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Referencia:
El estoico es el hombre que, al aceptar el dolor, lo afirma y, por
lo tanto, lo justifica. La víctima que acepta el castigo, reconoce
la existencia de un orden que hace justo ese castigo; pero, también,
la víctima que no acepta ese castigo, que se rebela contra él,
reconoce la existencia del castigo como tal castigo, reconoce la
existencia de un orden injusto, pero, a fin de cuentas de un orden.
El teatro específico del estoico, del hombre que reconoce un orden
que preside el sufrimiento, el desgarramiento, es la tragedia
antigua. El escéptico es el hombre de la tragedia y su negación.
Se burla del dolor, pero lo acepta de algún modo también, porque
su vida consiste en burlarse de él y en ese juego encuentra un
sentido. Niega la existencia de Dios, pero necesita a Dios porque su
vida consiste en negarlo y en eso encuentra un sentido. Es una
especia de ateo místico y, por ello, un hombre contradictorio.
Pero, conciente de su contradicción, también se burla de ella. Las
obras de Beckett son farsas en todo el sentido de la palabra.
El espíritu del teatro de Beckett es el espíritu del
escepticismo moderno. El humor de Beckett es el humor
moderno, el humor negro, ese tipo de comicidad que constituye la
suprema rebelión del espíritu. Una rebelión nihilista. Beckett
es, además, un poeta. Porque la única poesía teatralmente
aceptable es la que nace, sin violencia, de la situación dramática.
La poesía en el teatro tiene que ser inevitable. Beckett
grita en nombre de todos los descorazonados, de todos los
descontentos, de todos los entristecidos que ensayan una rebeldia
contra el mundo de la miseria material y moral erigida en orden
inatacable.
Crítica:
Entre las cuentas pendientes del teatro rosarino figuraba Esperando
a Godot. Y Samuel Beckett también. Salvo error u omisión,
y sea por la razón que fuere, ni esta pieza referencial de la
historia del teatro ni
Final de partida,
ni Días felíces vieron la luz
escénica local; es curioso, por ejemplo, que el recordado TIM, ese
templo de la vanguardia de los años 60, apelara reiteradamente a Ionesco,
a veces a Adamov, pero nunca al genial irlandés nacido en
Dublín en 1906, que eligió el idioma y la capital de los
franceses, donde murió en 1990. Ahora, a casi cuatro décadas de su
estreno mundial (Theatre de Babylone, París, 1953), es posible
acceder aquí a las emblemáticas bufonadas de Vladimiro y Estragón,
a la inclasificable pareja que conforman Pozzo y Lucky (un vínculo
amo-esclavo que luego se transforma), a ese enigmático Godot del título
que se niega a aparecer y que desde su ausencia mueve los hilos de
la espera y da sentido, o no, a la existencia, a esa región
planetaria con su árbol raquítico... Con un olímpico desprecio
por el teatro de ídeas, incluso por la misma trama argumental y la
psicología de los personajes, Beckett cambió la dramaturgia
de los tiempos por venir con este texto de enorme belleza. Como God
en inglés es Dios, la connotación religiosa estuvo el en primer
lugar de las interpretaciones, pero la espera es inherente a otras
categorías, incluídas por supuesto las sociales y políticas; sin
embargo, cuando alguien le preguntó que significaba Godot, dicen
que Beckett respondió que de haberlo sabido seguramente no
hubiera escrito la obra... No se piense, no obstante, que este es un
espectáculo para iniciados; hay testimonios en contrario de públicos
no entrenados en la visión teatral profundamente impactados: como
los presos de una carcel norteamericana (y si alguien conoce algo de
la espera ése es el recluso) o los alumnos secundarios de escuelas
del Gran Buenos Aires en funciones vespetinas de abono en el Teatro
San Martín, entregados de inmediatos al juego feroz del music hall
y la tragedia. La versión que finalmente llegó al espectador de
Rosario es sobria pero no por ello menos penetrante de esta pieza
singular; sin ninguna estridencia y sin exacerbar los aspectos lúdicos, Juan Carlos Lanza crea esa atmósfera onírica imprescindible
para el tránsito de los personajes. Fernando Olmos (Vladimiro) y
Daniel Beretta (Estragón) hacen un eficaz contrapunto, pero sin
perjuicio de esa relación recíproca y constante -es obvio que uno
no existe sin el otro- cada uno se permite una diferenciación hecha
de sutilezas. Rody Pavanetto domina bien la transición del despótico
y cruel Pozzo del primer acto al ciego del segundo que, es evidente,
se ha humanizado; Sergio Torale, a su vez, proyecta una inquietante
imagen de Lucky, con patéticos contornos; el elenco se completa con
dos breves y ajustadas intervenciones de Eduardo Prai. Resta decir
que esta digna versión de Godot enriquece la oferta teatral de
Rosario con una fórmula tan simple como infalible: buen texto,
buenos actores.
José Moset,
Diario La Capital, 5 de noviembre de 1992.
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