"EL VIGIA"

de Juan Carlos Lanza sobre textos de Michel de Ghelderode

Año 1996 / 1997 / 2000 || Grupo Vivencias

Año || 1996

Adaptación y dirección: Juan Carlos Lanza sobre textos de Michel de Ghelderode.

Estreno: Teatro Vivencias en el año 1996.

Elenco: Susana Arribillaga, Adrián Garnero, Leonel Giacometto, Daniela Ponte, Manuel Rodríguez Rubio y Karina Silvestre.

Iluminación, vestuario, escenografía, sonido y diseño gráfico: Grupo Vivencias.

Referencia: Hay en Michel de Ghelderode muchos aspectos sorprendentes. Entre otros, su aparición pública, ya no joven y una serie de obras de un tono poco usual en el teatro de lengua francesa merced a sus violentos contrastes. Se dio a conocer durante la temporada teatral 1946-47, con la súbita revelación de "Arriba Signor". Luego, año tras año, su producción fue ininterrumpida, haciéndose conocido en todo el mundo. Nacido en Ixelles, suburbio de Bruselas, el 3 de abril de 1898. Su infancia nos la relata el mismo en "Las entretiens D'Ostende"; fue solitaria, pero ya apuntaba en ella lo que después hubo tenido de extraño, misterioso y fuera de lo común. Su viejo maestro, Georges Eekhoud fue quien en 1916 le reveló los explendores del siglo de Shakespeare, juntamente con las riquezas del Siglo de Oro español. "Siempre he pensado -dice él mismo- que es menester esforzarse por situar plásticamente a las obras teatrales". Sin embargo la tardía aparación de Ghelderode no se debió a una causa fortuita. "Fastos de invierno", una de sus primeras obras, debió esperar más de veinte años para poder ser representada. No obstante, Ghelderode no trató de polemizar ni atacar siquiera. En todo caso, constantemente, sus caracteres están ligados por un denso hilo de relaciones que en el ánimo quedan siempre en suspenso hasta la caída del telón. Murió en 1962.

Año || 1997

Reposición: Sala de la Cooperación en el año 1997.

Elenco: Manuel Gaudi, Susana Arribillaga, Fernanda Molina, Leonel Giacometto y Daniela Ponte.

Iluminación, vestuario, escenografía, sonido y diseño gráfico: Grupo Vivencias.

Crítica: "El sábado pasado, después de las 23, unas cuarenta personas esperaban en el hall del la Sala Vivencias el comienzo de una función de teatro. Gente común; en su mayoría jóvenes que hablan de cualquier cosa pero sobre todo de teatro. Parece otro mundo, otra música. Hay calma. ¿La obra? El vigía, una adaptación de Juan Carlos Lanza de textos de Michel de Ghelderode, un reputado dramaturgo belga. El mismo Lanza dirige a los seis actores del grupo, que al cabo de 50 minutos lograron el caluroso aplauso del público. ¿Qué pasó en esos 50 minutos? ¿Qué méritos se le pueden atribuir al elenco? ¿Qué emociones, contradicciones o estímulos despertó la obra en los espectadores? Excepto la última pregunta, que no tiene -ni debe tener- posibilidad de respuesta, las otras son difíciles de contestar. Pero se puede hacer un intento. Bosquejar. En principio Vivencias, como símbolo del teatro independiente de la ciudad en la actualidad, bien podría calificarse como sala caleidoscopio, pues a un giro es tunel del tiempo, al siguiente la exacerbación de la realidad, al otro el continente de las utopías perdidas, y así. Después el nombre de Juan Carlos Lanza, asociado a épocas doradas de la escena local, ahora convertido en un auténtico Quijote que dirige a distintos grupos de actores en solitaria cruzada (el año pasado ofreció una particular versión de "Final de partida" de Samuel Beckett, y este año llevó a escena "Las sillas" de Eugene Ionesco). Ambos elementos, sala y director, suficientes para captar el interés de las personas que gustan del teatro rosarino. El vigía justifica ese interés, porque con demoledora sencillez de recursos (incluso en lo actoral) logra su cometido de atrapar la atención, de molestar, de dejar un mensaje, que por supuesto es único, simple y contundente. Los seis personajes permanecen en escena toda la obra. Cinco son viejos enfermos que tiemblan permanentemente mientras están erguidos, y tosen y se quejan cuando se acuestan en apestosos jergones. El sexto es El Vigía, un misterioso hombre que tiene la potestad de asomarse por la única ventana del ominoso espacio, al que define como "ratonera". El Vigía tiene en vilo a los viejos a través de la observación y el relato de los movimientos de alguien ("tal vez sea una sombra, dice una vieja") que agita el mundo exterior. En un momento se lo llama El Gran Macabro, pero todos saben que se trata de la muerte, y las distintas reacciones de los seis encerrados amenazados por igual, le dan el sentido intrínseco al libreto. El clima, que arranca cargado, se carga más durante el transcurso de los cincuenta minutos, y se hace más densa -si se permite la redundancia- la paradoja que expone el final: que la liberación en su más pleno sentido a veces llega junto con un dolor ajeno y mayor, una carga tan pesada que supera la capacidad de análisis. Una impensada y gigantesca gota de agua que vacía el vaso al caer. Allí radica el fenómeno de la fórmula Vivencias-Lanza-El Vigía, que a propósito de las señales extra-teatrales que emite, y a la vez sin tener conexión con ellas; con una concepción del hecho dramático que apunta a la unidad, al mismo tiempo que favorece y respeta la multiplicidad de visiones, logra que su producto final sea personal, efectivo y claro a la hora de expresarse".

Andrés Maguna, Diario La Capital, 5 de noviembre de 1996.

 

Año || 2000

Reposición: Teatro Vivencias en el año 2000.

Elenco: Maxi Fonseca, Adriana Osés, Gissela Guglielmetti, Susana Cavalieri, Roberto Nebreda y Adrián Moriconi.

Efectos Lumínicos: Oscar Argüello.

Vestuario y maquillaje: Grupo Vivencias.

Diseño gráfico: Carmen Retamero.

Escenografía y dirección general: Juan Carlos Lanza.

 

Referencia: A veces cómica. A veces dramática. Una visión grotesca de la realidad. Una mirada hacia aquellas instancias decisivas en la vida de las personas. El Vigía, la obra de Juan Carlos Lanza e interpretada por el grupo Vivencias, logra plasmar durante más de una llevadera hora, y a través de la sátira, la decadencia de los seres humanos. La obra, una adaptación del cuento El Extraño Jinete de Michel De Ghelderode, muestra a cinco ancianos marginales de la vida, casi como un fiel reflejo de lo que ocurre en la actualidad. Este hecho no está fundamentado en la decadencia que proviene por una determinada edad, sino en el deterioro en todo sentido físico y espiritual. Estos personajes se encuentran reunidos en un hospicio donde reciben la atención especial del vigía. Precisamente es el protagonista el cuidador del lugar y el tutor de los cinco ancianos. El lugar donde se desarrolla la obra -la escenografía por momentos intenta reflejar una vieja habitación y en otro se aplica el tradicional telón negro- tiene una sola ventana y el único que accede a ella es el vigía, a través de una tarima que es imposible de abordar por los cinco ancianos. Entonces el protagonista, como puede acceder a ella, les trasmite lo que pasa del otro lado de la ventana. Pero las visiones generalmente son cosas inventadas con el objetivo de proponer un juego de las distintas instancias que viven los habitantes del mundo exterior. Así se van relatando alegrías, esperanzas o tristezas del mundo contemporáneo. Los relatos y las interpretaciones se desarrollan en un plano de sátira o en un grotesco casi dramático, ya que no alcanza a ser algo totalmente dramático. Si bien los personajes reviven un plano real y concreto de una etapa no deseada de la vida -la cercanía de la muerte- la obra no expresa esos sentimientos a través de las superdramatización. De esta manera, todos los personajes están esperando la llegada de un visitante (El extraño jinete). Y esa llegada es descripta a través del guía, quien con su relato va descubriendo a lo largo de la obra de quien se trata, mientras va sometiendo a los personajes en un estado de expectativa. Finalmente se descubre que ese personaje que va ir al encuentro de los cinco ancianos es nada menos que la muerte. Lo más apreciable de esta instancia es que se logra reflejar a la muerte no como algo dramático, sino como un momento al que todos los seres humanos están condenados a atravesar, cualquiera fuera el estado espiritual. Precisamente, es El vigía quien relata el desenlace y analiza a la muerte a partir de un hecho concreto e inevitable en la vida de todo individuo. Por varios minutos, la obra de Juan Carlos Lanza logra plasmar a través de un correcto libreto una parte poco aceptada por los habitantes de esta sociedad. Esa en la que creemos manejar todas las instancias decisivas de la vida, pero que finalmente debemos aceptar que hay designios que no podemos controlar.

Fernando Gabrich, www.lanetro.com, 17 de junio de 2000