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"FINAL DE PARTIDA"
de Samuel
Beckett

Año 1994 / 1995 || Grupo
Vivencias |
Año || 1994
Autor:
Samuel Beckett.
Dirección general y
puesta en escena: Juan Carlos
Lanza.
Estreno:
Teatro Vivencias en el año 1994.
Elenco:
Oscar Sanabria y Victor Pisaroni.
Vestuario, musicalización, maquillaje, escenografía e iluminación:
Grupo Vivencias.
Referencia:
El nombre de Beckett adquirió resonancia mudial
principalmente por sus obras de teatro. Su primera pieza, "Esperando
a Godot", data de 1953 y a causa de su rigor formal ha
sido comparada por los críticos franceses con la
"Verenice" de Racine. "Final de partida"
es la segunda de su obras teatrales y fue escrita en 1957. Cuatro únicos
personajes ocupan la escena y dialogan entre si: Hamm el dueño de
la casa, un inválido confinado a su sillón, Clov el sirviente, que
no puede sentarse y deambula continuamente por la casa. Nagg y Nell,
los padres de Hamm, encerrados en sendos tachos de basura. Todos
viven en un mundo absurdo, regido sin embargo por un lógica
peculiar. Un mundo del que quisieran escapar, pero al que finalmente
se han resignado. "Uno llora, llora, por nada, por no reir
exclama Hamm - y poco a poco... una verdadera tristeza nos
invade"
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Crítica:
El agobio sobre el agobio, la fatiga de los largos sufrimientos
sobre el horror absurdo de las relaciones podridas que continúan a
pesar del odio y el rencor, el anverso del amor y el consuelo que
todos necesitamos para vivir un mundo con colores. En estos duros días
de individualismo feroz, cuando los vínculos familiares se
resienten por la presión de los bajones personales, tal vez no sea
lo más recomendable ir a la Sala Vivencias para ver "Final
de partida", de Samuel Beckett, con la intención de
levantar el ánimo en la salida del sábado a la noche. Cuatro
actores desarrollan el drama, durante poco más de una hora, en el
deshabitado -a excepción de los cuatro personajes- e inhóspito
mundo que Beckett imaginó para esta obra, en el que, como
bien dice una de sus criaturas, "todo es gris, negro claro.
Todo el universo"; y eso es lo que se ve detrás de unos
cristales de completa negritud, porque adentro, sobre las tablas, en
el interior de una metafórica casa, Hamm (Oscar Sanabria), un inválido
ciego y cascarrabias tiene a sus padres mutilados -con las piernas
cortadas en un accidente- en sendos tachos de basura a un costado de
la sala. El único que va y viene sobre sus pies es Clov (Manuel
Rodriguez Rubio), el sirviente, el más racional en escena, aunque
no se sepa a ciencia cierta por qué responde con diligencia a los
enervantes llamados, silbato plástico mediante, de su despótico
patrón. Pero ese interrogante no está solo, es uno entre los
muchos que conducen al espacio atemporal donde se aceptan como
normales aberrantes conductas y la vertiginosa locura de los diálogos.
Por ejemplo, Hamm llama a su padre, Nagg (Oscar Argüello),
"maldito progenitor", y a su madre, Nell (María Fernanda
Molina), que al igual que su cónyuge se revuelca en sus propias
heces, padece una mortal agonía sin que a su hijo se le mueva un
pelo. Y aunque esta pareja confinada en cilindros con tapa aparece
poco, su presencia oculta tiene un peso ominoso en la conciencia de
los espectadores, que no pueden imitar a los personajes en la
indiferencia respecto de su destino. Una pregunta lanzada por Hamm a
su tirano particular al comienzo de la acción sintetiza sus
diferencias y la razón de ser del aparentemente eterno duelo verbal
que libran: "¿Nuestros sufrimientos pueden compararse?",
y aunque ambos coinciden que no hay "nada más gracioso que la
desgracia", no ríen en ningún momento ni se confiesan el mínimo
afecto. "¿Reímos?", pregunta Hamm. "No tengo
ganas", contesta Clov. Y Hamm: "Yo tampoco". Ese es
el tenor del absurdo, su base real, tan real como la rata que
aparece en la cocina, que le da excusa al sirviente para salir de la
sala diciendo: "Si no mato esa rata, se va a morir". Y el
ciego, cada tanto, se quita las gafas de sol para limpiar con esmero
los cristales. Las actuaciones tienen picos altos y bajos, pero son
los primeros los que prevalecen en una evaluació justa, teniendo en
cuenta el impacto dramático final. Los mejores momentos de
Rodriguez Rubio se hallan cuando su personaje cae preso de la ira, y
Sanabria logra transmitir en ciertos pasajes la profunda angustia
del suyo, que pese a lo cáustico de su personalidad demuestra la
necesidad de un cariño que nunca aparece: como se lo merece, por
otra parte. Los catorce espectadores del sábado pasado atisbaron un
horizonte onírico fuertemente emparentado con las crudas y
verdaderas historias intramuros de la ciudad, aquellas
protagonizadas por seres fronterizos que hacen de cada día su
propio infierno cotidiano. Así es, y así se muestra en este "Final
de partida", fiel a su espíritu teatral merced al empeñoso
trabajo del elenco. No será lo más recomendable para paliar la
infelicidad, pero sirve para saber que existe una dimensión
paralela y actual de marginados debatiéndose en la sinrazón de la
crisis. La tristeza, sentimiento a veces liberador, tiene la
circularidad de esta puesta en escena y llega, bajo el disfraz de la
apatía, a la boca de Clov cuando cierra por vez final las cortinas
al tiempo que expone con palabras despojadas de doble sentido una
conclusión: "Este es un final de jornada como los otros".
Andrés E.
Maguna, Diario la Capital, 4 de octubre de 1995.
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Año || 1995
Reposición:
Teatro Vivencias en el año 1995.
Elenco:
Oscar Sanabria, Manuel Rodriguez Rubio, Fernanda Molina y Oscar
Argüello.
Vestuario, musicalización, maquillaje, escenografía e iluminación:
Grupo Vivencias.
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