su mejor
amigo. Volvió a la realidad para acompañar su expectativa:
-Tu amiga
está llena de cualidades, pero a lo mejor Juan ya encontró una
mujer que le gusta...
-¿Ya la
encontró? -lo interrumpió Jimena, con los ojazos agrandados por la
sorpresa.
Nico deseó
borrar su comentario. Aunque su muchacha lo persiguiera, él no
podría ser indiscreto con las confidencias de su amigo.
-Dije a
lo mejor, niña -respondió con cierto énfasis, y luego,
suavizando el tono:- Es una suposición, Jimena, porque Juan es muy
reservado. Pero si no tuviera otro interés, ¿no te parece que
accedería a tu propuesta?
-Entonces,
no sabe lo que se pierde -se empacó la hermana.
-Te prometo
que voy a tratar de convencerlo. ¿Conforme? -le dijo con una
sonrisa.
-Será el
mayor servicio que le prestes a tu amigo -aseguró Jimena.
Nico,
camino al sanatorio, detuvo el vehículo delante de un puesto de
flores y volvió con el ramo que ahora estaba acomodando, más una
rosa roja para ella. La joven, que no ignoraba el significado del
regalo, lo aceptó con desusada timidez. Nico le abrió la puerta
del auto delante de la clínica y Jimena, cediendo a un impulso, le
dio un beso en la mejilla. Cuando se dio vuelta para saludarlo,
todavía él atrapaba el beso entre los dedos. La voz soñolienta de
Verónica la sacó de su arrobamiento:
-¡Hola, mi
amor! ¿Por qué no me despertaste antes?
-¡Buen día,
mamucha! -se acercó a la cama para abrazarla- ¿Dormiste bien?
-¡Como un
lirón! -miró el colorido ramo:- ¿Vos me trajiste esas flores?
-Te las
manda Nicolás -explicó su hija con una expresión que no le pasó
desapercibida.
-¡Ah...
Nicolás...! ¿No es ése el famoso Nico de Juan?
-...Al que
como siempre, las personas como mi hermano, le arruinan un hermoso
nombre -replicó Jimena, y enseguida:- Ma, antes de que venga el
plomo, tengo que contarte una cosa -se detuvo, como esperando el
consentimiento.
-¿Que estás
enamorada? -aventuró su madre.
Jimena
sonrió al comprobar que su mamá conservaba intactas sus dotes
intuitivas. Para ella, era la prueba de su recuperación.
-No
entiendo cómo Juan se las arregló cinco años para que no me
cruzara con Nicolás -se quejó.- Pero su generosidad, cuando estaba
tan desesperada y sola en la sala de terapia, me enamoró tanto
como su presencia.
-¡Ay,
Jimena! ¿No es demasiado grande para vos?
-¡Pero si
tiene apenas cinco años más que tu hijo! Yo no podía creer que ese
hombre joven que bajó del ascensor fuera el Nico del que hablaba
Juan. ¿No lo representó con la edad de papá? -le preguntó.
-Algo así
-confirmó Verónica, y después añadió:- Curioso, ¿no? -coincidiendo
con la observación de Nico.
-Entonces,
-le dijo a su hija- ¿cómo sabés que no es el agradecimiento lo que
te inclina hacia él?
-¿Te lo
digo crudamente? -la desafió.
Verónica
hizo un gesto de aquiescencia.
-Porque
desde que me consoló contra su pecho, quiero conocer cómo me
abrazaría y me besaría si me quisiera. Porque al confiarme los
pormenores del accidente perfeccionó la impresión que me había
causado. Y porque no me interesa ninguna razón para desearlo, ni
la opinión adversa de mi hermano, ni la inconveniencia de
amarlo... -terminó acalorada y sin aliento.
-¡Vaya
declaración, hijita! No soy yo la que se va a oponer a tus deseos.
Pero te aconsejo que no se lo digas, porque no es bueno quedarse
tan desposeída delante de un hombre.
-Vos me
preguntaste... -sostuvo Jimena- y no metás a todos los hombres en
una misma bolsa.
La madre
lanzó una carcajada y abrazó a su sensiblera hija. Un golpe en la
puerta de la habitación las separó. Un camarero venía a tomar el
pedido del almuerzo. Verónica eligió un lomito con puré y ensalada
de frutas que le trajeron a las once, y comió bajo la mirada
aprobadora de Jimena. Al mediodía volvió el empleado para retirar
el servicio. Verónica le preguntó a su hija:
-¿Vos no
vas a comer nada?
-No tengo
hambre, mamá. Tomaré un refrigerio cuando estemos en casa. ¿A qué
hora pasará el médico...?
-A las dos,
me dijo. ¿Juan estará con mucho trabajo?
-¡Ya va a
venir tu preferido, mami! Esta mañana salió tan temprano que no
nos cruzamos. Pero no se perderá la oportunidad de perseguir a tu
médico hasta que le prometa que estás completamente curada -y
agregó con cariño:- ¿No querés descansar un poco?
-¡Estoy
fresca como una lechuga! Contame algo de tu amiga de
Venado...
-¡Ah... de
Nadia! Es un encanto, mamá. A pesar de que trabaja todo el día en
la biblioteca, siempre encuentra un momento para colaborar en la
escuela. Creo que tenemos una indudable afinidad y, en gran parte,
propiciada por su hijo Daniel. ¡Ese niño es tan especial...!
-¿Qué hace
que la tierna maestrita lo distinga? -sonrió Verónica.
-Tiene
apenas seis años, mami, y una madurez sorprendente. Algunas veces
me preocupa su carácter retraído, esa sombra de tristeza oculta en
el fondo de sus ojitos. Pero basta que aparezca su madre para que
brillen como soles.
-Seguramente ella quisiera compartir más tiempo con él, pero no
siempre se puede oír al corazón... -dijo Verónica con melancolía.
Jimena la
besó en la mejilla sin prenderse al comentario:
-Nadia
viene a buscarlo a las cuatro de la tarde y a veces nos quedamos
charlando en la escuela o nos vamos a merendar a su casa. Mirá que
nos vemos todos los días, pero siempre es corto el tiempo para
hablar de todo lo que nos interesa... -sonrió, tal vez recordando
alguna íntima confidencia, y remató:- Es la mujer indicada para mi
obtuso hermano mayor.
Juan tocó
el timbre de la casa de Nico a las once. Estaba reaccionando y
reflotando la bronca y necesitaba compartir las peripecias de la
mañana. Su amigo abrió desusadamente rápido, vestido y
despabilado.
-Te invito
a desayunar -lo convidó.
-Y yo, con
un café casero si te es suficiente -ofreció Nico, apartándose para
que entrara.
Juan
asintió. Prefería la intimidad de la casa de su amigo para
explayarse sobre los incidentes de su negocio.
-Contame -
indicó el dueño de casa mientras servía el café.
-Esta
mañana le malogré a Rodolfo una operación de rapiña y lo eché a la
mierda -resumió.
-¡Ja!
-exclamó Nico- ¿Le llevó tan poco dejarse vencer por la codicia?
-No me irás
a decir que vos lo adivinaste...
-No. Pero
no me extraña de un gavilán -contestó, asentado en sus
convicciones- ¿Te jorobó mucho?
-No lo
creo. Están todos los empleados recontando la mercadería. Lo que
más me revienta es que impugnó todas mis premisas. Tenía un buen
sueldo, participación en las utilidades, libertad de tomar
decisiones. ¿Qué puede llevar a un individuo a echar por la borda
una buena oportunidad?
-La
estupidez -certificó su amigo.
Juan sorbió
su café en silencio. Las palabras de Nico descalificaban las
acciones del abogado pero no explicaban su conducta. Como tampoco
había ninguna explicación para su conducta irracional de la noche
que lo acosaba. Tenía presente que su negocio se repondría de los
ardides de un empleado deshonesto, pero se torturaba con el
destino de la joven víctima de su atropello. Hacía un tiempo que
no lo importunaba a Nico con sus inquietudes: un poco por el
accidente de su madre que lo sacó de su contemplación, otro poco
por pudor. Sintió que el episodio laboral dejaba de tener
significado al ser superado por la fuerza de la evocación. "Que
Nico se embrome por estar aquí", pensó.
-Ayer pagué
la última búsqueda infructuosa -le confió.
-¡Sos
cabezón! Te dije que no contrataras a esos investigadores
improvisados que se las rebuscan con los viáticos -se inclinó
sobre la mesa para mirar a su amigo- No creas que abandoné la
pesquisa. Cada conocido que aparece se lleva un identikit de tu
muchacha a su lugar de residencia. Te digo que la vamos a
encontrar.
-¿Cuándo?
-se desesperó Juan, y después se burló de sí mismo:- Estoy
desquiciado, Nico. No hay mujer que me conmueva. Si continúo así,
me voy a dedicar al sacerdocio.
Nico largó
una carcajada. Tanto él como su amigo atestiguaban que no había
mejor situación para un hombre que estar con el sexo opuesto.
-No te veo
de cura, realmente -le palmeó el hombro- Pero sí me parece que
tenés que aflojar un poco con esta obstinación y mirar a tu
alrededor. ¿Qué hay de la amiga de Jimena? -sugirió.
-¡Ah...! Ya
veo que te hizo efecto mi narcótica hermana...
-No es una
mala idea -insistió Nico, y agregó:- Nadie te pide que te cases
con ella, pero una bella mujer puede estimular un poco tu vida.
-Que mi
hermana que no conoce la historia lo mencione, vaya y pase. Pero
vos, amigo, que me estás aguantando hace más de un año... No lo
entiendo... O vos no entendés nada de lo que me pasa -dijo Juan,
levantándose de la mesa.
Nico no
respondió. Comprendía que Juan no quisiera a otra mujer porque él,
después de conocer a Jimena, se despojó de todo interés por
alguien que no fuera ella. Había vivido toda la semana pergeñando
excusas para verla y, aunque sospechaba que la joven compartía su
atracción, fluctuaba entre la esperanza de la intuición y el
desaliento de la duda. Se acercó a su amigo que contemplaba el
jardín desde el ventanal, y le puso una mano sobre el hombro:
-No es
justo que me digas eso, porque mi propuesta es bienintencionada.
No te voy a ejemplificar por qué te comprendo, pero convengamos
que por ahora te aferrás a una ilusión. ¿Acaso te asusta la
posibilidad de que la realidad te aparte de la fantasía?
-¿Creés que
en este año no me crucé con mujeres y que alguna no manifestó
interés? -preguntó Juan sin volverse.
-Descuento
los encuentros y el interés, pero ¿quién puede luchar contra un
muro de indiferencia? Si estás convencido de que nadie te
inquietará, ni miss universo lo lograría. No te pido que abandonés
la búsqueda, sino que la hagás más llevadera.
Los hombres
permanecieron como en un cuadro: Juan, los brazos cruzados sobre
el pecho y la mirada extraviada entre la vegetación, y Nico, sin
separar la mano del hombro de su camarada. Después de un tiempo el
hermano de Jimena volteó, con una invitación que le indicó que la
charla anterior estaba agotada:
-Voy al
sanatorio. ¿Querés venir?
Mientras
cerraba la puerta de su casa, Nico ya estaba ansiando el próximo
encuentro con la joven que lo desvelaba.
Juan golpeó
la puerta de la habitación de Verónica y entró al ser autorizado.
Jimena, que dormitaba en un cómodo sillón en posición de loto, ni
siquiera levantó la cabeza que tenía apoyada sobre el respaldo.
Juan se acercó a la cama y abrazó a su madre.
-¡Juan!
¡Qué alegría! Aunque más que a vos, esperaba al médico.
-¿Todavía
no vino? Ya te lo voy a traer -dijo sonriente, y continuó:-Vine
con Nico, ¿querés conocerlo?
Verónica se
incorporó un poco más y le dijo:
-¡Por
supuesto! Pero antes, despertá a tu hermana.
Juan
observó el relajado descanso de Jimena y se llevó el índice a los
labios. Antes de que su madre pudiera reaccionar, llegó hasta la
puerta y le abrió a su amigo. Verónica siempre recordaría al
apuesto joven que ingresó a la habitación y se quedó absorto
contemplando a su hija. La expresión del hombre era tan
transparente a su mirada que lo aprobó sin reservas. Juan
carraspeó y rompió el conjuro:
-¡Jem!
Mamá, te presento a Nico -dijo, divertido.
Su amigo
reaccionó de inmediato. Se acercó a la cama y la besó en la
mejilla al tiempo que decía:
-Ahora me
explico a quien sale su bella hija.
Juan hizo
una mueca burlona, aunque no pudo descalificar a su camarada ya
que Jimena era muy parecida a su madre.
Verónica
sonrió halagada, y repuso:
-Gracias,
Nicolás, por el elogio y las flores. Me alegra que Juan te haya
sacado de la oscuridad.
-¿Las
flores? -preguntó Juan levantando una ceja e ignorando la
observación materna.
-¡Ah, sí!
-aceptó Nico- se las mandé esta mañana con Jimena.
-¿Estuviste
esta mañana con mi hermana?
-La pasé a
buscar para traerla al sanatorio -explicó su amigo con paciencia.
Las voces
despertaron a la muchacha que enfocó con ojos aturdidos a su
alrededor. Cuando vio a Nico se azoró y en la prisa por levantarse
se desequilibró hacia adelante. Su exclamación de sobresalto
precipitó la reacción de su hermano que la recibió, riendo, entre
sus brazos:
-¡Hola,
bella durmiente! ¿Me perdí el chichón de la caída?
Jimena lo
empujó:
-¡Tonto! Lo
mismo le hubiera pasado a la bella si viera tu cara al despertar
-le dijo, provocativa.
Verónica y
Nico presenciaban sonrientes el intercambio de los hermanos.
Jimena se sentó al borde de la cama de su madre y le sonrió al
hombre:
-¡Hola,
Nicolás! No esperaba verte tan pronto.
-Parece que
me lo deben a mí -terció Juan.
Verónica
consideró que era hora de participar:
-¿Podrías
acompañar a Jimena a tomar un refrigerio, Nicolás? -le pidió con
una sonrisa, y precisó: -Todavía no almorzó.
-Con todo
gusto -respondió el aludido, y mirando a la hija:- ¿Vamos?
La joven
tomó su bolso con un gesto indulgente y lo siguió. Cuando bajaban
por la escalera, le dijo:
-¿No
sentiste que me trataba como a una minusválida?
Nico la
esperó al pie de la escalera y le dijo seriamente:
-Para nada.
Me pareció una madre bien inspirada.
Jimena lo
estudió hasta converger con su mirada traviesa. Largó una
carcajada arrastrando al hombre en su hilaridad. El destello que
animaba los ojos de Nico se convirtió en un fulgor que la obligó a
desviar la mirada de puro miedo a perder el control. Susurró:
-¿Vamos?
Salieron a
la calle con la sensación de haber demorado el momento inevitable,
pero con la expectativa del placer diferido. Nico la guió hacia un
barcito situado frente al sanatorio. Jimena descubrió que tenía
hambre y al igual que su compañero pidió un sándwich caliente.
-¿Cuál es
tu horario de trabajo? -preguntó, intrigada de que durante el día
estuviera libre.
-Digamos
que nocturno.
-Entonces,
esta mañana no deberías haberme acompañado.
-¿Vos
creés? -le dijo, provocativo.
-No. Me
alegro de que me llamaras.
La joven
sentía que podía explayarse libremente, sin tener que prever los
efectos indeseados de segundas intenciones. Hacía una semana que
Nicolás había ingresado a su vida y se asombraba de que pudieran
interactuar con tanta confianza y comodidad. Su rango de
experiencia con los hombres dejaba mucho que desear. Así como era
de resuelta para accionar socialmente, se empobrecía en el trato
con el sexo opuesto. Después de numerosas relaciones, llegó a la
conclusión de que el amor era un estado de ánimo pasajero y que el
entendimiento no iba más allá de la cama. A los veinticinco años
había renunciado a los compromisos formales, a la pareja estable y
a la maternidad. Su madre ni siquiera la rebatió cuando, después
de su último desengaño, le manifestó su decisión. Nadia, por el
contrario, la escuchó con una sonrisa donde se mezclaban la
comprensión y la incredulidad. Añoró las charlas con esa amiga
criteriosa que promovía su espontaneidad, y no dudó de que
celebraría la inconstancia de sus enunciados. Una pregunta de
Nicolás la apartó de su ensueño:
-¿Y cómo
fue que te dedicaste a la docencia?
-¡Ah...!
Fue la idealización de una niña solitaria sobre la profesión de
maestra. Mi padre falleció cuando yo tenía tres años. Mamá
trabajaba todo el día y me prestaba la atención que podía. No
teníamos parientes para que se hicieran cargo de mí y fui a parar
primero a una guardería y después a una escuela cercana a mi casa.
Supongo que yo anhelaba la plena dedicación de una madre que
bastante tenía con criarnos y de un hermano que quedó muy afectado
por la muerte de papá, pero era muy chica para entenderlo. De modo
que busqué en mis maestras una singularidad que no podían
brindarme entre tantos alumnos y que yo viví como falta de afecto.
Empecé a fantasear con una joven maestra que me recibía
amorosamente para superar la angustia diaria y, con el tiempo,
esta fantasía influyó en la elección de una carrera -concluyó, con
un dejo de nostalgia.
Nicolás,
que la había escuchado atentamente, apoyó los nudillos contra su
mejilla y mientras la acariciaba suavemente, murmuró:
-Pobre
niña...
El contacto
de su mano cauterizó las postreras heridas de orfandad que
afligían a Jimena. El hombre, superado por el deseo de consolarla
y amarla, restringió su pasión a una propuesta:
-¿Vas a
salir conmigo cuando tu madre esté repuesta?
-Si tus
obligaciones nocturnas te lo permiten... -le recordó Jimena.
-Aunque
tenga que cerrar el boliche... -afirmó Nico con fervor, buscando
los ojos de la joven.
Jimena
abdicó su mirada en la de Nico y se perdieron en el camino sin
vuelta del reconocimiento mutuo.
-A ver,
mamá. ¿Qué fue eso de emboscar a tu hija en la cueva del lobo?
Para tu información, a Nico sólo falta que le apunten los
colmillos -informó Juan desconcertado.
Verónica le
echó una mirada conmiserativa.
-¿Es que
los hombres no ven más allá de sus narices? Apuesto a que el
primer mordisco lo dará tu hermana y no ese pobre muchacho
encandilado. Espero, querido, que no intentes jugar el papel de
hermano protector porque podrías contrariarla seriamente. Conozco
a mi hija y si Nicolás la sacude de su apatía, tiene todo mi
apoyo.
-Parece que
me perdí varios capítulos de la vida de mi hermana, ¿no?
-¡No te
apenes! Aunque hubieran sido muy apegados, hay confidencias que no
te hubiera hecho. Estoy muy preocupada desde que me confesó que
estaba desencantada con sus relaciones amorosas y que había
desistido de sus expectativas como mujer. La estoy viendo declinar
a una triste resignación y ¡no es el destino que quiero para mi
hija! -las palabras de la madre fueron contundentes.
Juan hizo
un gesto de atajarse y se acercó a la mesa sobre la que estaba el
florero. Levantó con delicadeza la rosa roja:
-Supongo
que la rosa vino aparte -dijo, aspirando su aroma.
-¿No fue
una delicadeza de Nicolás hacia tu madre y tu hermana? -preguntó
Verónica con una sonrisa.
-Nicolás en
vez de Nico... Influencia de Jimena -dejó la rosa en su lugar y
acometió:- Ese hombre delicado anda detrás de tu hija y, aunque
sea mi mejor amigo, no es la persona que le conviene.
-¿Es una
mala persona que la hará sufrir? No puedo equivocarme tanto en mi
apreciación -negó Verónica. Volvió a insistir:- Este es un asunto
muy serio, hijo. ¿Qué lo hace tan poco recomendable según tu
criterio?
-Su
actividad, mamá. No desearás ver a Jimena involucrada con un
individuo... amoral.
-¿Es un
asesino?
-¡No!
-¿Distribuye drogas o las consume?
-¡No!
-reiteró Juan pensando adónde quería llegar su madre.
-¿Está
involucrado en el tráfico de niños?
-¡No! ¿Qué
querés demostrar?
-Que si no
es ninguna de estas cosas, de lo demás puede retornar. Entonces
-recortó- ¿a qué se dedica?
-Creo que
al contrabando y a fomentar el negocio de la prostitución. ¿No te
parece grave?
-No es una
ocupación que apruebo ni lo haría tu hermana... -reflexionó
Verónica.
-Nico está
acostumbrado a vivir con holgura y otro trabajo no le brindaría
los ingresos que necesita -apuntó Juan.
La mujer
quedó pensativa. El timbre del celular de su hijo la desconcentró.
-Hola,
Zeballos... No, no dejen entrar a nadie... Mañana dígale... Cerca
del mediodía... ¡Ah, bueno...! Algo positivo... De acuerdo,
Zeballos. Hasta mañana -Juan cerró la comunicación con expresión
abstraída.
-¿Algún
problema en el trabajo, hijo?
El muchacho
suspiró y relató sucintamente los acontecimientos de la mañana. Su
madre, después de escucharlo, lanzó una alegre carcajada.
-¿Estás
bien, mamá? -preguntó alarmado.
-¡Maravillosamente bien! ¿No es extraordinario? Vos necesitás un
hombre de confianza, y Nicolás un trabajo decente y bien
remunerado. ¡Decime que es posible, Juan...! -rogó.
Él se
acercó a la cama y le dio un sonoro beso en la mejilla. Después,
para enojarla:
-¿Sabés,
mami, que algunas veces me deslumbrás cuando ponés a trabajar las
neuronas?
Verónica lo
abrazó. ¡Amaba tanto a su muchacho! Se condolió que a los treinta
años no hubiera hallado una compañera. Estaba segura de que a
cualquier mujer le complacería tenerlo de pareja. Y no porque ella
lo viera con ojos de madre, sino que era un buen ejemplar
masculino y un buen partido. Se preguntó qué le impedía concretar
el encuentro. Unos golpes en la puerta anunciaron la llegada del
médico.
-¡Buenas
tardes, Verónica! ¿Pronta para salir? -se acercó sonriente, con la
historia clínica en la mano.
-¡Hola
doctor! Espero que no encuentre ninguna excusa para mantenerme en
esta habitación.
-Sólo el
placer de tener una hermosa paciente. -El médico notó la expresión
ansiosa de madre e hijo, porque se apuró a informar:- Como hace
tres días se han estabilizado todas sus funciones después de la
internación, es mejor que termine de recuperarse en su casa. La
quiero tranquila, señora. Levántese tarde y no desoiga a su
cuerpo. Aquí tiene todas las indicaciones y espero verla la semana
entrante -terminó, tendiéndole varias hojas de recetario.
Verónica
las tomó y le tendió la mano. El doctor se la besó con galantería
y salió seguido por Juan. Ella se dirigió al baño para estar lista
cuando volviera su hijo. El muchacho regresó cuando ella se
cercioraba de que no dejaba nada en los muebles.
-Bueno,
mamita, estás realmente bien. Así que ahora, a casa. Pero esperá
que ubique a Adán y Eva.
Ella
asintió con un ademán de reprimenda que despertó la risa de su
hijo. Cuando desapareció tras la puerta, acomodó sus pertenencias
sobre la cama y se sentó a esperar.
A Juan no
le falló su deducción. Nico y su hermana estaban en el bar de
enfrente, tan ensimismados que no lo vieron entrar. Se acercó a la
mesa:
-¿Podrían
volver a la tierra, que está más cerca del sanatorio? -les dijo,
sorprendiéndolos.
Jimena,
para su extrañeza, se ruborizó. Nico lo miró como perdonándole la
vida.
-Mamá tiene
el alta -anunció- Está aguardando que la llevemos a casa.
-¡Ay,
Juan!, ¿Y qué esperamos? -reaccionó su hermana, levantándose con
prontitud.
Aguantaron
a que Nico pagara en la caja y pasaron por Verónica. El amigo de
Juan los despidió delante de la clínica. Acarició a Jimena con la
mirada y subió al auto.
Cuando
llegaron a la casa, Verónica fue asediada por sus hijos para que
descansara. Los tranquilizó y salió a recorrer el pequeño jardín
que no había sido olvidado. Mientras cenaban, preguntó:
-¿Qué pasó
con la copa que tenía en la mano cuando me caí?
Jimena, que
estaba en estado de extrema susceptibilidad, rompió en llanto al
recordar el aciago día. Madre y hermano se turnaron para calmar a
la joven, quien deseó otros brazos que la consolaran.
Jimena
estaba eufórica. Mañana saldría a cenar con Nicolás. No veía la
hora de encontrarse con Nadia para confiarle todas sus
expectativas. La tarde se estiró lenta y somnolientamente. Atendió
a los niños un poco desconcentrada. A las cuatro y cuarto llegó su
amiga para retirar a Dani con una expresión preocupada que Jimena
no le conocía,
-¡Hola,
Nadia! -la examinó atentamente y se inquietó más-. ¿Pasa
algo?
La joven,
abrazada al niño, la miró con ojos angustiados. Jimena no dudó:
Nadia necesitaba más de la confidencia que ella. Le propuso que
fueran a merendar a su casa para hablar con comodidad. Mientras
Daniel jugaba en el patio con el perro, Nadia dijo, como para sí
misma:
-Si se
llevan a Daniel no podré sobrevivir.
La
afirmación fue tan lapidaria que Jimena adhirió a un padecimiento
que aún no conocía. La abrazó y le recordó:
-¿Somos
amigas?
-Tanto que
no merecés que te involucre en mis problemas -dijo Nadia, mientras
se apartaba suavemente.
-¡A la
mierda tantas contemplaciones! -estalló Jimena-. Si pensás que me
voy a quedar de brazos cruzados mientras alguien intenta llevarse
a tu hijo, estás totalmente equivocada.
-Daniel no
es mi hijo - declaró Nadia con voz átona.
-¿Qué...?
¿Y de quién es?
-Es una
larga historia de desencuentros que traté de olvidar, incluyendo a
las tías de Daniel que no me perdonan la muerte de su hermano. ¡Y
tampoco lo quieren a Dani, Jimena, porque abandonaron al pobre
niño en el orfanato...! Desean dañarme y lo harán, aunque sea a
costa de Daniel... -se le quebró la voz en un sollozo.
-Explicame,
amiga, porque no puedo creer que seas responsable de ninguna
muerte.
Nadia tardó
un rato en calmarse y aceptó el pañuelo de papel que le tendió
Jimena.
-Mis amigos
me previnieron sobre los problemas sicológicos de Andrés -dijo al
cabo de un instante arrugando en su mano el pedazo de papel
blanco- pero yo creí que mi afecto bastaría para equilibrarlo. Si
tuviera que explicar qué me atrajo de él, no sabría decirlo. Tal
vez su aura taciturna que concordaba con mi melancolía de huérfana
precoz, o tal vez las pérdidas prematuras que sobrellevamos. Yo
quedé sola durante el secundario al morir mis padres y mis abuelos
en un accidente, y él, viudo y con un hijo recién nacido. Estuvo
ausente un año en el cual su familia se hizo cargo del niño.
Cuando volvió, yo empezaba a trabajar en la biblioteca y había
reconstruido mi vida de relaciones, con amigos y algún noviazgo
ocasional -hizo una pausa, como rememorando-. Nos conocimos cuando
vino a consultar un libro de floricultura, porque entonces tenía
el proyecto de montar un vivero. A la salida, me estaba esperando
para tomar un café. El primer año de nuestra relación estuvo
impregnado de la llaneza y la seducción que desplegó esa tarde
para convencerme. Nos seguimos viendo y a los tres meses se
instaló aquí. Yo lo impulsé a reclamar a su hijo porque teniendo
un padre se estaba criando en orfandad.
-¿Cuánto
hace de esto? -interrumpió Jimena
-Cuatro
años. Dani tenía un año y cinco meses y una conducta autista.
Nunca pude entender por qué, siendo tan dulce y afectuoso, lo
criaron con tanto desapego. Con su padre le brindamos el cariño
que le faltaba y tuvimos la recompensa de verlo mejorar día a día.
Fueron los diez meses más perfectos en la vida de tres seres
golpeados por el infortunio. Casi llegué a creer en la felicidad y
en que la vida te compensa las pérdidas... -se mordió el labio
inferior como para oponer al dolor interior el físico.
Jimena la
volvió a abrazar y le acarició la cabeza. Presentía que la peor
parte de la historia estaba por venir. Nadia se separó con una
tenue sonrisa de agradecimiento y continuó:
-No caí en
la cuenta de que sus repentinos cambios de humor eran los primeros
síntomas de una recaída. A los dos años no había logrado montar su
vivero y litigaba continuamente con su familia por cuestiones de
dinero. Cuando comenzó a mostrarse violento conmigo y con Dani
decidí hacer la consulta que me habían sugerido antes de que nos
enredáramos. No por mí, porque no le temía, ni tampoco me hubiese
convertido en una mujer golpeada, pero sí por el pequeño, para
preservarlo de nuestros desacuerdos de adultos. Así que fui a la
Clínica General y pedí hablar con el médico que lo había tratado
después de la muerte de su mujer. El doctor, después de escuchar
mi explicación, me puso al tanto de que Andrés estuvo internado
por padecer de serios trastornos de la conducta agravados por
estados depresivos. Consideró que había sido prematuro formar una
pareja y hacerse cargo del niño, especialmente por haber
abandonado el seguimiento post internación. Al terminar la
entrevista me encareció que lo convenciera de hacer una cita "por
el bien de todos", dijo, y que cuidara especialmente al chiquillo.
¡Como si hiciera falta...! -dijo apasionadamente, mirando hacia el
patio donde jugaban Daniel y Duque.
-¡Ay,
Nadia! No habernos conocido para que no tuvieras que resistir
sola... -se lamentó Jimena.
Nadia le
apretó la mano con reconocimiento. Sirvió otro café para cada una
y reanudó:
-No sé si
Andrés se medicaba por cuenta propia, porque cuando le transmití
la opinión de su médico, me contestó que no necesitaba ninguna
consulta. Además lo irritó que hubiese estado haciendo
averiguaciones. La situación empeoró y el día que se atrevió a
pegarle a Daniel lo eché de la casa. Volvió una y otra vez
tratando de persuadirme. Amenazando, insultando... Después de
tantas agresiones, mi cariño por él se había transformado en
compasión por verlo tan negado a cualquier ayuda. Decidí que
aunque fuera su padre no le confiaría a Daniel. Después del último
intento de acercamiento, desapareció por un mes. La tranquilidad
volvió a la casa hasta que llamó desde Rosario y me rogó que lo
encontrara en la pensión donde paraba. Su voz sonaba tranquila y
su necesidad de ver a Dani era razonable. A última hora, un
impulso me hizo dejarlo al cuidado de una amiga. Llegué a las diez
de la mañana, sola. Las visitas a las habitaciones estaban
permitidas sólo a grupos familiares, de modo que la dueña de la
pensión lo obligó a presentarse en el recibidor. Me di cuenta del
esfuerzo que había hecho para simular normalidad por teléfono.
Tenía la barba crecida, el aspecto desaliñado y la mirada de un
animal acorralado. Me rogó, me exigió, que lo recibiera de nuevo
en casa. ¡Te juro que traté de razonar con él! Le pedí que fuera a
consultar al doctor Bermúdez y le prometí que después íbamos a
estar juntos -gimió con todo el dolor del pasado renacido.
-¡Querida
Nadia, estoy segura de que hiciste más de lo posible! -afirmó su
amiga, al borde de las lágrimas.
La muchacha
descubrió el rostro que sus manos ocultaron por un momento. Con un
gesto de desaliento, desprendió las costras más sórdidas de su
pasado:
-Cuando se
dio cuenta de que yo no cedía, sacó un arma de la campera. Con voz
inusualmente calma me anunció que me iba a matar por haberle
robado al hijo. La casera y los huéspedes habían huido del salón.
No sé de donde saqué valor para no entrar en pánico. Le imploré
que pensara en Dani, le aseguré que se recuperaría con la ayuda
del médico y que yo lo apoyaría en la lucha que lo esperaba.
Recuerdo su gesto de desaliento cuando me dijo: "Pero a vos no te
voy a recuperar jamás. Así no quiero vivir". Dejó de apuntarme
para llevarse el revólver a la boca y apretó el gatillo -sin
transición, pasó del tono informativo al desbordado:- ¡Se mató
delante de mí, Jimena, y yo... no pude... evitarlo...! - sollozó.
Su amiga
lloraba a la par. Se buscaron, enceguecidas por las lágrimas, para
estrecharse y condolerse de ese acto irreparable. Nadia fue la
primera en recuperarse. Guió a Jimena hasta una silla y le alcanzó
una caja de pañuelos. La actualización de sus miserias a través de
un relato crónicamente soslayado, le trajo un inesperado alivio
mental. Se volvió a escuchar, a más de un año de la muerte de
Andrés, con la misma pena que volcó en la terapia pero sin la
congoja de sentirse responsable de las decisiones de su ex pareja.
¡Ah, Andrés...! Si pudiera saber que viviste un año de
felicidad que te compensó de la agonía de un momento... Si hubiera
escuchado las advertencias de mis amigos, si hubiese sabido que
tenías un control médico que cumplir, si no te hubiera cerrado la
puerta de casa, si te hubiese dicho lo que ya no sentía... Todas
presunciones sin respuesta... Quizás cualquier ‘si’ te hubiera
acercado al mismo destino... Quizás estarías vivo... ¡Pobre
muchacho sin esperanza! Te amé cuanto pude y voy a cuidar de tu
hijo como lo hubiéramos hecho juntos.
Completó su
testimonio animada por esta fervorosa ofrenda mental:
-Entre
trámites médicos y policiales, estuve en Rosario hasta el fin de
semana. En el interín, me comuniqué con mi amiga que me dijo que
las hermanas de Andrés se habían llevado a Daniel apenas las
notificaron del suicidio de su hermano. Esa noticia me aniquiló.
El sábado a la mañana volví a esta casa con la sensación de ser
una mujer excomulgada de la vida. Ni siquiera las ofensas de las
tías de Dani me conmovieron. ¿Qué podía afectarme si ya no tenía
razones para vivir? Esa noche yo también pensé en el suicidio. Si
no lo concreté fue porque tenía la tenue esperanza de recuperar a
Daniel. El domingo amaneció lloviendo y fue la mejor excusa para
quedarme en la cama compadeciéndome a mí misma. A la tardecita
sentí unos golpes en la puerta y abrí anticipando nuevas afrentas
de las hermanas de Andrés. Pero no. Allí, empapado y temblando de
frío, estaba mi niño clamando por volver a casa. Lo abracé para
calmarlo y me desprecié por haberlo postergado para condolerme de
mis desgracias de adulta, siendo que era mi responsabilidad
brindarle la estabilidad para crecer. Guardé mis penas, pedí su
custodia e inicié un tratamiento sicológico - mostró las palmas
abiertas.
-Si antes
te admiraba como mamá, ahora sos un ícono -declaró Jimena, y
preguntó:- ¿Por qué antes te dieron la custodia y ahora te la
niegan?
-Porque las
tías de Daniel impugnan mi soltería y piden que el niño sea criado
por un matrimonio. A pesar de que no le tienen afecto son
implacables, y lo que sí tienen es mucho dinero... -dijo abatida-.
Es posible que hasta se quieran vengar de su hermano aunque esté
muerto. ¡Son unas malvadas! -se exaltó.
-Pensemos
fríamente... -aportó Jimena-. ¿No hay trabajadores sociales,
testigos, el mismo testimonio de Dani, que avalen tus condiciones
para adoptarlo? No serías la primera madre sin pareja.
-En
cualquier otro lugar tendría oportunidades. Aquí no. Pero a menos
de que lo cargue en el auto y desaparezca, debo pelearla en esta
ciudad que es su hogar. Hasta pienso en aceptar la propuesta de
casamiento de Luis, el dueño de la librería.
-¡Nunca!
¡Eso, nunca! ¡Si no te gusta...! - la interrumpió Jimena.
-¡Lo sé, lo
sé! Pero si me acorralan cualquier medio se justifica para que
Daniel no termine en el orfanato.
-¿Me querés
decir adónde está el sentido común, la sensibilidad, para no darse
cuenta que el niño tiene la mejor madre y el mejor hogar? -dijo su
amiga, arrebatada.
-Yo te
agradezco, querida, pero la justicia parece no entender mucho de
sentimientos. Si me ajustara a las generales de la ley, todo
estaría a mi favor.
-¿Querés
decir...?
-Casada,
sí.
-Algo me
decía que mi hermano y vos debían conocerse... ¡Estoy segura de
que son el uno para el otro! Entonces Dani tendría verdaderos
padres y...
-¡Basta,
Jimena! -ahora fue el turno de Nadia-. No podés inventar los
sueños de otra persona. Además, estas situaciones forzadas siempre
salen mal.
-Eso lo
decís porque no conocés a Juan... ¿Qué te cuesta? -dijo con un
mohín de malcriada- Lo ves una vez y si no te gusta prometo que no
insistiré más. ¡Dale una oportunidad a Dani! ¿Sí? -acometió por el
lado más débil.
Nadia
sonrió ante la perseverancia de su amiga. No podía ofenderse
porque sabía que lo hacía de corazón. Buscó una salida que no
descalificara su ofrecimiento:
-Esta noche
me reúno con la abogada que es amiga del secundario. Buscará una
manera de zafar por el momento y después volveremos a charlar. ¿Te
parece bien?
Jimena
estaba excitada como en su primera cita. Eligió un vestido
turquesa de talle ceñido, hombros descubiertos y falda de bordes
irregulares complementado con una chaquetilla de igual color. Su
madre se anunció cuando terminaba de vestirse:
-¿Se puede
pasar?
-¡Sí, mami!
Decime como estoy... -el tono solicitaba un refuerzo de su propio
juicio.
Verónica
pensó que su hija se veía deslumbrante con esos colores que
destacaban el pelo rubio ondulado que se desparramaba sobre los
hombros desnudos. Acarició su rostro y confirmó:
-Preciosa.
-Mamá.
Estoy tan nerviosa como si nunca hubiera salido con un hombre. ¿Y
si la que se hace ilusiones amorosas soy yo y él me invitó porque
soy la hermana de Juan?
La madre
abrió la boca en una mueca de asombro y se largó a reír:
¡Por Dios,
Jimena! Cualquiera puede ver que Nicolás, al menos, te desea.
¿Desde cuándo está tan baja tu autoestima, mi chiquita? -la tomó
por los hombros-. A ver, mirame.
La joven
levantó los ojos. Su madre la contemplaba con amorosa intuición:
-No sé lo
que esperás de Nicolás, hija. Pero ¿no es mejor que vayas
descubriéndolo en cada encuentro? Hasta ahora no te ha ido nada
mal. No pierdas un presente prometedor por un futuro que viene
después...
-¡Es que
tengo tanto miedo de idealizarlo y terminar frustrada...! ¡No
quiero fracasar con él, mamá...! -le apoyó la cabeza sobre el
hombro.
Verónica la
tuvo abrazada por un rato. Después la besó, le acomodó el vestido
y el pelo y la apuró:
-Son casi
las nueve, querida, y presiento que Nicolás debe estar por apretar
el timbre. Así que maquillate, perfumate y estate lista -salió de
la habitación y se volvió desde la puerta para dedicarle una
sonrisa alentadora.
Jimena rió
para sí misma. "¿Estoy planeando acostarme con un hombre y busco
el ala de mi mamá? Hasta la indulgente Nadia se burlaría". Se puso
en acción para no hacer esperar demasiado a su pretendiente.
Estaba constatando su obra terminada, cuando sonó el timbre. Un
segundo de pánico le disparó el corazón y acalambró la boca de su
estómago.
-¡Jimena!
¡Ya llegó Nicolás!
La voz de
contralto de su mamá la arrancó de la inercia. Se puso la
chaqueta, tomó el bolso y bajó. A diez escalones del descanso sus
ojos captaron la sonrisa socarrona de Juan, la de orgullo de su
madre y la fascinada de Nicolás quien, omitiendo a su amigo, le
tendió la mano cuando bajaba el último peldaño.
-No creí
que te pudiera ver más hermosa -le dijo, besando su mano.
Ella
sonrió. La presencia del hombre era tan concreta que le transmitió
una pasmosa certidumbre de intimidad. Besó a su madre y atacó a su
hermano:
-¿No tenés
otra cosa que hacer aparte de sonreír como un tonto?
Juan la
atrapó por un brazo y la besó en la mejilla:
-No te
enojés, rulitos, que te ponés muy fea -y se alejó aprisa para
evitar un pellizcón.
Nicolás,
que secundaba a Jimena, le echó una mirada calmosa. Su amigo lo
detuvo un instante:
-Cuidala...
-le exigió en voz baja.
Nico
enfrentó su mirada y le contestó con serenidad:
-Con mi
vida. ¿Es suficiente?
Juan los
vio alejarse y los saludó cuando partían hacia la zona que a él le
estaba completamente vedada. Su hermanita había crecido y su amigo
no le llevaba suficientes años como para ser su padre. ¿Pensó
alguna vez en ellos como pareja para escamotear los datos de
ambos? ¿Y si las cosas no funcionaban? ¿Perdería a un amigo?
Mañana le ofrecería el trabajo. Lo envidió por poder concretar una
situación soñada con la mujer que amaba. ¿La espera extinguiría lo
que él sentía? ¿Podría desprenderse de los recuerdos para buscar
una mujer real? ¿La falta de respuestas modificaría sus posibles
relaciones? Con todos estos interrogantes entró a su casa y se
preparó para encontrarse con dos amigos que lo habían invitado a
cenar.
Nico caminó
detrás de Jimena hacia la mesa que había reservado para la cena de
esa noche. Había pedido que los ubicaran en la terraza que daba al
río. Una vez que estuvieron acomodados se deleitó mirando a su
compañera. Pensó en cómo las circunstancias habían impedido que la
conociera antes, que se privara de una presencia que ahora, si le
faltaba, restaba sentido a su vida. Quería asegurarse de tenerla
siempre a su lado, besarla y amarla como nunca lo había inspirado
otra mujer. La deseaba tanto que disminuyó la frecuencia de su
pasión a un apacible nocturno. Era la hermana de su amigo y debía
ir con pies de plomo. La joven se sometió a las pupilas de Nicolás
mientras admiraba el refinamiento del lugar. Al cabo, observó:
-¡Me
encanta este restaurante! Pero es inalcanzable para mi ajustado
presupuesto. Y el de mis amigas... -aclaró con un mohín
explicativo.
Nicolás
rogó que no se mostrara tan encantadora porque la tomaría en
brazos antes de la cena. ¿Y no era que se había propuesto ir con
tiento?
-Entonces
lo conocías.
-Sí. De una
vez que Juan nos invitó a una amiga y a mi. Porque le interesaba
mi amiga, obviamente.
Nicolás se
rió con ganas, arrobado por la expresión contrariada de la
muchacha.
-Estoy
seguro de que no se negaría a traerte si le hubieras dicho...
-predicó a favor de su amigo.
-¡Jamás le
hubiera dado el gusto! -se alborotó Jimena- Habría insistido en
que abandonara la docencia para trabajar en su negocio. Y, ¿cómo
podría decirte...? Nos queremos pero somos un poco tercos los dos.
No. No hubiera funcionado.
Nicolás
esbozó una sonrisa. Había asistido a varios lances entre los
hermanos y pensaba que Jimena tenía un criterio acertado. Notó que
la joven estaba un poco pensativa:
-¿Hay algo
que te preocupa?
-¿Se nota
demasiado? -preguntó con un gesto de disculpa.
-Me
gustaría compartirlo -pidió Nicolás.
-Es con
respecto a Nadia, mi amiga de Venado. Ayer la vi tan conmocionada
que la acompañé a la casa para hablar con ella. Me dijo que estaba
a punto de perder a su hijo y me contó la terrible experiencia que
vivió hace dos años. En realidad, Daniel no es su hijo y por eso
se lo van a sacar... No, se lo van a quitar porque es soltera...
-A ver, a
ver... -Nicolás la contuvo tomándole una mano-. ¿Me contás desde
un principio?
Jimena le
lanzó una mirada agradecida y, tomando aire, trató de resumir en
forma ordenada los acontecimientos del día anterior. Cuando
terminó, tenía los ojos brillosos y el resabio de la angustia que
había padecido. Nicolás mantuvo su mano sobre la de ella y la
presionó con firmeza sin decir palabra. Cuando vio que la muchacha
se reponía, habló:
-Por cierto
que es un testimonio escalofriante el de tu amiga, pero
seguramente su abogado encontrará la manera de que no le quiten al
niño. Lo que te aconsejo es que no involucrés a Juan en esta
historia. Él... -vaciló- tiene su interés apuntado hacia
otra mujer.
-¡No...!
Entonces es por eso que está distante y hermético. ¡No puede ser
una buena mujer la que le cambió el carácter así! -afirmó Jimena.
Nicolás no
podía creer que la noche especial estuviera desviándose hacia
derroteros insospechados. ¿Debió hacerse el distraído ante la
abstracción de Jimena? No. Porque ante cualquier cosa que la
tuviera triste, quería ser su consuelo. De lo que estaba
arrepentido era de haber aportado un indicio acerca de la ambigua
situación de Juan. Pero se sintió obligado a apartar el interés de
Jimena sobre su hermano. La joven hizo la pregunta que temía:
-¿La
conocés?
-La vi una
vez. Pero es un secreto que no me pertenece, querida -tomó sus dos
manos-. Te prometo que el lunes me voy a ocupar de averiguar quien
es el profesional más adecuado para asesorar a tu amiga.
Jimena bajó
la cabeza desilusionada, pero celebró la actitud de reserva de
Nicolás ante la confidencia de un amigo. Una mano abandonó la suya
y la obligó a levantar la barbilla. Miró los ojos del hombre y
tuvo la impresión de sumergirse en un remolino profundo y violento
adonde era despojada de sus sensaciones más íntimas. Él se había
inclinado sobre la mesa y sus rostros estaban arriesgadamente
cerca. Lo escuchó decir:
-Quiero
besarte.
A Jimena
estas palabras, pronunciadas en tono concluyente, la regresaron a
la esencia del encuentro.
-Yo
también... Pero no en público -le respondió acuciada por verse en
sus brazos.
Nicolás
hizo un gesto al maitre que se acercó presuroso:
-¡Señor
Torres! Enseguida le enviaré un entremés mientras ejerce el arte
de la espera -dijo con afectación.
-Gracias,
José. Pero tráigame la cuenta porque nos vamos a retirar -le
contestó afablemente.
-Los platos
están saliendo... -atinó a decir antes de someterse al pedido.
Nicolás la
ayudó a ponerse la chaqueta y Jimena, por un momento, sintió las
manos vigorosas vibrando sobre sus hombros. Cuando se iban, le
sonrió al azorado mozo y le guiñó un ojo con un gesto que colmó la
pasión de Nicolás. Hicieron el viaje en un silencio preñado de
sensaciones que todavía no podían confesarse. El hombre ingresó a
la cochera y, cuando se cerró el portón, ayudó a bajar a la
muchacha. Entraron a la vivienda con la mutua certeza de que éste
era el paso que esperaban desde que se conocieron. Nicolás se
volvió hacia Jimena y la besó con las ansias de una vida esperando
por ella. Sintió su respuesta primero contenida y luego abriéndose
como una flor al imperio del sol. En la urgencia de sentirlo, la
joven se dejó arrastrar hacia el dormitorio sin desasirse del
abrazo ni separar los labios. Cayeron sobre la cama como una
sombra agitada por murmullos amorosos, respiraciones excitadas,
manos que desprendían ropajes hasta diferenciarse en dos cuerpos
ansiosos de interactuar el uno con el otro. Jimena se abandonó al
ímpetu de Nicolás que sintonizaba con su propia voluptuosidad. Las
manos y la boca del hombre le develaron zonas de placer
inexploradas que celebró con inéditos gemidos de gozo mientras sus
manos reconocían el cuerpo musculoso y la pujante erección. Un
estertor negativo brotó de la garganta de Nicolás ante la caricia
de la joven que lo sacudió como un ventarrón y casi malogra su
esfuerzo de postergar la consumación. Devastado por el deseo
mantuvo en alto los brazos de ella y se sostuvo sobre un cuerpo
maduro para el amor acallando con un beso el quejido de
frustración. El poderoso dominio se le fue desintegrando ante el
llamado de Jimena que lo invocaba para culminar el apareamiento.
Se hincó entre sus piernas sosteniéndole aún las manos
inquisitivas y la miró un instante más, entre los escombros de su
control, antes de librarle los brazos. Jimena gritó excitada
rodeándole el cuello y adelantando la pelvis al encuentro de su
miembro que se alojó en el centro del deseo mutuo. La joven
acrecentó el movimiento de sus caderas hasta precipitarse en el
paroxismo de un orgasmo que lo habilitó para acompañarla hasta la
plenitud. Después del apogeo continuaron un tiempo con los cuerpos
unidos por un éxtasis que ninguno había conocido. Nicolás le
despejó la cara de los rulos humedecidos por la transpiración y la
besó en cada centímetro del rostro hasta hacerla reír. Se miraron
maravillados de haber compartido esa experiencia que ni en sus
sueños habían imaginado. El hombre se acomodó de costado y la
atrajo contra su pecho. Un creciente sopor fue apagando los besos
y los murmullos hasta ganarlos para el sueño.
Jimena
despertó tratando de ubicarse en el lugar desacostumbrado. Poco a
poco fue tomando conciencia del cuerpo de Nicolás envolviendo el
suyo, de un brazo que se deslizaba por el hueco de su cintura, de
otro que le cruzaba el torso desde el hombro, y de su espalda,
nalgas y piernas amoldadas a la curva del anverso masculino. Un
escalofrío la recorrió al revivir el enlace nocturno que había
superado su mejor ensueño. Le costaba trabajo reconocerse en esa
hembra sensual que despertó con las caricias de Nicolás y que
evidentemente había reprimido en otras relaciones. Se apretó
contra él disfrutando del agradable cosquilleo del deseo que
sensibilizaba cada célula de su cuerpo nuevo. El hombre fue
saliendo del sueño murmurando su nombre y ciñendo los brazos a su
alrededor. La besó en la nuca, el cuello, hasta que ella volteó la
cabeza para unir sus bocas. Él, pegado a su espalda, la dibujó
parte por parte mientras los movimientos cadenciosos de la joven
aumentaban la turgencia de su órgano sexual. Con la voz empañada
por la pasión, le describió cuánto la amaba y la deseaba hasta que
ella, enajenada, elevó una pierna sobre su cadera. Nico la sujetó
contra su costado con un brazo y sosteniéndola por la cintura la
penetró. Se movió despaciosamente, tratando de prolongar el júbilo
de la unión y pendiente del creciente jadeo de la mujer que amaba,
hasta que ambos aceleraron el ritmo para culminar en un estallido
de indescriptible gozo. Los dos se buscaron para estrecharse en
las postrimerías del placer, deseando compartir con el otro la
prodigiosa sensación que les había deparado la complicidad
amorosa. Jimena fue la primera en sucumbir al sueño murmurando "mi
vida..." Nico la imitó momentos después. Lo despertó la
claridad que entraba por el ventanal y tomó conciencia de la
hermosa mujer que dormía serenamente en sus brazos. Estaba apoyada
contra su costado, la cabeza sobre su hombro y la mano descansando
sobre su pecho. Inclinó la cabeza para besarla en la frente y
contempló la boca entreabierta que había besado y lo había besado.
La deseaba como el primer día y más, porque ahora sabía la
felicidad que podía depararle. El estado de conciencia despertó
los aguijonazos de su brazo acalambrado. Se movió tratando de no
despertarla, pero Jimena abrió los ojos y le sonrió con tanto amor
que acabó besándola por enésima vez. La acomodó sobre su cuerpo y
le pasó las manos por la espalda, los glúteos, la entrepierna.
Ella murmuró:
-No
empieces lo que no vas a terminar...
-¿Qué
apostamos...? -le respondió sobre la boca.
El metálico
sonido de una alarma sobresaltó a la mujer. Nicolás la abrazó para
tranquilizarla:
-¡Shh...!
que es el monitor de la calle -sin soltarla, se inclinó hacia la
consola y apretó un botón. Una imagen apareció en el visor.
Jimena
lanzó un gritito de sorpresa, rodó hacia el flanco de Nicolás
opuesto a la pantalla y se metió debajo de la sábana. Su hermano
la contemplaba desde el cristal óptico. Nico se rió con ganas y le
destapó la cara para besarle la nariz y explicarle:
-¡No nos
puede ver, mi amor!
-¡Por Dios!
Por un momento me hizo sentir como una adolescente en falta. ¿Qué
hace aquí este desubicado?
-Querrá
ajusticiarme por haberle robado a su hermanita -dijo Nicolás con
una sonrisa que desmentía la conclusión.
-¡No le
abras! -exigió la muchacha.
-Lo que
ordenes, mi señora. Pero es posible que fuerce la entrada.
-¿Por qué
haría eso?
-Porque irá
hasta la cochera, verá el auto, insistirá con el timbre y, al no
tener respuesta, pensará que pasa algo y romperá algún vidrio para
entrar.
-¿Mi
hermano es capaz de eso? -la joven lo miraba incrédula.
-De mucho
más de lo que imaginás -contestó. Se volvió hacia la pantalla y
comentó: -¿Ves? Ahora va hacia el garaje.
-Entonces
-dijo Jimena- será mejor que te vistas antes que destruya la casa.
Yo me voy a dar una ducha y espero que me recibas con un café
-terminó con una sonrisa y un beso.
Nicolás se
incorporó y buscó la ropa. Ya vestido, miró a la hermosa muchacha
que estaba sentada en la cama, la sábana cubriendo su cuerpo hasta
los hombros, el pelo revuelto y una sonrisa que le aceleró el
corazón. Se sentó al borde de la cama, jugó con su pelo y la besó
despaciosamente, saboreándola. Unos insistentes timbrazos los
separaron. El hombre fue hasta la puerta y desde allí le tiró un
beso. Cerró y se dirigió a la entrada. Antes de que la franqueara,
se volvió a escuchar el timbre. Abrió y se encontró frente a su
impaciente amigo:
-¡Menos mal
que te levantaste! Ya estaba por asaltar tu casa -le dijo Juan.
-No tengo
dudas -Nico se apartó para dejarlo pasar-. ¿Qué te trae tan
temprano?
-Un café.
Pasé la noche pescando con la intención de preservar mi mente,
pero ni eso me sirve. Además no es tan temprano. Son las nueve -se
detuvo-. ¡Ah...! Cierto que saliste anoche. ¿Volviste muy tarde?
Nico lo
miraba con los brazos cruzados sobre el pecho. Juan lo midió un
rato: rostro distendido, ojos con menos sombras que de costumbre,
actitud levemente desafiante. Sumó a su hermana a esta ecuación y
el resultado se hizo evidente.
-Así que
avanzaron más rápido de lo que yo presumía... -luego se desdijo-.
No sé qué tenía que presumir conociéndote. ¿Jimena está aquí?
-Se está
duchando. ¿Vamos a la cocina? Me pidió que la esperara con el café
-volteó sin esperar respuesta, esperando que lo siguiera.
Nico puso
la cafetera y aguardó la reacción de su amigo.
-¿Qué
significó para vos acostarte con ella? -le preguntó con voz
neutra.
-Mirá,
Juan. Estoy enamorado de Jimena hasta la médula y la quiero en mi
casa ahora. ¡Qué digo...! La quiero en mi casa desde que la
conocí. Y no te agradezco que me la hayas ocultado durante cinco
años.
-¡Ja! En
esa época apenas había terminado el secundario, sátiro. Además,
¿no sos vos el que cree en la predestinación? Lo que tenía que
pasar, pasó. Y en el momento señalado -se quedó pensativo.
-Jimena no
podría estar en mejores manos que en las mías, camarada. Y vos lo
sabés -aseveró Nico.
-Ese es el
problema, amigo. Nadie la querrá como vos, pero ¿qué futuro podés
ofrecerle? ¿Noches de espera hasta la madrugada? ¿Alguna situación
oscura que terminará por separarlos? -lo enfrentó Juan.
-Aunque no
lo creas, yo también lo pensé. Hace una semana que estoy
liquidando mi negocio. Después buscaré alguna actividad diurna -le
respondió sucintamente.
-¡Qué bueno
que allanaras el camino! -exclamó Juan-. Venía a ofrecerte trabajo
en mi empresa.
-¿Por
Jimena? -se contrarió Nico.
-Por Jimena
y por mí. Sabés que necesito un hombre de confianza -corrigió Juan
con tono amigable.
-Te
agradezco, viejo. Pero no conozco nada de tu negocio -replicó a la
postre.
-¿Aprenderías chino para conseguir a mi hermana? -le inquirió en
tono risueño.
-Sánscrito
si fuera necesario -declaró Nico-. Supongo que me vas a decir que
interpretar tu actividad es más fácil que lo primero... Estoy de
acuerdo si aporto la mitad para integrar una sociedad -condicionó.
Juan pensó
que su amigo evidentemente no conocía el valor de su empresa. Sin
pretender subestimarlo, aclaró:
-Actualmente tengo un capital de trescientos mil dólares.
-Me figuro
que a tu hermana le harás alguna diferencia. ¿Valen ciento treinta
mil dólares?
Ahora el
empresario estaba sorprendido. Se dijo que esa inyección de dinero
le permitiría agrandar el emprendimiento mucho antes de lo que
pretendía. Pero le quedaban cosas que aclarar:
-¿Qué tiene
que ver mi hermana en esto?
-Que si
aceptás, la mitad estará a nombre de Jimena -dijo Nico
sencillamente.
-La que no
va a aceptar, es ella. Tiene un riguroso sentido de la equidad -le
anticipó.
-Ya
encontraré argumentos. Como venías con un plan y yo te propuse
otro, tomate tiempo para pensarlo.
Juan no
sabía como aclarar una inquietud sin mencionar las actividades non
sanctas de Nico. Pero la decisión que debía enfrentar merecía el
riesgo:
-Como
propuesta me parece factible y beneficiosa. Sólo me resta saber si
los fondos que disponés no serán disputados en algún momento.
-¿Cómo vas
a pensar que arriesgaría a la mujer que amo y a mi mejor amigo con
este ofrecimiento? Lo que me queda es un resto después de salir
del circuito. Nadie puede reclamarlo -dijo Nico en tono de
reproche.
-Tenía que
asegurarme y no por mi negocio, ¿lo entendés?
-Sí.
¿Hacemos el trato? -extendió la diestra.
Juan
respondió de inmediato. Se miraron satisfechos de la nueva
relación que los unía.
-¡Menos
mal! Esperaba verlos irse a las manos y en cambio se las están
estrechando -dijo Jimena alegremente.
El hermano
la miró y vio a una mujer que resplandecía desde adentro. Con
simulado enojo le dijo:
-¡Qué
bonito, eh...!
-Te diré
que algo más que bonito... -dijo desinhibida mientras lo besaba en
la mejilla.
Se acercó a
Nicolás y se refugió en los brazos que le tendía. El hombre la
miró amorosamente y la besó en los labios. Se desasieron con una
sonrisa de privacidad y ella pidió:
-Un café,
por favor... -y a su hermano:- ¿Se puede saber por qué me estás
siguiendo?
-No te
entusiasmés, Rulitos, que no venía por vos -dijo riendo-. Lo que
te gustará saber es que desde ahora Nico y yo estamos asociados.
-¿En serio?
-dijo agradablemente sorprendida. Miró a Nico que estaba sentado:-
¿Ya no tendrás un trabajo nocturno?
Él la tomó
de la mano y la impulsó hacia sus rodillas. Jimena apoyó la frente
sobre la de Nicolás hasta el final anunciado de un prolongado
beso. Juan se sintió complacido de verlos tan enamorados y se
entregó resignado a la estocada de los recuerdos no resueltos. No
habría para él momentos de plenitud como los de la pareja porque
ninguna mujer sería la desconocida del bar. Aunque no se permitía
confesarlo, los días transcurridos sin resultados le menguaban la
esperanza. Jimena se incorporó y le dijo:
-A pesar de
tu miopía, te agradezco por preocuparte por mí. Aunque mejor
harías en elegir una buena compañía y no esa que te cambia el
carácter para peor.
-¿Qué...?
-Juan se tomó de los brazos del sillón y fulminó a su amigo con la
mirada.
Nico se
acercó a la joven y le tapó la boca con la palma de la mano
mientras la abrazaba:
-¡No he
dicho más que tu interés es hacia otra mujer para que no se
ilusionara en casarte con su amiga! -alcanzó a decir hasta que
Jimena se liberó.
La
muchacha, echando chispas por los ojos, le reprochó a su hermano:
-¡Semanas
preocupándonos por vos con mamá, y todo por el capricho de estar
con una mala mujer!
-¡Hey, hey!
-dijo Juan, irritado- ¿Cuándo vas a crecer, niña novelera? Lo
único que falta es que pretendas transformar mi vida con tu varita
mágica.
-¡Sos un
desagradecido que no se merece las tribulaciones de nadie! ¿Cómo
pude pensar que un egoísta que no se interesa por su madre pudiera
ser compañero de la mejor mujer que conocí? -replicó al borde de
las lágrimas.
Nicolás
estaba consternado. Se acercó a Jimena pero ella lo rechazó
moviendo las manos. Juan trató de justificarse:
-¡No digas
que no me interesan ustedes porque no es cierto! Y no sé de donde
salió eso de casarse, pero concedeme que es grotesco.
Jimena se
llevó las manos a la cara y sus hombros se estremecieron
levemente. Había pasado de la felicidad más exultante a la pena
más intensa al recordar la desdicha de Nadia. ¿Cómo podía ser ella
tan feliz cuando su amiga estaba sufriendo la pérdida de su hijo y
encima su hermano la menospreciaba? Buscó una silla enceguecida
por las primeras lágrimas y estaba absolutamente desconsolada
cuando se sentó. Los dos hombres, que la querían de distinta
manera, habían caído en las garras de la impotencia al no poder
contener a la joven.
-¡Hermanita, hermanita...! -exigió Juan- ¡No podés obligarme a que
me case con tu amiga!
-¡Yo no
quiero que te cases! -sollozó Jimena- Sino que la conozcas...
-¿Me querés
decir en que cambia la situación y por qué te ponés así? -se
arrodilló a su lado.
-¡Vos que
vas a entender si nadie te importa! -hipaba su hermana- ¿Y cómo
puedo reír cuando Nadia no tiene esperanzas? -lloró acongojada.
Juan se
cruzó con la mirada acusadora de Nico y se doblegó:
-¡Jimena...! -la tomó de los hombros- ¡Jimena! Está bien, la voy a
conocer. Pero no pasará nada de lo que te imaginás. Y va a ser la
última chifladura tuya que acepte. ¿Vas a dejar de moquear?
Su hermana
bajó lentamente las manos para mirarlo con ojos inflamados por el
llanto. La tomó de las muñecas y la besó en la frente.
-¿La...
vas... a conocer? -preguntó con voz entrecortada.
-Sí. ¿Me
vas a volver a querer? -le preguntó acariciando su cabeza.
Jimena lo
abrazó impetuosamente y le garantizó:
-¡No te vas
a arrepentir, Juan! Estoy tan segura... -se levantó de la silla y
anunció:- Me voy a lavar la cara.
Pasó al
lado de Nico y le alborotó el pelo. Allí quedaron los dos,
azorados, tratando de comprender como se habían metido en el ojo
del huracán.
-Te
compadezco, Nico, porque esta mujercita te manejará como quiera.
¿No viste cómo se compuso cuando se salió con la suya? -lo
espoleó.
-Estaba
realmente apenada por su amiga. Ayer me contó las adversidades que
viene soportando desde la adolescencia y ahora, por ser soltera,
están por quitarle a un niño que considera un hijo.
-¿Ustedes
pretenden que me convierta en el padre de ese niño? -exclamó Juan
estupefacto.
-Escuchame,
Juan. Dos o tres horas de charla y dejarás conforme a tu hermana.
Yo le prometí buscar al mejor abogado para que represente a su
amiga y así lo haré -Nico le exigía colaboración.
-¡Ya dije
que sí! Pero preparate para consolarla cuando me vaya a la mierda
-advirtió Juan.
-Como te
dije, ya encontraré argumentos -cerró su amigo.
Jimena
regresó con la cara más compuesta y se refugió en los brazos de
Nicolás. Juan, arrepentido de su promesa, miraba el jardín detrás
del ventanal. La voz de su hermana lo apartó de la introspección:
-¿Te parece
bien que salgamos el martes a la noche?
-¿El
martes? Sabés que trabajo hasta tarde. ¿Y vos no tenés que ir a
Venado? Mejor el fin de semana -apeló a la logística para dilatar
el encuentro.
-El
miércoles es feriado y el fin de semana muy lejano. ¡Que sea el
martes, Juan! -suplicó.
-Que sea el
martes, entonces -repitió, sintiéndose candidato a la pena
capital.
Nico
estacionó frente al barcito de la costanera adonde lo había citado
Juan. La llamada del empresario había cambiado sus planes que eran
pasar a buscar a Jimena a las nueve para ir a cenar. Había
reservado una mesa en el lugar adonde no llegaron a cenar la
primera noche. Entró y buscó ubicación cerca del ventanal. Juan
llegó con una expresión sombría que no le gustó. Nico esperó a que
hablara.
-Nico, la
reunión que programó Jimena para hoy es inviable. Lamento haberla
aceptado en ese momento, pero creo que hasta por respeto a su
amiga no debo ir.
-¿No le
estás dando demasiada trascendencia a una simple salida? -preguntó
Nico desconcertado.
-No. Mi
hermana cree que su amiga y yo congeniaremos. La experiencia
propia y ajena me enseñó que estas componendas fracasan en el
noventa y nueve por ciento, y el desenlace lógico será que termine
aborrecido por las dos. Y no me puedo dar ese lujo, amigo. No
ahora que me siento demasiado vulnerable al mirar en tu espejo lo
que no será mi vida -detuvo con un gesto la respuesta de Nico:-
Vos sabés lo que es querer a una mujer y cumplir el sueño de
tenerla. Te pido que te pongas en el lugar de un tipo que está
cada vez más alejado de esa realidad y que pienses en las ganas
que tendrías de participar en una farsa.
Nico
observó que la cara de su amigo había pasado de las sombras a la
apatía propia de quien ha perdido la esperanza. Se planteó de qué
manera podría ayudarlo y se amargó pensando que hacía meses había
renunciado a una búsqueda infructuosa. Le puso la mano sobre el
hombro y le preguntó:
-Decime que
querés que haga.
Juan le
descargó una mirada de mudo agradecimiento. Tomó aire y le dijo:
-Que te
hagas cargo de las dos mujeres cuando comprueben que yo no voy a
aparecer. No te mando al degüello porque esta conversación nunca
tuvo lugar. Mostrate tan sorprendido como ellas. A Jimena le va a
dar una pataleta, pero vos sabrás como calmarla. En cuanto a la
amiga, pasará un momento de incomodidad, pero no tan negativo como
una presentación sin resultados. Creeme, Nico, que esto te lo voy
a agradecer toda la vida.
-Está bien,
pero desconectá el celular porque Jimena me va a intimar a que te
busque en cualquier lugar. Y tratá de no aparecer en tu casa ni en
tu departamento al menos hasta mañana a la tarde. ¿De acuerdo?
Juan
asintió y apagó el celular. Se levantó y le extendió la diestra a
su amigo. Después salió.
Nico se
pasó la hora siguiente imaginando cuál sería la reacción de Jimena
ante la ausencia de su hermano, y temiendo que ella descubriría la
complicidad. Cayó en la cuenta de que nada lo amedrentaba más que
malquistarse con esa joven que había cambiado el sentido de su
vida, por lo que se prometió extremar sus dotes actorales en bien
suyo y el de Juan. A las ocho y media se levantó, pagó y se
encaminó a buscar a Jimena. La madre lo recibió en ese primer
encuentro fuera del sanatorio:
-¡Nicolás!
¡Me alegro de verte! -lo besó en la mejilla- Vamos a la cocina a
esperar a las chicas.
El hombre,
un poco intranquilo, fue tras ella. Verónica le hizo un gesto para
que tomara asiento y le ofreció:
-¿Te sirvo
un café?
-No,
gracias Verónica. Acabo de tomarlo conj... un amigo -terminó,
rogando que no hubiera notado el lapsus.
La mujer
miró hacia el reloj de la cocina y comentó:
-Parece que
Juan está un poco atrasado. Debe tener mucho trabajo... Podrían
haber programado un almuerzo para mañana y esta noche comer en
casa para que no se hiciera tan pesado.
Nico
asintió con una sonrisa de circunstancia. Por la puerta de la
cocina ingresó un niño de unos cuatro años, calculó el visitante.
-Buenas
noches -saludó con una seriedad desusada en un chico de su edad.
Nico le
devolvió el saludo y Verónica lo abrazó con una gran sonrisa:
-¡Por fin
viniste! -se dirigió a Nico:- Te presento a Daniel, el hijo
de Nadia. Dani, él es Nicolás, el novio de Jimena.
Dani aceptó
la mano que le tendió Nico con estudiada circunspección y le
preguntó a bocajarro:
-¿Se van a
casar?
Nico se rió
francamente. Percibió que Verónica estaba pendiente de su
respuesta:
-Si ella me
acepta, cuanto antes. ¿A vos qué te parece? -se inclinó con aire
de complicidad.
-Que te va
a decir que sí. Dijo mamá que la tía Jimena está "trestornada" -le
confió.
Nico y
Verónica cruzaron una sonrisa ante la infidencia de Dani. Por
distintos motivos, ese chiquillo taciturno los había prendado. Los
dos tenían presente el triste pasado y el incierto futuro de
Daniel. La madre de Jimena le preparó un sándwich caliente y un
vaso de jugo de naranja, y puso un almohadón sobre la silla para
que alcanzara la mesa. Dani no se olvidó de darle las gracias
antes de atacar la comida. Nico se programó al escuchar la voz de
Jimena. En un momento asomaría por la puerta y él tendría que dar
cátedra de actuación. La joven lo vio y, dándole apenas tiempo
para incorporarse, corrió a sus brazos con una exclamación de
alegría. Nico la ciñó y respondió, con la mesura propia de la
exposición pública, al amoroso beso que ella le ofrecía. Apretó la
cabeza enrulada sobre su hombro y se le fue borrando la sonrisa.
Detrás de Jimena una aparición observaba la escena con aire
regocijado. Se apilaron siglos hasta que la voz de Verónica rompió
el encantamiento:
-¡Querida
Nadia, que linda que estás!
Nico
permanecía petrificado, oprimiendo la cabeza de Jimena contra su
pecho como si quisiera guardarla de una visión aterradora. Ella se
liberó con una risa sofocada y se volvió en dirección a la
recelosa mirada del hombre. No vio más que a Nadia a quien corrió
a presentar:
-Nicolás,
ella es Nadia, por si no te hubieras dado cuenta -dijo con un
mohín risueño, y dirigiéndose a su amiga:- Él es Nicolás.
El ex
barman le tendió la mano automáticamente esperando que sus dedos
estrecharan el vacío. Pero no. La mano de la muchacha por la que
Juan desvariaba, respondió con suave firmeza a su apretón bajo la
mirada consternada de Jimena que esperaba una recepción más
calurosa.
-Encantada,
Nicolás. Jimena no se cansa de hablar de vos -dijo con una risa
límpida.
Nico la
imitó con el fin de reponerse. "¿Un año y medio de búsqueda
inadecuada? ¿Juan negándose por meses a un contacto? ¿Huída de un
compromiso? Y esto, ¿quién lo arregla?", pensó.
-¡Son las
nueve y diez...! -exclamó Jimena alarmada- ¿Adónde estará Juan? Lo
voy a llamar al celular - salió hacia el comedor.
Nico volvió
a sentarse y estudió a Nadia que charlaba con Verónica y Daniel.
"Es ella, y tan hermosa que lo volvería loco a Juan. Si no le
hubiera dicho que apagara el celular... Pero ¿cómo suponer que
Nadia era nuestra desconocida y que vendría de la mano de su
hermana? ¿Cómo se compadecía la triste historia de la joven con la
de una noche de alcohol y violencia?"
La entrada
súbita de Jimena interrumpió sus disquisiciones. Se paró frente a
él con los brazos en jarra, y dijo preocupada:
-Llamé al
celular. Está desconectado. Llamé al negocio y no contestó nadie.
Le hablé a Estela y me dijo que Juan se había ido a las siete y
media. ¿Le habrá pasado algo?
-Seguramente no, querida. Habrá alguna razón para el retraso
-trató de tranquilizarla conciente de que mentía.
-¿Cómo no
avisó...? -dijo contrita.
Nico estaba
seguro de que esa noche terminaría mal. Se contuvo para no
llevarse a Jimena y guardarla en su casa. Verónica se acercó:
-¿Puedo
saber qué pasa? -dijo, comedida.
-Es tarde y
Juan no aparece... -se lamentó su hija.
-¿Lo
llamaste al celular?
-Y al
negocio, y a su secretaria. La última vez que lo vio fue a las
siete y media -enumeró.
Hubo un
silencio expectante del cual Nico no se hizo cargo, aún suponiendo
que perdía puntos frente a Jimena. Verónica lo rompió:
-Nicolás
-le pidió- ¿podrías llamar a sus conocidos?
-Seguro.
-Traé tu
celular, hija. Vamos a descartar un accidente -ambas se dirigieron
al comedor.
Nico hizo
la parodia de llamar a varios números delante de Nadia, a la
espera de que madre e hija agotaran su investigación. Cuando
regresaron, Nadia se les unió.
-No tuve
suerte con ningún amigo -informó Nico.
-Tampoco
está en ningún hospital o comisaría, afortunadamente -enfatizó la
madre.
-¡A un
hospital va a ir a parar cuando yo lo agarre! -exclamó su hermana
llorosa.
-Presumo
que están hablando de Juan -terció Nadia-.Si están tranquilas
respecto de su suerte no se hagan problema por mí -.Se acercó a su
amiga y trató de minimizar la situación:- ¡No te apenes, Jimena!
Esto no es una catástrofe... Podemos ir a comer con Nicolás. Si él
quiere... -levantó la mirada hacia el hombre.
Nico se
sentía un miserable delante de las dos hermosas mujeres. Maldijo
interiormente a su amigo y se apresuró a contestar:
-Rotundamente, ¡sí! Verónica, ¿no te gustaría acompañarnos? Y
llevaríamos a Daniel, por supuesto -aclaró.
A Dani le
brillaron los ojos, pero Verónica lo abrazó cariñosamente y
respondió:
-Gracias,
Nicolás, pero Dani y yo tenemos planes para después de comer,
¿verdad? -le dijo tocándole la punta de la naricita con el índice.
El pequeño
sonrió y afirmó con un movimiento de cabeza.
-Entonces,
mis hermosas damas, vamos -Nico le ofreció un brazo a cada una.
Las jóvenes
se despidieron de Verónica y Dani y aceptaron el brazo que el
sonriente Nico mantenía a la espera. El trayecto hasta el
restaurante estuvo cargado por el callado enojo de Jimena y la
culpable conciencia de su novio. Un primer incidente aportó a
disminuir la tensión: fueron recibidos por el mismo maitre que
cuatro días atrás asistió a la precipitada salida de Nico y
Jimena. Cuando lo vio, la muchacha recuperó la expresión pícara de
esa noche.
-¡José!
¿Verdad? -le dijo, dedicándole una sonrisa radiante.
-¡Señorita!
¡Señor Torres! ¡Han regresado y con una compañía celestial...! -
ponderó melosamente. Hizo señas a un mozo que se acercó
diligentemente:- Acompañe al señor Torres y a las damas hasta la
mesa luxor.
Las
mujeres, disimulando la risa fueron las primeras en volverse para
seguir al mozo. Nico las alcanzó y tiró un rulo de Jimena:
-¡Ya me la
vas a pagar...! -susurró a su oído, deslizándole un beso.
Ella rió
estremecida y le apretó una mano. El mozo ayudó a sentarse a Nadia
y Nico a su novia. Después de elegir la comida, el camarero les
acercó unos tragos con canapés. Mientras comían los bocadillos
charlaron animadamente. Nico se sorprendía cada vez más del
atractivo y la dulzura de Nadia. Asumió que su amigo tendría que
sortear muchos obstáculos antes de conquistar a esa muchacha.
"Posiblemente te salve el impedimento que tiene para conservar al
chico. Ella aceptará cualquier propuesta razonable. Depende de vos
hacerla y luego ganártela", le habló a su amigo interno. Se fue
tranquilizando a medida que elaboraba los impensados
acontecimientos del día. La abstracta mujer de su amigo tenía
nombre y paradero. El principal impedimento estaba subsanado. De
modo que se dedicó a disfrutar de la compañía de Jimena y de
Nadia. Cuando estaban bebiendo una copa de champaña, la hermana de
Juan trajo su deserción al tapete:
-Todavía no
me puedo reponer de la conducta de Juan, Nadia. Siento vergüenza
ajena -le dijo a su amiga.
Nadia
sonrió llanamente. Después apretó la mano que Jimena había posado
en su brazo y le contestó:
-Si digo
que por un momento no sufrió mi amor propio, mentiría. Pero yo no
estaba de acuerdo con esta introducción, Jimena. Así que puedo
entender a tu hermano. No quiero que este trance los enfrente.
Prometémelo...
Jimena la
miró desmoralizada. Su hermano mayor, su ídolo, la había
defraudado con una actitud inmadura impropia de un hombre de
treinta años. Nico no perdía detalle del cuadro que tenía
enfrente: una adorable rubia de pelo largo y enrulado con una
expresión de desamparo que pedía ser suprimida a besos y una bella
morena de pelo lacio y bruñido que la miraba con una ternura que
se perdía su calamitoso amigo. Jimena volvió sus ojos hacia él:
-Decime la
verdad, Nicolás, que no me voy a enojar. ¿Juan te insinuó algo o
apareció alguna mujer...? -sus ojazos le pedían que no la
decepcionara.
-NO a tus
dos interrogantes, mi amor -recalcó, dándose el lujo de no mentir
porque su muchacha había hecho las preguntas equivocadas.
Y aunque
hubiera continuado con las dos hasta el día siguiente (mentira,
con Jimena) sabía que no debía arriesgarse más y que debía
ubicar a Juan cuanto antes. Acarició la mejilla de su novia y dijo
con pesar:
-Lamento
tener que proponerles el regreso, pero mañana tengo una reunión a
primera hora.
-¡Si mañana
es feriado! -recordó Jimena.
-No para
terminar de liquidar mi negocio -respondió rápidamente Nico.
La joven se
resignó y pronto las depositó en casa de Jimena. Nadia lo saludó
con un beso en la mejilla, le agradeció la velada y entró para que
pudieran despedirse. Su rubia estaba de perfil, medio distante y
con la cabeza semi inclinada. Nico la atrajo hacia él y dejó que
reposara la cabeza sobre su pecho sin ejercer ninguna presión.
Jimena preguntó en voz baja:
-¿Estuve
tan desacertada al querer que Juan conociera a Nadia?
Nico la
apretó contra su corazón y le contestó convencido:
-Pase lo
que pase, no podrías haber hecho nada mejor... -la besó
prolongadamente sin poder contener su pasión.
Jimena se
olvidó del mundo por un momento glorioso en que su cuerpo fue la
caja de resonancia del deseo recíproco. El hombre reaccionó cuando
la mano de ella intentaba bajarle el cierre del pantalón.
-¡No, no,
no, mi amor! -la detuvo y la llenó de besos para compensarla-.
Mañana vendrás a mi casa y creo que no te dejaré ir más... - dijo
con voz quebrada por la postergación.
La joven se
repuso con un gemido y lo besó dulcemente antes de bajar del auto
y correr hacia la entrada. No quiso volver a saludarlo porque
sabía que subiría al auto y se iría con él. Cerró la puerta y
entró al estudio donde su madre había dejado una luz encendida y
unas masas dulces sobre una mesita ratona. Nadia la esperaba
inspeccionado un antiguo giradiscos del que Juan no había querido
desprenderse.
-Bueno,
acabó una noche accidental -declaró al entrar.- ¿Querés que
pongamos un poco de música?
-¿Por qué
no? -asintió Nadia, y preguntó señalando un estante de puerta
vidriada:- ¿Estos son los discos?
-Sí. Elegí
lo que te guste mientras busco algo para tomar. Total, no es muy
tarde y después nos vamos a dormir -declaró con desenfado.
Nadia rió y
se agachó para revisar los antiguos álbumes que contenían los
discos de vinilo.
Juan estaba
manejando hacia Rosario cuando pensó en conectar el teléfono.
Desistió pensando en las puteadas que tendría acumuladas de su
hermana. No estaba satisfecho con la decisión que había tomado
intempestivamente y acordaba con Nico en que le había dado a la
salida más trascendencia de la que tenía. Cuando lo dejó en el
café subió al auto decidido a pernoctar en Buenos Aires y
conectarse con su familia al día siguiente. A la mitad de camino
pegó la vuelta cuestionándose por la imagen que le dejaría a su
hermana y a esa pobre chica que no necesitaba agregar más
conflictos a los que tenía. En la oscuridad de la autopista la
soledad lo apretó más que nunca. Envidió a su amigo y a su
hermana, a cualquier ser humano que tuviera pareja y hasta a la
amiga de Jimena que por lo menos tenía un hijo por quien luchar.
Salió de la autopista a las doce de la noche decidido a afrontar
las consecuencias de su torpeza. A las doce y media dejó el auto
en la estación de servicio para no despertar a quien durmiera con
el ruido del portón de la cochera, "¿o para deslizarme
sigilosamente en mi dormitorio y aplazar hasta la mañana cualquier
explicación?", se imputó. Salvo la luz que su madre dejaba
encendida para que apagara el último en llegar, la casa estaba
silenciosa. "Todavía no volvieron", pensó con alivio. Entró
calladamente y se asomó al estudio para comprobar si Verónica
había dejado las golosinas de costumbre que le aliviarían el
hambre. Como Nico, se quedó de piedra en la entrada viendo cómo la
mujer que lo obsesionaba estaba graciosamente acuclillada
revisando sus discos. Por miedo a que desapareciera trató de
grabarla en sus retinas mientras ella estudiaba con interés una
tapa que sostenía en su mano, el pelo negro despejando el perfil
expuesto y cayendo como una cascada sobre el otro. Recorrió el
contorno del rostro y el cuello hasta detenerse en una boca que
deliraba por besar. Como si no fuera dueño de sus actos se acercó
silenciosamente y se doblegó frente a ella. Nadia levantó la
mirada con sobresalto para encontrarse ante un rostro masculino
que sólo la perturbó en las primeras etapas del tratamiento
sicológico.
-Lo
siento... -dijo el hombre con voz sofocada, y repitió:- ¡Lo siento
tanto...!
Jimena, que
había presenciado sin interrumpir la abstracción de su hermano y
su acto de constricción, escuchó asombrada una disculpa que
sugería mucho más que un desaire. Juan le tendió la mano a Nadia
quien, maquinalmente, entregó la suya al pedido masculino. Él se
incorporó lentamente, impulsando a la joven hasta quedar
enfrentados en un reconocimiento recíprocamente lamentado. Jimena
quebró la extraña atmósfera colocando la botella y los vasos sobre
la mesita.
-¡Ah...,
Nadia! Veo que has tenido el honor de conocer al hijo pródigo.
Su amiga se
volvió con la expresión de quien sale de un trance. Juan,
claramente conmocionado, se marchó de la habitación sin responder
a su ironía. Las jóvenes se sumieron en un expectante silencio que
ninguna intentó interrumpir. Jimena tuvo la certeza de que entre
su hermano y Nadia preexistía un conocimiento que ninguno había
confesado. "No. Nadia no me mentiría. Mi hermano es capaz de
ocultarme cosas pero mi amiga no. Entonces, ¿por qué esta escena?
¿Por qué se fue tan alterado que no pude hacerle ningún reproche?"
La voz de
Nadia la volvió a la realidad:
-Es mejor
que me vaya, Jimena.
-¿Estás
loca? Dani descansa y no pensarás despertarlo... -le respondió con
energía.
-Es que vos
no entendés... -insistió con desaliento.
-¡Por
supuesto que no voy a entender si nadie me dice nada! -reaccionó
con énfasis, y luego, en tono cariñoso:- Andá a descansar que
mañana será otro día, como dicen. Prometo no molestarte con
preguntas.
Nadia
vaciló como si quisiera decirle algo, después salió sin romper el
silencio. Jimena, completamente desvelada, amagó servirse una
copa. Después, con gesto decidido, levantó la botella y los vasos
y marchó al dormitorio de su hermano. Golpeó dos veces y entró sin
ser autorizada. Juan estaba vestido, sentado en el sillón y
fumando un cigarrillo con aire ensimismado. No pareció sorprendido
al ver a su hermana. Ella arrimó una banqueta y se sentó a su
lado. Antes de hablar, sirvió dos raciones de wisky y le tendió
una.
-Hermano
mío, de aquí no me voy hasta que me digas que significó esa escena
entre Nadia y vos -y antes de que protestara:- Me lo debés.
Juan la
escudriñó con gesto displicente y siguió fumando.
-Mirá,
Juan, ya estoy harta de ocultamientos, de actitudes distantes, de
callarme la boca porque mi hermano se pueda ofender. Ahora te
metiste en un terreno de mi propiedad y tengo derecho a saber por
qué mi amiga se quiso ir.
-¿La
dejaste ir? -saltó Juan inquieto.
-Te
agradezco el concepto que tenés de mí -le respondió enfadada.-
Ahora que reaccionaste, te escucho.
Juan apagó
el cigarrillo y bebió un sorbo de wisky. Después, observando el
vaso levantado, dijo:
-¿Brindarías con un violador? Porque eso es tu hermano.
-¡Me estás
mintiendo! Vos serías incapaz de forzar a una mujer, ¿con qué
necesidad? -demandó Jimena.
-Hace un
año y medio que estoy tras Nadia, es decir, tras una mujer de la
que abusé y después busqué con la intención de reparar mi conducta
- manifestó con crudeza-. ¿Seguís pensando que miento?
-Sigo
pensando que esa explicación no basta. ¿La secuestraste o la
metiste de prepo en tu auto? ¿La amenazaste con un arma? ¿La
golpeaste? -lo provocó.
-No hice
nada de eso -respondió su hermano con mansedumbre- pero no intenté
comprender el porqué de su comportamiento. Ya ves por qué nunca te
hablé de ese encuentro. Cuando la vi esta noche, tuve la certeza
de que nuestros cruces estaban marcados por la fatalidad. ¡La
ignoré dos veces, Jimena! -la voz se le quebró dolorida.
Su hermana
lo abrazó sin que se resistiera. Al cabo, preguntó:
-¿Qué
sentís por ella?
-¿Me
creerías si te digo que estoy enamorado de una mujer que conocí
unas horas y no volví a ver?
-Sí. Porque
desde que la traté anhelé que fuera tu compañera. No sé por qué
esa conexión fue tan penosa, pero creo que deberías aclararla para
no perderla -lo exhortó.
-Se volverá
a ir como la primera vez...
-¡Por sobre
mi cadáver! ¿Adónde está mi hermano animoso? -trató de sacudirlo.
-Tratando
de juntar sus pedazos desde hace un año y medio -repuso con
sencillez.
Jimena lo
miró con ternura y le acarició el rostro expresivo. Cuando lo
abrazó para despedirse, él la estrechó por un momento:
-Gracias,
Ji, por tu indulgencia...
Esta vez
ella no acusó recibo del sobrenombre. Lo besó y se marchó a su
dormitorio maquinando cómo impedir que Nadia se fuera antes de
hablar con Juan. Su amiga dormía en la cama contigua con un aire
de abandono que le punzó el corazón. "No, la vida no puede ser
siempre tan difícil para vos. ¡Por favor, permitile a Juan que se
explique y perdonalo!", rogó.
Juan salió
de su dormitorio a las seis de la mañana sin haber pegado un ojo.
La urgencia por encontrarse con Nadia superaba el cansancio de una
jornada saturada de revelaciones. Se había duchado y cambiado de
ropa con el fin de refrescar su cuerpo y su mente. La casa estaba
tan silenciosa como la calle en ese día feriado. Preparó la
máquina y se sentó a esperar que pasara el café. Temía que ella no
quisiera hablar con él, que no aceptara su arrepentimiento, que
siempre pensara en lo miserable que había sido. Pensó en si era
mejor que no se hubieran tropezado nunca para que él pudiera
conservar la esperanza. Ahuyentó esa especulación temerosa y se
dijo que, ahora que la había encontrado, pelearía por ella como
como un fundamentalista. Antes de que la cafetera anunciara con un
carraspeo que la infusión estaba lista, la muchacha que lo
desvelaba entró a la cocina. Al verlo, retrocedió sorprendida.
Juan se incorporó y sofrenó su estampida:
-¡Nadia,
por favor... no te vayas! -suplicó.
La joven
vaciló pero no intentó marcharse. Juan, sin acortar la distancia,
le propuso:
-Vayamos a
desayunar afuera... -y repitió con ansiedad:- ¡Por favor!
Nadia
observó al hombre que creyó no volver a encontrar. Se dijo que si
no hubiera sido el hermano de Jimena no hubiera aceptado otro
contacto. "¿Será que no terminan mis pruebas y debo retroceder a
un pasado que estaba superando y perder a mi mejor amiga?" pensó.
Asintió con un gesto y se preparó para afrontar otra privación.
-Voy a
buscar la llave del auto -le hizo saber Juan, esperando
encontrarla cuando volviera.
Para su
alivio, Nadia lo esperaba en el mismo lugar. Lo siguió hasta la
calle sin palabras como esa noche que tanto le pesaba en la
conciencia, con la diferencia de que él se sentía capaz de
sobrellevar el silencio de la inexistencia sólo por tenerla a su
lado.
-El coche
está en la otra cuadra -le informó, animado de tener cualquier
intercambio con ella.
-Está bien
-le respondió con cortesía.
Juan
condujo hacia el barcito de la costanera adonde se había
encontrado con Nico el día anterior. A esa hora estaba bastante
concurrido por grupos y parejas que volvían de bailar. Encontraron
una mesa retirada del bullicio y el hermano de Jimena encargó el
desayuno para consagrarse después a mirarla abiertamente. Nadia se
dejó escrutar con un imperceptible aire de arrogancia que aumentó
el deleite del hombre al percibir su turbación y aplacó el temor
de no poder reparar la conducta de antaño. Se inclinó hacia ella
ávido de su indulto:
-¡Ojalá
pudiera disculparme sin mencionar esa noche nefasta! -le dijo,
conmovido- Pero si te sirve de consuelo, el recuerdo de mi
indiferencia me atormenta desde entonces. Te busqué, Nadia. Para
confesarte mi mezquindad y extirpar tu imagen maltratada de mi
cerebro...
-¡Por
favor, Juan, no digas más...! -lo interrumpió- Vos no podías saber
que esa noche me sentía responsable de una muerte y que me habían
arrebatado a Dani... Entré a ese lugar para embriagarme porque que
me aterraba la idea del suicidio. Después, tu oferta coincidió con
mi necesidad de castigo y, tal vez, el instinto de conservación
quiso neutralizar el deseo de muerte con el sexo... No lo sé...
Nunca te recordé con hostilidad. Sólo un poco avergonzada...
-terminó en voz baja.
Juan la
miró enternecido. Sujetó su mano que descansaba sobre la mesa y
preguntó con voz contenida:
-Entonces,
¿no sumé más desdichas a tu vida?
No -dijo
con serenidad.- Y lamento que te hayas torturado todo este tiempo.
"¡Dios!
¿Cómo podría no amarte si sos tan dulce, tan bella, tan
comprensiva? ¿Cómo superar la espera de tenerte en mis brazos
hasta ganarme tu amor y tu confianza? ¿Cómo aguardar para
demostrarte que puedo brindarte placer en lugar de dolor? ¿Cuándo
serás cabalmente mía?...", quería saber Juan. En lugar de eso,
preguntó sin soltarle la mano:
-¿Por qué
dijiste que eras responsable de una muerte?
Nadia
sintió que podía confiarle a ese hombre los estigmas de su
existencia. Resumió sin dramatismo la pérdida de su familia, la
relación con Andrés y Daniel y el suicidio de su pareja. Habló de
su recuperación por obra del amor a Dani y su temor a perderlo.
Juan la escuchó sin interrumpir, salvo la suave presión de la mano
cuando ella parecía vacilar. Finalizó el relato sin poder evitar
un suspiro tembloroso. Al hombre lo acometió una mezcla de
admiración y pesadumbre al pensar lo sola que había afrontado
tantas calamidades. Deseó haberla conocido antes que Andrés con
una pasión que avasallaba la razón, porque sentía celos del
suicida que la había poseído primero. "Estoy desvariando. Ahora
tengo que ayudarla a conservar al niño", se increpó. Miró el café
que se había enfriado y las tostadas sin probar, y le propuso:
-¿Qué te
parece si vamos a buscar a tu hijo y volvemos a desayunar juntos?
A Nadia se
le encendió la mirada.
-¿En serio?
-preguntó con una sonrisa que aceleró el corazón de Juan.
Él rió con
ganas renacidas. La sensación de júbilo le invadió cada célula del
cuerpo desplazando la melancolía que arrastraba desde el primer
encuentro. Volvieron a la casa a las nueve de la mañana y
encontraron reunidos en la cocina a Nico, Dani, Jimena y Verónica.
-¡Pero si
está la familia en pleno...! -exclamó Juan alegremente.
Estrechó la
mano de su amigo al pasar para abrazar a su madre y a su hermana
que lo miraron sorprendidas. Después se agachó para quedar a la
altura del pequeño:
-Hola,
Daniel, yo soy Juan. ¿Un abrazo de amigos? -le propuso, abriendo
los brazos.
El niño
sonrió y le echó los bracitos al cuello. Juan lo sostuvo contra su
pecho añadiendo una razón más para su empresa amorosa. Se levantó
reteniendo a Dani por la mano y preguntó:
-¿Ya
desayunaron?
Verónica
fue la primera en contestar a pesar de que tenía mil
interrogantes:
-Todos
menos Daniel, que recién se levanta.
-¡Magnífico! -profirió su hijo- porque veníamos a invitar a Daniel
para desayunar en el parque.
-¿Y le voy
a dar de comer a los patos? -preguntó el niño, entusiasmado.
-A todos
los bichos que quieras -confirmó Juan.
-Nadia,
-terció Jimena- ¿podrías prestarme tu pañuelo de seda azul?
-Vamos
-contestó, y las amigas marcharon tras el imaginario accesorio.
Verónica se
movió inquieta hasta que manifestó:
-Enseguida
vuelvo -y salió con presteza.
Nico y Juan
se miraron y largaron una carcajada que provocó en Dani una mirada
inquisidora.
-Nos reímos
porque estamos contentos -le dijo Juan.- Apenas vuelva Nadia nos
vamos, ¿querés?
El niño
asintió y se dedicó a observar al canario que estaba al lado de la
ventana.
-¿No son
deliciosamente previsibles las mujeres? -afirmó más que preguntó
Nico.
-No te
confiés demasiado -opinó su amigo.- Siempre sospeché que podemos
meternos en sus cuerpos pero no en sus mentes. ¿O nunca te
sorprendieron?
Nico no
pudo menos que pensar en el ardor con que Jimena aniquiló sus
prejuicios acerca de las hermanas menores de los amigos. Hasta que
ella no respondió a su pasión la tuvo identificada como a una
frágil colegiala y, ¡por Dios! que era toda una mujer. Sonrió y no
contestó a la pregunta, declamando en su lugar:
-Así que
sueño y realidad formaron la unidad perfecta y mi amigo recuperó
la ilusión de vivir. ¿O me equivoco?
-En
absoluto. Pero ahora estoy frente al verdadero desafío. ¿Pensaste
alguna vez en la posibilidad de no conquistar a Jimena?
-¿Que si lo
pensé? Me desvelaban la idea y los miramientos con relación a un
hermano mayor -dijo Nico circunspecto.
Juan lo
miró con sorna. Sabía que Nico arremetía como un rinoceronte para
conseguir lo que deseaba y no lo hubiera detenido ninguna
consideración en su camino hacia Jimena. Afortunadamente, para su
integridad, el rinoceronte era un gato enamorado en manos de su
hermanita. La aparición de las mujeres movilizó a grandes y
chicos. Daniel corrió hacia Nadia y se abrazó a sus piernas hasta
que la muchacha lo alzó para besarlo amorosamente.
-¿Vamos a
ir a darle de comer a los patos? -insistió el niño.
-Si tu mamá
está lista... ¡ya! -contestó Juan.
Nadia bajó
a Daniel y lo tomó de la mano. El trío saludó a quienes se
quedaban y salió rumbo al parque. A Nico no se le escapó la
expresión distendida de las mujeres. ¿Alguna vez se enteraría de
lo que habían hablado? Jimena le anunció a su madre:
-Ma,
Nicolás y yo vamos a dar un paseo, pero volveremos a almorzar.
¿Está bien?
-Me parece
excelente que aprovechen este día soleado -dijo Verónica con una
sonrisa- Ya que salen, traigan el postre...
Ambos
aseguraron que si y se despidieron. Nico preguntó cuando estaban
en el auto:
-¿Adónde
vamos a disfrutar del sol...?
-A tu cama
solar, cariño -rió Jimena.
El hombre
no necesitó más explicaciones.
Nadia
miraba cómo Juan y Daniel alimentaban a los patos y a una
abigarrada colección de aves que pululaba a orillas del lago. El
niño se mostraba tan feliz como en los primeros tiempos de
convivencia con Andrés, cuando lo rescataron de la sombría casa de
sus tías y pudo recuperar el amor paterno. La invadió una dolorosa
ternura al pensar en los pocos momentos felices que disfrutó el
pequeño en su corta existencia. No podía desconocer la relevancia
del hombre que estaba cumpliendo en este momento la función de
padre, porque Daniel lo había aceptado sin las usuales reservas de
una criatura herida. El único hombre que había frecuentado su casa
después de la muerte de Andrés era Luis, a quien de vez en cuando
invitaba a cenar. Tenían una relación imprecisa que ella prefería
no innovar: porque no se desesperaba por la compañía masculina,
porque no estaba enamorada y porque no quería alterar la armoniosa
convivencia con Dani. Esta abierta afinidad que manifestaba por el
hermano de Jimena no la tenía con Luis y, a decir verdad, con
nadie. Con los ojos entrecerrados por el resplandor, examinó a
Juan. Lo primero que rescató fue la risa comunicativa que promovía
la respuesta de Daniel y el interés con que se brindaba al niño.
Después apreció la figura delgada y moderadamente musculosa, los
flexibles movimientos para corresponder a las demandas del
incansable Dani, y su rostro. Ese rostro que había sepultado con
el recuerdo de una semana siniestra y que por la ley de
probabilidades era inverosímil que volviera a ver. Mientras ella
en ese año y medio se dedicó a olvidarlo, él la buscó. Nadia no lo
despreciaba porque ella promovió la humillación de esa noche, leve
castigo para una homicida con el corazón destrozado por la pérdida
de Daniel. Le sorprendía la secuela que el episodio dejó en Juan
cuando ella lo había transformado en un encuentro sexual sin
trascendencia. El hermano de Jimena se acercó llevando al pequeño
sobre sus hombros. Cuando llegaron a la mesa, inclinó la cabeza y
deslizó a Daniel sobre una silla.
-Voy a
buscar algo fresco para tomar. ¿Alguien quiere algo?
-No.
Gracias -respondió Nadia.
-¡Una Coca!
-pidió el niño.
Juan se
alejó sonriendo. Por un momento alucinó que Nadia era su mujer y
Dani su hijo y estaban disfrutando de un domingo familiar. Lo
embargaba una plenitud que trascendía lo instintivo para
provocarle imágenes de estabilidad afectiva. Deseaba a la mujer,
pero también anhelaba formar parte de la entidad que ella
simbolizaba en comunión con el niño. Regresó con las bebidas y se
sentó frente a Nadia:
-¿Un sorbo
de agua de manantial que todavía no bajó de la montaña? -le
ofreció, sacudiendo la botella para que saliera algo de líquido.
-¡No! -negó
riendo - ¿No encontraste alguna más congelada?
-Es que le
salvé la mano al chico de la expendedora; se le había puesto azul
de tanto escarbar -explicó.
Nadia sumó
a la risa un movimiento de cabeza y trasladó su atención a la
botella de gaseosa que Daniel iba a tomar para comprobar que no
estaba solidificada como el agua, lo que le valió un gesto de
suficiencia por parte de Juan. El niño se levantó y le habló al
hombre al oído. Él escuchó con los ojos entornados y expresión
sonriente. Nadia observaba la perfecta escena familiar con la
pesadumbre de comprobar las necesidades postergadas de Daniel. No
sabía si este día despertaría ansias imposibles de satisfacer en
el futuro, pero lo veía tan radiante por la proximidad de Juan que
decidió dar tregua a su mente desengañada. "Al fin y al cabo
-pensó- la vida te debe este momento de felicidad. Después estarán
mis brazos para consolarte, mi amor".
-A pedido
del caballero, vamos a remar al lago. ¿Qué te parece? -la voz de
Juan la tornó a la realidad.
Dani
esperaba su aprobación con los ojos dilatados por la ansiedad,
rotando la mirada entre ella y su cómplice.
-Me parece
bien, pero te aviso que nunca remé.
-Entonces,
tendrán al mejor maestro -dijo Juan con estudiada pedantería.
-¡Vamos en
bote! ¡Vamos en bote! -gritó Daniel abrazando a Nadia que lo
estrechó besando su cabecita.
-¿Estás
contento? -le preguntó, para que verbalizara su alegría.
-¡Sí!
¡Vamos a remar con Juan!
-Me parece
que Juan va a tener que cargar con dos inútiles -se rió.
Juan le
hubiera dicho que cargaría con ella más el niño en brazos hasta el
fin del mundo, pero se limitó a hacerles una seña para que lo
siguieran. Caminaron un trecho alrededor del lago hasta que
encontró un bote que lo conformó. El barquero lo puso de costado
para que subieran Nadia y Dani, y por último se acomodó Juan. Remó
diestramente hasta el centro del estanque y allí se detuvo:
-A ver,
Daniel, pasate a mi asiento -el niño se acomodó entre sus piernas.
-Lección
número uno -siguió- Esos palos que asoman a tus costados Nadia,
son los remos. Sostenelos con los nudillos hacia arriba... Eso es
-aprobó.
Nadia
intentó moverlos pero se le resbalaron sobre la superficie del
agua salpicando a todos para alborozo de Dani.
-Lección
número dos -continuó Juan riendo.- Nunca te anticipes a las
instrucciones del profesor. Vamos a estudiar el movimiento de los
remos. ¿Me seguís, Daniel? -el niño, con las manos apoyadas sobre
las de Juan, asintió con gravedad.
En medio de
estallidos de risas el hombre siguió desgranando las lecciones
hasta que Nadia adquirió un ritmo que se ajustó al de él. El bote
navegaba estable y serenamente impulsado por el progresivo
entendimiento entre una mujer que afrontaba con entereza los
embates de la vida y un hombre que, al cruzarse con ella, había
revalorizado el concepto del amor. Se detuvieron debajo de un
puente para coordinar la vuelta, identificados en una mirada de
implícito entendimiento y una sonrisa de callada felicidad.
Llegaron a la orilla y Juan bajó primero para recibir a Dani y
después a Nadia que, debido a un movimiento brusco del bote,
terminó asilada entre sus brazos. La intensidad del momento fue
quebrada por la exclamación del dueño del bote:
-¡Se salvó
por un pelo, señorita! Ayer, por culpa de esas lanchas a motor,
dos estudiantes terminaron en el agua. Y no se lo recomiendo,
¡eh!... Con la mugre que tiene se puede pescar cualquier cosa...
Se
separaron un poco turbados por el contacto de sus cuerpos y el
innegable incremento de sus ritmos cardíacos. Nadia buscó a Daniel
que los miraba extasiado y lo tomó de la mano para caminar hacia
el auto mientras Juan pagaba el alquiler. Los alcanzó y asió la
manita que le tendía el pequeño que retozó entre los dos hasta
llegar al coche. Antes de arrancar, Juan escudriñó a Nadia:
-¿Lista?
-le preguntó como si fueran a rendir algún examen.
-Lista
-dijo ella con una sonrisa.
Llegaron a
la casa adonde Verónica, Jimena y Nico los esperaban cerca de la
una. La madre no necesitó aclaraciones con tan sólo mirar el
rostro de su hijo que resplandecía como en sus mejores anhelos. Le
abrió los brazos a Dani que corrió a darle un beso:
-¿Cómo le
fue a mi niño preferido? -le dijo con cariño.
-¡Mejor!
-exclamó Dani provocando la risa de los mayores- ¡Les dimos de
comer los patos, los gorriones... tomé coca, fuimos a remar, mamá
nos mojó...! -enumeró sin respirar.
-¿Cómo es
eso? -preguntó Jimena.
-¡No sabe
remar! ¡Juan nos enseñó y remamos los dos!
¡Pero qué
bien...! -dijo Jimena- ¿Cuándo me vas a invitar a dar una vuelta?
-¡Hoy!
-gritó Daniel entusiasmado.
-¡No le des
cuerda...! -pidió Nadia riendo.
La hermana
de Juan estaba exultante. Subió al niño sobre sus rodillas y lo
besó, admirada del cambio que mostraba en tan corto tiempo. El
niño melancólico se desvanecía detrás del afecto de Juan y de
Nadia auspiciando una rápida maduración emotiva que ella, como
maestra, se ocuparía de estimular. Mientras Verónica trataba de
asimilar la vertiginosa realidad que tanto distaba de sus
aprensiones de unos meses atrás, reconoció con alivio que su temor
por el futuro sentimental de sus hijos era infundado. Los dos no
vacilaron cuando se enfrentaron con sus posibles parejas. Jimena y
Nicolás estaban indudablemente enamorados y Juan no ocultaba sus
sentimientos por Nadia y por Dani. De la reunión de la mañana
dedujo que la muchacha y Juan habían tenido un encuentro previo no
muy afortunado pero que ella no guardaba ningún resentimiento
contra su hijo. Jimena parecía muy empeñada en asegurarse que
Nadia estaba bien y que el pasado no afectaría lo que Juan pudiera
ofrecerle ahora. La madre no quiso escarbar en los detalles porque
presumía que ninguna de las jóvenes se lo diría y, por alguna
razón, ella prefería no enterarse. Pensó al mirarlos, rodeados de
una atmósfera de alegría y concordia, que sólo el presente y el
futuro contaban. "¿Quién hubiera dicho que me convertiría en
abuela de un adorable niño de cinco años?", se dijo entusiasmada.
Terminaron de comer a las tres de la tarde. Mientras las mujeres
se ocupaban de limpiar los rastros del almuerzo y se entretenían
con la charla de Daniel, Juan y Nico se ubicaron en el estudio.
-¿Cuál será
el siguiente paso? -dijo Nico.
-Llevarla
hasta Venado.
-¡Pero si
vino con su auto...!
Juan lo
miró como si lo hubiera golpeado. Como no estaba dispuesto a
perderla de vista tan pronto, se acercó a su amigo y le pidió con
voz sofocada:
-Descomponele el auto.
-¿...Qué te
pasa? -Nico lo interrogó con un tono divertido que se extinguió
cuando observó los ojos de Juan.- No... no lo dirás en serio.
-Hacé lo
que quieras, pero que no pueda usar el auto... ¡Por favor! -le
insistió Juan apretándole el brazo.
Nico
sacudió la cabeza y se dirigió a la cochera convencido de que iba
a cometer una locura en nombre de la amistad. Abrió el capó y sacó
las bujías rogando que Nadia perteneciera a la media de mujeres
que sólo sabían conducir. Cuando volvió al salón hubiera jurado
que la maniobra se transparentaba en su cara. Jimena, aprovechando
la ausencia de Nadia, le daba la lata a su hermano:
-¿Viste que
tenía razón cuando te quería presentar a Nadia?
-A veces me
congratulo de que algo flote en ese cerebro lleno de rulos -le
respondió burlón.
Su hermana
no se achicó:
-¿Y ahora
qué me contestarías si fuera el domingo pasado?
-¿El
domingo que...? -la mano de Jimena le tapó la boca mientras lo
amordazaba con la mirada.
Juan la
abrazó con una carcajada mientras Nico tuvo la satisfacción de ver
el rubor que cubría el rostro de la muchacha cuando lo divisó por
sobre el hombro de su hermano. Supo que ella revivía esa noche
inolvidable que él no podía recordar sin desear que estuviera a su
lado para siempre. Guarnecido en ese pensamiento, aceptó su acción
de pillaje mecánico esperando haber colaborado con la felicidad de
su amigo. Verónica, que asistía complacida a la escena, observó:
-¿No
parecen los hermanos más afectuosos del mundo?
Nico
asintió con una sonrisa. Jimena se liberó de Juan y se acercó
hacia él con una mirada que contenía la garantía de todas sus
expectativas. Le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza
contra su pecho. Él la atesoró entre las manos y besó la frente
ardorosa. Juan, apoyado en el marco de la puerta, se preguntó
cuándo podría tener a Nadia abandonada a sus brazos. Y él, que era
tan pragmático, que no reconocía más resultados que los
procedentes de las acciones voluntarias, que difícilmente
consentía con las casualidades, soñó con deshacer la madeja del
tiempo para reconstruir su imagen en la memoria de la mujer que
amaba. La vibrante vocecilla de Dani lo volvió a la realidad:
-¿Por qué
nos vamos, mamá? -preguntaba casi lloroso.
-Porque el
viaje es largo, mañana tengo que trabajar y vos tenés que ir a la
escuela -explicaba Nadia con paciencia.
En la
carita de Daniel se reflejaba la decepción por el ocaso de un día
pleno de gratificaciones. Juan, íntegramente consustanciado con
los sentimientos del niño y con la prerrogativa de un saber que
sólo compartía con Nico, le revolvió el pelo y le dijo
alegremente:
-¡Vamos...
jovencito, que el fin de semana que viene iremos a ver los leones!
¿De acuerdo?
Dani
levantó la mirada para legitimar la propuesta en el rostro del
hombre con el que se había encariñado y sonrió cuando comprobó la
veracidad en sus ojos.
-¿Vamos a
ir, mamá? -inquirió ansiosamente.
Nadia, que
tenía por costumbre no responder a Dani con evasivas, tardó un
momento en contestar:
-Vamos a ir
si Juan no tiene que trabajar -miró al hermano de Jimena
ofreciéndole la posibilidad de una excusa.
-Ya está
decidido, Dani -dijo Juan prestamente.- Como no tengo que
trabajar, el sábado a la mañana los paso a buscar -y le dedicó a
Nadia una sonrisa cándida.
-¿Y los vas
a llevar a Verónica, Jimena y Nicolás? -indagó el niño que ya
había instituido su olimpo familiar.
Juan,
enternecido por la avidez afectiva de Dani, lo abrazó y le
contestó festivamente:
-Cuando me
compre un auto más grande. Pero el domingo vamos a comer todos
juntos, ¿te parece bien?
-¡Sí!
-respondió el chiquillo echándole los brazos al cuello.
A su
alrededor, los mayores observaban la escena con el corazón
desbordado ante la inagotable necesidad de cariño de Dani. Nadia
pensó que aunque Juan no le gustara, primero estaban los
sentimientos de Daniel. Al verlo abrazado al hombre se dio cuenta
que el pequeño necesitaba algo más que su amor de madre, tal vez
cubrir ese hueco que por poco tiempo ocupó Andrés. La sacudió la
irracional certeza de que Juan sería el padre que necesitaba Dani
y que ella haría cualquier sacrificio por la felicidad de su hijo.
"¡Mentirosa! Si fuera Luis, ¿harías cualquier sacrificio?", se
interrogó. Movió la cabeza como para desprenderse de esa voz
interior que no le permitía mentir, y decidió ponerse en marcha:
-Bueno,
Dani. Andá despidiéndote que nos vamos.
Daniel pasó
de brazo en brazo y Nadia agradeció cálidamente las atenciones que
les habían brindado. Después, precedidos por los hermanos y por
Nico, se dirigieron a la cochera. Nadia abrazó a Jimena, besó a
Nico y le tendió la mano a Juan. Él la sostuvo un poco más de lo
adecuado mientras luchaba contra el impulso de besarla en la boca.
La joven recuperó su extremidad y subió al auto esperando que
Daniel se acomodara en el asiento trasero.
-Hablame
apenas lleguen -le reiteró Jimena.
-Sí, seño
-le contestó con una sonrisa.
Nicolás y
Andrés se habían adelantado para abrir el portón. Nadia giró la
llave de arranque y no se produjo ningún sonido. Sin preocuparse
demasiado porque su viejo autito algunas veces se ponía
caprichoso, volvió a intentar. Nada. Conectó el cebador y no logró
obtener ningún ruido. Cambió una mirada de desconcierto con
Jimena, que estaba atenta a los esfuerzos de su amiga.
-¡Hombres!
-gritó Jimena.- ¡Dos mujeres en apuros os reclaman!
Los
mencionados, como si hubieran estado paralizados, reaccionaron al
toque:
-¿Ocurre
algo? -preguntó Juan con inocencia.
-Que el
auto no arranca, paspado -contestó su hermana, fastidiada por la
poca atención de los hombres.
Nico
también se había acercado haciéndose cargo del humor de Jimena.
Con gesto de preocupación se dirigió a Nadia:
-Destrabá
el capó -le pidió.
La chica
asintió y Nico lo levantó para dedicarse a mirar con aire
entendido el interior del motor. Tocó aquí y allá y volvió a
pedir:
-Dale
arranque.
Nadia
intentó varias veces sin éxito. Ante el gesto de impotencia de
Nico, intervino Juan. Repitió el examen de su amigo, dio la misma
orden, y finalmente bajó el capó:
-No anda
-dictaminó.
Las mujeres
los miraron con aire de indefensión. Jimena no pudo contener un
sarcasmo:
-¿Se puede
saber para qué sirven los hombres si no son capaces de resolver un
simple problema mecánico?
Nico,
sonriendo por la salida y aliviado al comprobar que ninguna
descubriría su sabotaje, la atrajo contra su cuerpo y le susurró
al oído:
-¿Te lo
digo ahora o a solas?
-¡Descarado! -lo empujó riendo- ¿Y ahora adónde vamos a conseguir
un mecánico?
-Hoy,
imposible -afirmó su hermano.- Yo los llevo, Nadia, y mañana me
ocupo del auto.
-Pero...
-vaciló la muchacha-es mucho pedir, y además el auto funcionaba
bien ayer... Acabo de sacarlo del taller...
-Pero hoy
no camina y me dará gusto llevarlos -aseveró Juan abriendo las
puertas de Nadia y Dani.
A
diferencia del júbilo del niño que prolongaba el contacto con
Juan, su madre se mostró contrariada con el incidente. Subió al
auto del joven con un mohín de enfado que provocó nuevamente en
Juan el deseo de besarla. En su lugar, inclinó la cabeza para
disimular una sonrisa y puso en marcha el motor. El saludo de su
hermana y Nico se perdió al doblar en la primera esquina. Condujo
en silencio hasta la entrada de la autopista porque Nadia, como si
presintiera que la falla de su vehículo tenía que ver con él, se
limitó a responder las preguntas de Dani.
-No te
preocupés por tu auto que mañana se lo llevo a mi mecánico de
confianza -dijo Juan para abrir el diálogo.
-Es que es
raro... Me gasté los ahorros para dejarlo en condiciones de viajar
y si tiene algo importante creo que es mejor mandarlo al depósito
de chatarra -respondió desanimada.
-¡Seguro
que es una pavada! Martín lo solucionará a la perfección -aseguró.
Nadia
suspiró por toda respuesta. Juan estaba viviendo un momento
irrebatiblemente impensado dos días atrás: estar en compañía de la
mujer que amaba y en la de un mocoso que en pocas horas había
ganado su cariño y despertado su instinto paternal. Deseó que la
carretera no terminara para no tener que separarse, porque
dejarlos le provocaba un insoportable malestar. La serena marcha
del auto funcionó como sedante sobre Dani y Nadia. El niño se
había estirado en el asiento trasero y dormía cubierto por una
manta que su madre había extendido sobre él. La mujer apoyó la
cabeza sobre el respaldo y se sumió en una creciente somnolencia
que poco a poco impulsó su cabeza sobre el hospitalario hombro de
Juan. Él manejó el resto del camino plenamente consciente del leve
peso que sostenía, de su perfume y la cálida respiración que
atravesaba su remera. Tuvo que despertarla al ingresar a la
pequeña ciudad porque ignoraba donde vivía. Sin poder controlarse,
rozó con sus labios la tersa frente. Después, temblando de ímpetu
contenido, la sacudió suavemente:
-Nadia,
Nadia... -la joven lo miró aturdida.- Llegamos. ¿Adónde queda tu
casa?
Sus rostros
quedaron temerariamente cercanos hasta que ella emergió del sueño,
obligando al hombre a forzar su dominio al límite para no dejarse
vencer por el persistente impulso de besarla. Nadia se enderezó
con flexibilidad y le señaló un camino que Juan recorrió con
inminente sensación de pérdida. Estacionó frente a la vivienda que
le indicó y se ocupó de cargar a Dani hasta el interior para
depositarlo cuidadosamente en la cama de su habitación. Después
siguió a Nadia hasta una sala de estar amueblada con una mesita
ratona de tapa vidriada, sillones confortables, una biblioteca que
ocupaba el ancho de una pared repleta de libros acomodados
informalmente y una mesa de trabajo con un ordenador. Ella le hizo
un gesto para que se sentara:
-Voy a
preparar café -le anunció.
Juan, que
hubiera bebido cicuta con tal de quedarse, asintió con una sonrisa
y se acomodó en un sillón. La habitación era pequeña pero
acogedora. Varios cuadros adornaban las paredes y su brillante
colorido lo movió a observarlos de cerca. Le sorprendió ver que
estaban firmados por Nadia al comparar esos paisajes vitales con
la realidad de una existencia signada por la adversidad. Como una
revelación, sintió cuál era el papel que debía jugar él en esa
vida que no había decaído pese al infortunio: sería el hombre que
con su amor la compensara por todos esos años de pérdidas y
contribuiría a que pudiera conservar al niño. La joven, cuando
volvió con la bandeja del café, lo encontró contemplando los
cuadros.
-No los
mires con ojos de artista, por favor -le pidió.
Juan se
volvió con la expresión de quien ha descubierto un tesoro y sin
decir palabra, tomó la bandeja y la depositó sobre la mesita. Se
sentaron en un silencio henchido de preguntas no formuladas, de
suposiciones no confirmadas, de deseos confinados. A Nadia la
inquietó la mirada con la que Juan respondió a su comentario
porque estaba cargada de significados que ella no se atrevía a
explorar. La presencia del hombre la llenaba de una reconfortante
seguridad que, ahora que lo pensaba, nunca había sentido entre
esas cuatro paredes, ni siquiera cuando vivía con Andrés. Su
recuerdo arañó la cicatriz que había adquirido con la terapia y la
proyectó a la noche en que había conocido a Juan. Si nunca lo
culpó por su conducta, fue por reconocer cuánto había influido
ella en el resultado. Se admiró por haber superado la primitiva
vergüenza del encuentro que no la turbó cuando se volvieron a ver,
"Él tuvo una actitud que despojó a ese episodio de cualquier
connotación humillante", reconoció, y se preguntó si alguna vez
podrían vivir un episodio amoroso que desplazara al primer
encuentro. Juan la volvió a la realidad:
-Esas
pinturas -observó- me hablan de una alegre muchacha que ama la
vida. ¿Escuché bien? -sonrió.
-Aunque
parezca insólito, aprendí a valorar lo que me queda en lugar de
llorar lo que perdí. Amo a Dani, a mi trabajo, a mis amigos y eso
me hace feliz.
-¿A nadie
más? -preguntó Juan con incertidumbre.
-Si te
referís a un hombre, a nadie más.
Juan sintió
un inmenso alivio ante la declaración de Nadia y una alocada
desazón por no haber escuchado pronunciar su nombre. Se burló de
sí mismo al pensar en lo absurdo de su deseo cuando entre ellos
sólo mediaba una noche negra y un día de sol. "Pero yo te quiero
tanto, pequeña, que te voy a persuadir de que algún día me sumes a
los objetos de tu deseo", le prometió a su amada interior. Miró el
reloj y decidió que era hora de partir.
-Me voy,
Nadia. Mañana te avisaré cuándo estará listo el auto -dijo
levantándose.
Por un
momento, alucinó ver un brillo de decepción en la mirada de ella.
Nadia lo precedió hasta la puerta y cuando llegaron al coche
estacionado frente a la casa, Juan se dijo que la besaría aunque
fuera el último acto de su vida. La joven, con las manos
entrelazadas detrás del cuerpo, lo miró con tanto candor que le
infundió el dominio necesario para retomar su estrategia de
moderación. Se inclinó sobre el rostro codiciado, rozó la suave
mejilla con sus labios y subió al auto con la expresión de un crío
que hubiera comido su golosina preferida.
-Hasta
mañana -dijo con voz ronca.
-Hasta
mañana -le contestaron con una deliciosa sonrisa que alborotó el
ritmo de su corazón.
Juan hizo
el viaje de vuelta silbando y soñando, exaltándose con la
esperanza y reprimiendo los temores. A las nueve de la noche
estacionó en la cochera de su casa e ingresó al estudio adonde
Jimena lo estaba esperando.
-¿Qué hacés
aquí, Rulitos? Te hacía con Nico.
-¿Y me iba
a perder tu inefable expresión de tonto? -dijo su hermana
abrazándolo.
Juan la
apretó con una risa feliz que Jimena hacía tiempo no le escuchaba.
-¿Y que
pasó...?
-¿Qué va a
pasar, tonta? Los llevé hasta la casa, tomé un café y me vine -le
respondió burlón.
-¿Nada más?
-Nada más
que se me calcinaron los huesos por no besarla y decirle todo lo
que siento... -confesó su hermano con un suspiro.
-¡Ay, Juan!
¿Cómo no aprovechaste la oportunidad que te ofreció el destino?
Por algo el auto se descompuso...
Su hermano
largó una carcajada que a Jimena le sonó intempestiva. Después,
poniéndose serio, reconoció:
-No quise
apremiarla...
-Bué, estás
acabadamente enamorado. Pero que tu recato no sea excesivo, a ver
si te gana de mano el librero...
-¿Quién?
-Luis, el
dueño de la librería, que ya no sabe qué hacer para que Nadia lo
acepte como marido.
-Lo mato...
-el tono fue concluyente.
-¡Ja, ja!
-se burló Jimena- Vos no te dejés estar.
-¿Por qué
mañana no te vas con su auto? -dijo Juan inesperadamente.
-Primero,
porque lo tiene que ver un mecánico y yo estaré en Venado a esa
hora. Segundo: ¿con qué me vuelvo?
-Yo lo
reviso de nuevo. En una de esas funciona. Y después te iría a
buscar... -casi le rogó Juan.
Jimena se
mordió una uña y lo miró con los ojos entornados.
-Aquí hay
gato encerrado... ¿Vos le metiste mano al auto...?
-¡Juro que
no! -exclamó Juan- Pero los nervios a veces te traicionan...
-Y las
ganas de llevarla...
-Si lo
pongo en marcha, ¿se lo llevarás? -insistió.
-Siempre
que me vengas a buscar. Aunque para eso no necesito que me lo
jurés ¿no?
Juan la
calzó por la cintura y le dio dos vueltas antes de depositarla en
el suelo. Después la besó ruidosamente y le aseguró:
-¡Sos la
hermana más fantástica del mundo! ¡Te quiero, Ji!
Jimena
estaba azorada por las expresas manifestaciones de cariño de Juan
quien, si bien fue siempre un hermano protector, gustaba de
hostigarla con sarcasmos para no afrontar la debilidad del afecto
confeso.
-¿Sabés que
es la primera vez que me decís que me querés?
-Y la
última -le contestó juguetón-El resto se lo dejo a mi amigo. Ahora
voy a ver el auto. ¡No te acostés hasta que te avise!
Juan salió
y a poco Jimena escuchó el ruido de un motor en marcha. Sonrió y
pensó que esta vez el destino había sido su hermano.
Verónica
estaba preparando las tostadas cuando Juan bajó a desayunar. Vino
a saludarla con paso vivaz y la sonrisa recuperada:
-¡Buen día,
preciosa! ¿Qué tenés de bueno para un hijo famélico?
Ella
respondió a su beso y atajó las rodajas que salieron disparadas de
la tostadora ante la diversión de Juan.
-¡En vez de
reírte, podrías regalarme una nueva, guasón! -le dijo dándole un
coscorrón.
Juan la
sentó en sus rodillas y sin parar de reír, la sujetó por la
cintura y la besó en la cabeza. Verónica le acarició el pelo donde
antes lo había castigado y se incorporó risueña:
-Mi niño
grande... estoy tan feliz de verte con este talante que espero que
nada lo modifique.
-¡Ya salió
mamá gallina! No tengas miedo, confío en que todo saldrá bien
-suavizó su expresión.
-Estás
yendo demasiado temprano al negocio. ¿Tenés que recibir alguna
partida?
-No. Pero
hoy empieza a trabajar Nico. Y tengo que transferirle muchas
responsabilidades a ese grandulón.
-Juan, la
veo a tu hermana tan enamorada de ese hombre, que a veces me
asusta...
Juan se
levantó y la tomó por los hombros para que lo mirara. Hizo que
confrontara sus ojos antes de hablar:
-Mamá: si
tuviera la menor duda de que Nico fuera una desgracia para Jimena,
intervendría aunque ella me odiara. Pero él la adora y es mejor
que se correspondan, ¿no te parece?
-Sí -dijo
pensativamente.-Supongo que mis aprensiones se deben a que mis
pichones levantan vuelo al mismo tiempo... -y con una sonrisa
apagada:- Es que no puedo soslayar la idea de que ya no me
necesitan más... Ridículo, cuando hace unos meses me preocupaba
por la apatía de Jimena y tu incomprensible soledad...
Juan abrazó
con fuerza a esa mujer que había luchado sin compañía para salir
adelante con la responsabilidad de dos hijos y lamentó que en ese
camino hubiera olvidado sus necesidades personales. Comprendió el
vacío que dejaba la concreción de sus aspiraciones maternales y
quiso asegurarle su incondicional afecto:
-¡Escuchame, súper mamá! Desde ahora, en vez de lidiar con Jimena
y conmigo, vas a tener que hacerte cargo de al menos tres personas
más. ¿Es demasiado poco para llenar tu vida? -la refutó, besándole
la frente.
Verónica se
largó a reír y lo empujó hacia la mesa.
-Tomá tu
desayuno que ya terminó la hora de los lamentos -se sentó a su
lado.- ¿Qué vas a hacer con respecto a la adopción de Dani? Me
figuro que tendrás que tomar una decisión pronto, por lo que dijo
Jimena.
-¡Ah,
mamita...! Si fuera por mí, ya estaría casándome con Nadia. Pero
no quiero que ella me acepte sólo por Daniel, así que pienso
cortejarla hasta que sucumba, ¿qué posibilidades tengo? -sonrió
traviesamente.
-Como mamá,
opino que el cien por ciento. ¿Qué mujer podría resistirse al
mejor hombre del mundo? -lo miró con el deslumbramiento de una
madre.- Pero presiento que hay interferencias, ¿verdad?
Juan
suspiró profundamente. "¿Por qué las madres son tan intuitivas?",
pensó. Sus sentimientos no le permitían juzgar objetivamente las
actitudes de Nadia. A veces ascendía montado en la certeza de la
atracción correspondida y otras se precipitaba en la duda
desesperante. El corazón le dio un vuelco al imaginar el momento
en que la incertidumbre diera paso a una realidad que era
insostenible sin Nadia estremecida en sus brazos. Verónica, que no
perdía ningún gesto de su hijo, le acarició la cabeza y dijo con
firmeza:
-A Nadia no
le sos indiferente y Dani te recibió como el padre que necesita.
El ingrediente que falta lo debe aportar un joven atractivo y
susceptible a las privaciones sufridas por estas criaturas.
¿Podés?
-Tanto,
mamá, que si no te equivocás en tus apreciaciones hoy mismo queda
resuelta tu ecuación -dijo Juan impetuosamente.
-¡Andando,
entonces! -fue la enérgica respuesta.
-¡Hola a
todos...!
Jimena besó
a su madre y a su hermano y se sirvió una taza de café mientras
bostezaba.
-¿Se vendrá
el mundo abajo hoy? Hace tiempo que no tengo el gusto de compartir
el desayuno junto a mis dos hijos.
-¡Qué
solemne! ¿De qué hablaban?
-De nada
que te importe, latosa -fue la respuesta de su hermano.
-Seguí así
que el auto lo vas a tener que llevar a remolque del tuyo -lo
amenazó.
-¿Qué auto?
-se interesó Verónica.
-¿No sabés?
Don Juan quiere que me vaya en el auto de Nadia para tener la
excusa de aparecerse en Venado.
-¿Cómo es
eso? -preguntó Verónica risueña.
-Que le
propuse a Rulitos que vaya en el auto de Nadia para devolvérselo,
y yo la paso a buscar a la tarde.
-¡Excelente! -Verónica lo miró con aprobación.
Juan rió
socarronamente al ver la mirada desconcertada de su hermana. Se
levantó al tiempo que anunciaba:
-Ahora me
voy a darle algunas instrucciones al ladrillo de Nico. ¿Le llevo
saludos de alguien?
-Si lo
decís por mí, tonto, lo haré personalmente -dijo su hermana.-
Supongo que lo de ladrillo se refiere a que no es un mecánico tan
excelente como vos...
-Esperame a
las cinco, preciosa -puntualizó Juan mientras salía riendo.
-Me juego
la cabeza a que este sinvergüenza le descompuso el auto... -le
confió a su madre.
-Bueno, en
la guerra y en el amor todas las estrategias valen -dijo Verónica
divertida.- ¿No te alegra verlo tan entusiasmado a tu hermano?
-¡Sí, mami,
de veras...! -Después, contemplativa:- La vida es una trama
inmanejable, ¿verdad? Por más que tratemos de forzar los
acontecimientos todo se da cuando debe ser. Yo debía conocer a
Nicolás en un momento de extrema sensibilidad que le permitió
mostrarme lo mejor de sí mismo, y Juan retornar a la vida de Nadia
purificado por la culpa y la espera... A veces creo que la
predestinación existe -asintió con un movimiento de cabeza.
-En ese
caso, mi amor, ha sido generosa con ustedes.
Jimena
sonrió. Le propuso a Verónica:
-Ya que me
levanté temprano, ¿me acompañarías al centro? Después te invito a
tomar un café al barcito nuevo de la peatonal.
-Dame un
minuto para cambiarme y vamos.
Quince
minutos después salieron en el auto de Nadia con el que Jimena se
quiso familiarizar antes de lanzarse a la ruta. Después de comprar
material para sus clases, recorrieron varios negocios para innovar
los nunca colmados guardarropas y elegir algunos regalos para
Dani. A las diez estaban confortablemente instaladas en medio de
la peatonal y rodeadas de altos macetones con frondosas palmeras
asentadas sobre coloridas flores. Cambiaron el café por unos
tragos de fruta con un leve toque de alcohol y unos bocaditos
agridulces.
-No quiero
que entrés en detalles, pero decime si estoy equivocada cuando
pienso que Nadia gusta de Juan a pesar de lo que haya pasado
-requirió Verónica.
-No estás
equivocada, y lo que pasó no debiera influir en los sentimientos
de Nadia. Perdoname que no sea más explícita, mamá, pero es una
confidencia de Juan que ni siquiera ella sabe que conozco...
-Lo único
que me interesa es que sean felices.
-Entonces,
ma, tus deseos serán cumplidos -dijo Jimena con una sonrisa
radiante.
Nico y Juan
estaban cómodamente instalados en la que había sido la oficina de
Rodolfo y ahora ocuparía el flamante socio. Estela entró llevando
una bandeja con el servicio de café para los dos hombres:
-¡Estela
querida...! ¿Cómo no haber traído antes a Nico para verme
favorecido con tus atenciones? -le dijo Juan sonriendo.
-Esta
atención, como bien dice, es para los recién llegados. ¡Pero no se
malacostumbren! -sentenció festivamente al salir.
-Mañana
vamos a tener que ir a la esquina. Desde una vez que torció el
gesto cuando le pedí un café y pedí explicaciones, me chantó que
la había contratado como secretaria y no como ordenanza. Así que
dejé a su elección el servir café o no, y eligió que no. ¿Qué te
parece?
-Que
cualquiera hubiese hecho lo mismo -rió Nico acompañado por su
amigo.
-Bueno,
acomodá este lugar a tu gusto y decime si te falta algo. Esta
tarde entre Zeballos y Estela te irán poniendo al tanto de la
rutina del negocio. Acompañame ahora hasta el depósito para
constatar el último envío así vas reconociendo los productos.
Nico lo
siguió en tanto le preguntaba:
-¿No vas a
estar esta tarde?
-La
compliqué a tu amada para estar cerca de la mía -chanceó Juan.-
Jimena se va a ir con el auto de Nadia y yo la pasaré a buscar por
Venado.
-¿Irá a la
ruta con un vehículo que no domina? -preguntó Nico
reprobadoramente.
-¡Eh, eh...
que no la conocés a mi hermanita! Cada coche que tuve casi pasó
por sus manos antes que por las mías. Maneja mejor que yo. Además,
¿creés que tengo tan poco aprecio por mi vida estando vos de por
medio para arriesgarla en una carretera? Y menos ahora, amigo, tan
cerca de conseguir a la mujer que tanto busqué -le aclaró
deteniendo la marcha.
Nico no
perdió la mirada de suspicacia, pero no le pidió más
explicaciones. Su celular sonó camino al depósito y la gravedad
cedió paso a tal expresión de deleite que obvió cualquier
interrogante acerca de quien lo llamaba. Juan se adelantó para
respetar su privacidad y lo esperó en compañía de Zeballos a quien
había interiorizado en la mañana de su nueva sociedad. Estaba
sorprendido por la buena impresión que Nico había suscitado entre
sus colaboradores. Lo vio entrar con cara de pascua y no pudo
evitar una chuscada:
-¿Primer
día de trabajo y ya te están controlando?
-Estoy
dispuesto a comenzar las lecciones -afirmó su amigo, más allá del
bien y del mal.
Juan movió
la cabeza con resignación mientras Zeballos, que no sabía a qué
venía la broma, sonrió por ver a su patrón con ese aire de
jovialidad que hacía rato no exteriorizaba. Nico resultó ser un
buen aprendiz y los impresionó por su buena memoria, las preguntas
acertadas y la previsión de llevar un anotador que al mediodía
rebosaba de pormenores. Antes de retirarse estuvieron a solas en
el despacho de Juan:
-Esta tarde
te largo solo -le dijo a su socio.
-¿Querés
que me sorprenda? Ya sabía que tendría que ser baby sitter de tu
negocio mientras vos te ibas de conquista -lo curtió Nico.
-Estoy
dispuesto a proponerle matrimonio a Nadia... ¡ya! -siguió ansioso-
¿Vos creés que es apresurado?
Nico
contempló a su joven amigo antes de responderle. Por su cabeza
desfilaron los incontables momentos que habían compartido y la
integridad de ese hombre al que su juicio había abandonado por
unas horas. Cayó en la cuenta de que había pagado un precio más
que justo por su debilidad y, sabiendo el tesoro que ofrecería a
la mujer que amaba, le contestó enfáticamente:
-Creo que
es hora, Juan. Los dos se necesitan por diferentes motivos y de
vos depende que ella adhiera al tuyo. ¿Te digo más? Estoy seguro
de que te quiere aunque todavía no lo tenga muy claro. Así que
¡buena suerte, socio!
-Gracias,
Nico, por tus palabras y tus deseos. Estoy más asustado que cuando
se cayó el avión...
Su amigo se
sintió sobrecogido porque esa comparación definía la necesidad que
Juan tenía de Nadia. A menudo se habían confesado que el terrible
accidente que compartieron les había dejado una secuela de
pesadillas que los acompañaría por siempre. Él, que no había
temido sufrir el desaire de Jimena, comprendió la conmoción que
amenazaba a Juan con sólo pensar en el rechazo de Nadia:
-¿Te voy a
tener que recordar que ninguna negativa es para siempre y que los
ganadores vuelven a la carga cuantas veces sea necesario? Y si no,
nos queda el recurso de secuestrar a Dani y exigir como rescate
una boda para recuperarlo...
Juan lo
miró escandalizado pero, al cabo, se largó a reír cuando miró el
brillo de afecto burlón que bailaba en los ojos de Nico.
-¡Sos un
sátrapa! Mejor nos vamos a almorzar -lo invitó.
Salieron a
la calle y Nico lo despidió con un abrazo confortador. Juan,
fortalecido por su madre y su amigo, inició el lánguido tránsito
hasta la hora en que emprendería el viaje más anhelado y temido de
su existencia.
Encontró a
Verónica y Jimena preparando la mesa para el almuerzo. Escuchó
distraídamente su charla y comió sin apetito. Las perceptivas
mujeres respetaron su estado de ánimo y no lo agobiaron con
preguntas cuando se levantó sin terminar el plato y comunicó que
se iría a recostar.
-Que
descanses, hermanito -dijo Jimena con ternura- No te olvidés de mí
esta tarde.
-No podría
-dijo pasándole la mano sobre la cabeza enrulada- Y vos, andá con
cuidado, que si te pasa algo mamá se queda sin hijos.
-¿Qué va a
pasar? -dijo Verónica sobresaltada.
-Que el
orangután me la juró si su princesa derrapa en el camino -contestó
Juan seriamente y, deslizándoles un beso sobre la palma de la
mano, se retiró teatralmente.
Nadia pasó
revista al atuendo de Dani, levantó la mochila de sus útiles
escolares y lo tomó de la mano para llevarlo a la escuela. Hasta
las cuatro de la tarde no vería a Jimena quien, como todos los
miércoles y viernes, cumplía el horario de trece a dieciséis. En
la puerta se topó con un hombre uniformado:
-¿La
señorita Nadia Gómez?
-Soy yo.
-Esta
cédula es para usted. Debe firmar la recepción -dijo tendiéndole
una hoja sobre un cartón.
Nadia
estuvo a punto de dejarla caer. Se sobrepuso y firmó el papel para
luego dirigirse con Daniel hasta la parada de colectivos. Cinco
minutos después llegó el transporte y ella subió con el niño. La
conductora era una conocida que la acercaba hasta la biblioteca
mientras no tuvo auto.
-¡Buen día,
Emilse! Hoy tenés una alumna más -le anunció.
-¡Hola,
Nadia! Será un gusto llevarte. ¿Y tu albóndiga?
-Quedó en
Rosario. Se descompuso antes de volver, y menos mal que no nos
dejó en medio del camino... -repuso- Sobre todo teniendo en cuenta
que recién la había sacado del mecánico.
Nadia
sentía que el papel le quemaba en las manos. Pero decidió que no
lo leería hasta llegar a su trabajo. Sabía que era una nueva
intimación para entregar a Dani y pensó en que ya debería
enfrentar la situación. Emilse la distrajo con su charla hasta
llegar a la biblioteca y bajó después de darle un beso a Daniel y
saludar a sus compañeros. Hoy no era un día de mucho trabajo
porque el lunes había actualizado todos los ficheros. La señora
Ruiz la esperaba con un mate y las novedades de los alrededores.
Cuando se quedó sola sacó la cédula con manos temblorosas:
..................... se le notifica que habiéndose hecho lugar a
la demanda presentada por las señoras Mabel y Angélica Palacios a
favor se su sobrino Daniel Palacios para que se escoja un hogar
sólidamente constituido como medio más adecuado para el desarrollo
del huérfano motivo de esta controversia, deberá entregarlo a las
autoridades competentes en el término de cuarenta y ocho horas so
pena de hacerse acreedora a las sanciones legales
correspondientes.............................
Nadia tuvo
que leerla varias veces para tomar conciencia del cataclismo que
se avecinaba. Como había declarado ante Jimena, no podía pensar la
vida sin Dani. Era más que un hijo propio, porque había nacido a
la vida con sus cuidados y porque la fatalidad los había unido más
que la felicidad. Ahora tendría que adoptar una decisión que no
era precisamente la de entregar al pequeño. "Me entregaré yo",
cruzó por su mente. No fue la figura de Luis la que representó al
destinatario de su sometimiento sino la del hermano de Jimena. Un
repentino rubor tiñó sus mejillas al asociar al hombre con el
pensamiento de entrega. "Si estoy sola con mi desvarío...",
arguyó, confundida por el sentimiento de exposición que le
provocaba la idea. Apretó los párpados con fuerza para evitar que
se desbordara el caos que gobernaba su cerebro e inició un
concienzudo análisis de probabilidades. La lógica le decía que si
se casaba, la restricción para aspirar a la adopción de Dani
desaparecía. Por un momento odió al sistema que privilegiaba el
cumplimiento de reglas ineptas sobre el bienestar afectivo de un
niño, para concluir con la determinación de casarse con Juan. Se
dio cuenta de que no quería más alternativa que esa y, como una
revelación, percibió que la esperanzada grafía de su vida
correspondía al contorno que el hombre había dibujado para ella y
para Dani el día anterior. Incontables veces se acercó al teléfono
para llamarlo y no encontró argumentos valederos para ese
contacto. ¿Qué argumentos, tonta, sino la verdad? Y si buscás
razones de peso, Dani es suficiente razón. Sólo faltan cuarenta y
ocho horas. ¡Cuarenta y ocho horas...! ¿Le diré Juan casate
conmigo porque si no me quitan a mi hijo? ¿O le diré Juan casate
conmigo porque para mí existís a partir de ayer y pensarás que
estoy loca pero resulta tan fácil enamorarse de vos? ¿Tengo que
llamarlo por teléfono? ¿O pedir permiso en la biblioteca y tomar
el ómnibus para verlo personalmente? Dirá que estoy chiflada... Me
mirará extrañado y se reirá en mi cara... ¡No! Fue tan tierno con
Dani y a veces me miró como si me quisiera... Estoy delirando...
Tenerlos a los dos es ganar la lotería sin jugar... ¿Te estás
flagelando de nuevo, Nadia? Hoy es más importante que el día de la
autocompasión, porque ¡vas a perder a tu hijo si no reaccionás!
¿Qué te importa si te rechaza? Podés apelar a su conciencia,
seguro que no te dará la espalda. Ah... pero vos querés más que
eso... querés que lo haga por vos... No voy a hacer nada ahora.
Primero hablaré con Jimena. Ella me ayudará...
-¡Querida
niña! -la señora Ruiz la miró compasivamente- Acabo de hablar con
la secretaria de la jueza Testini y me contó de la citación... -la
discreción no figuraba entre sus cualidades.
Nadia la
envolvió con una mirada de doloroso reproche que aceleró su
oficiosidad:
-Si
necesita testigos contra esas arpías, cuente conmigo. ¡No faltaba
más!
-Gracias,
señora Ruiz, lo tendré en cuenta -dijo Nadia desfallecidamente.
Un murmullo
de voces la liberó de la curiosidad no deseada. Se levantó para
atender a unos estudiantes que venían a retirar libros de consulta
y se quedó en la recepción hasta la hora de cierre. Temía que la
magistrada no contemplara otras posibilidades al divulgarse el
fallo judicial. Cuando cerró la puerta de la biblioteca, una sola
idea la dominaba: ponerse en contacto con Juan.
-¡Mire qué
auto señorita! Nunca vi uno de esos... Y el conductor pega con el
auto...
Nadia se
volvió tras asegurar la cerradura y quedó suspensa en la anhelante
mirada del hombre que necesitaba tanto como a Dani.
-¿Lo
conoce, señorita? -la voz de la mujer destilaba curiosidad al
desplazarse de un rostro a otro.
-Un poco
-murmuró Nadia.
Se acercó a
Juan sin dudar que los brazos que la albergaron hacía siglos que
la esperaban. Apretada contra el corazón turbulento apostó a los
milagros y la telepatía mientras sus agudizados sentidos componían
el espectro de la felicidad que la colmaba: la firmeza del cuerpo
que la contenía, el calor de la boca que arrullaba su nombre y
acariciaba su frente, la certeza de que esa aparición era el
preludio de una etapa de resarcimiento. En su primera noche de
amor, se confiaron las inquietudes anticipadas que culminaron en
el incontrolado abrazo de esa tarde. Juan, sin separarse, le
encuadró la cara con las manos y se fue sumergiendo en sus ojos
mientras bajaba la cabeza para besarla. Se apartaron temblando por
la intensidad del momento cuando un cercano carraspeo los regresó
a la presencia de la fisgona:
-¡Jem, jem!
¿No me va a presentar a su novio? ¡Ahora se podrá casar y darles
por el traste a esas brujas! ¡Miren que mandarle una amenaza...!
La mano de
Juan, tironeando a Nadia contra su costado, abortó la respuesta
airada de la muchacha.
-Mi nombre
es Juan -le tendió la mano con una sonrisa contagiosa.
-¡Es un
placer! Yo soy la señora Ruiz, para lo que mande -respondió la
mujer, embobada.
-Aprovechando su ofrecimiento, mandaría que todos se enteren que
Nadia y yo vamos a casarnos cuanto antes. Ahora, si nos disculpa,
vamos a buscar a Dani- le volvió a sonreír.
-¡No
faltaba más! No hay que hacer esperar a un niño. Y no se preocupe,
que cumpliré su orden.
Juan
arrastró a Nadia hacia el vehículo tratando de contener la
carcajada. Cuando cerró la puerta del acompañante, se inclinó
sobre la ventanilla:
-¿Lo sabrá
todo Venado antes de que termine el día?
-Espero que
no sea desfavorable - se preocupó la joven.
El hombre
subió al auto y la hizo volverse hacia él. Levantó suavemente su
barbilla y le remarcó:
-Hace unos
minutos me desesperaba por encontrar el coraje de decirte que te
amo y que no quiero vivir un día más sin vos -y con una sonrisa:-
y sin Dani, por supuesto. ¿Creés que renunciaría a este prodigio
tan fácilmente?
-No, Juan.
Pero tengo tanto miedo... -apoyó la cabeza contra el pecho
masculino.
-Lo
venceremos juntos -la besó y puso el coche en marcha.
Mientras se
dirigían hacia la escuela, Nadia lo puso al tanto de la cédula
judicial. Decidieron no alarmar a Daniel por el momento ya que
Juan apelaría a un recurso de amparo al día siguiente. Jimena y el
pequeño estaban aguardándolos en la puerta. La maestra no hizo
preguntas porque la historia estaba escrita en los rostros de la
pareja. Dani besó a su mamá y corrió a saludar a Juan.
-Andá con
mi hermano que yo manejo el auto hasta tu casa -ofreció Jimena.
-¿Ya está
arreglado? -se admiró Nadia.
-Sí. Es que
Juan recuperó de golpe los conocimientos de mecánica.
Mientras
Nadia y Jimena preparaban el café, Juan habló con Nico para que
buscara un buen abogado que los representara a primera hora de la
mañana. Las jóvenes aparecieron cuando estaba por cortar la
comunicación. Su hermana, que había escuchado el nombre de su
amado, le arrebató el teléfono y se enroscó en un sillón para
cuchichear dulzonamente por un rato. Nadia atendió a Dani y sirvió
café para los dos. Juan siguió sus movimientos con los ojos
deslumbrados por una realidad que todavía no lograba aprehender:
el cuerpo de Nadia colmando el vacío entre sus brazos y un beso
respondiendo a todos sus interrogantes. Apeló a su condición de
hombre práctico y se dejó impregnar por el deleite de los
sentidos. Jimena, con una sonrisa reservada, se acercó y le
devolvió el teléfono.
-¿Lo querés
guardar de recuerdo? -chanceó Juan.
Ella le
hizo una mueca y propuso:
-Aunque me
muero por saber que pasó, creo que Dani debe ser el primero en
enterarse.
Nadia se
arreboló ante la elocuente mirada de Juan quien, sin vacilar,
salió al patio en busca de Daniel. Volvió con el niño y lo sentó
en sus rodillas:
-Dani, tu
mamá y yo vamos a casarnos. ¿Qué te parece?
-¿Y vas a
vivir con nosotros?
-Sí
-contestó Juan un poco asustado de la gravedad del chiquillo.
-¿Y vas a
ser mi papá?
-Si vos
querés...
-¿Y no nos
vas a dejar?
El hombre
lo abrazó procurando transmitirle la seguridad que reclamaba. Dani
se abandonó sobre el fuerte torso y cercó la cabeza de Juan entre
sus brazos. Cuando el hombre alzó la vista, descubrió a Nadia con
las mejillas anegadas en llanto. Besó al niño y lo depositó sobre
el sofá al tiempo que se acercaba a la joven. La impulsó contra él
mientras cauterizaba las lágrimas a fuerza de besos y palabras
amorosas.
-¿Por qué
llora mamá? -la vocecita de Dani sonó preocupada.
-Porque es
una mimosa -rió Juan.- Quería un abrazo como el tuyo... -la devoró
con la mirada.
Nadia
suspiró y atrajo al niño sobre su pecho. El hombre los rodeó con
sus brazos conformando una imagen que Jimena hubiese querido
eternizar en una fotografía. Separaron sus cuerpos ligados por la
invisible cadena del afecto y compartieron sus expectativas con
Jimena:
-Tu turno,
hermanita. Misteriosas circunstancias precipitaron un resultado
que debido a mi temor de perder a esta belleza -besó la mano de
Nadia- podría haber tardado... dos horas más -dijo con picardía.-
En resumen, si la justicia lo exige nos casaremos antes que se
cumpla el plazo de cuarenta y ocho horas.
-¡Dani,
Dani! ¡Voy a ser tu tía de verdad! -voceó la maestra alborozada
mientras lo abrazaba.
-¡Y Juan mi
papá...! -recordó el niño.
-¡Y
Verónica tu abuela!
-¡Y...! ¿Y
Nico...?
-¡Tu tío,
también! -Jimena estaba emocionada por el acrecentamiento familiar
de Dani.
Juan
atendió el celular y después se dirigió a las mujeres:
-Nico me
consiguió una entrevista con su mejor abogado a las nueve de la
noche, así que tenemos que partir -dijo apesadumbrado.
-¿No te
quedás a dormir? -preguntó Daniel.
La salida
del niño provocó una carcajada a Jimena y patinó el rostro de
Nadia de singular seriedad.
-¡Eso
quisiera! -dijo Juan socavado por el deseo- Pero hoy no puedo...
Mañana o pasado, ¿vale?
-Vale...
-aceptó el niño sin ocultar su decepción.
La hermana
de Juan fue la primera en despedirse. Besó a Dani y abrazó a su
amiga:
-Hasta
mañana, querida cuñada... -le susurró- ¿No te dije que mi hermano
era un dulce?
Nadia
asintió con una sonrisa. Juan la cobijó contra su cuerpo mientras
Jimena se acomodaba en el auto:
-Sabés que
si no fuera por este compromiso no te dejaría... -aseguró con voz
enajenada.
La joven
aceptó con un suave movimiento de cabeza que aceleró el corazón
del hombre que deseaba ser su amante. La besó con el ímpetu de una
renuncia no admitida y la apretó como si quisiera fundirla con su
persona. Nadia exhaló un quejido sofocado que aflojó la presión de
Juan:
-¿Te hice
daño, mi amor? -preguntó conmovido.
-No -emitió
una risa jadeante - sólo me estaba asfixiando...
El hombre
besó los labios risueños y la soltó acongojado. Se volvió para
saludarla antes de subir al coche y Nadia permaneció con el brazo
en alto hasta que el vehiculo desapareció en la primera curva.
Entró a la casa insoportablemente vacía de una presencia que se
había instalado en la cúspide de su ilusión. Mañana..., se dijo.
Mañana.
Estacionaron frente a la casa de Nico a las veinte y cuarenta y
cinco. Juan rebasó con un bufido a la ardiente pareja que se había
parado a besase ajena a su lastimosa privación. Poco después
estaban reunidos en la cocina:
-Carré es
un bribón pero el mejor picapleitos que conozco -le anticipó
Nico.- Si hay que presentar batalla nadie más calificado que él.
-Deberá
asegurarme el resultado -puntualizó Juan.
-Que yo
sepa, siempre se las rebuscó para ganar. Pero se lo dejaremos bien
claro. ¿Qué quieren tomar? -preguntó.
-¡No más
café! Tal vez, un wisky -contestó su amigo.
Jimena negó
con un movimiento de cabeza. Apenas apoyó la botella sobre la
mesa, sonó el timbre. Miraron el reloj automáticamente. Eran las
veintiuna.
-La gente
puntual me cae bien - señaló Juan.
Nico
regresó con un hombre rollizo, de estatura mediana y aspecto
ordinario.
-El doctor
Fermín Carré -presentó a los hermanos- Juan Rivas y su hermana
Jimena.
Los tres se
estrecharon las manos y tomaron asiento a instancia de Nico. El
abogado se dirigió a Juan:
-Lo
escucho.
Juan
detalló la situación de Nadia con respecto a Dani, el petitorio de
entrega del niño, su decisión de apelar la medida y su disposición
para constituir una familia con la muchacha y el pequeño. Carré
escuchó sin interrumpir. Cuando Juan terminó el relato, opinó:
-Esa
muchacha debe valer mucho para usted, ya que Nico me convocó a una
hora intempestiva.
-Y tanto,
doctor, que si la pierdo por sus malos servicios dese por
muerto... -la sonrisa no se le reflejó en los ojos.
Jimena, un
poco apartada de los hombres, escuchó la serena amenaza de su
hermano, vio que Nico estaba en alerta y que el abogado se tomaba
un tiempo para medir las palabras de Juan. Después le respondió:
-Tomaré el
caso con la condición de que siga al pie de la letra mis
instrucciones -dio por aceptada su propuesta con sólo mirar a su
cliente.- Me llevaré la cédula y su número de teléfono y antes de
la mañana me pondré en contacto con usted. ¿A qué hora recibió la
señorita la notificación?
-A las
nueve de la mañana.
-Entonces
tenemos hasta el viernes a las nueve para actuar. No espere mi
llamado despierto pero dispóngase a correr en cualquier horario de
aquí al viernes, ¿entendido?
-Entendido
-dijo Juan alargándole su tarjeta y el escrito judicial.
Carré se
despidió y salió con Nico. Jimena observó el grave rostro de su
hermano y se acercó para abrazarlo. Él le apretó la cabeza contra
su hombro y después se separó con una sonrisa apagada.
-¡Qué
ambiente de velatorio! -bromeó Nico al regresar- Te anticipo que
Carré se fue impresionado y me aseguró que "la muchacha y el chico
serán de tu amigo a más tardar la semana que viene". Y este
leguleyo no promete en vano.
-Más le
vale -dijo Juan- Yo me retiro... ¿Con mi hermanita o solo?
-Nicolás me
lleva después -contestó Jimena apoyándose sobre el pecho de Nico.
-¡Pásenla
bien, entonces!
Nico volvió
con una sonrisa anhelante y los brazos abiertos que inmediatamente
fueron ocupados por una joven apasionada. Segundos después estaban
en la cama sin otro lenguaje más que el de sus cuerpos ardientes.
Verónica,
ávida de novedades, salió a recibir a su hijo. Se deleitó con el
encuentro con Nadia y se preocupó por la decisión judicial.
-¿Ese
abogado merece tu confianza?
-La de
Nico, por lo menos. No tengo muchas alternativas, mamá, pero creo
que este hombre interpretó mi necesidad -bostezó.- Aunque no lo
creas, estoy muerto de cansancio. Voy a dormir hasta que me llame.
Buenas noches, tesoro -dijo besándola.
-Buenas
noches, mi amor -respondió su madre.
Juan entró
en un sueño pesado y sin imágenes apenas se acostó. Unas suaves
sacudidas lo hicieron emerger del limbo en que se había sumergido:
-¡Juan,
Juan...! -la voz y la figura de su madre se fueron definiendo al
borde de su cama- El abogado está acá. ¿Por qué no me dijiste
quién era?
-¿Qué...?
-la miró aturdido.
-Carré te
está esperando en la cocina. Tomamos un café mientras te dejábamos
dormir un poco más. No me acordaba lo agradable que es...
Juan se
preguntó que tenía de agradable un tipo que se presentaba
intempestivamente a las... -miró el reloj- ¿tres de la mañana...?
-se levantó de un salto. Mientras se vestía, interrogó a su madre:
-¿De dónde
lo conocés?
-Se ocupó
de un litigio de tu padre antes que nos casáramos.
-¿Ganó?
-era lo único que le interesaba a Juan.
-¡Sí!
-subrayó Verónica con una carcajada- Ya era un profesional
experimentado. -se incorporó y le dijo:- Te espero en la cocina.
Juan pasó
al baño y terminó de despabilarse con varias abluciones de agua
fría. Encontró a su madre y al abogado enfrascados en una charla
vivaz. A Carré se le habían suavizado las facciones desde que se
habían despedido en casa de Nico. Una perenne sonrisa adornaba su
cara mientras hablaba con una Verónica que parecía haber
rejuvenecido. "Se subieron a la máquina del tiempo", pensó Juan.
-Buenas
noches o buenos días -saludó con cierto fastidio.
-¡Hola,
Juan! Permitime la confianza en honor de conocer a tu madre -le
respondió el abogado.- Te hice llamar para que me firmés un poder
con el cual voy a realizar varios trámites. Le dejé a Verónica una
serie de instrucciones que deberán cumplimentar en el día, y el
viernes estaremos en el juzgado a primera hora, es decir a las
siete de la mañana.
El joven
firmó los papeles e insistió:
-¿Presentará el recurso de amparo?
-A ese
trámite no vamos a llegar. ¿No querés solucionar definitivamente
la adopción de Dani?
-¡Sí!,
pero...
-Entonces
confiá en mí -lo interrumpió.- Los dejo para que descansen y a la
tardecita volveré a ponerme en contacto -se volvió hacia
Verónica:- ¿Me acompañás hasta la puerta?
Ella lo
siguió inmediatamente. Cuando volvió a la cocina su hijo estaba
leyendo la lista de Carré.
-¿Que Nadia
vista un conjunto blanco, Jimena y vos formalmente, y Nico, Dani y
yo trajes? ¿Va a ser una audiencia o un casamiento?
-Es un
recurso por si tiene que cambiar de estrategia -explicó Verónica.
-Parece que
vos sabés más que el leguleyo.
-¿Qué le
pasa a mi bebé? ¿Está disgustado? -preguntó cariñosamente.
-Me vas a
decir que no es impropio que a un abogado se le ocurra presentarse
a las tres de la mañana en una casa de familia y sin saber aún que
te conocía...
-¡Un
momento, Juan! No vino a las tres de la mañana sino media hora
después que te acostaste. Todavía no eran las once.
-¿Se
pasaron cuatro horas tomando café...? -vociferó su hijo- ¡Vaya que
tenían cosas que recordar!
-¿Te das
cuenta, Juancito, por qué les dediqué mi vida? -dijo Verónica con
ironía.
El hijo
quedó consternado por la revelación de esa arista celosa que no
creía tener. No habían sido ellos todo el mundo de su madre, sino
que su madre había sido todo el mundo para ellos. Le quedó tan
claro que Verónica tenía el mismo derecho a independizarse
afectivamente, que desaparecieron todas sus contradicciones con
respecto a Carré.
-Soy un
cerdo egoísta, mamá. Ahora que estoy a punto de concretar mi sueño
no acepto que mi maravillosa madre tenga un interés superior al de
su hijo -reconoció.
-¡Tonto!
Nadie podría interesarme más que ustedes. Sólo que ahora crecieron
y podrán cobijarse en otros brazos -dijo con dulzura.
-Y aunque
vos encuentres otros, siempre tendrás los míos -le aseguró,
abrazándola.
La mujer
disfrutó un momento del rapto de amor filial y después lo separó
amablemente.
-Volvé a la
cama que todavía te quedan algunas horas de sueño. La mayor parte
de las cosas las tenemos, así que sólo me resta hablar con Jimena
antes de que se vaya.
-¿Otelo la
devolvió?
-A las dos
de la mañana. Y dejate de endosarle sobrenombres, a tu hermana no
le gusta.
-Es un
secreto entre vos y yo, mamacita -se rió Juan- Vamos a descansar.
Subieron
tomados de la cintura y se separaron con un beso. Juan preparó el
despertador y se levantó a las siete de la mañana. Después de
ducharse salió sin desayunar para no llegar tan tarde a la
oficina. Nico ya estaba trabajando con Zeballos y él se dedicó a
considerar la agenda que había preparado su secretaria. A media
mañana salió con su amigo a tomar un refrigerio y le relató el
arribo nocturno del abogado, la amistad que tenía con su madre y
la extraña lista que había confeccionado.
-Así como
una vez me preguntaste si aprendería chino por Jimena, yo te
pregunto: ¿te disfrazarías de cebra por Nadia? Entonces ponete el
traje sin preguntar - aconsejó Nico.
-¡Me lo voy
a poner...! - se desternilló Juan- ¿Por qué elegiste un disfraz de
cebra?
-Porque me
parece que no hay nada más ridículo -sonrió su amigo.
-No sé por
qué, también están incluidos vos, mamá y Jimena en la excursión de
mañana -le aclaró.
-Haremos lo
que dice el abogado, y si falla, seremos dos para matarlo.
La
conversación de los amigos quedó interrumpida por el celular de
Nico. La llamada era de Jimena y Juan se levantó con un gesto
trágico para dejarlo hablar a solas. Pagó la cuenta y cruzó hasta
su negocio por el cual apareció su socio diez minutos después:
-Estoy
invitado a cenar a tu casa porque las mujeres nos van a poner al
tanto de las directivas de Carré. Lo único que me anticipó Jimena
es que vaya buscando el mejor traje de mi guardarropa...
-¡Ja, ja!
¡Te lo dije! -lo hostilizó Juan.
-Debieras
agradecer mi compañía en vez de chicanearme -declaró Nico
sentenciosamente.
- Vos que
lo conocés, decime que se trae entre manos este hombre.
-Si fuera
un caso penal podría imaginarme algo, pero en éste, no tengo idea.
A Juan lo
asaltó un deseo irresistible de escuchar la voz de Nadia. Miró el
reloj y se dio cuenta de que hacía más de doce horas que no
hablaba con ella. Le pidió a Nico que lo reemplazara con Estela y
se encerró en su despacho para conseguir el número de la
biblioteca y bajar la ansiedad con la melodía de la voz amada.
Media hora después cortó la comunicación persuadido de que el día
anterior no había sido un sueño y que se encaminaba hacia la
cumbre de su existencia. A las seis de la tarde Zeballos y Nico le
exigieron que se retirara porque su distracción les entorpecía el
trabajo. Los saludó con una reverencia y se fue sin protestar.
Llegó a su casa a las seis y cuarto y como no encontró a nadie, se
estiró sobre la cama para alucinar con Nadia hasta deslizarse en
el descanso que su mente y su cuerpo reclamaban.
-Juan,
Juan... -la voz de Jimena lo resucitó.
Su hermana
estaba sentada en el borde de la cama y le apartaba cariñosamente
los mechones de la frente.
-Nicolás ya
vino y la mesa está puesta. Tenés quince segundos para sacudirte
la modorra mientras mamá sirve la comida -lo conminó con una
sonrisa.
Juan le
revolvió el pelo y se levantó al instante mientras su hermana
salía del dormitorio. Bajó con un atisbo de ansiedad por la
proximidad del día que se avecinaba. Saludó a su madre y a Nico y
se sentó a la mesa. Ninguno mencionó durante la cena las
actividades del próximo día y salvo Nico, que comió con buen
apetito, los integrantes de la familia apenas probaron bocado.
Cuando se instalaron en la sala, Verónica tomó la palabra:
-Las
indicaciones de Fermín son sencillas, por eso no los importunamos
durante el día. Mañana a las seis saldremos hacia Venado para
estar en el Juzgado a primera hora. No me explicitó el
procedimiento pero entiendo que si no dan curso a una primera
presentación pasará a una segunda instancia adonde se requiere
nuestra presencia. Jimena y yo iremos con Fermín y ustedes en otro
vehículo. Fin del comunicado.
-¿Conque
Fermín? -Juan no pudo evitar la ironía.
-Lo conozco
desde antes que nacieras, impertinente. ¿Cómo querés que lo llame?
Su hijo le
hizo un arrumaco ante la mirada risueña de Jimena y Nico. Se
acomodó sobre el brazo del sillón adonde estaba sentada Verónica y
la ciñó por los hombros:
-Lo que me
vuelve loco, mamá, es abandonarme a los manejos de Fermín. ¿El
secreto parte de la subestima o de la omnipotencia? En cualquier
caso, no me gusta -aseveró.
-No lo sé.
Pero estoy segura que resolverá este litigio en tu beneficio. Por
una vez, hijo, participá sin dirigir. ¿Por favor...?
Juan evaluó
el pedido de su madre que se mostraba claramente convencida de las
dotes profesionales del abogado y decidió evitar cualquier
comentario desfavorable, aunque se reservaba el derecho de
intervenir cuando lo considerara pertinente.
-Está bien,
mamá, seré un cliente dócil -se levantó.- Ustedes hagan lo que
quieran, yo me retiro a concentrarme. ¡Hasta mañana!
En su
habitación, las ganas de hablar con Nadia lo vencieron. La joven
atendió enseguida como si estuviera esperando el llamado y se
enfrascaron en media hora de variaciones de la misma utopía hasta
que Dani insistió en hablar con Juan. Después de pedirle que fuera
a descansar, se relajó bajo la ducha y se acostó con la errónea
suposición de que le costaría conciliar el sueño. Un discreto
timbrazo lo despertó a las cinco de la mañana. Se levantó y eligió
el traje que iba a usar. Veinte minutos después apareció en la
cocina donde su madre y Carré compartían un café. Después del
saludo de rigor, se sentó a desayunar. Miró a su madre vestida y
maquillada con elegancia y pensó que hacía buena pareja con al
trajeado Fermín. Jimena, deslumbrante, se les unió a las cinco y
media.
-A las
siete abre el juzgado de la jueza Testini. Tenemos la primera
audiencia en la cual pediremos la adopción de Daniel a nombre de
Nadia. Este primer paso tiene como objeto dejar sentado los
argumentos de la jueza para denegarla, cosa que seguramente hará.
A partir de esta instancia, como la señora se precia de
privilegiar las necesidades de su pequeña comunidad -especialmente
en época de elecciones- encontrará que su segunda audiencia es un
contrato matrimonial. Después, la cuarta, para no ser demasiado
obvios, es el pedido formal de adopción hecho por los flamantes
desposados. ¡Ah...! Y la séptima, bien lejos, la del matrimonio
Bueno que pide la adopción que ya se les habrá otorgado a ustedes
-agregó como una anécdota.
-¿Quiere
decir que la jueza no tiene idea de sus actividades diarias?
-exclamó Juan.
-¡Allí está
nuestra ventaja, perspicaz muchacho! Al desentenderse de todos los
trámites administrativos nos permitió infiltrarnos en su agenda
con la complicidad de dos abogados del juzgado que deberán ser
holgadamente recompensados. Esta parte la cubrirás vos, ya que mis
honorarios serán cero en homenaje a tu madre.
Verónica le
dedicó una sonrisa que seguramente compensó a Fermín por cualquier
suma que hubiera pensado en cobrar.
A las seis
salieron a la calle y Juan partió en busca de Nico mientras el
abogado alojaba a las mujeres en su Mercedes y se adelantaba hacia
la casa de Nadia. El hermano de Jimena se sentía cómplice de una
turbia operación a la que no podía oponerse considerando el
objetivo que perseguía. Consideró cuántos miramientos pueden
perderse en nombre del amor y concluyó que él podía cargar con una
simple alteración de agenda como mísero precio por poseer a Nadia
y su pequeño. Nico debía estar esperando detrás de la puerta
porque no le dio tiempo a bajar del auto. Vio avanzar a su viejo
camarada enfundado en un traje de buen corte que acentuaba sus
movimientos felinos. Se evaluaron con una sonrisa y Nico se dejó
caer en el asiento contiguo.
-Ya es
hora, viejo -corroboró con una palmada.
Hicieron el
viaje en un silencio amistoso que comprendía al otro en sus
propias cavilaciones. Cuando llegaron, el Mercedes ya estaba
estacionado frente a lo de Nadia. Jimena y Dani aparecieron en la
puerta apenas cerraron el auto. Antes de que la muchacha se
precipitara en brazos del arrobado Nico, Carré apareció en la
entrada y advirtió:
-¡Eh, eh!
¡No pierdan la compostura! Ya tendrán tiempo de despintar a las
mujeres después de la audiencia. Ahora los necesito
irreprochables.
Jimena hizo
un mohín pendenciero y se empinó para depositar un delicado beso
en la boca de Nico. Daniel ingresó al hogar en brazos de Juan
quien lo bajó en cámara lenta al quedar suspendido en la
espléndida estampa de Nadia. La joven vestía un traje chaqueta
blanco que acentuaba la belleza de sus formas. Quedaron apenas
separados por la vibrante atmósfera de sus miradas enfrentadas y
cientos de palabras que esperaban el momento de nacer. Juan la
tomó de los hombros y la besó en la frente cuando todas sus
terminaciones nerviosas pugnaban por contactar con su cuerpo. Se
separó con el dolor de un hambriento a quien le niegan un plato de
comida y llamó a Dani en su auxilio. El chiquillo estaba primoroso
con un traje claro que intensificaba su candor. A las seis y
cuarenta y cinco el abogado indicó que debían partir. En su auto
irían las tres mujeres y Dani viajaría con Juan y con Nico. Tiempo
después, entre risas, le confesó a Verónica que decidió ese
reparto porque nada le garantizaba que esas espléndidas parejas no
se perdieran en el camino. Desembarcaron en el tribunal a las
siete en punto. En la puerta los esperaban los dos abogados que
Carré había contratado para colaborar en las audiencias que se
aproximaban. Indicó que, salvo Nadia, el resto debía aguardar el
aviso y las indicaciones de sus adjuntos en el bar del juzgado. A
las siete y cinco fueron convocados por una secretaria. Carré,
tras recomendar a Nadia que no ensayara ninguna réplica, entró
seguido por la joven para ubicarse en sendos asientos frente a la
jueza. Ésta leyó el petitorio de adopción y levantó la vista hacia
el abogado y su representada:
-Entiendo
que la señorita Nadia Gómez solicita en adopción a Daniel Palacios
huérfano de padres y sin parientes que puedan brindarle un hogar.
-Correcto,
señoría.
-Abogado,
¿está al tanto que este tribunal falló a favor de una demanda
presentada por las tías carnales del huérfano?
-Sí,
señoría, pero a mi representada, que reúne todas las cualidades de
una persona de bien y que se considera idónea para criar a ese
niño al cual, por otra parte, viene atendiendo desde el año y
medio, no le quedan claros los argumentos que decidieron el fallo.
-Sepa su
representada que esta sentencia se fundamenta en el principio
inalienable de una familia plenamente constituida como medio más
apto para el desarrollo de un niño, condición que la querellante
no puede satisfacer.
-Entonces,
señoría, ¿es el único impedimento que tiene mi representada para
hacerse cargo de Daniel Palacios?
-Aunque
lejos de mi criterio esté afectar al huérfano teniendo en cuenta
que la demandante goza de prestigio en esta comunidad y que
siempre actuó de buena fe, con esta decisión no se impugna la
capacidad de su representada sino su situación de madre célibe.
-De lo que
se desprende, señoría, que si la demandante fuese casada, podría
aspirar a la adopción iure proprio.
-Ita est.
Iuris et de iure, abogado. Dura lex sed lex. (Así es. De derecho y
por derecho. La ley es dura pero es la ley) No ha lugar a la
demanda.
Carré se
levantó con una inclinación de cabeza por saludo y le hizo un
gesto a Nadia para que lo siguiera al pasillo donde ya estaban
congregados los miembros de la familia. Jimena se acercó a su
desorientada amiga, le acomodó una capelina blanca que traía en
una caja y le prendió un ramillete de flores frescas en la
chaqueta. Antes de que Nadia pudiera reaccionar, la secretaria
voceó su nombre y el de Juan. El hermano de Jimena, desobedeciendo
al abogado, la animó con un abrazo y un beso antes de entrar.
Carré, que ya había instruido a Nico y a Verónica para que se
declararan testigos, precedió al grupo que se presentó ante la
asombrada jueza.
-¿De nuevo
usted, abogado?
-Sólo como
invitado a la boda, señoría -le respondió con circunspección.
-¿Ha
buscado usted marido esta mañana? -demandó la magistrada a Nadia.
Fermín,
como le reveló en la fiesta a Verónica, tembló porque no había
previsto esta reacción de la jueza.
-Si así
fuera, señoría, no podrá negar que he tenido buen gusto -sonrió la
interpelada.
Juan se
volvió hacia ella con un gesto de complacencia que los dejó
trabados en una absorta delectación. El rubor que teñía las
facciones de la magistrada no auguraba elogios para ninguno de sus
empleados. Carré entregó los certificados previos y los documentos
de la pareja y testigos, que una vez verificados promovieron la
ceremonia matrimonial. La funcionaria leyó rápidamente los
derechos y obligaciones de las partes, extendió el libro de actas
para que firmaran los desposados y los testigos y dio por
terminada la diligencia con una premura que Nico atemperó con voz
seductora:
-Señoría...
¿no va a mencionar que "ahora pueden besarse"? -preguntó con una
sonrisa.
La jueza
estudió el rostro atractivo buscando alguna señal de ironía, pero
los ojos azules la miraron con franqueza. Sucumbió al reclamo
masculino y pronunció en voz alta:
-¡Ahora
puede besar a la novia!
Juan, que
ya la había besado, no se hizo rogar. Abrazó a la que ya era su
esposa y la embarcó en un largo beso que fue victoreado por su
familia y un coro de voces provenientes del exterior. Un puñado de
amigos de Nadia, alertados por la señora Ruiz, había asistido a la
ceremonia desde la puerta. Cuando la joven pudo respirar, se
acercó a saludarlos con su flamante esposo. En el pasillo, los
ayudantes de Carré entretenían a Dani para que su presencia no
escociera a la jueza. Nadia corrió hacia él apenas lo vio y lo
abrazó lagrimeando. Daniel lo llamó a Juan y le susurró:
-Juan...
Mamá está llorando... Necesita un abrazo...
El nuevo
marido largó una carcajada y los apretó a los dos entre sus
brazos. Los tres terminaron riendo y salieron a la calle para
esperar en el barcito la cuarta audiencia. No habían hecho más que
sentarse, cuando uno de los colaboradores de Carré les avisó que
la jueza solicitaba que comparecieran. El abogado tomó la
delantera seguido por Juan y por Nadia. En el camino instruyó en
voz baja a su ayudante y, como la primera vez, ingresó con paso
seguro al recinto judicial. La magistrada le hizo un gesto para
que se acercara:
-¡Abogado!
¿Qué manejo se trae entre manos? -le advirtió.
-Con todo
respeto, señoría, esperaba el turno de mis clientes para el pedido
de adopción -contestó sin amedrentarse.
-Usted,
doctor Carré, ha transgredido las reglas de este tribunal
acumulando tres audiencias en el mismo día.
-Señoría,
mal puedo conocer sus regulaciones siendo que ejerzo en Rosario.
Podrá comprobar que todos los petitorios fueron presentados y
admitidos según consta en las réplicas que obran en mi poder
-expresó con firmeza.
La mujer lo
miró con enojo contenido. Estudió el documento que tenía sobre su
escritorio y manifestó:
-Usted ha
de saber, doctor, que en razón de los intereses superiores del
menor, puedo postergar el tratamiento de este petitorio hasta que
mis dudas sean despejadas. Si sus argumentos no me satisfacen, eso
es lo que haré. Lo escucho.
Fermín cayó
en la cuenta de que había subestimado el temperamento de la jueza
y que estaba a un tris de perder una partida que desde su planteo
dio por ganada. Por primera vez en su carrera profesional, se dejó
llevar por los sentimientos:
-¿Ha
pensado, su Señoría, qué lleva a un letrado experimentado a
excederse en la defensa? -hizo una pausa mirando a la magistrada,
y continuó:- La señorita Gómez, hoy señora de Rivas, recurrió a
mis servicios agobiada por la brevedad de los plazos judiciales
que la intimaban a entregar a Daniel Palacios en el perentorio
plazo de cuarenta y ocho horas. Siendo que mi cliente es una mujer
de probada honradez, que cuidó y amó a este huérfano desde su más
tierna edad y que tiene a su lado a un hombre que desea conformar
con ellos un hogar, como abogado y amigo concebí, sin malicia, los
pasos consecutivos que asegurarían al menor una permanente
estabilidad afectiva. Errare humanun est, su señoría, cuando se
privilegia el corazón frente a la razón. Pido a usted evaluar esta
exposición con la equidad de su investidura y comprender, con la
sensibilidad de su condición de mujer, el testimonio de quienes
aspiran a constituirse en la familia de Daniel Palacios antes de
dictar su justo veredicto -finalizó el abogado.
La
magistrada escuchó el alegato sin aparente impresión. Cuando
habló, la tensión que reinaba en la sala se quebró como un cristal
golpeado por una piedra:
-He de
confesarle, abogado, que no esperaba de un jurista metropolitano
una manifestación tan alejada de la técnica como rayana en las
emociones. Escucharé a los adoptantes y al menor in fine.
-Gracias,
señoría -dijo Fermín aliviado.
Nadia temió
que los latidos de su corazón se hicieran audibles delatando el
pánico que la había atrapado con sólo pensar que de su testimonio
dependía la adopción de Dani. La mano de Juan apretando la suya la
confortó y le restituyó la seguridad de que ya no se hallaba sola
para afrontar el porvenir. La voz de la jueza sonó impersonal:
-Señora
Nadia Gómez de Rivas, éste es su segundo petitorio en el día para
la adopción de Daniel Palacios. Explíqueme por qué.
La recién
casada hizo una vasta aspiración y, con un suave apretón, liberó
la mano que aprisionaba su marido. Se adelantó hacia la jueza para
confrontarla con firmeza pero sin animosidad:
-Señora, el
por qué de esta insistencia tiene que ver con que mi vida sin este
niño se sumiría en un padecimiento que ni siquiera la presencia de
este hombre que amo -se volvió hacia Juan- ni la llegada de otros
hijos podría mitigar. Dani y yo estamos unidos por circunstancias
que son de público conocimiento y al pedir su custodia no hago más
que solicitar mi propia vida, porque para cuidarlo la conservé
cuando para mí no valía nada. Ahora le pido que antes de decidir,
piense que si nos separa lo estará privando del inagotable amor
que siempre le brindé y me estará restituyendo a la época en que
mi existencia carecía de sentido -terminó con un sollozo.
Juan la
cobijó inmediatamente entre sus brazos mientras fulminaba a la
jueza con la mirada. La magistrada, con una expresión más
humanizada, indicó:
-Señor
Rivas, ya tendrá tiempo de consolar a su mujer. Los motivos de la
demandante para conservar al menor han quedado claramente
expuestos. ¿Podrá puntualizar los suyos sin permitir que su
animosidad hacia mi investidura lo entorpezca?
Juan
entregó a su conmocionada mujer a los brazos de Verónica, y
enfrentó a la jueza:
-Señoría:
no puedo más que sentir resentimiento hacia quien lastime a la
mujer que amo -declaró con calma, y prosiguió:- En el corto tiempo
que pasé con Dani llegué a quererlo no sólo por ser el bien más
preciado de mi esposa, sino porque era natural encariñarse con una
criatura tan afectuosa. Lo quiero como mi primogénito y ése es el
lugar que siempre ocupará si tenemos más hijos. Como dos padres,
una abuela y dos tíos por elección lo esperan, voy más allá de lo
que expresó mi mujer: le pido la adopción del niño porque está en
juego la felicidad de toda una familia.
-¿Y si no
fuera así, señor Rivas? -averiguó la jueza.
-Entonces,
señoría, si no hubiera apelación que funcionara, metería a mi
mujer y mi hijo en el auto y los llevaría a las antípodas de su
juzgado.
La
magistrada enarcó ambas cejas forzando su capacidad de cálculo
para concluir que en las palabras de Juan no cabían ironías.
Golpeó varias veces la superficie del escritorio con la punta del
bolígrafo y pidió a su ayudante que hiciera ingresar al menor. Los
hombres y las mujeres se habían agrupado como piezas de un
rompecabezas acabado. Juan sostenía a Nadia contra su costado,
Jimena apretaba el brazo de Nico y Verónica, angustiada, escuchaba
las palabras tranquilizadoras de Fermín. Nadia se iluminó con la
llegada de Daniel que corrió al encuentro de los recién casados.
Juan lo levantó en brazos y Dani se estiró para cercar el cuello
de su madre. La jueza, observando al trío, había resuelto antes de
charlar con el niño.
-Señor
Rivas, ¿tendría la bondad de acercarse con Daniel? -pidió con
calidez.
Juan se
aproximó cargando a Dani.
-¿Cuál es
tu nombre, jovencito? -preguntó cuando lo tuvo enfrente.
-Daniel
Palacios.
-¿Y cuántos
años tenés?
-Cinco y...
-dio vuelta la cabeza buscando a Nadia, que le mostró una mano
abierta y un dedo de la otra- ¡seis meses! -completó orgulloso.
-¡Muy bien,
Daniel! Veo que aprendiste a contar.
-Y a leer.
La seño me enseñó -señaló a Jimena.
-¿Te
viniste con la seño? -preguntó la jueza sorprendida.
-¡Ahora es
mi tía y Juan mi papá! -le explicó.
-¿Y quién
es Juan?
-¡Éste!
-dijo abrazándolo.
-Decime,
Daniel, ¿vos sabés que tuviste otros papás?
-Sí. A mi
mamita no la conocí, pero mamá me dijo que no podía estar conmigo
porque se murió igual que mi papá. Pero que me habían buscado otra
mamá para que no estuviera solo. ¡Y ahora mamá me buscó un papá!
-¿Y a este
papá lo querés?
-¡Sí! Nos
llevó al parque y a remar, le dimos comida a los pájaros, vamos a
ir a ver los leones, va a vivir con nosotros y la abraza a mamá
cuando llora...
La
magistrada estudió el grave semblante de Juan, la tensión de los
músculos faciales que mantenían cristalizadas las relucientes
pupilas, el movimiento de la nuez de Adán al tragarse las lágrimas
y emitió su veredicto:
-Hoy ha
sido un día atípico en este tribunal. No por obra de la
casualidad, sino por designio de un abogado. Si hubiere de juzgar
las maniobras en las que ha involucrado a sus pares y desestimado
este ministerio, causaría un grave perjuicio al principal actor de
esta controversia, que es el huérfano Daniel Palacios. En virtud
de que el letrado patrocinante se ha inspirado para sus
manipulaciones en los preceptos fundamentales que contempla la ley
de adopción, daré por inconsistente esta maniobra para centrarme
en los fundamentos de mi decisión: habiendo escuchado
concienzudamente el testimonio de los adoptantes y las opiniones
del menor, considerando que la primigenia imagen materna ha sido
debidamente restaurada, visto la coincidencia de voluntades para
construir el medio más apto que asegure al huérfano la
satisfacción de sus necesidades afectivas, dispongo otorgar al
matrimonio constituido por Juan Rivas y Nadia Gómez la adopción
plena de Daniel Palacios que tendrá vigencia a partir de la firma
de esta sentencia.
El grito de
alegría de Nadia desentumeció a su marido que, apretando a Dani
contra su pecho, murmuró mirando a la jueza:
-Señora...
Ha hecho justicia. Gracias -y se unió al festejo de su familia.
Desde
afuera llegaron los aplausos y las risas del numeroso grupo que se
había congregado en absoluto silencio al comienzo de la audiencia
y que ahora daba rienda suelta a su alegría. La jueza rubricó el
acta y entregó una copia a Carré que fue el último en abandonar el
despacho. El pasillo, que había sido despejado por los ayudantes
de la magistrada para seguir atendiendo las causas inscritas, sólo
estaba ocupado por unos pocos querellantes. Fermín llegó a la
calle guiado por las heterogéneas voces de la concurrencia y buscó
con la mirada al pequeño grupo que había traído desde Rosario
cegado por su soberbia. Era conciente que de no mediar la
excelencia del caso y sus protagonistas, hoy estaría lamentando el
mayor fracaso de su carrera. La mujer que había reencontrado
después de treinta años y que había permanecido en su memoria con
la nostalgia de lo inalcanzable lo divisó, y su encantadora
sonrisa lo alivió de sus negros pensamientos.
-¡Fermín!
-dijo tendiéndole la mano cuando llegó junto a ellos.
Él la
sostuvo entre las suyas y después la soltó con un esfuerzo. La
espléndida recién casada lo abrazó y le dio las gracias. Su marido
le estrechó la diestra mientras decía:
-Hubo un
momento, Fermín, en que pensé en cumplir mi amenaza. Pero también
pensé que de no ser por su audacia, la adopción de Dani se hubiera
complicado. Además, no le dio tiempo de arrepentirse a esta
mujercita por lo que le estaré eternamente agradecido -sonrió.
Nadia le
rodeó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza contra su pecho
desmintiendo la preocupación de Juan. Después que Jimena y Nico
expresaran su reconocimiento, Carré miró a los convocados que
departían en grupos sin intención de disolverse, y le preguntó a
Juan:
-¿Qué vas a
hacer con esta gente?
-Vamos a
invitarlos a una fiesta de casamiento como corresponde, ¿no te
parece, querida? -le preguntó a Nadia.
-¡Pero
Juan...! Son más de cincuenta personas... Te costará una
fortuna...
-La dicha
de tenerlos a Dani y a vos no tiene precio, mi señora, y se merece
el mejor festejo aunque sea improvisado. ¿Adónde estará mi buena
amiga? -se preguntó, oteando los grupos.
La señora
Ruiz revoloteó la mano como si lo hubiera escuchado. Juan le hizo
una seña para que se acercara y acortó el camino con cortesía.
Cuando se encontraron le pidió:
-¿Seguirá
siendo mi vocera?
-¡Para lo
que guste mandar, señor!
-Como
invitada especial, transmítale a los presentes que Nadia y yo
tendremos el gusto de recibirlos... ¿dónde cree usted que habrá
lugar para los que somos? -la consultó.
-¡En el
club, por supuesto! -contestó inmediatamente.
-¡En el
club..., ciertamente! ¿Y podrá ordenar un almuerzo para todos? -le
dijo con una sonrisa de complicidad.
-¡Yo me
ocupo de lo que mande, señor! ¡Yo sabía cuando lo vi que iba a ser
el mejor esposo para la señorita Nadia...!
-Celebro su
clarividencia, señora Ruiz. Le aseguro que no se equivoca
-afirmó.- ¿Dispondrá de todo, entonces?
-En un
momento le diré quienes van y después le traeré el presupuesto del
club. ¿Quiere elegir el menú?
-Que sea el
mejor según su criterio y el de la gente del club. Estoy seguro de
que se ocupará de todos los detalles.
-¡Gracias,
señor! Será un placer... -y se alejó para cumplir su cometido.
Juan volvió
al lado de Nadia y la abrazó:
-Le confié
a la señora Ruiz la organización de la fiesta y propuso el club,
¿te parece bien?
-Es un buen
lugar. Y podríamos pasar por casa, porque el club está a
media cuadra.
-¿Me podré
quedar esta noche? -susurró junto a su sien.
-Y todas
las de tu vida... -suspiró Nadia sonrojada.
Juan rió en
voz baja encantado por la frescura de su mujer. Cerró los ojos
deseando que al abrirlos la oscuridad hubiera reemplazado al
naciente día, pero el sol siguió alumbrando su impaciencia. Otra
vez la intervención de la señora Ruiz los separó:
-¡Señor
Juan! ¡Todos aceptan y agradecen su invitación! Ahora voy hasta el
club y le traigo el presupuesto... ¡Cuánto me alegro de que haya
conseguido semejante marido, señorita Nadia...! ¡Y tan bien que se
lo tenía guardado...! -gesticuló unos azotes con la mano y una
sonrisa con la cara.
-Avísenos a
la casa de mi esposa cuando todo esté listo, señora. Y gracias por
su diligencia.
-¡No
faltaba más! Cuando esté todo preparado, me llego... -y salió de
nuevo presurosa.
Juan
escribió una nota al dorso de su tarjeta personal y se acercó a
uno de los abogados que había contratado Carré:
-¿Me harías
el favor de llevársela a la jueza?
-Sí señor,
apenas termine la audiencia.
Los
desposados reunieron a la familia y se dirigieron a casa de Nadia.
Los hombres se instalaron en el comedor en compañía de Dani y las
mujeres se atrincheraron en el dormitorio de la recién casada para
retocar su atuendo y maquillaje. Las voces y las risas femeninas,
amortiguadas por la distancia, llenaban de especial regocijo a los
espíritus masculinos ensimismados en distintas expectativas. Se
distendieron hasta las doce, hora en que la señora Ruiz les avisó
que los esperaban en el club. La pareja fue recibida con aplausos
mientras una improvisada orquesta atacaba los compases de la
marcha nupcial. Dani entró de la mano de sus flamantes padres y
enseguida se reunió con otros niños que jugaban a la pelota. Nadia
y Juan pasaron a saludar por cada mesa y finalmente se sentaron
con su familia. Antes de que sirvieran el almuerzo llegó la jueza
con su marido. Juan se levantó a recibirlos y los ubicó en la mesa
ante el asombro de Fermín. La magistrada saludó y aclaró:
-Aquí somos
Romilda y Joaquín. Aunque no es usual que me involucre en mis
casos, éste está definitivamente cerrado y me permite asistir a un
feliz desenlace. Por lo tanto, joven desposado, me alegra más
estar en su fiesta que huyendo de su venganza -terminó con una
risa.
La
relajación fue aumentando mientras saboreaban sin apuro los
deliciosos platos caseros que había ordenado la señora Ruiz. Antes
de los postres desplazaron las mesas a los costados para armar una
pista de baile circular. Esta vez la orquesta arremetió contra un
vals para que los recién casados inauguraran el baile. Juan tomó
la mano de Nadia y la impulsó hacia la pista. Danzaron unos
minutos acribillados por los flashes del fotógrafo hasta que
fueron separados por Jimena y Nico y luego por Verónica y Fermín.
Después se fueron turnando todos los asistentes hasta que Dani
cerró el vals bailando con su mamá. Verónica ordenó servir el
postre para evitar que Nadia quedara encorvada por el entusiasmo
del niño, quien desertó apenas su abuela le mostró el helado ante
el regocijo de todos. Como si fuera un día feriado nadie mostró
prisa por retirarse. La reunión se prolongaba entre charlas
amables, bocados, libaciones y baile. Jimena, en brazos de Nico,
observaba a su madre departiendo con la jueza y su marido mientras
Fermín no le sacaba los ojos de encima.
-Vamos a
terminar en que mamá se va a casar antes que yo... -se quejó.
-La
solución está en tus manos, princesa. Escucho cualquier propuesta
-le dijo el hombre al oído.
Jimena se
apartó un poco y lo miró divertida.
-¿Así que
yo debo hacer la oferta?
-Yo, no me
animo. A lo mejor vos tenés más suerte -dijo implacable.
-Nicolás...
¿Cuál va a ser mi nuevo apellido?
-Torres
-ayudó.
Jimena
volvió a empezar:
-Nicolás
Torres, ¿querrías concederme el privilegio de ser mi esposo...?
¿Cuanto antes...? -terminó de decir cuando Nico le cerró la boca
con un beso que la dejó sin respiración.
Cuando se
separaron, el brillo que tenía la mirada de su prometido no
necesitaba traducirse en palabras. Jimena le echó los brazos al
cuello tratando de acompasar el latido de su corazón al lento
ritmo de la música. La banda vino en su auxilio abordando un
desenfrenado paso de cumbia que colmó la reducida pista de
infatigables bailarines. Nico la besó y, antes de volver a la
mesa, expresó en voz alta lo que antes habían dicho sus ojos:
-Sí,
quiero.
A las cinco
de la tarde el dueño del club maniobró la torta en una mesita
rodante y anunció que era el obsequio de los presentes para los
recién casados. A las siete y media los rosarinos comenzaron a
despedirse y Juan fue a cancelar la cuenta que ya había sido
pagada por Nico y por Fermín dejando en su lugar una cálida nota
de parabienes. Caminaron hasta la casa de Nadia adonde estaban los
autos. Jimena y Verónica se aislaron una vez más con Nadia
mientras la joven se duchaba y se vestía con prendas cómodas y
después convencieron a Dani de pasar la noche en Rosario.
-¡Papá! -le
dijo a Juan- ¿Mañana vamos a ir a ver los leones?
Juan lo
subió sobre las rodillas y certificó:
-Mañana te
pasaremos a buscar por lo de la abuela y vamos a ver los leones.
La pareja
permaneció en la puerta hasta que el auto de Fermín dio la vuelta.
Cuando entraron, Juan apoyó la espalda contra la puerta y miró a
su mujer magnetizado por la aspiración del futuro que ambicionaba
para ambos. La observó desde la pasión contenida por la espera,
desde la necesidad de ganarse su confianza y desde el
entendimiento de dominar su deseo para preservar las imponderables
circunstancias que los habían reunido. Se hizo cargo del
desasosiego que Nadia trataba de disimular y amó la inocultable
expresión de desvalimiento que la había ganado al quedarse a
solas. La atrajo con suavidad hacia él y la abrazó con firmeza
hasta que sintió que se relajaba contra su cuerpo. No se desbordó
en palabras ni en caricias. La estrechó hasta que la cabeza de la
joven se deslizó en el hueco de su cuello y la tibia respiración
se acomodó a la distensión de los músculos. La besó en el pelo
todavía húmedo y la separó, apenas, para confiarle una sonrisa
tranquilizadora. Cuando entraron al comedor, los ojos de Nadia
habían recuperado la limpidez acostumbrada.
-¿Tomamos
un café? -le propuso, más compuesta.
-Si nos
mantiene despiertos... - le contestó Juan con desenfado.
Nadia hizo
un gesto risueño y se dirigió a la cocina. Volvió con una bandeja
con dos pocillos humeantes que Juan se levantó a recibir demorando
sus manos sobre las de ella. Después la colocó sobre la mesita
ratona y le alcanzó uno a la joven. Se sentaron en el sillón y
bebieron la infusión en un silencio henchido de emoción
controlada. Nadia levantó los ojos y quedó atrapada en la mirada
extasiada de Juan que los acercaba de manera más concreta que el
mismo contacto físico.
-¿Por qué
me mirás así? -dijo turbada.
-Porque me
muero de ganas de besarte.
-¿Y por qué
no lo hacés? -lo desafió, inquieta.
-¿Vos
querés...? -le propuso con terneza.
Nadia, sin
acortar la distancia, apoyó la cabeza contra el respaldo del
sillón y cerró los ojos con expresión desalentada. Juan consideró
que no era momento para vacilar. Se inclinó sobre ella y apoyó sus
labios sobre otros que lo recibieron sobresaltados. Sostuvo la
caricia hasta que la boca de la muchacha se entregó al reclamo y
la cercó para apoyarla contra su cuerpo que desvariaba por el
calor femenino. La vehemencia de los sentimientos socavó las
barreras de contención y los sumergió en una vorágine que arrasó
con el ominoso pasado. Juan la alzó entre sus brazos y caminó
hacia el dormitorio con el corazón acelerado por la inminente
unión. La depositó sobre la cama sin dejar de besarla porque su
contacto le era indispensable como el aire y para no perder la
sensación de entrega que le transmitía la boca de su amada. Se
incorporó para observarla en el pródigo abandono que le entreabría
los labios y encendía su mirada de excitación. En la promesa de
esta mujer apasionada no quedaban rastros de la indiferente
desconocida que había turbado su vida hacía un año y medio. Juan
la desnudó con dedos temblorosos y bajó la cabeza para deslizar
sus labios entre la boca y el ensortijado vello del pubis
femenino. Nadia gimió ante la provocante excursión por su cuerpo
pero se abandonó a la placentera sensación que le producían las
caricias masculinas. Enardecida por el deseo, lo despojó de la
camisa mientras él se desprendía del resto de sus ropas. Su cuerpo
desnudo exhibió los ostensibles efectos de la pasión y Nadia se
estremeció ante la intensa percepción de la cópula. Juan se tendió
atrayéndola hacia sí y se besaron, estrechamente unidos,
balbuceando desenfrenadas palabras de amor, saboreando en la boca
del otro los momentos previos a la consumación. Las manos
exploraron los sensibles puntos de placer ajeno acelerando el
instante irrevocable que sobrevino tras un incitante gemido de
Nadia que le otorgó a Juan el consentimiento para la penetración.
Se arrodilló entre las trémulas piernas de la joven y levantó sus
caderas hasta que el extremo del poderoso miembro contactó con el
lubricado ingreso al cuerpo femenino. Se introdujo sin violencia
pero con firmeza, conmovido por la perfección del momento. Sus
sentidos agudizados captaron el grito de aquiescencia de Nadia, la
gutural exclamación que procedía de su propia garganta, el
estrecho y ardiente enclave que contenía su palpitante virilidad,
los leves estremecimientos que presagiaban el orgasmo de la mujer.
La inmovilizó para no desbordarse antes de haberla satisfecho y se
movió lenta y profundamente hasta que ella le rodeó la cintura con
sus piernas entrelazadas y acentuó el movimiento de las caderas.
Con los últimos vestigios de control se mantuvo convulsamente
inmóvil, la vista clavada en el bello rostro jadeante por la
cercanía de la culminación. La cabeza de Nadia se agitó hacia los
lados y de su garganta palpitante brotó un quejido de placer
provocado por las aceleradas contracciones de sus entrañas. Juan
se impulsó urgidamente hacia el clímax estallando en la hondura
del palpitante núcleo femenino mientras cubría su boca con un beso
apasionado. Las piernas de Nadia se deslizaron lentamente sobre
los flancos del hombre que giró sin separarse de su cuerpo.
-¡Nadia,
Nadia...! Mi vida... -murmuró apretándola entre los muslos para
prolongar la unión amorosa.
Nadia lo
abrazó suspirando su nombre y lo miró entre las pestañas
entornadas mientras una sonrisa de complacencia iluminaba su cara.
Juan rió en voz baja e inició una sesión de besos tiernos que
revolotearon sobre el rostro de su amada. La gozosa vivencia se
superpuso a la sórdida memoria del primer encuentro brindándole la
absolución que su conciencia reclamaba. Se sintió redimido ante la
mujer que hoy sintetizaba las posibilidades de su pasado y su
futuro. Sus cuerpos relajados se acomodaron uno contra otro con la
languidez que sucede a la aplacada tensión sexual. Juan le rodeó
el rostro con las manos y le dijo:
-El día que
te fui a buscar a la biblioteca hice todo el viaje maquinando
estrategias para acercarme a vos, y de pronto te encontré en mis
brazos sin haber dicho una palabra. ¿A que se debió el milagro
inesperado? -indagó.
Nadia rió
alegremente recordando los dislates que abrumaron su mente febril.
Se acurrucó más contra él y lo besó detrás de la oreja
-provocándole una descarga que la deleitó- antes de contestarle:
-Cuando leí
en la biblioteca el exhorto para entregar a Dani, lo primero que
hice fue pensar en vos. ¡Si supieras todo lo que pasó por mi
cabeza antes de caer en la cuenta de que no te quería sólo por
Dani sino también para mí...! -Juan aprobó el pensamiento con un
beso contundente- Estuve a punto de hablarte mil veces, pero la
sola idea de que me rechazaras me espantaba...
-¿Pensaste
que podría rechazar a la mujer que más deseaba en mi vida...? -la
interrumpió con voz enronquecida, apretándola contra su ávido
cuerpo.
-Pero
cuando te vi en la puerta aluciné de que habías percibido mi
angustia y venías a protegerme -continuó, y con una sonrisa
tierna:- ¿Cómo no arrojarme a los brazos de mi salvador...?
Juan la
tendió de espaldas y con la lengua acarició la sensible cúspide de
sus pechos. Nadia se estremeció al advertir que la hoguera que
poco antes se había apagado en el intrincado laberinto de su
vientre comenzaba a reavivarse. Sus manos recorrieron la espalda
musculosa de Juan y se posaron en la cabeza masculina. Él susurró
mientras se acercaban sus labios:
-¿Y si
hubiera estado el librero en la puerta...?
-Entonces
-musitó Nadia antes de perderse en la caricia- hubiera pasado a su
lado y me hubiera muerto de pena...
Los dos
murieron y renacieron en la ineludible exigencia amorosa de sus
cuerpos afinados por el conocimiento previo. El éxtasis dio paso a
un descanso despojado de tensiones del cual Juan emergió con la
congoja de haberla vuelto a perder. La opresión de su pecho
desapareció cuando vio a Nadia tendida de costado, el pelo negro
desparramado sobre la almohada y una expresión de placidez en su
bello rostro. La deseó con una intensidad que lo hizo vibrar pero
postergó su anhelo con la certeza de que a partir de ese momento
tenían todo el tiempo para amarse. Se acercó a su mujer de carne y
hueso y se despidió de la imagen que ya no necesitaba perseguir.
FIN
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