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Sala Independiente - Rosario - Santa Fe - Argentina
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de Carmen Retamero
Registro de la propiedad intelectual N° 419.396 D.N.D.A
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capítulo II -
III
-
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V -
VI
Capítulo I
Cuando bajé en la Terminal de
Rosario, eran recién las siete de la mañana. Fui a uno de los
barcitos más concurridos para desayunar porque aún escuchaba las
palabras de mi madre al despedirme:
-¡Insisto en que es una locura
que vayas sola! No hay seguridad para una chica del campo en una
ciudad grande
-¡Pero mamá, ni que fuera una
pajuerana! ¿Te olvidás las veces que viajamos con Rita por el país y
por el extranjero? Y nunca nos pasó nada.
-Es distinto -me dijo porfiada-
iban de a dos y con un itinerario. Ahora ni siquiera sabés por dónde
empezar.
Suspiré profundamente para evitar contestarle. Si le daba la mínima
oportunidad, se subiría al ómnibus conmigo y me estorbaría la
búsqueda en su afán de protegerme. Por eso, puse mi mejor cara de
hija obediente y recé su sarta de recomendaciones:
-Mamá: cuando llegue a Rosario
me pondré inmediatamente en contacto con Alberto. Si no lo
encuentro, buscaré a Juan. Dejo para lo último a Leo -la vi a punto
de interrumpirme- ¡sí, mami, aunque sea un pedante lo iré a ver si
no encuentro a los otros! -y antes de que pudiera abrir la boca:- y
nunca me quedaré en ningún sitio poco concurrido. Amén.
-Si viviera tu padre no serías
tan descarada y yo no estaría sufriendo por tu suerte -se lamentó.
La abracé amorosamente y la besé en las mejillas. ¡Mamita querida!
Tan joven todavía y aferrada al recuerdo de mi padre como el único
hombre posible en su vida. Me asió con fuerza y derramó las últimas
palabras de advertencia:
-Prometeme que si no encontrás a
los padres, buscarás al hermano. Y me llamarás todos los días.
-Te lo prometo, mami -dije
mientras subía al autobús.
La saludé desde la ventanilla hasta que el coche dobló y nos
perdimos de vista. Tenía cinco horas de viaje hasta Rosario porque
la empresa entraba en todos los pueblos que estaban a la vera de la
ruta; y tuve que salir a la madrugada gracias a la atención de un
amigo que trabaja en la estación del pueblo y me reservó un boleto
devuelto ya que no había más pasajes hasta la semana entrante. Yo no
hubiera podido esperar una semana más para comunicarme con Rita.
Telma, su madre, estaba desconsolada por la falta de noticias, y no
podía recurrir a su hijo Leo porque el estúpido muchacho había
cortado toda relación familiar cuando se fue a Rosario. Y si ahora
tenía una empresa importante y le iba bien económicamente, era
gracias a las joyas que se apropió la fatídica noche en que se peleó
con su padrastro. Dennis no hizo la denuncia a la policía por las
agresiones sufridas ni Telma por el robo de las alhajas, cosa que yo
nunca pude comprender. Rita no quiso hablar de ese incidente con
nadie y, siendo su mejor amiga, respeté ese deseo. Tenemos casi la
misma edad, nos conocemos desde siempre, fuimos a las mismas
escuelas y compartimos todas las experiencias propias de la niñez,
la adolescencia y la juventud. ¿Cómo podría permanecer impasible
ante su inexplicable ausencia? Si Dennis no estuviera de viaje, me
dijo Telma, no habría pedido mi colaboración. Pero faltaban dos
semanas para que regresara de Cuba adonde estaba por cuestiones de
negocios. La madre de Rita es una mujer de la edad de mamá y,
objetivamente, más hermosa. Se ve tan joven como su tercer marido,
al que le lleva siete años. Tiene unos modos tan seductores que
nadie se le resiste, y cuando me rogó que tratara de contactarme con
su hija, no pude negarme. Además, mi amiga estaba bastante taciturna
últimamente. Su carácter alegre se había ido apagando como su
interés por conservar su esbelta figura. Tenía tendencia a
rellenarse en lugares estratégicos, por lo que siempre la recordaba
cuidando su dieta. Desde que viajaba a Rosario para cursar
Administración de Empresas algo había cambiado. La sorprendí varias
veces comiendo alfajores y facturas con una especie de voracidad
desconocida para alguien que evitaba cuidadosamente los excesos. Yo
sospechaba que su ánimo estaba en relación directa con algún affaire
amoroso que no quería compartir ni con su mejor amiga, es decir, yo,
que haciendo gala de mi proverbial discreción nunca le pregunté
directamente qué pena sentimental estaba aumentando sus medidas y su
desaliño. Me arrepiento de ello.
Suspiré y observé las mesas a mi alrededor. Creo que todos teníamos
esa cara de no haber descansado bien. Saqué el espejo de la cartera
y miré la nariz brillosa y los ojos aturdidos de una mujer joven,
bien parecida según los parámetros en boga, el pelo dorado revuelto
que necesitaba un peine y la cara pálida que al menos merecía un
toque de color en los labios. Llamé al mozo que vino de inmediato
(se me daba por establecer excelentes relaciones con los mozos que
nunca se hacían esperar) y le pagué dejándole una generosa propina.
Después me dirigí al baño para borrar los restos de sueño de mi
rostro. Cuando salí eran las ocho menos cuarto y me volví a sentar
para tomar un café y planificar la pesquisa. Pero alteraría el
orden. Esperaría hasta las nueve y trataría de conectarme con Juan,
el primer marido de Telma y padre de Leo. Juan era un hombre muy
agradable a diferencia de su hijo, y si sabía de Rita seguramente me
lo diría o trataría de ayudarme. Consulté la agenda y ubiqué la
dirección en la guía de calles con la que siempre me manejo en los
lugares desconocidos. Cuando viajo, me gusta más trasladarme en
transportes públicos que en taxis o remises, pero ahora no había
tiempo para las veleidades del turismo. Tampoco quise llamar por
teléfono para no darle la oportunidad de hacerse negar (después de
tanto tiempo, vaya a saber si se acordaba de mí). La oficina estaba
en pleno centro y a las nueve y cuarto tomé un taxi para concretar
la primera etapa del plan. No había traído más que un bolso de mano
porque estimaba que en el mismo día encontraría a Rita y, o nos
volveríamos juntas, o estaríamos algunos días y sería la excusa
perfecta para renovar mi guardarropas. Llegué ante un edificio de
oficinas que tenía una pizarra apenas ingresar al hall con el
listado de todas las empresas que estaban instaladas en ese lugar.
Lo leí cuidadosamente y encontré que "Inmobiliaria Dumas" estaba en
el octavo piso oficina 813. Los ascensores estaban al fondo del
palier y cuando me acerqué a las puertas, saludé al portero que
estaba detrás del mostrador de un pequeño privado en el lateral
derecho. Bajé en el octavo piso y elegí caminar hacia la derecha
tomando nota de los números de oficinas. Tuve que volver porque
había optado por el lado equivocado y avancé más segura por la
izquierda hasta que enfrenté el número 813. La entrada estaba
cerrada con llave y golpeé dos veces. A través de los vidrios
difusos se perfiló una silueta que se agrandó hasta llegar a la
puerta y se materializó al abrirla. Quedé frente a un hombre joven,
de cuerpo atlético, elevada estatura y pelo oscuro que comenzaba a
formar pequeños golfos simétricos a los costados de su cabeza. Su
rostro era lejanamente familiar, pero no podía ubicarlo. El también
me miró con fijeza, frunciendo el entrecejo como si estuviera
haciendo un esfuerzo para recordar. Rompí el incómodo silencio:
-Busco al señor Dumas.
Juan, en bermudas y sandalias, se asomó desde una oficinita
interior. Estaba tan flaco como siempre, el pelo canoso y la sonrisa
cordial que lo caracterizaba. No tardó mucho en reconocerme. Abrió
los brazos al tiempo que decía:
-¡Pero si es mi bella Ana!
Pasé al costado del joven y me refugié en la cálida bienvenida, como
cuando era una niña y Juan venía todos los fines de semana a
llevarse a su hijo. Me dio un ruidoso beso en la mejilla y me apartó
para mirarme con detenimiento.
-Te has convertido en la
princesa que prometías -me dijo con cariño- ¿A qué debo el placer de
tu visita?
Antes de que pudiera contestar, escuché una voz a mis espaldas:
-Con que es la pequeña lechuza.
¿Adónde dejaste los ojos y los dientes?
Me volví ya segura de con quien me iba a encontrar. Leo, claro.
Desde que se había ido, hacía catorce años, en su casa no se lo
volvió a nombrar y se limpiaron todas sus fotografías. El desgarbado
adolescente que recordaba estaba bastante alejado del fornido hombre
que me miraba con sonrisa irónica y brazos cruzados. Seguía siendo
tan detestable como a los dieciséis años, cuando se burlaba de mis
toscos anteojos y me llamaba lechuza. Hacía diez años que me había
librado de ese oprobio gracias a las lentes de contacto. Lo miré con
el odio de mis once años martirizados de anteojos y prótesis
dentales que tan lejos me ubicaban de los doce sin defectos de Rita.
La perplejidad le hizo lanzar una carcajada que le iluminó el rostro
con un atractivo impropio de un individuo sin escrúpulos.
Le volví la espalda y respondí la pregunta de Juan:
-Estoy buscando a Rita. Hace dos
semanas que viajó a Rosario y una que no tenemos noticias. Telma
está preocupada como yo, así que vine a ubicarla. Pensé que podría
haberte contactado.
Juan me observó casi apenado.
-Hace años que no la veo,
querida. E ignoraba que estuviera en la ciudad.
Su declaración me sorprendió. Rita me había referido los encuentros
con su padre y su ex padrastro cada semana que venía a estudiar a la
ciudad. Antes de que pudiera reaccionar, intervino su hijo:
-¿De modo que mi querida madre
ya no cuenta con los servicios de su gigoló y te manda a investigar
por ella?
Apreté los labios para no contestarle. Después de todo su padre no
estaba obligado a presenciar nuestro ríspido debate. Juan dijo
conciliador:
-Te ayudaremos en todo lo que
podamos. Para empezar, ¿tenés alguna idea de dónde se alojó cuando
vino?
-Sí y no. Ella dejó la dirección
del Hotel Riviera al que llamamos cuando pasaron tres días sin
noticias. Allí nos dijeron que nunca había estado. Me pasé dos días
llamando a todos los hoteles y alojamientos de Rosario para
averiguar que no había parado en ninguno de ellos. Por último, pensé
que podía haberse quedado en la casa de alguno de ustedes.
-¿Y por qué no visitar primero
al padre? -intervino la voz aborrecida con indudable lógica.
-Porque primero quería cargarme
las pilas con la persona más amable que conozco -repuse sin darme
vuelta.
-¡Gracias... lechuza! No
olvidaré esta lisonja -la voz tenía un tono de burla regocijada.
-¡Me refiero a tu papá, idiota!
-el insulto brotó de mis labios tan incontenible como el giro que di
para fulminarlo con la mirada.
-¡Haya paz, niños! -la voz de
Juan sonó divertida y a continuación volvió a interesarse en mí:-
¿Qué te hace pensar que Rita venía a visitarme?
-Ella me lo dijo -expresé,
confundida.
-No sé por qué te mintió
-manifestó con extrañeza- pero sí creo que debieras ver a su padre.
¿Pensaste en ello?
Me sentí como una tonta ante padre e hijo, por lo que respondí con
desparpajo:
-Sí, pero no sé adonde vive -el
embuste me nació espontáneamente.
Juan se quedó pensativo y luego se dirigió a mi espalda, o sea, a su
hijo:
-Leo, yo debo esperar a la
señora García para mostrarle la casa de Funes. ¿Podrías acompañar a
Ana hasta lo de Alberto?
Se me pusieron los pelos de punta. ¿Qué había desencadenado al
alterar mis planes y la ulterior mentira? Rogué en silencio que el
antipático se negara, pero contestó con presteza:
-No hay problema -y me ofreció
su brazo con una sonrisa:- ¿Vamos?
Sin contestarle, le di un beso a Juan para agradecerle y enfilé
hacia la puerta. "Encontrar a Rita es la premisa", me repetí varias
veces mientras caminaba hacia el ascensor sin mirar atrás. Pulsé el
botón de llamada y me quedé observando el indicador luminoso. Cuando
la puerta se abrió, me metí hasta el fondo y recién me di vuelta. El
patán entró y se acomodó frente a mi, asido a las barandas laterales
de la caja. Estaba desagradablemente cerca como para que no me
perdiera su insoportable mueca sarcástica. Levanté altivamente la
cabeza -así me pareció- y miré hacia el techo mientras duró el
descenso. La máquina paró en la planta baja pero Leo siguió
cerrándome el camino. Traté de que mi mirada fuera interrogante, no
furiosa.
-¿Tregua? -dijo desprendiendo la
mano derecha de la baranda y ofreciéndomela.
Vacilé y lo escruté buscando cualquier atisbo de burla. Sus ojos
oscuros me miraron francamente y le tendí mi diestra sólo para poder
salir del ascensor. La sostuvo un momento con firmeza y luego la
llevó hasta sus labios sin dejar de mirarme. Fue un acto taimado que
me dejó boquiabierta y echando fuego por las mejillas. Rescaté mi
mano bruscamente y arremetí contra el impertinente que apenas pudo
apartarse para que no lo atropellara. Llegué tan rápido a la vereda
que tuve que esperarlo para saber cuál era el paso siguiente.
Acompasé la marcha a su andar parsimonioso que acompañaba con un
despreocupado silbido. Así caminamos media cuadra hasta llegar a una
playa de estacionamiento. Lo seguí hasta que abrió la puerta del
acompañante de un moderno auto de color té metalizado, y la sostuvo
sin dejar de silbar hasta que estuve acomodada. Dio la vuelta, se
sentó al volante y siguió con el fastidioso sonido hasta que llegó a
la ventanilla de pago. Allí abonó la estadía y bromeó con el
encargado para luego partir hacia la casa del padre de Rita.
-Alberto vive en Barrio Martin
-me dijo como si le hubiera preguntado.
-¡Ah!
-Tiene un duplex con vista al
río -siguió como si quisiera hacer una venta.
-Hum...
-¿Sabés lo que más me gusta de
vos? La charla tan encantadora.
Me hundí en el asiento haciendo caso omiso de su ironía. Entonces
volvió al silbido inaguantable. Preferí hablarle antes que exponerme
a una sordera prematura:
-No imaginaba que tuvieras trato
con tu padrastro -dije recordando su carácter díscolo.
Se sonrió sin apartar los ojos del frente. Al cabo de un tiempo, me
contestó:
-Tal vez eras muy chica para
recordar que sólo tuve problemas con Dennis. Con Alberto siempre nos
respetamos, y de vez en cuando nos vemos.
Me devané los sesos para continuar un diálogo potable porque sentía
que no tenía nada en común con este muchacho del presente.
-Nunca aceptaste sus criterios
de horarios -rememoré la música rockera que nos rompía los tímpanos
a la madrugada, cuando me quedaba a dormir en casa de Rita.
Soltó una carcajada alegre, seguramente de puro sadismo, al evocar
tiempos pasados.
-Todo eso terminó cuando accedió
a no ponerme de pupilo en el Colegio San José.
-¿Entonces no fue Rita la que te
convenció regalándote su bicicleta?
Rió más fuerte. Cuando se le pasó, repuso:
-Ese fue un beneficio adicional.
Vos sabés cuánto deseaba la bici de Juancho.
¡Ahora me acordaba! Apenas Rita se la regaló, hizo el cambio con su
compañero de rugby, que a la vez quería agasajar a su novia. De modo
que Rita se llevó una bronca bárbara cuando vio a Mimí paseándose
con su rodado. Mimí estaba adelantada dos años y había sido electa
reina de la escuela, competencia en la que Rita fue descalificada
cuando descubrieron que había falseado su edad. De no ser así,
seguramente habría ganado. Pero la revelación de Leo no hacía más
que rubricar sus inclinaciones delictivas. ¡Aprovecharse así de su
hermana! De su hermanastra, ¡bah!...
-Tendría que haberlo imaginado
-acoté al fin con acidez.
-Eran juegos de niños -comentó
con tono de nostalgia.
No me iba a enternecer. ¡Pensar que cuando cumplió los dieciséis
años, cuatro meses antes de su fuga, gasté todos mis ahorros para
comprarme el vestido de gasa blanca que iba a lucir en su fiesta!
Los recuerdos me llevaron por delante. ¿YO estaba prendada de ese
fatuo que no pudo contener la risa cuando aparecí perdida entre los
pliegues de mi adorado vestido, chuequeando con los estrenados tacos
altos, los labios pintados que resaltaban el metal de mis dientes y
los ojos delineados tras los gruesos cristales de los anteojos? No
pude contener una carcajada ante la evocación de mi lastimosa
figura. Y ahí fue que lo absolví, porque a la distancia, yo había
tenido su misma reacción. Él fue el desconcertado esta vez, a tal
punto que se volvió para mirarme y casi se pasa un semáforo en rojo.
Frenó de golpe y se quedó viendo cómo me abandonaba a la risa, con
una expresión de complacencia a pesar de que no entendía mi súbito
ataque. Arrancó antes de que pudiera hablar, entonces le aclaré:
-Me vino a la memoria tu cumple
de los dieciséis. ¿Te acordás cómo estaba vestida? -la risa me
acometió nuevamente.
Leo fue cuidadoso. No me acompañó en mi estallido. Me preguntó
suavemente:
-¿Todavía no me perdonaste?
-¡Ahora te perdoné! ¡No puedo
creer que me sintiera una diosa con tan ridículo atuendo! -afirmé
con naturalidad.
-Pero yo siempre lamenté que te
fueras llorando de la fiesta -dijo sinceramente, e inquirió:- ¿Nunca
te dijo tu mamá que me fui a disculpar esa misma noche?
-Mi mamá se indignó de que "un
mocoso ebrio", como te designó urbanamente, fuera a tocar timbre a
la cuatro de la mañana después de haber tenido que lidiar con su
desconsolada hija. ¿Así que después de todo tenías tu corazoncito?
pensé.
-Es verdad, estaba bastante
borracho pero me remordía la fuga de la lechucita, como te decía
cariñosamente en esa época aunque te molestara -y anticipando mi
protesta, agregó:- yo te veía como la mejor compañía que podía
desear para mi hermana, y no fue un acto de crueldad mi risa,
sino... ¡que me tomaste por sorpresa! -terminó contrito.
La conversación se terminó porque estacionó el coche frente a un
edificio de aspecto imponente, con balcones circulares de los que
pendían floridas enredaderas. Bajé antes de que diera la vuelta; yo
era una chica que se bastaba sola. Esperé a que cerrara el auto y lo
secundé hasta la entrada del condominio. Un guardia de seguridad
casi nos pide análisis de sangre para dejarnos pasar y admiré la
templanza con que Leo contestaba su interrogatorio. ¡Yo lo habría
mandado a la mierda! Al final, le pidió una contraseña que mi
acompañante murmuró junto al portero eléctrico, lo que pareció dejar
satisfecho al cancerbero. Con gesto pomposo abrió la puerta e hizo
una reverencia mientras pasábamos. Me volví varias veces para
admirar a semejante espécimen que no se encontraba por donde yo
vivía. Sólo cuando se cerró la puerta del ascensor, Leo se permitió
reír. Supongo que mi gesto de incredulidad acrecentó su diversión y,
como si deseara frenar una explosión de mi parte, se apresuró a
comentar:
-Has conocido a Renato, el rey
de los conserjes. Creo que lo trajeron del Agudo Ávila junto a su
sicosis para combinar con los consorcistas. Cada vez que vengo
agrega más preguntas antes de la consigna, por lo que estimo que
dentro de poco no recibirán más visitas.
Yo sabía que el Agudo Ávila era el loquero de la ciudad, por lo que
no pedí explicaciones. Bajamos en el décimo piso, que tenía su
entrada particular. Leo pulsó el timbre y la puerta se abrió de
inmediato. Era obvio que el portero nos había anunciado. Alberto
había engordado con el correr de los años y había perdido todo el
pelo, salvo unos mechones que ascendían desde el occipital para
adornar su frente. Vestía un kimono de seda y se veía sumamente
acalorado. Nos recibió con una efusividad que no le conocía:
-¡Leonardo, amigo! ¡Veo que por
fin me has traído una novia! ¡Y es encantadora! ¿Habrá boda pronto?
-y a continuación me tomó por los hombros y me zampó un estruendoso
beso en la mejilla.
-¡Más quisiera, Beto! -contestó
el caradura- Pero esta joven es Ana, la amiga de Rita, ¿te acordás?
-¡La lechucita! -proclamó Beto
mirándome con detenimiento- ¡Quién diría lo bonita que se pondría!
¿Mi ominoso pasado seguiría pisándome los talones? Le prodigué la
mueca de una sonrisa y miré la cara de Leo que exhibía una falsa
expresión de inocencia. Bajé la cabeza y pasé al interior del
departamento cuando el padre de Rita se hizo a un lado liberando la
entrada. A través de una amplia puerta vidriada atisbé un inesperado
fondo verde para un departamento ubicado en un décimo piso. Nos guió
hacia el jardín armado en la terraza y bordeado de lajas que
resguardaban el acceso a los ambientes interiores. Césped, árboles,
arbustos floridos, pileta de natación alimentada por una cascada
artificial y un quincho cubierto para que la lluvia no malograra
ningún asado. Una pérgola circular techada de enredaderas
resguardaba del sol las amplias reposeras desparramadas sobre el
camino de lajas y una mesa de hierro labrado y tapa de mármol blanco
con varios sillones acolchados.
-¡Pónganse cómodos! -dijo, y a
continuación gritó:- ¡María, María...!
Una mujer madura y de aspecto severo respondió a los gritos:
-¿Señor? -y reparando en
nosotros, saludó:- Tengan ustedes buenos días.
-¡Buenos días! -respondimos Leo
y yo a coro.
-María, haga el favor de traer
un refresco para mis invitados -pidió Alberto cortesmente.
La mujer puso los brazos en jarras y le espetó:
-¡Decídase, señor! ¡O le arreglo
la casa o le hago de mozo!
Su patrón la miró fijamente e hizo un gesto para despedirla. Ella se
volvió con brío al interior de la casa. Alberto nos dijo en tono de
confidencia:
-Si no fuera tan prepotente
sería una mujer excelente. ¡No hay quien limpie como ella! Pero
cuando cumple una función, no le pidan que haga otra. En fin... yo
les traeré el refresco.
Leo y yo le juramos que no apetecíamos nada, lo que pareció
aliviarlo pues inmediatamente se sentó.
-Alberto, -le dije- he venido a
buscar a Rita y espero que usted pueda decirme dónde está.
-¿Esa hija desamorada? Hace
meses que no tengo noticias de ella -refunfuñó.
Me volví hacia Leo desolada. Él me apretó el brazo y se hizo cargo
del interrogatorio:
-Beto, es importante que nos des
una pista de su paradero. ¿Cuándo fue la última vez que la viste?
El padre de Rita reaccionó y preguntó alarmado:
-¿Le pasó algo a mi nena?
-Por ahora sólo queremos
ubicarla. Hace tres semanas que vino a Rosario y no sabemos en donde
se aloja. La última vez que la viste, ¿adónde paró? -insistió Leo.
-En el Riviera, me dijo. Y
aunque yo le insistí que se quedara aquí, me dijo algo de horarios y
distancia a la Facultad... Que no le convenía, me dijo -repitió por
tercera vez.
Leo se paró y me tendió la mano para ayudarme. ¡Lo bien que hizo! El
desaliento se había filtrado por mi cuerpo y transformado mis
piernas en gelatina. Me hubiese caído si mi antiguo enemigo no me
hubiera sostenido. Por un momento tuve el impulso loco de echarle
los brazos al cuello y llorar hasta el cansancio, pero invoqué a mi
rencorosa niña interior y logré reponerme y soltarme de su brazo.
-¡Avísenme tanto como si la
encuentran como si no! -nos urgió Alberto mientras subíamos al
ascensor.
-Te mantendremos al tanto
-prometió Leo.
Capítulo II
Bajamos en silencio. La mirada
atenta de mi acompañante reflejaba preocupación por mi
desfallecimiento anterior. Mi mente era un caos donde las vivencias
del pasado intentaban superponerse a este presente precario y lleno
de inseguridades. Como dice mamá, mi cara es demasiado expresiva
para jugar al póker, así que el guardia se apresuró a abrir la
puerta sin proferir comentarios.
-Vamos a buscar a papá y a comer
algo. Te vendrá bien -dijo Leo cuando subimos al auto.
-¡No voy a comer hasta que
encuentre a Rita! -le contesté.
Se limitó a manejar sin responderme. Me hubiera venido bien una
pelea con ese tonto para descargar la angustia que me arañaba la
garganta. Estacionó el coche frente al edificio y, mientras iba en
busca de su padre, me dejó en garantía de que zafaría a una boleta
de estacionamiento. Cuando el zorro gris se acercó, en lugar de
hacer valer mi encanto de rubia le saqué la lengua. Esta conducta lo
desconcertó y sacó inmediatamente el talonario de multas que llenó
sin mirarme y dejó debajo del limpiaparabrisas. Tuve un momento de
malsana alegría cuando Leo la retiró y tras observarme con reproche,
hizo un bollo y la arrojó a la calle. Juan, que no se perdía
detalle, revolvió mi pelo con una sonrisa y subió al asiento
trasero.
A pesar de mi declaración, no me negué a entrar al restaurante. Eran
las dos de la tarde y mi última comida sustanciosa databa de las
veintidós horas del día anterior. Leo sostuvo la puerta para que
entráramos su padre y yo. Pasé a su lado y mi mirada desafiante se
licuó en la chispa burlona de sus ojos. Nos sentamos al lado de un
ventanal con vista al Monumento a la Bandera y al Parque que lo
rodeaba, espectáculo sedante para mis desquiciadas neuronas.
Juan, que se había sentado frente a su hijo y a mí, abrió la
conversación:
-¿Me contarán lo que
averiguaron?
-Que Beto tampoco ha visto a
Rita -resumió Leo escuetamente.
Su padre observó mi conmoción y manifestó con afecto:
-Debieras pegar la vuelta y
dejar que Leo y yo nos ocupemos de localizar a Rita.
-¡No! No me iría tranquila sin
saber de ella. Me voy a quedar hasta encontrarla.
-Entonces vendrás a casa
-dictaminó Juan categórico.
Empecé a protestar que no quería molestar, que me alojaría en un
hotel, que me mantendría en contacto, pero fue inflexible.
-¡Insisto! La propiedad es
espaciosa y nosotros estaremos más tranquilos sabiendo adónde estás,
¿no es cierto, Leo?
-Totalmente de acuerdo -asintió
con seriedad el nombrado.
Me resigné con alivio. La presencia de los dos hombres era
recorfontante y la tarea que me esperaba sería más llevadera con su
colaboración. La comida me cambió el humor y recuperé la esperanza.
Como no sabía cuánto tiempo me quedaría, decidí armarme un vestuario
mínimo y acordé con Juan y con Leo encontrarlos en la oficina antes
de las veinte horas para partir rumbo a su casa. Mientras hacía las
compras no dejé de pensar en Rita. Rosario era grande, pero en el
centro tropezaban todos. Corrí tres veces detrás de mujeres creyendo
reconocer a mi amiga, pero me llevé tres chascos. Al fin, molida y
desencantada, me reuní con mis protectores a las veinte y treinta.
Los dos estaban a la entrada del edificio y Leo fue el primero que
me vio. Me salió al paso y mientras me alivianaba de las bolsas, me
reprendió:
-¿Adónde te habías metido? ¿No
quedamos en encontrarnos antes de las veinte?
Miré su rostro alterado y la respuesta hiriente que tenía a flor de
boca, quedó sofocada por la intervención de Juan:
-Disculpalo, querida. Se puso
como loco pensando que también habías desaparecido. Todavía no
conoce los tiempos de las mujeres en tren de compras.
Leo se dirigió a la cochera con los labios apretados. Yo lo miré a
Juan interrogante, pero él movió la cabeza con una sonrisa. Entonces
supe que todo estaba bien. Leo estacionó el auto y su padre me
señaló con un gesto la puerta abierta del asiento delantero. Me
sonreí y dije en voz alta:
-Gracias, Juan. Pero creo que el
conductor está enfadado conmigo y no sería la compañía indicada. Voy
atrás.
Estiré la mano para abrir la puerta trasera y Leo se volvió
velozmente para trabarla. Nos quedamos mirándonos hasta que me
largué a reír y subí por la puerta que me había franqueado el
muchacho iracundo. Me acomodé a su lado y lo miré todavía riendo
hasta que su extraña mirada me dio un poco de miedo. Su gravedad no
era de enojo porque sus facciones estaban distendidas, pero me
contemplaba como si me viera por primera vez. Giré suavemente la
cabeza hacia el frente para ocultar mi turbación y me abandoné sobre
el respaldo. Vislumbré por el rabillo del ojo al inquietante Leo
todavía vuelto hacia mí, hasta que se enderezó y puso en marcha el
motor. Creí escuchar un suspiro de distensión desde el asiento
trasero. Hicimos el viaje charlando con cordialidad. Juan me informó
que vivían en Fisherton y que volviendo temprano estaban a veinte
minutos del centro. Me sentí un poco culpable porque el tránsito
estaba complicado y seguramente tardaríamos más en llegar. El
cansancio me provocó un sopor irresistible dentro del cual se
diluyeron las voces de los hombres y el ronroneo del motor. Unas
suaves sacudidas me volvieron a la vigilia. Abrí los ojos y comprobé
que estaba reclinada sobre el hombro de Leo.
-¡Aquí la tierra! -me dijo
divertido- ¿podrás bajar por tu cuenta o tendré que cargarte?
Esta amenaza bastó para despabilarme. Me erguí sobre el asiento y
bajé con dignidad cuando Leo abrió la portezuela. Que haya metido el
pié en un pozo no fue culpa del sueño sino de la oscuridad y, según
me enteré después, de la maldita desidia de los vecinos que no
cumplieron con su obligación. De modo que caí como una bolsa de
papas y cuando me levanté ya tenía el tobillo hinchado. No acepté
que me cargara sino el apoyo de su brazo para entrar saltando
absurdamente en una pata. Juan, que había ingresado primero, miró la
escena perplejo hasta que me desplomé en un sillón.
-¿Qué pasó? -le preguntó a mi
escolta.
-Que los Torres no acabaron de
rellenar los huecos que hizo su perro -le contestó, y luego se
agachó para revisar mi tobillo.
-No parece haber ninguna
fractura. Quedate sentada mientras busco hielo y algún calmante -me
dijo, y desapareció.
-No pienso moverme de este lugar
-respondí dolorida al ausente.
Juan miró mi tobillo y puso cara de circunstancia. ¡Yo no necesitaba
ésto! ¡Y precisamente ahora que debía conservar mi integridad física
para la acción!
Leo trajo prontamente el hielo y lo aseguró a mi tobillo.
-Mientras organizamos la cena
dejá que haga efecto el frío, y después de comer te vas a tomar un
calmante para descansar -su tono no admitía réplica.
Nuevamente desmoralizada, me encogí de hombros. Durante la espera me
distraje inspeccionando la habitación adonde reposaba. Era un
ambiente amplio y acogedor. Sillones mullidos, hogar, una mesa
ratona, una gran biblioteca, televisor de pantalla plana, equipo de
música, bar y ventanales hacia la calle y al costado de un jardín
iluminado por columnas coronadas de farolas redondas. Pensé,
amargada, que me hubiera gustado husmear por toda la casa y el fondo
si no hubiera tenido el estúpido accidente.
Leo me sacó de mi abstracción. Me ofreció el brazo y volví a mi
oficio de canguro hasta acomodarme en la mesa de la cocina. El
cuarto daba a los fondos de la casa y por la ventana pude distinguir
que estaba profusamente arbolado. La cena fue liviana y me tomé el
calmante bajo la atenta mirada de mi enfermero.
-Los cuartos están arriba -me
advirtió, y luego invocó mi sentido común:- si mañana querés que los
dos caminemos, accederás a no saltar por la escalera.
Evalué su propuesta y luego, como niña obediente, tendí los brazos
para que me levantara. Lo hizo sin esfuerzo y caminó hacia la
escalera. Estar en brazos de un hombre con el que no se tiene
intimidad, es embarazoso. Una no sabe cómo acomodarse. Hasta que no
me depositó sobre la cama del dormitorio, creo que la rigidez había
aumentado mi peso en forma considerable.
-Ya vuelvo -dijo.
Mis pertenencias estaban acomodadas sobre la otra cama y llamé a mi
ingenio queriendo llegar hasta el camisón que había comprado. Se lo
tendría que pedir a Leo. Como si lo hubiera invocado con el
pensamiento, apareció. Traía una venda elástica y un ungüento.
-Se te desinchó bastante -me
comunicó mientras me friccionaba con la crema para que absorbiera.
Después me colocó la venda con singular maestría. Me dolía poco y
sentía el tobillo casi normal.
-¿Adónde aprendiste estas artes
de enfermero? -pregunté con curiosidad.
-En los cursos de primeros
auxilios cuando practicaba rugby -respondió- ¿Te sentís aliviada?
-Mucho, gracias. Antes de irte,
¿me alcanzás esa bolsa plateada?
Se dirigió hacia la otra cama y me dio lo que había pedido. Yo
aguardaba que saliera, pero se quedó curioseando lo que hacía.
-¿Qué esperás? -le solté con
descortesía.
-Que saqués el camisón para
volver la bolsa a la cama -me contestó amablemente.
-¿Y cómo sabés que es un
camisón? -la pregunta sonó como una acusación.
-Las mujeres usan habitualmente
esa prenda para dormir -dijo imperturbable- y si así no fuera,
debieras pedir una bolsa sin referencias.
Leí: "Sexdream - El camisón que buscabas". ¡Por favor! Ni siquiera
me fijé en el nombre del local. Me atrajeron los modelos y los
colores. ¡Sexdream! Totalmente cursi. Saqué la prenda y le tendí la
bolsa. La tomó con una sonrisa de winner -para combinar con
"Sexdream"-, la puso en su lugar, y se volvió con la misma sonrisa:
-¿Necesitás ayuda?
-No, gracias. Ya podés irte.
-Buenas noches, entonces.
Lo despedí con un gesto soberano. Se fue riendo y cerró la puerta
tras él. Hice algunas contorsiones para desprenderme de los
pantalones y por fin me calcé el camisón. Me había fascinado la seda
dorada combinada con encaje beige que lo hacía harto sugestivo. A mi
izquierda había un tocador con un bello espejo rectangular que
reflejaba mi figura tendida. Ensayé algunas poses de diva con la
cabeza ladeada, el pelo colgando y una sonrisa tonta hasta que me
cansé y me acomodé para dormir. El sueño me atrapó entre
pensamientos caóticos sobre este día loco.
Rita lloraba porque había rendido mal las materias y yo le regalaba
mi camisón para consolarla mientras mamá y la abuela exploraban una
casa que les mostraba Leo al tiempo que les hacía señas a Beto y a
su empleada para que se ocultaran. Yo lo perseguía en cámara lenta
para regañarlo por su conducta entretanto huía del médico que me
quería poner un yeso. De pronto, Juan me interceptó y me puso las
manos sobre los hombros para detenerme. Repetía mi nombre con una
voz que parecía venir de lejos:
-¡Ana..., Anita..., Ana...!
-¿Eh...? -abrí los ojos y me
encontré en una cama que no era la mía y con el rostro afable de
Juan.
-¡Buen día, querida! Lamento
despertarte pero dentro de un rato salimos para el centro. Abajo te
espera el desayuno. Si necesitás ayuda para bajar...
-Gracias, Juan -le sonreí-
enseguida estaré lista.
Apenas cerró la puerta moví cuidadosamente el pié y pude comprobar
que no me dolía. Me higienicé, me vestí en tiempo record y me reuní
con Juan. Tomándome del pasamano pude bajar sin ayuda hasta la
iluminada cocina donde esperaban Leo y el desayuno.
-¡Buen día! -dije con una
sonrisa mientras increpaba a mi estómago que gruñía tratando de
hacerse con las medialunas.
-¡Hola, lech... Ana! -contestó
Leo demostrando una admirable celeridad para reparar errores, y
siguió:- veo que podés caminar bien.
-Sí. Por ahora no haré ninguna
demanda al perro. Y gracias por tus servicios profesionales.
-...Que no dejaste que
terminara... -dijo intencionadamente.
Me senté sin contestar y comimos el sustancioso desayuno.
-¿Cuáles son tus planes? -me
preguntó Juan.
-Primero voy a llamar a mamá
antes que pida a gendarmería que me entren a buscar. Después voy a
ir a la Facultad para ver si obtengo alguna pista de Rita. A
continuación me voy a llegar hasta el hotel Riviera adonde paró en
otros viajes. Alguien la recordará y podrá darme algún detalle que
me ayude a ubicarla. Y si no obtengo ningún resultado, me colgaré
una piedra del cuello y me tiraré al río -todo esto dicho mientras
sorbía mi segunda taza de café.
-Antes de tomar tan drástica
decisión, vení a buscarnos a la oficina para comer tu último
almuerzo -aportó Leo insensiblemente.
Le hice una mueca y me levanté de la mesa. Mi pié me aguantó bien y
las zapatillas sostuvieron la venda en su lugar. Salimos a un
espléndido día de otoño que contrastaba con el calor del día
anterior. Mientras viajábamos hacia la Facultad saqué el celular y
le hablé a mi madre:
-¡Hola, ma...!
-...
¡No pude! No tenía un teléfono a
mano.
-...
-Se acabó la carga de mi
celular...
-...
-Quedate tranquila. Estoy
parando en la casa de Juan.
-...
¡No, no tienen teléfono fijo ni
celular!
-...
-¿Quiénes... ? Juan y Leo,
obviamente -Leo me miraba sonriendo como un fauno mientras yo me
enredaba cada vez más con la conversación.
-¡Te lo juro! No lo digo para
tranquilizarte -y antes de que pudiera agregar más:- Ahora me tengo
que bajar del auto. Esta noche te llamo. Te quiero, mamacita -y
corté la comunicación apagando seguidamente el teléfono. Mi índice
enhiesto le advirtió al muchacho latoso que los comentarios
sobraban. Me dejaron en la Facultad después de convenir que los
pasaría a buscar por el local.
-¡No caminés demasiado! -me
advirtió Leo- Manejate en taxi.
Hice un gesto de asentimiento e ingresé a la alta casa de estudios.
Preguntando llegué a Secretaría adonde un granujiento empleado se
afanó buscando señas de Rita. Cuando hizo de goma la base de datos y
no apareció mi amiga ni por apellido, documento, nombre, carrera,
año de ingreso, fecha de nacimiento, me dí por vencida y acepté que
nunca había pasado por esa Facultad. "Y por ninguna", me dijo el
empleado. "Porque los datos están cruzados con los de todas las
universidades de Rosario". Le eché una mirada vacía y me volví sin
agradecerle pensando que sería en vano permanecer en un sitio donde
nadie la había llegado a conocer. Me quedé parada en la calle
rumiando la revelación. Después de un rato busqué una parada de
taxis para ir a mi segundo destino. ¿Me habría llamado desde ese
lugar o habría fraguado las comunicaciones? ¡No, no puedo creerlo!
¿Con qué intención? ¿Por qué inventó lo de la carrera? Y yo que la
alenté cada vez que tenía que ir a rendir... ¡Lo que se habrá reído!
¡Pero qué estoy pensando! Rita es mi mejor amiga y su comportamiento
tiene que tener alguna explicación... Bajé frente al Riviera
deteniendo mis pensamientos. Un amable conserje me atendió.
-¿La señorita Rita Acosta?
Déjeme ver -se volvió hacia la P.C. y manejó el mousse con pericia-
La última vez que se alojó aquí fue en enero.
Respiré más relajada. Coincidía con el viaje que hizo para averiguar
la fecha de las inexistentes mesas de examen.
-Tenía que rendir dos materias.
¿Por qué cree que no se hospedó en este hotel? ¿Tuvo algún problema?
-pregunté buscando una explicación.
-Ella no. Pero sí su acompañante
-dijo en tono confidencial.
Obligué a mi rostro a que no trasluciera mi sorpresa. Dije en tono
casual:
-¿Estaría con su ex marido o su
novio actual? Casi estaba a punto de reconciliarse -agregué también
yo confidencialmente.
-Bueno, el hombre se apellida...
¡Pérez! -dijo triunfalmente cuando lo ubicó en la computadora.
Pérez no me decía más que era un apellido inventado. Traté de que me
diera la descripción:
-¿Era morocho, joven...? -lo
incité a que prosiguiera.
-No. Era castaño. Y joven. Y de
mal carácter, por cierto. Se enojó mucho cuando el conserje nocturno
le pasó una llamada ignorando que había dejado orden de comunicar
que no había nadie en la habitación.
-¡Ah! -dije como si entendiera-
estaba con su ex marido. ¿La escuchó nombrarlo alguna vez?
-¡No. no! Nunca se hablaban.
Ella lucía siempre muy nerviosa, como temiendo que alguien la
reconociera. Tal vez su novio, ¿no cree? -dijo en tono intimista.
-Gracias por su información
-dije, queriendo salir corriendo de ese lugar.
Afuera, o el tiempo se había puesto más caluroso o era yo la que
estaba sofocada por los increíbles descubrimientos de esa mañana.
Como no tenía deseos de colgar una piedra de mi cuello, busqué en mi
agenda el último recurso que no había confiado a mis anfitriones: el
teléfono de una amiga que Rita había hecho en Rosario. Antes de
llamarla, entré en un barcito que anunciaba tener aire
acondicionado. Pedí una botella de agua mineral bien fría y marqué
el número. A pesar de que eran las diez de la mañana, me atendió una
voz adormilada.
-¿Lidia? -pregunté a la voz
pastosa.
-Sí. ¿Quién habla?
-Mi nombre es Ana y soy amiga de
Rita, ¿la ubicás?
Se hizo un silencio. Luego me respondió:
-Sí. ¿En qué te puedo ayudar?
-Estoy de paso en la ciudad pero
no sé dónde buscar a Rita para darle un recado de su madre. Pensé
que podrías saber dónde está.
De nuevo el silencio.
-Lo siento. Hace más de dos
meses que no la veo.
Busqué desesperadamente un argumento que me permitiera entrevistarme
con ella. Estaba segura de que sabía sobre la pareja de Rita.
-Lo mismo me gustaría verte,
Lidia. También tengo un obsequio que Rita me confió para vos y que
olvidé traer el mes pasado.
-Dentro de un rato bajaré a
desayunar. Si querés, nos encontramos en el bar de enfrente de mi
casa.
Asentí y le pedí la dirección. Antes de tomar un taxi entré en un
minimarket y compré un bolsito bordado en piedras de colores para
justificar mi fábula del regalo. Cuando llegué al bar no había más
que dos mesas ocupadas por sendos lectores de periódicos, por lo que
pedí otra agua mineral y me dediqué a vigilar la puerta. ¡Así que yo
no estaba equivocada cuando atribuía el cambio de Rita a un asunto
amoroso! ¿Pero no era demasiado recelo el suyo considerando nuestra
amistad y mi discreción? Ella me conocía lo suficiente como para
saber que no cuadraba con mi personalidad el juzgar a la gente,
salvo -para ser plenamente veraz- a su hermanastro. ¿Por qué me
escocía a través de tantos años el recuerdo de la conducta impropia
de este muchacho cuando ni su familia la recordaba? ¿Será porque...?
Mi monólogo interior se truncó al abrirse la puerta del barcito por
la que ingresó una joven con aspecto de... yiro, diría mi abuela
Antonia. Estaba vestida de negro. Una falda corta y ajustada por
donde asomaban dos esbeltas piernas enfundadas en medias negras
caladas y montadas en altísimos zapatones con incrustaciones de
cocodrilo; una blusa desabotonada debajo de un chaleco con tachas, y
toda parte libre de su anatomía adornada por collares, pulseras,
anillos, aros y tobillera plateados. El enorme reloj pulsera
descollaba en su delgada muñeca como el cargado maquillaje en su
rostro a esa hora del día. Cuando echó una mirada a su alrededor,
presumí que me estaba buscando. Le hice una seña visible desde la
mesa, hacia la cual cargó con determinación.
-¿Lidia? -le pregunté apenas se
acercó sin dejarme perturbar por sus largas uñas esmaltadas de...
negro.
-Vos sos Ana, supongo -respondió
corriendo una silla y acomodándose.
-Así es -le contesté, sin
discernir si saludarla con el consabido beso en la mejilla o no.
Daba la sensación de que no.
-¡Colo! -gritó hacia el muchacho
pelirrojo que atendía las mesas- ¡Traeme el desayuno con tres
medialunas!
A mí ni siquiera me preguntó si quería acompañarla. ¡Rara amistad la
que había hecho Rita! No encajaba con sus afinidades de antaño. Pero
era innegable que todo había cambiado y cuanto antes me
acostumbrara, mejor. Saqué el regalo de la bolsa (gracias a Dios
venía bien envuelto porque no era compatible con su perspectiva del
color) y se lo entregué:
-Esto te lo manda Rita -dije
rogando que no lo abriera.
-Gracias -lo guardó dentro de su
inmenso bolso sin mirarlo y me observó con apatía.
¿Cómo podría simpatizar con esta
mujer y lograr un buen feedback? En general, yo era muy sociable y
no me costaba esfuerzo familiarizarme con cualquiera. Empecé por
alabar su atuendo:
-¡Me encantan tus zapatos,
Lidia! Deben ser muy cómodos.
-No. Pero me gustan.
-¿Adónde compraste el bolso?
Necesito uno que tenga esa capacidad -seguí sin achicarme.
-Me lo regalaron.
-¡Qué lástima...! Digo. Porque
no sabrás de dónde es.
Me lanzó otra mirada estólida.
-¿Estudiaban juntas?
-Que yo sepa, Rita no estudiaba
nada.
¿Qué otra estupidez tendría que
vomitar a continuación?
-Para serte franca, Lidia, lo
que quiero saber es con quién y dónde está Rita -dije sin
eufemismos.
-¿Sos su mejor amiga y no sabés
con quién anda? -se permitió sonreir.
-No -contesté con fastidio.
El Colo llegó con el desayuno y me preguntó con amabilidad si
deseaba algo. Le agradecí y le dije que no. Lidia empezó a comer con
apetito mientras yo la esperaba con aparente tolerancia. Cuando
terminó, volvió a dirigirme la palabra:
-No te voy a contar nada sin su
aprobación. Por algo será que no confió en vos.
Sentí que la bronca me invadía. ¿Cómo se arrogaba esta infeliz el
derecho a desconfiar de mí? El barómetro de mi cara la inquietó y se
apresuró a manifestar:
-Te propongo que nos encontremos
aquí mañana al mediodía. Después que hable con ella sabré qué
decirte -declaró, echando abajo su aseveración de que hacía meses
que no la veía.
-Si me das el teléfono o la
dirección te ahorrarás la molestia -le propuse contrariando toda
lógica.
Se levantó y repitió:
-Mañana -y se fue sin pagar la
cuenta.
Llamé al mozo sumida en una sensación de fracaso y humillación. No
por la cuenta, ciertamente. Sino por no haber podido moderar mi
carácter en pos de un entendimiento que me hubiera revelado el
paradero de mi amiga. Pagué y miré la hora. Faltaban casi dos para
reunirme con Juan y con Leo y estaba absolutamente pinchada. Salí
con el ánimo de volver caminando hasta agotar mi desaliento cuando
me acordé del esguince. Tenía que hacer tiempo hasta el mediodía y
necesitaba compartir esta maraña con alguien (¿Leo?) que fuera
criterioso y de paso me consolara un poco. Mamá no. Porque se
pondría tan loca con mis andanzas que debería soportar su ansiedad
amén de la mía. Entonces... ¡Mi abuela Antonia! ¡Definitivamente!
Entré a un locutorio que había en la cuadra y me instalé en una
cabina para hablar con ella.
Capítulo III
El teléfono sonó más de diez
veces mientras yo lanzaba desesperados eseoeses mentales para que
atendiera. Cuando lo hizo, algo de su habitual serenidad se infiltró
en mi calenturienta mollera:
-¿Diga?
-¡Antonia! Soy Ana, tu nieta
preferida -esta broma perduraba desde mi niñez cuando me aludía así,
siendo que soy su única nieta.
-¡Ana querida! Me dijo Belén que
viajaste a Rosario y lo preocupada que está. Tené compasión de tu
anciana abuela y llamala de vez en cuando para que no me persiga con
sus delirios... -su voz clara y risueña no concordaba con su
manifiesto reconocimiento de vejez.
-Abuela, cuando vuelva aclamaré
tu juventud, pero en este momento necesito que me escuchés -le dije
de un tirón.
-Contame -me invitó sin
ambigüedad.
Traté de ser concisa y ordenada en el relato sin incluir mi juicio
personal para que ella pudiera evaluar los acontecimientos
objetivamente. Su buena memoria le permitió escucharme sin
interrupciones. Cuando terminé de contarle el encuentro con Lidia,
me tomé un respiro y esperé su opinión. Lo primero que dijo me
desconcertó:
-¿Así que volviste a encontrar
al amor de tu niñez?
-¿De qué hablás, Antonia?
-modulé incómoda.
-De Leo. Pero ahora que me
acuerdo, lo odiás -pausa- A ver si entendí. Hace dos semanas que
Rita fue a Rosario a rendir materias de una carrera que no está
cursando, nunca se comunicó con su padrastro, no apareció por casa
de su padre, no se alojó en el hotel de siempre, estuvo acompañada
de un hombre joven, hizo una amistad desacostumbrada y, lo más
llamativo, le ocultó todo esto a su mejor amiga. ¿Voy bien? -el
recuento había sido hecho rápida y acertadamente.
-Más que bien, Antonia. ¿Qué
pensás?
-Lo que voy a decirte no te va a
gustar. Lo de mejor amiga, corre por tu cuenta. Rita no se escapa de
las generales de su madre que todo lo mide por conveniencia. Cuando
le interesó tu amistad, la usó. Después, evidentemente, le convino
el ocultamiento.
Yo trataba de digerir las crudas palabras de mi abuela. No podía
aceptar la insensibilidad de Rita. Y si así fuera, ¿por qué no me
previno? Eso fue lo que le dije:
-¿Por qué no me avisaste,
abuela? -mi tono era de reproche.
-Porque no lo hubieras aceptado
hasta este preciso instante. Algunas veces hay que golpearse contra
las paredes para evitarlas. Pero no te apenes, que su conducta no
depende de tus cualidades humanas que las tenés en abundancia,
gracias al cielo -trató de confortarme.
Mis apreciaciones sobre la vida estaban siendo duramente
cuestionadas. No había mejor amiga ni abuela colchón que me
protegiera de las equivocaciones. Mi lengua yacía laxa despojada de
la facultad de moverse, por lo que Antonia retomó la palabra:
-Anita... No sé en qué anda
Rita, pero seguro que no hay motivo para alarmarse. No te conviene
romper la conexión con la supuesta amiga hasta que te lleve hasta
ella o compruebes que te mintió. Pero te encarezco que mañana no
vayas sola. Pedile a Leo que te acompañe.
-¿Por qué a Leo y no a Juan? -le
dije disgustada.
-Porque te vas a entender más
con un joven que con un viejo, y porque si se presentan
complicaciones está más calificado para defenderte.
-¡Escuchate como hablás!
Pareciera que estoy sumergida en una serie policial... -le contesté
sorprendida.
-Prometémelo. Y llamame tan
pronto termine la reunión. ¡No me hagas rivalizar con mamá Belén!
-pidió con una ansiedad desconocida en ella.
Reflexioné que lo que menos quería era intranquilizar a mi abuela,
de modo que respondí:
-Está bien, Antonia. Iré con Leo
y te volveré a llamar mañana -Hice una pausa- ¿Así que mi percepción
de los afectos estaba totalmente distorsionada? -murmuré afligida.
-¡Con respecto a Rita solamente,
corazón! No hay nada que pueda cambiar el amor que tu madre y yo te
tenemos - declaró con fanatismo.
-Te creo, abuela. Yo las amo de
igual manera. Te mando un beso y mañana te hablo. ¡Ah! Si le vas a
decir algo a mamá, evitate problemas -le advertí.
-Dejalo por mi cuenta. Y
cuidate, tesoro.
Colgué y una nueva Ana salió de la cabina. Estaba tan triste como si
mi mejor amiga hubiera muerto. Pero no cejaría hasta encontrar su
tumba, me comprometí. Era tiempo de volver con padre e hijo conque
subí a un taxi y fui a buscarlos. Mi rostro melancólico impresionó a
los dos hombres que se superpusieron en la pregunta:
-¿Qué pasó Ana?
Los miré abatida. Leo me tomó de los hombros y dijo animosamente:
-¿Quién le atusó las plumas a la
lechuza? Decime que voy y le rompo el alma.
Lo miré sin ganas de festejar la salida, lo que hizo que tomara en
serio mi estado de tribulación.
-Vamos, Ana -exigió- contanos
que pasó.
Les relaté mis descubrimientos sin mencionar las palabras de la
abuela en cuanto a Rita y Telma; después de todo compartían lazos de
sangre y podían sentirse incomodados por sus observaciones. Juan,
desde su silla giratoria, y Leo, sentado al borde del escritorio, me
escucharon en silencio. Apenas terminé mi exposición, el padre opinó
con una mueca:
-Esto me suena bastante
artificioso -y dirigiéndose al hijo:- ¿Te parece que vaya sola a la
entrevista?
-Por supuesto que la voy a
acompañar -Leo aceptó la tácita solicitud de Juan.
-Lo que menos quiero es hacerles
perder tiempo... -protesté sin mucha convicción.
-A propósito de tiempo, ¿te
interesería ver una exhibición de pinturas en el Museo Castagnino?
-preguntó Leo pasando a otra cosa- Expone un amigo mío y le
prometimos ir varias veces.
-Sí. ¿Son aceptables? -dije,
recordando otras muestras artísticas del pueblo que me había forzado
a presenciar.
-Si estás pensando en los poemas
de Arturito o en las esculturas de doña Amparo, los cuadros de Lucas
te parecerán pintados por Van Gogh -me adelantó con una risa.
La comparación me hizo sonreír, sobre todo al recordar el fervor con
que los parientes de los mencionados artistas preparaban cada
presentación.
Fuimos en auto porque el museo está ubicado a varias cuadras del
micro centro, cerca del Parque Independencia. Juan pagó las entradas
y nos dirigimos a la Sala donde se exponían las obras de Lucas. El
lugar estaba bastante concurrido y Leo nos abrió paso hasta
enfrentarnos con el artista. Debo admitir que se trataba de un
morocho muy apuesto, seguramente con algunos años más que su amigo.
Apenas divisó a Leo y a Juan, se disculpó con el grupo que lo
rodeaba y vino hacia nosotros con una amplia sonrisa. A mí me
dirigió una mirada casi interrogante mientras saludaba a los
hombres:
-¡Por fin los Dumas me hacen el
honor de visitarme! -apretó la mano de padre e hijo y se quedó
mirándome a la espera de una presentación.
Yo estaba acostumbrada a causar efecto en el sexo opuesto, de modo
que no me perturbé. Leo enunció:
-Ana, este es Lucas, el eximio
pintor. Lucas, ella es Ana, una amiga de Tres Sendas.
Lucas, ni lerdo ni perezoso, estiró la cara para darme un beso en la
mejilla.
-¡Encantado, Ana! Debe ser un
pueblo fascinante si produce mujeres tan hermosas.
Yo largué una carcajada porque habitualmente no recibo piropos tan
elaborados, pero eso no arredró a Lucas, que agregó:
-Espero que te lleves una buena
impresión de mis obras -me hablaba desentendiéndose de los Dumas,
como los había llamado.
-Como no entiendo mucho de
pinturas, sólo te diré si me gustan o no.
-Entonces, espero que te gusten
-y se alejó para que empezáramos el recorrido.
Leo nos hizo un gesto a Juan y a mí para iniciar la ronda. Los
trabajos me gustaron y cobraron relevancia ante sus claros
comentarios. Me deslumbró apreciar las pinturas trascendiendo sólo
los sentidos, y me quedé con el deseo de aprender mucho más. Yo en
lo único que hubiera podido encuadrarlas era en el arte abstracto,
conjetura que se enriqueció con los aportes de Leo de tal manera,
que final del circuito ya le hacía preguntas atinadas acerca de las
que más me gustaban. No pude contener la curiosidad:
-¿Adónde aprendiste tanto sobre
pintura?
Se encogió de hombros y me explicó con sencillez:
-Alguna vez transité por
Humanidades.
¿Y...? -esperé que ampliara la información.
-Hice el profesorado de Historia
del Arte.
-¿Y nunca te dedicaste a
enseñar?
-Leo acostumbra a estudiar para
su propio conocimiento -intervino Juan- Ahora está cursando Derecho.
-Pero eso concuerda con su
actividad actual... -repuse, lamentando el desperdicio de su talento
didáctico con respecto al arte.
-Podría ser un buen profesor
para mujercitas rubias de pueblos fascinantes -me dijo Leo
burlonamente.
Parece que no te gustó el interés que tu amigo me demostró. Vas a
tener que sufrir un poco más -pensé, como si quisiera infundirle
celos. Haciendo caso omiso a su propuesta le manifesté:
-Sos una caja de sorpresas.
Enfermero, experto en arte, futuro abogado... ¿Qué me queda por
descubrir?
-Otras habilidades que podrían
sorprenderte mucho más -declaró con una sonrisa maliciosa que
desalentó, por arriesgados, futuros interrogatorios.
-Me encantaría tener ese cuadro
-lo señalé, cambiando de tema.
Hizo un gesto de asentimiento mientras observábamos la tela que me
proyectaba hacia un paisaje ajeno a la realidad.
-¿Por qué éste y no otro? -quiso
averiguar.
-Porque me sugiere un lugar
adonde quisiera pero temería estar -lo dije espontáneamente sin
estar segura de ser comprendida.
Leo me observó con la seriedad de quien escucha una confesión
íntima. ¡Pero si yo misma no sabía lo que sentía! Mientras seguíamos
enfrente del cuadro, se acercó su autor.
-Estuve recibiendo los elogios
de Juan -dijo sin preámbulos- pero sin desmerecerlo, me gustaría
escuchar la opinión de un entendido y de su linda pareja.
¡Otro más que me endosaba el rol de novia! No podía creerlo. Ni Leo
ni yo enmendamos el error. El pintor escuchó la calificada crítica
de su amigo y después me miró.
-Bueno -empecé- después de tan
sesudo comentario mis sensaciones parecerán muy pobres. Tendrías que
haberme convocado en primer lugar...
Los varones protestaron al tiempo que resaltaban el valor de la
intuición. Me sonreí porque a veces me brota esa veta histriónica
que da por descontada la reacción del otro. Mi papel era siempre el
de una niña desamparada que solamente se confortaba con la conquista
de su deseo. Solía usar este recurso con mi papá, que tanto me
adoraba, para conseguir un paseo o un juguete. O con mi mamá, para
que me autorizara a concurrir a un baile, o con la abuela, para que
me permitiera montar sus hermosos caballos. Hoy, con dos hombres a
los que no era indiferente.
-¡Está bien, chicos! -intervine
para cortar sus justificaciones. Y dirigiéndome a Lucas:- Me
gustaron mucho y los percibí como la representación de numerosos
sentimientos. Algunos me atrajeron y otros despertaron mi rechazo o
mi melancolía. Tal vez los colores, las líneas, no sé... -terminé un
poco confundida.
-Tu opinión es sumamente valiosa
para mí -dijo Lucas- especialmente por la explicación que tanta
gente evita dar. ¿Hubo alguno que te gustara más?
¡De nuevo la inquisición! Volví
a contestar la pregunta:
-¡Éste! -y volví a señalarlo.
Los expertos cruzaron una mirada de entendimiento que me excluía.
Molesta por no participar, les eché una mirada interrogante. Lucas
me preguntó:
-¿Leíste los nombres en el
catálogo?
-No. Nunca los leo para no
dejarme influenciar por el autor.
La respuesta los hizo reír. El pintor, escrutando a Leo, dijo a
continuación:
-Le puse "Ansiedad de una niña
enamorada" tratando de plasmar las fantasías previas a la
consumación sexual.
Mis mejillas ardieron ante la mirada consternada de los muchachos
que me estarían considerando como una puritana fuera de época.
Traté de disimular mi turbación con una observación irrelevante:
-¿Y por qué no "Ansiedad de un
joven enamorado"?
Lucas tuvo la paciencia de dar una explicación a la tonta mujer que
le cuestionaba su creación:
-Porque el paisaje hubiera sido
muy distinto.
Me mordí el labio inferior y no hablé más.
El artista insistió en invitarnos a cenar pero Juan y Leo se
disculparon apelando a que debían madrugar. Lucas nos despidió con
un compromiso:
-La semana que viene no valdrán
excusas. Les prepararé el mejor asado que hayan comido.
-Estoy seguro, viejo. Pero que
sea un sábado -le pidió Leo.
Salimos a la noche cerrada. Mi silencio fue afablemente respetado
por mis acompañantes y cuando llegamos a la casa decliné comer para
ir a descansar.
-¿Cómo está tu pie? -se preocupó
Leo.
-Mejor. Ya no me duele -dije
honradamente.
Juan se acercó con un alfajor de maicena y una copa de leche fría:
-Si mal no recuerdo, este era un
postre preferido cuando eras chica. Aunque no cenes, te ayudará a
digerir el calmante -me estiró ambas cosas.
Antes de aceptarlos, le di un beso en la mejilla. Cuando era niña
fantaseaba con que mi papá estaba lejos y le había encargado a Juan
que cuidara de mamá y de mí. Esta ilusión se prolongó hasta que Leo
se fue y Juan no volvió por el pueblo. Confieso que me llevó tiempo
elaborar esta pérdida y presumo que responsabilicé al hijo por el
alejamiento del padre. Me despedí de ambos y subí a ordenar mis
pensamientos.
Lo primero que hice cuando entré al cuarto fue llamar a mamá. La
actualicé, la tranquilicé, y me metí en la bañera. Sumergida en el
agua perfumada con sales de lilas aflojé el cuerpo y las riendas de
mi mente. Me avergonzaba mi reacción ante las palabras de Lucas que
no tenía por qué saber las evocaciones que había removido. No hay
casualidades, decía una ilustre terapeuta, sino causalidades. No es
casual que esa pintura me hubiese trastornado si reflejaba la
fantasía amorosa de una niña. Decir niña es decir virgen. Y yo lo
era aunque no lo confesaría ni bajo tortura. Rita era la única que
sabía de esta condición anómala de mis veinticinco años. Y no es que
no me hubiese manoseado con algún tipo ni que el universal mandato
paterno me frustrara los intentos; sino que al momento de ir más
allá del franeleo un rechazo inexplicable me impedía acceder al
anhelado misterio. Sólo el fantasma de un amor idealizado interfiere
en las relaciones. Entonces, ¿cuál era el mío? Bajé las últimas
barreras de contención y recordé mis cuatro años deslumbrados por el
hermano mayor de mi amiga, las incansables escaramuzas para llamar
su atención, la perseverancia de una mosca para estar siempre en el
medio a pesar de ser ahuyentada, la ternura del niño para consolarme
cuando me caí del árbol y me quebré la pierna, la paciencia con que
me cargó sobre sus hombros hasta que me sacaron el yeso. A medida
que fuimos creciendo él se convirtió en un adolescente fastidiado
por los caprichos de Rita y los míos. ¿Separé entonces la imagen
preadolescente para preservarla del muchacho intolerante y la recluí
en el limbo de los amores futuros? Así pude odiar al Leo que nos
evitaba, que se burlaba de nuestros primeros ensayos femeninos, que
me humilló con su risa en la fiesta de cumpleaños, que cometió el
robo de las joyas. Pero el que neutralizaba cualquier intento
sensual acechaba desde su prisión autorizada. Aceptar que esperaba a
Leo como par amatorio me provocó un sosiego inesperado al esclarecer
esa fracción inexplorada de mi vida. Ahora tengo dos desafíos -me
dije. Encontrar a Rita y seducir a su hermano. Terminé de bañarme y
me puse el camisón nuevo. Me miré en el espejo y sentí que tenía
muchos puntos a favor, aún sin maquillaje y con el pelo oscurecido
por el agua. Rememoré los encuentros con mi amante (ese término, que
me producía placenteros escalofríos, corría por mi cuenta a decir de
Antonia) desde que lo vi en su oficina. Tuve que admitir que no hubo
animosidad de su parte aún frente a mis impertinencias y que varias
veces experimenté la sensación de ser cortejada. Me dormí persuadida
de que en compañía de Leo me animaría a incursionar por el onírico
paisaje del cuadro.
Capítulo IV
Madrugué tras una noche de sueño
intranquilo. Mi tobillo seguía mejorando pero me volví a poner la
venda por precaución. En la cocina, la cafetera encendida y una
bandeja con medialunas daban cuenta de que alguien había amanecido
antes que yo. Me serví una taza de café con leche, tomé una factura
y salí hacia el fondo de la casa. Leo estaba por subir al auto que
se encontraba reparado bajo un tinglado de polipropileno.
-¡Buenos días! -exclamé en voz
alta para llamar su atención.
-¡Hola, lechuza! -me saludó con
desenfado, y agregó:- ¿Cómo pasaste la noche?
-Así, así... -le dije- ¿Adónde
vas tan temprano?
-A visitar a mi perro. Ayer no
me pude llegar hasta la veterinaria.
-¿Está enfermo?
-No, está en la guardería.
-¿Lo tenés en una guardería
habiendo aquí tanto espacio? -me escandalicé.
-Cuando acordamos que vinieras a
casa le pedí a mi vecino que se lo llevara para no inquietarte. ¡No
me vas a decir que ahora te gustan los perros!
Me quedé boquiabierta. ¡Adoraba a los perros!
-¿Quién te dijo que no me gustan
los perros? -recalqué asombrada.
-Yo. No me olvido de que hace
quince años te dio tal ataque de histeria cuando viste a Sultán, que
mi madre amenazó echarme junto con el perro.
El pasado me fulminó como un rayo. Rememoré al pobre animal sarnoso
que tanto había disgustado a Rita y a su madre, a la niña dominada
que colaboró con el rechazo, al posterior arrepentimiento que me
llevó con el correr de los años a adoptar a cada perro abandonado
que se cruzaba por mi camino y al dolor, no comprendido entonces,
del muchacho que me miraba a través del prisma del tiempo. Sacudí la
cabeza y pasé a explicarle:
-Esa no era yo sino la
incondicional amiga de Rita. Me rogó que la ayudara a "espantar a
ese horroroso animal"; textuales palabras. La apoyé a costa de
enmendar cada día mi imperdonable conducta llenando de animales
desamparados mi casa y la de Antonia, hasta que me dijeron basta.
La expresión de Leo se había distendido y una lucecita de
complacencia bailoteó en sus ojos. Me preguntó interesado:
-¿Y qué hiciste?
-Aunque no lo creas, no me di
por vencida y conseguí un predio donde instalé y atendí a perros y
gatos. Mi perseverancia logró con el tiempo que vecinos y parientes
se acercaran a darme una mano y ahora tenemos una Institución que
los protege, con veterinario y todo -hice una pausa antes de
terminar- Se llama "Fundación Sultán".
Esto último lo confesé abochornada por mi implícito reconocimiento
de culpabilidad.
Leo estuvo a mi lado en un santiamén. Me abrazó con un cariño libre
de insinuaciones y su consolador apretón me confirió el perdón que
perseguí durante quince años. Tal vez por eso lagrimeé un poco sobre
su remera. Cuando nos separamos pasó los dedos suavemente por mis
mejillas para borrar los rastros del llanto sanador.
-A Sultán lo ubiqué en la casa
de un conocido mediante una apuesta que gané y vivió varios años
bien atendido -aseguró mirándome frontalmente, y a continuación:-
¿Vamos a buscar a Demian?
-Vamos -murmuré debilitada por
la expiación y dejando el pocillo sobre el antepecho de una ventana.
En pocos minutos estuvimos en la veterinaria donde un cartel
anunciaba "ATENCION LAS 24 HORAS". Antes de bajar, Leo se volvió
hacia mí y señaló:
-Demian es educado pero muy
expresivo. No te asustés si te salta encima para saludarte.
Parecía preocupado y eso me divirtió, porque después de tratar con
cientos de animales lo que menos me inquietaba era un perro
doméstico. Lo seguí hasta la sala de espera donde me presentó a un
hombre maduro y muy simpático:
-Ana, este es el Dr. López,
Fonso para los amigos. Fonso, te presento a Ana.
Nos tendimos la mano con una sonrisa y el veterinario invitó:
-Vengan conmigo para que el
muchacho impaciente no me destruya la recepción.
Fuimos detrás de él hasta un espacioso fondo de tierra donde se
relacionaban amistosamente varios ejemplares caninos. Un hermoso
setter irlandés, cuyo pelaje fulguraba al rayo del sol, se abalanzó
hacia nosotros como una flecha de fuego. A escasos centímetros de
Leo se quedó sentado esperando un signo de autorización. Me asombró
tanta contención, siendo que conozco el carácter de estos vivaces
animales. Cuando su amo le extendió una mano, le apoyó las patas
sobre el pecho y le lamió la cara jubilosamente. Leo lo abrazó y le
indicó que se sentara. Mientras lo acariciaba me hizo una seña, a la
que obedecí como el perro, para que me acercara. Tomó mi mano y la
arrimó a la cabeza de Demian mientras le recomendaba:
-Demian, ella es Ana, y deberás
obedecerla como a mí.
La risa que me atacó al escuchar esta petición puso en movimiento al
animal que arremetió contra mi impecable remera blanca.
-¡Abajo, Demian! -le ordenó Leo.
Después de prodigarme varios lengüetazos se subordinó a la orden de
su amo y se sentó ofreciéndome la pata derecha. La tomé y recorrí
con suavidad su cabeza y las flecudas orejas.
-¡Hola, perrito hermoso! Tu
dueño quiere que seamos amigos. Yo, no tengo inconvenientes, ¿y vos?
-le dije mientras le daba un beso en la testa.
No saltó para aceptar mi propuesta porque estaba atento al gesto
represor de Leo, pero me contestó moviendo la cola con énfasis.
Después de entendernos, nos despedimos de Fonso y volvimos a buscar
a Juan.
Demian hizo el viaje asomando la cabeza por la ventanilla del
asiento trasero y volviéndose de vez en cuando para apoyar su hocico
contra mi cuello. Apenas llegamos a la casa, corrió hacia el fondo
adonde lo encontramos haciéndole fiestas a Juan.
-¡Aquí están los dos! -exclamó
mi potencial futuro suegro, y dirigiéndose a mí:- Por un momento
temí que te hubieras ido, ya que a decir de Leo...
-¡Me equivoqué, papá! -lo
interrumpió.
-¡Bueno, bueno! Mejor así -dijo
afablemente mientras rascaba a Demian.
-Voy a traerle agua y comida
-anunció su hijo.
Lo miramos mientras se alejaba seguido por el perro. Me senté al
lado de Juan y aspiré el fresco aire de la mañana perfumado por los
pequeños jazmines de la enredadera.
-Es un buen hombre, mi hijo
-aseguró como si hablara para él mismo.
Era una afirmación tan precisa que sólo pretendía ser compartida. No
pude coincidir con él porque yo estaba contaminada por los
recuerdos. Por un instante quise preguntarle cómo encajaba su
hombría de bien con el robo de las joyas, pero me pareció demasiado
cruel. Los padres siempre disculpan a los hijos y esa respuesta sólo
tendría valor de labios de Leo. Suspiré hurtándole la mirada
mientras me arrellanaba en el cómodo sillón. Leo apareció acarreando
la comida y la bebida de Demian que depositó bajo un árbol.
-¡Qué silenciosos que están!
-observó mientras se nos acercaba.
Juan y yo le dispensamos una sonrisa. El padre se levantó y le
manifestó:
-Me voy a llevar mi auto así no
estarán pendientes de mis horarios. Voy a estar esperando cualquier
novedad.
-Yo puedo estar en la oficina
hasta el mediodía -ofreció Leo.
Juan hizo un gesto de negación y propuso:
-¿Por qué no la invitás a
pasear? Se les pasará el tiempo más rápido hasta la hora de la cita.
El hijo no protestó y Juan fue a buscar el coche. Saludamos a
Demian, subimos al auto y enfilamos hacia el centro. Leo condujo
hasta las inmediaciones del Parque España y lo dejó en una cochera.
A medida que caminábamos por los anchos veredones fui saliendo del
mutismo. Tropezamos con un agradable barcito y nos sentamos en una
mesa ubicada a la sombra de un frondoso tilo.
-¿Qué vas a tomar? -me consultó
Leo cuando se acercó el mozo.
-Café.
-Dos cafés, por favor -indicó mi
compañero.
Mientras esperábamos el pedido advertí que Leo me observaba
llanamente.
-¿Qué mirás? -le pregunté a
quemarropa.
Mostró sus dientes perfectos antes de contestarme:
-A vos. A la lechucita que se
convirtió en mujer. Y cuanto más te miro, más evoco a la nena que me
enloquecía con sus caprichos. Aunque no lo reconozcas, fui bastante
estoico hasta... hasta que se me acabó la paciencia. ¿Te acordás
cuándo fue? -dijo.
Lo contemplé divertida porque sí me acordaba. Me había acostumbrado
tanto a la compañía de Leo que, después que me sacaron el yeso, me
pegué a él como una estampilla. Aguantó bastante bien mientras no
interferí en sus incipientes escarceos sentimentales, pero después
que osé desviar a una posible conquista desde el centro hasta un
cruce de caminos -donde nunca se encontraron- se enojó tanto que me
evitó como a la peste.
-Como dijiste: juegos de niños
-le recordé.
-Tuché -se rió, y agregó:- María
Paz jamás me perdonó el ataque masivo de mosquitos que sufrió
durante las dos horas de espera, ¿no te remuerde la conciencia?
-Parece que eras un chico muy
popular para que te esperara tanto tiempo y acribillada a picaduras.
Nunca lo hubiera creído... -hice caso omiso a su pregunta.
Me evaluó con una expresión de socarrona incredulidad. Le sostuve la
mirada como si disputáramos una pulseada, dispuesta a entumecerme
los ojos si fuera necesario. La llegada de una mujer muy parecida a
Rita me sacó de la contemplación. La realidad me abrumó con el peso
de los descubrimientos que me alejaban cada vez más de una amistad
idealizada y del prototipo de persona que creía ser. Si mi amiga no
confiaba en mí, si mi abuela recelaba de mis reacciones, si mis
sentimientos por Leo invalidaban mis convicciones éticas, ¿quién
carajo se ocupó de inculcarme que la amistad, el amor, la moral, los
sentimientos filiales, la integridad, definían mi temperamento? Una
dolorosa nostalgia por la inocente Ana que se desdibujaba en el
pasado me apretó la garganta. La mano del hermano de Rita cercó
cálidamente la mía como si quisiera confortarme por los pensamientos
que ensombrecían mis facciones. La retiré por no seguir pactando con
ladrones de joyas. Suspiré y le pregunté:
-¿Qué hora es?
-Apenas las once. ¿Querés
caminar un poco?
-Vamos -le contesté con apatía.
Nos levantamos y recorrimos la plaza aledaña a la costa. Cruzamos a
la altura de las instalaciones municipales y bordeamos los patios
dominados por vigorosos cipreses que el viento aspiraba quebrantar.
Me quedé, hasta recuperar el equilibrio, con la vista perdida en el
sedante vaivén de las afiladas copas. Leo permaneció a mi lado en un
silencio respetuoso que aceleró el proceso de reparación. ¿No era
una actitud demasiado considerada proviniendo de un ratero?
-¿Por qué creés que Rita haya
cambiado tanto? -le pregunté, esperando escuchar una respuesta
solvente.
-Depende de lo que entiendas por
cambiar. Mi hermanita nunca fue una niña ingenua como vos, y mi
madre malogró con su obstinación muchos aspectos que la hubieran
rescatado del egoísmo y la hipocresía. Me fui de casa agotado por
discusiones infructuosas sobre situaciones que ella se negó a
reconocer. Imagino que todavía debe pensarme como el mal hijo que
pretendía arruinar su reciente matrimonio... -algo de tristeza se le
coló en la pausa.
No sé si era el momento más adecuado para extirpar el absceso que me
venía torturando desde hacía catorce años, pero fiel a mi estilo, me
lancé:
-¿Y no debiera estar molesta
porque te fuiste con sus alhajas, aunque no te haya denunciado? -mi
tono era acusador.
Mi acompañante me miró consternado. Tardó en contestarme como si
estuviera buscando alguna justificación. Cuando habló, su voz sonaba
desdeñosa:
-Veo que se ocuparon de cuidarse
de las habladurías. Total, no quedaba nadie para refutarlos. ¿Así
que le robé las alhajas? En todo caso, se las restituí a mi padre
puesto que eran suyas y mi madre se negó a devolverlas. Y quien roba
a un ladrón...
No terminó de refranear porque mi mueca de incredulidad le debió
causar tanta gracia como sobresalto. Me cerró la boca colocando su
pulgar y su índice entre mi barbilla y el puente de mi nariz,
mientras inquiría:
-¿Creíste todos estos años en la
invención de mi madre?
Bajé la cabeza avergonzada por no haber cuestionado nunca la versión
de Telma aunque adorara a Leo. Mi única disculpa era que había
quedado descerebrada de sólo escuchar que mi ídolo hubiera cometido
un acto inmoral.
-Ahora entiendo tu hostilidad
permanente -discernió él, y agregó con benevolencia:- La honrada
lechucita rechaza al hijo deshonesto... ¿No te parece demasiado
tiempo para perseverar en estos sentimientos?
Le di la espalda porque me sentía sumamente expuesta a su mirada
ahora que no había restricciones para amarlo. Antes de volverme miré
el reloj y vi que eran las doce. Me aboqué al asunto que me había
traído a Rosario:
-Es hora de que nos movamos, Leo
-le comuniqué como si fuera mi subalterno.
-¡A la orden, señorita!
-respondió a mi tono mandón.
Esbocé una sonrisa y ajusté mi paso a sus zancadas. Ya instalados en
el auto, pensé que sería desventajoso que Lidia me viese acompañada.
Se lo comenté:
-Me parece que es mejor que
entre sola, Leo. No quiero que la amiga de Rita se espante.
-Que hayas dudado de mi
atractivo de jovenzuelo, vaya y pase, pero que consideres que puedo
espantar a una mujer...
Le di un codazo en la costilla como si no fuese manejando.
Evidentemente Leo era un conductor de reflejos rápidos o ya tenía
caladas mis reacciones porque no se desvió un ápice del camino
mientras se reía sin tapujos.
-¡Eh! -me previno- Que un
accidente lo vamos a sufrir los dos.
-Hablo en serio. Voy a entrar
sola. Si necesito ayuda, te llamo -le dije terminante.
-Bueno, bueno. Intuyo que no
tengo alternativa. Por las dudas, te espero con el auto en marcha
-bromeó.
Como no encontró espacio para estacionar frente al barcito, lo dejó
a la vuelta y bajamos juntos. Me previno:
-No te sorprendas si me ves
entrar. Me voy a sentar en una mesa a tomar un café mientras vos
tratás de informarte con la amiga de mi hermana.
-¿Y si ella te reconoce?
-¿Cómo podría? No creo que Rita
le haya hablado de su hermano mayor.
Sonaba lógico. Cerca de la puerta me adelanté y entré sin mirar
atrás. Había más concurrentes que el día anterior pero Lidia no
estaba. La mesa que había ocupado ayer parecía esperarme y el mozo
también era el mismo. Pedí un café y escruté la ventana. Leo había
desaparecido de escena, así que me enfoqué en la puerta. Esta vez
Lidia entró acompañada por un hombre joven y de músculos
desarrollados. Ahora eran dos los que vestían de negro pero él tenía
menos adornos que la mujer. Se acercaron y se sentaron a la mesa sin
preámbulos. Yo dije:
-Buenos días -con una sonrisa
dirigida a los dos.
Al hombre el simple saludo pareció desconcertarlo. Lidia reaccionó:
-Hola. Éste es Julio.
Yo asentí con un movimiento de cabeza y me concentré en la mujer:
-¿La viste a Rita? -traté de que
mi voz no sonara demasiado ansiosa.
-Sí. Pero no quiso saber nada de
verte. En realidad, creo que no quiere encontrarse con nadie de su
familia -dijo lapidariamente.
-Debe haber alguna manera de
conectarnos -insistí.
La pareja se miró en un diálogo sin palabras. El forzudo tomó la
palabra:
-¡Jemm! -se aclaró la garganta-
Me late que tenemos que ser directos. Vos querés ver a tu amiga,
nosotros sabemos adónde está, vos tenés la biyuya y nosotros la
necesitamos. ¡Jemm! ¿Se entiende?
¡Vaya si lo entendía! Era nada
más y nada menos que un chantaje.
-No sé a lo que se refieren con
que tengo la biyuya -dije.
-¡No te hagás la mosquita
muerta! Rita nos dijo que tu familia es una de las más importantes
del pueblo -siguió el patán.
¿Cómo se había acercado mi amiga a semejante dúo? Evidentemente yo
había convivido con una extraña.
-Mirá -le contesté a Julio-
empecemos por no agraviarnos. El hecho de pertenecer a una familia
representativa no implica tener plata. Pero estoy dispuesta a darles
una gratificación por su ayuda.
-La gratificación la ponemos
nosotros -dijo Lidia- y queremos diez mil pesos.
-¡Ja! -me salió espontáneamente-
¿Y de dónde piensan que los voy a sacar?
-De tu abuela, por ejemplo
-replicó la mujer.
Volví a ojear la ventana, pero mi socio no estaba a la vista. ¿Sería
yo capaz de negociar con estos estafadores? Por lo pronto, no me
causaban temor sino enfado. ¡Tener la desfachatez de lucrar con la
desesperación ajena! La bronca me envalentonó para apremiarlos:
-Dejemos de lado a mis
parientes. ¿Qué tal si denuncio en la policía la desaparición de mi
amiga y agrego tus datos para que te interroguen? - amenacé a Lidia.
Ella no se inmutó. Apoyó la barbilla sobre sus afilados dedos y me
contestó con parsimonia:
-Hacelo si no la querés volver a
ver. Ya tiene los pasajes comprados para un lugar que ni yo conozco
y bastará un llamado para que se vaya. ¡Ah! Y es tu palabra contra
la mía...
Eso ya lo sabía y era posible que, dado su insolencia, fuese yo la
detenida en un careo. Pero más me preocupaba el matiz de veracidad
que tenía su advertencia. Así que decidí hacer una oferta más acorde
con mis finanzas.
-No puedo garantizarte más de
cinco mil pesos -y anticipándome a su protesta:- Es mejor que lo
aceptés porque es lo único de lo que puedo disponer sin despertar
sospechas. Cinco mil, o nada -dije con firmeza.
Julio no opinó. Era indudable que las decisiones las tomaba Lidia.
Se dio cuenta de que mi oferta era concluyente y después de un
silencio, aceptó:
-Está bien. Necesitamos la
guita. ¿Cuándo la podés juntar? Porque lo que no te aseguro es
cuánto tiempo se quedará.
-Al cierre de bancos tendré la
transferencia. ¿Cómo haremos la transacción? -me imaginaba a Rita
avanzando hacia mí mientras Lidia estiraba la mano para recibir el
sobre.
-El trato es el siguiente: vas a
dejar la plata en un casillero del correo central. Julio te llevará
hasta el alojamiento de Rita porque a él no lo conoce. Apenas la
veas y antes de hablar con ella, le das la ubicación de la llave a
Julio. Él me avisa por el celular y yo busco la plata. Si todo está
bien, te bajás del auto y que Dios te ayude. Si no, él te va a traer
de vuelta mientras yo le aviso a Rita que desaparezca. Sencillo,
¿no?
La idea de compartir un viaje con ese indeseable no era de mi
agrado, pero me dije: "Todo sea por el recuerdo de mi mejor amiga".
-¿Adónde nos encontraremos?
-pregunté, desechando mis prevenciones.
-Aquí mismo. A las cinco para
darte tiempo a completar todos los trámites -siguió disponiendo la
mujer.
Esta vez yo me adelanté a abandonar la mesa y los dejé a los dos
para que se arreglaran con el mozo. Salí a la calle y miré con
disimulo a mi alrededor para ubicar a mi invisible protector. Al
llegar a la esquina una mano me tomó del brazo y el envión me
estampó contra el fornido cuerpo de Leo. Mi exclamación de susto se
ahogó contra la palma de su mano y su cálido aliento siseó contra mi
oreja para silenciarme.
-¡Shhh! ¡Que te pueden estar
siguiendo...!
¿Tenía su voz un tonito festivo? Lo empujé indignada y le espeté:
-¿Adónde estabas cuándo eras
necesario?
-En la mesa de atrás. ¡Me
impresionaste con tu acuerdo!
¿Cuándo había entrado? ¡Eso no tenía importancia ahora! Lo que me
ponía furiosa era que en vez de velar por mi seguridad se divirtiera
a mi costa. ¿Desde cuándo tenía necesidad de que velaran por mi
seguridad? Deseché esa sensiblería y me concentré en su entonación:
-Si necesitabas protagonizar una
serie policial, lo hubieras hecho en la adolescencia -le dije
ofendida mientras empezaba a caminar.
-¡Ey, ey, lechucita! -frenó mi
estampida cerrándome el paso- El auto está para el otro lado. Y
perdoname por la broma... pero no me pude resistir a entrar en el
juego.
-¿Juego? ¡Lo que está en juego
es la posibilidad de volver a encontrarme con tu hermana! -grité más
enojada que antes, mientras volvía sobre mis pisadas.
Leo hizo un gesto conciliatorio y tuvo el buen tino de no hablar. Se
colocó a mi derecha adelantando apenas la marcha para guiarme hacia
el vehículo. Yo no estaba dispuesta a iniciar ningún diálogo, pero
sus intenciones no eran las mismas. Dejó el auto en la cochera
habitual y cuando salimos me tomó del brazo.
-Antes de encontrarnos con mi
padre, vos y yo vamos a charlar -anunció con serenidad.
Si lo hubiera dicho con prepotencia, no lo hubiera obedecido. Pero
su tono era incluyente a pesar de la decisión. Lo seguí hasta un
barcito que estaba en la esquina del edificio y nos acomodamos en el
fondo. Pedimos agua mineral y esperé la charla anunciada que comenzó
con un interrogatorio:
-Primero. Ana: ¿estás realmente
dispuesta a darles a esos malandrines un rescate por la información?
-y antes que pudiera contestar:- Segundo: de ser así, ¿adónde
conseguirás el dinero?
-A lo primero: sí. A lo segundo:
aunque no lo creas, tengo recursos propios ganados con el sudor de
mi frente -dije con cierta petulancia.
-Bien. Suponiendo que admita
esto, es inaceptable que te subas a un auto con ese sujeto -declaró.
No hubiera podido decir nada más impropio. ¿Todavía no se había dado
cuenta que las imposiciones alimentaban mi rebeldía? Tampoco se
había interesado por el origen de mis fondos. Yo tenía mis propios
planes y decidí no fomentar cualquier discusión que los malograra.
-De acuerdo. Después que retire
el dinero hablaremos del paso siguiente -y me dediqué a beber mi
agua.
Leo ya no estaba jugando. Me escudriñaba tratando de interpretar a
través de mis facciones la rápida aceptación. Para distraer su
atención, le propuse:
-¿Por qué no me acompañás al
banco a extraer la plata? Así podremos almorzar más tranquilos.
Llamó al mozo con un gesto y después de pagar, fuimos hasta el Banco
de Galicia adonde tenía mi cuenta de ahorros. Salimos veinte minutos
después con mi saldo agotado y el soñado viaje al Sur en el fondo de
mi cartera. Después de todo, al haberlo programado con Rita, los
ahorros carecían de finalidad. "Borrón y cuenta nueva", me dije. Ya
tendría oportunidad de conocer los confines de mi país. ¿Tal vez en
viaje de bodas? Me pareció soberbio. Entreverada con estas
digresiones me encontré, de pronto, ante la puerta de la oficina de
los Dumas. Antes de entrar escuché una voz que me hizo volver
azorada hacia Leo. Él, sin entender mi vacilación, abrió la puerta y
vualá, no me había equivocado. Mi mamita, reforzada por mi abuelita,
charlaba animadamente con Juan. Cuando nos vieron llegar, mamá se
levantó de la silla y corrió a darme un abrazo:
-¡Ana, tesoro! ¡Ya no podíamos
más con la preocupación y vinimos a darte una mano!
Por encima de su hombro miré a Antonia que me sonrió como
disculpando a su hija. ¡Si yo sabía que la preocupada era mi madre!
Le di un beso y deshice el abrazo para mirarla con una sonrisa
aprobadora. Estaba muy juvenil con ese conjunto de corderoy borgoña
y la musculosa blanca que se adhería a su bien formado torso.
Observé que Dumas padre se sonreía bobaliconamente. Mientras el hijo
saludaba a mamá, me acerqué a la abuela y la abracé con cariño
pasando la mano por su cuidadoso peinado, cosa que la ponía loca.
Riendo, me dio un empujón y se volvió hacia Leo:
-No cabe duda de que sos
Leonardo -le dijo afectuosamente.
El muchachón le dio un beso y tomándola de las manos, le recordó:
-Pasta frola los sábados y budín
de pan los domingos. ¿Siguen los chicos de Tres Sendas deleitándose
los fines de semana?
-Hasta que me respondan las
manos -aseveró, desacreditando a su progresiva artritis.
Antonia estaba gratamente sorprendida. Supongo que no imaginaba que
Leo recordara a través de los años los deliciosos postres con que
agasajaba a mis amigos. Lo estudió de pies a cabeza y él soportó el
examen con cordialidad. Abuela hizo un gesto de complacencia e
intentó involucrarme en su conclusión:
-¿No te parece, Anita, que este
apuesto joven sería un buen partido para cualquier muchacha?
Leo esperaba mi respuesta con regocijo. Yo le hice una pantomima
desafiante y aseguré:
-Sí. Para cualquier muchacha que
recién lo conociera -y aprovechando el fiasco de Antonia, anuncié:-
Tengo que ir al baño.
Salí con rapidez y me dirigí hacia la escalera previa comprobación
de que nadie me seguía. Bajé los ocho pisos con celeridad y tomé uno
de los taxis de la parada. Dentro del auto, me sentí en libertad
para llamar a Lidia y cambiar el lugar y hora de reunión. No quería
que Leo interfiriera en este operativo porque en su afán de no
exponerme, corría el riesgo de que Rita se fuera con su secreto.
Antes de instalarme en el bar por donde Julio me pasaría a buscar,
pasé por el correo y dejé la plata en un casillero. Abandoné el taxi
en Italia y Córdoba y entré al café que estaba orientado hacia el
punto cardinal opuesto al de la cita original. Le confié la llave al
cajero segura de que iba a reconocer a Lidia aunque no le mostrara
el documento y me senté en una mesa esperando la hora del encuentro.
Capítulo V
Julio apareció antes de las
cuatro y me hizo señas desde la puerta. Fui hasta la caja a pagar la
consumición y el empleado me aseguró que entregaría la llave a la
persona indicada. Le reiteré mi agradecimiento y salí a la calle. El
forzudo exhibía un extraño brillo en la mirada y hasta mucho después
ni siquiera sospeché que estaba pasado de revoluciones.
Sencillamente pensé que estaba excitado por la posibilidad de
hacerse con el dinero fácil. Había estacionado su vehículo delante
del bar y ya estaba ubicado frente al volante. Me senté a su lado y
arrancó sin decir palabra. Durante un buen rato tuve la impresión de
que no se dirigía directamente al lugar adonde estaba Rita porque
creí ver los mismos negocios más de una vez. Desperdiciaba su
tiempo. Yo conocía de Rosario sólo el centro. Me dediqué a estudiar
su auto que combinaba tanto con su estilo como con el de Lidia.
Asientos tapizados en pieles de tigre apócrifas, un rosario de
cuentas y cruz negras colgado del espejo retrovisor, palanca de
cambios coronada por una piedra de su color favorito, alfombras
sucias y raídas y, el corazón me dio un vuelco, ninguna manija en la
puerta del acompañante. Miré hacia atrás y también comprobé la falta
de manijas en ambas puertas. No quería entrar en la paranoia, pero
la aureola de mi picaporte ausente resaltaba sobre el sucio tapizado
denunciando su gris original. Julio había entrado a la autopista y
aumentó la velocidad del coche hasta el vértigo. Este vehículo debía
tener el motor modificado porque el modelo no condecía con la
velocidad que levantaba. Traté de ocultar mi temor pensando que de
esta manera llegaríamos cuanto antes al alojamiento de mi amiga.
Consulté el reloj y comprobé que habían pasado veinte minutos. El
conductor se desvió hacia un camino lateral con una maniobra brusca
que me lanzó sobre él. Me aparté medio asqueada y vislumbré una
sonrisa que me pareció siniestra. Me estaba dando miedo.
Transitábamos por una senda de tierra que se prolongaba a mi derecha
por un terreno accidentado cubierto de matorrales. Cada vez me
gustaba menos, especialmente cuando viró el volante hacia una brecha
entre la maleza. Detuvo el auto y me miró. Aunque intenté disimular
mi ánimo y mantener la fortaleza, la ferocidad que hervía en su
mirada me hizo apartar la vista. Escuché su voz desde una zona
aterrorizada de mi mente:
-Tenemos una hora de adelanto,
preciosa. ¡Te quiero fifar desde que te ví! -y se abalanzó sobre mí.
-¡Estás loco! ¡Sacame las manos
de encima! ¡Si Lidia se entera...! -su boca acalló mi protesta con
rudeza.
Luché denodadamente para separarlo mientras mil pensamientos se
disparaban por mi mente como lúgubres fuegos de artificio. Me
violará y me asesinará No veré nunca más a Leo Me violará y me
dejará vivir para tener la plata y nunca más podré mirar a Leo Si
hubiera tenido relaciones con otros esto no sería tan grave Es una
bestia Debo manejarlo Aquí adentro no tengo oportunidad
Logré apartarlo cuando ya había metido la mano debajo de mi remera.
Venciendo la repugnancia dejé que me acariciara mientras le propuse
con agitación:
-¡Aquí no...! ¡Vamos afuera!
Vaciló ligeramente. Me transformé en la ramera de Babilonia para
aprovechar la única posibilidad de salir de ese encierro:
-¿No tendrás miedo de una
mujer...? ¿O no querés conocer mi mejor habilidad? -sugerí
delineando mi boca con la punta de la lengua. Titubeó. Puse la mano
sobre el bulto de su entrepierna y se sacudió como si lo hubieran
electrizado. Supliqué con expresión lujuriosa:
-¡Llevame afuera ya! ¡No puedo
esperar más...!
Abrió la puerta y me arrastró al exterior. Minutos antes era una
mujer sin esperanzas. Ahora sabía que no debía desperdiciar la
ventaja. Caminé tras él en tanto buscaba a mi alrededor cualquier
objeto que me sirviera de defensa. A mi derecha vi una piedra
respetable y me dejé caer. El hombre perdió el equilibrio y aterrizó
a mi costado. Una chispa de comprensión apareció en su mirada y
trató de inmovilizarme con su cuerpo no sin recibir una patada
adonde antes fue acariciado. Gritó de bronca más que de dolor, pero
me dio el tiempo justo para alcanzar la piedra y proyectarla hacia
su cabeza. Vio llegar el el golpe y alcanzó a ladear un poco el
cuello por lo que mi improvisada arma, en vez de aturdirlo, le
infirió un corte en la sien que sangró copiosamente. El dolor y la
sangre aumentaron su violencia y entre insultos me arrancó la ropa.
Yo grité como si alguien pudiera escucharme lo que me valió un
brutal golpe que me llenó la boca de sabor dulzón. Pugnando por no
perder la conciencia luché como una fiera azuzada por sus agravios:
-¡Puta de mierda! ¡Ya vas a
saber lo que es bueno! ¿Con que me ibas a mostrar tus habilidades?
¡Ahora vas a conocer las mías...! -se desabrochó el pantalón con la
mano que no oprimía mis brazos.
Sentí que el final se acercaba y clamé mi negación esperando el
mazazo piadoso que me sumiera en la inconciencia:
-¡No, no, no...!
Una voz ronca me hizo abrir los ojos:
-¿No te dijo la muchacha que no?
¿Acaso no entendés lo que es NO?
Un morocho macizo y achaparrado sostenía un revólver contra la sien
ilesa de mi agresor. La mole que me sujetaba se paralizó y aflojó la
presión sobre mis manos. Lo empujé con las pocas fuerzas que me
quedaban y me cubrí con las prendas que me había quitado. El recién
llegado ni siquiera me dirigió una mirada. Estaba atento a los
movimientos del rufián caído de costado.
-¡Levantate, mierda! -hizo un
gesto con el arma.
El novio de Lidia se levantó lentamente. Era innegable que la
pistola lo atemorizaba, y su dueño la sostenía con soltura.
-¡Cerrate la bragueta, maricón!
-el revólver apuntó hacia su entrepierna.
Si no hubiera estado tan dolorida hubiera lanzado una risotada al
ver la celeridad con que se subió el cierre poniendo en peligro sus
atributos. El hombre robusto continuó:
-Movete despacio hasta el auto.
Si aumentás el ritmo te desparramo los sesos por el suelo.
Julio estaba demasiado conmocionado para desobedecer. Caminó en
cámara lenta hasta el coche que habíamos abandonado hacía...
¿cuánto? En tanto mi pánico bajaba, mi cabeza volvía a funcionar.
¿Quién era este salvador providencial? ¿Cómo había llegado hasta
esta senda perdida? ¿Qué pasaría con la posibilidad de encontrar a
Rita? ¿Y si también era un delincuente y me había librado de una
mala para caer en otra peor? Empecé a deslizarme hacia los
matorrales con la esperanza de hallar un escondite, cuando escuché
el motor de un auto. Me precipité hacia el camino sin mirar atrás.
¡Un taxi en medio de la nada! Alcé los brazos y los moví como
cruzando banderas. El coche paró en medio de una polvareda y oí la
voz de Leo:
-¡Ana!
El impacto de volverlo a ver nada más que con la cara contusa, me
hizo desfallecer. No hizo a tiempo para sostenerme porque las
fuerzas me abandonaron cuando bajó del taxi. Me desplomé como en un
sueño y aunque no me desmayé, sólo al bañarme descubrí que me había
magullado. Se arrodilló a mi lado y me pasó los brazos bajo la
espalda para estrecharme contra su pecho mientras repetía:
-¡Ana...! ¡Lechuza...! ¿Qué
hiciste? ¡Hablame, por favor!
Yo estaba tan confortable y feliz aplastada contra su camisa,
oliendo su perfume, interpretando su preocupación, que tardé en
abrir los ojos y recuperar la voz. Esto me valió unos cuantos besos
en la sien despejada tiernamente por las manos de mi amigo de la
infancia. Aflojó el abrazo cuando me moví:
-Leo... -murmuré.
-Ana, querida... ¿Por qué no
confiaste en mí? -dijo dolorido.
No tenía contestación para esa pregunta. ¿Por mi autosuficiencia?
¿Por ignorar el peligro? ¿Por tener la mentalidad de una chica de
campo, como decía mamá? Me espanté al pensar en lo que podría haber
perdido por un estúpido arranque. ¡Otro aspecto de mi conducta en
controversia! ¿Quedaría algo de Anita la lechuza después de la
ordalía rosarina?
-Ayudame a levantarme... -le
pedí desvalidamente.
Leo se fue alzando sin soltarme. Cuando estuvimos incorporados me
tocó la cara y los labios con suavidad. Por sus ojos apenados tomé
conciencia de los estragos que habían sufrido mi rostro y mi
vestimenta.
-¿Estoy hecha un monstruo?
-inquirí a punto de llorar.
La aparición del hombre armado lo liberó de la respuesta. Venía solo
y sin empuñar el revólver. Respingué y me pegué al costado de Leo.
Él sonrió y me ciñó contra sí. Extendió la mano y estrechó
vigorosamente la del hombre.
-Gracias, Rosendo -y acariciando
mi cara, como para tranquilizarme:- Te presento al comisario
Ramírez.
Estiré mi mano que se perdió entre las del policía.
-¡Gracias, señor, gracias!
¡Llegó justo...! ¡Gracias! -repetí, resistiendo el llanto.
-No me hubiera perdonado lo
contrario -declaró- aunque quisiera haber sido presentado en otra
circunstancia.
Soltó mi mano y habló con Leo que me mantenía contra su perfil.
-Tengo a ese desgraciado cagado
de miedo. Vos dirás que hacemos.
Leo me tomó de los hombros. Examinó mi maltrecha figura y me dijo
con una nobleza que disparó mi amor hacia las galaxias:
-Quiero saber si te hizo más
daños que el golpe, Ana. Lo que haya pasado lo resistiremos juntos.
Intenté una sonrisa para tranquilizarlo a costa de que mis labios
hinchados volvieran a sangrar:
-¡Ay! -fue el corolario de la
sonrisa- No, Leo. Tu amigo llegó cuando yo hubiera dejado de
defenderme. El único maltrato que recibí, fue el golpe -lo dejé bien
claro porque presentía que la suerte del individuo dependía de mi
respuesta.
Me abrazó como si temiera dañarme y me besó en la frente, que de
paso era uno de los pocos lugares que no me dolían.
-Convencelo que nos lleve adonde
está alojada mi hermana sin despertar las sospechas de su cómplice.
Después largalo
-sonó como un mandato.
El comisario asintió. Volvió con un Julio demudado y maniatado con
esposas. Apenas me divisó, apeló a mi clemencia:
-¡Por favor, rubia! ¡Deciles que
no te hice nada! ¡No quiero morir! ¡Fue un golpe, nada más que un
golpe! -la voz se le quebró en un gimoteo.
Leo lo miró con desprecio, apretando los labios. A mí hasta me dio
lástima. Ramírez quebró el clima:
-Escuchame bien, porquería. Si
seguís mis órdenes exactamente, voy a tener el disgusto de
perdonarte la vida. Pero si algo sale mal, habrá una alimaña menos
en el mundo.
Lo dijo con inflexión calma y oprimiendo el arma contra la cabeza de
mi agresor.
-¡Haré lo que quieran! -gritó
Julio sin acordarse de Lidia.
Ramírez siguió a cargo de la situación:
-Nos vas a llevar adonde
deberías haber ido sin detenerte. Desde allí llamarás a tu socia y
le darás la ubicación de la llave. Si la información es verdadera,
en cuanto hagamos contacto con el objetivo, te vas. Si no lo es,
será la última vez que verás tu cacharro.
-¡Es verdad, es verdad que Rita
está allí! Lidia no me mentiría... -terminó como convenciéndose.
-¡Vamos ya! -decidió el
comisario.
Leo me guió hacia el taxi y me hizo subir al asiento trasero. Jugó
con mi pelo y me explicó:
-Vamos a ir con Rosendo en el
auto de ese individuo para que todo parezca normal. Te mandaría a
casa para que descansaras si supiera que harías caso. Pero como te
conozco, querida lechucita, prefiero tenerte segura en compañía de
este amigo. Lo único que te pido, es que esperés en el auto hasta
que veamos a mi hermana. ¿Es un trato? -llevó mi mano a su labios.
Asentí y cerró la portezuela dejándome con el amigo taxista. No me
fijé en el conductor hasta que el auto se puso en marcha para seguir
al de Julio. Esa calva... ¡Yo la conocía!
-¿Usted es el mismo taxista que
me llevó al correo?
-Sí, señorita. ¡Y suerte que me
acordé de la hora a la que vendrían a buscarla! Así Leo tuvo tiempo
de organizar la protección. ¡Y suerte que vinimos antes porque ese
maleante se adelantó! Aunque por un momento perdimos la pista,
¡suerte que este Rosendo es un policía de carrera!
Parecía que mi vida dependía de la suerte. Todavía no me cerraba
cómo Leo había seguido mi pista, de modo que traté de sonsacar al
taxista. Le pregunté amablemente:
-¿Cuál es su nombre?
-Carlitos, señorita.
-Y dígame, Carlitos. ¿Cómo es
que a Leo recurrió a usted?
-Porque antes de que yo volviera
fue a la parada y Nicola, que es mi compañero, le dijo que yo la
había cargado. Me esperó y ahí mismo fuimos a la policía y después
nos apostamos en la puerta del bar -declaró con soltura.
-Parece que es muy amigo del
comisario -insinué para ver que sabía.
-El comisario vivía en un
departamento que le alquilaba la inmobiliaria. Por un asunto de
coimas lo pusieron preso un tiempo y Leo tuvo la decencia de no
desalojar a la mujer y los hijos. Hasta dicen que los ayudaba para
que comieran. ¡Suerte que le debía este favor y que es agradecido
este Rosendo! ¿No cree?
-¡Ya lo creo! -le dije con igual
entusiasmo.
Habíamos abandonado el camino de tierra y circulábamos nuevamente
por la ruta. El taxista vigilaba atentamente al vehículo guía. El
cansancio se iba infiltrando en mi cuerpo y mis sentidos. ¡Cómo
deseaba dormir! Pero estaba tan cerca de mi objetivo...
-¿Hace mucho que conoce a Leo,
Carlitos? -lo incité a charlar para mantenerme despabilada.
-Desde que se instaló con don
Juan. ¡Suerte que le tocó un buen hijo! A pesar de que era muy
joven, lo ayudó mucho al padre. Antes de que tuviera su auto, yo lo
llevaba a hacer todos los mandados y a su casa. Ahora lo llevo para
hacer los trámites. No va a creer, pero hoy es la primera vez que lo
veo tan desesperado. ¡Es un joven tan tranquilo y alegre...! -me
echó una ojeada por el espejito.
"¿Te desesperaste por mí?", pensé encantada. Además, lo redescubría
a través de la mirada ajena.
-Le digo -siguió Carlitos- que
hasta que no le conté con pelos y señales todo lo que había hecho,
no se quedó tranquilo -hizo una pausa, después se animó:- ¿Hace
mucho que están de novios? Perdone la indiscreción, señorita. Pero
como la quiere tanto...
No pude evitar una sonrisa que se truncó al asomar por mis labios
inflamados. Para saciar su curiosidad, asumí el rol que me había
adjudicado:
-No hace mucho, pero nos
conocemos desde niños. Nos criamos en el mismo pueblo y volvimos a
vernos después de catorce años.
-¡Suerte que aguantaron tanto
tiempo! Ya decía yo que el muchacho no se comprometía porque
esperaba a su media naranja... -se ufanó.
Interrumpimos la conversación porque el auto que nos precedía
guiñaba la luz de giro hacia un desvío que indicaba la entrada a la
localidad de Díaz. El sendero volvía a ser de tierra y pedregullo
que seguramente afirmaría la calzada ante la lluvia. Carlitos se
ubicó a una distancia más que prudente e ingresamos al centro del
pueblo que era pequeño y de construcciones bajas. El coche de Julio
se detuvo y Leo bajó poco después y se dirigió hacia una vivienda de
frente blanco. Creí que los latidos de mi corazón se habían hecho
audibles cuando alguien abrió la puerta. No era Rita. Era un hombre
que lo hizo retroceder a Leo involuntariamente. Desde donde
estábamos ubicados no podía distinguirlo con claridad, de modo que
insté al taxista:
-¡Carlitos, acérquese para que
pueda verlo!
-¡Señorita! Leo me dijo que me
haría una seña... -dijo a modo de disculpa.
No lo dudé. Abrí la puerta y salí oyendo las protestas de Carlitos:
-¡Vuelva, señorita, que Leo se
va a enojar...!
Por supuesto que no volví. Caminé rápidamente al encuentro de los
varones que gesticulaban vivamente. Al ingresar al perímetro de
enfoque, me detuve sin dar crédito a mis ojos. ¿Era...? ¿La había
encontrado antes que nosotros? Corrí.
-¡Dennis! -grité antes de que
los hombres percibieran mi llegada.
Leo se volvió con presteza e hizo un ademán de detenerme. Dennis me
miró con una expresión extraña, como si tuviera que anunciarme una
mala noticia. Lo enfrenté y le demandé:
-¿Dónde está Rita? ¿Qué le pasó?
Se hizo a un lado con un ademán para que entrara en la casa. No
vacilé. No había llegado hasta allí para eludir que mi amiga era una
drogadicta, o que había incursionado en la prostitución o que estaba
postrada en estado depresivo. Mi ímpetu se vio frenado por el brazo
de Leo, al tiempo que me pedía:
-¡Ana! Esperá a que hablemos...
-¡Soltame! -me liberé de un
tirón y entré a la casa.
Rita estaba parada en medio de una habitación sencillamente
amueblada y se veía serena, saludable y alejada años luz de mis
tétricas elucubraciones. No había engordado sólo por comer
desordenadamente. El vestido de canesú alto revelaba el embarazo que
había logrado disimular en su casa. "¿Así que el bueno de tu
padrastro te alejó de la vista de Telma y las murmuraciones del
pueblo?" susurró mi desbocada imaginación. Miré a mi alrededor
esperando encontrar al padre de su hijo, al desconocido de carácter
huraño que se había enojado con el encargado del hotel. Mi actitud
extraña acentuó mi estado calamitoso y ella se acercó preocupada:
-¡Ana! ¿Qué te pasó? - exclamó
estudiando mis facciones.
Me fue imposible acortar la distancia. "¿Esta joven embarazada es mi
mejor amiga, la hermana que no tuve, la única que conoce mi más
íntimo secreto, la niña que me hizo renegar de mi afecto por los
animales?". Me aparté y la pregunta de las preguntas brotó de mis
labios castigados:
-¿Por qué?
Suspiró y sus manos dibujaron un gesto de desaliento. Sabía que no
me iría sin explicaciones.
-¿Cómo hablarte del hombre que
amo sin pensar que voy a ser enjuiciada? -se atajó.
-¿Y vos decís que me conocés?
-le dije herida por su desconfianza.
-No pudiste perdonar a mi
hermano por un error juvenil... ¿Qué podía esperar cuando supieras
que estaba enamorada del marido de mi madre?
Si me hubiera atropellado un camión no hubiese quedado tan aturdida.
¿Dennis era su amante secreto? Por un momento me horroricé y caí en
la cuenta de que formaba parte de esa tropa discriminatoria que
tanto vilipendiaba. Me odié por ese sentimiento y por el arranque de
atacarla con el pasado para defenderme. Sofoqué con esfuerzo los
reproches para preguntarle:
-¿Desde cuándo tienen... se
aman? -rectifiqué.
-Lo quise desde que lo conocí.
Pudo con mis coqueteos de niña pero no con mi fiebre adolescente
-confesó sin falso pudor- ¿Estás escandalizada, eh?
-Ya se me pasará -contesté, sin
tratar de encubrirme.
Me sentía crecer a pasos agigantados. Era mejor aceptar que la
mujercita que creía ser estaba llena de defectos, para intentar
repararlos. En el mundo ideal donde vivía no cabían los paradójicos
sentimientos humanos. Una se podía dar el lujo de odiar al hombre
que amaba, creerse una persona sin matices desagradables, sentir que
era la abanderada de las hijas, amigas y nietas. "¡Soy un fraude!",
me dije. ¿Quién se fiaría de la Bella Durmiente? Con todos sus
defectos, Rita se había animado a concretar su amor y afrontar los
resultados. Me figuré que debíamos sincerarnos para no desperdiciar
veinticinco años de coexistencia.
-Mirá, Rita. Yo sé que debo
cambiar muchas cosas, pero quiero hacerlo sin culpas ni martirio. Me
va a llevar tiempo elaborar estos pocos días que me hicieron
cuestionar mis firmes convicciones, pero necesito que algunas cosas
queden claras entre nosotras. Para empezar, ¿por qué te asombra que
le haya guardado rencor a Leo si vos misma te ocupaste de contarme
su conducta incalificable?
Esperaba respuestas claras que allanaran el camino a una nueva
relación.
-Te relaté lo que dijo mi madre.
¡Y no sabía que iba a causar ese efecto en vos! -se justificó.
-Ese efecto tiene que ver con la
decepción. Y no hubiera existido de saber que las alhajas le
pertenecían por derecho propio -aclaré.
-¿Qué querés decir? -preguntó
con sorpresa.
-Que las joyas eran patrimonio
de Juan y tu mamá se negaba a devolverlas. ¿No lo sabías?
-No. Esa no es la historia que
conocí -dijo sencillamente, y agregó:- Otra mentira más para agregar
a su lista.
-Vos no le vas a la zaga con las
mentiras... -me sentí con derecho a recordarle.
-Es cierto. Pero aprendí a vivir
en el mundo que ella me enseñó. No me estoy excusando, Ana. Yo, como
vos, necesito congraciarme con lo que siento y salir de la
clandestinidad. Este hijo es la primera situación comprometida de mi
vida, es el principio de un cambio que incluye enfrentar a mi madre
y tal vez, mañana, recuperar tu amistad -me miró esperanzada.
-Todavía no comprendo cómo no
confiaste en mí si tanto te importa mi amistad -murmuré
apesadumbrada.
Rita me miró apenada. Le hice la última pregunta relevante:
-¿Cómo te hiciste amiga de
Lidia?
-¡Dios mío! ¿La trataste?
-¿Y cómo creés que llegamos
hasta vos? Su compañerito no se contentó con el chantaje sino que
intentó violarme -le aclaré sin dramatismo.
-¡Ay, Ana! Ya no me acordaba que
te había dado sus datos y ni siquiera sabía que tenía un compañero.
Es una mujer rara pero siempre se portó bien conmigo... ¿Cómo
imaginar que te iba a exponer a semejante riesgo? -dijo angustiada.
-¡No sufras que le va a hacer
mal al bebé! -le ordené recuperando una dosis de humor- Me pregunto
cómo sabía dónde estabas...
-Porque recurrí a ella sabiendo
que tenía parientes en este pueblo adonde nadie pensaría buscarme.
Salvo a una lechuza inquisidora, claro -acotó evocando el mote de mi
niñez, y agregó conmovida:- ¿Así que quiso chantajearte? ¡Si lo
hubiera sabido...!
-Ya pasó. ¿Ustedes qué piensan
hacer? -quise saber.
-Nos vamos a Cuba. Dennis
consiguió un contrato de trabajo por dos años y yo voy a estudiar.
¡Esta vez en serio! -dijo con énfasis.
-Estoy segura... -respondí
ahogando un bostezo y una exclamación, porque los labios volvieron a
sangrarme.
-¡Por favor, Ana! Dejá que te
cure esa lastimadura -se volvió hacia una habitación contigua.
Regresó con un pequeño botiquín y nos sentamos en un sillón grande
para que me pasara un desinfectante y un ungüento que alivió la
tensión de la piel.
-Esas heridas... -vaciló- ¿te
las hizo el amigo de Lidia?
Asentí. Me miró con tanto desamparo que venció mi resistencia.
Hicimos un gesto al unísono y nos estrechamos en un abrazo que tanto
tenía de afecto como de perdón. Lloramos hasta que entraron Leo y
Dennis y nos brindaron sus pechos para seguir lagrimeando.
Capítulo VI
Leo y yo nos quedamos a cenar
con Rita y Dennis después de hablar a Rosario para tranquilizar a
los que esperaban noticias. Rosendo, junto con Carlitos, se retiró
con nuestro renovado agradecimiento después de librarse de Julio que
salió pitando, como dicen en las series policiales. Mientras Dennis
preparaba un asado en compañía de Leo, Rita y yo salimos a caminar.
El atardecer anticipaba una noche fresca y las primeras estrellas se
iban insinuando en un cielo turquesa y rojo. Fuimos en un silencio
cómodo hasta el centro del pueblito y nos sentamos en un banco de la
plaza.
-Algo ha cambiado, -dijo Rita
quebrando el mutis, y aclaró:- tu trato con Leo.
-No del todo -respondí, y
también aclaré:- Aún.
Nos sonreimos con un atisbo del antiguo entendimiento.
-Es extraño, ¿no? Mi hermano
mayor fue tu ideal de niña como Dennis el mío, y en nuestra adultez
ambas estamos consagradas a estos dos únicos hombres, ¿o me
equivoco...? -la pregunta fue hecha con aparente candidez.
"¡Al diablo!", pensé. "Si vamos a reiniciar nuestra amistad deberé
tirarme a la pileta, y si me hago un chichón será mejor ahora que
después".
-No. Lo descubrí mientras te
buscaba. Tal vez debía recorrer esta intrincada ruta para darme
cuenta que mi enojo con Leo estaba fundado en el amor. Encontré a
una persona que no se parecía en nada al adolescente que me había
defraudado y entendí la razón de mi larga espera. ¿Debo ser más
precisa? -estiré el signo de interrogación.
-¡No, no! -arguyó, riendo
francamente por primera vez- Te anticipo la mejor experiencia. Mi
hermano es el único emergente sano de esta familia. Por algo se
largó -y agregó con pesadumbre:- lo único que lamento es abandonar a
Gastón. Dennis era una buena influencia para el pequeño... Bueno,
para mí todavía es el pequeño aunque tenga dieciséis años. La misma
edad que tenía Leo cuando se fue... Pero Gastón está demasiado
apegado a mi madre. A lo mejor, cuando estemos en Cuba...
-interrumpió su soliloquio haciendo un gesto de rechazo con la
cabeza.
La tomé de las manos y traté de animarla:
-¡Vamos! Ahora tenés que pensar
en tu bebé. Cuando haya nacido definirás la relación con tu mamá y
seguramente podrás llevar a tu hermano de visita -mis palabras
sonaron con una seguridad que yo interiormente no tenía.
Rita se quedó con la mirada perdida en pensamientos que no quise
interrumpir. El camino que había elegido era escabroso y la
posibilidad de que Telma superara su ego, remota. Pero eso se
resolvería en el futuro. "Las madres perdonan, ¿no?", me pregunté.
Salvo que se llamen Telma.
A pesar de mis palabras consoladoras, todavía no podía reflotar los
incondicionales sentimientos de amistad. Dudé que alguna vez
volvieran a ser los mismos. Rita y yo habíamos cambiado y, en mi
caso, sentía que varias capas de confianza, seguridad y autoestima
se habían hecho jirones en los tres días que estaba en Rosario. Me
pregunté si podría madurar a la lumbre de tantos hechos
contradictorios para no seguir teniendo más pérdidas. La voz de mi
amiga de la infancia me apartó de mis cavilaciones:
-Aunque yo estaba tan flechada
por Dennis, tuve mis contradicciones antes de forzarlo a reconocer
sus sentimientos. Ya sé que no suena bien, pero realmente lo forcé.
Verlo como un títere en manos de mi madre cuando él procuraba ser un
buen amante, un buen compañero nuestro, tolerando los continuos
escarnios relacionados con su escaso éxito económico en el trabajo,
fueron desarticulando todos mis escrúpulos. Un día lo encontré tan
vulnerado por una discusión, que mi único deseo fue consolarlo.
Estaba por sacar la licencia para conducir y, con la excusa de que
temía salir sola, le pedí que me acompañara a practicar. Cuando
llegamos a la entrada del campamento de verano, detuve el auto y le
pregunté qué había pasado. Le restó importancia para no involucrarme
y... ¡exploté! Le reproché que se dejara basurear por mi madre, que
no tuviera amor propio, que no se diera cuenta de lo que sentía por
él. Se resistió, Ana. Te juro que se resistió. Pero el ímpetu de mis
sentimientos unido al permanente desgaste de su relación lo
derrotaron. Además -confesó- él creía que yo había tenido relaciones
sexuales con algunos de mis acompañantes. Esta trampa la preparé a
sabiendas al mejor estilo de mamá, porque de saber que era virgen
ninguna provocación lo hubiera persuadido.
-¿Cómo lo lograste? -la
interrumpí con curiosidad.
-Con el auxilio de doña Berta
-aclaró.
Doña Berta era la matrona del pueblo y la que se ocupaba de asistir
a las mujeres de la zona rural al momento de parir. También, por lo
que se murmuraba, la que hacía desaparecer las consecuencias de no
usar forros ni pastillas. Pero no entendía que había podido hacer
por Rita. ¿Acaso...? La miré un tanto alarmada.
-Sí. Le pedí que me perforara el
himen.
-¡Por Dios, Rita! - solté
estremecida.
-¿Y qué? -se encogió de hombros-
es una ceremonia natural en otras culturas.
-¡Pero en la nuestra no! ¡Y
pensar que otras mujeres darían una fortuna para lograr el efecto
contrario...! - insistí impresionada.
-Yo le pagué bien para evitar
preguntas e indiscreciones. Debo decir que la vieja es una persona
de fiar porque jamás escuché ninguna referencia a lo que pasó entre
nosotras.
-¡Debe haber sido horrible...!
-reiteré.
-No más que te lo rompa un
hombre. Claro que si estás enamorada, debe ser una experiencia
imborrable.
-¡Tiene que haberte dolido! - me
obstiné.
-¡Pero si es una pavada, Ana!
Ninguna mujer renuncia al sexo por haber perdido la virginidad.
Es... ¿Cómo decirte? Un leve pinchazo, un suave ardor, un dolor
insustancial -y meneando la cabeza:- ya vas a ver que tengo razón.
Me turbé como si hubiera presenciado mi primer acto sexual. ¿Estaría
imaginando a su hermano haciéndome el amor? Me dominé para hacerle
otra pregunta:
-¿Alguna vez se lo dijiste?
-No. Hubiera comparado mi
conducta con los manejos de mi madre.
Hubo otro silencio contemplativo. Rita continuó:
-No sé si al principio me amó o
fui una droga para su orgullo herido, pero no me importó. Yo lo
quería lo suficiente. Nos consolidamos como pareja y en compañía de
Dennis surgió lo mejor de mí. No será mucho, pero basta para que me
quiera y para haber proyectado un hijo.
¿Había estado tan ajena a los momentos de angustia vividos por Rita?
No discernía si enojarme con ella por su falta de confianza o
cuestionarme por la nube de abstracción en la que anidé. La vida
para mí había sido más facil, por cierto. Mis conflictos no tenían
el trasfondo dramático de una madre exigente y sumergida en sus
propias necesidades, ni la inseguridad de las cambiantes figuras
paternas, ni el desapego fraternal. Es posible que mi inocencia
obrara tan eficazmente en la incomunicación como el disimulo de Rita
y supuse que el tiempo congelaría las sensaciones de estos días para
que las pudiéramos transformar en una experiencia positiva. Estaba
segura de que el advenimiento del bebé sería un bálsamo para tantas
heridas abiertas. Habría que esperar.
Rita agregó unas palabras que podrían considerarse una disculpa para
ella pero que también eran un paliativo para mis inquietos
interrogantes:
-Mirá, Ana. Estoy segura de que
me reprochás una falta de sinceridad inexcusable con una amiga. Pero
¿cómo podía involucrarte en mis problemas cuando tu vida era tan
clara, tan despojada de situaciones retorcidas como las que yo
vivía? Si te mantenía al margen de tantas miserias, podía acercarme
al reflejo de la imagen que tenías de mí. Entonces me sentía una
joven con posibilidades, con aspiraciones a una vida normal, podía
seguir disfrutando de tu entorno familiar, de la dulzura de tu
madre, de la agudeza de tu abuela. ¿Vos creés sinceramente que, si
hubieras sido mi confidente, podrías haber sostenido el secreto
hasta el momento de su resolución? Y no hablo de cometer infidencia,
sino de sobrellevar una farsa diaria. Tal vez fue un prejuicio de mi
parte pero pensé que no, y que no sería el mejor regalo que podría
hacerle a una amiga. Era... como si mi vida en tu compañía
discurriera por otra vía, en la cual podía saborear los viajes, las
salidas, las confidencias propias de cada etapa que compartímos
-hizo una pausa y luego, con prevención:- ¿Podrás perdonarme?
Es posible que me tilden de crédula o sensiblera, pero le creí. Y
llevada por un innato sentido de fidelidad, como el de los animales
que protegía, le respondí sosteniendo su mirada:
-Necesito hacerlo.
Rita interpretó mis palabras y sólo añadió:
-Gracias.
Una inquietud me rondaba y su desenlace dependía de la respuesta de
ella:
-¿Qué debo decirles a los que
esperan tus noticias?
-La verdad. Mañana, antes de
irme, hablaré con mi madre. No quiero darle mucha ventaja para que
no interfiera en mi vida -esta aclaración sonó un tanto temerosa.
Regresamos al lado de los varones que ya estaban disfrutando de un
buen vaso de vino mientras se asaba la carne.
Dennis parecía haber rejuvenecido diez años desde que lo vi por
última vez; casi aparentaba la edad de Leo. Le echó una mirada tan
entrañable a Rita que presentí que su emprendimiento amoroso tendría
un final feliz. Me senté al lado de Leo y acepté el trago que me
ofrecía. Después de cenar, nos despedimos para no pègar la vuelta
tan tarde. Besé a Dennis mientras los hermanos se abrazaban
estrechamente. Leo depositó un beso en la frente de Rita y le
recomendó:
-Cuidate. Que va a ser mi primer
sobrino.
Nosotras quedamos enfrentadas en un adiós todavía reticente.
-¿Nos veremos antes de que nazca
el bebé? -me preguntó con ansiedad contenida.
-Espero asistir al parto -le
ratifiqué nuestra promesa de chiquilinas que suponían vivir en
estado de gracia toda sus vidas.
Esta declaración le arrancó un sollozo. La abracé y le aseguré que
estaría con ella para recibir a su hijo. Nos subimos al auto que
Dennis insistió en prestarnos para volver y que Leo devolvería al
día siguiente. Sus siluetas se recortaron en la puerta hasta que
desaparecieron en un viraje. El silencio era el pasajero más locuaz
del vehículo. A solas, éramos dos peregrinos que teniendo un
manantial al lado se morían de sed. Le pedí a Leo que detuviera el
auto. Se estacionó en la cuneta y se volvió hacia mí. La luna llena
confería a su rostro una cualidad espectral agitando los
interrogantes que flotaban en sus ojos. Amparada por el contraluz,
asumí un rol que no hubiera admitido en ninguna fantasía:
-Yo no sé que sentís por mí,
Leo. Pero yo estoy enamorada de vos desde que te volví a ver, o
desde que era una niña, o aún sabiendo que eras un ladrón, o después
que se aclararon las cosas...
Me estaba enredando y no quería que mi revelación sonara
incoherente. Apoyé las plamas suavemente sobre el pecho que se
inclinaba hacia mí:
-Esperá. No te estoy pidiendo
una declaración. Tenés que saber que esta tarde pensé que no había
nada peor que perderte por la violencia de ese individuo, que no
hubiera soportado tu mirada si lograba aprovecharse de la situación,
que renegué de no haber tenido otras relaciones porque así la
violación no destruiría mi ignorado anhelo de amarte sólo a vos. Que
cuando me levantaste en tus brazos, hubiera deseado que me hicieras
el amor antes de que otra calamidad se interpusiera... -terminé en
un susurro debilitado por la conciencia de mi atrevimiento.
Leo me cobijó entre sus brazos y sus labios besaron suavemente los
míos aún hinchados:
-Yo no quiero que te vayas desde
que te vi. Me vuelvo loco pensando en los argumentos para retenerte,
con los esfuerzos para no abrazarte y besarte las veinticuatro horas
del día, con la privación de conquistar tu cama cada noche -su voz
sonaba grave y contenida- ¿Cómo pudiste pensar que iba a rechazarte
aunque hubieras sido víctima de un atropello? -me apretó hasta
dejarme sin aliento.
Yací sobre su pecho aliviada por la mutua confesión. No quería
separarme de su cuerpo ni volver a la casa. Quería ahora, en ese
momento, que me llevara a cualquier lugar en donde pudiéramos estar
a solas.
-¿Qué vamos a hacer, mi amor?
-murmuró como si hubiera leído mi pensamiento.
Me separé un poco y le rogué:
-Llevame con vos.
Puso el auto en marcha y volvió a la ruta. Me atrajo hacia él y
manejó con una sola mano para apretarme contra su costado. Recliné
mi cabeza sobre su hombro y obligué a mi fragua interna a unirse al
descanso. Estaba casi dormida cuando desvió el coche hacia un camino
iluminado que entraba a un motel. "¿De modo que éste será el
escenario de mi primera experiencia amorosa?", me dije risueña, ya
del todo alejada de mis quimeras juveniles. Leo pagó a un cobrador
invisible y metió el auto en una cochera individual con portón
automático. Abrió mi puerta y me tendió la mano para luego abrazarme
y besarme antes de entrar. Yo estaba despabilada y un poco
temblorosa. Lo seguí a una habitación agradable, con un gran lecho
en el medio y espejos por los cuatro costados. Sobre una mesa ratona
había flores, una botella de champaña, una bandeja de bocaditos
salados y otra de dulces. Una música absolutamente romántica
invitaba a no pensar más que en el amor. De pronto me asaltaron
tantas dudas que para postergar el momento inevitable dije:
-¡Tengo hambre! ¿Por qué no
comemos algo? -y empecé a masticar cuidadosamente una bomba de crema
que se convirtió en el regalo inevitable de cada aniversario.
Leo consintió divertido. Sirvió champaña en las copas y brindó:
-Por la dulce lechucita que no
se va a escapar de mi nido -y me besó con ardor hasta que dí un
respingo cuando la presión se acentuó.
-¿Te duele? -dijo preocupado
rozando mi boca.
Me encogí de hombros sintiéndome un poco inerme, un poco tonta y un
poco arrepentida. Leo me tomó de la mano y me guió hacia la cama. Se
acomodó en la orilla y me hizo sentar a su lado.
-¿Hay algo que te molesta?
Podemos dormir y nada más. Hoy ha sido un día extenuante y quiero
que recuerdes nuestra primera vez con estrellas en los ojos -dijo mi
tierno muchacho, sonriendo y llevándose mi mano a los labios.
Asentí y empezó a desnudarme despaciosamente. Quedé con la ropa
interior y abrió la cama para que me deslizara bajo las sábanas. Él
se desvistió y se acomodó a mi lado. Me apoyé sobre su pecho
escuchando el estruendoso latido de su corazón. Tiró de mi cabello
para levantarme la cara y me besó lentamente en la boca, el cuello,
el lóbulo de la oreja, la nuca, hasta que no pude acallar un
quejido. Con miedo y con deseo me volví hacia él apoyando la mitad
de mi cuerpo contra el suyo. La respiración de Leo era pesada y sus
manos recorrieron mi costado y subieron hasta mi espalda en una
larga caricia que me hizo vibrar de placer. Desprendió mi corpiño y
acarició mis pechos bajando hacia mi cadera para arrebatarme la
única prenda que me quedaba. Investigó mi cuerpo centímetro a
centímetro como un músico pulsa su instrumento de cuerdas hasta
dejarlo perfectamente afinado. Lo deseaba tanto que mis manos lo
despojaron de los boxer para anular la última barrera de tela que
nos separaba. Su miembro se apoyó contra mi vientre y lentamente se
acomodó entre mis piernas que cobijaban una hoguera que sólo él
podía apagar. Se movió con suavidad en la estrecha concavidad de mi
cuerpo hasta remontarnos a la cresta de una ola que nos proyectó
hacia la inmortalidad. Quedamos abrazados diciéndonos mil pavadas,
asombrados de la perfección del momento, arrepentidos del tiempo
derrochado, tironeando de los recuerdos para amplificar la sensación
de haber nacido al mismo tiempo. Después volvieron a tomar sustancia
los objetos a mi alrededor. Los espejos nos multiplicaban,
extendidos y relajados. Mi pelo desparramado sobre su hombro, su
brazo rodeando mi pecho. El cadáver de mi castidad era sólo una
huella escarlata sobre la sábana blanca que me recordó la
confidencia y la observación de Rita. "Tenías razón. Es una
experiencia imborrable", ratifiqué. Giré en el círculo de su brazo y
le besé el rostro cerca de la oreja para susurrarle:
-¿Vamos?
El extraño reloj de arena con manecillas que colgaba de la pared
denunciaba la una de la mañana. Mi retorno a la realidad incluía a
mi madre y a mi abuela volviéndolo loco a Juan con su disparatada
ansiedad. Bueno, a mi mamá por lo menos. Leo, estremecido por mi
caricia, hizo caso omiso a mi pedido y renovó el avance amoroso.
Esta vez monté un potro empalada en el la exacta intersección de
nuestros vientres. A las dos, nos levantamos exhaustos de amor y,
sin bañarnos, nos vestimos para emprender el regreso. No estábamos
muy lejos de Fisherton de modo que llegamos pasadas las dos y media.
Las luces del frente y del parque estaban encendidas denunciando que
sus moradores no estaban acostados. Hubiera preferido deslizarme
subrepticiamente en la oscuridad para atesorar un tiempo más los
signos del amor consumado que -no dudaba- debían leerse fácilmente
en mi rostro legible. Leo maniobró para entrar el auto y volvió a
abrazarme antes de entrar en la casa. Estábamos perdidos en un beso
cuando un empellón nos hizo tambalear.
-¡Quieto, Demian! -ordenó Leo
sosteniéndome contra él.
La hermosa criatura estaba desaforada y nos lengüetaba
alternadamente para festejar su contento. Sus ladridos y nuestras
risas materializaron a Juan y a mamá que venían a investigar el
bochince.
-¡Ana! -mi madre corrió hacia mí
y se detuvo a pocos centímetros de mi persona. Me miró con inquietud
y exclamó:- ¿Qué te pasó?
-Nada importante -inventé- el
auto dio un bandazo y me golpeé un poco la cara.
Leo escuchó mi excusa y cazó la correspondiente mirada de
advertencia. Mamá paseó su mirada desconfiada entre su cara y la mía
como si sospechara que Leo fuera el culpable de mis heridas. "¡Dios
te libre!", pensé regocijada. Para terminar con el asunto, levanté
mi mirada al cielo y abrí los brazos mientras le repetía:
-¡Mamá...! Es un accidente sin
importancia.
Me apretó, me besó en la mejilla y me acarició la cabeza como si
fuera una niña. Al cabo dijo:
-Vamos adentro que tu abuela
está impaciente por verte.
Juan me dio un beso y estudió detenidamente mi rostro. Lanzó un
silbido y declaró:
-No puedo decir que esté
conforme con los cuidados que te prodigó mi hijo... Pero tu linda
cara no sufrirá ningún menoscabo.
-¡No fue su culpa, Juan!
-protesté, no queriendo que a Leo le cargaran una responsabilidad
que no tenía.
Mamá dio por zanjada la discusión arrastrándome hacia el interior de
la vivienda. Miré a mis espaldas y sonreí a la guiñada de Leo.
Antonia esperaba a la entrada del parque y fui derecho a saludarla.
-¡Anita...! -el diminutivo sonó
tiernamente.
Más besos y abrazos. Le temía más al talento de mi abuela que a la
sagacidad de mi madre. Me sentía desnuda frente a su mirada, y de
pensar en desnuda me ví en brazos de Leo y un sonrojo desfatachado
acaparó mis mejillas. A mi abuela, que nada le pasaba desapercibido,
le bastó una mirada a mi cara y otra a los ojos de Leo para sacar la
conclusión más exacta de lo que habia pasado. Eso me lo dijo tiempo
después. Demian corroboró su impresión viajando entre Leo y yo para
husmear los regazos como si quisiera señalar que nuestros efluvios
eran los mismos. "¡Perrito lindo!", pensé, "¿no podrías ser menos
alcahuete?". Su dueño reaccionó ante el dardo de mi tercera mirada y
lo apartó con la pierna indicándole que fuera al suelo. Demian se
tendió con un dúctil gruñido de protesta y acomodó el hocico entre
sus patas delanteras. En cuanto lo volví a mirar, enderezó el cuello
y me obsequió con una sonrisa y un aparatoso movimiento de cola. Leo
levantó una ceja y me hizo un gesto de advertencia inclinando la
cabeza. Observé a mi paciente público agolpado en tres sillas y
comencé el relato:
-Bueno, encontramos a Rita, está
bien, espera un bebé y mañana se va a Cuba con Dennis -me detuve
sobrecogida por el displicente relato.
Antes de que solicitara el auxilio de Leo él se levantó, se
acuclilló junto a mi asiento y tomó mi mano a modo de rescate:
-Lidia y su amigo nos guiaron
hasta Rita. Hace varios años que tiene un romance con Dennis y
debido a su embarazo tomaron la decisión de irse del país y
legitimar la relación. Estoy seguro de que van a estar bien -afirmó.
No sabía que pensar de los tres espectadores. Como si se hubieran
puesto de acuerdo no expresaban demasiada sorpresa gestual. Mamá fue
la primera en hablar:
-¿Y vos cómo estuviste? -se
interesó por mí, como siempre.
-Al principio dolida por el
engaño, pero aclaramos muchos malentendidos que nos servirán para el
futuro - admití con franqueza- Y también creo que ellos van a estar
bien y que las cosas se irán acomodando con el tiempo.
-Tomar semejante decisión es lo
único que la diferencia de Telma - señaló Antonia- Me alegro por
ella.
Parecía que no había más que decir. Estaba tan cansada que me
desvivía por estar en la cama aún sin la compañía del hombre que
amaba. Las mujeres advirtieron mi estado y mamá se dirigió
resueltamente a mí:
-Vamos, Ana. Necesitás un buen
descanso -se volvió hacia el dueño de casa:- Buenas noches, Juan, y
gracias por tus atenciones -le dedicó su mejor sonrisa.
-Es un placer para mí, Belén
-respondió Juan al toque- Si necesitan algo más, avísenme.
Leo me interceptó al pie de la escalera. Me abrazó y puso un
delicado beso en mis labios y mi sien mientras desgranaba en mi
oído:
-Esta noche vale, pero a partir
de mañana no voy a soportar no tenerte en mi cama...
Suspiré hasta quedarme sin aire. Le devolví el beso y le di las
buenas noches. Padre e hijo nos miraron hasta que volteamos para
entrar en el cuarto. Había tres camas en lugar de dos, pero aún
seguía siendo espacioso. Me senté en una y jugueteé con los flecos
de la frazada. Mamá sugirió:
-¿Por qué no te bañás? Vas a
dormir mejor.
-Esta noche no -le contesté
abrazando la almohada.
Ambas me miraron, se miraron, sonrieron y yo me desvestí y dormí
como una marmota hasta el mediodía siguiente.
Cuando abrí los ojos mamá y Antonia se habían transformado en dos
camas impecablemente tendidas. Consulté el reloj despertador y vi
que eran las doce. Me levanté, me di un baño y me vestí con un jean
ajustado que resaltaba mi hermosa cola según opinión irrefutable de
mi madre. Elegí una remera de hilo turquesa con una línea blanca
bordeando el escote en ve, me pinté advirtiendo que mis labios no
estaban tan hinchados, y ahuequé mis mechones para que se ondularan
naturalmente. Me miré al espejo satisfecha por el resutado y salí en
busca de... ¡Leo!
En la cocina no encontré más que a la abuela.
-¿Descansaste, dormilona? -me
saludó afablemente.
-¡Hola, Antonia! -le di un beso.
Me acerqué a la mesa y elegí una medialuna. La abuela me sirvió café
con leche.
-¿Adónde están todos?
-¿Querrás decir... Leonardo? -
tradujo Antonia.
-Bueno... él y mamá y Juan y el
perro -enumeré con insolencia.
-Te voy a contestar en el mismo
orden. Él, se fue a las nueve para devolver un auto y, según me
aclaró con la intención que lo transmitiera, a trabajar con su padre
y visitarlo a Alberto -hizo una pausa como para que lo asimilara-
Mamá se fue con Juan porque deseaba hacer algunas compras en el
centro. Juan se fue a trabajar y aprovechó para llevar a tu mamá, y
el perro debe estar en el jardín. ¿Conforme? -preguntó
condescendiente.
Me largué a reir y le propuse:
-¿Vamos a curiosear las plantas?
Bajo un sol que templaba los afectos, jugué con Demian disputándole
un hueso que él atrapaba en el aire como una flecha de fuego. Le
mandé sentarse cuando se quiso arrojar sobre mi remera y esperó mi
orden para acompañarnos en la caminata. Fue una mañana feliz donde
todo encajaba en su lugar.
Nos quedamos diez días más a instancia de Juan. Durante la noche me
escurría descaradamente al dormitorio de Leo con la condición de
retirarme antes de la madrugada para no despertar sospechas. Mi
amante aceptaba cualquiera de mis extravagancias con tal de tenerme
en su cama. La tercera jornada me sorprendió insultando en silencio
a la cómoda que se ponía en mi camino, y con el claro susurro de mi
madre:
-Dejate de hacer papelones, Ana,
y volvé al cuarto de Leo que hasta el perro sabe de tus andanzas...
Ahora estamos en Tres Sendas esperando alquilar la granja de Antonia
porque mi madre y mi abuela quieren seguirme a Rosario cuando me
case. Dejé el vivero a cargo de Celia y entregué la dirección de la
Fundación Sultán al hijo de doña Carmen. Ayer me crucé con Telma.
Dio vuelta la cabeza ostensiblemente para no saludarme, y eso que
traté de hablar con ella apenas Rita se fue. Leo me llama todos los
días y espera que termine los trámites de una buena vez. Y yo, lo
único que deseo, es volver con él.
¡Ah! Parece que entre mamá y Juan se están entendiendo. En caso de
concretar, Leo y yo pasaríamos a ser hermanastros. ¡Y menos mal que
ella entró al climaterio hace dos años! Porque sería harto confuso
explicarles el parentesco, el día de mañana, a sus chicos y a los
míos.
FIN
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