"ESPERANDO A GODOT"

de Samuel Beckett

 

Año 1992 || Grupo Vivencias

Año || 1992

Autor: Samuel Beckett.

Dirección general y puesta en escena: Juan Carlos Lanza.

Estreno: Teatro Vivencias en el año 1992.

Elenco: Daniel Beretta, Fernando Olmos, Rody Pavanetto, Sergio Torale y Eduardo Prai.

Escenografía e iluminación: Fernando Olmos.

Maquillaje y vestuario: Grupo Vivencias.

Referencia: El estoico es el hombre que, al aceptar el dolor, lo afirma y, por lo tanto, lo justifica. La víctima que acepta el castigo, reconoce la existencia de un orden que hace justo ese castigo; pero, también, la víctima que no acepta ese castigo, que se rebela contra él, reconoce la existencia del castigo como tal castigo, reconoce la existencia de un orden injusto, pero, a fin de cuentas de un orden. El teatro específico del estoico, del hombre que reconoce un orden que preside el sufrimiento, el desgarramiento, es la tragedia antigua. El escéptico es el hombre de la tragedia y su negación. Se burla del dolor, pero lo acepta de algún modo también, porque su vida consiste en burlarse de él y en ese juego encuentra un sentido. Niega la existencia de Dios, pero necesita a Dios porque su vida consiste en negarlo y en eso encuentra un sentido. Es una especia de ateo místico y, por ello, un hombre contradictorio. Pero, conciente de su contradicción, también se burla de ella. Las obras de Beckett son farsas en todo el sentido de la palabra. El espíritu del teatro de Beckett es el espíritu del escepticismo moderno. El humor de Beckett es el humor moderno, el humor negro, ese tipo de comicidad que constituye la suprema rebelión del espíritu. Una rebelión nihilista. Beckett es, además, un poeta. Porque la única poesía teatralmente aceptable es la que nace, sin violencia, de la situación dramática. La poesía en el teatro tiene que ser inevitable. Beckett grita en nombre de todos los descorazonados, de todos los descontentos, de todos los entristecidos que ensayan una rebeldia contra el mundo de la miseria material y moral erigida en orden inatacable.

Crítica: Entre las cuentas pendientes del teatro rosarino figuraba Esperando a Godot. Y Samuel Beckett también. Salvo error u omisión, y sea por la razón que fuere, ni esta pieza referencial de la historia del teatro ni Final de partida, ni Días felíces vieron la luz escénica local; es curioso, por ejemplo, que el recordado TIM, ese templo de la vanguardia de los años 60, apelara reiteradamente a Ionesco, a veces a Adamov, pero nunca al genial irlandés nacido en Dublín en 1906, que eligió el idioma y la capital de los franceses, donde murió en 1990. Ahora, a casi cuatro décadas de su estreno mundial (Theatre de Babylone, París, 1953), es posible acceder aquí a las emblemáticas bufonadas de Vladimiro y Estragón, a la inclasificable pareja que conforman Pozzo y Lucky (un vínculo amo-esclavo que luego se transforma), a ese enigmático Godot del título que se niega a aparecer y que desde su ausencia mueve los hilos de la espera y da sentido, o no, a la existencia, a esa región planetaria con su árbol raquítico... Con un olímpico desprecio por el teatro de ídeas, incluso por la misma trama argumental y la psicología de los personajes, Beckett cambió la dramaturgia de los tiempos por venir con este texto de enorme belleza. Como God en inglés es Dios, la connotación religiosa estuvo el en primer lugar de las interpretaciones, pero la espera es inherente a otras categorías, incluídas por supuesto las sociales y políticas; sin embargo, cuando alguien le preguntó que significaba Godot, dicen que Beckett respondió que de haberlo sabido seguramente no hubiera escrito la obra... No se piense, no obstante, que este es un espectáculo para iniciados; hay testimonios en contrario de públicos no entrenados en la visión teatral profundamente impactados: como los presos de una carcel norteamericana (y si alguien conoce algo de la espera ése es el recluso) o los alumnos secundarios de escuelas del Gran Buenos Aires en funciones vespetinas de abono en el Teatro San Martín, entregados de inmediatos al juego feroz del music hall y la tragedia. La versión que finalmente llegó al espectador de Rosario es sobria pero no por ello menos penetrante de esta pieza singular; sin ninguna estridencia y sin exacerbar los aspectos lúdicos, Juan Carlos Lanza crea esa atmósfera onírica imprescindible para el tránsito de los personajes. Fernando Olmos (Vladimiro) y Daniel Beretta (Estragón) hacen un eficaz contrapunto, pero sin perjuicio de esa relación recíproca y constante -es obvio que uno no existe sin el otro- cada uno se permite una diferenciación hecha de sutilezas. Rody Pavanetto domina bien la transición del despótico y cruel Pozzo del primer acto al ciego del segundo que, es evidente, se ha humanizado; Sergio Torale, a su vez, proyecta una inquietante imagen de Lucky, con patéticos contornos; el elenco se completa con dos breves y ajustadas intervenciones de Eduardo Prai. Resta decir que esta digna versión de Godot enriquece la oferta teatral de Rosario con una fórmula tan simple como infalible: buen texto, buenos actores.

José Moset, Diario La Capital, 5 de noviembre de 1992.